Project Gutenberg's La Novela de un Joven Pobre, by Octavio Feuillet

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Title: La Novela de un Joven Pobre

Author: Octavio Feuillet

Release Date: October 7, 2007 [EBook #22909]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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BIBLIOTECA DE LA NACION

OCTAVIO FEUILLET

LA NOVELA DE UN JOVEN POBRE

BUENOS AIRES

1909


_Le roman d'un jeune pauvre_, cuya versin castiza ofrecemos en este
volumen  los lectores de la Biblioteca, apareci en Pars en 1857.
Tena el autor entonces treinta y seis aos; estaba en toda la plenitud
de su actividad mental y en todo el hervor de su juventud, y de all tal
vez el cario con que ha trazado la figura de Mximo Odiot, ese perfecto
gentilhombre, cautivador en su brillante pobreza.

Octavio Feuillet, al escribir este libro, debi de poner en l mucho de
s mismo, de sus personales y elevados sentimientos--reconocidos por
todos sus crticos contemporneos--y por eso, sin duda, le ha resultado
la mejor de sus obras, en donde ms resaltan sus esenciales cualidades
de novelista, creador de escenas y caracteres de ideal nobleza.

Y no tan slo es hermosa _La novela de un joven pobre_ por su asunto y
la alteza de los sentimientos que en ella actan, sino que tambin
sobresale y seduce por las excelencias primorosas del estilo, en que era
el autor un magistral artfice.

Espritu delicado y exquisito, Feuillet haca su prosa dctil, gil,
experta. Conoca como pocos el arte de elevarse con prudencia, y de
transportar al lector sin ocasionarle vrtigos. Meda, como con un
termmetro, el grado de lirismo que conviene  la mayora del pblico, y
as jams daba notas que pudieran discordar en la general armona de sus
producciones. En esto estriba el principal encanto de ellas, que tienen,
como distintivo, un perpetuo y uniforme buen gusto.

_La novela de un joven pobre_ es acabado modelo de lo que dejamos dicho.
Por eso ser siempre un libro nuevo, un libro joven, con la juventud
eterna que en el arte tiene todo lo que significa belleza, gracia,
fuerza  elegancia.




LA NOVELA DE UN JOVEN POBRE

_Sursum corda!_

Pars, 20 de abril de 185...


He aqu la segunda noche que paso en este miserable cuarto, contemplando
melanclicamente mi apagado hogar, escuchando, con estupidez, los
rumores montonos de la calle, y sintindome en medio de esta gran
ciudad, ms solo, ms abandonado y ms prximo  la desesperacin que el
nufrago que lucha en medio del ocano sobre su roto pino. Basta de
cobarda! Quiero encarar frente  frente mi destino para quitarle sus
trazas de espectro; quiero tambin abrir mi corazn, donde desborda el
pesar, al nico confidente cuya piedad no puede ofenderme,  ese plido
y nico amigo que me contempla...  mi espejo. Quiero, pues, escribir
mis pensamientos y mi vida, no con una exactitud cotidiana y pueril,
pero sin omisin seria, y sobre todo sin mentira. Apreciar mucho este
diario: l ser como un eco fraternal que engae mi soledad y me
servir, al mismo tiempo, como una segunda conciencia, advirtindome no
deje pasar en mi vida ninguna accin que mi propia mano no pueda
escribir con firmeza.

Busco ahora en el pasado, con triste avidez, todos los hechos, todos los
incidentes que hace largo tiempo me hubieran instrudo si el respeto
filial, la costumbre y la indiferencia de un feliz ocioso, no hubieran
cerrado mis ojos  toda luz. Me he explicado la melancola constante y
profunda de mi madre; me explico tambin su disgusto por la sociedad, y
aquel vestido simple y uniforme objeto ya de las burlas, ya de los
enojos de mi padre:--Pareces una sirvienta--le deca.

Yo no poda dejar de ver que nuestra vida de familia era algunas veces
alterada por querellas de carcter ms serio, pero jams fu testigo
inmediato de ellas. Los acentos irritados  imperiosos de mi padre, los
rumores de una voz que pareca suplicar y algunos sollozos ahogados, era
todo lo que poda oir. Atribua estas borrascas  tentativas violentas 
infructuosas por hacer volver mi madre  la vida elegante y bulliciosa
de que haba gustado en otro tiempo, tanto como puede hacerlo una mujer
buena; pero en la cual no segua ya  mi padre sino con una repugnancia
cada da ms obstinada. Despus de estas crisis era raro que mi padre no
se apresurara  comprar algn bello dije, que mi madre hallaba bajo su
servilleta, al sentarse  la mesa, y que jams usaba. Un da,  la mitad
del invierno, recibi de Pars una gran caja de flores preciosas: se las
agradeci con efusin  mi padre, pero cuando hubo salido del cuarto, la
vi alzar ligeramente los hombros, y dirigir al cielo una mirada de
incurable desesperacin.

Durante mi infancia y primera juventud haba tenido  mi padre mucho
respeto, pero muy poco cario. En efecto, en el curso de este perodo no
conoca sino el lado sombro de su carcter, el nico que se revel en
su vida domstica, para la que no haba nacido. Ms tarde, cuando mi
edad me permiti acompaarle en el mundo, me sorprend alegremente al
encontrar en l un hombre que ni aun haba sospechado. Pareca que en el
recinto de nuestro viejo castillo de familia, se hallaba bajo el peso de
algn encanto fatal: apenas se encontraba fuera, vea despejarse su
frente y dilatarse su pecho: se rejuveneca.

--Vamos, Mximo!--exclamaba--galopemos un poco!

Y devorbamos el espacio alegremente. Tena entonces momentos de alegra
juvenil, entusiasmos, ideas caprichosas, efusiones de sentimientos que
encantaban mi joven corazn, y de los que habra querido llevar alguna
parte,  mi pobre madre olvidada en su triste rincn. Entonces comenc 
amar  mi padre, y mi ternura hacia l se acrecent hasta una verdadera
admiracin, cuando pude verle en todas las solemnidades de la vida
mundana, cazas, carreras, bailes y comidas, manifestar las cualidades
simpticas de su brillante naturaleza. Diestro jinete, conversador
deslumbrante, excelente jugador, corazn intrpido y mano abierta, yo le
miraba como un tipo acabado de la gracia viril y de la nobleza
caballeresca. l mismo se apellidaba sonriendo, con una especie de
amargura: _el ltimo gentilhombre_.

Tal era mi padre en la sociedad, pero apenas vuelto  casa, mi madre y
yo no tenamos bajo nuestros ojos, ms que un viejo intranquilo,
melanclico y violento.

Los furores de mi padre para con una criatura tan dulce y tan delicada
como mi madre, me habran sublevado seguramente, si no hubieran sido
seguidos de esa reaccin de ternura y ese redoblamiento de atenciones de
que antes he hablado. Justificado  mis ojos por estos testimonios de
arrepentimiento, no me pareca sino un hombre naturalmente bueno y
sensible, pero arrojado  veces fuera de s mismo por una resistencia
tenaz y sistemtica  todos sus gustos y predilecciones. Crea  mi
madre atacada de una especie de enfermedad nerviosa. Mi padre me lo daba
 entender as, aunque observando siempre, sobre este asunto, una
reserva que yo juzgaba muy legtima.

Los sentimientos de mi madre para su esposo me parecan de una
naturaleza indefinible. Las miradas que diriga sobre l, se inflamaban
al parecer algunas veces con una extraa expresin de severidad; pero
esto no era ms que un relmpago; un instante despus sus bellos ojos
hmedos y su fisonoma inalterable no manifestaban sino una tierna
abnegacin y una sumisin apasionada.

Mi madre haba sido casada  los quince aos, y tocaba yo  los
veintids cuando vino al mundo mi hermana, mi pobre Elena. Poco tiempo
despus de su nacimiento, saliendo mi padre una maana con la frente
arrugada del cuarto en que mi madre se consuma, me hizo seal para que
le siguiera al jardn; despus de haber dado dos  tres vueltas en
silencio.

--Tu madre, Mximo--me dijo,--se pone cada vez ms caprichosa.

--Sufre tanto, padre mo!

--S, sin duda; pero tiene un capricho muy singular; desea que estudies
derecho.

--Yo, derecho! cmo quiere mi madre que  mi edad, con mi nacimiento y
en mi situacin vaya  arrastrarme en los bancos de una escuela? Eso
sera ridculo.

--Esa es mi opinin--dijo secamente mi padre,--pero tu madre est
enferma, y todo est dicho.

Yo era en aquel tiempo un fatuo, muy envanecido de mi nombre, de mi
juvenil importancia y de mis pobres triunfos de saln; pero tena el
corazn sano, adoraba  mi madre, con la que haba vivido durante veinte
aos en la ms estrecha intimidad que pueda unir dos almas en este
mundo; me apresur  asegurarle mi obediencia: ella me di las gracias
inclinando la cabeza con una triste sonrisa y me hizo besar  mi hermana
dormida sobre sus rodillas.

Vivamos  media legua de Grenoble; pude, pues, seguir mi curso de
derecho, sin dejar la casa paterna. Mi madre se haca dar cuenta, da
por da, del progreso de mis estudios, con un inters tan perseverante,
tan apasionado, que llegu  preguntarme, si no habra en el fondo de
esta preocupacin extraordinaria algo ms que un capricho de enferma: si
por acaso la repugnancia y el desdn de mi padre hacia la parte
positiva y fastidiosa de la vida, no habran introducido en nuestra
fortuna algn secreto desorden, que el conocimiento del derecho y el
hbito de los negocios deberan, segn las esperanzas de mi madre,
permitir  su hijo reparar. No pude, sin embargo, detenerme en esta
idea; verdad es que recordaba haber odo  mi padre quejarse amargamente
de los desastres que nuestra fortuna haba sufrido durante la poca
revolucionaria; pero desde tiempo atrs estas quejas haban cesado, y
por otra parte, yo siempre las haba hallado demasiado injustas,
parecindome nuestra situacin de fortuna de las ms satisfactorias.
Habitbamos, cerca de Grenoble, el castillo hereditario de nuestra
familia, que era citado en el pas por su aspecto seorial. Solamos mi
padre y yo cazar durante un da entero sin salir de nuestras tierras 
de nuestros bosques. Nuestras caballerizas eran grandiosas, y estaban
siempre llenas de caballos de precio, que eran la pasin y el orgullo de
mi padre. Poseamos, adems, en Pars, en el bulevar de los Capuchinos,
una magnfica casa, donde encontrbamos un confortable apeadero. En fin,
en el lujo habitual de nuestra casa nada dejaba traslucir la sombra de
la escasez  de la proximidad  ella. Nuestra mesa era siempre servida
con una delicadeza particular y refinada,  la que mi padre daba mucha
importancia.

Entretanto, la salud de mi madre declinaba por una pendiente apenas
sensible, pero continua. Lleg un tiempo en que su carcter angelical se
alter. Su boca, que jams haba pronunciado, en mi presencia al menos,
sino dulces palabras, se hizo amarga y punzante; cada uno de mis pasos,
fuera del castillo, fu objeto de un comentario irnico. Mi padre que no
era mejor tratado que yo, soportaba estos ataques con una paciencia que
me pareca meritoria de su parte; pero tom la costumbre de vivir ms
que nunca fuera de casa, sintiendo segn me deca, la necesidad de
distraerse, de aturdirse sin cesar. Me comprometa siempre 
acompaarle, y hallaba placer en mi cario, en el ardor impaciente de mi
edad, y para decirlo todo, en una fcil obediencia y en la cobarda de
mi corazn.

Un da del mes de Septiembre de 185... deban tener lugar  alguna
distancia del castillo unas carreras, en las que mi padre haba
comprometido muchos caballos. l y yo habamos partido de madrugada y
almorzado en el sitio de las carreras. Hacia medioda galopaba yo sobre
la orilla del Hipdromo, para seguir ms de cerca las peripecias de la
lucha, cuando de pronto fu alcanzado por uno de nuestros criados, que
me buscaba, segn dijo, haca ms de media hora; agregando que mi padre
haba vuelto ya al castillo,  donde mi madre le haba hecho llamar, y
que me suplicaba le siguiera sin demora.

