The Project Gutenberg eBook, Tierras Solares, by Rubn Daro, Illustrated
by Enrique Ochoa


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Title: Tierras Solares
       Volumen III de las obras completas


Author: Rubn Daro



Release Date: August 20, 2016  [eBook #52857]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1


***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TIERRAS SOLARES***


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Nota del Transcriptor:

      Letras itlicas son denotadas con _lneas_.

      Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las
      minsculas) han sido sustituidas por letras maysculas
      de tamao normal.





                                TIERRAS
                                SOLARES

                                  POR

                              RUBN DARIO

                             ILUSTRACIONES
                                  DE
                             ENRIQUE OCHOA



                  Volumen III de las obras completas.
                       Administracin: Editorial
                             MUNDO LATINO

                                MADRID




                             ES PROPIEDAD




                                   A

                             FELIPE LPEZ

                           MUY CORDIALMENTE

                                       _R. D._




[Ilustracin: BARCELONA]




[Ilustracin]


DESPUS de algunos aos vuelvo a Barcelona, tierra buena. En otra
ocasin os he dicho mis impresiones de este pas grato y amable, en
donde la laboriosidad es virtud comn y el orgullo innato y el sustento
de las tradiciones defensa contra debilitamientos y decadencias. Sal
de Pars el da de la primera nevada, que anunciaba la crudez del
prximo invierno. Sal en busca de sol y salud, y aqu, desde que he
llegado, he visto la luz alegre y sana del sol espaol, un cielo sin
las tristezas parisienses; y una vez ms me he asombrado de cmo
Jean Moreas encuentra en Pars el mismo cielo de Grecia, el cual tan
solamente da todo su gozo en las tierras solares. Bien es cierto que el
poeta se refiere ms al ambiente que a la luz, ms al respirar que al
mirar. Pero la bondad de este cielo entra principalmente por los ojos y
los poros, abiertos al clido cario del inmenso y maravilloso diamante
de vida que nos hace la merced de existir.

Cuando os escrib de Espaa fu a raz de la guerra funesta. Acababa
de pasar la tempestad. Estaba dolorosa y abatida la raza, agonizaba
el pas. Y os habl, sin embargo, de la mina de energa, del vasto
yacimiento de fuerza que hall en esta provincia de Catalua, gracias
al carcter de los habitantes, de antao famosos por empresas arduas
y bien realizadas; y admir la riqueza y el movimiento productor
de esta Barcelona modernsima, hermana en trabajo de la potente
Bilbao, afortunadas hormigas ambas que no han mirado nunca con buen
mirar a la cortesana cigarra de Castilla. Espaa estaba, por opinin
general, condenada a la perpetua ruina, a la irremediable muerte.
No se vea venir por ninguna parte el caballero esperado, a quien
buscaba en la lejana del camino la mirada ansiosa de la hermana Ana.
Hubo el aparecimiento de los profetas del mal y la irrupcin de los
improvisados salvadores. Todo el mundo era hbil para indicar una
senda propicia; todo el mundo se crea llamado a poner nueva sangre
en el cuerpo agotado. Se dijera un consejo de polticas. Todas las
polticas y todos los politiquistas saban un secreto con el cual se
iba a hinchar con msculos nuevos el pellejo del maltrecho Len. En el
mundo del pensamiento se vean apenas unas cuantas esperanzas entre
el coro de eminencias amojamadas. Apenas los pocos violentos, los
revolucionarios, los iconoclastas, hacan lo posible por encender una
hoguera nueva. Y ola demasiado a podrido en Dinamarca.

Hoy, al pasar, mi impresin es otra. Desde hace algn tiempo se ha
notado un estremecimiento de vida en la pennsula. Cierto que las
polticas y los politiquistas continan con sus ruidos intiles y sus
discursos verbosos; cierto que ni los del carlismo renuncian a su
vago soar, ni los de la repblica pierden momento para proclamar
que ellos son los dueos del porvenir y de la grandeza nacional,
entre escndalos y rivalidades poco provechosas al verdadero ideal
perseguido; cierto que el clericalismo inquisitorial, por un lado,
y el militarismo montjuichesco, por otro, no han cambiado un pice
desde los tiempos terribles en que cay, rojamente, el pobre y grande
conservador D. Antonio Cnovas; cierto que nadie sucede al pobre y
grande liberal Emilio Castelar; cierto que cierta prensa en que los
antiguos baturrillos, tiquismiquis, o dimes y diretes continan en
una tradicional ignorancia de cultura, an persiste; cierto que el
hambre del pueblo no mengua; cierto que la pereza general y la inquina
porque s, del uno contra el otro, se sigue manifestando; cierto que
sigue oliendo a podrido en Dinamarca. Pero, fijos bien: una fragancia
de juventud en flor llega hasta nosotros. Voces individuales, pero
poderosas y firmes, dicen palabras de bien y de verdad que el pas
comienza a escuchar. Hay un rumor. Es una resurreccin? No, es un
despertamiento. Se renace. Se vuelve a vivir en un deseo de accin,
que demuestra y anuncia una prxima era de victorias. No tenan razn
los desconsolados, los que juzgaron el dao irremediable. He ah los
buenos pensadores de la nueva Espaa que piensa; he ah los buenos
profesores de trabajo; los bravos catedrticos de actos, que ensean a
las generaciones flamantes la manera de conseguir el logro, de sembrar
para recoger. Los superficiales del pedantismo desaparecieron; los
superficiales del odio inmotivado, de la improductiva palabra, de
las envidias absurdas, esos no existen ms que en s mismos. Existe,
empero, una juventud que ha encontrado su verbo. Existen los nuevos
apstoles que dicen la doctrina saludable de la regeneracin, del gozo
de la existencia; los buenos escritores de desinters y de mpetu;
los nuevos poetas que hablan armoniosamente, con sencillez o con
complicacin, segn sus almas, lo que sienten, lo que juzgan que deben
decir, en amor y sinceridad, con desdn del lodo verbal, de la vulgar
hazaa, del reir injusto. Y eso en toda Espaa, desde entre los vascos
y catalanes activos, hasta entre los vibrantes andaluces y entre los
habitantes de la grrula corte. La salud ser, pues, luego, total.

Mas Barcelona me detiene, con su carcter tan propio, y sin embargo,
desde antes tan universalizada ms que europeizada. Sus ramblas
floridas hierven de almas, con su paseo de Gracia; las fbricas vecinas
han adquirido mayor empuje. Llegan numerosos los barcos a traer el
material de las industrias y salen cargados de la exportacin pinge
que aumenta la existente riqueza. Se alzan palacios flamantes. La
electricidad ayuda al progreso por todos puntos. La urbe se ensancha
y la poblacin crece. Tan solamente turban la paz activa de producir
las agitaciones que de tanto en tanto siguen manifestndose y tomando
incremento en el elemento obrero. Hay un huevo que empolla desde
hace aos la revolucin latente, pero de ese huevo no saldr ni con
mucho la soada gallina gorda de los socialistas; antes bien, el ave
roja de la anarqua. El obrero aqu no se deja embaucar y va viendo
por s solo. Los cabecillas pueden de un momento a otro perder su
cabeza. El trabajador aqu se impone, y su imposicin se nota. No se
ve un solo establecimiento pblico que est vedado a la blusa, y la
blusa hace ostentacin de su presencia en todas partes. La cultura
general es tambin mayor, como ya otra vez lo he hecho notar, que en
otras provincias. El ambiente barcelons es el de un pequeo Pars.
Sus artistas y escritores, genuinamente catalanes, estn en contacto
con todo el mundo. Esta tierra de hombres de labor material, vasto
nido de menestrales, es tambin sustentadora de fuertes cerebros, de
aladas almas, de finas y sutiles imaginaciones. En el siglo XIX surge
el marqus de Campo; lo cual no obsta para que nazca despus Santiago
Rusiol. Rusiol, espritu encantador, pintor de soaciones, maestro
de melancolas, y el cual en todas sus obras pone algo de la tristeza
que ha aprendido en las partes dolorosas y misteriosas de la vida. Le
conoc en Pars, despus de ser muy amigos desde lejos. Es la primera
vez en que la persona no me caus decepcin por el artista. Personal
e intelectualmente es el mismo. Gracias a Dios que no me ha quitado
an--ni me lo quite nunca!--el don de admirar. Admirar de veras, con
mente sincera, con el corazn o con la cabeza, o con ambas cosas. Me
habl entonces Rusiol de su drama _L'Heroe_ y de la resonancia del
estreno, pues en la pieza hay dura enseanza popular dicha, si con
manera de noble artista, con claridad que pone a la vista de todos una
amarga leccin de los injustos horrores de la guerra. Los del gobierno,
los del poder y los entorchados, protestaron e iban a provocar grueso
escndalo; las representaciones cesaron por orden de la autoridad, y
el artista dramaturgo tuvo que salir para Francia. Ahora veo en los
carteles anunciada una obra nueva, que por su ttulo juzgo causar, si
cabe, mayores protestas. Se llama _El Mistich_. El soador hace as
su ofrenda de bien a los oprimidos, ayuda a los de abajo. Como debe
hacerlo: desde arriba.

Otros poetas traducen a los clsicos, y a los modernsimos extranjeros.
Hay un teatro latino que equivale a l'Oeuvre, o al Libre de Pars. Se
publican excelentes revistas de ideas y de arte, y libros de ingenios y
talentos bregadores presentados en formas artsticamente llamativas y
de bella tipografa. Todo sto en cataln. Pues son raros los que, como
el noble poeta Marquina, prefieren vestir de castellano sus ideas.

La juventud--brava joventut!--cultiva su campo, siembra su
semilla. Alza, construye su torre en el limitado cerco en que se oye
su lengua: pero desde lo alto de su torre, ve todos los horizontes.
Fecundo ncleo de vivaz civilizacin, la vieja Barcino, la generosa
y gallarda Barcelona de ahora, se afianza en su seguro valor y alza
la cabeza orgullosa coronada de muros, entre la montaa y el mar, que
vi partir en otros siglos los barcos de sus conquistadores. Existe
el catalanismo? Existe el odio que se ha dicho contra el resto de
Espaa? Yo no lo creo ni lo noto ahora. Existe el catalanismo, si
por catalanismo se entiende el deseo de usufructuar el haber propio,
la separacin de ese mismo haber para salvarlo de la amenazadora
bancarrota general, el derecho de la hormiga para decir a la cigarra:
baila ahora!; y la voluntad de mandar en su casa. Mas as como el
ansia de porvenir ha unido a los obreros catalanes con todos los de
la pennsula en una misma mira y un mismo sentimiento, el deseo de
vuelo y expansin comienza a unir a la intelectualidad libre catalana
con la libre intelectualidad espaola, representada por admirables
personalidades pertenecientes a todas las provincias, ligados as
todos por la solidaridad del pensamiento y el propsito de olvidar
pasados defectos y errores, y colaborar en la misma tarea de bondad
y de gloria. Cierto, repito, que quedan los anquilosados de ayer,
los rezagados de la pacotilla; pero toda la sucia y seca hojarasca
desaparece al brotar la nueva selva, al renovarse la flora del viejo
jardn, a la entrada triunfal de la recin nacida primavera. La
Amrica espaola ha mandado tambin sus embajadores, y poco a poco se
va formando ms ntima relacin entre ambos continentes, gracias a la
fuerza ntima de la idea, y a la internacional potencia del arte y
de la palabra. Pues hasta, por mayor decoro, la vida comercial misma
ha sacado ventajas, ayudada por los predicadores de las letras y
misioneros del periodismo. La unin mental ser ms y ms fundamental
cada da que pase, conservando cada pas su personalidad y su manera
de expresin. Se cambiarn con mayor frecuencia las delegaciones de
los intereses y las delegaciones de las ideas. Seremos, entonces
s, la ms grande Espaa, antes de que avance el yanqui haciendo
Panamaes. Que cada regin tenga y conserve su egosmo altivo, pues de
la conjuncin de todos esos egosmos se forma la comn grandeza; cada
grande rbol crece y se fortifica solo y todos forman la floresta. Esto
me hace pensar la Barcelona de las rojas barretinas y de las compaas
de vapores, la Barcelona de Rusiol y de Gual, y la de las copiosas
fbricas y nutridos almacenes; la que hace oro, labra hierro, cultiva
flores y se fecunda a s misma, entre los montes altos, silenciosos y
las inmensas aguas que hablan.

[Ilustracin]




[Ilustracin: MLAGA]




[Ilustracin]


ESCRIBO a la orilla del mar, sobre una terraza adonde llega el ruido
de la espuma. A pesar de la estacin, est alegre y claro el da, y
el cielo limpio, de limpidez mineral, y el aire acariciador. Esta es
la dulce Mlaga, llamada la Bella, de donde son las famosas pasas,
las famosas mujeres y el vino preferido para la consagracin. Es
justamente una parte de la tierra de Mara Santsima, con dos partes
de la tierra de Mahoma. Mas el color local se va perdiendo, a medida
que avanza la universal civilizacin destructora de poesa y hacedora
de negocios. Hay, en verdad, mucho de lo tpico, en los barrios
singulares, como el Perchel, la Trinidad y la escalonada Alcazaba; mas
la ciudad no os ofrecer mucho que satisfaga a vuestra imaginacin,
sobre todo si imaginis a la francesa, y no buscis sino pandereta,
navaja, mantn y calas. Hay s la reja cantada en los versos, y los
ojos esplndidos de las mujeres, y la molicie, y el ambiente de amor.
Hay las callejuelas estrechas y antiguas, y las ventanas adornadas
con los tiestos de albahacas y claveles, como en los cromos; hay
bastante morisco y no poco medioeval. Mas, del lado del mar, surge una
Mlaga cosmopolita y nueva, y ms que cosmopolita, inglesa, durante
la season, pues dems est decir que desde que un Mr. Richard Ford
escribi en su Hand-Book for travellers in Spain que el clima de
Mlaga es superior a todos los de Italia y Espaa para enfermedades
del pecho y que aqu el invierno es desconocido, la invasin
britnica estuvo decretada. Los ingleses no han llegado a Andaluca tan
solamente por bien de sus pulmones y bronquios. Y as, como lo hace
observar Jos Nogales, que es autoridad y que es andaluz: en las
zonas andaluzas donde se extiende la influencia inglesa--exclusivamente
inglesa--, la vida interior reacciona de un modo maravilloso. Parece
otra gente. Por Mlaga, por el campo de Gibraltar y por Huelva, van
entrando los ingleses en mansa y tranquila invasin de intereses que de
da en da ensanchan y afirman. Y el fenmeno por m observado consiste
en lo bien y rpidamente que se entienden y hermanan el andaluz y el
ingls. A los dos das de llegar, el ingls es don Guillermo, o don
Roberto, o don Jorge. Unos y otros se acomodan bien a sus maneras, y
hay, andando el tiempo, deseos del entruque rara vez desperdiciados. De
ah va saliendo el ncleo de una raza nueva y vigorosa. El extranjero
ha trado a Andaluca el impulso del trabajo, ha implantado fbricas,
ha dado gran aumento a la exportacin de frutas y de vinos. Quin se
acuerda ya del ingls aborrecido? El nombre de uno est grabado en
un monumento pblico, el ingls Robert Boyd, que fu fusilado por la
causa de la libertad, junto con Torrijos. Estas villas floridas, estos
chalets llenos de morenas meridionales y rubias anglo-sajonas, al
lado de la Caleta y el Polo, hacen recordar que por aqu pas Byron y
afirman que esto es encantador. Sobre todo, no hay ese bullir lujoso
de las ciudades balnearias revueltas por la moda y emponzoadas por
el casino. Aqu no hay casino, ni moda, ni viene Liane de Pougy, ni
monsieur de Phocas. Aqu hay luz, montes apacibles, el Mediterrneo,
barcas pescadoras. Larios y boquerones, corrige un andaluz que lee
las ltimas palabras que he escrito.

Larios? En efecto, en la ciudad todo es Larios. La propiedad, la
influencia poltica, estn en poder de ese apellido. Vais por un paseo
y encontris una estatua del marqus de Larios. La calle principal
de la ciudad, es la calle de Larios; las casas todas que forman esa
calle, pertenecen a los Larios; de los Larios son tambin otras cuantas
regadas en la poblacin. Hay dos grandes fbricas de hilados, con
unos ocho mil trabajadores, y dems est deciros que esa fbrica es
de los Larios. Hay diez fbricas y refineras de azcar, y pertenecen
igualmente a la famosa familia.--Y ese gran asilo?--De Larios. Desde
Gibraltar hasta Almera, me dicen, todo es de ellos. Mlaga es la
ciudad de los Larios.--Y la catedral, tambin ser de ellos?--La
catedral no; pero el reloj de la catedral, s! Estas son andaluzadas
en serio.

       *       *       *       *       *

Les damos por armas la forma de la misma ciudad y fortaleza de
Gibralfaro, con el corral de los cautivos en un campo colorado, y por
reverencia y en cada una de sus torres, las imgenes de los patronos de
Mlaga, San Ciriaco y Santa Paula, y por honra del puerto las ondas del
mar, y por orladura de las dichas armas, el yugo y las flechas. As se
expresa la real cdula en que los Reyes Catlicos, Don Fernando y Doa
Isabel, concedieron a Mlaga el blasn que queda dicho. Gibralfaro es
una ruina, como todo lo que queda recordando el podero rabe. He visto
la bella puerta de las Atarazanas sirviendo de entrada a un mercado, en
el mismo lugar en que se levantaba una magnfica mezquita en tiempos no
de tanta miseria para el pueblo malagueo. Es la obra de los cristianos
y civilizados vencedores. La labrada piedra contesta: _Le galib ille
Alh_: El vencedor solo es Dios...

Y la herencia arbiga se encuentra por todas partes, en la faz de las
mujeres, en las figuras del pueblo, en las rejas de las casas, en los
guturales gritos de los vendedores ambulantes.

Cuando he recorrido la ciudadela de la antigua Alcazaba, he credo
ver revivir ante mis ojos la pasada existencia. Habitan gentes en las
mismas viejas construcciones, casas estrechas y escalonadas en la
altura, desde donde se domina el ancho puerto.

En algn punto veis, sobre una columna corintia del tiempo de la
dominacin romana, el arco en herradura que vi pasar los albornoces
blancos y los estandartes verdes. He conocido al poeta y novelista
Arturo Reyes, el primero de los portaliras malagueos y bien amado de
sus conterrneos; jams he visto moro de pintura o de verdad que le
supere en aspecto. Qu modelo para Benjamn Constant! He visto vestida
a la moda de Pars y en un elegante carruaje, a Zulema; y, con una flor
en la cabeza, comprando pescado, cerca del seco Guadalmedina, a Zoraida.

       *       *       *       *       *

Entrando a la realidad de la vida, hallis un pueblo pobre, falto
de sangre y de trabajo. El exceso de poblacin apenas halla salida
escasa en los inmigrantes que atraviesan el Ocano. Y la indolencia
nacional... Iba yo recorriendo la ciudad, en un tranva tirado por
flojos caballos. All, en un lugar llamado Puerta Nueva, se encontr
un carro en la va, en el carro unos cuantos sacos, y el carrero
consiendo uno de ellos. El hombre vi venir el tranva con una mirada
indiferente, y sigui cosiendo su saco. Pasaramos? No pasaramos...?
El conductor descendi a hablar con el carrero; o vagas palabras,
vi pocos gestos. El hombre segua consiendo su saco... A los cuatro
minutos, el tranva pudo pasar, _et pour cause_. El hombre haba
acabado de coser su saco...

En un lugar de la larga hondonada que forma el lecho del sediento
Guadalmedina, he visto una especie de lamentable mercado al aire libre,
peces y fruta, cestas de pulpos como en Npoles, y naranjas doradas. Lo
pintoresco no quita la sensacin de miseria, entre calles y callejuelas
llenas de malos olores, de charcos pestilenciales, de focos de
enfermedad. Me explico la abundancia de plidos rostros, de colores
marchitos en las ms hermosas facciones.

Hoy veo, en un diario, que el nmero de reses vacunas sacrificadas
es de veinte; y Mlaga tiene ms de ciento treinta mil habitantes...
Y la carne paga una peseta el kilo, de derechos de consumo! Un muy
discreto y activo periodista, a quien he tenido el placer de tratar, el
Sr. Fernndez y Garca, me da los ms penosos detalles: La caresta
de los artculos alimenticios, dice, equivale a un grave motivo de
alarma. La carne, para los pobres, resulta un artculo de lujo. Muchos
enfermos tienen que prescindir de ese alimento necesario para reponer
las fuerzas, porque su precio excesivo no lo pone al alcance ms que
de las personas bien acomodadas. La leche es mala y cara. De qu
nos sirve nuestra vecindad con Marruecos, si rara vez disfrutamos
la ventaja de recibir, en cantidad suficiente, huevos y aves a
precios econmicos, importados de los terrenos inmediatos a nuestras
posesiones de Africa? El pescado mismo, con excepcin de los das de
pesca abundante y extraordinaria, sufre caresta. El bacalao? Si el
gobierno no toma el buen acuerdo de pedir a las Cortes la supresin de
los derechos arancelarios, se vender tan caro, que, como sucede con la
carne, no estar al alcance de los pobres. Slo faltaba el aumento en
los precios de los alquileres, y ya es tan difcil encontrar albergue
higinico y barato, como un avaro con alma. De modo que el malestar se
acenta para todas esas clases de la sociedad a quienes la lucha por
la existencia resulta penossima, y que van dejndose la piel en las
zarzas de estos infortunios. Con decir que el remedio no se vislumbra,
se expresa que la desgracia que nos afluye parece mayor porque se vive
sin esperanzas. Hay, pues, necesidad en las clases pobres, hambre en
el pueblo.

La antigua religiosidad ha mermado mucho, y, en sus sufrimientos, ya
no se vuelven los necesitados a la Divinidad, ya no se ruega a Dios...
Se siente una invasin de protestas anrquicas, que va de la ciudad a
la campia, a pesar de las congregaciones religiosas que luchan por
conservar su influencia, a pesar de las vrgenes que podis ver en
algunos sitios, a la entrada de algunas casas, adornadas de flores
artificiales, y ante las cuales arde una plida lamparilla de devocin
tradicional.

       *       *       *       *       *

Hoy, 11 de Diciembre, aniversario del fusilamiento de Torrijos y
sus compaeros, he ido a ver el monumento levantado en memoria del
espantoso sacrificio... No vi coronas profusas, flores de recuerdo.
Por calles sucias, entre baches y pedregales, llegu, por el barrio
del Perchel, a la iglesia del Carmen, donde estaba el antiguo
convento. Por el camino, un compaero me recuerda la pgina sangrienta
que inmortaliz artsticamente un clebre pincel. Encontrbanse en
Gibraltar unos cincuenta desterrados a causa de sus ideas liberales,
y fueron llamados secretamente por el gobernador de Mlaga, Moreno,
proponindoles pronunciarse con ellos en favor de las libertades
de la Constitucin, como se deca entonces. Salieron de Gibraltar
cincuenta y un hombres. En camino, pasaron la noche en el cortijo de
la Alquera, y all fueron copados por las tropas que mand con ese
objeto el mismo gobernador de Mlaga. Lograron escapar dos ingleses,
de tres que venan en la expedicin. Llegaron los presos por la maana
del 10 de Diciembre, y al da siguiente, a pesar de ser da domingo,
con el permiso episcopal, fueron fusilados. La capilla la pasaron en
una iglesia del entonces convento carmelita. La ejecucin empez a
las siete de la maana y dur media hora. El ltimo que mataron fu
el ingls Boyd. Mi abuelo, me dice la persona que me acompaa, oy
los tiros desde el vecino matadero de reses. Calcula que se tiraran
mil tiros... De lo que no hay que asombrarse, teniendo en cuenta que
entonces se usaban fusiles de chispa, que estaba lloviendo y que se
mojaba la plvora de las cazoletas, por lo que fallaban muchos tiros.
Los quejidos de las vctimas y el estado nervioso de los mismos
soldados de la ejecucin aumentaban el horror de tal manera, que el
fraile que confes y ayud a bien morir a las vctimas se volvi
loco...

Al llegar a la iglesia, un chicuelo zaparrastroso me sale al paso.

--Qu quiere usted?

--Visitar la iglesia.

--Venga.

--Dime: en dnde estuvieron encerrados Torrijos y sus compaeros?

El chico me mira asombrado. No halla qu contestar. Le explico ms. Se
trata de unos que mataron hace tiempo... Por fin cae en la cuenta.

--Venga usted. Ya s. Aqu est el confesonario en donde los confesaron.

En efecto: en una capilla que est al lado derecho del altar mayor, y
cuya entrada an conserva la gruesa reja que sirvi de crcel de una
noche a los sacrificados, logr ver entre la obscuridad, aislado, un
confesonario viejo y polvoroso. Luego salgo con mi amigo acompaante a
buscar el lugar en que fueron ultimados. Lo encontramos, preguntando,
en una callejuela inmunda. Hay una base gastada, de mrmol, sobre la
que reposa una tosca cruz de hierro. Hay una inscripcin borrada,
ilegible. Ni una flor. Hay comadres conversando en las puertas de las
casuchas vecinas, y muchachos mugrientos jugando a pleno cielo, y un
perro sooliento hacia el lado por donde se va al mar azul...

Esta es Mlaga la Bella, de donde son las famosas pasas, las famosas
mujeres y el vino preferido para la consagracin.


II

Por la maana he ido a ver sacar el copo a los pescadores, a un
lado del esbelto y blanco faro. Las gentes estn ya de fiesta como
la mar y el sol. Miro animacin por las calles, sobre todo cerca de
la Plaza de la Constitucin, donde un puado de barracas atrae a los
transeuntes y forasteros. La calle de lujo, la calle Larios, ofrece
sus vitrinas llenas de dulces, de pintura _criarde_ y de artculos
de Pars. All en la playa hay ropas ms vistosas que de costumbre,
mantones blancos y azules, pauelos y corbatas policromas, entre las
gentes que van a presenciar la sacada de la red. Tirada por unos
cuantos hombres y muchachos, sostenida en las aguas por odres infladas,
va saliendo poco a poco ante la inmensidad del Mediterrneo azul y
del cielo azul. Cuando llega a la arena y la recogen rpidamente los
pescadores--despus de larga fatiga,--se ve la carga de boquerones
semejantes a vivas rebanaduras de plomo, los opalinos y flcidos
calamares, la pescadilla como una lanza, la sardina plateada y profusa.
De all los recoge el vendedor callejero, que va despus gritando su
calidad y llevando, como la balanza los platillos, dos cestos laterales
colgantes del palo que sostiene sobre sus hombros.

Por las calles va la gente atareada en busca de los preparativos de
las cenas caseras. Los paveros, de su banda de pavos en compaa,
como canta la sonora guitarra del poeta Rueda, van, en efecto,
conduciendo, con una vara larga como de alcalde y un ancho sombrero,
a los suculentos animales que son de costumbre y ley en noche de
Navidad. Se compran en las dulceras y confiteras las sabrosas cosas
miliunanochescas o monjiles, hechas de harinas y mieles, y cuya
nomenclatura regocijara a pantagrulicos abates: turrones y mazapanes,
pestios, roscas, tortas de aceite y manteca, y entre cien otros, los
polvorones de Estepa y Laujar, los alfajores exquisitos y golosinas de
almendras y azcar que se deshacen inefablemente en el paladar. Apenas
me referir a la _charcuterie_ nacional, con sus salchichones de Vich,
sus chorizos de Candelario y la Rioja y Extremadura, sus incomparables
morcillas y salazones, y la egregia butifarra catalana. Las frutas
tienen admirable representacin en los puestos que se establecen a la
entrada de la calle Nueva, con una variedad y lozana que sorprenden.
Junto a la uva deliciosa del pas, cuya fama es universal, y junto a
las doradas naranjas dulcsimas, se ve la americana chirimoya y la
misma caa de azcar, y la banana, que han brotado en este suelo al
amor de un clima casi tropical. El mercado de frutas en plena calle
es a la manera de un zoko rabe, por su bullicio y movimiento, lo
pintoresco de las gentes, los borriquillos cargados, los tipos mismos
populares y la invisible y perdurable influencia que los antiguos
habitantes africanos dejaron en el ambiente de esta ciudad indolente,
potica y llena de clida gracia.