--Pero en nombre del cielo, qu es lo que hay?

--Creo que la seora se ha empeorado--me respondi,--y part como un
loco. Al llegar vi  mi hermana jugando sobre el csped del gran patio,
silencioso y desierto. Corri hacia m al apearme del caballo, y me
dijo, abrazndome con un aire misterioso y casi alegre:--El cura ha
venido.--Sin embargo, yo no aperciba en la casa ninguna animacin
extraordinaria, ningn signo de desorden  de alarma. Sub la escalera
precipitadamente y atravesaba el retrete que comunicaba con el cuarto de
mi madre, cuando la puerta se abri lentamente: mi padre apareci en
ella.

Me detuve delante de l; estaba muy plido y sus labios
temblaban.--Mximo--me dijo sin mirarme,--tu madre te llama.--Quise
interrogarlo, pero me hizo una seal con la mano y se aproxim
rpidamente  una ventana como para mirar hacia afuera. Entr, mi madre
estaba medio acostada en su butaca, fuera de la cual penda uno de sus
brazos como inerte. Sobre su fisonoma, blanca como la cera, volv 
hallar repentinamente la exquisita dulzura y la gracia delicada, que el
sufrimiento haba desterrado poco antes; el ngel del eterno reposo
extenda visiblemente sus alas sobre aquella frente apaciguada. Ca de
rodillas: ella entreabri los ojos, levant penosamente su cabeza
desfalleciente y me dirigi una larga mirada. Luego con una voz que no
era ms que un soplo interrumpido, me dijo lentamente estas
palabras:--Pobre nio! Estoy consumida, ya lo ves; no llores; me has
abandonado un poco en este ltimo tiempo; pero estaba yo tan spera!...
Nos volveremos  ver, Mximo, y nos explicaremos, hijo mo... No puedo
ms!... Recuerda  tu padre lo que me ha prometido. T, en el combate
de la vida, s fuerte y perdona  los dbiles!...--Pareci extenuada, se
interrumpi un momento; en seguida, levantando un dedo con esfuerzo, y
mirndome fijamente:--Tu hermana!--dijo. Sus pupilas azuladas se
cerraron; luego volvi  abrirlas de golpe, extendiendo los brazos con
un gesto rgido y siniestro. Yo lanz un grito; mi padre se present y
estrech largo tiempo contra su pecho, en medio de sollozos
desgarradores, el pobre cuerpo de una mrtir.

Algunas semanas despus, satisfaciendo la formal exigencia de mi padre,
que me dijo no haca sino obedecer los ltimos deseos de la que
llorbamos, dej la Francia y comenc a travs del mundo esa vida
nmada, que he llevado casi hasta este da. Durante una ausencia de un
ao, mi corazn cada vez ms amante,  medida que la inquieta fogosidad
de la juventud se amortiguaba, me acos ms de una vez para que volviera
 los lugares de la fuente de mi vida, entre la tumba de mi madre y la
cuna de mi tierna hermana; pero mi padre haba fijado la duracin
precisa de mi viaje, y no me haba educado de modo que pudiese
desobedecer ligeramente sus rdenes. Su correspondencia, afectuosa, pero
breve, no anunciaba impaciencia alguna con respecto  mi vuelta: fu por
esto que me sorprend ms, cuando al desembarcar en Marsella hace dos
meses, hall muchas cartas de mi padre en las cuales me llamaba con una
prisa febril.

En una noche sombra del mes de Febrero, volv  ver las murallas
macizas de nuestra antigua morada, destacndose sobre una capa de
escarcha que cubra la campia.

Un cierzo destemplado y fro soplaba por intervalos; los copos de nieve
caan como las hojas secas de los rboles de la avenida y se posaban
sobre el suelo hmedo, con un ruido dbil y triste. Al entrar en el
patio, vi una sombra, que me pareci ser la de mi padre, dibujarse en
una de las ventanas del gran saln que estaba en el piso bajo, y que no
se abra jams en los ltimos tiempos de la vida de mi madre. Me
precipit en l; al apercibirme, mi padre lanz una sorda exclamacin:
luego me abri los brazos, y sent su corazn palpitar violentamente
contra el mo.

--Ests helado, pobre hijo mo--me dijo,--calintate, calintate. Esta
pieza es fra; yo la prefiero sin embargo, porque al menos aqu se
respira.

--Y la salud de usted, padre mo?

--As, as, ya lo ves.--Y dejndome cerca de la chimenea, continu 
travs de este inmenso saln, que estaba apenas iluminado por dos  tres
bujas, el paseo que al parecer haba yo interrumpido. Esta extraa
acogida me haba consternado. Miraba  mi padre con estupor.--Has visto
mis caballos?--me dijo de pronto y sin detenerse.

--Padre mo!

--Ah, es verdad!... t acabas de llegar...--Despus de un corto
silencio:

--Mximo--agreg,--tengo que hablarte.

--Le escucho  usted, padre mo.

Pareci no oirme, se pase algn tiempo y repiti muchas veces por
intervalos:--Tengo que hablarte, hijo.--Por ltimo lanz un profundo
suspiro, se pas la mano por la frente y sentndose bruscamente, me
seal una silla en frente de l. Entonces, como si hubiera deseado
hablarme, sin hallarse con el valor suficiente, sus ojos se detuvieron
sobre los mos, y le en ellos una expresin tal de angustia, de
humildad y de splica, que de parte de un hombre tan orgulloso como l,
me conmovi profundamente. Cualesquiera que fueran las culpas, que tanto
le costaba confesar, senta en el fondo de mi alma que le eran muy
liberalmente perdonadas. Repentinamente esa mirada que no me abandonaba,
tom una fijeza extraordinaria, vaga y terrible; su mano se crisp sobre
mi brazo; se levant de su silln y volviendo  caer en el instante, se
resbal pesadamente sobre el pavimento: ya no exista. Nuestro corazn
no razona, ni calcula: esa es su gloria. Haca un momento que todo lo
haba adivinado; un solo minuto haba bastado para revelarme de repente,
sin una palabra de explicacin, por un rayo de luz irresistible, la
fatal verdad que mil hechos repetidos cada da durante veinte aos, no
haba podido hacerme sospechar. Haba comprendido que la ruina estaba
all, en aquella casa y sobre mi cabeza. Y... bien! No s, si
dejndome mi padre colmado de todos sus beneficios, me hubiera costado
ms y ms amargas lgrimas. A mi pesar,  mi profundo dolor, se una una
piedad que, ascendiendo del hijo al padre, tena algo de singularmente
punzante.

Vea siempre aquella mirada, suplicante, humilde, extraviada: me
desesperaba por no haber podido decir una palabra de consuelo  aquel
desgraciado corazn antes de acabarse su existencia, y gritaba como un
loco al que ya no me oa--yo te perdono!--yo te perdono!

Oh! qu instante, Dios mo!

Segn lo que he podido conjeturar, mi madre al morir haba hecho
prometer  mi padre, que vendera la mayor parte de sus bienes para
pagar enteramente la deuda enorme que haba contrado, gastando todos
los aos una tercera parte ms de sus rentas, y reducirse en seguida 
vivir estrictamente con lo que le quedase. Mi padre haba tratado de
cumplir este compromiso: haba vendido sus bosques y sus tierras; pero,
vindose entonces dueo de un capital considerable, no haba dedicado
sino una pequea parte  la amortizacin de su deuda, y haba emprendido
el restablecimiento de su fortuna confiando el resto  los detestables
azares de la bolsa. As acab de perderse.

No he podido an sondar el fondo del abismo en que estamos sumergidos.
Una semana despus de la muerte de mi padre, ca gravemente enfermo, y
slo con mucho trabajo, despus de dos meses de sufrimiento, he podido
dejar nuestro castillo patrimonial, el da en que un extrao tomaba
posesin de l. Afortunadamente, un antiguo amigo de mi padre que habita
en Pars, y que en otro tiempo era el encargado de los negocios de
nuestra familia en calidad de notario, ha venido  ayudarme en estas
tristes circunstancias: me ha prometido emprender l mismo, un trabajo
de liquidacin que presentaba  mi inexperiencia dificultades
insuperables. Le he abandonado absolutamente el cuidado de arreglar los
negocios de la sucesin y presumo que su tarea estar terminada hoy.
Apenas llegu ayer, fu  su casa; estaba en el campo, de donde no
vendr hasta maana. Estos dos das han sido crueles: la incertidumbre
es verdaderamente el peor de todos los males, porque es el nico que
suspende necesariamente todos los resortes del alma, y enerva el valor.
Mucho me hubiera sorprendido hace diez aos el que me hubiesen
profetizado, que ese viejo notario, cuyo lenguaje formalista y seca
poltica, nos diverta tanto,  mi padre y  m, haba de ser un da el
orculo de quien esperara el decreto supremo de mi destino... Hago lo
posible para ponerme en guardia contra esperanzas exageradas; he
calculado aproximativamente que, pagadas todas nuestras deudas, nos
quedar un capital de ciento veinte  ciento cincuenta mil francos. Es
difcil que una fortuna que ascenda  cinco millones, no nos deje al
menos este sobrante. Mi intencin es tomar para m diez mil francos y
marchar  buscar fortuna en los Estados Unidos, abandonando el resto 
mi hermana.

Basta de escribir por esta noche! Triste ocupacin es traer  la
memoria tales recuerdos! Siento, sin embargo, que me han proporcionado
un poco de calma. El trabajo es sin duda una ley sagrada, pues me basta
hacer la ms ligera aplicacin de l, para sentir un no s qu de
contento y de serenidad. El hombre no ama al trabajo y sin embargo no
puede desconocer sus inefables beneficios; cada da los experimenta, los
goza, y al da siguiente vuelve  emprenderlo con la misma repugnancia.
Me parece que hay en esto una contradiccin singular y misteriosa, como
si sintisemos  la vez en el trabajo, el castigo y el carcter divino y
paternal del juez.




Jueves.


Esta maana al despertar, se me entreg una carta del viejo Laubepin. En
ella me invitaba  comer, excusndose de esta gran libertad, y no
hacindome comunicacin alguna relativa  mis intereses. Esta reserva me
pareci de muy mal augurio.

Esperando la hora fijada saqu  mi hermana del convento y la he paseado
por Pars. La nia no presume ni remotamente nuestra ruina. Ha tenido en
el curso del da, diversos caprichos, bastante costosos. Ha hecho larga
provisin de guantes, papel rosado, confites para sus amigas, esencias
finas, jabones extraordinarios, pinceles pequeos, cosas todas muy
tiles sin duda, pero que lo son mucho menos que una comida. Quiera
Dios, lo ignore siempre!

A las seis estaba en la calle Cassette, casa del seor Laubepin. No s
qu edad puede tener nuestro viejo amigo; pero por muy lejos que se
remonten mis recuerdos en lo pasado, lo hallo tal como lo he vuelto 
ver: alto, seco, un poco agobiado, cabellos blancos, en desorden, ojos
penetrantes, escondidos bajo mechones de cejas negras, y una fisonoma
robusta y fina  la vez. Tambin he vuelto  ver su frac negro de corte
antiguo, la corbata blanca profesional, y el diamante hereditario en la
pechera; en una palabra, con todos los signos exteriores de un espritu
grave, metdico y amigo de las tradiciones. El anciano me esperaba
delante de la puerta de su pequeo saln: despus de una profunda
inclinacin, tom ligeramente mi mano entre sus dos dedos y me condujo
frente  una seora anciana, de apariencia bastante sencilla, que se
mantena de pie delante de la chimenea:

--El seor marqus de Champcey d'Hauterive!--dijo entonces el seor
Laubepin con su voz fuerte, tartajosa y enftica: luego de pronto, en un
tono ms humilde y volvindose hacia m:--La seora Laubepin--dijo.

Nos sentamos, y hubo un momento de embarazoso silencio. Esperaba un
esclarecimiento inmediato de mi situacin definitiva; viendo que era
diferido, presum que no sera de una naturaleza agradable, y esta
presuncin me era confirmada por las miradas de discreta compasin con
que me honraba furtivamente la seora Laubepin. Por su parte, el seor
Laubepin me observaba con una atencin singular, que no me pareca
exenta de malicia. Record entonces que mi padre haba pretendido
siempre, descubrir en el corazn del ceremonioso Tabelion y bajo sus
afectados respetos, un resto de antiguo germen _bourgeois_ plebeyo y aun
jacobino. Me pareci que ese germen fermentaba un poco en aquel momento
y que las secretas antipatas del viejo hallaban alguna satisfaccin en
el espectculo de un noble en tortura. Tom al instante la palabra,
tratando de mostrar,  pesar de la postracin real en que me hallaba,
una plena libertad de espritu.

--Cmo! Seor Laubepin, conque ha dejado usted la plaza de _Petits
Pres_, esa querida plaza de _Petits Pres_. Ha podido usted decidirse
 ello? No lo habra credo jams!...

--Verdaderamente, seor marqus--respondi el seor Laubepin,--es una
infidelidad que no corresponde  mi edad; pero cediendo el estudio, he
debido ceder tambin la casa, atendiendo  que un escudo no puede
mudarse como una muestra.

--Sin embargo se ocupa usted an de negocios?

--Amigable y oficiosamente, s, seor marqus. Algunas familias
honorables y considerables cuya confianza he tenido la dicha de obtener,
durante una prctica de cuarenta y cinco aos, reclaman an,
especialmente en circunstancias delicadas, los consejos de mi
experiencia, y creo poder agregar que rara vez se arrepienten de
haberlos seguido.

Cuando el seor Laubepin acababa de rendirse  s mismo este honorfico
testimonio, una vieja criada vino  anunciarnos que la comida estaba
servida. Tuve entonces el placer de conducir al comedor  la seora de
Laubepin. Durante la comida la conversacin se arrastr en los ms
insignificantes asuntos. El seor Laubepin no cesaba de clavar en m su
mirada penetrante y equvoca, en tanto que su esposa tomaba, al
ofrecerme cada plato, el tono doloroso y lastimero que se afecta cerca
del lecho de un enfermo. En fin, nos levantamos y el viejo notario me
introdujo en su gabinete, donde al momento se nos sirvi el caf.

Hacindome sentar entonces y ponindose de espaldas  la chimenea,
dijo:--Seor marqus de Champcey d'Hauterive, me preparaba ayer 
escribirle, cuando supe su llegada  Pars, la que me permite informarle
 usted _in voce_ del resultado de mi celo y de mis operaciones.

--Presiento, seor, que ese resultado no es muy favorable.

--No le ocultar, seor marqus, que debe usted armarse de todo su valor
para conocerlo; pero est en mis hbitos proceder con mtodo. El ao de
1820, la seorita Luisa Elena Dougalt Delatouche D'Erouville fu pedida
en matrimonio por Carlos Cristian Odiot, marqus de Champcey
d'Hauterive; investido por una especie de tradicin secular de la
direccin de los negocios de la familia Dougalt Delatouche, y admitido
con una respetuosa familiaridad de largo tiempo atrs, cerca de la joven
heredera de aquella casa, deb emplear todos los argumentos de la razn
para combatir las inclinaciones de su corazn y retraerla de aquella
funesta alianza, y digo funesta alianza, no porque la fortuna del seor
de Champcey fuese,  pesar de algunas hipotecas que la gravaban  la
sazn, menos que la de la seorita Delatouche. Yo conoca, empero, el
carcter y temperamento, en cierto modo hereditario, del seor de
Champcey: bajo las exterioridades seductoras y caballerescas que lo
distinguan, como  todos los de su familia, perciba claramente la
irreflexin obstinada, la incurable ligereza, el furor de los placeres,
y por ltimo, el implacable egosmo...

--Caballero--le interrump bruscamente,--la memoria de mi padre es
sagrada para m, y creo que debe serlo  cuantos hablen de l en mi
presencia.

--Seor--replic el anciano, con una emocin repentina y
violenta,--respeto ese sentimiento, pero al hablar de su padre, me es
muy difcil olvidar que hablo del hombre que mat  su madre de usted,
una joven heroica, una santa, un ngel!

Me haba levantado muy agitado. El seor Laubepin, que haba dado
algunos pasos por el gabinete, me tom del brazo.

--Perdn, joven--me dijo,--pero yo amaba  su madre de usted, la he
llorado; perdneme...

--Despus, volvindose  colocar delante de la chimenea:--Voy 
continuar--aadi con el tono solemne que le es habitual.--Tuve el honor
y la pena de redactar el contrato matrimonial de su seora madre. A
pesar de mi insistencia, nada se hablaba del rgimen dotal, y costme
grandes esfuerzos introducir en el acta, una clusula protectora que
declaraba inalienable, sin el consentimiento legalmente expreso de su
seora madre, un tercio de su haber inmueble. Vana precaucin!, seor
marqus, y podramos decir, precaucin cruel de una amistad mal
inspirada, porque esta clusula fatal no hizo sino preparar
insoportables tormentos  aqulla, cuya salvaguardia deba ser. Yo
comprendo esas luchas, esas querellas, esas violencias, cuyo eco debi
herir los odos de usted ms de una vez, y en las cuales se arrancaba,
pedazo  pedazo,  su desdichada madre, la ltima herencia y el pan de
sus hijos!

--Seor, por piedad!

--Me someto, seor marqus... me limitar  lo presente. Apenas honrado
con la confianza de usted, mi primer deber era aconsejarle que no
aceptase sino bajo beneficio de inventario, la embrollada sucesin que
le haba correspondido.

--Esta medida, seor, me ha parecido que ultrajaba la memoria de mi
padre, y deb negarme.

El seor Laubepin me lanz una de sus miradas inquisitoriales que le son
familiares; y repuso.

--Usted no ignora, seor, al parecer, que por no haber usado de aquella
facultad legal, gravitan sobre usted los compromisos que afectan la
sucesin, aun cuando excedan  su valor. Por lo tanto, tengo hoy el
penoso deber de decirle que ste es precisamente el caso en que usted se
encuentra. Como se puede ver, en este legajo consta perfectamente que
despus de vender su finca, bajo condiciones inesperadas, quedarn
todava usted y su hermana adeudando  los acreedores de su seor padre,
la suma de cuarenta y cinco mil francos.

Qued verdaderamente aterrado con esta noticia, que exceda  mis ms
avanzados clculos. Durante un minuto prest una atencin embrutecida al
ruido montono del pndulo en que fij mis ojos sin miradas.

--Ahora--continu el seor Laubepin, despus de un corto silencio,--ha
llegado el momento de decirle, seor marqus, que su seora madre, en
previsin de las eventualidades que por desgracia se realizan hoy, me
confi en depsito algunas alhajas cuyo valor se ha estimado en unos
cincuenta mil francos. Para impedir que esta corta cantidad, _su nico
recurso en adelante_, pase  manos de los acreedores de la
testamentara, podemos usar, yo lo creo as, del subterfugio legal que
voy  tener el honor de exponerle.

--Es enteramente intil, seor; me considero muy dichoso en poder, con
el auxilio de esa cantidad que no esperaba, saldar ntegramente las
deudas de mi padre, y le ruego le d esa inversin.

El seor Laubepin se inclin ligeramente.

--Sea--dijo,--pero me es imposible dejar de observar, seor marqus, que
una vez hecho este pago con el depsito que est en mi poder, no les
quedar por toda fortuna,  la seorita Elena y  usted, ms que cuatro
 cinco mil libras, las cuales, al inters actual, les darn una renta
de 225 francos. Sentado esto, same permitido, seor marqus,
preguntarle confidencial, amigable y respetuosamente, si ha arbitrado
usted algn medio de asegurar su existencia y la de su hermana y pupila,
y cules son sus proyectos.

--Yo no tengo ninguno, seor, se lo confieso; todos los que haba podido
formar, son inconciliables con el estado  que me veo reducido. Si yo
fuera solo en el mundo, me hara soldado; pero tengo  mi hermana; no
puedo tolerar la idea de ver  la pobre nia sometida al trabajo y
reducida  las privaciones. Ella vive dichosa en su convento; es
bastante joven para permanecer all algunos aos, yo aceptara de todo
corazn cualquier ocupacin que me permitiera, reducindome  la mayor
estrechez, ganar cada ao el precio de la pensin de mi hermana y
reunirle un dote para el porvenir.

El seor Laubepin me mir con fijeza.--Para alcanzar tan honorable
objeto--contestme--no debe usted pensar, seor marqus, en entrar, 
su edad, en la trillada carrera de la administracin pblica, y de las
funciones oficiales. Le convendra un empleo que le asegurase, desde
luego, cinco  seis mil francos anuales de renta. Debo decirle que en el
estado de nuestra organizacin social no basta estirar la mano para
alcanzar este _desideratum_ pero afortunadamente tengo que comunicarle
algunas proposiciones que le conciernen y cuya naturaleza puede
modificar desde ahora, y sin gran esfuerzo, su situacin.

--El seor Laubepin fij en m sus ojos con una atencin ms penetrante
que nunca y continu.

--En primer lugar, seor marqus, ser para usted el rgano de
comunicacin de un especulador hbil, rico  influyente; este personaje
ha concebido la idea de una empresa de consideracin, cuya naturaleza le
explicar en seguida y que fracasar si no le presta su concurso
particular la clase aristocrtica de este pas. l cree que si un nombre
antiguo  ilustre como el de usted, figurase en la lista de los miembros
fundadores de la empresa, llegara  ganarse simpatas en las clases del
pblico especial  quien el prospecto se dirige. En vista de esta
ventaja, le ofrece  usted, desde luego, lo que se llama comnmente una
prima, es decir, diez acciones  ttulo gratuito, cuyo valor estimado
desde este momento en diez mil francos, es verosmil que se triplicar
con el xito de la operacin. Adems...

--Basta, seor; semejantes ignominias no valen el trabajo que se toma al
formularlas.

Vi brillar repentinamente los ojos del anciano bajo sus espesas cejas
como si una chispa se hubiera desprendido de ellos. Una dbil sonrisa
despleg las rgidas arrugas de su rostro.

--Si la proposicin no le agrada seor Marqus--dijo tartajeando,-- m
tampoco me gusta;  pesar de todo, he credo de mi deber indicrsela. He
aqu otra que tal vez le agradar ms, y que de cierto es ms aceptable.
Entre mis ms antiguos clientes cuento, seor,  un honrado comerciante
retirado, poco ha, de los negocios, que vive holgadamente en compaa de
una hija nica,  la que adora como es natural, y que goza de una _aurea
mediocritas_ que avalo en veinticinco mil libras de renta. La
casualidad quiso, ahora tres das, que la hija de mi cliente tuviese
noticias de la situacin de usted: yo he credo ver, y aun he podido
asegurarme para decirlo todo, que la nia, que por otra parte es bonita
y est adornada de cualidades estimables, no vacilara un instante en
aceptar con la mano de usted, el ttulo de Marquesa de Champcey. El
padre consiente y yo no espero sino una palabra de usted, seor Marqus,
para decirle el nombre y domicilio de esta familia... interesante.

--Esto me determina completamente; maana mismo dejar un ttulo que en
mi situacin es irrisorio, y que parece adems exponerme  las ms
miserables empresas de la intriga. El apellido originario de mi familia
es Odiot; este solo es el que llevar en lo sucesivo. Sin embargo,
reconociendo toda la vivacidad del inters que ha podido inducirle 
usted  ser el intrprete de tan singulares proposiciones, le ruego
omita todas las que puedan tener un carcter anlogo.