Y he de celebrar siempre, ante todo y despus de todo, el hechizo de
la mujer malaguea, indudablemente la primera en hermosura en todo el
reino de belleza que es la tierra de Espaa. Hay que ver Mlaga en
un da como ste, con sus calles y paseos, su Caleta y el Palo, su
Alameda y su nuevo Parque, animados de maravillosas rosas vivientes,
que van y vienen, sin coqueteras de pases ms parisienizados, pero
todas carne floral y colores de vida, de salud y amor. Lo mismo las
malagueas de la aristocracia, que saben bien los usos y modas de Pars
y Londres, que las de la clase media y las del pueblo, llevan en sus
rostros un poema de encanto natural y una atvica chispa encendedora de
corazones que hacen revivir en las ms prosaicas almas de este tiempo
prctico, un enamorado son de guzla, o una declamacin que valga por
una ksida. La malaguea es sultana u odalisca. O impera con la mirada,
o halaga con la sonrisa. Hay cuerpos que van rtmicamente andando con
manera tal, que el _incensu patuit dea_ os sale de los labios. Hay ojos
malagueos que son inmensos, y en su inmensidad est todo el cielo y
todo el mar y todo el amor, junto con la inmensa voluptuosidad. Este es
don particular de la hembra de aqu, como saturada del perfume de la
ilusin moruna del mahometano paraso. Son las anticipadas hures. Y
como a sus abuelas les impuso el catolicismo la devocin, hay en ellas
una inquietante mezcla de ngeles catlicos y zoraidas sarracenas.
Tienen el ms provocador de los pudores. Las cabelleras son copiosas y
doradas o renegridas. He visto pasar dos hermanitas de las ms opuestas
cabelleras: la una nocturna, de noche tempestuosa; la otra auroral.
Llevaban el pelo cado por la espalda, y no se poda menos de pensar ya
en Margarita, ya en Mignon. Y Esmeralda? A Esmeralda la veis a cada
paso. Y si vais al suburbio, en el medio gitano, veis aparecer, aun en
horribles tugurios, sus dos ojos negros llenos de pasin y maleficio.

La goletera, la herona de Arturo Reyes, sale multiplicada de su
barrio, seguida del novio y de los varios Pipirigaas que andan
alrededor suyo. Como no soy muy ducho en distinguir las de la Goleta
entre las del Perchel y de la Trinidad, se me antoja una Trini cada
moza de las que llaman barbianas, con bellos ojos y caras y cuerpos
de celeste pecado mortal. En el paseo, por la tarde, a orilla del mar
quieto y amoroso en su dulce infinito, se juntan todas esas Trinis en
grupos familiares, cerca de pequeas hogueras en que en sartas se asan
las ricas sardinas recin salidas del copo, y que se comen calientes,
regadas despus con el chispeante Montilla que pone luz solar en la
cabeza y suelta estas giles lenguas, estas giles manos y estos giles
pies, pues siempre se toca la guitarra, siempre se jalea, se acompaa
al tocador con las palmas, siempre se cantan las gimientes malagueas
o los rtmicos tangos, y a veces se ve a una brava muchacha iniciar
un paso en que luce el garbo heredado de las antiguas danzarinas
andaluzas. Las percheleras y las trinitarias son famosas por su gracia
y su habilidad para el canto y el baile. As las he admirado al pasar,
mientras un sol carioso tea ya de oro, de violeta, de prpura, el
inmenso cristal mediterrneo.

Los hombres pasan con sus trajes nuevos, las americanas ceidas a la
torera, los sombreros grises cordobeses, los zapatos de charol con la
inevitable caa de color claro. Y con ciertos andares y ademanes que
hacen ver que el compadrito bonaerense ha heredado algo de por ac.
Y las mujeres andan como que se deslizan, con los mantones de lana,
blancos, rojos, azules, como las corbatas de los novios y amigos, y
llevan las cabezas hermossimas, adornadas con flores, profusamente,
rosas fresqusimas y rosadas, claveles ultraviolentos, y unas especies
de crisantemas pajizas que llaman goyetinas, y que completan la
decoracin floral. Quin va a la casa a preparar la cena de la noche,
quin va a las barracas a comprar juguetes con los nios; juguetes que
tienen todo el carcter local: guitarritas, castauelas, panderetas
y figuras de nacimiento, que se venden al lado del pin-pan-pum,
divertimiento grotesco en que la brutalidad y el instinto de agresin
humanos encuentran contentamiento, lo mismo en la feria de Neully que
en la diminuta fiesta pascual malacitana. Las borracheras populares
comienzan a hacer ruido por la noche. Se oyen pasar las sonoras
parrandas, reuniones de muchachos y muchachas del pueblo, que van
cantando coplas por las calles, coplas que recuerdan la celebracin
del da, la Virgen en el pesebre, Jos, el nio Jess, el buey y la
mula. Y de paso va entremezclada la copla amorosa o satrica, al son
de las zambombas, al grito de los pitos, al chocar de las almireces
y castauelas, al rasgueo de la inseparable guitarra. Hay quien se
acuerda todava de por qu se celebra esa noche; hay quien piensa,
por la tradicin, en la estrella de los reyes magos, en la aldea de
Beln, en el Dios de los cristianos que naci pobremente, que muri
hace muchos siglos, y por el cual se pasan ratos muy agradables y
regocijados.

            La nochebuena se viene,
          la nochebuena se va,
          y nosotros nos iremos
          y no volveremos ms.

      Carrascls, que gordo est el pavo;
    carrascls, que gordito est;
    carrascls, qu enjundia que tiene;
    carrascls, carrascls, carrascls!

Quin se acuerda en Pars, al engullir el boudin blanco, ni de
Cristo ni de la muerte...?

Luego se va aqu a la misa del gallo. Las gentes invaden la iglesia,
iluminada como para la alegre fiesta. El rgano lanza sus chorros
armoniosos. Los villancicos resuenan, como las coplas de una celeste
juerga. Los registros de la voz humana, del bombardn, de la chirima,
derraman sus sonidos como en un trueno de msica. Hay verdadero gozo
en el ambiente, aunque la devocin no sea muy grande. Las campanas han
anunciado el nacimiento del buen Pastor, celebrado por los pastores
y adorado por los reyes. Todo eso est muy bien; y as ha llegado la
hora de ir a los gapes copiosos en que hay tanta golosina, tanto vino
encendedor de sangre y el animal de ritual:

    Carrascls, que gordo est el pavo;
  carrascls, que gordito est;
  carrascls, qu enjundia que tiene;
  carrascls, carrascls, carrascls!

Luego ser la danza, los cantos; airosas sevillanas, donairosos
panaderos, saltantes y garbosas jotas. Y el buen pueblo continuar
en la zambra; saldr por la poblacin caminando al comps de sus
instrumentos, echando al aire, bajo las estrellas, estrofa y estrofa;
la parranda llenar con sus ecos todos los barrios; el vino ir
dejando vencidos, y la ltima cancin se escuchar hasta despus de
que haya salido el sol.

       *       *       *       *       *

Sol andaluz, que vieron los primitivos celtas, que sedujo a los
antiguos cartagineses, que deslumbr a los navegantes fenicios, que
atrajo a los brumosos vndalos, que admir a los romanos, pero que,
sobre todo, fu la delicia de los africanos de ojos y sangre solares;
l es ms que todo el donador de gracia y amor en esta tierra. Mlaga
es predilecta del divino Helios. En otros das, dice D. Juan Valera,
cuando tenamos en Espaa un pronunciamiento cada seis meses, Mlaga
se jactaba de ser la primera en el peligro de la libertad. Ahora que
felizmente la libertad no peligra, Mlaga, con su regin, bien puede
jactarse, si no de ser la primera, de ir muy adelante y de descollar
mucho en el cultivo de las letras humanas y de la palabra hablada y
escrita. Es singularsimo que los hijos de esa regin se distingan
hablando y escribiendo, por dos cualidades extremas en las que se
cifra todo el poder de la palabra humana. El discurso hablado del
malagueo es torrente impetuoso que arrebata y conmueve: acusaciones
serias, chistes, burlas, sistemas polticos y econmicos, y hasta
filosofas de la historia, inventado todo de repente y convertido en
masa de proyectiles para derribar a los contrarios y meterlos debajo
de los bancos; tal es la elocuencia torrencial de la regin malaguea:
algo semejante a una venida del Guadalmedina. Esas son cualidades
solares. El sol da su brillo a la imaginacin malaguea, su fuerza a
la fecundidad malaguea, su singular encanto a la hembra malaguea;
Castelar no era de Mlaga, era de Cdiz; hermana solar tambin; pero
Cnovas era malagueo. La paleta del egregio maestro Moreno Carbonero
concentra mucho de esta luz poderosa y dominante. Los poetas malagueos
Daz de Escovar, que hace cantares oyendo el latir del corazn de su
pueblo; Reyes, que lleva la primaca, ardoroso moro, y ms que andaluz
supermalagueo; Rueda, maestro en gay saber andaluz; Urbano, delicado;
Snchez Rodrguez, triste y melodioso; Gonzlez Anaya, enamorado
melanclico de su tierra; Fernndez de los Reyes, que labra el verso
sincero y vibrador; todos los portaliras malagueos son dignos de su
raza solar. Son almas que sufren lejanos atavismos, de los cuales brota
el canto como la rosa del rosal.

Hay una estatua que levantar en Mlaga: la de Hamehet-el-Zegr.

Y as concluyo estas lneas sobre la Nochebuena, en pleno sol.


III

Los extranjeros que llegamos en la hora actual a Espaa, sufrimos
ciertamente desengaos. Hemos llegado tarde; _les lauriers sont
coups_. El progreso es el enemigo de lo pintoresco, y su nivelacin
no va dejando carcter local ni originalidad en ninguna parte. Hay
andaluces de la hora presente que protestan contra la Andaluca de
figuras de pandereta y caja-de-pasas, que tanto ha dado que escribir,
cantar y pintar, la Andaluca byroniana, de Gautier, la de D'Amicis;
protestan porque quieren otra Andaluca semejante a los Dorados
comerciales en que piensa mi amigo Maeztu. Ah! desgraciadamente ya
no encontramos la potica Andaluca sino muy venida a menos o muy ida
a ms. El progreso aqu en Mlaga, por ejemplo, ha trado los altos
hornos y se ha llevado los encantos de antao. Las particularidades
andaluzas que antes daban viva leccin de las gracias autctonas y de
las locales bizarras, la indumentaria misma, todo lo que constitua
tema para pginas de colorido y de dibujo caractersticos, queda en los
viejos libros. _El Solitario_ es tan antiguo como Nepote. En la calle
principal de Mlaga hay tiendas parisienses, dos clubs. En el paseo
principal hay corso como en Palermo o en el Bois, relativamente, y la
ciudad cuenta con un automvil, oh poeta Ovando Santarn!, que no
podra entrar en tus octavas reales.

Los malagueos progresistas que quieren su ciudad igual a no importa
qu ciudad moderna, con las abominaciones rectangulares que odiaba
el gran Yanqui, estn en su derecho, como los venecianos que quieren
rellenar el _Canalazzo_ y echar al olvido las gndolas. Estn en su
derecho; pero tambin estn en el suyo los artistas del mundo que
defienden la belleza del pasado y la razn del arte. Nada ms odioso
para m que un doctor japons vestido de londinense, que durante el
tiempo que nos toc estar juntos en un compartimiento de ferrocarril,
me hablaba con desprecio de los pintores japoneses y de la poesa
de su raza, y me elogiaba la invasin del parlamentarismo y la
occidentalizacin de sus compatriotas de ojos circunflejos. Y nada ms
simptico que la idea del fuerte y noble pintor Moreno Carbonero, que
inici un proyecto, segn me dicen, de reconstruir la ruinosa Alcazaba
morisca malaguea, para resucitar en la ciudad luminosa un rincn
pintoresco y animado de la vida antigua, sin duda alguna ms activa,
y, sobre todo, ms bella que la presente. Las altas damas desdean
ya la mantilla. No se encuentra una maja sino en cromos. Los hombres
quieren, por su parte, parecer ingleses, como los elegantes de todos
lugares. El pueblo bajo no tiene sino vagos restos de las tradicionales
maneras. Los toreros quieren ser personajes sociales. Don Luis es
el clebre Mazzantini, y se habla de sus modos de gran seor y de su
biblioteca y de sus trufas. El otro Mazzantini, el _cadet_, se mete en
los asuntos electores de su pueblo, perora, toma parte activa en las
luchas polticas. La coleta queda, por milagro, como un recuerdo y como
una costumbre, que acabar por caer. Los tipos bizarros de antes quedan
para modelos de los pintores y _pour l'exportation_.

El mismo cante flamenco ha degenerado, ha perdido sus bros antiguos.
Vagan an gloriosas ruinas, como Chacn, famoso por sus jipos,
tanto como por sus buenas fortunas en aristocrticos caprichos, y Juan
Breva, el cantaor de Don Alfonso XII, que, viejo corpulento, va hoy
por ah cantando en falsetes lamentables las eternas malagueas de
quejas e hipos, o las amorosas y armoniosas soleares, ltimo aeda del
antes triunfante flamenquismo. Dicen de Chacn que es uno de los que
han contribudo a la ruina del cante, porque ha sido el decadente con
talento de los cantaores, y los que le han seguido y han querido
hacer como l, han resultado con el fracaso de todos los serviles
aclitos que sin reflexin ni fuerza imitan. Donde algo queda de las
pasadas gracias nativas es en el baile, pues las danzarinas andaluzas
guardan an las mismas condiciones que las hacen aparecer en los
exmetros de Juvenal. La exportacin que ya seala el satrico, est
hoy en ms auge que nunca. El baile espaol se ha hecho un nmero
preciso en todo programa de caf-concert o music-hall que se respeta,
y hay pases en donde es singularmente gustado, como en Rusia y en los
Estados Unidos. Carolina Otero conoce la admiracin de los rublos. Y
el ilustre cubano Jos Mart cont, en una de sus bellas cartas, a los
lectores de _La Nacin_, de Buenos Aires, cmo los yanquis salan de su
frialdad anglosajona al mover sus estupendas piernas aquella ruidosa y
preciosa Carmencita, que qued, para regocijo de los ojos, perpetuada
en la tela de Sargent, que guarda el Luxembourg.

As, toda joven que aprende a bailar, suea, si es bella, con la
felicidad que existe en el extranjero, con las contratas en grandes
ciudades en que hay gloria y amor rico, en las victorias de las
Carmencitas, Oteros, Guerreros y Chavitas que van conquistando el mundo
a son de sevillana, jota, vito, seguidilla o tango. Entretanto se van
cerrando los cafs tpicos de cante, aun en esta misma Andaluca de las
guitarras, coplas y claveles. Aqu en Mlaga haba cinco, por ejemplo,
entre ellos el famoso de Silverio, y apenas queda uno, muy mediocre
y poco atrayente. En Sevilla se cerr el sonadsimo Burrero, en la
calle de las Sierpes, despus de haber tenido en su tablado todas las
celebridades guitarreras y coreogrficas de la tierra, que como sabis,
es de Mara Santsima. Restan apenas las vistosas y decorativas casas
de cante y baile que puedan satisfacer la curiosidad del viajero, en
ciudades de segundo orden, como Ronda, Vlez-Malaga o Antequera, lugar
por donde muchos quieren que salga el sol...; o all en Algeciras, o
La Lnea, en las cercanas de Gibraltar, en donde los ingleses de la
guarnicin van a dejar sus libras convertidas en castizas pesetas.

Yo he ido a ver aqu en Mlaga el caf de Espaa. Le el anuncio en
un diario: Todas las noches, grandes bailes nacionales y cante, por
la clebre cantadora por Tangos la Nia de Pomares, y el aplaudido
cantador Jos Beda, el Jerezano. A las siete y media. Entrada al
consumo. El local es un largo saln, con mesitas, como cualquier caf,
y en el centro un tablado, sin adorno alguno.

Concurrencia heterclita; humo de cigarros; uno que otro seorito,
uno que otro militar, algunos campesinos, que aqu llaman catetos.
De pronto, los acordes de un piano se oyen, y aparecen en el tablado
seis u ocho mozas vestidas de semimajas; es decir, de majas, que a la
conocida indumentaria han agregado adornos y pompones a la francesa.

Llevan colores vistosos en las faldas cortas y acampanadas, en los
corpios; y en las cabezas, rizadas y de peinados bajos, portan
moos de cintas y flores de tintes violentos, flores naturales o
artificiales. Bailan primero las boleras, que son las que llevan esas
faldas cortas, y se acompaan con las castauelas, bailan el ol,
que tiene el ritmo de un vals; los panaderos, ms despaciosos, por
dos parejas; las sevillanas, el jaleo, el vito, las soleares, las
seguirillas, y hasta jotas. Hay cierta gracia; pero deslucen las
arrugadas medias color de carne, los trajes sin esmero, los zapatos
usados, las sonrisas forzadas en las caras llenas de pintura, los
horribles calzones que se exhiben al dar las ligeras vueltas o al hacer
un quiebre de cintura.

Despus de las boleras bailan las flamencas sus polos, medios polos,
zapateados, tangos y otros bailes. Las flamencas llevan faldas largas,
no llevan castauelas; pero hacen sonar los dedos imitndolas, y tienen
un coro de jaleadores que las anima con gritos, con los tradicionales
oles y arzas, y que sigue el ritmo con las palmas. Todas esas
danzas se parecen; el extranjero, el no conocedor, difcilmente puede
distinguir la diferencia que hay entre una y otra, la cual diferencia
es de pasos y compases, con el ritmo ms o menos precipitado o
contenido.

Despus que han bailado, descienden boleras y flamencas a visitar
a los consumidores en las mesitas, a hacer gastar lo ms que se
pueda, segn la consigna del dueo del caf. Todas las que he visto
son muy jvenes y bonitas, afeadas tan solamente por lo srdido de
los vestidos. Hay una nia de trece a catorce aos, portadora de
monstruosas piernas postizas. Pregunto a un vecino qu dice la liga
contra la trata de blancas a este respecto, y me contesta que estas
jvenes son, o por lo menos dicen que son, honestas. De mesa en mesa
van trasegando manzanilla y ms manzanilla, de mesa en mesa donde hay
extranjeros o forasteros, porque los nativos conocen el juego y no se
dejan explotar. Las caras de las muchachas, cubiertas de polvos y de
afeites, exageradamente brochadas de rojo, a los resplandores de la luz
elctrica toman reflejos extraos, se ven en una verdad lamentable,
con un aspecto cuasi grotesco, penoso y triste, en su fiesta, como en
un cuadro de Zuloaga. Las infelices beben, beben, para volver a bailar
y volver a beber. Las interpelan conocidos, de chaqueta o americana
corta y sombrero cordobs, les dicen groseras galanteras, les murmuran
proposiciones, se burlan de ellas, y, a veces, las insultan... El piano
inicia de nuevo el son, y ellas, descaradas, bestiales, ingenuas, suben
de nuevo a las tablas.

Toca a los cantadores la tarea. _Cantaor_ en realidad hay uno slo
de los dos hombres bien afeitados y ceidos que se sientan en sendas
sillas. Uno toca la guitarra. El otro, el _cantaor_, clava los ojos
en el aire, mirando hacia arriba, y comienza a quejarse, a quejarse
largamente; con un bastn pesado golpea las tablas, llevando el comps,
y la queja se extiende, ondulante, gemido, grito, ay, lamento; y la
boca sigue abierta, como si fuese saliendo de ella una interminable
cinta de notas gemebundas, hasta que sale el verso de la copla, que
se refiere a una de estas tres cosas, que desde hace mil aos forman
el tema de los poetas andaluces: su mam, su novia, la muerte, o
una de tantas vrgenes de su devocin. Entre verso y verso hay unos
ayes desgarradores, unos ayes feroces, de alguien a quien se est
asesinando, y entonces, del pblico conocedor salen unos cuantos _ol
ya!_ aprobativos, mientras la guitarra sigue en rasgueos, o canta o
gime tambin como el afeitado y berreante _cantaor_. Luego se anuncia
el americanito. Y sale a cantar un chico de unos diez o doce aos,
que bien pudieran ser catorce o quince, y grita, y gime, y berrea
tambin amores desesperados, habla de la Virgen y de una _pualata_. Y
ol ya. Cuando lleg el chico a mi mesa me pidi un chocolate.

A l no le obligan a beber montilla ni manzanilla.

--Por qu te llaman el Americanito?

--Porque zoy americano.

--De dnde?

--De Buenozaire.

--Y te acuerdas de Buenozaire?

--No ze.

--Y cunto hace que viniste de all?

--Doze aos.

Cmo no haya venido en el vientre de su madre! Y vuelta otra vez a
los bailes de las pobres muchachas pintarrajeadas, a los clamores
desesperados de Jos Beda el Jerezano, y a los tangos de la nia de
Pomares. Sale uno fastidiado, aburrido. Gautier y D'Amicis llegaron
a estas tierras en tiempos mejores. Sus almas, ciertamente, no tenan
el veneno del Livor que mata a las generaciones de hoy; pero tambin
las cosas de Espaa eran distintas entonces. Imperaba la alegra de
Fortuny. Haba diligencias, contrabandistas, mendigos pintorescos...
Hoy stos abundan de todas layas... Y la vulgaridad utilitaria de la
universal civilizacin lleva el desencanto sobre rieles o en automvil
a todos los rincones del planeta. Si no fuesen las soberbias mujeres,
el hechizo de la tierra, la dulzura del sol. Eso ayuda a la imaginacin
y hace que aun se levanten castillos en Espaa.


IV

Algunos historiadores malacitanos recuerdan cierta horrorosa tempestad
que padeci este puerto el ao 1567. Aunque no ha sido el puerto
de Mlaga de los ms combatidos por las tempestades, no obstante,
registra varias tristes efemrides--dice el poeta Daz de Escovar--que
cubrieron de luto a los habitantes de la ciudad. Uno de los temporales
ms terribles, que ocasion muchos daos y no pocas vctimas, fu el
acaecido el 8 de Febrero de 1567. Pocas noticias detalladas encontramos
sobre el mismo, y slo Martnez de Aguilar, en su _Breve descripcin
cronolgica de la fundacin de la ciudad de Mlaga_, impresa en 1819,
nos da algunos datos que hacen comprender la importancia del temporal.
Marzo, en el tomo segundo, pgina 72 de la _Historia de Mlaga_,
escribe algunas indicaciones sobre este suceso. El puerto estaba lleno
de navos importantes, que deban conducir cargamento de artillera,
municiones y otros bastimentos para las plazas de Africa. A bordo de
estos navos se hallaban seis mil hombres del ejrcito, que tenan
necesidad de desembarcar en Cartagena. El mar, agitado violentamente,
arroj contra las piedras de los muelles muchos de aquellos barcos.
Veinticuatro das, segn Martnez de Aguilar, dur el temporal, siendo
difciles los socorros y grande el pnico de los que vean perecer
tanto y tanto hombre y perdida tanta riqueza. No estn conformes los
historiadores, de quienes estos datos tomamos, respecto al nmero de
navos que se hicieron pedazos. Marzo asegura que fueron veintisiete,
cantidad con la cual no est conforme Martnez de Aguilar, que escribe
fueron veintitrs, aadiendo que slo se salv de aquel horrible
desastre un navo vizcano. El mar se cubri de vctimas, pues muchos
soldados y marineros perecieron.

Esto me hace recordar otra catstrofe reciente que tanta conmocin
produjo; me refiero a la prdida del buque-escuela de la marina
alemana que se despedaz contra los escollos, a la vista de la
poblacin malaguea. El barco haba salido fuera del puerto, a pesar de
amenazar mal tiempo, a hacer algunos ejercicios. La tempestad se vino
violentamente, y cuando el capitn quiso entrar a ponerse en salvo, no
pudo conseguirlo y el buque choc contra las rocas. Todos miraban desde
los murallones y desde la playa la muerte de tantos hombres, y, si se
logr salvar a algunos, grande fu el nmero de los que perecieron.
Quines se pudieron asir a cables o boyas, quines lograron ganar la
costa a nado, a pesar del fragor y fuerza de las olas enormes. Fu
aquel un da de luto para la escuadra alemana, para Alemania entera
y su emperador. Y he podido ver en este aniversario las coronas que
ornaron las tumbas de algunos de los que perecieron en el cementerio
ingls de esta ciudad. La prdida de ese barco-escuela, como la del
Vienne francs, es de esos golpes terribles que la ira del mar
asesta sobre los pases que conquistan su elemento con el poder de las
escuadras, y la escuadra y la nacin argentinas saben de esos duelos
con recordar el solo nombre de la perdida Rosales.

A veces el mar asalta a la tierra, o temerosamente la amenaza; fuera
de los formidables cataclismos cclicos, como aquel en que se hundi
la misteriosa Atlntida. Algunos sabris del clamor que se oy en el
Callao en tiempos ya lejanos: El mar se sale! Y si mi memoria no
yerra, he ledo que hubo, en efecto, una invasin del mar. Pues bien,
aqu en tierra malaguea se oy a mediados del antepasado siglo,
en el mismo mes y ao en que sufri Lisboa su histrico y terrible
terremoto, se oy el mismo espantoso clamor. Seran las diez y media
de la maana, dice Daz de Escovar--que sabe admirablemente los
pasados y presentes secretos, leyendas e historias de su ciudad--del
27 de Noviembre de 1755, cuando violentas oscilaciones, que, segn
el autor de las _Conversaciones malagueas_, duraron de cinco a seis
minutos, conmovieron los edificios de Mlaga. A la vez se esparci
entre los vecinos la pavorosa voz de que el mar se sala. Daz de
Escovar, que es varn creyente y valiente en su fe catlica, confiesa
que no ha de entrar en disertaciones sobre si la voz fu hija de una
extraa realidad o alucinacin de exaltadas fantasas. No faltan
historiadores, cuyas dotes de veracidad son notorias, que la presenten
como verdadera. Barbn de Castro parece dar a entender que la voz no
fu sobrenatural, sino que se esparci y propal de unos en otros, casi
instantneamente.

Esto es ms racional y ms verosmil por ms que nada hay imposible si
Dios lo quiere. Parceme que Mlaga, pas en donde los gitanos dicen
la buenaventura, lleno an de terrores medioevales como estaba, fu
posiblemente presa de una vasta autosugestin colectiva, das despus
de la ruina de la capital lusitana.

O haba terremoto y maremoto, y alguien grit: el mar se sale!.
Aunque ni esto ltimo parece, pues ese mismo citado Barbn de Castro
dice en su _Cronologa_: Quin creyera que estando el mar entonces
con la mayor quietud y serenidad visible, pues era la hora ms
proporcionada para ello, se pudiese persuadir a todo un pueblo tan
numeroso a que creyese que el mar se le tragaba? Se puede con toda
verdad asegurar a nuestros venideros, que apenas hubo persona de todos
estados y condiciones que no creyese a un tiempo mismo que el mar,
como decan, se haba salido, y era menester huir aceleradamente a
los montes. A los montes volaron las gentes, por lo que segn parece
no fu clera del mar, sino broma neptuniana; de gente se llenaron los
cerros de San Cristbal y Gibralfaro, que estn junto a la ciudad. De
Escovar escribe que: El magistrado de la ciudad recorri las alturas,
costndole gran trabajo y no pocas palabras convencer a los que all
se refugiaban de que slo exista una alarma infundada, que tena por
base el miedo, pues el mar estaba tan sosegado como intranquilos los
espritus de los habitantes de Mlaga. Los menos temerosos volvieron a
la ciudad. Se publicaron bandos referentes a los hechos ocurridos, en
los que se anunciaba que si ocurriese novedad alguna se avisara por
medio de la campana que haba sobre la Puerta de Mar, en cuyo sitio un
regidor perpetuo, con centinelas avanzados, en el caso de notar algn
movimiento peligroso, o extrao en el mar, disparara algunos tiros
al aire, que serviran de seales. Y si gustis de la nota cmica en
medio de las tribulaciones, he aqu lo que cuenta, entre otras cosas,
un escritor que presenci los sucesos: El Dignidad de Tesoro de
nuestra iglesia, al ver correr a las gentes a buscar el campo quiso
seguirlas, y parecindole que en calle de Beatas se atrasaba a otros,
porque el manteo y el sombrero le estorbaban, los solt en la calle,
para seguir la marcha, alzndose bien la sotana. Advirtiendo despus
que en ella llevaba, entre el pecho, metidos los guantes (me cont l
mismo), que los arroj al suelo, parecindole que aun aquello le serva
de embarazo. Y agrega Medina Conde: Fueron muchas las confesiones
generales que se hicieron, y reform ms este susto que muchas
misiones.