--En ese caso, seor Marqus--respondi el seor Laubepin,--nada tengo
que decirle.

Al mismo tiempo, atacado de un acceso sbito de jovialidad, frotse, las
manos, produciendo un ruido como de pergaminos que se restregan. Luego
agreg rindose.--Es usted un hombre difcil de complacer, seor Mximo.
Ah, ah! muy difcil. Es asombroso que no haya notado antes la palpable
similitud que la Naturaleza se ha complacido en establecer entre la
fisonoma suya y la de su seora madre... Particularmente los ojos y la
sonrisa... pero no nos extraviemos, y puesto que no quiere usted deber
la subsistencia sino  un honorable trabajo, perdneme que le pregunte
cules son sus aptitudes y sus talentos.

--Mi educacin, seor, ha sido naturalmente la de un hombre destinado 
la riqueza y  la ociosidad. Sin embargo, he estudiado derecho, y tengo
el ttulo de abogado.

--Abogado! Ah, diablo!... usted abogado! Pero el ttulo no basta: en
la carrera del foro, es menester, ms que en ninguna otra, pagarse un
poco de su persona... y esto... veamos, se cree usted elocuente, seor
Marqus?

--Tan poco, seor, que me creo enteramente incapaz de improvisar dos
frases en pblico.

--Hum! no es eso precisamente  lo que puede llamarse vocacin para
orador; ser preciso dirigirse  otro lado, pero la materia exige ms
amplias reflexiones. Por otra parte, veo que est usted fatigado. Tome
los papeles que le suplico examine  su satisfaccin.

--Tengo el gusto de saludarle.

--Permtame que le alumbre. Perdn... debo esperar nuevas rdenes antes
de consagrar al pago de los acreedores el precio de los dijes y joyas
que tengo en mi poder?

--No, ciertamente. Espero, adems, que de lo que resta, se cobre usted
la justa remuneracin de sus buenos oficios.

Llegbamos  la meseta de la escalera: el seor Laubepin, cuyo cuerpo se
encorva un poco cuando camina, se enderez bruscamente.

--En lo que concierne  los acreedores, seor Marqus--me dijo--lo
obedecer con respeto. Por lo que  m concierne, he sido el amigo de su
seora madre, y suplico humilde y encarecidamente  su hijo, que me
trate como  un amigo.

Tend al anciano mi mano, que apret con fuerza y nos separamos.

Vuelto al pequeo cuarto, que ocupo bajo el techo de esta casa, que ya
no me pertenece, he querido probarme  m mismo que la certidumbre de mi
completa ruina no me sumerga en un abatimiento indigno de un hombre. Me
he puesto  escribir la relacin de este da decisivo de mi vida,
esmerndome en conservar la fraseologa exacta del viejo notario, y ese
lenguaje, mezcla de dureza y de cortesa, de desconfianza y
sensibilidad, que mientras que tena el alma traspasada de dolor, me ha
hecho sonreir ms de una vez.

He aqu, pues, la pobreza; no ya la pobreza oculta, orgullosa y potica
que mi imaginacin soportaba valientemente  travs de los grandes
bosques, de los desiertos y de las llanuras, sino la miseria positiva,
la necesidad, la dependencia, la humillacin, y algo peor todava: la
amarga pobreza del rico cado, la pobreza de frac negro que oculta sus
manos desnudas  los amigos que pasan.

--Vamos, hermano, valor.




Lunes, 27 de abril.


He esperado en vano durante cinco das, noticias del seor Laubepin,
confieso que contaba seriamente con el inters que haba parecido
manifestarme. Su experiencia, sus conocimientos prcticos, sus muchas
relaciones le proporcionaban los medios de serme til. Estaba pronto 
ejecutar bajo su direccin todas las diligencias necesarias; pero
abandonado  m mismo, no saba absolutamente hacia qu lado dirigir mis
pasos. Le crea uno de esos hombres que prometen poco y hacen mucho.
Temo haberme engaado. Esta maana me determin  ir  su casa con el
objeto de devolverle los documentos que me haba confiado y cuya triste
exactitud he podido comprobar. Me dijeron que el buen seor haba salido
 gozar de las dulzuras del campo, en no s qu castillo en el fondo de
la Bretaa. Estar an ausente por dos  tres das. Esto me ha
consternado. No senta solamente el pesar de encontrarme con la
indiferencia y el abandono, donde haba credo hallar la oficiosidad de
una verdadera amistad, senta an ms, la amargura de volverme como
haba venido, con la bolsa vaca. Contaba con pedir al seor Laubepin
algn dinero  cuenta, sobre los tres  cuatro mil francos que deben
quedarnos despus del pago ntegro de nuestras deudas, pues por ms que
me haga el anacoreta desde mi llegada  Pars, la suma insignificante
que haba podido reservar para m viaje, est agotada completamente, y
tan agotada que despus de haber hecho esta maana un verdadero almuerzo
de pastor, _castanoe molles et pressi copia lactis_, he tenido que
recurrir para comer,  una especie de pillera, cuyo melanclico
recuerdo quiero consignar aqu.

Cuanto menos se ha almorzado, ms se desea comer. Es este un axioma cuya
fuerza he sentido hoy en toda su extensin antes que el sol hubiese
terminado su carrera. Entre los paseantes que la pureza del cielo haba
trado  las Tulleras, hacia el medioda, y que contemplaban las
primeras sonrisas de la primavera juguetear sobre la faz de mrmol de
los silvanos, se notaba un hombre joven, de un porte irreprochable, que
pareca estudiar con extraordinaria solicitud el despertar de la
Naturaleza. No contento en devorar con la mirada la nueva verdura, se le
vea de vez en cuando arrancar furtivamente de sus tallos algunos nuevos
y apetitosos brotes, hojas no desarrolladas an, y llevarlas  sus
labios, con una curiosidad de botnico.

He podido asegurarme que este recurso alimenticio que me haba sido
indicado por la historia de los nufragos, tiene un valor muy mediocre.
Sin embargo, he enriquecido mi experiencia con algunas nociones tiles:
as s, para en adelante, que el follaje del castao es tan amargo  la
boca como al corazn; el rosal no es malo, el tilo es aceitoso y
bastante agradable y la lila picante y malsana segn creo.

Meditando sobre estos descubrimientos me dirig hacia el convento de
Elena. Al poner el pie en el locutorio, que encontr lleno como una
colmena, me sent ms aturdido que nunca por las tumultuosas
confidencias de las jvenes abejas. Elena lleg con los cabellos en
desorden, las mejillas inflamadas, los ojos colorados y chispeantes;
traa en la mano un pedazo de pan del largo de su brazo. Me abraz con
un aire preocupado:

--Y bien, hijita, qu es lo que tienes? T has llorado.

--No, Mximo, no tengo nada.

--Qu es lo que hay? Veamos...

Bajando la voz, me dijo:--oh, soy muy desgraciada, mi querido Mximo!

--Es verdad? Vaya, cuntame eso, comiendo tu pan.

--Oh! soy demasiado desgraciada para comer mi pan. Como t sabes
perfectamente, Luca Campbell es mi mejor amiga, pues bien; hemos reido
mortalmente.

--Oh, Dios mo!... pero permanece tranquila, chiquilla; ya se
arreglarn ustedes...

--Ah! Mximo, eso es imposible. Mira, han pasado cosas demasiado
graves. Al principio no fu nada; pero como sabes, una se altera y
pierde la cabeza. Figrate que jugbamos al volante, y Luca se equivoc
al contar sus puntos; yo tena seiscientos ochenta y ella seiscientos
quince solamente, y ha pretendido tener seiscientos setenta y cinco. Me
confesars que esto era demasiado fuerte. Yo sostuve mi cifra y por
supuesto, ella la suya. Y bien, seorita, le dije, consultemos  estas
seoritas; yo me someto  su fallo. No, seorita, me contest, estoy
segura de mi cuenta y es usted una mala jugadora. Y usted una mentirosa,
le respond. Est bien, la desprecio demasiado para contestarle, me
dijo. La hermana Sainte Flix, lleg afortunadamente en ese momento,
pues yo creo que iba  pegarle... He ah lo que ha pasado. Ya ves, es
imposible arreglarnos despus de esto. Imposible! eso sera una
cobarda. Entretanto, no puedo decirte cunto sufro, creo que no hay
sobre la tierra una persona ms desgraciada que yo.

--Ciertamente, hija ma, es difcil imaginarse una desgracia ms grande
que la tuya. Pero si he de decirte mi modo de pensar, t te la has
atrado en cierto modo, porque en esta querella tu boca ha pronunciado
la primer ofensa. Veamos, est en el locutorio tu Luca?

--S, mrala all en el rincn.--Y me mostr con un movimiento de cabeza
una nia pequea muy rubia, que tena como ella los ojos colorados, las
mejillas inflamadas, y que pareca hacer en aquellos momentos,  una
anciana muy atenta, el relato del drama que la hermana Sainte Flix
haba afortunadamente interrumpido. Al hablar con un fuego digno del
asunto, la seorita Campbell lanzaba de tiempo en tiempo una mirada
furtiva sobre Elena y sobre m.

--Mi querida nia--dije  mi hermana--tienes confianza en m?

--S, Mximo, tengo mucha confianza en ti.

--En ese caso, mira lo que vas  hacer; te acercas muy despacio, hasta
colocarte detrs de la silla de Luca; le tomas la cabeza traidoramente,
le estampas un beso en las mejillas, as, con fuerza, y luego vers lo
que ella hace  su turno.

Elena titube algunos segundos, luego parti  largos pasos, y cay como
un rayo sobre la seorita Campbell,  quien, sin embargo, caus la ms
agradable sorpresa; las dos nias infortunadas, reunidas en fin para
siempre, confundieron sus lgrimas en un tierno grupo, en tanto que la
vieja y respetable seora Campbell se sonaba, produciendo el ruido de
una gaita.

Elena volvi  donde yo estaba, radiante de alegra.

--Y bien, querida, espero que ahora comers tu pan.

--No, Mximo; he estado demasiado conmovida como ves, y, adems, es
menester decirte que hoy ha entrado una nueva discpula, que nos ha
regalado merengues y algunos otros dulces; de modo que no tengo hambre.
Me siento al mismo tiempo muy embarazada, porque he olvidado volver el
pan  la canasta, como debe hacerse, cuando no se tiene hambre, y tengo
miedo de ser castigada; pero al pasar por el patio voy  tratar de
arrojarlo por el respiradero del stano, sin que nadie me vea.

--Cmo, hermana ma--respond, sonrojndome ligeramente--vas  perder
ese gran pedazo de pan?

--S que no es bien hecho, porque hay muchos pobres que se
consideraran felices en poseerlo, no es verdad, Mximo?

--Los hay ciertamente, mi querida nia.

--Pero qu quieres que haga? Los pobres no entran aqu.

--Veamos, Elena, confame ese pan y se lo dar en tu nombre al primer
pobre que encuentre quieres?

--Cmo no he de querer, pues?

La hora de retirarse lleg; romp el pan en dos pedazos que hice
desaparecer vergonzosamente en los bolsillos de mi paletot.

--Querido Mximo--continu la nia,--hasta muy luego, no es verdad? T
me dirs si has encontrado algn pobre, si le has dado mi pan y si lo ha
hallado bueno.

--S, Elena, he hallado un pobre y le he dado tu pan, que ha llevado
como una presa  su bohardilla solitaria, y lo ha hallado bueno; pero
era un pobre sin valor, porque ha llorado mucho al devorar la limosna de
tus pequeas y queridas manos. Te contar esto, Elena, porque es bueno
que sepas que hay en la tierra sufrimientos ms serios que tus
sufrimientos de nia; todo te lo dir, excepto el nombre del pobre.




Martes, 28 de abril.


Esta maana  las nueve, llamaba yo  la puerta del seor Laubepin,
esperando vagamente que alguna casualidad hubiese acelerado su regreso,
pero me dijeron que no le esperaban hasta la maana siguiente; ocurrime
de pronto acudir  la seora Laubepin y participarle el apuro  que me
reduca la ausencia de su marido. Mientras vacilaba entre el pudor y la
necesidad, la vieja sirvienta, aterrada, al parecer, por la mirada
hambrienta que fij sobre ella, cort la cuestin, cerrando bruscamente
la puerta. Entonces, tom mi partido, resolvindome  ayunar hasta el
da siguiente.--Al fin, dije para m, un da de abstinencia no me ha de
causar la muerte; si en esta circunstancia soy culpable de un exceso de
orgullo, yo solo sufrir sus consecuencias, por consiguiente esto me
atae exclusivamente. Despus me dirig hacia la Sorbona, donde asist
sucesivamente  varios cursos; tratando de llenar  fuerza de goces
espirituales, el vaco que senta en lo material; mas lleg la hora en
que este recurso me falt y tambin empez  parecerme insuficiente.
Experimentaba, sobre todo, una fuerte irritacin nerviosa, que esperaba
calmar paseando.

El da estaba fro y nublado.

Cuando pasaba por el puente de los Santos Padres me detuve un instante
casi sin querer, pseme de codos sobre el parapeto, y contempl las
turbias aguas del ro precipitndose bajo los arcos. No s qu malditos
pensamientos asaltaron entonces mi debilitado y fatigado espritu: me
imagin de repente con los colores ms insoportables, el porvenir de
lucha continua, de dependencia y humillacin al que entraba lgubremente
por la puerta del hambre; sent un disgusto profundo, absoluto, y como
una imposibilidad de vivir. Al mismo tiempo una ola de clera salvaje y
brutal me subi al cerebro; sent como un deslumbramiento y echndome
sobre la balaustrada, vi toda la superficie del ro cubierta de chispas.

No dir, siguiendo el uso: Dios no lo quiso. No me gustan las frmulas
triviales. Me atrevo  decir: yo no lo quise, Dios nos ha hecho libres,
y si yo hubiera podido dudar de esta verdad hasta entonces, aquel
momento supremo en que el alma y el cuerpo, el valor y la cobarda, el
bien y el mal se entregaban en m tan patentemente  un combate mortal,
aquel momento, repito, habra disipado para siempre mis dudas.

Vuelto en m, no experiment, frente  frente de aquellas terribles
ondas, sino la tentacin muy inocente y bastante necia de apagar en
ellas la sed que me devoraba: despus reflexion que encontrara en mi
habitacin un agua mucho ms limpia: tom rpidamente el camino de mi
casa, forjndome una imagen deliciosa de los placeres que en ella me
esperaban. En mi triste situacin me admiraba, no poda darme cuenta de
cmo no haba pensado antes en este expediente vencedor.

En el bulevar me encontr repentinamente con Gastn de Vaux  quien no
haba visto haca dos aos. Detvose despus de un movimiento de duda,
me apret cordialmente la mano, me dijo dos palabras sobre mis viajes y
me dej en seguida. Despus, volviendo sobre sus pasos:

--Amigo mo--me dijo,--es preciso que me permitas asociarte  una buena
fortuna que he tenido en estos das. He puesto la mano sobre un tesoro;
he recibido un cargamento de cigarros que me cuestan dos francos cada
uno, pero no tienen precio. Toma uno; despus me dirs qu tales son.
Hasta la vista, querido.

Sub penosamente mis seis pisos y tom, temblando de emocin, mi
bienhechora garrafa, cuyo contenido beb poco  poco; despus encend el
cigarro de mi amigo, y mirme al espejo dirigindome una sonrisa
animadora.

En seguida volv  salir, convencido de que el movimiento fsico y las
distracciones de la calle me eran saludables. Al abrir mi puerta me
sorprend desagradablemente al ver en el estrecho corredor  la mujer
del conserje de la casa, que pareci demudarse por mi brusca aparicin.
Esta mujer haba estado en otro tiempo al servicio de mi madre, quien le
tom cario y le di al casarla la posicin lucrativa que hoy tiene.
Haba credo observar desde das antes, que me espiaba, y al
sorprenderla esta vez casi en flagrante delito, le pregunt:

--Qu quiere usted?

--Nada, seor Mximo, estaba preparando el gas--respondi muy turbada.

Me encog de hombros y sal.

El da declinaba. Pude pasearme en los lugares ms frecuentados sin
temer enojosos encuentros. Mi paseo dur dos  tres horas, horas
crueles. Hay algo de particularmente punzante al sentirse atacado, en
medio de toda la brillantez y abundancia de la vida civilizada, por el
azote de la vida salvaje: el hambre.

Esto raya en locura; es un tigre que salta al cuello en pleno bulevar.

Yo haca nuevas reflexiones. El hambre no es una palabra vana? Es
verdad, pues, que existe una enfermedad llamada as; es verdad que hay
criaturas humanas que sufren de ordinario y casi diariamente, lo que yo
sufro por casualidad la primera vez en mi vida? Y cuntos de estos
seres tendrn por aadidura algunos otros sufrimientos que  m no me
abruman? La nica persona que me interesa en el mundo, est al abrigo de
los males que yo sufro, la veo dichosa, sonrosada y risuea. Pero los
que no sufren solos, los que oyen el grito desgarrador de sus entraas
repetido por labios amados y suplicantes, los que son esperados en una
fra buhardilla por sus mujeres macilentas, y sus hijuelos taciturnos.
Pobres gentes!... Oh, santa caridad!

Estos pensamientos me quitaban el valor de quejarme y me han
proporcionado el de sostener la prueba hasta el fin. Poda en efecto
abreviarla. Hay aqu dos  tres restaurants en que me conocen y donde,
cuando era rico, he entrado sin escrpulo, aunque hubiese olvidado mi
bolsa. Ahora poda hacer lo mismo. Tampoco me era difcil encontrar en
Pars, quien me prestara cien sueldos; pero estos expedientes que
huelen a miseria y truhanera, me repugnaron decididamente.

Para los pobres, esta pendiente es resbaladiza y no quiero an poner en
ella el pie.

Para m sera lo mismo perder la probidad que perder la delicadeza, que
es la distincin de esta virtud vulgar. As es que he observado
repetidas veces, con qu terrible facilidad se desflora y degrada este
sentimiento exquisito de la honradez en las almas mejor dotadas, no
solamente al soplo de la miseria, sino al simple contacto de la escasez,
y debo velar sobre m con severidad, para rechazar en adelante como
sospechosas las capitulaciones de conciencia que parecen ms inocentes.

En la adversidad, es menester no habituar el alma  la dejadez;
demasiada inclinacin tiene  plegarse.

La fatiga y el fro me hicieron volver como  las nueve.

La puerta de la casa estaba abierta: suba la escalera con paso de
fantasma, cuando o en el cuarto del conserje, el murmullo de una
agitada conversacin, que al parecer versaba sobre m, pues en ese
momento el tirano de la casa pronunciaba mi nombre en tono
despreciativo.

--Hazme el gusto, seora Vauberger--deca,--de dejarme tranquilo con tu
Mximo; lo he arruinado yo acaso? Y bien,  qu vienen esas
cantinelas? Si se mata, lo enterrarn... y se acab.

--Te digo, Vauberger--replic la mujer,--que si lo hubieras visto vaciar
su garrafa, se te hubiera partido el corazn... Y mira, si yo creyera
que piensas lo que dices, cuando exclamas con la negligencia de un
cmico si se mata lo enterrarn... Pero no lo puedo creer, porque en
el fondo eres un hombre, aunque no te gusta ser perturbado en tus
hbitos... Piensa, pues, Vauberger... no tener fuego ni pan!... Un
muchacho que ha sido alimentado con tan buenos manjares y criado entre
pieles como un prncipe. No es esto una vergenza, una indignidad, y no
es un bribn el gobierno que permite semejantes cosas?

--Pero eso nada tiene que ver con el gobierno--respondi Vauberger, con
bastante razn...--Y adems, t te engaas, te lo aseguro... no es como
lo crees, no le puede faltar pan, eso es imposible!

--Pues bien, Vauberger, voy  decrtelo todo, lo he seguido, lo he
espiado, y luego lo he hecho espiar por Eduardo: y bien! estoy segura
que no ha almorzado esta maana, y como he registrado todos sus
bolsillos y cajones y no le queda en ellos un cntimo, estoy muy cierta
que no habr an comido, pues es demasiado orgulloso para mendigar...

--Tanto peor para l! Cuando uno es pobre, es necesario no ser
orgulloso--dijo el honorable conserje, que me pareci expresar en esta
circunstancia, los sentimientos de un portero.

Tena bstanle con este dilogo, y lo termin bruscamente abriendo la
puerta del cuarto y pidiendo una luz  Vauberger, que creo no se hubiera
consternado ms si le hubiera pedido su cabeza. A pesar del deseo que
tena de mostrar firmeza  estas gentes, me fu imposible no tropezar
una  dos veces en la escalera: la cabeza me vacilaba. Al entrar en mi
cuarto, ordinariamente helado, tuve la sorpresa de hallar en l, una
temperatura tibia, sostenida suavemente por un fuego claro y alegre. No
tuve el rigorismo de apagarlo; bendije los buenos corazones que hay en
el mundo, me extend luego en un viejo sof de terciopelo de Utrecht, 
quien los reveses de la fortuna han hecho pasar como  m, del piso bajo
 la buhardilla, y trat de dormitar.

Me hallaba haca media hora, sumergido en una especie de
entorpecimiento, cuya somnolencia uniforme me presentaba la ilusin de
suntuosos festines y campestres fiestas, cuando el ruido de la puerta
que se abra, me despert sobresaltado. Cre soar an, viendo entrar 
la seora Vauberger con una gran bandeja sobre la que humeaban dos 
tres odorferos platos. Habala ya depuesto sobre el pavimento y
comenzado  extender su mantel sobre la mesa, antes que hubiese sacudido
enteramente mi letargo. Por fin me levant bruscamente.

--Qu es esto?--dije.--Qu es lo que hace usted?

La seora Vauberger fingi una viva sorpresa.

--No haba pedido comida, el seor?

--No.

--Eduardo me dijo que...

--Eduardo se ha engaado. Ser el inquilino de al lado.

--Pero si no hay inquilino al lado... No comprendo...

--En fin, no es para m... Qu significa esto? Me fastidia usted;
llvese eso.

La pobre mujer se puso  plegar tristemente su mantel, dirigindome las
miradas desconsoladas de un perro  quien se ha castigado.

--El seor ha comido probablemente?--volvi  decir con voz tmida.

--Probablemente.

--Es una desgracia, porque la comida est pronta, va  perderse y el
pobre muchacho ser reprendido por su padre. Si el seor no hubiera
comido por casualidad, me hara un servicio...

Di un golpe violento con el pie.

--Mrchese, le he dicho.

Cuando sala me acerqu  ella.

--Mi buena Luisa--le dije,--la comprendo y le doy las gracias: pero esta
noche sufro bastante y no tengo hambre.

--Ah! seor Mximo--exclam llorando--si supiera usted lo que me
mortifica... pues bien, me pagar despus mi comida, si quiere, me
pondr el dinero en la mano, cuando lo tenga... pero puede usted estar
seguro, que aun cuando me diese cien mil francos, no me proporcionara
usted tanto placer, como si lo viera aceptar mi pobre comida. Me hara
usted una soberbia limosna. Usted que tiene talento, seor, debe
comprender bien todo esto. Entretanto...

--Bueno! mi querida Luisa... qu quiere usted... no puedo darle cien
mil francos... pero tomar su comida... Me dejar solo, no es as?

--S, seor Mximo. Ah! gracias, seor. Le doy muchas gracias. Tiene
usted buen corazn!

--Y buen apetito, tambin, Luisa. Deme su mano... no es para poner en
ella dinero, est tranquila... Ahora... hasta la vista.

La excelente mujer sali sollozando.