       *       *       *       *       *

He ido a ver en da de mar agitado la playa malaguea. El agua, que
tantas veces ha mostrado a mis ojos su espejo de azules profundos
y pacficos, ruge y se arquea y avanza hacia la tierra de manera
tal, que bien se explica hayan padecido el legendario susto los que
gritaban: El mar se sale! Las espumas saltan sobre las macizas obras
del puerto que aquel gran malagueo que se llam D. Antonio Cnovas
del Castillo dej a su ciudad nunca olvidada. Por el lado del faro
la furia marina se manifiesta igual, y a lo largo de la va que se
extiende hacia la parte de la Caleta. Hablando en poeta dira que la
espuma de los briosos caballos de Neptuno, o la hirviente leche de los
rebaos que carnerean sobre la revuelta superficie, o bien el agitado
jabn que mil colosales Nansicaas derraman de colosales artesas, llega
alzndose, echando al aire saladas pulverizaciones, rompindose en las
piedras, hasta salpicar los jardines que en floridas mansiones hay para
encanto de hidalgos, ricos o adinerados extranjeros.

He visto, a pesar de la mar brava, que los pescadores estaban sacando
sus redes con gran trabajo. Me he acercado a ellos. Unos veinte hombres
de cada lado tiraban, aprovechando la llegada de la ola, las cuerdas
resistentes; y luego hacan esfuerzos para que la vuelta del agua no
les quitara lo ganado.

Poco a poco, bajo el sol y casi desnudos, hacen su tarea. A veces les
baan los espumarajos; a veces les hace retroceder la potencia del
agua, y se entierran hasta ms arriba de los tobillos, encorvados
con la cuerda del hombro. Y parece que el monstruo est colrico,
sin razn, como la fatalidad, contra esos pobres trabajadores del
mar. Porque las cleras del mar son as, como todas las cosas de la
naturaleza, iguales para todos. La hormiga o el hombre, el acorazado
o la lancha del pescador, son aplastados por la misma invisible mano,
sorbidos por el mismo visible elemento, unidos en la destruccin, en la
universal muerte. Thalasa no sabe si el rey loco la manda azotar, o si
estn all los pies de ese otro rey para mojarlos o no. Ella vive en su
misterio. Hace su eterna obra, cumple su destino infinito. Apenas si
se comunica con los corazones que se acuerdan con la palpitacin del
suyo, con las mentes de los soadores y pensadores que se hunden en lo
insondable del tiempo y del espacio, con los buzos de Dios.

La ronca mar sigue en sus vaivenes y en sus clamores furiosos, y los
pescadores tiran de su copo. Un grito seala el momento de unir
el empuje. Entre los que trabajan hay ancianos, hombres robustos,
adolescentes dorados de sol, nios que estn aprendiendo los oficios
del agua y del viento. Un capataz vigila. A lo lejos se recortan en el
lejano horizonte las velas latinas que andan aguas adentro. Los colores
del agua cambian. Aqu es el blanco lcteo de las espumas, en seguida
un gris verdoso, en seguida verdeoscuro, luego verdeplido, luego azul.
Y las voces del mar enojado son roncas, hondas, cuando se desploman los
arcos de cristal y de mbar, alborotadas como de muchedumbre al saltar
los ramilletes enormes, las cascadas espumosas, y con ruido de sedas,
de papeles que se rozan, de condor que se arrastra, del aire entre los
ramajes de pinos de un bosque.

Gracias a Dios. A pesar de la clera del mar, a pesar del mpetu de
esas poderosas fuerzas, he aqu que los pescadores han sacado por fin
el copo, y ms cargados de peces que otras ocasiones en que los he
visto trabajar con viento propicio y Mediterrneo en calma. La red
ha trado un buen por qu de calamares, sardinas, rojos salmonetes,
pequeos y saltantes boquerones, un crecido, feo y amarillento pulpo.
Los pescadores estn contentos. Y me alejo pensando--asociacin de
ideas--en Wells, en Vctor Hugo y en N. S. Jesucristo.




[Ilustracin: LA TRISTEZA ANDALUZA]




[Ilustracin]


HABIS odo a un cantaor? Si lo habis odo, os recordar esa voz
larga y gimiente, esa cara rapada y seria, esa mano que mueve el bastn
para llevar el comps. Parece que el hombre se est muriendo, parece
que se va a acabar, parece que se acab. A m me ha conturbado tal
gemido de otro mundo, tal hilo de alma, cosa de armona enferma, copla
llena de rota msica que no se sabe con qu afanes va a hundirse en
los abismos del espacio. El cantaor, aeda de estas tierras extraas,
ha recogido el alma triste de la Espaa mora y la echa por la boca
en quejidos, en largos ayes, en lamentos desesperados de pasin. Ms
que una pena personal, es una pena nacional la que estos hombres van
gimiendo al son de las histricas guitarras. Son cosas antiguas, son
cosas melodiosas o furiosas de palacios de rabes... He odo a Juan
Breva, el cantaor de ms renombre, el que acompa en sus juergas
al rey alegre don Alfonso XII. Juan Breva alla o se queja, lobo o
pjaro de amor, dejando entrever todo el pasado de estas regiones
asoleadas, toda la morera, toda la inmensa tristeza que hay en la
tierra andaluza; tristeza del suelo fatigado de las llamas solares,
tristeza de las melanclicas hembras de grandes ojos, tristeza especial
de los mismos cantos, pues no se puede escuchar uno que no diga muerte,
cuchillada, luto, virgen penosa o nota crepuscular. A la orilla del mar
he odo cantar a un mozo pescador, que descansaba junto a una barca; y
su cancin era tan triste, tan amarga, como las coplas de Juan Breva.
Cantan lo mismo las muchachas frescas, rosadas de vida, que ponen
claveles en las ventanas y que tienen un novio. Porque as son aqu la
vida y el amor; todo lo contrario de lo que piensan los que slo han
visto una Andaluca a la francesa, de exposicin universal o de caja
de pasas. En verdad os digo que este es el reino del desconsuelo y de
la muerte. El amor popular es inquieto y fatal. La mujer ama con ardor
y con miedo. Sabe que si engaa al novio, le partir ste el pecho y
el vientre de un navajazo. Una pualata. Hace algn tiempo, en un
florido patio malagueo, se celebraba una fiesta, y cierta gallarda
moza se puso a cantar. Cantaba maravillosamente. De pronto cant una
copla que dice en dos de sus versos:

    No hay quien me pegue un tirito
    en medio del corazn?

Un loco, o un enamorado novio, estaba all, y sac una pistola, y le
peg el tiro, en medio del corazn. Estos salvajes amorosos son as.
Antao no habra sido pistola, sino guma. Todos los poetas de estas
regiones son dolorosos y excesivos, fatalistas, o violentos. Todos son
amados del sol. Todos no: he aqu uno amado de la luna...

En uno de estos crepsculos de invierno, en que el Mediterrneo ensaya
un aspecto gris que borrar la aurora del siguiente da, he comenzado
a leer el libro de un poeta nuevo de tierra andaluza, el cual acaba
de aparecer y es ya el ms sutil y exquisito de todos los portaliras
espaoles. Al hojear su libro _Arias tristes_, lo juzgariais de un
poeta extranjero. Fijos ms; es un poeta completamente de su tierra,
como su nombre. Se llama Juan, como el Arcipreste, y Jimnez, como el
Cardenal. Surge en momentos en que a su pas comienzan a llegar rfagas
de afuera, sobre ms de una parte derrumbada de la antigua muralla
chinesca que construy la intransigencia y maciz el exagerado y falso
orgullo nacional. Quiero decir que llega a tiempo para el triunfo de su
esfuerzo. Como todo joven poeta de fines del siglo XIX y comienzos del
XX, ha puesto el odo atento a la siringa francesa de Verlaine. Mas,
lejos del desdoro de la imitacin y ajeno a la indigencia del calco,
ha aprendido a ser l mismo--_tre soi mme_--y dice su alma en versos
sencillos como lirios y musicales como aguas de fuente. Este poeta
est enfermo, vive en un sanatorio, all en Madrid. As, en su poesa
no busquis salud gozosa ni rosas de risa. Cuando ms, a veces, una
sonrisa, una sonrisa de convaleciente:

                  Convalescente di squisitti mali...

pero en la cual se insina uno de los ms grandes misterios de la vida.
Cuando Camille Mauclair, el crtico meditativo del Arte en silencio,
se complaca en escribir versos, coloc un volumen de verbales
sonatinas de otoo bajo la invocacin de Schumann; Jimnez tiene como
patrono de su libro musical y melanclico al melodioso Schubert. Antes
de cada divisin de sus poemas, aparecen, a la manera de introduccin,
las notas de El elogio de las lgrimas, de la Serenata, de T
eres la paz. Se penetra as, a la influencia de la msica, a uno como
parque de dulzura y de pena en donde, al amor de la luna, un alma dice,
como el ruiseor, sus arias crepusculares o nocturnas. Nunca como ahora
se ha cumplido el precepto de Pauvre Lelian: _De la musique avant toute
chose..._ Ya antes dijo el celeste Shakespeare:

      The man that hath no music in himself,
    Nor is not mov'd with concord of sweet sounds,
    Is fit for treasons, stratagems, and spoils;
    The motions of his spirit are dull as night.
    And his affections dark as Erebus...

Conozco de esos seres. Y veo, en cambio, a travs de esta poesa de
sinceridad y de reserva, a un tiempo mismo, la transparencia de un
espritu fino como un diamante y deliciosamente sensitivo. He aqu
un lrico de la familia de Heine, de la familia de Verlaine, y que
permanece, no solamente espaol, sino andaluz, andaluz de la triste
Andaluca. Es de los que cantan la verdad de su existencia y claman
el secreto de su ilusin, adornando su poesa con flores de su jardn
interior, lejos de la especulacin literaria y del mundo del
arribismo intelectual. Su cultura le universaliza, su vocabulario es el
de la aristocracia artstica de todas partes, pero la expresin y el
fondo son suyos como el perfume de su tierra y el ritmo de su sangre.
Desde Becquer no se ha escuchado en este ambiente de la pennsula
un son de arpa, un eco de mandolina, ms personal, ms individual.
Pudiendo ser obscuro y complicado, es cristalino y casi ingenuo. Se
dira que tiene timideces de orfandad, como el Maestro--_priez pour
le pauvre Gaspard!_--si no se viesen brillar a la luz de la luna las
espuelas de oro de sus pies de prncipe, que estimulan los bros de un
pegaso joven y ardiente cuyas crines estn hmedas de roco matinal.
El poeta dice, como la Ifigenia de Moreas: Es dulce el sol, pero
sus ansias y sus visiones estn alumbradas por el _clair-de-lune_. Y
hay all en esos versos admirables y exquisitos, las mismas visiones
y las mismas ansias que en las coplas populares que cantan las mozas
enamoradas, y los sonoros, duros y aullantes _cantaores_. All est la
irremediable obsesin de la muerte, de la podredumbre sepulcral, de
los corazones partidos, de la tristeza matadora. Slo que el artista
tiene una cultura europea, y si no fuese su acento mental, no se le
conocera el origen ni la patria, y sus arias podran ser _lieder_
germnicos o sonatinas parisienses que acompaara la msica de
Debussy. Hay un olor a violetas. Hay paisajes entrevistos como por una
ventana, cielos y campos de vieta. Hay una gran castidad poeana, a
pesar de los gritos de la vida; hay valles que tienen un ensueo y un
corazn:

      El valle tiene un ensueo
    y un corazn; suea y sabe
    dar con su sueo un son triste
    de flautas y de cantares,

hay flautas pnicas, dulces flautas campesinas. Deliciosos romances!

      Ro encantado, las ramas
    soolientas de los sauces,
    en los remansos dormidos
    besan los claros cristales.

      Y el cielo es plcido y dulce,
    un cielo bajo y flotante,
    que con su bruma de plata
    va acariciando los rboles.

Ese romance suena a la msica del divino Gngora; y para nosotros, los
americanos, a la msica de un rimador de encantos y de tristezas, de
un adorable orfeo cubano, ha tiempo desaparecido. Esas notas las hemos
odo en las cuerdas que acariciaba la mano de Zenea. Escuchad a Jimnez:

      Llora el ngelus de otoo
    la campana de la iglesia,
    un ngelus mustio, muerto
    entre la lluvia y la niebla.

Recordad a Zenea:

      Baja Arturo al occidente
    Baado en prpura regia
    Y al soplar el manso alisio
    Las eolias arpas suenan.

En todo el libro de Jimnez hay una, dirase, sonrisa psquica, llena
de la suavidad melanclica que da el anhelo de lo imposible, antigua
enfermedad de soador. Los que hablan de un arte enfermo, juzgo que
se equivocan. No hay arte enfermo, hay artistas enfermos; y en las
almas es como en la naturaleza. Hay maneras de expresin que da el
obscuro destino. Los antiguos no andaban errados cuando hablaban de la
influencia de los astros. Hay maneras de expresin que da el obscuro
destino, y no exijis a una plida flor de lis que tenga los colores
violentos de una rosa roja, ni modestia a la cola del pavo real, ni
un solo de ruiseor al papagayo. El poeta nace, s; todas las cosas
naturales nacen; lo que no nace es lo artificial. As, no pensis
en que Francis Jammes o Juan R. Jimnez haran mejor en pensar en
el porvenir poltico de sus respectivas naciones, que en decir los
sentimientos que brotan al calor apacible de sus dulces musas. No seas
alegre, poeta, que naciste absolutamente amado de la tristeza, por tu
tierra, por la morena y amadora y triste Andaluca; y porque tu sino te
ha puesto al nacer un rayo luntico y visionario dentro del cerebro.

Hay en este libro vagas reminiscencias literarias; por ah pasa, un
momento, un enlutado misterioso semejante al de la estrofa mussetiana,
el enlutado qui me ressemble comme un frre; suena uno que otro
acorde de fiesta galante--ntima, sin decoracin ni preciosismo--y se
alzan, bajo la claridad lunar, los chorros de agua de Lelian, sveltes
parmi les marbres. Y Febe, aqu; all, ms all, siempre:

      Las noches de luna tienen
    una lumbre de azucena,
    que inunda de paz el alma
    y de ensueo la tristeza.

      Yo no s qu hay en la luna
    que tanto calma y consuela,
    que da unos besos tan dulces
    a las almas que la besan.

      Si hubiera siempre una luna,
    una luna blanca y buena,
    triste lgrima del cielo
    temblando sobre la tierra,

      los corazones que saben
    por qu las flores se secan,
    mirando siempre a la luna
    se moriran de pena.

      Mi jardn tiene una fuente
    y la fuente una quimera,
    y la quimera un amante
    que se muere de tristeza...

Hay de cuando en cuando, entre los sedosos romances, estrofas que
hacen vibrar sus consonantes de armnica, sus acordes de ocarina. Lo
preciso se junta a lo indeciso. Y el amor del astro en todos los siglos
misterioso lo melancoliza todo. El poeta explicar su atraccin: Libro
montono, lleno de luna y de tristeza. Si no existiera la luna, no s
qu sera de los soadores, pues de tal modo entra el rayo de luna en
el alma triste, que, aunque la apena ms, la inunda de consuelo: un
consuelo lleno de lgrimas, como la luna. Los que os hayis estremecido
bajo las estrellas, oyendo venir en la brisa la sonata de un piano,
sintiendo qu pobre es la vida entre la noche y ante la muerte, dejad
caer la mirada sobre estas rimas iguales, de un mismo color, sin otros
matices que los que en la noche surgen confusamente de los macizos
del jardn, all donde estn las flores casi ahogadas en la negrura.
Y soad conmigo con las visiones blancas de siempre y con los poetas
muertos: Enrique Heine, Gustavo Becquer, Pablo Verlaine, Alfredo de
Musset; y lloremos juntos por nosotros y por todos los que nunca
lloran. Mirad con simpata esa juventud que, en estos impudentes
tiempos, tiene el franco valor de las lgrimas: _Lacrimabiliter_.
Juzgad que ha elegido bien el patronato de Schuber. Llave de plata de
la fuente de las lgrimas, dice Shelley de la msica. El poeta nuevo
toca esa llave y hace caer el agua de la fuente una vez ms. As,
Andaluca, entre todos tus tocadores de guitarra y de pandereta, entre
todos los que hacen literatura alegre con tu color y tu exuberancia,
te ha nacido un sonador de viola, de arpa, que sabe cantar, noble y
deliciosamente, a la sordina, la recndita nostalgia, la melancola que
llevas en el fondo de tu pecho. En tu copioso y fuertemente perfumado
jardn lleno de claveles, ha abierto sus ptalos armoniosos una rosa
de plata plida espolvoreada de azul. Y yo tengo fe en la vida y en
el porvenir. Quiz pronto, la nueva aurora pondr un poco de su color
de rosa en esa flor de poesa nostlgica. Y al ruiseor que canta por
la noche al hechizo de la luna, suceder una alondra matutina que se
embriague de sol.




[Ilustracin: GRANADA]




[Ilustracin]


HE venido, por un instante, a visitar el viejo paraso moro. He venido
por un ferrocarril osado, bizarra de ingenieros, hecho entre las
entraas de montes de piedra dura. He visto inmensas rocas tajadas; he
pasado sobre puentes entre la boca de un tnel y la de otro; abajo, en
el abismo, corre el agua sonora. As el progreso moderno conduce al
antiguo ensueo. Y cuando he admirado la ciudad de Boabdil, he tenido
muy amables imaginaciones. He pensado en visiones miliunanochescas.
He recordado el ttulo del lrico libro del provenzal Aubanel: _La
granada entreabierta_. Y he ideado las impresiones de la pequea
alma de una coccinela pequeita que se pasease por una granada
entreabierta... Va por la corteza rugosa que acaba en una corona, que
ha sido flor roja como una brasa. Va, la pequeita coccinela, por
las durezas lisas o speras de la cscara, hasta llegar al borde,
desde donde se divisa el interior palacio de pedrera... Y los rayos
solares ponen el encanto de los juegos de la luz en el corazn de la
granada entreabierta; y la coccinela penetra entre las riquezas que se
presentan a sus ojos, y se maravilla de ese esplendor, y luego sabe
que el corazn de la granada es dulce como la miel. Como la almita
de esa bestezuela de Dios mi alma. He mirado la corteza rugosa de la
antigua capital mahometana, en un tiempo muy poco propicio, entre
calles lodosas y bajo un cielo nublado; mas luego he ido hacia la
parte entreabierta que deja ver el corazn de su historia y su propio
corazn. Y he visto la pedrera fantstica de un arte extico, amoroso
y sensual. Y despus, el sol ha brillado; y as, la encantadora ciudad
se me ha mostrado primero brumosa y luego luminosa. Y s que el
corazn de la granada entreabierta es dulce como la miel.

Razn tuvo el rey que llor como una mujer... Es este uno de los pases
en que uno creara, para una primavera sin fin, un jardn de ilusiones.
Un carmen. Carmen, verso... Jvenes enamorados, parejas dichosas de
todos los puntos de la tierra, si sois ricos, venid a repetiros que os
amis, en el tiempo de la primavera, a un carmen granadino; y si sois
pobres, venid en alas de vuestro deseo, en el carro de una ilusin, en
compaa de un poeta favorito... Verso, carmen.

He tenido, por llegar en este fro Febrero, un singular gozo; estar
solo en la Alhambra y en el Generalife. En otra estacin, la afluencia
de viajeros abruma y perturba, como en todos los lugares adonde
puede guiar el rojo Baedeker. Pues es esta una de las ciudades ms
frecuentadas por los rebaos de la agencia Cook. Adems, el gua,
discreto, no ha pretendido instruirme evocando la sombra del erudito
Riao. Los rebaos de la agencia Cook, que van a dar de comer a
las palomas de Venecia, a oir el eco del baptisterio de Pisa, y a
reflexionar sobre la inclinacin de la torre; los que andan en
busca de la especialidad sealada en las guas, o narrada por los
_commis-voyageurs_, ya se sabe lo que vienen a ver a Granada: los
mosaicos y azulejos, que antao destrozaba el turismo; la Alhambra
anecdtica: ah, cmo gozaban aquellos moros!; _Chorro e Jumo_, el
rey de los gitanos y los tangos de las gitanillas, en las cuevas, en
donde se compran cestillas de mimbre y candiles de cobre. En otra
ocasin y en otra parte, me he complacido en bailes de gitanas que
bailaban maravillosamente, y he contado cmo el pintor Carolus Durn
dej caer en el corpio de una pequea Esmeralda un luis de oro. En
cuanto al lamentable rey _flof_, vestido como los contrabandistas de
la era romntica, con una indumentaria de comparsa de pera cmica,
palojinglese! le he mirado al pasar, a la entrada del palacio.
Ya est muy viejo el pobre modelo de Fortuny, y vive apenas de las
propinas anglo-sajonas.

No me perdonarais que a estas horas os resultase con el descubrimiento
de Granada. Todos, ms o menos, acariciis el recuerdo de vuestro
ltimo abencerraje, y si no, el yanqui Washington Irving os
habr, de seguro, conducido por estas encantadoras regiones. Pero
no es posible poner el pie en este suelo atrayente, contemplar la
decoracin histrica de estos recintos de leyenda, sin hacer un poquito
el Chateaubriand. Quin no se siente en un caso igual posedo de
ese tartarinismo sentimental, que sin que notemos a la inmediata su
influencia, nos solidariza un tanto con los tipos de nuestras lecturas,
con los personajes que nos han hecho pensar y soar un poco, por la
poesa de su vida, que nos liberta por instantes de la prosa de nuestra
existencia prctica cuotidiana? As, pues, no he de negaros que he
evocado a la bella Lindaraja cerca de su mirador, que he lamentado una
vez ms la atroz expulsin de los moros, de aquellos moros cultos,
sabios, poetas, con industrias hermosas y pueblo sin miserias. Desde
la Alhambra se mira el soberbio paisaje que presenta Granada y su
vega Deliciosa. A la derecha, la antigua capital, el barrio actual
del Albaicn, con sus tejados viejos, sus construcciones moriscas,
su amontonamiento oriental de viviendas; al frente, la ciudad nueva,
en que la universalidad edilicia sigue el patrn de todas partes; a
la izquierda, la verde vega, con sus cultivos y sus inmensos paos
de billar; ms ac, cerca de la mansin de encajes de piedra, los
crmenes, estas frescas y pintorescas villas, donde los granadinos
cultivan en los ardientes veranos sus heredadas gratas perezas, sus
complacencias amorosas y sus tranquilas indolencias. En el fondo, la
sirena coronada de blancura. En verdad se sienten saudades del pasado.
Se comprende el entusiasmo de los artistas que han llegado aqu a
recibir una nueva revelacin de la belleza de la vida. Se piensa en
los novelescos guerreros y amadores que vinieron del Africa cercana a
anticiparse en este pas esplndido un poco del cielo mahometano. Nadie
ha vivido la poesa como esa misteriosa y pensativa raza de hombres
tristes de amor y de fatalidad. Su arte labra esas mansiones de recelo
y capricho con talento de abejas. La decoracin viene de la naturaleza
misma, de las lneas de florales, de las geometras de la clara del
huevo batido o de los cristales de la nieve. Su arco dirase imitado
de las herraduras de sus caballos; sus columnas de los datileros, o
de los tallos de las azucenas. Y hay algo de inaudito y de fantstico
en todo esto, de manera tal, que vienen al pensamiento esas moradas
ilusorias en que habitan los inmortales prncipes de los cuentos que
cuenta la prodigiosa Scherezada. Y tan no puede separarse la poesa
de estas mgicas arquitecturas, que sus decoradores y ornamentistas
aprovechaban sus magnficas caligrafas para adornos, adornos que
al mismo tiempo que los ojos con sus combinaciones y bizarras
de caracteres, halagan la mente con el sentido de las suras o la
significacin de los versos. Y ese encanto del agua, transparencia,
frescor, armona, en los patios de mrmol, para creyentes en cuya
religin son obligatorias las abluciones, y ardientes poligamos en cuyo
paraso el primer premio es la limpia, perfumada, adolescente y siempre
virgen belleza femenina?

El agua por todas partes, en las copiosas albercas, en los estanques
que reproducen las bizarras arquitecturales, en las anchas tazas como
la que sostienen los leones del famoso patio, o simplemente brotando de
los surtidores colocados entre las lisas losas de mrmol. Comprendan
aquellos prncipes imaginativos que hablaban en tropos pomposos, que
la vida tiene hechizos que hay que aprovechar antes de que sobrevenga
la fatal desaparicin. Fijos en el significado de las inscripciones
decorativas que a cada paso encontraris: Yo soy una esposa con las
vestiduras nupciales, dotada de hermosura y perfecciones. Contempla el
esplendor que me rodea y comprenders la gran verdad de mis palabras.
Mira tambin mi corona, la encontrars semejante a la luna nueva. Ibn
Nazar es el sol de este orbe del esplendor y la belleza. Permanezca en
su elevado puesto sin miedo a la hora del ocaso. Mientras yo, llena
de gloria por misericordia suya, publico siempre sus felicidades.
Contempla este esplendor. Aqu se establece para administrar justicia a
sus siervos. Siempre que de aqu se aleja, sus vasallos se entristecen
de no encontrarlo. Pues por mi Seor Ibn Nazar colma Dios de beneficios
a los que le sirven. Habindole hecho descendiente del Seor de la
tribu de Jaxred Saad, hijo de Obada. Gloriosos nazaritas y feliz
Abul Walid Ismael! Y all en dos nichos de la sala de Comares:
Alabanza a Dios! Yo deslumbro a los seres dotados de hermosura con
mis adornos y mi diadema, pues los luceros descendieron a m desde
sus elevadas mansiones. Aparece el vaso de agua que hay en m como un
fiel que en la quibla del templo permanece absorto en Dios. A pesar
del transcurso del tiempo, continuarn mis generosas acciones dando
alivio al que tiene sed, y albergue al indigente. Pues por m pasan
las numerosas liberalidades de mi Seor Abul Hachach. Nunca dejan de
brillar en m sus resplandores, pues su luz resplandece aun en las
tinieblas de la noche. Tallaron sutilmente los dedos de mi artfice
mis labores, despus de haber ordenado las piedras de mi corona. Me
asemejo al solio de una esposa, pero soy superior a l, pues contengo
la felicidad de los desposados. Aquel que venga a m sediento, le
conducir a un lugar donde encuentre agua limpia, fresca, dulce y
sin mezcla. Pues yo soy a manera del arco iris cuando aparece, y el
sol nuestro Seor Abul Hachach. No dejen de vivir sus bondades tanto
tiempo cuanto la casa del Excelso contine concediendo los favores de
la peregrinacin. Por todos lugares encontraris las alabanzas al
dichoso dueo y morador, y, sobre todo, a Alah. Nada que contenga mayor
filosofa que la divisa de los Alhamares: Slo Dios es vencedor.
Para disfrutar tranquilamente de la magnificencia y suavidad de estos
parajes y recintos, ninguna ayuda mejor que la tradicin, eso que no
est en los libros ni certifican los documentos. As, al llegar a la
pila en donde algo que se asemeja a una gran mancha sangrienta llama
la atencin del visitante, no escuchis a los que os dicen que Gins
Prez de Hita inventa, y creed firmemente en que esa oscura tacha de
mrmol es debida a las rojas degollaciones de que se habla en las
leyendas de zegres y abencerrajes. Y cuando estis en el patio de
Lindaraja, no pongis atencin a los arabizantes que os pretendan
explicar la etimologa del nombre y negar la existencia de la linda
figura; antes bien: imaginosla muy rosada, muy blanca, muy ardiente
para el amor, y con unos ojos almendrados, de negros mirares, como
corresponde a una verdadera sultana de cuento. Los traductores como
Lafuente Alcntara pueden serviros para saber que en la taza de la
fuente, en ese patio, dej un poeta estos pensamientos: Yo soy un
orbe de agua que se ostenta a las criaturas difano y transparente;
un gran ocano, cuyas riberas son obras selectas de mrmol escogido,
y cuyas aguas, en forma de perlas, corren sobre un inmenso hielo
primorosamente labrado. Me llega a inundar el agua; pero yo, de tiempo
en tiempo, voy desprendindome del transparente velo con que me cubre.
Entonces yo y aquella parte de agua que se desprende desde los bordes
de la fuente, aparecemos como un trozo de hielo, del cual parte se
liquida y parte no se liquida. Pero cuando mana con mucha abundancia,
slo somos comparables a un cielo tachonado de estrellas. Yo tambin
soy una concha, y la reunin de las perlas son las gotas. Semejantes
a las joyas que la diestra mano de un artfice coloc en la corona de
mi Seor Ibn Nazar, del que con solicitud prodig para m los tesoros
de su erario. Viva con doble felicidad que hasta el da el solcito
varn de la estirpe de Galeb, de los hijos de la prosperidad, de los
venturosos, estrellas resplandecientes de la bondad, mansin deliciosa
de la nobleza. De los hijos de la kabila de los Jazrech, de aquellos
que clamaron la verdad y ampararon al profeta, l ha sido nuevo Saad,
que con sus amonestaciones ha disipado y convertido en luz todas las
tinieblas. Y constituyendo a las comarcas en una paz estable, ha hecho
prosperar a sus vasallos. Puso la elevacin del trono en garanta de
seguridad a la religin y a los creyentes. Y a m me ha concedido el
ms alto grado de belleza, causando mi forma admiracin a los eruditos;
pues ni jams se ha visto cosa mayor que yo en Oriente ni en Occidente,
ni en ningn tiempo alcanz cosa semejante a m rey alguno ni en el
extranjero ni en Arabia. Salones, torres, ajimeces, bordadas piedras,
areos calados, baos, jardines, miradores... Aqu encuentro que haba
Justicia; ms all que haba Salud; ms all que haba Belleza; ms
all que haba Placer. Eran sabios aquellos hombres de turbante; eran
buenos, eran fuertes y eran artistas.

Si la Alhambra es ms grande, ms suntuosa, ms imponente, el
Generalife es ms cordial, ms ntimo, ms amable. Delicioso para el
amor, escribi en el lbum de la dulce mansin una mujer llamada
D. Cristina Santoyo. D. Cristina sintetiz as todo lo que pueden
hilar los literatos y rimar los poetas sobre este rincn hechicero.
Yo no s si la marquesa de Campotejar, duea actual de esa maravilla,
es joven; pero si no lo es, tiene que haberlo sido y que haber amado
en este nido de ensueo; y, por lo tanto, haber tenido por escenario
de su amor el que le envidiaran todos los reyes de la tierra. Cun
explicables son los entusisticos arranques del viejo Dumas, en las
cartas en que se manifiesta poeta y amoroso: Lo que hay de maravilloso
en el Generalife, seora, no son por cierto sus salas, sus baos, sus
corredores, pues que esto lo encontraremos en la Alhambra mejor y ms
bien conservado; lo que es all bello, maravilloso, son sus jardines,
sus aguas, su vista. Permaneced, pues, en medio de esos jardines lo que
os sea posible, seora; embriagos con los perfumes que no encontraris
iguales, porque en parte ninguna se hallarn reunidos en un ms pequeo
espacio tantos naranjos, tantos jazmines, tantas rosas; impregnos con
la muelle frescura que despide el agua, porque tampoco en parte alguna
veris brotar tantas fuentes, despearse tantas cascadas, rodar tantos
torrentes; y, en fin, mirad por cada abertura, que cada abertura es una
ventana abierta sobre el paraso. Y lo que ms os seducir, seora,
es ese sabor de Arabia que ha quedado flotando en el aire. Yo he
gustado ese sabor de Arabia desde que penetr por entre la doble fila
de cipreses y entr por la baja y ancha puerta del Generalife. Buenos
genios me amparaban en mi paseo solitario. Por gua tuve a la hija del
jardinero, una preciosa nia de trece a catorce aos, rubia y seria,
que me ense el secular ciprs, bajo el cual se sentaba la sultana
Zoraida, y el estanque, y los mirtos, y los rosales, y las salas en que
en los viejos lienzos se representan los antiguos seores, y el gran
rbol genealgico, y las galeras silenciosas en donde dan ganas de
suspirar y de besar. Para qu hablaros de lo dems? Para qu deciros
vulgares noticias de las guas, datos y fechas que os resultaran
ridculos? Para qu hablaros de la Granada actual, de la ciudad que
hace poltica y en donde se pregonan las ltimas noticias del conflicto
ruso-japons? He dejado Granada con pena, por su corazn de mrmol
labrado, por su viejo corazn, por sus divinas vejeces, que hace ms
adorables una naturaleza singular. Es uno de los pocos lugares de la
tierra en que uno querra permanecer, si no fuese que el espritu
tiende adelante, siempre ms adelante, si es posible fuera del mundo,
anywhere out of the world! Y al dejarlo, han venido a mi memoria las
estrofas de una romanza que en mi niez oa cantar:

      Aben Amet, al partir de Granada,
    su corazn desgarrado sinti,
    y all en la vega, al perderla de vista,
    con dbil voz su lamento expres...

[Ilustracin]




[Ilustracin: SEVILLA]




[Ilustracin]


AUNQUE es invierno, he hallado rosas en Sevilla. El cielo ha estado
puro y francamente hospitalario pasadas las primeras horas de la
maana. La Giralda se ha destacado en esplndido campo de azur. Luego,
las mujeres sevillanas, entrevistas por las rejas que hay a la entrada
de los patios marmreos y floridos, dan razn a la fama. He visto,
pues, maravilla.

No sin razn es esta la ciudad de don Juan y la ciudad de don Pedro.
Siempre la poesa, la leyenda, la tradicin, os saldrn al encuentro.
Estrella, el Burlador, el Monarca cruel, el Barbero... Por eso el
grande y armonioso Jos Zorrilla se recomendaba aqu evocando el nombre
de su Tenorio y de su Rey justiciero. El turismo viene, por moda, a la
Semana Santa. Es decir, a pagar cuentas enormes de hospedaje, a dormir
sobre una mesa de billar en veces, y a ver pasar las procesiones, entre
catlicos irreligiosos, santos macabros, cristos lvidos y sangrientos
con cabelleras humanas. Al mismo tiempo, el viajero escuchar los
gritos extraordinarios de las saetas y las carceleras. En el da
aprovechar la buena ocasin para ir a ver a las cigarreras en la
fbrica, con sus _deshabills_ sugerentes; si ha ledo _La femme et le
pantin_, de Pierre Louys, tanto mejor; y volver a su pas diciendo que
ha conocido el encanto sevillano. No, ciertamente, indiscutiblemente,
el encanto sevillano est en otra parte. La Semana Santa y la feria
son notas singulares, y las cigarreras ayudan al color local que se
ha conocido en las lecturas; pero el alma de Sevilla no tiene gran
cosa que ver con todo ese pintoresco reglamentario. Ni con eso, ni
con el industrialismo y la vida comercial que puebla de barcos las
riberas del Guadalquivir; ni aun con el batalln trashumante de toreros
calipigios que se entretiene en la estrecha y retorcida calle de las
Sierpes. El encanto ntimo de Sevilla est en lo que nos comunica su
pasado. Su alma habla en la soledad silenciosa; as el alma triste de
toda la vieja Espaa. Dicen sus secretos las antiguas callejuelas en
las horas nocturnas. Y nada es comparable a la melancola grave de sus
jardines, esos jardines que ha interpretado pictrica y magistralmente
en melodas del color el talento excepcional y hondo de Santiago
Rusiol--ese ruiseor de la fuerte Catalua.

Sevilla! Las injusticias de la fama no tienen gran fundamento:
abominad la clebre calle de las Sierpes en donde existi un clebre
caf flamenco que se llamaba el Burrero...; abominad la manzanilla
misma, que es un brevaje aceitoso y poco amable; abominad, aunque os
gusten los toros, a los toreros fuera del coso. Pero adorad, extasios,
para vuestro reino interior, en los jardines del Alczar sevillano--,
como en Aranjuez, como en la mgica Granada. De todo lo que han
contemplado mis ojos, una de las cosas que ms han impresionado a
mi espritu son esos deleitosos y frescos retiros. Ni las vetustas
murallas carcomidas de siglos, que an atestiguan el viejo podero de
los conquistadores romanos, ni los restos visigodos, ni la esbelta
Giralda mauritana, cuyo nombre alegra como una banderola, ni la Torre
del Oro a la orilla del ro, ni las magnificencias del Alczar, que
renuevan en mi memoria las sensaciones experimentadas en la Alhambra
granadina, nada me ha hecho meditar y soar como estos jardines
que vieron tantas histricas grandezas, tantos misterios y tantas
voluptuosidades. La culpa la tiene en gran parte ese don Pedro que
tena tanto de don Juan...

Cuando uno entra, a un lado de las galeras que llevan el nombre de
aquel raro monarca que comprenda la belleza morisca, que tuvo mucho
de oriental, mucho del Arum-al-Raschid de Las mil y una noches, lo
primero que conmueve es el ms blando de los silencios, apenas turbado
por el fino hilo lquido que cae de un surtidor en el ancho estanque de
verdes aguas. El suave viento mueve el ramaje de dos grandes magnolias
vecinas. Y entre rosales y arrayanes, se descienden dos graderas y se
va a ver lo que se llama los baos de doa Mara de Padilla. Hay una
grande y larga piscina, bajo bajas bvedas gticas. Nada ms. Pero,
qu importa? Pintores ha habido que han intentado resucitar el sensual
captulo de la bella novela de vida. Quedos al amor de vuestras ideas.
No os cantar los pjaros de la primavera? No veis al monarca que se
acerca entre las flores nuevas y lujuriantes? No os el ruido del agua
transparente en donde el cuerpo sonrosado de la real querida forma a
su rededor crculos de diamante? Ella re, el duro rey sonre. Cerca
hay palomas blancas y de plumajes que la luz tornasola; y un pavn
de Oriente, vestido de orgullo, ostenta sus gemas, como un visir de
fiesta. Ah tenis el encanto sevillano.

Ms all iris al jardn de la gruta, y all los arrayanes forman un
famoso y pueril laberinto; y en un rstico templete, bajo extraa
bveda, una blanca estatua de dos mujeres unidas por la espalda, arroja
de sus cuatro pechos cuatro chorros de agua. Neptuno decorativo os
saluda en el llamado jardn Grande, y en el del Len hay sealadas
huellas leoninas: _hic sunt leones_. Es en efecto aqu donde se
conserva el cenador del csar Carlos V. All, entre los mrmoles y los
policromos azulejos y las maderas admirablemente talladas, las guilas
imperiales guardan el orgullo de sus actitudes y recuerdan la presencia
desvanecida de la soberbia y soberana persona.

Cuando sals, llevis una sensacin imborrable.

Como deca antes, por las calles os llamar siempre, con su callada
voz, la tradicin. En vano, en las vas estrechas, os har pegaros a la
pared el tranva elctrico. En vano los vendedores de antigedades os
querrn atraer con sus letreros en ingls. Por muy poco meditativos o
poetas que seis, tendris que pensar en uno de los dos hombres-sombras
zorrillescos, don Pedro o don Juan.

All en la iglesia del hospital de la Caridad, me he inclinado ante
nombres ilustres, de mosaistas, pintores y tallistas; bastar el solo
de Murillo multiplicado en obras excelentes, como un Dios Nio que se
apoya en el mundo, todo gracia, y un Moiss en que Bartolom Esteban
demuestra que celeste suavidad y pincel dulce no le impiden el dar
cuando le vena en voluntad una nota de fuerza. Y luego el realista
y macabro Valds Leal, cantado en las labradas rimas de Gautier, que
renueva en ms de un cuadro el triunfo de la muerte, y las visiones
cadavricas de los frescos del camposanto pisano.

Cuenta un cronista que al ver pintada tan a lo muerto la descomposicin
en el atad, dijo Murillo a su amigo el artista: Compadre, esto
es menester mirarlo con la mano en las narices. Mas, pasad a la
sacrista. No os detengis en la visin de San Cayetano, de Cspedes,
ni en el San Miguel, de Roela.

Ved ese retrato del tiempo viejo, ved ese caballero firmado por Valds
Leal y ved esa espada antigua, que en estos tiempos de ruines prosas
no hay mano digna de tocar. Ese caballero orgulloso, cuya estatua se
ha inaugurado recientemente, es un _rvenant_, es un habitante del
ensueo, es un vecino de la ciudad de la eterna ilusin, es un hroe de
la poesa, un fantasma de capa y espada. Ese hombre es el asesino del
amor y el campen de la voluptuosidad. Es el Sr. D. Miguel de Maara,
celebrado en la inmortalidad del arte bajo el nombre de Don Juan. Y esa
es su espada. Est en una sacrista, porque ya sabis que el diablo
cuando se hizo viejo se meti fraile.

En la catedral mucho hay que admirar y las guas lo detallan; pero
all tambin, como en todos lugares, es el pasado el que os detiene
con su historia o con su pgina legendaria. As, de ese plpito que
encontris en un patio, en donde predicaron varones ilustres como el
vigoroso Vicente Ferrer, pasis a las maravillas de las naves, en donde
gloriosas paletas dejaron telas de valor y de renombre. Y la ancdota
tradicional os espera asimismo por toda capilla y rincn, desde el
colosal San Cristbal, junto al altar de la Gamba, hasta el pequeo
Nio Jess, al cual llaman el mudo, obra de Montez. Y aqu llega la
nota curiosa.

Encontris gentes de aeja devocin, a quienes dirigs la palabra,
y que, por ms que les hablis, no os dan contestacin alguna. Esos
son fanticos que han hecho al nio rubio del altar la promesa del
silencio por un tiempo determinado. En una de las capillas--y aqu la
ancdota es moderna--est el famoso San Antonio, de Murillo, cuadro
que fu mutilado por un visitante norteamericano, que crey oportuno
aislar el santo del resto de la composicin para provecho propio.
Sabido es que el cnsul espaol en Boston tuvo denuncia del paradero
del fragmento pictrico y logr rescatarlo. Hoy, gracias al arte y
habilidad de un pintor eminente, el cuadro aparece restaurado, y no se
notan las seales de la amputacin del robador yanqui.

No os detendr ante las muchas obras artsticas y renombradas que aqu
se guardan, pues son tantas y tales que hay libros de eruditos, como
Cean Bermdes, que estn dedicados a ellos. Pero no dejar de deciros
que veis cierto fnebre monumento que est cerca del Cristforo de
Prez de Alesio, el cual monumento es obra moderna y muy celebrada,
compuesta de cuatro figuras que soportan una urna, y que seguramente
os es familiar por las ilustraciones. En esa urna--descubros!--estn
las cenizas, las discutidas cenizas de Cristbal Coln, que antes
estuvieron depositadas en la catedral de la Habana. Creo que el ms
impasible e indiferente de los americanos, no dejar de sentir as sea
una vaga emocin delante de ese puado de huesos. Hasta despus podr
llegar la eterna Eironeia, y haceros comprender que no es muy grande el
favor que nos hizo.

La tarde estaba alegre y dorada cuando pas el Puente de Triana para
ir al barrio de ese nombre tan cantado en las coplas. Dir que tuve
ms de una ilusin deshecha? Fuera de una que otra ventana llena de
los tiestos usuales en toda Andaluca, y una que otra cara de cromo
o de caja de cerillas, no pude satisfacer mi curiosidad de belleza
sevillana. Vi mucho mozo de chaqueta y pantaln ajustado, haraganeando
en las esquinas, no lejos de los muelles en que el sevillano trabajador
suda en los afanes del trfago moderno. Vi portales sin aseo y tiendas
de salazones, y una diligencia a la antigua, que al lado del elctrico
tranva iba cargada de gentes y maletas a alguna parte. Vi la Torre
del Oro baada del oro de la tarde, y el ro de un color sucio
amarillento; y a lo lejos las alturas que empezaba a borrar, a esfumar
el crepsculo. Y si no volv contento de Triana, puesto que quizs yo
iba con la idea de un Triana fantstico, o imposible o demasiado a la
francesa, tuve un desquite con la salida de una bella nia y una vieja
duea de una vieja iglesia. Doa Ins del alma ma y su inseparable
guardadora.

[Ilustracin]




[Ilustracin: CORDOBA]




[Ilustracin]


UNA modesta estacin; un mnibus que va mal que bien por la calle,
sobre baches y fango.

Mal tiempo. He ah mi primera impresin en la ilustre y secular
Crdoba. En cambio, los verdes naranjos, en los cercanos jardines,
y flores a pesar del tiempo, me resarcieron del inicial desencanto.
El hotel en que me hospedo da a la va principal de la poblacin,
la alameda llamada del Gran Capitn, en memoria de aquel magnfico
guerrero D. Gonzalo, cuya casa natal estuvo por este punto. Cuando la
lluvia ha cesado y puedo salir, veo grupos de gentes estacionados en
la alameda, el eterno grupo de ciudad espaola, que conversa y mata
las horas.

Fuera de este paseo, de que estn orgullosos los habitantes, las otras
calles son marcadamente tpicas, descendiendo de la parte alta de la
ciudad a la baja, o Ajerquia. No he podido menos que tener presente en
mi memoria a la amable Crdoba argentina, a cada paso que he dado en
la antigua Crdoba andaluza. No es que tengan nada de semejante, fuera
del espritu de la raza llevado por los hombres de la colonia, sino
que el nombre impona el recuerdo, y el haber sido centro de estudio
y de saber en tiempos remotos esta ciudad abuela, como esa en no tan
lejanos, continuando su tradicin en los presentes. No son pocos los
pergaminos de nobleza de la patria de Sneca y de Lucano, a la cual un
latinista moderno hace declarar sus grandezas en clsicos exmetros:

      Illa ego sum quodam latialis gloria Roma
    cum dedit illa mihi qu sibi jura dabat.
    Inter romanas sum prima colonia facta
    sola que patricio nomine clara fui.
    Deliciis fruor ipsa meis Montisque Marian
    ad cujus gremium dotibus aucta cubo...
    Piscosus me Boetis amat, me argentea cingit
    unda cabalino fonte sacrata magis, etc., etc.

Y vaya esa transcripcin de sabios metros en gracia a las dos Crdobas
gloriosas, pues la de ese lado del mar tambin pudiera repetir con sta:

      Mille mihi Senec, Lucani mille fuissenl,
    si mihi Mecoenas unus ab urbe foret.

Deca, pues, que las calles de la poblacin me han parecido de
lo ms caracterstico, y con razn, pues segn la monografa
histrico-topogrfica de Ramrez, ni en su direccin ni en su anchura
han sufrido alteracin alguna sustancial desde los tiempos ms remotos,
y son, por lo general, como todas las de las poblaciones antiguas,
estrechas y torcidas, o poco alineadas, por lo que es cosa digna de
reparo que en el centro de la ciudad se encuentren algunas calles de
mediana anchura. Yo, ni en Granada, ni en Sevilla, ni en Mlaga, he
encontrado ese ambiente de antigedad de esta capital esclarecida y
en una poca foco, puede decirse, de la sabidura universal. Y en la
estrechez y soledad de las calles, la reja siempre, la ventana propicia
al amoro de romance, los patios misteriosos que se entrevn. Si en
un lugar, a modo de plazoleta, est el nombre de Sneca, y evocis la
memoria de aquel admirable filsofo y periodista _avant la lettre_,
conocimientos mentales no tan viejos se os presentarn en esas casas
de las vas angostas, y de las cuales suele brotar, inesperadamente,
el eco de un piano. All puede muy bien vivir la seorita doa Pepita
Jimnez; all puede estar forjando sus ilusiones el doctor Faustino;
y si no, en una o en otra morada puede haber nacido el ilustre D.
Juan Valera, porque es sabido que, como Ambrosio de Morales y el gran
Gngora, D. Juan es cordobs.

De edades lejansimas quedan en Crdoba huellas cesreas. De Csar
quedan, cuando despus de ser cartaginesa fu romana. Como colonia
patricia consta en las medallas y en los libros que fu notable. Y aun
afirma uno de sus historiadores que, siendo pretor de las Espaas
citerior y ulterior Marco Claudio Marcelo, la ciudad fu ampliada y
ennoblecida con suntuosos edificios, y parece se hizo de moda en Roma,
por aquel tiempo, poseer una quinta en los amenos campos de Crdoba.
Hoy de aquellas grandezas quedan apenas lpidas, inscripciones
monumentales, columnas miliarias, monedas de Augusto en que hay
borrosos problemas para los numismatas, y un venerable puente, al que
an sostienen sus pesados arcos sobre el turbio Guadalquivir. Fu goda
y luego rabe, y los islamitas la elevaron en verdad a su ms alta
potencia. Leer esa historia es penetrar en su vida cuasi fabulosa de
capital imperial, de un imperio de cuento miliunanochesco.

Hoy queda casi nada en comparacin de los antiguos esplendores
califales; pero lo que queda, la mezquita convertida en catedral y
cuya transformacin enoja a todo artista viajero, como D'Amicis, da
idea de qu clase de cerebros cubran aquellos prestigiosos turbantes.
Qu sera aquella magnfica Rusafa, o huerto real, en donde el
poderoso Abderramn I, que tambin, como buen oriental, era profeta,
anticipndose al cubano Jos Mara Heredia el viejo, cant a su
compatriota la palmera, entonces extranjera en esta tierra? Y sobre
todo, qu escenario como de la historia del prncipe Camaralzamn y la
princesa Badura, u otros prncipes en cuyas vidas se interesaba tanto
Dinarzada, no sera la Azhara de Abderramn III, llamada as por el
nombre de la favorita del harn? En verdad, pudo venir a habitar el
palacio el rey Salomn en compaa de la reina de Saba. No os repetir
los datos algo prosaicos de cronistas cristianos como Daz de Rivas;
pero s lo que refieren narradores rabes contemporneos de aquel
esplndido califa:

Las casas edificadas bajo un plan uniforme, con mucho gusto y
magnificencia y coronadas de azoteas, tenan jardines plantados de
naranjos, y correspondan a la grandeza y suntuosidad del alczar a
que estaban agregadas. En la construccin de este sitio real emple
Abderramn inmensos tesoros. Los obreros ocupados en la construccin
eran mil, mil y quinientas las mulas y cuatrocientos los camellos que
conducan materiales. Ayudronle en la direccin de la obra los ms
clebres arquitectos de Bagdad, Tosthat y Kaiorn, y de Constantinopla,
que le envi su aliado Constantino VI, regalndole al mismo tiempo
cuarenta columnas de granito, las ms hermosas que pudo encontrar.
Pasaban de mil doscientas las de varias clases de mrmoles que haba
hecho traer a gran precio de algunas provincias de Espaa, de Francia,
de Italia, Grecia, Africa y Asia. El exterior, as como el interior del
alczar, contra la costumbre de los rabes, estaba hermoseado con el
mismo empeo y prolijidad que el resto del edificio, y en el interior
se encontraba cuanto el arte ayudado de la riqueza puede producir de
ms bello y encantador. Las paredes estaban incrustadas de arabescos
de mucho gusto, las ventanas y puertas eran de cedro adornadas
de preciosas esculturas, y los techos pintados de azul celeste y
esmaltados de oro.

Pero como era natural, nada llegaba al primor y riqueza que en
el saln destinado para su morada haba prodigado el califa. Los
adornos de sus muros estaban formados de oro, perlas y otras piedras
preciosas, y en varios sitios, segn costumbre, se lean aleluyas
alkornicas. En una magnfica fuente de alabastro, que estaba en medio
de la pieza, arrojaban agua por la boca varios animales de oro, y en
su centro nadaba un cisne del mismo metal. Sobre la fuente penda
una perla de extraordinario precio que al califa haba regalado el
emperador Len, de Constantinopla. El retrete donde estaba el lecho
de la favorita, se vea cubierto por un artesonado revestido de oro y
acero, y sembrado de piedras preciosas; y en medio del resplandor que
despedan las luces de cien araas, saltaba un chorro de azogue que
cual plata lquida caa en un hermoso piln de alabastro. Sobre la
puerta principal del alczar, se vea la estatua de la hermosa esclava,
no sin indignacin de los ms severos musulmanes, que censuraban la
impiedad del califa, que se haba atrevido a representar la forma
humana, contra el expreso precepto del Korn. Los jardines que rodeaban
el palacio correspondan a lo dems en primor y belleza, pues la
fantasa ms fecunda haba prodigado all cuanto puede lisonjear los
sentidos. Bosques de mirtos y de laureles se mezclaban con los olivos,
cuyo verdor se retrataba en las cristalinas aguas de los estanques:
animales raros vagaban encerrados en jardines dispuestos para este fin
y aves de vistosos plumajes y agradable canto animaban tan encantadora
mansin. Al suspender esa descripcin, no creerais oir la voz de
Dinarzada: Hermanita, quieres contar uno de los hermosos cuentos
que t sabes? De tales mansiones no se gloria hoy la ms soberbia de
las testas coronadas y solamente pueden contemplarse, con ayuda de
la imaginacin, en las renombradas narraciones que he citado y que
ha sacado a la luz y al arte modernos la sabia voluntad y el talento
admirable del Dr. Mardrus.

Vagando de un punto a otro y perdindome a veces en el laberinto
de esas calles orientales, he dado con fuentes, ruinas, un curioso
monumento al ngel Gabriel, que, segn tradicin, ha librado a la
ciudad repetidas veces de pestes, tempestades y calamidades, y por
fin encontr lo nico que verdaderamente atrae a los extranjeros: la
mezquita. En este caso, como en otros, no cabe descripcin alguna,
pues muchas hay en las guas y en cien libros de viajes. Dir, s,
que me asombr este edificio de fe, como los otros edificios de amor y
de guerra que dejaron en su amado Al-Andalus, y que un mi voz a las
mil que han lamentado la vandlica religiosidad de los catlicos que
creyeron preciso demoler obras del arte y afear el recinto de Alah para
adorar mejor a Jesucristo.

La selva de columnas, la profusin de los arcos, hacen pensar en
lo que sera cuando no haba tapiadas puertas y la luz penetraba
lateral. Se dira una vasta petrificacin de palmeras. Y gracias que
an queden joyas arquitecturales y de mosaico, cual ese prodigioso
mihrab o sagrario mahometano, que es la admiracin de los conocedores.
Aunque hay en la parte de intrusa construccin espaola muy notables
trabajos, como el coro, el visitante no tiene pensamientos ms que
para los islamitas, que saban edificar tan bellas moradas de oracin.
Al entrar, da deseos de cambiar los zapatos por un par de babuchas, y
murmurar que slo Dios es grande.




[Ilustracin: GIBRALTAR]




[Ilustracin]


I

DESDE que llegu a Algeciras, sent que ya no me encontraba
completamente en Espaa. No descend en la estacin, sino a la entrada
del muelle, a un paso del Hotel Anglo-Hispano y del Hotel Reina
Cristina, dos establecimientos ingleses. El tren llega hasta all
para comodidad de los ingleses. Desde luego la lnea frrea entre
Bobadilla y Algeciras es propiedad de una compaa inglesa. En el hotel
me encuentro con que todo el mundo es ingls. En el saln de lectura
casi todos los diarios son de Londres. Alguien me asegura que desde el
Hotel Reina Cristina, que est construdo en una altura y en el cual
se eleva un largo mstil, se hacen seales semafricas con Gibraltar.
Al da siguiente tomo en el muelle ingls el vapor de la misma
nacionalidad, que me conduce al Pen.

       *       *       *       *       *

Un malagueo que se llama Paquito y que es portador de una guitarra, va
a bordo. Una joven miss se ha acercado a l y en muy buen castellano le
invita a que le d una leccin al aire libre, sobre cubierta. Paquito
se excusa. Luego, all a solas conmigo, me hace sus confidencias.

--Vamos, que los ingleses no me agradan! Voy a Gibraltar por unos das
a ganar un dinerito... A usted, si gusta, le invito para que me oiga
tocar y cantar.

La enorme mole se va agrandando sobre el fondo del cielo invernal.
Se distinguen las casas escalonadas sobre la roca, y ms tarde los
muelles y escolleras; por todas partes el ir y venir de barcos, y, con
ayuda del anteojo, las innumerables bateras, la floracin de caones
que hacen del promontorio un inmenso panal de piedra y acero en que
aguardan el momento propicio para lanzarse los enjambres de avispas de
fuego que alborotar la mano de la guerra.

--Qu le parece, Paquito?

Paquito alza los hombros, resignado. Despus, a media voz, me canta,
junto a la borda del barco, una cancin, con ritmo de tango, cuyas
patriticas y desgreadas estrofas, no por serlo dicen menos lo que
siente el corazn popular.