Acababa de escribir estas lneas despus de haber hecho los honores  la
comida de Luisa, cuando o en la escalera el ruido de un paso pesado y
grave: al mismo tiempo cre distinguir la voz de mi humilde providencia,
expresndose en el tono de una confidencia tumultuosa y agitada. Pocos
instantes despus llamaron  mi puerta, y mientras Luisa se perda en la
sombra, vi aparecer el solemne perfil del viejo notario. El seor
Laubepin arroj una rpida mirada sobre la bandeja donde yo haba
reunido los restos de la comida; luego avanzando hacia m y abrindome
los brazos en seal de confusin y de reproche  la vez:

--Seor Marqus--dijo,--en nombre del Cielo, cmo no me ha...?

Interrumpindose, se pase  largos pasos  travs del cuarto y
detenindose de pronto.

--Joven--continu,--esto no est bien hecho; ha herido  un amigo y
hecho sonrojar  un viejo.

Estaba muy conmovido. Yo lo mir tambin con emocin no sabiendo qu
responderle, cuando me atrajo bruscamente contra su pecho, y me oprimi
hasta sofocarme, murmurndome al odo:

--Pobre nio!

Hubo un momento de silencio. Nos sentamos.

--Mximo--dijo entonces el seor Laubepin--est usted siempre en las
disposiciones en que lo dej? Tendr usted valor para aceptar el
trabajo ms humilde, el empleo ms modesto, con tal que sea honorable, y
que asegurando su existencia personal, aleje de su hermana, en lo
presente y en lo porvenir, los dolores y peligros de la pobreza?

--Ciertamente, seor, ese es mi deber y estoy pronto  cumplirlo.

--En ese caso, amigo mo, esccheme. Acabo de llegar de la Bretaa;
existe en esta antigua provincia una opulenta familia llamada Laroque,
la cual me honra con su entera confianza hace muchos aos. Esta familia
es representada hoy por un anciano y dos mujeres,  quienes su edad y
carcter hacen igualmente inhbiles para los negocios. Los Laroque
poseen una fortuna territorial considerable, cuya administracin estaba
confiada en estos ltimos tiempos,  un intendente que yo me tomaba la
libertad de mirar como un bribn. Al da siguiente de nuestra
entrevista, Mximo, recib la noticia de la muerte de este individuo:
me puse en camino inmediatamente para el castillo de Laroque y he pedido
para usted el empleo vacante. He hecho valer su ttulo de abogado y ms
particularmente sus cualidades morales. Conformndome con su deseo, no
he hablado nada sobre su nacimiento: no es usted, ni ser conocido en la
casa, sino bajo el nombre de Mximo Odiot. Habitar usted un pabelln
separado, donde se le servir la comida, cuando no le sea agradable
figurar en la mesa de la familia. Sus honorarios estn fijados en seis
mil francos por ao. Le conviene?

--Me conviene grandemente y todas las precauciones y delicadezas de su
amistad me conmueven vivamente; pero, para decirle la verdad, temo ser
un hombre de negocios muy poco entendido, algo novicio.

--Pierda cuidado sobre ese punto, amigo mo. Mis escrpulos se han
anticipado  los suyos y no he ocultado nada  los interesados.
Seora--dije  mi excelente amiga la seora de Laroque,--tiene usted
necesidad de un intendente, de un gerente para su fortuna: yo le ofrezco
uno. Est lejos de tener la habilidad de su predecesor; no est versado
absolutamente en los misterios de los arrendamientos y contratos de
tierras: no conoce la primera palabra de los negocios que va usted 
dignarse confiarle; no tiene conocimientos especiales, ni prctica, ni
experiencia, ni nada de lo que se necesita; pero tiene algo, que faltaba
 su predecesor, que cincuenta aos de prctica no haban podido darle,
y que diez mil aos ms no le habran dado tampoco; tiene probidad,
seora. Lo he visto en el fuego y respondo de l. Tmelo, y tendr usted
mi reconocimiento y el suyo. La seora de Laroque se ri mucho de mi
manera de recomendar  las gentes, pero finalmente parece que era buena,
puesto que tuvo xito.

El digno anciano se ofreci entonces  darme algunas nociones
elementales y generales sobre la especie de administracin de que iba 
ser encargado y agregar  propsito de los intereses de la familia
Laroque, algunas noticias que se ha tomado el trabajo de recoger y
redactar para m.

--Y cundo debo partir, mi querido seor?

--A decir verdad, mi querido nio (ya no se trataba del seor Marqus),
cuanto ms pronto, ser mejor; porque aquellas gentes no son capaces de
hacer por s mismas una carta de pago. Mi excelente amiga la seora de
Laroque en particular, mujer recomendable por diversos ttulos, es en
punto  negocios, de una incuria, una ineptitud y niera, que
sobrepasa lo imaginable. Es una criolla!

--Ah! es una criolla--repet con vivacidad.

--S, joven, una vieja criolla--respondi secamente el seor
Laubepin.--Su marido era bretn; pero estos detalles vendrn  su
tiempo... Hasta maana, Mximo, valor!... Ah! olvidaba... El jueves
por la maana antes de mi partida hice una cosa que no le ser
desagradable. Tena usted entre sus acreedores algunos bribones, cuyas
relaciones con su padre haban sido contaminadas de usura: armado de los
rayos legales, he reducido sus crditos  la mitad, y obtenido el saldo
total, quedndole  usted en definitiva un capital de veinte mil
francos. Agregando  esta reserva las economas que podr usted hacer
cada ao, sobre sus honorarios, tendremos en diez aos, una linda dote
para Elena... Venga  almorzar maana con el maestro Laubepin y
acabaremos de arreglar todo esto... Buenas noches, Mximo, buenas
noches, mi querido hijo!

--Que Dios le bendiga, seor!




Castillo de Laroque (d'Arz), mayo, 1.


Ayer dej  Pars.

Mi ltima entrevista con el seor Laubepin fu penosa: he consagrado 
este anciano los sentimientos de un hijo. En seguida, fu preciso decir
adis  Elena. Para hacerla comprender la necesidad en que me hallo de
aceptar un empleo, fu indispensable dejarle entrever una parte de la
verdad. Habl de dificultades pasajeras de fortuna. La pobre nia
comprendi, segn creo, ms de lo que yo le deca: sus grandes ojos
asombrados se llenaron de lgrimas y me salt al cuello.

Part.

El ferrocarril me condujo  Rennes, donde pas la noche. Esta maana
mont en una diligencia que deba dejarme, cinco  seis horas despus,
en la pequea ciudad de Morbihan, situada  poca distancia del castillo
de Laroque.

Anduve una diez leguas ms all de Rennes sin llegar  darme cuenta de
la reputacin pintoresca de que goza en el mundo, la vieja Armrica. Un
pas llano, verde y montono. Eternos manzanos en eternas praderas,
zanjas y lomas pobladas de arboledas, limitando la vista por ambos
lados del camino; cuando ms algunos pequeos recodos de gracia
campestre, todo me haca pensar desde la vspera que la potica Bretaa
no era sino una hermana pretenciosa de la Baja Normanda. Cansado ya de
decepciones y de manzanos, haba dejado haca una hora de prestar la
menor atencin al paisaje, y dormitaba tristemente, cuando de pronto me
pareci apercibir que nuestro pesado carruaje se inclinaba hacia
adelante ms de lo natural; al mismo tiempo, el andar de los caballos
aflojaba sensiblemente y un ruido de hierros viejos, acompaado de un
rozamiento particular, me anunciaba, que el ltimo de los conductores
acababa de aplicar la ltima arrastradera  la rueda de la ltima
diligencia. Una seora vieja que estaba cerca de m, me tom el brazo
con esa viva simpata que hace nacer la comunidad del peligro.

Saqu la cabeza por la portezuela: descendamos entre dos pendientes
elevadas, una cuesta enteramente empinada, concepcin de un ingeniero
demasiado partidario de la lnea recta, y medio deslizndonos, medio
rodando, no tardamos en llegar  un estrecho valle de aspecto siniestro,
en cuyo fondo un miserable arroyo corra penosamente y sin ruido, entre
espesos caaverales; sobre sus orillas derrumbadas se vean algunos
troncos cubiertos de musgo. El camino atravesaba este ro por un puente
de un solo arco; luego remontaba la pendiente opuesta trazando un surco
blanco  travs de un arenal inmenso, rido y absolutamente desnudo,
cuya cima cortaba el cielo sensiblemente  nuestro frente. Cerca del
puente, en el borde del camino se levantaba un casucho solitario, cuyo
aire de profundo abandono, oprima el corazn.

Un hombre joven y robusto, parta lea delante de la puerta: un cordn
negro retena por detrs sus largos cabellos de un rubio plido. Levant
la cabeza y me sorprendi el carcter extrao de sus facciones y la
mirada tranquila de sus ojos azules: me salud en una lengua
desconocida, con un acento breve, dulce y salvaje. En la ventana de la
cabaa estaba una mujer hilando: su peinado y el corte de sus vestidos
reproducan con una exactitud teatral, la imagen de esas heladas
castellanas de piedra que vemos acostadas encima de los sepulcros.

Aquellas gentes no eran de aspecto vulgar: tenan en el ms alto grado
esa apariencia fcil, graciosa y grave, que llamamos aire distinguido.
Su fisonoma participa de la expresin triste y pensativa, que muchas
veces he notado con emocin, en los pueblos que han perdido su
nacionalidad.

Habame apeado para subir la cuesta.

El arenal que se confunda con el camino, se extenda  mi alrededor
hasta perderse de vista; por todas partes pobres aliagas; que se
arrastraban sobre una tierra negra; aqu y all, despeaderos, grutas,
senderos abandonados y algunos peascos asomando apenas sobre el suelo,
pero ni un solo rbol.

Cuando llegu  la meseta, vi  mi derecha la lnea sombra del arenal,
cortar en lontananza una faja de horizonte ms lejana an, ligeramente
ondeada, azul como la mar, inundada de sol, y que pareca abrir en medio
de aquel paraje desolado la repentina perspectiva de alguna regin
radiante y pintoresca: era en fin la Bretaa.

Alquil un calesn en la pequea ciudad de... para salvar las dos leguas
que me faltaban an para terminar mi viaje.

Durante la travesa, que no fu de las ms rpidas, recuerdo
confusamente haber visto pasar ante mis ojos, bosques, claros, lagos y
oasis de frescura, ocultos entre los valles; pero al aproximarme al
castillo de Laroque, me sent asaltado por mil pensamientos penosos que
dejaban poco lugar  las preocupaciones del turista. Unos instantes
ms,  iba  entrar en una familia desconocida, bajo una especie de
domesticidad mal disfrazada, con un ttulo que me aseguraba apenas los
miramientos y el respeto de los criados; esto era nuevo para m. En el
momento mismo, en que el seor Laubepin me propuso este empleo, todos
mis instintos, todos mis hbitos se sublevaron violentamente contra el
carcter de dependencia particular, inherente  tales funciones. Haba
credo, sin embargo, que era imposible rechazar el empleo sin esquivar,
al parecer, las solcitas diligencias del anciano en mi favor. Adems no
poda esperar, sino despus de muchos aos, obtener en funciones ms
independientes, las ventajas que se me ofrecan desde luego, y que me
permitiran trabajar en seguida en el porvenir de mi hermana. Consegu,
pues, vencer mis repugnancias, pero haban sido tan vivas, que se
despertaban con ms fuerza en presencia de la inminente realidad. Tuve
necesidad de releer en el cdigo que todo hombre lleva dentro de s
mismo, los captulos del deber y del sacrificio; al mismo tiempo me
repeta que no hay situacin por humilde que sea, en la cual no pueda
sostenerse y aun acrisolarse la dignidad personal. Despus me trac un
plan de conducta para con los miembros de la familia Laroque,
prometindome atestiguarles un celo concienzudo por sus intereses, y
una justa deferencia hacia sus personas, igualmente distantes del
servilismo y de la altivez. Pero no poda disimularme que esta ltima
parte de mi tarea, la ms delicada sin duda, deba simplificarse 
complicarse singularmente, por la naturaleza especial de la ndole y de
los caracteres con quienes iba  estar en contacto. Adems el seor
Laubepin, aunque reconociendo todo lo que mi solicitud tena de legtimo
respecto al artculo personal, se haba mostrado obstinadamente parco de
informes y detalles  este respecto. No obstante, al partir me haba
entregado una nota confidencial recomendndome la quemara luego que me
hubiera servido de ella.