      Espaa fu la nacin
    que ms lauros conquist;
    por la tierra y por el mar
    extendi su autoridad;
    al grito sacrosanto
    de Castilla y de Len,
    clavaba en lo ms alto
    su glorioso pabelln.
    Tiempo feliz que de fijo
    para siempre ya pas.
    Al comparar la antigua situacin
    con la actual, causa pena y dolor.
    De ira y de vergenza
    deberamos llorar
    al contemplar, y es la verdad,
    que nuestra dignidad
    manchada est
    desde que vi ondear
    la bandera inglesa
    en el Pen de Gibraltar.
    Qu vergenza da,
    que vergenza da, y es la verdad.
    Aunque el mundo sabe
    que ese invencible Pen
    hoy es ingls
    por una traicin.
    Porque jams pudo vencer
    el pueblo ingls al espaol,
    y en lucha igual, franca y leal,
    el Aguila se humilla ante el Len.
    Pero ha de llegar
    el da en que volvamos
    nuestro Pen a recobrar
    y ese da cerca est,
    y subiendo a lo ms alto,
    y all gritando viva Espaa!
    nuestro glorioso pabelln clavar.

_Alas poor_, Paquito! Mientras das al aire suavemente esa cordial
protesta, yo admiro a estos fuertes y temibles hombres. Este Pen es
el ms vasto altar, el ms colosal monumento de la conquista y de la
guerra. Por un lado se impone dominante sobre Espaa, por otro sobre
Africa, y el Mediterrneo que vi en lejanos tiempos la omnipotencia
latina, presencia hoy la omnipotencia de Britannia, sobre las olas--,
_on the waves_.

       *       *       *       *       *

El vapor atraca al muelle. Al pisar tierra, creo entrar en un cuartel.
Las murallas, los fuertes, las amenazantes bateras de la altura estn
ante mi vista. Al entrar por una puerta de la ciudad, un soldado me da
un cartoncito con un nmero y un permiso para circular por ella hasta
el caonazo de las doce. En una plazoleta, oficiales rojos ensean el
ejercicio a soldados kakhi. Una banda suena a lo lejos. Por fin, heme
aqu en un hotel carsimo--parece que no hay de otros en la ciudad--y
luego, en la calle, para aprovechar mi tiempo.

Noto que, a pesar de todo, no se ha logrado desarraigar el idioma. Toda
la gente habla espaol. En las vitrinas de las tiendas, los objetos
estn expuestos con los precios escritos en ingls y en espaol.
Asimismo la moneda espaola circula, y se puede pagar una cosa,
correspondientemente, en chelines o en pesetas. Mas la poderosa Roma
moderna impone su sello. Hay algo de cada colonia que podis observar
al paso. Aqu un negro, ms all un hind, que os vende labores de
Persia y del Indostn. No os extraarn, por la vecindad, los moros,
y los muchos malteses y judos en sus tiendas curiosas. Los tipos son
marcadsimos. He visto en verdad y en una esquina, a Al Bab. Y los
cuarenta ladrones, entre ellos el cochero que me pasea; y a Shylock,
junto a un srdido mostrador, un Shylock como el que hace Novelli,
todo vestido de negro. Pasan, en fiacres de toldos amarillos, soldados
y oficiales, que se dirigen a los cuarteles. Veo, no lejos, humo de
chimeneas, y oigo agitacin de mquinas. Sobre todo se siente el peso
de una consigna y la regularidad dura de la vida militar. Aqu se han
de leer mucho los versos de Rudyar Kipling. Todos esos caras morenas de
comerciantes de la India, sonren al Tommy que pasa. Los judos estn
contentos porque hacen negocio. Los gibraltarinos estn satisfechos
porque los negocios van siempre bien. Y los espaoles vecinos, de la
misma manera, pues hay aqu buen mercado para los productos que se
importan. Por su parte, los militares llevan una existencia de lo ms
agradable, pues tienen desde whisky-and-soda hasta music-hall, con
estrellas de la Alhambra londinense, y caceras en tierra espaola, con
todo el confort y cuidado que un ingls pone en esas cosas.

       *       *       *       *       *

All lejos, pasadas las puertas del lado sur del puerto--una espaola,
otra inglesa, puertas gemelas que decoran sendos escudos, el uno
del tiempo de la antigua dominacin, el otro moderno--; ms all de
los jardines que en la roca escueta han hecho florecer con bellas
vegetaciones las activas autoridades, he ido a ver los trabajos de los
grandes diques en construccin. Los trabajadores bullen en la inmensa
escavacin, afanosos. Se me dice que de algunos das a esta parte
se han recibido rdenes de apurar las tareas. Se escucha el ruido
de las dragas. Los pitos de vapor silban, las vagonetas cargadas de
tierra corren, la multiplicada labor se siente incansable. Se ve que
es la energa britnica la que dirige. Hay aspectos imprevistos, de
rincones floridos, cerca de las garitas y de los depsitos. El cochero
que he tomado en Gunners Parade, me lleva hasta una de las bateras
bajas, donde un enorme can rodeado de proyectiles, tambin enormes,
amenaza al mar. Hay en las entraas de la colosal roca vastos trojes
de guerra, en previsin de posibles cercos, as fuesen los trados por
consecuencia de una liga continental.

Hay cordones de bocas de fuego en las distintas salientes del Pen.
Y, a pesar de lo que se murmura contra la capacidad del ejrcito
ingls, hay una admirable disciplina, y se ve que una inteligencia
ordenada y eficaz ha precedido a todo el abastecimiento y defensa
de ese formidable castillo natural sobre las olas. No soy perito en
cuestiones militares, pero no s hasta qu punto tenga razn un miembro
de la Cmara de los Comunes, Gibson Bowles, en las afirmaciones hechas
en un ruidoso folleto sobre la vulnerabilidad y debilidad estratgica
de Gibraltar. Sin embargo, a la simple vista, no me parece de una
imposibilidad absoluta que por el lado de tierra, un ejrcito audaz
y bien dirigido pudiese llegar a tomar la gran fortaleza, apoyado
por modernsimos caones, que encontraran el ms estupendo blanco
que imaginarse puede. Por esto es muy explicable la actitud celosa
de Inglaterra que, cada vez que el gobierno espaol ha intentado
fortificar su territorio por los lados peligrosos, ha protestado por
medio del embajador en Madrid, y ha impedido toda probabilidad de
futuros perjuicios. Por su parte, el almirantazgo y el ministerio de
guerra londinenses tienen siempre buenos centinelas. De Rooke a White,
todos los que han tenido mando en el Pen han sido espritus hbiles
y meritorios soldados. Me parece que en los versos de Paquito el
malagueo, hay profecas difciles de cumplirse. En Highest-Pont, en
The Galleries, en Signal-Station, hay muchos ojos vigilantes. Y cada
da que pasa se va aumentando el nmero de caones, el trabajo de los
diques de carena y el arreglo y buen mantenimiento de los innumerables
galpones, bodegas y depsitos de municiones y vveres. Hay talleres
excelentes y cantidades de carbn crecidsimas. El nuevo muelle,
concludo casi, es de primer orden, como los otros en construccin. Una
lluvia de libras esterlinas amaciza y fortalece todo eso.

       *       *       *       *       *

Difcil de abordar el gobernador, el secretario colonial, Mr. Evans,
es en verdad tipo simptico y afable. Un mi compaero ocasional, Mr.
Fox--sonriente zorro anglosajn, que viaja por placer y sport, y que
ha recorrido todo el mundo, se hace lenguas del secretario.--Y la
guerra, Mr. Fox? Y la guerra?--No sabe nadie lo que puede pasar.
Pero Inglaterra es tan prudente como potente, y no crea usted que se
precipite a causar conflictos, de los cuales no se puede calcular el
terrible resultado. No obstante, la Gran Bretaa est lista para todo
evento. El pueblo simpatiza con el Japn, ms que por la alianza, por
la antigua enemiga con el Oso. En cuanto al estado de la marina y
del ejrcito, no crea usted a los pesimistas. Se ha trabajado y se
trabaja. Sir Charles Beresford, no dira ahora lo que en poca no muy
lejana. Esta es la opinin del vencedor de Ladysmith y de su amable
secretario. Miss Fox, que acompaa a su padre y que tiene los ms
lindos ojos azules en el ms fino y sonrosado rostro, aprueba. Lo cual
me hace, incontinenti, no tener ningn cuidado por la buena suerte
asegurada de los barcos y soldados de su majestad el rey Eduardo.

       *       *       *       *       *

En un solo da he visto pasar un hermoso crucero francs, tres barcos
de guerra de otras nacionalidades y como doscientos vapores mercantes.
Se espera pronto a la escuadra nacional. Adems, el King Alfred y el
Diadem, que de Singapoore se dirigen a Inglaterra. Y dentro de das, la
visita del emperador de Alemania.

       *       *       *       *       *

Mr. Fox me hace saber cosas interesantes y pintorescas. Hay un club
Ladysmith que da bailes de mscaras en sus salones, situados en el
Flat Bastion Road. El ejrcito de salvacin, por su parte, predica el
bien y pone en las calles los grandes letreros usuales, con mximas
evanglicas y declamatorios consejos. Pero los oficiales que escuchan y
siguen al pie de la letra la palabra de esos comisionistas del Seor,
son pocos como los temperantes de tal o cual asociacin. Prefieren
entre el _hunting_ y el _tennis_, unas salidas gratas por el lado de
la Lnea, en donde hay cante flamenco, guapas mozas espaolas y el
consiguiente pale-ale y whisky de Escocia. Y aqu, en la ciudad armada,
est el Empire, a la manera de Londres, con una London Variety Company,
en que hay una star que se llama mademoiselle Vanmeeren.--Soberbio,
Mr. Fox!--_I think so, Mr. Daro, The Channel Fleet will thus find
ample amusement for their evenings on shore!_

Miss Fox mira, distradamente, hacia la costa de Espaa, donde Tarifa
semeja una ciudad sin vida. La banda ensaya, no lejos, todos los himnos
nacionales habidos y por haber. Las sombras nocturnas se adelantan.

       *       *       *       *       *

--Allo, Mr. Daro!

--Allo, Mr. Fox!

--Una taza de t?

Tomar una taza de t con Mr. Fox es un placer, cuando no da en hablar
de caceras y otros sports. Miss Fox le acompaa siempre, y toma parte
activa en charlas sobre literatura, sobre ocultismo, sobre artes.

Ambos son admiradores de Rodn, y se esfuerzan en convencerme de que
los franceses no comprenden al gran escultor y los ingleses s. Los
ingleses y los norteamericanos, dice Miss Fox. Se celebra la poesa de
Rudyard Kipling, algunas de cuyas composiciones, demasiado argticas,
confieso modestamente no comprender. Se trata del valor japons, y no
soy simptico cuando expongo mis simpatas por Rusia. As, llegamos a
tratar de la cuestin anglo-espaola, la eterna cuestin de Gibraltar.

--Los espaoles, dice Mr. Fox, dicen que los Ingleses ocupan Gibraltar
por una traicin. Y a los japoneses se les acusa de traidores por
causa del golpe por sorpresa que inici la guerra actual. Qu guerra
no es, en realidad, traidora? Y qu cosa es traicin, cuando se
trata de guerra? Ahora bien, si los ingleses dejaran actualmente poner
excelentes y modernsimas fortificaciones en el Fraile, en La Lea, en
Camorro, en las Palomas y en otros lugares del litoral del estrecho,
confiese usted que seran unos tontos. Puesto que usted ha ledo al
filsofo alemn de Ms all del Bien y del Mal, no tengo que entrar
en mayores disertaciones. Adems el tiempo es oro.

Miss Fox pone un poquito ms de brandy en mi t.

       *       *       *       *       *

Pronto he de dejar el Pen, erizado de hierro y de muerte. Me he de
dirigir a la vecina Africa, cuyas costas se divisan, alzndose en
el fondo el grande Atlas. Mis amigos ingleses me dan una carta de
presentacin para un rico rabe, que reside en Tnger, y llevo adems
otra, del amable cnsul argentino en Mlaga, para el administrador
espaol de correos en la ciudad blanca.


II

En estos das ha habido, como muy a menudo, divertimientos alegres
para los distinguidos oficiales de esta frrea guarnicin. Persona que
ha asistido a ellos, me celebra la distincin y las elegancias de las
jiras sportivas. Ha sido un _fox hunting_ de lo ms ameno y variado,
despus de gozar los invitados de la hospitalidad de Mr. Larios--, uno
de la egregia familia que sabis. Galopes animados hacia Salt Pans,
por amables colinas, por Agua Corte; persecucin de un zorro cerca de
Polmones Village; amazonas animosas y bravos cazadores, que iban en
caballos veloces; magnfica jaura;

    Van perros de fina raza,
    Cornetas de monte, en fin,
    Cuanto exige Moratn,
    En su poema _La Caza_.

como dira, en los buenos tiempos en que haca versos, el seor
presidente Marroqun, de Colombia. Adems de zorros, ha habido
jabales, entre los cuales uno viejo y terrible que hiri gravemente
a dos sabuesos. Nada os dir de las excelentes provisiones, siendo
ingleses los de la partida. Hasta versos se han rimado, en los cuales
se dicen bromas anglosajonas que tocan al honorable secretario. He
aqu esa muestra del humor britanocalpense:

      Oh where and oh where is the gallant Hon. Sec.
    Oh where and oh where can he be?
    There's no one to keep these bold thrusters in check
    No signs of E. M. can we see.
    We met at the Farm (sure 'twas after the Ball)
    And gossiped and coffe-housed there,
    And drinks (though the need of Dutch courage is small)
    While violets decket each dame there.
    _Chorus._--And there, oh yes there, was the genial Hon. Sec.
    His smile beaming broadly and bland
    As fietd money tickets he swift did collect
    By scores were they thrust in his hand.

Eso, con otras estrofas ms, se ha cantado con uno de esos joviales
aires ingleses que habis odo ms de una vez. As se divierten los
militares que guardan la vasta fortaleza de rocas que humilla el amor
propio de la Europa entera. As se divierten, como en todas partes
donde moran. Unos son enviados a la India, o a otras posesiones
coloniales. Otros hay que viven aqu desde hace mucho tiempo. A veces
suena un pfano, se oyen tambores. Un grupo de soldados pasa, solemne.
Se lleva a enterrar a un compaero que quedar por siempre en el pen,
como estn en el cementerio viejo, bajo tmulos grises, llenos de
inscripciones, vctimas de Trafalgar... Pero son los amos de cuanto su
vista abarca.

       *       *       *       *       *

Como leyese las anteriores lneas a un mi amigo espaol que est en el
mismo hotel que yo, sonre amargamente.--Usted no sabe hasta dnde
llega la conquista de la libra esterlina y de los caones del Pen, en
tierras de Espaa, en tierra de nuestro D. Quijote? Pues escuche. Y me
lee unos recortes que saca de su cartera:

Junto a Algeciras los ingleses disponen de campos para jugar al
golf, de cotos para cazar, de huertas para recrearse. Apenas alguien
necesita en Algeciras vender una casa, los ingleses la adquieren, y a
buen precio. Pronto habr en Algeciras ms propietarios ingleses que
espaoles. Sin embargo, Algeciras, es como Gibraltar una plaza fuerte.
Bien es verdad que esta condicin no se halla justificada sino por una
vetusta batera artillada por algunas piezas de las que se cargan por
la boca; pero no importa, buena, o mala, Algeciras es una plaza de
guerra, y como tal, est sujeta a reglas especiales, ni ms ni menos
que la plaza de Gibraltar.

Sin extremar, como en Gibraltar se extreman--por ser all la
jurisdiccin militar la nica que rige--la dignidad, el honor, si
todava estos vocablos quieren significar algo en nuestra patria,
debieran imponernos cierta lnea de conducta. Entretanto, del propio
modo que La Lnea, El Campamento y Puente Mayorga son arrabales de
Gibraltar, Algeciras se convierte paulatinamente en una dependencia
del imperio britnico. Hay una provincia inglesa que tiene por capital
Gibraltar, y que comprende de hecho el Pen, el Campo, Algeciras y
todo el territorio hasta Tarifa por un lado, y de Ronda por otro.
Es verdad que esta provincia tiene autoridades militares, civiles y
judiciales espaolas; pero quien gobierna efectivamente en ellas es el
Foreign Office de Londres, y por mandato suyo, el general gobernador
de la plaza de Gibraltar. All no se hace nada sin anuencia de los
ingleses, en tanto que los ingleses hacen all lo que les parece,
seguros de hallar la aprobacin tcita o la sancin legal de parte de
Espaa. La soberana espaola en aquella regin de la Pennsula es una
pura ficcin. Conviene hablar claro y que lo proclamemos muy alto; es
indispensable que Espaa lo sepa: existe de hecho, enclavada en los
dominios de la monarqua espaola, una provincia inglesa de Gibraltar,
de la cual el Pen es la cabeza y la ciudadela.

Los ingleses se han creado intereses por doquiera, desde la margen
del estrecho hasta la serrana de Ronda. Todo el mundo sabe lo que
significa para los ingleses la frmula crearse intereses. La
intervencin activa de la Gran Bretaa en la colonia portuguesa
de Lorenzo Mrquez y la transformacin de sta en una especie de
protectorado britnico, dbese principalmente al ferrocarril de
Delagoa a Komati-Port, cuyo primer interesado es un sbdito ingls.
As tambin la zona recorrida por el ferrocarril de Algeciras a
Bobadilla cae, segn la teora diplomtica inglesa dentro de la
esfera de los intereses britnicos. De ah que conceptuemos este
ferrocarril como una infamia, porque, una de dos: o esta lnea
aprovecha al pas, o aprovecha a los ingleses: si lo primero, el ms
elemental patriotismo aconsejaba que se concediese a una compaa
nacional, o por lo menos, no inglesa; si lo segundo, jams, en manera
alguna, deba haberse otorgado la concesin a quienquiera que fuera,
y menos aun, a una compaa inglesa. Si los ingleses no se encuentran
bien en Gibraltar; si el Pen les parece incmodo y angosto; si la
residencia en Gibraltar les es penosa, por la falta de campos, de
espacio, de comunicaciones, que se vayan! pero que no vengan a exigir
de nosotros esas facilidades de que carecen. Desgraciadamente, para
oprobio nuestro, esas facilidades las obtienen con creces; gracias a
nosotros, Gibraltar reune para ellos todos los atractivos y todas
las comodidades imaginables. Todo eso es la pura verdad, y mi amigo
espaol me hace notar que se les ha dado y se les sigue dando hasta
tierra. Hasta tierra! S, se ha trado mucha tierra de Espaa y la
que se pisa, en el muelle nuevo, y ms all, es, ciertamente, tierra
espaola...

Y agua?

Hay aljibes admirables en que se aprovecha toda el agua que cae en
el Pen; pero se trataba no hace mucho de concesiones de no s qu
fuentes de la sierra al lado de San Roque. Y ha habido un diputado a
cortes que sostena con entusiasmo esa concesin. Gibraltar tiene en
el parlamento espaol sus diputados. Los ingleses no civilizan nunca,
corrompen, y el espritu corruptor ingls se extiende como una lepra
a muchas leguas a la redonda del Pen. No obstante... Podrn los
ingleses no civilizar; ms, desde Castellar, Ronda, y dems lugares
que se van acercando a Gibraltar, de donde se desborda la invasin
britnica, adverts un aseo, una actividad, una higiene, un confort y
un _pale-ale_, que muy poco tienen de espaoles...

No he encontrado en los habitantes de Gibraltar, originarios de
familias espaolas, un manifiesto deseo de volver a la antigua
bandera... Se advierte que un nuevo espritu se ha posesionado de la
raza. Todo el mundo ama el trabajo y procura la actividad. He recordado
la palabra del siempre citable Nietzsche: Las razas laboriosas no
pueden soportar la ociosidad. Fu un golpe magistral del instinto
ingls santificar el domingo en las masas y hacerlo aburrido para
ellas, a tal punto que el ingls aspira inconscientemente a su
trabajo de la semana. El domingo en Gibraltar, es como el domingo
en Londres, o en cualquier ciudad anglosajona. Religiosa o no, la
poblacin se encuentra triste, opaca, sin movimiento, en un exceso de
santificaciones.

Todos los ciudadanos de Gibraltar que hablan espaol piensan en ingls.
El Pen est bien asido, como por las poderosas mandbulas de un
gigantesco bulldog. Este no soltar fcilmente, antes bien quiere
avanzar, tierra adentro.

Como he dicho, no se permite al Gobierno de Espaa ninguna
fortificacin vecina. Inglaterra desea mantener el campo, tal como
qued establecido en 1810, cuando fueron volados los fuertes
existentes. De 1810 a ac, dice un escritor espaol, cuantas veces
hemos intentado levantar las fortificaciones derrudas o construir
otras, Inglaterra ha hallado medio de hacer obstruccin. Nuestras
tentativas por recuperar en la baha de Algeciras el rango a que
tenemos derecho, o simplemente por organizar la defensa de nuestro
territorio, corresponden a la segunda mitad del siglo XIX. El ltimo
proyecto, el que ms nos interesa, puesto que se aplica a los modernos
adelantos de la artillera y a las recientes innovaciones en el arte de
la fortificacin, lleva la fecha de 1900.

Los ingleses, por su parte, hacen perfectamente, pues una vez bien
fortificada la parte espaola y artillada con caones modernos, El
Pen estara, dada una conflagracin europea, en verdadero peligro.




[Ilustracin: TNGER]




[Ilustracin]


EN el _Gibel-Musa_, vapor ingls, despus de tres horas de mar, llego
a tierra mahometana. Desde a bordo ha comenzado para m lo pintoresco
con el amontonamiento, sobre cubierta, de moros y judos de distintos
aspectos, blancos, morenos, de ropajes oscuros o de vestidos vistosos.
Haba ancianos de largas barbas blancas, semejantes a los Abrahames
de las ilustraciones bblicas, y mocetones robustos, hombres de faces
serenas y meditativas, mercaderes con morrales y cajas. Haba rimeros
de paquetes, armas, bagajes. Haba pipas humeantes de cazoleta
diminuta. Cabezas con fez, con turbante, con capuchn. Haba animales.
Un rabe de negra mirada iba cuidando su caballo. Un viejo de dulce
y venerable aspecto acariciaba un cordero. Las inglesas del pasaje y
unas norteamericanas de gorrita impertinente y rosados colores sacaban
instantneas, no sin la protesta de algunos de los africanos, que vean
en tal acto un atentado contra el precepto kornico. Atrs quedaban las
costas andaluzas. (No es all, oh soberbio y famoso mulato, donde el
Africa empieza ms bien que en los Pirineos?). El mar estaba apacible,
a pesar de las cleras que le han sacudido los das pasados, y el
firmamento de un azul pacfico. Poco a poco la ciudad fu apareciendo
a mi vista, y antes, a un lado, las alturas que se extienden hacia
el interior, en donde hormiguean las kabilas; y ms all, la casita
blanca del nunca bien ponderado corresponsal del _Times_, Mr. Harris
(perpete Alah su felicidad y sus das!), que en tantas andanzas se ha
metido, y cuya cabeza ha sido deseada por tantos alfanjes de hijos del
Profeta. Ese brillantsimo colega y Mr. Mac-Lean tuvieron que salir
ms que velozmente a causa de polticas aventuras, en las cuales estaba
mezclado el sultn modernista, sportman Moulai-abd-ul-Aziz (que Alah
le d unos buenos tirones de orejas!), el cual no piensa ms que en
bicicletas y mquinas fotogrficas, cosa que no haba pensado el buen
Loti cuando le vi nio en la corte de su padre.

Por fin la ciudad se presenta, sobre el celeste fondo, la ciudad
blanca, muy blanca, tatuada de minaretes verdes. Confieso que es para
m de un singular placer esta llegada a un lugar que se compadece
con mis lecturas y ensueos orientales, a pesar de que s que es una
ciudad profanada por la invasin europea, adonde la civilizacin ha
llevado, con escasos bienes, muchos de sus daos habituales. Por de
pronto, he ah la muchedumbre de intrpretes del hotel, de dueos de
botes de desembarco que pretenden desollarnos en todas las lenguas
posibles. Y ya en el muelle, despus de pasar la aduana, muchedumbre
de guas, y de los que el seor Echegaray llamara, por no hablar como
Quevedo, galeotos. La aduana! Yo no s que es lo que le dice en rabe
a uno de los empleados de turbante y albornoz el intrprete que me
conduce; pero, como en algunos pases cristianos, no me han registrado
el equipaje, y ha de costarme esa deferencia el consabido premio.
Entro a la ciudad por una de las tres puertas juntas arbigas que hay
en los muros blancos, entre una muchedumbre de albornoces, turbantes
y babuchas, burritos cargados, cargadores que atropellan, mendigos
que tienden la mano y dicen palabras guturales, amontonamientos de
fardos, de cajas, de cargamentos de todas clases. Hacia la izquierda
subo por una calle estrecha, y a poco estamos en el mercado, o Zoko
Chico, punto en donde se encuentra el hotel en que he de habitar
durante mi corta permanencia. A pesar de las tiendas europeas, a pesar
de la indumentaria de los turistas y vecinos europeos, el aspecto
de la ciudad es completamente oriental. Me siento por primera vez
en la atmsfera de unas de mis ms preferidas obras, las deliciosas
narraciones que han regocijado y hecho soar mi infancia, en espaol,
y complacido y recreado ms de una vez mis horas de hombre, en la
incomparable y completa versin francesa del Dr. Mardrus: _Las mil
Noches y una Noche_. Es que tras esta mezcla de rabes, de moros, de
kabilas, de europeos, que constituye la poblacin accesible, existe el
misterio y la poesa de la verdadera vida de Oriente, tal como en los
tiempos ms remotos. Pues, como muy bien se ha observado, el Marruecos
contemporneo es siempre el imperio moro del siglo duodcimo, con
su organizacin feudal, su lujo y sus artes exquisitas. Y comprendo
la inmensa distancia que hay entre esos espritus de creyentes y
fatalistas musulmanes y las almas de Europa y Amrica; entre esas razas
del animal humano llenas de ferocidades, de noblezas, de arrojos, de
vicios y de virtudes naturales, y las razas nuestras que el progreso
y la civilizacin han llenado de artificialidad, de sequedad y de
desencanto. El desdn inmenso que estos hombres sienten por nosotros,
tiene su base principal en el concepto distinto de la vida que hay en
su cerebro. Ellos no guardan, como los que somos cristianos, ciertas
ideas del pecado que hacen dura y despreciable la vida terrestre, y en
su inmortalidad teolgica, no esperan ni premios ni castigos que vayan
ms all de nuestra comprensin.

       *       *       *       *       *

Salgo del hotel a dar mi primera vuelta por la ciudad, caballero en
una mula mansa y vieja, en una silla morisca forrada de pao rojo. Me
precede, en otra mula, el gua, un espaol que hace largos aos reside
aqu, y que conoce el idioma perfectamente. Me sigue, a pie, un morito
vivaracho, de grandes ojos negros. Ambos llevan ltigos; el gua para
los moros del pueblo, que no se apartan del camino, y el morito para
mi mula. As pasamos por toda la larga y nica calle que pueda merecer
este nombre, hasta llegar al gran Zoko, o Zoko de Barra, el mercado
principal. No nos detenemos, pues por esta vez quiero conocer los
alrededores. No lejos estn las casas en que habitan los cnsules,
algunas con hermosos jardines y de arquitectura oriental. Ms afuera,
en los declives del terreno, o sobre graciosas colinas, hay otras
construcciones en donde moran extranjeros. Despus es la campaa. Hay
profusin de loes y tunas, lo que en Espaa llaman higos chumbos, y
datileros e higueras. Manchas de flores rojas y amarillas entre los
repliegues del terreno, y gencianas y geranios. Todo lo ilumina una
luz grata y clida. No muy distante, advierto grupos de casas bajas,
aldehuelas como sembradas en el seno de los valles, y de donde se eleva
una columna de humo. Y sobre una altura, de pronto, la silueta de un
jinete. Unos cuantos soldados entran montados en sus hermosos caballos
y armados de las largas espingardas que se creeran tan solamente
propias para las panoplias de adorno y las colecciones de los museos y
armeras. Son de las tropas que vienen del interior, en donde una nueva
insurreccin se ha levantado de manera tal, que desde hace algunos das
son escasas las caravanas que entran a Tnger, y, por lo tanto, sufre
el comercio.

La tarde cae y vuelvo al hotel.

He bajado a la playa, all lejos, en donde hay casetas de bao y pasan
de cuando en cuando moros montados en sus burros, que vienen de no
s dnde, del campo vecino, de detrs de las alturas cercanas. Hay
cerca un quiosco blanco y pintoresco, casas blancas de techos rojos,
habitaciones en que ricos extranjeros se solazan enfrente de las aguas
azules.

Desde aqu se divisa una parte de la poblacin; en algunos puntos
jardines y arboledas; ms lejos, murallones, las orientales
construcciones cbicas, construdas como en un vasto anfiteatro. Hay
algunas de dos pisos, y tales rodeadas de otras bajas, con muchas
puertas.

Una que otra lancha se ve por ah cerca en el mar quieto. Hay una
grande paz. Por aqu deben habitar de esos ingleses y norteamericanos
hbiles y curiosos que han sentado sus reales en esta tierra y han
explotado y explotan el pas comercialmente, o como dice un buen
censor, que han hecho experiencias industriales e industriosas. Los
chalets y moradas que hay cerca de m, muestran todos los aspectos de
nuestras mansiones de ricos occidentales.

A poco rato de vagar, he aqu que sale de una de las casas una bella
dama rubia, mientras en lo interior suena un piano. Pongo el odo
atento a lo que tocan. Es algo del _Otello_ de Verdi. No est fuera de
lugar.

Un caballero espaol me presenta a Mohamed-Ben-Ibrahim, moro de
letras, que ha viajado por Francia, Italia y Espaa, y que conoce
perfectamente, para ser moro, la literatura espaola. Es un tipo
elegante, quiz demasiado europeizado, que a su traje flotante y
soberbio ha agregado una magnfica leontina hecha por un platero
madrileo, y un reloj suizo, de cincelados oros, con campanilla de
repeticin, que se complace en hacerme oir cuando paseamos... Me
habla del poeta Zorrilla y me recita versos del maestro. Me pregunta
si Zorrilla saba rabe y, como yo resueltamente y creyendo decir la
verdad, le digo que s, su contentamiento es grande. Mohamed no ha
perdido mucho de su carcter nacional a pesar de sus viajes y de su
confesado afecto por las mujeres cristianas, sobre todo por esas hures
singulares de Pars. l contina en la completa fe de sus mayores, y
es un mahometano practicante que no olvida, a la hora sealada, su
plegaria, con la mirada hacia el punto cardinal en donde la ciudad
sagrada se encuentra. Pero no es suficientemente ortodoxo... Hemos
entrado en un bar, o cosa por el estilo, que hay cerca de mi hotel,
y all Mohamed se ha mostrado demasiado afecto a una bebida nacional
britnica, muy usada por los clebres rumes Harris y Mac Lean...: el
whisky-and-soda. Amigo Mohamed, le digo, tengo una vaga sospecha de
que vuestro profeta no os ha dicho precisamente que el vino es bueno, y
menos el whisky. Mohamed sonre, pero no con irreverencia occidental,
antes bien como quien va a decir una cosa de razn a quien la ignora.
Es cierto que l peca, porque le gustan mucho no solamente el whisky,
sino los vinos de Espaa, y sobre todo el champaa que aprendi a
saborear en los bulevares parisienses, y cierto moscato espumante
de que la admirable Italia le di muestra exquisita, pero l es un
creyente que conoce muy bien su religin, y las condiciones que hay que
llenar para que los pecados sean perdonados y sea abierto el mahometano
paraso. El peca, y luego va a la Meca.

No ha faltado, desde hace tiempo, una sola vez a la consagrada
costumbre, obligatoria para todo buen musulmn, y as Alah le reconoce
digno. Esto dicho, Mohamed bebe su licor escocs con fruicin y vuelve
a hablar de poesa. A este propsito me confa que se ha atrevido a
hacer versos en espaol, y me recita algunos, no ms malos que los
de tales incircuncisos que yo me s. Me cuenta que hay marroques y
tunecinos que cultivan la literatura castellana, y me pondera a un su
amigo de Tnez, llamado Abul Nazar, de quien me recita unos versos a
la Giralda sevillana, que le habran satisfecho a Zorrilla, por moros
y por zorrillescos. Abul Nazar, como Mohamed-Ben-Ibrahim, siente en
verdad que el alma del autor de _Granada_, era, siendo tan catlica,
enormemente sarracena. Los versos de Abul Nazar, son los siguientes:

    Giralda, alminar gentil
    En que la belleza mora,
    Eres cautiva seora
    En extranjero pensil.

    Yo te llevara a un paraje
    Que fuera harn opulento,
    Donde regalase el viento
    Tus alharacas de encaje.

    Vieras con el ajimez,
    Que ojos finge de tu cara,
    Las lejanas del Sahara,
    Los bosques de Mequinez.

    Sobre cielos carmeses
        Las hures,
    Aun ms blancas que el marfil,
    Se apostaran por mirarte
        E imitarte
    En tu apostura gentil.

    Desde tu altura sonara
        Dulce y clara
    La cancin del Muzn;
    Te abanicaran palmeras
        Y tuvieras
    De rosas blando cojn.

    Quin abrochara tu talle
        De mi valle
    Con el nardo embriagador!
    Y a tu pecho floreciente
        Diera ardiente
    Clido beso de amor.

Qu ms morisco y qu ms zorrillesco? Ese son de guzla es ciertamente
una oriental que se intercalara sin detonar, entre las del autor de
_Tenorio_ o las del injustamente olvidado padre Arolas.

       *       *       *       *       *

Anoche he estado en el principal caf moro. Por una puerta estrecha que
da a una angosta callejuela, se entra al no muy espacioso recinto. Hay
tapices para los del pas, y mesitas para los visitantes extranjeros.
Mi amigo espaol y yo nos sentamos en una de las ltimas. Haba cerca
de nosotros varios franceses y seoras inglesas. Un mozo de rojo fez
nos sirve en pequeas tazas el caf ya azucarado y sin colar, como es
uso y como lo solemos tomar los aficionados en Pars en el restaurant
judo-oriental de la rue Cadet. La atmsfera est cargada, pues no son
pocos los fumadores. Unos fuman el tabaco solo, y otros mezclado con
camo indiano. De pronto inicia la orquesta--la orquesta!--un son de
los suyos... La orquesta se compone de ocho o diez msicos que tocan
los ms inverosmiles violines y violones. Veo un solo violoncello
europeo tocado por un morenote barrign que mueve todo el cuerpo
cuando toca. Es un solo motivo repetido una, dos, innumerables veces,
motivo triste, lnguido, hipnotizante; y como no andan muy acordes
todos los que ejecutan, da la disonancia persistente, a veces, cierta
angustia. Qu impresin hay en m? En verdad, vuelve a cada paso,
por la escena iluminada por las lmparas de cobre, por el ambiente,
por los tipos y sus indumentarias, la reminiscencia miliunanochesca;
pero tambin pienso que no es la primera vez que escucho ese aire
montono y veo esas singulares figuras. A la idea de cuento rabe se
junta entonces el no lejano recuerdo de la Exposicin de 1900. Me
regocija un tanto, por el lado potico, el que esto est en su centro
y lugar, aunque me amargue mi contentamiento el notar que todo se hace
para satisfacer la curiosidad y recibir las pesetas del turista, del
perro cristiano. Las cuerdas chillan rozadas por los arcos curvos, y
de las cajas sonoras, hechas unas en forma de zuecos, salen las voces
gimientes. A esto acompaan varios guitarrones a manera de lades, con
labores de ncar incrustados, y a todo se unen las voces cantantes de
los msicos mismos, entre los que hay jvenes y viejos, abundando
entre los ltimos siempre los rostros bblicos, las caras de viejos
profetas aullantes.

Hay que salir de ah para librarse de la repeticin dolorosa y llorosa
del motivo oriental, que llega a causar malestar en los nervios.

       *       *       *       *       *

El canto o ms bien recitado del muezzin, es de esas cosas que no
se olvidan cuando se las oye. En lo profundo de la sombra nocturna,
o a la hora del crepsculo, o bajo la maravillosa luna que brilla
sobre zafiro celeste, su voz, en un ritmo repetido y nico, confa al
viento y promulga al mundo que Alah es grande. Esta campana humana
que llama a la oracin y que recuerda a las razas ms creyentes del
orbe la omnipotencia del Dios poderoso, es de lo ms impresionante
intelectualmente que se puede todava encontrar sobre la faz de la
tierra, de la tierra rida de destrucciones mentales, seca de vientos
de filosofa, y que casi no halla en donde resguardar el resto de las
creencias y de amables ilusiones divinas que han sido por tantos
siglos el sostn y la gracia del espritu de los pueblos.

Flaubert afirmaba, que si se golpeaba sobre las cabezas bellas y graves
y pensativas de estos africanos, no saldra ms que lo que hay en un
_cruchon sans bire ou d'un sepulcre vide_. Yo he odo salir de estos
cerebros--quiz de los menos europerizados que en mis pocos momentos
africanos he conocido--pensamientos serios y ocurrencias interesantes.
No porque ellos tengan un punto de vista diferente del nuestro en la
vida, en el progreso y en la esperada inmortalidad, dejan de mostrar
una sensatez y largas vistas que muchos cristianos desearan. Son
excepciones, es cierto; pero no hay que olvidar que esta raza tuvo en
jaque a Europa y encendi lmparas al mundo cuando haba enseanza en
Crdoba, y gloria en Granada y en Bagdad.

El zapatero que tiene su taller en un miserable tenducho, os dice
razones discretas y, sobre todo, os trata con toda la urbanidad
apetecible, desde luego que entris bajo su techo. Esos remendones
de babuchas son curiossimos, y, segn mi intrprete, hacen entre la
morera, como los barberos de nuestras civilizaciones cristianas:
charlar de los sucesos que pasan y entretener o impacientar al cliente
con sus conversaciones. En este caso, pues, el silencioso vivir de la
raza, tiene su contraparte...

       *       *       *       *       *

Da de mercado. El gran zocco es un vasto cafarnaum, un hervidero de
colores y de figuras bizarras, una coleccin rara, para el extrao, de
escenas pintorescas.

He aqu las caravanas en reposo, despus de haber cruzado el desierto
para traer las mercaderas de lejanas comarcas. Los camellos, que
hasta hoy haba visto tan slo en jardines zoolgicos, en la bohemia
de los circos errantes, los camellos, feos y misteriosos, cantados
tan bellamente en los versos de Valencia, estn aqu en su ambiente
y bajo su cielo, unos echados, otros de pie, tristes, esfngicos,
jeroglficos...; y junto a ellos, sudaneses de carbn, bedunos de
gestos fieros, entre bultos y amontonamientos de cosas heterclitas.
Ms all, mulas, caballos desensillados o con las consabidas monturas
rojas. Y un mundo de gentes diversas, un andante museo de biologa
comparada, y una variedad de vestimentas y de tintes que sorprenden e
interesan. Aqu est un moro berberisco, con su capucha calada que le
cae atrs en pico: su traje que se asemeja a una clmide con mangas
que le llegan a medio brazo, y el aire poco reservado, en su cara que
llamara campechana si no relampagueasen de repente instintos terribles
en sus pupilas. Lleva las piernas desnudas, la barba afeitada, los
pies descalzos. Luego un kabila ceudo, rapado el cabello por delante
hasta formarle una calva sobre el apretado y corto pelo negro; los
ojos crueles, la boca voluntariosa bajo un bigote escassimo. Luego un
rabe rubio casi, de mirada soadora y barba fina, y un rabe moreno,
de cara afilada, mentn puntiagudo que prolonga la barba negra, crneo
alargado, gesto autoritario y siempre duro. Luego negros colosales;
senegalenses? abisinios? sudaneses?

Perdonad mi escasez de antropologa en tan curiosas sensaciones
africanas; mas lo nico que os dir, es que como esos gigantescos
negros eran, o deben haber sido, los que cuidaban los molosos y los
leones de la reina de Saba. Los vestidos hacen sus juegos de color en
la plaza hormigueante. Ya es el jaique blanco, ya el jaique rosado,
ya el jaique verdoso, ya el jaique obscuro o leonado; ya el amplio
albornoz majestuoso, ya los mil turbantes de varias formas. Veo
turbantes rojos en el centro, y alrededor blanqusimos, en un pesado
retorcimiento de telas, turbantes blancos de centro negro, turbantes
todos negros y turbantes todos blancos; y unos que parecen hechos
con camisas viejas y otros que parecen gordas trenzas de fulares de
lujo. Una tela es spera y pobre; otra os da idea del gran seor que
la lleva, por los tejidos de oro que brillan en la ondulante seda o
preciosa lana. Hay albornoces que indican una categora. Hay babuchas
ricas y babuchas miserables.

A tal comerciante le veo una leontina semejante a la de mi amigo
Mohamed-Ben-Ibrahim, y un rostro que parece haber pasado por el
pecaminoso ambiente de Pars. Si ir tambin con frecuencia en
peregrinacin a la Meca... Y paso entre este mundo tan diferente al
mundo en que he vivido, con la sensacin de estar en un ambiente de
fantasa. En este lado, un moro vende dtiles en confitura; ms lejos
unas galletas de apetitoso aspecto; ms all, dulce de no s qu fruta;
ms all habas; acull aceitunas, y almendras, y pan del pas hecho de
un trigo especial que llaman _dura_.

Luego, son unos ambulantes vendedores de babuchas y cueros, curtidos,
de colores vivos, orfebreras y tejidos de oro de Fez: _chiarenas_, y
jaiques hechos a mano. Y en sus tenduchos, otros mercaderes aguardan
indolentes a los compradores de sillas de montar, de turbantes, de
arneses, de puales, de hierros y aceros distintos, de vasos y jarras.
Y las mujeres? Yo no he visto sino tales envoltorios blancos, pobres
viejas, que como todas las mahometanas, tenan el pudor oriental de la
cara. A una jovencita alcanc, en un descuido, a verle el rostro, por
un lado; era hermosa, mas me pareci que estaba tatuada en la mejilla.
Mirad si un artista, en estas tierras, tiene en donde ver vida aparte,
seres aparte, y soar su sueo, aparte...

Caminando llego hasta un grupo de gentes que ven a un encantador de
serpientes. Ms lejos, unos _aissaouas_ hacen sus sabidas terribles
proezas. Al son de unos roncos tambores golpeados por las manos de sus
dos compaeros, el salvaje brujo comienza a mover la cabeza primero,
luego el busto, luego todo el cuerpo, sin mover los pies, en una
danza de cobra, de adelante atrs o de un lado para otro. Los moros
le miran en silencio. Uno de los tamboreros echa en un brasero cierto
polvo resinoso, que produce fuerte humareda, en la cual, sin dejar
su rtmico vaivn, mete la cabeza el _aissaoua_ y aspira con fuerza.
Dirase que se hipnotiza y que se anestesia. A poco toma un pual agudo
y se traspasa un brazo, una mano, una oreja, la lengua; ase a puados
brasas que uno ve que queman, pues se siente un repugnante olor a carne
asada...; se echa de barriga sobre un sable afiladsimo y se le ve en
la piel una herida que brota sangre...; se mete una especie de cua en
la rbita de un ojo y el globo sale fuera, horroroso...; ase varias
vboras que dicen ser venenosas y se deja picar en los labios, en el
cuello, en la lengua... Los tamboreros siguen su son, al que agregan
un canto nasal y chilln. Para final, el brujo feroz toma un poco de
paja, la da a examinar a la asistencia como nuestros prestidigitadores,
la enrolla, la hace una pelota entre sus speras manos, sopla en ella y
la paja se enciende y arde sobre sus palmas hasta que se consume. Los
concurrentes le dan unos cuantos ochavos y la funcin concluye para
recomenzar ms tarde.

       *       *       *       *       *

Al retirarme veo en otro extremo de la plaza, que forma un declive,
gran muchedumbre sentada en el suelo silenciosa. Frente al grupo
de albornoces, jaiques y turbantes de colores, se alza un rabe de
negra barba, todo vestido de blanco, tipo, en verdad, hermoso y
aristocrtico. Habla, recita. Mi intrprete me explica: Es el poeta
que cuenta cuentos. Viejos, muchachos, hombres, le escuchan como a
quien trajese noticias de reinos extraordinarios, de pases de ilusin.
Bello es el espectculo al armonioso brillar del sol de la tarde sobre
los hombres, sobre las vestiduras, sobre las cercanas casas cbicas y
blancas. El poeta, el narrador, dice con entonaciones admirables, en
su gutural y ronca lengua, sus historias, sus cuentos. Y hay algo en
su declamacin del modo de recitar de los actores franceses. Cuando
concluye, todos desfilan ante l y le dejan su bolo.

Y al partir y al despedirme de ese lugar y de este pas en donde jams
un tholva leer un libro de Nietszche, vuelve a mi memoria el libro
maravilloso, el libro glorioso, a quien se debe tanta magia, tanto
color, tantas sanas alegras y visiones interiores, el adorable _Alf
lailah oua lailah_--_Las mil noches y una noche_--que empieza: Est
referido--pero Alah es ms sabio y ms cuerdo y ms bienhechor--que
haba--en lo que transcurri y se present en la antigedad del tiempo
y el pasado de la edad y del momento--un rey entre los reyes de Sassan
en las islas de la India y de la China...




[Ilustracin: VENECIA]




[Ilustracin]


ESCRIBIR sobre Venecia, insistir sobre Venecia... todava? Bien se
pudiera, para nosotros, sobre todo, con un poco del montn esttico
ruskiniano, con Molmenti, con los mil de la bibliografa veneciana,
hacer, al uso del fcil literaturismo, una labor de pintorescos
retazos, como del viejo traje de Arlequn, desecho de los ltimos
carnavales... No en mis das. Uno podra aparecer de repente que me
dijese: Eso es de Ruskin, o es de Molmenti. Os doy mejor lo mo,
mis impresiones, mis instantneas intelectuales, a toda luz, para que
todos las comprendan y las vean. Esto me atrae desde hace ya tiempo las
simpatas de las excelentes personas que gustan de la claridad y de la
sencillez...

As, pues, guardo mi flauta y mi violn, que me habran servido para
ejecutar vagas rapsodias en esta ocasin, y digo simplemente que
estoy en Venecia, de nuevo, y que, desde la misma ventana del hotel
Bellevue, por donde me asomaba hace cuatro aos, veo la misma joya
bizantina de San Marcos, las palomas, la plaza, con el Campanile
de menos, y los ingleses eternos, que van a visitar la iglesia, el
palacio, y a dar de comer a las palomas... La primera vez me enamor
de Venecia con locura: hoy, creo que estoy siempre enamorado de ella,
pero hara un matrimonio de conveniencia... No porque la juzgue muerta,
como Maurice Barrs, porque Anadimena no muere, sino por las malas
frecuentaciones y relaciones que ha tenido; no por su decadencia,
sino por su profanacin. Profanacin del peor vicio cosmopolita que
viene a flotar en gndola, para dar color local a sus caprichos; del
ridculo literario de todas partes, que escoge como decoracin de
insensatez estos lugares divinizados por la poesa y consagrados por
la historia; del dinero anglosajn y alemn que vulgariza los palacios
y las costumbres, del turismo carneril que invade con sus tropillas
todo rincn de meditaciones, todo recinto de arte, todo santuario de
recuerdo. Esto se ha convertido, oh, desgracia! en la ciudad de los
Snobs, en Snobpolis. Y es el peor snobismo existente el que aqu
se da cita. Sabis que podis encontrar en el Danieli aristocracia
adventicia, falsa y pentapolitana? Chiflados de todas partes vienen
a querer convertirse en ruiseores y a creer que hacen brillar la
renovacin de grandes nombres. Periodistas ricos y novelistas de
Pars, de Londres, de otras partes, vienen a vivir dos meses de novela
pseudosentimental que les d para ponerla en una serie de artculos,
en un volumen... Pintores de rezagado romanticismo enfermos, o de
ultrahisterismo, rematados, _ainda mais_ llenos de ideas morbosas,
llegan a proyectar telas y a realizar escndalos de que los Esclavones
sonren y la Piazzeta se conmueve, aun... Tal novelista bulevardero,
busca aqu temas o decorado, para sus escenas, para su literatura
asfaltita. Y las siete lmparas de la Arquitectura no se apagan, y las
Piedras de Venecia siguen impasibles.

...Piedras de Venecia, quin dira vuestros encantos, vuestros
misterios, vuestros maravillosos secretos, vuestras floraciones de
idea y de arte? Muchos lo han dicho--y el mejor, y el ltimo, ese
inexcusable D'Annunzio... Y he aqu que D'Annunzio se me asemeja a esa
prodigiosa Venecia... Raro? No s. Vamos a ver.

Venecia, la potica, la soberbiamente dulce, la celeste Venecia--deca
yo a un amigo mo, compaero de viaje, mientras la gndola nos
conduca en esas aguas soolientas cuyo paludismo se mezcla a tanta
reminiscencia intelectual... Y me esforc en hacer todo lo posible
para presentarle, en cortas frases, una monografa veneciana, una
imagen pequea como en un pequeo espejo, de la soberana y magnfica
repblica, del podero antiguo, de la maravilla de sus grandezas
comerciales y polticas, de su vida artsticamente real y prctica, y
cruel y terrible y potica y sangrienta. Le cincel en poca prosa un
Puente de los Suspiros... Le hice ver el Canalazzo, casi en verso, con
estrofa por palacio... Le dilu, con mi mejor manera, la dulzura de
amar y el ardor de amor, en ese ambiente. Le hice sentir a Giorgione, y
adorar el Ticiano, a su manera. Vi de oro, de mrmol y de sol amable
la ciudad de silencio, de amor y de crepsculo. Saqu mi violn... En
esto lleg, en otra gndola, un agente de una casa de cristalera y
muebles... Fuimos a los almacenes. Vimos muchas cosas de todas clases
y hubo que comprar. Haba una Venus de mrmol, cristales finsimos y
pacotilla... Record un cuento de Julio Piquet, a propsito de un lindo
vaso. Hubo que hacer sumas... Hablamos en ingls... El agente haca
seas al vendedor, para su comisin... Afuera brillaba un bello sol
sobre el gran canal... Eso es D'Annunzio... y qu?... Eso es nuestro
tiempo. Eso es nuestra vida actual. Eso es: pompa y oropel, brillo y
negocio...

...La negra gndola va por el agua negra y mal oliente. Relucen sus
adornos dorados. Va entre las viejas puertas, las paredes viejas y las
rejas de las famosas prisiones. El gondolero no deja de ensearme su
leccin de historia hasta que le pido silencio. Va la negra gndola.
Sale al gran canal. La tarde es literaria. El sol va adorablemente
dorando con oro violeta las aguas, y con oro rojo plido la cpula
de San Giorgio... La luz, el paisaje, la armona suprema natural, el
horizonte histrico, el aire melificado por siglos de besos de amor,
los poetas que por aqu pasaron, los duxes, los conquistadores... Qu
hermoso escenario para veinte aos vrgenes y una lira! Yo tengo casi
el doble, y sin palma; y el instrumento apolneo creo que se me qued
en Buenos Aires...

Llego al Lido en momentos en que puedo presenciar un lamentable
espectculo. D. Carlos de Borbn y su esposa D. Berta de Rohan,
bajan a tierra, de su barquilla a vapor, o a gasolina, una especie de
automvil martimo. Hace aos os he hablado, con respeto y simpata, de
ese rey en el destierro... Hoy le veo y me parece que no le ha limado
el tiempo. Su D. Berta--Rohan soy!--es la misma. El aspecto del
monarca _in partibus_ es el mismo, y su humor que se transparenta por
sus maneras, pintado admirablemente por Luis Bonafoux, debe ser el
mismo. Y _Csar_, el perro, de que habl tambin hace ya tiempo, sigue
siempre al lado del amo, smbolo de la carlista fidelidad.

Conozco la mayor parte de las repblicas nuestras, con sus extraas
polticas movidas desde los palacios presidenciales y casas de
distintos colores, y llego a este propsito a recordar la ocurrencia
que en una revista francesa expres un chispeante escritor argentino,
Luis B. Tamini: Los pueblos latinoamericanos unidos en un gran imperio
o reino, y proclamado y coronado seor, D. Carlos de Borbn! La broma
da que pensar, sobre todo, si se han ledo los versos en que un poeta
y diplomtico del Per, el distinguido Sr. Chocano, dice con su pica
trompa:

      Ve a Porfirio I: si l es fuerte y es grande,
    Grande y fuerte es su pueblo. Y l nos da la leccin.
    Quien le diga tirano, ya sabr que en Amrica
    Los rieles que se clavan son los grilletes de hoy.

Yo no s lo que dirn de eso mejicanos poco entusiastas por los rieles
del presidente Daz, como el escritor Ciro Ceballos. Mas volviendo a
D. Carlos, no me unira yo a la proclamacin que inicia Tamini, desde
que le he visto salir de su lanchita a vapor en las playas de ese Lido
por donde vaga el recuerdo de Byron. Le he visto, con su esposa, ella
muy elegante, muy parisiense, l muy sportman, muy ingls, con su
sombrerito de paja y doblado el ruedo de los pantalones, como es de uso
entre la correcta gente britnica. Hasta all todo va perfectamente.
Mas esa banderita espaola que parte los corazones, en la popa de
la lanchita automvil? Y esos marineros, vestidos como comparsas
de zarzuela patritica, con cintas amarillas y rojas en vestidos y
sombreros?... Oh, Daudet, oh, Voltaire!

       *       *       *       *       *

Llevo en la obscura barca el libro en que Barrs, cultivando siempre su
yo, realiza preciosas pginas de amable filosofa. Y me fijo en las que
hablan de las sombras que flotan sobre los ponientes del Adritico.
Es una la del sereno Goethe, otra la del sentimental Chateaubriand,
otra la del borrascoso lord Byron, dos unidas, las de Musset y George
Sand; otra la del pintor suicida, Leopoldo Robert; luego la de Taine,
la de Gautier, la de Wagner. Pienso que esas sombras tienen mucha
culpa, con los evocadores de ellas, de que la encantada ciudad pueda
justamente ser denominada Snobpolis. Desde ms de un honesto burgus
atacado de mal de novela vivida, hasta los equvocos Aldesward, se
acogen, quin al amparo de la sombra de Musset, quin a la de Wagner.
Solamente a la del sesudo Taine sospecho que la dejan tranquila.

...Musset, George Sand! Acaba de publicarse la correspondencia de ese
famoso par de romnticos, y no por pura indiscreccin del encargado de
la publicacin o de las familias respectivas, sino por pstuma voluntad
de aquella terrible seora, que pens en el futuro, en que la humanidad
del porvenir tendra inters en saber sus intimidades poco delicadas,
y la estupenda situacin del _mnage  trois_ sentimental y fsico que
sostuvieron su inaudito carcter y su extraordinario temperamento.
Sand, Musset, Pagello... Da pena leer esas cartas, pena por el pobre
Musset, jovencito, soador, alcoholizado, y en manos de semejante
literata! La literatura los uni, y Pagello, que no entenda de
literaturas, aparece all como el ms interesante bruto. l es el nico
que est en la vida. A los dos curiosos amantes, apenas el velo de oro
de la gloria alcanza a librarlos del ridculo. Ellos mismos fueron
snobs _avant la lettre_.

Oigo, por la noche, en el silencio de los canales, bajo el taciturno
cielo, como eco de cantos. Vuelvo a la gndola y me dirijo hacia en
donde, en una gran barca adornada de farolillos de colores, suenan
violines y flautas y guitarras. All, una graciosa muchacha, acompaada
por los instrumentos, canta sus canciones. La barca est rodeada
de gndolas, y todos los que han llegado atrados por la armona,
escuchan. Hay all seguramente espritus de pasin, almas de ideas; y
hay all, seguramente, de los cosmopolitas de Snobpolis. Hay quienes,
silenciosos, suean su sueo, y quienes se engaan a s mismos, en una
aventura de farsa, en una comedia amorosa, artstica o literaria. De
todas maneras, es ste an uno de los lugares de la tierra en donde,
los enamorados del amor o de sus visiones, pueden encontrar un refugio,
a despecho de los profanos invasores. _Aunque se quiera, no puede
haber un automvil._ No hay ms que el de D. Carlos sobre las aguas...
Se puede tambin apartar por momentos, mejor que en ninguna parte, la
dolorosa realidad cotidiana. El nico medio eficaz de soportar la
vida, es olvidar la vida, dice el ya citado M. Taine. Aqu se puede
gozar de ese olvido, pues Venecia, todava, a pesar de los judos de
las fbricas de vidrios, a pesar de los clientes del caf Florin,
a pesar de los estetas de larga cabellera, es un pas de sueo y de
ilusin, un reino florido de versos y de melodas. Y la belleza de las
mujeres venecianas, consagrada en rimas y en cuadros magistrales, con
sus gloriosas cabezas que Ticiano amaba, est all, indestructible,
atractiva, demandando la ofrenda del canto y el tributo del amor. Amor
que inspiran, no terribles y estrepitosas Pentesileas de letras, como
la ilustre jamona del lrico de _Las Noches_, sino prodigios de gracia
y de decoro juveniles, primaverales, como aquella divina y casi impber
condesa que ador a Byron, la Guiccioli, cuyo nombre vibra en la noche
del tiempo como un trino de italiano ruiseor.