Saqu esta nota de mi cartera y me puse  estudiar sus trminos que
reproduzco aqu exactamente.

_Castillo de Laroque d'Arz_

ESTADO DE LAS PERSONAS QUE HABITAN DICHO CASTILLO

1. Seor Laroque (Luis Augusto), octogenario, jefe actual de la
milicia, fuente principal de la riqueza, antiguo marino, clebre bajo el
primer imperio, en calidad de corsario autorizado; parece que se
enriqueci en el mar por empresas legales de diversa naturaleza: vivi
muchos aos en las colonias. Oriundo de la Bretaa volvi  ella har
como treinta aos, en compaa del difunto Pedro Antonio Laroque, su
hijo nico, esposo de la

2. Seora Laroque (Clara Josefina), nuera del ya nombrado; criolla de
origen, edad cuarenta aos; carcter indolente, espritu caprichoso,
algo manitica, buen fondo.

3. La seorita Laroque (Luisa Margarita), nieta, hija y presunta
heredera de los anteriores, edad veinte aos, criolla y bretona, algo
quimrica, bella alma!

4. Seora Aubry, viuda del seor Aubry, cambista, fallecido en Blgica,
prima en segundo grado, recogida en la casa, ndole agria.

5. La seorita Helouin (Gabriela Carolina), veintisis aos,
exinstitutriz, hoy doncella, talento cultivado, carcter dudoso.

--Quemad.

A pesar de la reserva que caracterizaba este documento, no me ha sido
intil; conoc que se iban disipando con el horror de lo desconocido,
parte de mis aprensiones. Por otro lado, si haba como lo pretenda el
seor Laubepin, dos almas cndidas en el castillo de Laroque, era
seguramente ms de lo que haba derecho  esperar, sobre una proporcin
de cinco habitantes. Despus de dos horas de marcha, el cochero se
detuvo delante de una puerta de reja, flanqueada por dos pabellones que
sirven de alojamiento al conserje. Dej all la parte pesada del
equipaje y me encamin hacia el castillo, llevando en una mano mi saco
de noche, y decapitando con la caa que llevaba en la otra, las
margaritas que brotaban en el cesped. Despus de haber marchado algunos
centenares de pasos entre dos filas de enormes castaos, me hall en un
vasto jardn de disposicin circular, que ms lejos pareca
transformarse en parque;  derecha  izquierda profundas perspectivas
abiertas entre espesuras compactas y ya verdeando, brazos de agua
deslizndose bajo los rboles, y blancas barcas guardadas bajo techos
rsticos. Frente  m, se eleva el castillo, construccin considerable
del gusto elegante y semiitaliano de los primeros aos de Luis XIII.
Est precedido por un terrapln que forma, al pie de una gradera, y
bajo las altas ventanas de la fachada, una especie de jardn particular,
al que se sube por muchos escalones anchos y bajos. El aspecto alegre y
fastuoso de esta morada me caus una verdadera contrariedad que no
disminuy, cuando, al aproximarme al terrapln, o un ruido de voces
jvenes y alegres que se destacaba sobre los rumores ms lejanos de un
piano. Entraba decididamente en una casa de recreo, muy diferente del
viejo y severo torren que me haba figurado. Sin embargo, ya no era
tiempo de reflexiones: sub ligeramente las gradas y me hall de pronto
con una escena que, en cualquiera otra circunstancia, hubiera juzgado
bastante agradable. Sobre uno de los cuadros de csped del jardn, una
media docena de jvenes, enlazadas de dos en dos, rean con estrpito,
bailando alegremente al sol, mientras que un piano hbilmente tocado,
les enviaba,  travs de una ventana abierta, los compases de un
impetuoso vals. Apenas tuve tiempo de entrever las fisonomas animadas
de las bailarinas; los cabellos sueltos, los anchos sombreros flotando
sobre sus espaldas: mi brusca aparicin fu saludada por un grito
general, seguido sbitamente de un silencio profundo; la danza ces, y
toda la banda, formada en batalla, esper gravemente la pasada del
extranjero, que se detuvo algo confundido. Aunque mi pensamiento no se
preocupa desde hace algn tiempo de las pretensiones mundanas, confieso
que en aquel momento habra tirado de buena gana, mi saco de noche. Fu
menester determinarme, y cuando avanzaba, con el sombrero en la mano
hacia la doble escalera que da acceso al vestbulo del castillo, el
piano se interrumpi de pronto.

Vi presentarse luego en la ventana abierta un enorme perro de Terranova,
que puso sobre la barra de apoyo su hocico leonino entre sus dos
velludas patas: un instante despus apareci una joven de elevada
estatura y seria fisonoma, cuyo rostro, un poco bronceado, estaba
rodeado de una masa espesa de cabellos negros y lustrosos. Sus ojos, que
me parecieron de dimensiones extraordinarias, interrogaron con una
curiosidad indolente la escena que tena lugar en el terrado.

--Y bien qu es lo que hay?--dijo con una voz tranquila.--Le dirig
entonces una profunda inclinacin, y maldiciendo una vez ms mi saco de
noche, que diverta visiblemente  aquellas nias, me apresur  subir
las gradas de la escalera.

Un criado de cabellos grises vestido de negro, que hall en el
vestbulo, tom mi nombre: fu introducido algunos minutos despus en un
vasto saln colgado de amarillo, donde reconoc desde luego  la joven
que acababa de ver en la ventana, y que seguramente era de una extrema
belleza. Cerca de la chimenea, que era un verdadero horno, una seora de
mediana edad y cuyas facciones acusaban fuertemente el tipo criollo, se
hallaba sepultada en un gran sof lleno de plumazones, cojines y
almohadillas de todos tamaos. Un trpode de forma antigua, encima del
cual haba un brasero encendido, estaba colocado  su alcance, y
aproximaba  l por intervalos sus manos plidas y flacas. Al lado de la
seora Laroque estaba sentada una seora que teja: en su semblante
triste y poco gracioso, no pude desconocer  la prima en segundo grado,
viuda del agente de cambio, fallecido en Blgica.

La primera mirada que arroj sobre m la seora Laroque parecime llena
de una sorpresa que rayaba en estupor. Me hizo repetir mi nombre.

--Perdneme... seor...

--Odiot, seora...

--Mximo Odiot, el intendente que el seor Laubepin...?

--S, seora.

--Est usted bien seguro?

--Cmo no, seora! perfectamente--respond sin poder contener una
sonrisa.

Arroj una rpida mirada sobre la viuda del agente de cambio, y luego
sobre la nia de severa frente, como para decirles:--Comprenden ustedes
esto?--Agitse ligeramente entre sus almohadones y continu:

--En fin, tenga la bondad de sentarse, seor Odiot. Le agradezco
infinito, seor, el que quiera consagrarnos su talento. Le aseguro que
necesitamos mucho de su ayuda, porque, no puede negarse, tenemos la
desgracia de ser muy ricas... Reparando que  estas palabras, la prima
en segundo grado, encoga los hombros:

--S, mi querida seora Aubry;--prosigui la seora de Laroque--sostengo
lo que he dicho. Dios ha querido probarme al hacerme rica. Yo haba
nacido positivamente para la pobreza, para las privaciones, para la
abnegacin y el sacrificio, pero he sido contrariada. Por ejemplo,  m
no me habra disgustado un marido enfermo. Pues bien! el seor Laroque
era un hombre de excelente salud. Vea usted ah, cmo mi destino ha sido
y ser siempre contrariado desde el principio hasta el fin...

--No diga usted eso--dijo secamente la seora Aubry.--Muy bien le ira
con la pobreza  usted, que no se escasea ninguna dulzura, ningn
refinamiento.

--Permtame, querida seora--respondi la seora de Laroque;--yo no
aprecio en modo alguno los sacrificios estriles. El que yo me condenara
 las privaciones ms duras  qu   quin aprovechara? Porque yo me
helara desde la maana hasta la noche, sera usted ms dichosa?

La seora Aubry di  entender con un gesto expresivo que no sera ms
dichosa por eso, pero que consideraba el lenguaje de la seora de
Laroque como prodigiosamente afectado y ridculo.

--En fin--continu sta,--dicha  desgracia; poco importa. Somos, pues,
muy ricas, seor Odiot, y por poco caso que haga yo de esta fortuna, mi
deber es conservarla para mi hija, aunque la pobre nia no se cuide de
ella ms que yo. No es as, Margarita?

A esta pregunta, una dbil sonrisa entreabri los labios desdeosos de
la seorita Margarita, y el arco prolongado de sus cejas se extendi
ligeramente, despus de lo cual, aquella fisonoma grave y soberbia
volvi de nuevo  su reposo.

--Seor--continu la seora de Laroque,--se le va  mostrar la
habitacin que le hemos destinado, ajustndonos al formal deseo del
seor Laubepin; pero antes permtame que le conduzca  la habitacin de
mi suegro, que tendr placer en conocerle. Quiere usted llamar, prima?
Espero, seor Odiot, que nos har usted el placer de comer hoy con
nosotros. Adis, seor, hasta muy luego.

Fu confiado  los cuidados de un criado, que me suplic esperara en la
pieza contigua  aqulla de que sala, mientras tomaba rdenes del seor
Laroque. Se haba dejado la puerta del saln entreabierta y me fu
inevitable oir estas palabras pronunciadas por el seor Laroque con el
tono de bondad, aunque un poco irnico que le es habitual:

--Vaya, vaya! no se puede comprender  Laubepin, que me anuncia un
muchacho de cierta edad, muy sencillo, muy juicioso, y que me enva un
seor como ste!

La seorita Margarita murmur algunas palabras, que no pude oir, con
vivo pesar mo, lo confieso, y  las que su madre respondi:

--No te digo lo contrario, hija; pero no por eso es menos ridculo de
parte del seor Laubepin. Cmo quieres que un seor como ste vaya 
correr con zuecos? Mira, Margarita, si le acompaaras  la habitacin de
tu abuelo...

La seorita Margarita entr casi en el momento  la pieza en me hallaba.
Cuando me vi en ella, pareci poco satisfecha.

--Perdn, seorita; pero el criado me dijo lo esperara aqu.

--Tenga la bondad de seguirme, seor.

La segu. Me hizo subir una escalera, atravesar muchos corredores, y me
introdujo por fin en una especie de galera donde me dej.

Pseme entonces  examinar algunos cuadros suspendidos en el muro. Estas
pinturas eran en su mayor parte muy mediocres, consagradas  la gloria
del antiguo corsario del imperio. Haba muchos combates de mar, un poco
ahumados, en los que era evidente sin embargo, que el pequeo brik
_L'Aimable_, capitn Laroque, veintisis caones, causaba  John Bull
los ms sensibles disgustos. Luego venan algunos retratos de pie, del
capitn Laroque, que naturalmente atrajeron mi especial atencin.
Representaban todos, salvo ligeras variaciones, un hombre de talla
gigantesca, llevando una especie de uniforme republicano, con grandes
solapas, cabellos  lo Kleber, y arrojando hacia adelante una mirada
enrgica, ardiente y sombra; en resumen, una especie de hombre, que no
tena nada de agradable. Cuando estudiaba esta gran figura, que realzaba
maravillosamente la idea que se tiene en general de un corsario, y aun
de un pirata, la seorita Margarita me suplic que entrara. Hallme
entonces frente  un viejo flaco y decrpito, cuyos ojos conservaban
apenas una chispa vital, y que para acogerme, toc con mano temblorosa
el bonete de seda negra que cubra su crneo luciente como el marfil.