[Ilustracin: FLORENCIA]




[Ilustracin]


UNA vuelta por la Cascine, una recorrida al Lungarno, un saludo a
Miguel Angel, una reverencia a Dante, y despus de subir por la puerta
Romana a respirar el dulce aire en que se recrea la vegetacin florida
que rodea al amable San Miniato, descender por este suelo que hollaron
los pies de Beatriz, hacia la ciudad. Luego, pasar por las venerables
construcciones de domin, detenerse un rato en el Gambrinus, e ir
en seguida a un restaurant, en donde no se coma a la francesa, y en
donde se balancee en su armazn de nquel el grande y panzudo frasco
de pursimo vino toscano. Es un buen programa para turista que va de
prisa. Si sois artistas, esta ciudad es para largas permanencias, para
venir a pintar un gran cuadro, vivir una bella vida, escribir un gran
libro..., aunque fuese uno ms en la inmensa bibliografa inspirada por
la vieja urbe florida de los lirios y de las rosas.

Por la noche he ido al teatro en que cantan la Paccini y Bonci. Aqu no
se exige el traje de etiqueta. Es algo as como si se diese a entender
que lo que en otras partes es funcin extraordinaria y singular
divertimiento, aqu es espectculo natural y propio. Se est en casa de
la Opera, de confianza.

Magnfica orquesta, concurrencia, en donde brillaban hermossimos ojos
de luz negra, o de ardientes resplandores azules; copiosas cabelleras
de heronas d'annunzianas, y un ambiente de comunicativa alegra. Y son
los viejos _Puritani_, los que se cantan. Gloria a la msica antigua,
a la melodiosa pera romntica, a los maestros que nos deleitan sin
fatigarnos mucho el cerebro, con el vapor del arte. Las msicas
nuevas y sabias son para la cabeza; las que encantaron a nuestros
abuelos son para el corazn. Feliz quien puede todava gustar de esos
goces de antao, y salir del teatro con la imaginacin fresca, el alma
alada, como respirando un recin cortado _bouquet_ de ilusiones, y,
como en el encanto de pasados recuerdos, o en la esperanza de amor an,
tarareando una romanza que an no han alcanzado a ajar los callejeros
organillos.


PEQUEA PERA LRICA

Por la maana, despus de leer los versos de un poeta joven y ardoroso,
R. Blanco Fombona, he tenido una singular soacin, de esta manera...:
En cuanto a la persona del autor de esta Pequea pera lrica, dir
que es un antiguo conocimiento mo. Lo vi la primera vez en casa del
cardenal de Ferrara, en Roma, y all nos present en trminos amables
y corteses, messer Gabriel Cesano. Juntos visitamos frecuentemente en
sus horas laboriosas al insigne Benvenuto Cellini, a quien solamos
acompaar, algn tiempo despus en la ciudad de Florencia, cuando
sala de paseo y aventura, durante cuatro das que all permaneci.
Benvenuto lo tena en estima y cario, porque mostraba un gentil
hablar, una gallarda figura y un mpetu brillante para cosas de placer
y pendencia, adems de sus relaciones con las musas, docto en finas
rimas, finas dagas y finas palabras. Desrazonbamos a la luz de la
luna, a las orillas del Arno. l tena a veces sbitos arranques
de intransigencia y pona yo como escudo paciencia fuerte, para no
acabar tanto intelecto de amor en choque y sangre. Mi mayor edad me
daba ms tranquilos argumentos. Las discusiones eran sobre Cristo
Nuestro Seor, sobre el poder de Venus, sobre el mrito de un salero
de oro. Me sola repetir sentencias de graves pensadores y exmetros
de sensuales poetas. Fraternizbamos en Epicuro, pero yo creyendo
siempre en Jess santo, y l no. Me repeta con frecuencia un apotegma
del sesudo y honesto Marco Aurelio: En general, el vicio no daa al
mundo, y en particular no daa sino a aquel que no puede abandonarlo
cuando quiere. Tena las ms suaves y amables maneras y las ms
inesperadas y agresivas sonrisas. Una noche, en una hostera, apale
a un mozo, se arm camorra, sac la espada, lleg la justicia, yo me
escurr. Sus frecuentaciones eran de todas guisas. El mismo da en que
me present a un grande de Espaa, le vi hablar con gentes equvocas.
La vida es eso, contestaba a mi extraeza. Era gran partidario
de los Mdicis y amaba sobre todo a Lorenzo, porque era poeta y se
apellidaba el Magnfico. Apenas haba comenzado a vivir verdaderamente,
y ya quera escribir el diario de su vida. Era injusto, porque la
juventud es pasin y la pasin no es justicia. Yo le observaba con
nuestro gran Benvenuto: Tutti gli uomini d'ogni sorte, che hanno fatto
qualche cosa che sia virtuosa, o si veramente che le virt somiglie,
doverieno, essendo veritieri e da bene, di lor propria mano descrivere
la loro vita: ma non si doverrebe cominciare una tal bella impresa,
prima che passatto l'et de quarant'anni. Parti a Flandes; lleg
a Pars y fu favorecido por el rey Francisco. Tuvo una ria con La
Primatrice a causa del Cellini, e hiri gravemente a un mal enemigo,
por lo cual fu a prisin. Segua siempre el cultivo de su individuo,
y el de los versos, y el de su fresca y valiente vida. Conclua una
carta suya que recib en Florencia, con una cita de Sneca... et in
isto vit habitu compone placide, non molliter. Tan pronto oa rumor
de guerra en cualquier parte, quera volar, buscaba el caballo que
relincha en Job. Amador de gozo, haba sido desde la infancia sabedor
de sufrimiento; y en su fragante primavera, miraba a todos lados
azorado, cual si sospechase que iban de pronto a salir cabezas de lobos
de entre las rosas. Desconfiaba de la ms dulce amistad, pues en el
corazn de cada prximo bien poda haber un nido de perfidias. Gustaba
largamente del buen vino de Espaa, del excelente acero, de la carne
en flor. Se exaltaba con facilidad, mas de la violencia pasaba en un
instante a la blandura. Un da, con messer Luigi Alamanni, que era
alegre y razonable, por una cuestin de arte, casi llega a la ofensa.
Guardaba en su estancia hermosas armas, ricas sedas, libros de poemas,
camafeos de diosas y figuras itiflicas. Dej de verlo por la ausencia.
Luego, no supe ms de l. Un nuestro amigo romano me dijo estar en
conocimiento de que habiendo partido a un pas lejano y entrado en
guerras, se haba hecho coronar rey. Otro me refiri que lo haban
matado. Otro que se haba metido fraile.

...Hoy, en una maana ardorosa de las calendas de Mayo, del ao de
1904, en la ciudad de Florencia, he escrito las lneas anteriores, que
he ledo varias veces con meditacin y cuidado. Lo que contienen, es
una creacin de la fantasa, o bien un fijo recuerdo de una pasada
realidad, o la concentracin de un sueo?... Pasemos. Pasemos... Un
poco de barata sabidura alcnica no hara mal; o un poco de teosofa
hind y de H. P. B. No me interesan esas proezas. El que tenga ojos que
vea. Para los dems todo es intil!

El Arno est all, no lejos de donde escribo. Acabo de ver una
vez ms el palacio viejo, el Perseo, los stiros que rodean al
Biancone... Estoy saturado de italianidad y de florentinismo... Doy
a Dios gracias por los aislamientos intelectuales que me procura, y
por lo lejos que estoy de tantas otras gentes... Y gusto los versos
de este poeta hispanoamericano, que es asimismo tan de Italia, tan
del Renacimiento, aunque sea muy de hoy y tenga sangre espaola, y
haya nacido en Caracas y habite en Pars. Pequea pera lrica...
qu me importa cmo se llame el instrumento si suena bien y seduce
la armona? El instrumento suena ya como una mandolina de Venecia,
ya como una melanclica guitarra americana, o bien como una lira de
arte nuevo. Mas, quien lo toca, tenedlo por seguro, es un hombre; un
hombre que dice la verdad de su sentimiento y de su pensamiento, a
veces lo ms personalmente posible, a veces pagando el natural tributo
al momento intelectual por que pasa la joven poesa castellana de
ambos continentes. Ha pasado ya la primera tentativa de Querubn, D.
Juan se afirma, sin que pueda evitar, un instante u otro, un acceso
de sentimentalismo, pues tiene pupilas que contemplan el crepsculo
y odos que oyen la revelacin de un son de flauta. Un donjuanismo a
veces pensativo, a veces precioso, a veces felino... Como de su don
Juan gato. El dir el encanto de las piedras preciosas, madrigalizar
arcicamente, pagar lo que debe a la literatura. Mas, cuando dice:
Vida, es de verdad, y parece que se desnudase, que se pusiese en pleno
sol en el orgullo de su animalidad, con el mpetu de hacer cosas
fuertes y naturales, primitivas, que manifiestan energa, msculo
y voluntad. Y as contradice al espritu de decadencia un soplo de
humanismo. El cansancio, la tristeza urbana, la enfermedad de las
lecturas, el residuo de las varias filosofas apuradas, dan paso a un
soplo sano, a un aire germinal, a un aliento agrario.

      ...Me dan ganas
    de beber leche, de domar un potro,
    de atravesar un ro...

Esto est ajeno a las parodias de corrupcin esttica que infestan
algunos de nuestros rincones literarios, verlenianismo por fuerza,
sibilinismo de importacin, porque as se hace ahora, cosas que a
muchos parecen nuevas, y que ya son, en verdad, muy viejas. Hombre
enrgico, de accin, la poesa le va bien, como el laurel a la frente,
la banderola a la lanza y el penacho al casco. Por qu te habas
de dejar contagiar, oh, amigo de Benvenuto y de Lorenzo!, por el
rebajamiento de las aspiraciones, por la humillacin ante su propia
conciencia, por las _petites saletes_ del literaturismo industrial
que privan en las bajas regiones de la mentalidad parisiense, o mejor
dicho, bulevardera? Si caes, tanto peor para ti, y rompe, antes, tus
relaciones epistolares con la Primavera, y encgete de hombros ante los
pauelos blancos que dicen adis. He ledo estos versos con el placer
que se experimenta siempre a la influencia de la juventud, con todos
sus bellos excesos, exuberancias e irreflexiones. Tal fosco aspecto
de atesmo, tal contagio de superhombra germnica, tal ligereza de
expresin, no van con mis pensares y mis gustos. Lo que s va, es el
amor a la Belleza en general, y a la femenina belleza en particular, y
la continua tendencia a la vida, a la dominacin de la vida, con sus
pases de ensueo y sus realidades armoniosas, productoras, floreales,
gensicas. Va ese gran placer del sensitivo que toca los nervios del
mundo y los siente vibrar al unsono con sus nervios; va el culto del
beso y del verso, y la savia pagana y la locura sensual de todo panida.

El grupo de rimas es corto. Siete caas tiene la siringa, y de cada una
de ellas fluir una rtmica voz. No alargar esta disertacin sobre
la breve pera en que se canta un alma. Sera fabricar un bal para un
collar de perlas o hacer una casa para un ruiseor.


ITALOTERAPIA

El mejor sistema de curacin para la fatiga de los inmensos capitales,
para el hasto del tumulto, para la pereza cerebral, para la desolante
neurastenia que os hace ver tan slo el lado dbil y oscuro de vuestra
vida: este sol, estas gentes, estos recuerdos, esta poesa, estas
piedras viejas.

[Ilustracin]




[Ilustracin: DE TIERRAS SOLARES A TIERRAS DE BRUMA]




[Ilustracin]


WATERLO

CUANDO descend del tren, un carruaje me condujo a recorrer el campo
de batalla. Haca un bello da primaveral. La vasta campia verde se
extenda baada de sol fresco, de luz dulce. Y fu primero el gran
recuerdo de Hugo, narrando la formidable cada del dueo del guila,
y a los sonoros clarines lricos y a las terribles trompetas picas
apareci todo lo que el arte ha creado por obra del ms tempestuoso
derrumbamiento de gloria y de soberbia que hayan visto los siglos.
Y entonces me convenca de que en realidad no puede ya fcilmente
concebirse otro Napolen que el Napolen idealizado de la leyenda, el
de los versos de Heine, el de los cuadros lvidos de Henri de Groux.
Los lugares de peregrinacin y de turismo, la realidad de las reliquias
conservadas en las colecciones que se exhiben, todo contribuye a
afirmar mayormente el carcter extrahumano de la accin que tuvo entre
los hombres el semidis, cuyas cenizas estn bajo la cpula de los
Invlidos. (Semidis..., cenizas, cenizas de semidis..., msero
planeta!) El gran len conmemorativo se alza sobre su alto pedestal;
los monumentos dicen en letras borrosas nombres de guerreros; la Ferme
Papelotte alza su torrecilla sobre las blancas paredes; Hougomont
an mantiene ruinoso el tremendo captulo de _Los miserables_, las
ruinas de la capilla, el Cristo de pies quemados, el pozo; todo es
la ilustracin patente del magnfico trozo de historia que cambi
la suerte del mundo. Aun tal tronco de rbol, contemporneo de la
sangrienta funcin, se yergue, destrozado y mordido por la curiosidad
o la piedad, o la admiracin de estrictos visitantes. La Belle
Alliance, blanca y vieja, junto a la verde alameda, da su testimonio
como una abuela. En el cuartel general de Wllington hay un caf y se
vende leche fresca. En el castillo anciano, bajo un galpn, est el
carretn y los barriles, tomados en Waterlo. Y en un hotel ingls en
que hay un bar, se exhiben huesos, balas desenterradas, apolilladas
casacas, _petits-chapeaux_, autgrafos de Blucher, Wllington y otros
jefes, nmeros del _Times_ que dieron cuenta de la batalla, sables
franceses, holandeses, ingleses, hierros viejos, memorias viejas.
Una vieja inglesa hace el _boniment_, da la explicacin, vende
tarjetas postales... Despus, uno, se toma, al lado, un bock, o un
whisky-and-soda, entre ingleses, que no faltan, pensando en la leyenda
del Aguila, en el inmenso Napolen, semidis en cenizas.

Y he ah que al dejar el vasto campo en el Mont-Saint-Jean, en donde
tanta sangre se derram por _el Cabito_, por _el Peln_, por uno de los
ms tremendos azotes de Dios, cae sobre la tierra, harta de osamentas,
la clara bondad de los azules cielos. Vacas rojas, manchadas de blanco,
pacen sobre la felpa ondulada de la llanura. Un campesino ara. Suena a
lo lejos un mugido. Un pjaro pasa sobre mi cabeza, como una flecha.
Tranquilidad. Mayo. Paz.


POR EL RHIN

Adis, Colonia, que aprend a amar en Heine, y que me eres grata por
tu catedral portentosa, por el agua que invent Farina y por mi amigo
Johan Fasthenrath, que traduce a los poetas espaoles y ha llevado al
zorrillesco D. Juan Tenorio a hablar en el idioma del Doctor Fausto.
Te saludo por las once mil vrgenes que desembarcaron en tu suelo,
guiadas por la divina Ursula; por Conrado de Hochsteden, tu Arzobispo;
por el arquitecto de tu fbrica sagrada, que entr en tratos con el
diablo antes que el amante de Margarita; por el bravo obispo Engelbert
de Falkembourg y por Hermann Gryn, cuyas armas an he podido contemplar
esculpidas en tu _rathaus_. Llevo de ti la visin de tus puentes de
barcas, del domo labrado que erige al firmamento sus oraciones de
piedra, armoniosa y severa iglesia, hermana gtica de las maravillas
de Burgos, de Pars, de las antiguas baslicas de las ciudades que
antao saban orar catlicamente; el magnfico esplendor moderno de tus
construcciones, de tus paseos entrevistos y de una emperatriz Augusta,
marmrea y serena, sentada sobre su blanco pedestal ante un planto
casi heraldizado de tulipanes multicolores.

El Rhin! Y siempre la vasta sombra hugueana por todas partes... Y
la sombra de otro coloso, Wagner, y las armoniosas baladas de tantos
poetas. Permitid que, por primera vez, cite versos a propsito, de un
poeta que me es ntimamente personal y querido:

                              ...; la celeste
    Gretchen; claro de luna; el aria, el nido
    del ruiseor; y en una roca agreste,
    la luz de nieve que del cielo llega
    y baa a una hermosura que suspira
    la queja vaga que a la noche entrega
    Loreley en la lengua de la lira.
    Y sobre el agua azul el caballero
    Lohengrn; y su cisne, cual si fuese
    un cincelado tmpano viajero,
    con su cuello enarcado en forma de S.
    Y del divino Enrique Heine un canto
    a la orilla del Rhin; y del divino
    Wolfang la larga cabellera, el manto:
    y de la uva teutona el blanco vino.

El vaporcito, flamante y elegante, sale por el ro, hacia Maguncia.
Miro a un lado la campaa verde, y a otro la fila de grises edificios
comerciales y martimos. Hay una que otra chimenea que lanza su humo.
Se oye el rumor de la ciudad, y a lo lejos el agudo clamor de una
sirena. Y antes de las ltimas villas y chalets que sealan el trmino
de poblacin, alcanzo a divisar una especie de gigantesco guerrero, rey
de piedra, o monumental burgrave que aparece como una evocacin de la
pasada feudalidad teutnica.

Y comienza el desfile de castillos, de esos castillos de cuento y
de grabado que han deleitado nuestra infancia en pginas de dorados
libros, en antiguos almanaques o en ornamentados _keepsakes_. Y sobre
las torres arruinadas, o sobre las restauradas almenas, pasa el vuelo
de las tradiciones legendarias.

Y es el pasado recndito, la prodigiosa Edad Media enorme y
delicada, o los nombres de ayer, resplandecientes de gloria y
sonoros de armona. He aqu ya Bonn, que, ms altas que su castillo
de Poppelsdorf, levanta dos banderas de gloria: Arndt, Beethoven. He
aqu las siete montaas a un lado, y a otro el derrudo Godesberg; y
una vasta procesin de poticas resurrecciones empieza. Son cincuenta
nombres? Son cien nombres? Son mil? Son un mundo de creaciones de
la historia, de la fantasa popular y de la celeste potencia de los
maestros de la lira y del arpa. Y sucede que, a menudo, mientras vais
pensando en una brumosa soacin, o mirando con los ojos de vuestra
mente las figuras de luz de luna, nacidas de la meloda de los poemas,
pasa de pronto ante vuestros carnales ojos, por la cultivada ribera,
a perderse en la negrura de un tnel, una locomotora, que arrastra su
caudal de vagones. Cuando Hugo vino todava no haba ferrocarriles
en estas regiones que sintieron antao el paso de los dragones y de
los gigantes. El maestro recogi muchos ecos de las sagas rhenanas, y
los repiti y aprision en la prosa suya, hecha como con las mismas
rocas duras de los montes y de los cimientos indestructibles de los
castillos seoriales. Pero las leyendas son innumerables y vencen al
paso de los siglos. Su gran enemigo, el progreso, apenas las toca y
transforma. Lo que es estudio folklrico para los eruditos, vive y
palpita siempre en la imaginacin y en el corazn populares--y en el
santuario de los incontaminados poetas.

...Gryn, el matador de leones, pasa. Surgen entre las viejas piedras,
en las leyendas ciudadanas, testas de fieros arzobispos, o de duros
y severos burgomaestres. Soberbios bandidos son amados, antes que
Hernani, por deliciosas y delicadas castellanas. Entre huestes
semejantes a perros rabiosos, florecen dulces rubias que melifican
el espanto de las torturas y carniceras. Caballeros que parten en
peregrinacin a Palestina, son salvados de las desgracias por el Seor,
a quien elevan capillas votivas. El milagro florece como en Jacobo de
Voragine; hay dragones como en las vidas de los santos, y gigantes como
en las _Mil y una Noches_, y aparecidos como en los cuentos del pueblo.
Mujeres ideales, de ojos azules, son lirios de felicidad y rosas de
consagracin. Brbaros velludos como osos y feroces como tigres,
se mueren de amor por las blancas y finas adoradas. Princesas de
lnguidos cuellos cantan romanzas acompandose con el arpa, ante reyes
paternales, de largas barbas y ojos pensativos. Peregrinos tocan a las
puertas de los castillos en noches tempestuosas. Los alquimistas hacen
el oro en sus nocturnas tareas. Los templarios combaten, o emplazan,
en la hoguera, a sus verdugos, ante el tribunal de Dios. Los cuernos
de caza hacen resonar los bosques y los rudos cazadores persiguen en
caballos como huracanes, ciervos y jabales. Lorelay, envuelta en gasa
lunar, melodiosa, amorosa, peligrosa, la mujer, la ilusin, la sirena,
se sienta en su roca.

Antorchas llameantes brillan entre los peascos. San Clemente libra
a la suave Ina, de la furia del ro y de los bandidos. Uta, muere
abrazada a su amante Reichenstein, en un suicidio amoroso que ha de
ser, corriendo los tiempos, un comn _faits-divers_. El Arzobispo
Hatto, a quien la historia alaba y la leyenda vitupera, muere, por
castigo de Dios, a causa de su mal corazn, comido por los ratones.
El Conde Eppo encuentra en una montaa a una bella joven robada por
un gigante; y, con ayuda de la Santsima Trinidad, salva a la dama y
echa al monstruo en un precipicio en donde muere despedazado. La enorme
persona de Carlo Magno aparece aqu, all. Su hija Emma, casada contra
su voluntad, va a habitar con su esposo Egimardo, en el campo; luego
el emperador, ante ellos, un da que los encuentra por casualidad, y
los reconoce, felices, les perdona y les lleva a su palacio. El mismo
Csar sale, en coche, en excursiones, con el bandido Elbegart, que
es un bandido cuerdo y valiente. Condes violentos y caprichosos son
vencidos en sus mansiones feudaes por la unin de los comerciantes de
las ciudades coligadas. El caballero de Stanferberg se enamora de una
ondina y es correspondido; luego es infiel a su juramento de amor y es
castigado por la clera de las ondas vengadoras. Una sirena discreta
y hacendosa, va a hilar en la rueca, a la casa de un joven que se
apasiona por ella. Una noche la sigue, la ve entrar en las aguas del
Rhin, y muere al lanzarse tras ella en los cristales del ro. Los
espritus salen de las tumbas a amonestar a los caballeros demasiado
tunantes. Lobos furiosos castigan a las profetisas que, enamoradas de
los hombres, pierden su castidad y su don pitnico. Bodegas ocultas
guardan un vino de dioses que intilmente es buscado en los campos
misteriosos. El diablo, Satans en persona, sale de sus abismos y
entra en tratos con las personas que andan en apuros y dificultades, y
las saca de ellos, a trueque del alma y de la salvacin eterna. Pero
Nuestra Seora suele aparecer a tiempo con su poder, y manda a los
infiernos al perverso demonio. Un joven pintor ve de noche renovarse
en Oppenmeins, entre esqueletos, una batalla entre suecos y espaoles,
de la guerra de Treinta aos. Una diestra caballera conduce a la dama
que la monta y a la que se quiere casar por fuerza, a la mansin de
su amante. Y cien y cien ms pginas, de sangre y de bruma, de luz
plida o de resplandores rojos, hasta llegar a esa Maguncia famosa en
que naci el hombre que despus Lucifer ha hecho mayor competencia al
Creador: Gutenberg.

Desfile de castillos, desfile de leyendas, revuelo de poesa y de
encanto lrico, en este viaje de horas, por el ro sereno, eternamente
perfumado por el vino plido que dan las vias de sus orillas. Y canta
Adelaida von Stolterfoth: Del polvo de la ruina nace en el Rhin una
vida ms bella. Giran los espritus que por tanto tiempo han descansado
en las tumbas; resuenan las canciones con extraos saludos que yo debo
repetir suavemente en mis canciones y en mis ensueos. Cuando veo volar
al pjaro en las alturas del azul del aire; cuando veo deslizarse los
barcos en la lejana de las brumas grises, me parece que dice palabras
el pjaro al hender los espacios, y otras palabras escucho al rpido
paso de la embarcacin. Y yo tambin, peregrino de arte, de americanas
tierras, hecho al sol y al canto de la vida latina, he puesto el odo
atento a esas palabras de las aves y de las barcas germnicas, y de esa
bruma he visto surgir la eterna gracia de las almas aladas, la virtud
de la sagrada poesa, a la cual no vencern ni los odios humanos, ni
las sequedades de los intereses modernos, ni la mediocridad de las
chatas cabezas de los regeneradores igualitarios. Pues la soberana
del espritu se basa en lo que est ms all del bien y del mal, ms
all de nuestro planeta mismo y de nuestros conceptos de verdad y de
mentira: en lo infinito, en lo absoluto.


FRANCFORT S. M.

Francfort, ciudad seca, triste, honrada, juda. A pesar del abuso del
_art nouveau_ que la invade como a todas las ciudades alemanas, a pesar
de sus tranvas elctricos y de los palacios modernos de sus banqueros,
tiene un aire de antigedad, un olor de vejez y un sello imborrable de
_ghetto_ y de _judengasse_. Por algo hacen detener el carruaje cuando,
al pasar por la calle Boerne, os sealan una casita _vieillotte_ de
estampa, blanca, con su fachada terminada en punta, sus ventanas con
cortinillas de encaje, sus dos rejas de hierro en la parte baja. Es
la casa-madre, la cuna del poder de los Rothschild. All vivi y all
manej sus primeros millones el viejo _rex Judeorum_, tronco de los
barones de hoy. La sequedad y la tristeza de esta ciudad de finanzas
apenas es alegrada aqu, all, por la figura de mrmol o de bronze
de un pensador, de un poeta. Aqu Schiller, all Goethe, ms all
Lessing. Pasan tipos de Shilock, o hermosas Rebecas, por las calles en
donde se alzan los muros de la sinagoga. La restaurada catedral se ve
como extraa en esta tierra de circuncisos. En el da, se siente el
hervor de los negocios, la agitacin de los rapaces mercaderes de oro.
De noche, no hay lugar ms triste. A las diez, ya los teatros estn
cerrados. A las diez y media, nadie anda por las calles. Tanto como
el catolicismo, el arte parece estar aqu en dominio ajeno. Apenas se
sabe aqu que existe un museo Goethe, en donde, junto con documentos
iconogrficos, se guardan objetos y manuscritos del gran alemn. El
verdadero santuario de Francfort del Mein, es la casita de verjas de
hierro y de las cortinillas blancas: la casa de los viejos Rothschild.

La sombra del Emperador de la banca, del Csar israelita, se ve, por
los ojos de nuestra adoracin mammnica contempornea, ms grande que
la del remoto y casi ignorado Gunther Schwarzburg, y aun que la del
fabuloso Carlo Magno, cuya estatua se alza en el rojo y viejo puente
sobre el ro moroso que divide la poblacin.


HAMBURGO O EL REINO DE LOS CISNES

Huysmans ha sido injusto con Hamburgo, y su duro humor se ha expresado
en prrafos acres. Es que Durtal no fu a visitar el paraso de los
cisnes, y M. Folantin comi mal a dos marcos cincuenta. Hamburgo es
alegre, casi con alegra latina, en cuanto cabe en un centro sajn.
Hamburgo es la ciudad trabajadora, negociante, independiente, con
su estricto senado, sus fbricas, sus canales, sus grandes hoteles,
sus almacenes copiosos, y es tambin la ciudad que se divierte, se
embellece, coquetea con el extranjero, tiene un su San Paulique que se
parece a Montmartre como la cerveza al champaa, cafs al aire libre, a
la orilla del Alster animado de yates, y a donde se va en vaporcitos,
y en donde, los domingos, garridas muchachas flirtean al son de la
msica. Tiene un gran barrio lujoso que algunos llaman la Judea, porque
poderosos semitas gozan en villas y _cottages_ de la felicidad que
da el dinero. Huysmans habla, feroz, de caraqueos que encontr en
este emporio comercial. Yo no he encontrado a ningn compatriota de
Bolvar, aunque no es raro oir hablar espaol, pues son muchos los
hispanoamericanos residentes, y los hamburgueses que se han venido a
establecer con sus familias criollas, despus de hacer fortuna en las
lejanas tierras calientes. Las arquitecturas distintas surgen entre los
verdores de los jardines o al lado de las ordenadas alamedas.

Helkendorf, fresco y florido, tiene rincones deliciosos de descanso, de
amor y de ensueo, pues no es imposible ejercer esa delicada funcin
de soar en una ciudad en donde los habitantes, por muy prcticos que
sean, tienen un potico paraje formado por un remanso del ro, en el
cual paraje una cantidad numerosa de cisnes es mantenida por el erario
pblico. Estos poetas no tienen otra ocupacin ms que consagrarse a la
belleza, ser blancos--hay algunos negros--y deslizarse gallardamente,
con la dignidad que les dej como herencia Jpiter. Ellos cumplen
exactamente con sus obligaciones, y adems de la pitanza que les
ofrecen sus guardianes, el pblico los gratifica con migas de pan. El
remanso es cristalino, la ribera florida; las tardes de oro llueven
gracia mgica sobre ese divino espectculo, que pondra meditabundo al
doctor Tribulat Bonhomet. Y los lricos habitantes de esos cristales
que multiplican sus olmpicos aspectos, gozan de la ms dulce beatitud
en la capital de los falsificadores y mercaderes teutnicos. Aunque,
en verdad, no he dejado de sentirme un poco inquieto cuando, comiendo
en compaa de un mi conocido, exportador semita, me ha dicho, con
una manera de satisfaccin glotona, que el cisne, como el ganso, bien
preparado, es, ay! muy sabroso.

Y a propsito de lricos cisnes, os he dicho que Hamburgo tiene un
Montmartre que se llama San Pauli... A m me lo haban asegurado as,
al menos. Un Montmartre...? Para marineros. Con uno que otro caf de
nota, en que se puede comer halagado por la orquesta. Por lo dems,
los teatritos son srdidos, con _chanteuses_ de deshecho, espesas
mugidoras de romanzas, o flacas parcas que dicen en ingls o en alemn
chillonas canciones. No hay un solo cabaret, un solo poeta melenudo o
sin melena que evoque el recuerdo de Privas, de Rictus o de Montoya.
En un gran saln de audiciones populares, da conciertos una banda
militar. En la plaza, un guignol atrae al _populo_; los letreros de
la luz elctrica prometen maravillas, y en el interior, la diversin
es mala y fastidiosa. Quedan los restaurantes, con las sopas dulces,
las salchichas, los diversos _brten_, y la excelente cerveza. M. de
Folantin, por un lado, tuvo razn. Pero, oh, Des Esseintes!, y los
cisnes?


BERLN

Al conocer Alemania, y sobre todo, Berln, he credo comprender al
emperador. Guillermo II, militar, creyente fervoroso, apasionado de
arte, inquieto, viajero, abarcador, es el nico cerebro de coronada
testa en que hoy caben los antiguos ideales de grandeza, de dominacin
y de dignidad cesrea que constituyeron, durante tanto tiempo, el poder
y la fuerza del vigoroso feudalismo. Todos los monarcas de hoy, ms o
menos, con excepcin quiz del autcrata de Rusia, merecen el paraguas
de Luis Felipe. Guillermo II, compatriota de Lohengrin, vidente que ha
previsto no hace mucho tiempo y anunciado a las naciones, por medio
de un simblico dibujo clebre, el despertamiento y la acometida de
la raza amarilla contra la blanca Europa; Guillermo II, que, si no
fuese el bice pietista, quin sabe si llegara hasta realizar la liga
medioeval dominadora del mundo--el Papa y el Emperador;--Guillermo II,
vive ms all del momento, inspirado en lo pasado, presintiendo lo
porvenir, y amacizando el presente robusto de su pas, con la rigurosa
disciplina que lo militariza todo, prncipe de ideal sustentado por
la realidad de la fuerza, creyente cuando ya casi no hay rey que
crea ni en su propio derecho divino, respetuoso de la tradicin
eclesistica romana, cuando la misma Francia cristiansima echa de su
suelo a las congregaciones religiosas y est dominada por un gobierno
que no deseara otra cosa que la completa ruptura del concordato y
la separacin absoluta de la iglesia; Guillermo II, cuya actividad
asombra, cuyo talento no hay quien no reconozca, cuyo carcter es de
acero como su voluntad, est en su verdadero centro en este Berln
geomtrico, alegre de otra alegra que la de Pars, hollado a cada
momento por el paso de las tropas, con su Unter den Linden que extiende
su verde avenida entre las casas lujosas, con su movimiento comercial y
su circulacin activa, y en donde, junto a las conmemoraciones de las
armas, se levantan las conmemoraciones de las artes y de las ciencias.
Y no en vano el divino Euforin surgi en esta tierra a la evocacin
del cisne de Weimar, pues en esta capital brbara a cada paso se mira
florecer la gracia helnica, ya en la composicin de los artificiales
paisajes, en las arquitecturas urbanas, en las construcciones
monumentales. Yo no sabra alabar cierta protestante hipocresa general
que se nota en la vida; pero, s, la bella libertad del arte en sus
mejores manifestaciones, una larga comprensin de la armona, del
desnudo, de la euritmia griega. Y esto se explica. Aqu, en tierra
germnica, Goethe resucit la olmpica persona de la homrica Helena,
Lessing medit sus dilucidaciones del Laoconte, Juan Pablo pens:
Heine, el ruiseor, se abrev de agua castalia; Momsen construy su
edificio mental sobre las gloriosas ruinas de Roma.

La luz de la Helade alcanz las brumas septentrionales. All en
Charlotemburg, siguiendo el silencioso camino de copudas alamedas,
al suave rozar de los pinos, entre los macizos de rosas, entre los
plantos de tulipanes, he llegado al severo y sencillo templete que
sirve de lugar de reposo a los restos imperiales de los abuelos
de Guillermo II. Un coloso marcial de larga y rubia barba me ha
permitido la entrada. Y he tenido, en verdad, como la vaga sensacin
de un ensueo. A travs de los vidrios de un color azul dulce y de
cielo, la onda solar penetra maravillosamente, de manera que baa el
recinto con su tenue y paradisiaco resplandor. Y a esa blanda y mgica
luminosidad se ve alzarse la alta figura tristemente grave de un divino
centinela, el arcngel Miguel, armado de su espada flamgera, y luego,
he all tres yacentes estatuas sobre tres mausoleos. Y en el fondo
un Jesucristo de mosaico, que dice con su leyenda y con su expresin
sabias y celestes palabras. All descansa en la paz de Dios Federico
Guillermo II; all descansa en la misericordia de Dios Guillermo I,
emperador de Alemania y rey de Prusia. Y he all, a su lado, a la Dama
porfirognita que es semejante a una diosa. El artista no hara con
ms amor que el que ha puesto al hacer ese cuerpo admirable apenas
cubierto por el lino fino de la tnica, el cuerpo de Diana o el cuerpo
de Venus. Es Diana, es Venus dormida? Diana no es, pues la maternidad
se revela en esa flor en plena hermosura; no es Venus, pues antes bien
que la tentadora gracia de la carne, se desprende de esa forma una
dignidad casta y serena. Y la luz tamizada pone una caricia paradisiaca
sobre esa realizacin pagana; y Miguel, apoyado en su arma flamgera,
vela silencioso: una paz sepulcral llena el estrecho habitculo de los
prncipes de mrmol; e iguales a los del ltimo paria, en la sola y
posible igualdad de la transformacin eterna, quedan en sus criptas
semejantes a santuarios, esos puados de huesos de Hohenzollern.

Berln: cuarteles, museos, estatuas, paseos con ms estatuas, derroche
de mrmol como en la alameda de la Victoria, mrmol para todos los
Hohenstauffen, mrmol para los Hohenzollern, y bronce y mrmol para
el gran Federico, para el gran Guillermo, para Moltke, para Bismarck;
almacenes, pasajes llenos de tiendas de bric-a-brac, pomposas
cigarreras, restaurantes de cervezas y restaurantes de vinos; grandes
teatros y un music-hall enorme. Y un aqurium que llam la atencin
de Huysmans. Huysmans vi mucho, pero no lo vi todo, naturalmente. A
m me ha parecido entrar en un crculo del Dante, en el cual hubiera
necesitado, como Virgilio, a mi amigo el doctor Holmberg. El aqurium
es subterrneo, y no es solamente aqurium, pues se exhiben hasta loros
y araas y otros bichos pesadillescos, como ese horroroso ptatydactilus
aegipcianus que est a la entrada, semejante a una rana estirada, y el
zomurus gignteus, lagarto erizado como de pas de hierro. Ms all,
la africana bitis gabnica, serpiente con la piel pintada art-nouveau,
y el pithon feroz y el crtalo con su apndice de cascabeles; el naja
bngarus, venenossimo y aterciopelado; iguanas crestadas, nudos de
viboritas enredadas como macarrones, y grises, y flcidas; y luego la
anaconda brasilea. Se desciende, y en un estanque, entre peascos,
hay focas y leones marinos, y a un lado, papagayos blancos; y despus
una gran pajarera, donde se oyen arrullos de paloma y cuchilleo
de aves. A un lado, apenas separados por una barrera baja y muy
franqueable, los cocodrilos semejantes a troncos, a piedras. Y en
seguida, la siboldia mxima japonesa, monstruoso y leproso lagarto. Os
atrae de nuevo la pajarera? Es que canta la gymnorhinia tibicen, igual
a un cuervo que tuviese una blanca sobrepelliz y que tocase la flauta.
Un hoyo lleno de agua: el cocodrilo negro de China, como un gran
garrobo. Y por fin, os atrae el verdadero aqurium, la fantstica
vida submarina que tanto ha interesado al autor de _A Rebours_. Es la
inaudita flora del Ocano, los peces de sueos calenturientos, los
aspectos de visin diablica, o de locura. Veo en un fondo de arenas
y de roca, naranjas que se mueven, crustceos imprevistos, caprichos
madrepricos, semivivientes rbanos que se encogen, hipocampos y
estrellas purpreas. Erizos como pelotas de alfileres, entre lechugas
de cristal verdemarino. Y grutas. Y un pecezote hinchado, inflado,
junto al escorpin de mar. Hay una brocha que se mueve, una vejiga de
manteca, plumones y espumas. Entreabiertas, grandes valvas que parecen
abanicos, cactus y raquetas de lawn tennis. Pagurus inverosmiles
van arrastrando sus casas llenas de pas y protuberancias. Y la
pluralidad de los peces, la variedad de sus tipos, son desconcertantes.
Y veis en todas sus faces monstruosas, hasta en las ms increbles,
la reproduccin de fisonomas humanas que habis observado, desde
las comunes hasta las deformes del raquitismo, de la idiotez, de la
imbecilidad, de los casos crueles de los manicomios. Y hay formas y
gestos que creerais imaginarios y alucinatorios; y os convencis que
los pintores holandeses de ciertos cuadros demonacos, y el mismo
Rops y Odilon Redon, con sus fantasas monstruosas e ilusorias, no
han creado nada, pues todo lo que la imaginacin del hombre ms
torturado de visiones infernales pueda imaginar, existe en los secretos
misteriosos y en los profundos laboratorios de la naturaleza. Segus, y
os encontris con la murena que se envaina en un tubo como un espeso
sable gris. Pequeos pulpos evolucionan entre el agua burbujeante.
Inmvil sobre la arena, est la negra raya chata, de pizarra terrosa
con su arpn largo. Y pasa despacioso el homard, enorme alacrn marino
acorazado, que en vez del venenoso garfio, tiene una mariposa de
terciopelo negro ornada de amarillo.

Berln: ciudad que sabe la ordenanza, el latn, el griego, y tambin
el plat-deustch; ciudad fuerte, pecadora, pero pacata; elegante, pero
dura; rica, banquera; de arte; pero con cierto mal gusto comn; con
mujeres lindas, pero que tienen unos pies aplastadores de ilusiones;
ciudad de secretos escndalos y de correccin excesiva; ciudad en que
se siente la influencia del cuartel junto a la de la universidad;
ciudad llena de cosas contradictorias, donde visitando un templo, os
aborda un proxeneta que os promete el pecado, y en un bar, entre gentes
pecadoras, se os aparece una mujer que os ofrece peridicos religiosos
y os vende imgenes de Cristo!


VIENA

Me haban dicho: Es una hermana de Pars. Es una hermana de Pars que
tiene los ojos ms azules de tanto mirarse en el espejo del Danubio.
Hay en la ciudad una alegra comunicativa, y si no la gracia impregnada
de parisina, posee la elegancia, la gallarda de la seduccin.

Para m, Viena y vals eran dos ideas juntas en mi mente. Viena, vals,
placer. Un gran torbellino de mujeres hermosas en brazos de magnficos
danzadores, deslizndose en anchas salas lisas, mientras afuera pasaban
sonoros carruajes, se alzaban soberbios monumentos, bulla el mundo.
Ms o menos, he podido encontrar realizada esa imaginacin, con mucho
progreso adems y mucho jardn atrayente, y mucho divertimiento, y
mucha belleza femenina, y el centenario del padre del vals, Joseph
Johan Strauss, que acaba de celebrarse. En su honor me he invitado
a almorzar en el Volksgarten. En su honor y con una reverencia al
poeta Grillparzer, cuyo monumento se alza no lejos de donde me sirven
excelente _rostbraten_ y una pilsen de oro plido, que es como lquida
seda helada, mientras la brava orquesta anima el suave aire con ritmos
armoniosos y ondulantes. En este mismo jardn fu donde Strauss dirigi
la suya. Aqu naci el vals, a cuyos compases se balance el orbe;
el vals, halago de la melancola, lengua del gozo, msica de amor,
creacin de un msico _minor_, pero que adoptaran los ms altos y
mayores, como Weber, como Chopn, como el mismo poderoso Beethoven.
Que Lanner, el amigo y rival, tuvo parte en el invento? Nadie se
acuerda de Lanner, hoy, como no sea para hacer constar que tena mucho
menos talento que Strauss.

Jurara que no hay uno solo de los que lean estas lneas, que no haya
tenido en su vida un momento de animado placer, o de dulce tristeza,
al mgico brotar de esa pequea y cristalina cascada melodiosa que
se llama _El Danubio azul_... Yo le debo muy copiosa cosecha de
recuerdos y de ensueos, ya lanzada por las orquestas, ejecutadas en
confidenciales pianos, o suspirada por errantes organillos; sobre todo
por los organillos...

Tambin como Pars, es este un pas de arte, y en una avenida os
encontraris con un grande y pensativo Goethe, sentado en su silln
de bronce, o en una plazuela con un Mozart, jvenes y airosos, o con
Beethoven, o con Schiller; y en todas partes, un ambiente propicio al
pensamiento. Y, sobre todo, un invisible soplo que incita al placer.
En Pars hay ms vicio que goce, aqu ms goce que vicio. De todas
maneras, aqu lanz su ltimo aliento el probo y sensato Marco Aurelio,
que, entre sus mejores sentencias, ha dejado sta, si poco purista, muy
cuerda: En general, el vicio no daa al mundo, y en particular, no
daa sino a aquel que no puede abandonarlo cuando quiere.

Viena placentera, pero tambin Viena laboriosa, pensadora, poltica,
sentimental, artstica, guerrera, religiosa. Todo encontraris a
vuestro paso. Aqu su palacio imperial; su catedral, enorme vegetacin
de piedra; ms all, Santa Mara Stiegen, vasto bouquet de ojivas
y flechas, lo antiguo; y ms all, su teatro de la Opera, con su
peristilo coronado por dos caballeros de bronce, lo moderno; o el
Hofburgtheater, serio y elegante, al cual se llega por entre dos filas
de estatuas de mrmol, que tienen por fondo verdores de rboles y
macizos de flores; o la Rathaus imponente con su elevada torre central;
o el palacio del Reichsrath, y el frontispicio del parlamento, todo
griego; y ante este ltimo, mientras a sus pies, entre simulacros
marmreos, se vierte el agua armoniosa de una nfora, Palas Atenea,
gigantesca, se apoya en su lanza de oro y tiene en la diestra la alada
Victoria.

Dulces rincones amorosos, blandos retiros, labrados quioscos y curvos
chorros de agua, en los jardines, en el Stadtpark, lleno de risas de
nios; en Schwarzenberg, fcil a las citas y a los suspiros, o en el
mismo Volksgarten, con su templo a Teseo, y sus alamedas, sus umbras,
sus tibios nidos, sus fragancias de parque y sus rumores de bosque. O
all, en el Prater, que si no vale el Bois parisiense, tiene especiales
atractivos, en sus recodos de floresta y sus techumbres de hojas y su
largusima avenida. Mas, nada como ese fastuoso e histrico Schnbrunn,
donde recordis a Versalles y a Le Ntre, y al gran Napolen, y al
triste Aiglon, hijo del Aguila. Flota un ambiente singular entre las
bien ordenadas arquitecturas vegetales, entre los templetes de ramas y
las verdes cpulas y arcadas que forman los recortados tilos, las copas
educadas y pomposas de los castaos. Las mitologas de las fuentes se
baan en la exhalacin de vaporizadas perlas de su propia lluvia. Grata
quietud invita a sentarse en los msticos bancos de los parterres,
a meditar, a soar, a imaginarse las bellas representaciones de la
historia, mientras en su magnfica altura, la Gloriette destaca sobre
el fondo celeste su prtico soberbio, an persistente decoracin de ms
de una comedia y drama imperiales y reales.


LA TUMBA DE LOS NUEVOS ATRIDAS

Un capuchino de larga barba gua al grupo de visitantes--campesinos,
forasteros e ingleses. Al bajar la escalera estrecha de la bveda, el
ruido de los pasos. Luego, el ruido de las llaves de su reverencia.
Luego, silencio. Y el cicerone de capucha, comienza a decir su leccin,
recorriendo las tumbas del lado derecho, los sarcfagos viejos, en
donde reposan reales e imperiales huesos viejsimos, entre las cajas
de metal gris labrado de esculturas macabras y simblicas, tras
duras rejas frreas. A m no me interesan esos prncipes antiguos
que tienen su pgina correspondiente en los anales austriacos: no me
atrae Matas, ni Ana, ni Jos, ni Leopoldo, ni Carlos. Yo voy hacia
la izquierda, en donde duermen los porfirognitos malditos, las
coronadas testas perseguidas por el destino, la familia misteriosa y
fatdica de los Atridas modernos, esos Hapsburgos rubios o brunos,
jvenes o viejos, pero idnticos en el sufrimiento, en la desventura,
en la tragedia. No me impresiona tanto el atad en que estn los
restos del duque de Reichstadt, ni el nombre de Mara Luisa en la caja
mortuoria, como los otros sarcfagos en que duermen su eterno sueo,
Maximiliano, el emperador de la barba de oro, el del cerro de las
campanas; Elisabeth, la emperatriz errante, que seg el anarquismo,
y Rodolfo, el de la novela sangrienta. Aqu reposa, en la paz de la
muerte, el que estaba destinado a ceir la corona de los emperadores
de Austria y de los reyes de Hungra. El capuchino explica rpida
y precisamente, en alemn, la vida de cada uno de los prncipes
difuntos que reposan en el subterrneo; y el profundo silencio de
los visitantes es tan solamente interrumpido por un vago rumor de
palabras entredichas en voz baja, cuando se detiene el grupo ante el
sepulcro del archiduque Rodolfo de Hapsburgo. Pequea iglesia de los
capuchinos, que encierra tanta desventura, los despojos de esa familia
predestinada fatdicamente a ser azotada por la desgracia; tristes
grandezas desaparecidas entre la locura y la sangre; seres de vidas
extraordinarias que realizan las ms lgubres y dolorosas creaciones de
los poetas del destino, de los dramaturgos del misterio.


LA SECESIN

Cuando en 1900 vi en el Grand Palais la seccin correspondiente a los
secesionistas vieneses, mi entusiasmo fu vivo y justo. He ah unos
cuantos adoradores sinceros de la libertad del arte, buscadores de lo
nuevo, de lo raro, segn sus temperamentos, o intrpretes personales
de las antiguas tradiciones artsticas, sin _blague_ bulevardera, sin
esteticismos montmartreses, sin los absurdos mamarrachos que, entre
pocas obras de talento, exhiben unos cuantos desalmados, en el Saln
de los Indpendents parisienses. Es que el ambiente es otro? Es que
en Viena la lucha por la vida y por la gloria es distinta? La verdad
es que, en todos los esfuerzos de los artistas de la Secesin, noto
una sinceridad y una noble independencia y una consagracin a la idea
y a la realizacin de la belleza, muy distantes de los extravagantes
_pateurs_ apurados de arribismo que abundan en la capital francesa.

En edificio propio construdo y arreglado conforme con los gustos
y pensares estticos de los organizadores del museo, la obra de la
Secesin se exhibe en la metrpoli austriaca como un testimonio
innegable del tesn, de la energa y del talento de sus puros artistas.
El museo es un museo de excepcin como dira Vittorio Pica. Nada de
lo que hay en l es vulgar ni comn, y se manifiesta en todo un don de
alta gracia y una voluntad de hermosura y una fuerza de pensamiento,
que honran y elevan sobremanera a la luchadora mentalidad austriaca.
Aqu se ve que no se busca asustar al burgus, sino ms bien darle una
nueva revelacin de belleza. Aqu tienen nobles sacerdotes el ensueo
y la vida misteriosa, y el pincel y el cincel dicen la profundidad
de lo desconocido, lo arcano de nuestras humanas existencias y el
enigma que existe en toda cosa. Sintticos o complicados, expresan
sus meditaciones y sus visiones interiores, o en un extrao aparato
simblico hacen surgir un aspecto de la verdad posible, o hacen
florecer de luz el alma, o cristalizan lo indeciso y lo recndito. Y
hay la franca expresin y el desdn de toda rutina. Aqu es el nico
museo del mundo en donde no solamente se ha destrozado la acadmica
hoja de parra, sino que se ha tenido el valor de revelar lo ms ntimo,
de no ocultar lo ms oculto, a punto de que se os vienen a la memoria
ciertas cuartetas memorables de Thophile Gautier. La leyenda tiene sus
cultivadores. Veo cien cuadros que me atraen; no os dir los nombres
de los autores, pues no estn en las telas y no tengo tiempo para
anotar un catlogo. S recordar al potente Franz Metzner, el Rodin
austriaco, el autor de ese poema soberbio de mrmol que se llama _La
Tierra_, y de admirables estudios decorativos y de bustos y de estatuas
de una originalidad imponente y comprensiva. _La Tierra_, de Metzner,
est expuesta en un saloncito especial, adornado tan solamente de
expresivos telamones y de su sola, impresionante y elegante sencillez.
Y la figura en que se manifiestan la vida y el ritmo terrestres y la
fuerza natural, est sobre su base como la majestad y el misterio de
un simulacro sagrado. Lo que la Secesin ha enviado a la Exposicin de
San Luis, atestigua el valor de sus pintores, decoradores, estatuarios,
ceramistas, mueblistas. Ferdinand Andri enva sus figuras valientes,
que renuevan algo del arcico arte asirio; Metzner, sus soberbias
creaciones plsticas, sus sintticas expresiones de la persona
humana; Klimt, sus cuadros simblicos de factura extraordinaria y de
significacin honda, como _El manzano de oro_, _La vida es un combate_,
_La Jurisprudencia_ y _La Filosofa_, que tantas discusiones caus
cuando se expuso en Pars en la ltima Exposicin Universal.

Salgo de la Secesin encantado de encontrar un verdadero templo del
arte en tiempos en que los templos del arte estn en posesin de
los mercaderes, de los insinceros, de los pacotillistas o de los
histriones. Y saludo ese esfuerzo generoso, deseando que en nuestros
pases de arte naciente se junten las energas individuales de los
puros, de los incontaminados, y procuren hacer algo semejante, lejos de
la chatura de las escuelas de limitacin y atrofia y de las modas vanas
que nada tienen que ver con la eternidad de la belleza.


BUDA-PEST

...Buda-Pest: el Rey; Mara Teresa; el Danubio azul; paprikahum, vino
de Tokai...; y una vieja zarzuela que deleite mis aos infantiles.
_Los Madgyares_, en la cual cantaba un coro:

      Vamos seores
    A la feria de Buda,
    Que hoy es el da
    De vender y comprar.

Y los trajes vistosos de alamares y galones, y el leguito del convento:

      _Ego sum, ego sum_
    El leguito del convento
    _Ego sum_, adems
    Campanero y sacristn...

Y me hechiz la ciudad bizarra, o ms bien las dos ciudades gemelas
unidas por los magnficos puentes, con su clima, sus flores, sus
paseos, su barrio elegante y moderno en que casi todas las nuevas
construcciones son _art nouveau_, o secesin, mansiones caprichosas
de los magnates y propietarios de pinges pushtas y economas. Es
una delicia pasear por el kiralgi var, y sus palacios y verdores, a
orillas del agua azul del armonioso ro. Hay edificios esplndidos
como el magnfico parlamento, que se refleja en el Danubio, y sus
plazas espaciosas, las calles y avenidas, y sobre todo, las ms bellas
mujeres del mundo hacen mirar esta tierra como un terrenal paraso.
Oh! todos los pases tienen lugares de gozo y bellas mujeres, pero
la Ciudad del Amor y de la hermosura, creedme, es Buda-Pest. Hay un
lugar, en un suburbio de la ciudad de Pest, que se llama Os Buda Vara,
jardn, paseo; feria nocturna, lleno de atracciones, teatritos, ventas
diversas, castillos luminosos, flores, perfumes, msicas nacionales,
trajes pintorescos; y all he visto una coleccin de beldades que
habran dejado meditabundo y soador al mismo rey Salomn que, como
sabis, era de gusto exquisito.

Un momento ha habido de duelo nacional, ms que duelo ha sido una
glorificacin, una apoteosis: la muerte de Jokai. Impregnado del
encanto de esta ciudad fascinadora, he asistido a los funerales de su
poeta, de su novelista, de su pensador nacional. Pasaban los carros
cargados de coronas por la gran calle Andrassy, en donde estaba la
morada del escritor; el cortejo era solemne y fastuoso; representantes
del gobierno asistan a la ceremonia en que se honraba la memoria del
viejo revolucionario; vistosos y pintorescos uniformes militares,
universitarios, herldicos, desfilaban en la severa procesin. Y en en
los balcones, adornados de colgaduras de duelo, se vea una muchedumbre
de rostros divinos en que brillaban maravillosos ojos hngaros. Y ante
ese esplendor y ese prodigio de belleza femenina, al pasar el carro de
las ms frescas coronas, de los estudiantes, compr a una florista un
ramo de rosas, y, poeta desconocido de lejanas tierras, con el corazn
palpitante, con un temor de emocin, arroj yo tambin mi ofrenda al
anciano Jokai.

[Ilustracin]




INDICE


TIERRAS SOLARES

                                       Pgs.

  Barcelona                                9

  Mlaga                                  21

  La tristeza andaluza                    69

  Granada                                 85

  Sevilla                                103

  Crdoba                                117

  Gibraltar                              129

  Tnger                                 155

  Venecia                                181

  Florencia                              195


  DE TIERRAS SOLARES A TIERRAS DE BRUMA

  Waterlo                               211

  Por el Rhin                            214

  Francfort S. M.                        223

  Berln                                 228

  Viena                                  237

  La tumba de los nuevos atridas         241

  La Secesin                            243

  Buda-Pest                              247




                                ACABSE
                              DE IMPRIMIR
                             ESTE LIBRO EN
                     MADRID EN EL ESTABLECIMIENTO
                              TIPOGRFICO
                            DE JOS YAGES
                           SANZ, EL DA XXV
                             DE SEPTIEMBRE
                                DE AO
                                MCMXVII




      *      *      *      *      *      *




Nota del Transcriptor:

Se ha respetado la ortografa y la acentuacin del original.

Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

Pginas en blanco han sido eliminadas.



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  License. You must require such a user to return or destroy all
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from both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and The
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1.F.

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effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
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LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
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or entity providing it to you may choose to give you a second
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the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
without further opportunities to fix the problem.

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in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO
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LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

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damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
violates the law of the state applicable to this agreement, the
agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
remaining provisions.

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trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in
accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm
electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
Defect you cause.

Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
www.gutenberg.org 

Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary 
Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate

Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search
facility: www.gutenberg.org

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including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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