--Abuelo--dijo la seorita Margarita levantando la voz;--es el seor
Odiot.

El pobre viejo corsario se levant un poco de su silln, mirndome con
una expresin apagada  indecisa. Me sent  un signo de la seorita
Margarita, que repiti:--El seor Odiot, el nuevo intendente, abuelo.

--Ah! buen da, seor--murmur el anciano.

Sigui una pausa del ms obligado silencio. El capitn Laroque, con el
cuerpo encorvado y la cabeza pendiente, continuaba fijando sobre m su
incierta mirada. En fin, pareciendo hallar de pronto un asunto de
conversacin de un inters capital, me dijo con voz sorda y profunda:

--El seor de Beauchne ha muerto.

No hall respuesta alguna  esta comunicacin inesperada: ignoraba
absolutamente quin pudiese ser el seor de Beauchne, y no tomndose la
seorita Margarita la molestia de decrmelo, me limit  atestiguar, por
una dbil exclamacin de psame, la parte que tomaba en este desgraciado
suceso. Pero aparentemente esto no era bastante para lo que deseaba el
viejo capitn, porque agreg un momento despus con el mismo tono
lgubre:--el seor de Beauchne ha muerto!

Mi asombro se acrecent ante esta instancia. Vea el pie de la seorita
Margarita golpear el pavimento con impaciencia: me desesper y tomando
al azar la primera frase que me vino al pensamiento:

--Y de qu ha muerto?--dije.

No haba terminado an esta pregunta, cuando una mirada colrica de la
seorita Margarita me adverta que me haca sospechoso de no s qu
irreverencia burlona. Aun cuando no me sintiese realmente culpable sino
de una necia torpeza, me apresur  dar  la conversacin un giro ms
agradable. Habl de los cuadros de la galera, de las grandes emociones
que deban recordar al capitn y del inters respetuoso que senta al
contemplar al hroe de aquellas gloriosas pginas. Entr tambin en
detalles y cit, con cierto calor, dos  tres combates en que el brik
_L'Aimable_ me haba parecido realizar verdaderos prodigios.

En tanto que daba yo prueba de esta cortesa de buen gusto, la seorita
Margarita, con mi mayor sorpresa, continuaba mirndome con un
descontento y despecho manifiestos. Su abuelo entretanto me prestaba
odo atento; vea levantarse poco  poco su cabeza. Una extraa sonrisa
iluminaba su fisonoma descarnada y pareca borrarle las arrugas. De
pronto, tomando con sus dos manos los brazos de su silln, se enderez
tan alto como era; una llama guerrera brot de sus profundas rbitas y
exclam con una voz sonora que me hizo extremecer:

--Barra al viento, todo al viento! Fuego  babor! Atraca, atraca;
arrojad los ganchos! Con vigor! Ya lo tenemos! Fuego all arriba! Un
buen escobajo! Limpiad el puente! A m ahora! juntos! Sus! al
ingls, al sajn maldito! hurra!

Arrojando este ltimo grito, que agoniz en su garganta, el anciano,
intilmente sostenido por las manos piadosas de su nieta, cay como
aniquilado en su silln. A un signo imperioso de la seorita Laroque,
sal. Hall el camino como pude  travs del ddalo de corredores y de
escaleras, lamentndome vivamente de lo inoportuno que haba estado en
mi entrevista con el viejo capitn de _L'Aimable_.

El criado de cabellos grises que me recibi  la llegada, y que se llama
Alain, me esperaba en el vestbulo para decirme de parte de la seora
Laroque que no tena tiempo de pasar  mi alojamiento antes de comer, y
que me hallaba bien como estaba.

En el momento mismo en que entraba al saln, una sociedad de unas veinte
personas sala para el comedor con las ceremonias usuales. Era la vez
primera desde mi cambio de condicin que me hallaba mezclado en una
reunin mundana. Habituado en otro tiempo  las pequeas distinciones
que la etiqueta de los salones acuerda en general al nacimiento y  la
fortuna, no recib sin amargura los primeros testimonios de la
negligencia y el desdn  que inevitablemente me condenaba mi nueva
situacin. Reprimiendo lo mejor que pude estas sublevaciones del falso
orgullo, ofrec mi brazo  una joven pequea, pero bien formada y
graciosa, que quedaba sola atrs de los convidados, y que era como lo
supuse la seorita Helouin, la institutriz. Mi asiento en la mesa estaba
sealado cerca del suyo. En tanto que cada uno se acomodaba, apareci la
seorita Margarita, como Antgona, guiando la marcha lenta y pesada de
su abuelo. Vino  sentarse  mi derecha con ese aire de tranquila
majestad que le es propio, y el poderoso Terranova, que parece ser el
guardin titular de esta princesa, se acost de centinela tras de su
silla. Cre deber expresar sin retardo  mi vecina, el pesar que senta
en haber evocado torpemente recuerdos que parecan agitar de una manera
penosa el nimo de su abuelo.

--Soy yo quien debe excusarse, seor--respondi,--por no haberle
prevenido que jams debe hablarse de los ingleses delante de mi padre...
Conocis la Bretaa, seor?

Le contest que no la haba conocido hasta aquel da, pero que me
consideraba muy dichoso en conocerla, y para probar que era digno de
ella, habl en estilo lrico de las bellezas pintorescas que me haban
llamado la atencin durante el camino. En el instante en que crea que
esta diestra lisonja me conciliaba en el ms alto grado la benevolencia
de la joven bretona, vi con asombro dibujarse en su frente los sntomas
de la impaciencia y del fastidio. Decididamente era yo desgraciado con
esta nia.

--Vamos! veo, seor--dijo con una singular expresin de irona,--que
ama usted lo bello, lo que habla  la imaginacin y al alma, la
naturaleza, la verdura, los matorrales, las piedras y las bellas artes.
Se entender usted maravillosamente con la seorita Helouin, que adora
igualmente todas esas cosas, las que para m no tienen mrito alguno.

--Pero en nombre del cielo, qu es lo que ama usted entonces?

A esta interrogacin, que le dirig en el tono de una amable jovialidad,
la seorita Margarita se volvi  m bruscamente, me lanz una mirada
altiva, y respondi secamente:

--Amo  mi perro. Aqu, Mervyn!

Y sumergi afectuosamente su mano en la espesa piel del Terranova, que
parado sobre las patas de atrs, alargaba ya su formidable cabeza,
entre mi plato y el de la seorita Margarita. No pude menos de observar
con nuevo inters la fisonoma de esta mujer, y buscar en ella los
signos exteriores de la poca sensibilidad de alma de que al parecer hace
profesin. La seorita Laroque, que me pareci muy alta, slo debe esta
apariencia al carcter amplio y perfectamente armonioso de su belleza.
Es en realidad de una estatura ordinaria; su rostro, de un valo algo
redondeado, y su cuello, de una postura delicada y arrogante, estn
cubiertos ligeramente por un tinte propio de las hijas de Bretaa. Su
cabellera que seala sobre su frente un espeso relieve, arroja  cada
movimiento de su cabeza reflejos ondulosos y azulados; su delicada nariz
parece copiada sobre el divino modelo de una madona romana, y esculpida
en ncar viviente. Debajo de sus ojos grandes, profundos y pensativos,
el color algo tostado de sus mejillas, es matizado por una especie de
aureola ms bronceada, que parece una traza proyectada por la sombra de
las pestaas y como quemada por el rayo ardiente de la mirada.
Difcilmente podra retratar la dulzura soberana de la sonrisa, que
viene por intervalos,  animar esta bella fisonoma y  atemperar por no
s qu contraccin graciosa el brillo de sus grandes ojos. Ciertamente,
la diosa misma de la poesa, del sueo y de los mundos encantados,
poda presentarse atrevidamente  los homenajes de los mortales bajo la
forma de esta nia que slo ama  su perro. La naturaleza, en sus
producciones ms escogidas, nos presenta  menudo estas crueles
mistificaciones.

Por otra parte, esto me importa muy poco. Comprendo perfectamente que
estoy destinado  jugar en la imaginacin de la seorita Margarita el
papel que podra representar en ella un negro, objeto, como se sabe, muy
poco seductor para las criollas. Por mi parte me jacto de ser tan
orgulloso como la seorita Margarita; el ms imposible de los amores
para m, sera aquel que me expusiera  la sospecha de intriga 
inters. No pienso tampoco tener que armarme de una gran fuerza moral
contra un peligro que no me parece verosmil, pues la belleza de la
seorita Laroque es de aquellas que despiertan ms la contemplacin del
artista que un sentimiento de naturaleza ms humano y ms tierno.

Entretanto, sobre el nombre de Mervyn, que la seorita Margarita haba
dado  su guardia de Corps, mi vecina de la izquierda, la seorita
Helouin, se lanz  toda vela en el cielo de Arturo, y quiso ensearme
que Mervyn era el nombre autntico del clebre encantador que el vulgo
llama Merln. Desde los caballeros de la mesa redonda se remont hasta
los tiempos de Csar y vi desfilar ante m, en procesin prolija, toda
la jerarqua de los druidas, de los bardos y de los vates; despus de lo
cual camos fatalmente de _menhir_ en _dolmen_ y de _galgul_ en
_cromlech_[1].

[Nota 1: _Menhir_ (de las palabras bretonas, _main_, piedra, _hirr_,
larga), es un obelisco bruto, algunas veces redondo, generalmente
cuadrado, colocado verticalmente sobro el suelo. No se halla jams en l
una escultura, por grosera que sea,  no ser en el menhir de Plonarez
(Finisterre), colocada sobre el punto ms elevado de los
Leones.--_Camile Duteil_.

Dolmen: mesa enorme de piedra, que como el menhir, son moradas como
altares donde se consumaban sangrientos sacrificios.--_Bouill_
(Diccionario de Historia).

Galgul, es una planta especial.

Cromlech, sitio accidentado.]

Mientras que me extraviaba en las selvas clticas, siguiendo los pasos
de la seorita Helouin,  la que no falta sino un poco de gordura para
ser una druidesa muy pasable, la viuda del agente de cambio, colocada
cerca de nosotros, haca resonar los ecos de una queja continua y
montona como la de un ciego; se haban olvidado de ponerle su
calentador, se le serva un potaje fro, se le presentaban huesos
descarnados; ved ah cmo se la trataba. Por lo dems, ella estaba
habituada.

--Es triste ser pobre, muy triste. Deseara ms bien morir! S,
doctor--deca, dirigindose  su vecino, que pareca escuchar sus
quejas con una afectacin de inters un tanto irnico;--s, doctor, no
es broma: querra ms bien haber muerto. Sera una carga menos para
todos. Adems, piense, doctor. Cuando se ha estado en mi posicin,
cuando uno ha comido en vajilla de plata con sus armas... verse reducida
 la caridad y  ser el juguete de los criados! No se sabe todo lo que
yo sufro en esta casa ni se sabr jams. Cuando uno tiene orgullo, sufre
sin quejarse; es por esto que me callo, aunque no deje de pensarlo.

--Eso es, mi querida seora--dijo el doctor, que se llama, segn creo,
Desmarets;--no hablemos ms de eso; beba refrescos, que la calmarn.

--Nada, nada me calmar, doctor, sino la muerte!

--Pues bien, seora, cuando guste!--replic resueltamente el doctor.

En una regin ms central, la atencin de los convidados estaba
monopolizada por el palabreo insubstancial, custico y fanfarrn de un
personaje,  quien o llamar el seor de Bevallan, que goza, al parecer,
de los derechos de una particular intimidad. Es un hombre bastante alto,
de una juventud madura, y cuya cabeza recuerda bastante fielmente el
tipo del rey Francisco I. Se le escucha como  un orculo, y aun la
seorita Laroque le concede todo el inters y admiracin que parece
capaz de concebir an por las cosas de este mundo.

En cuanto  m, como la mayor parte de las agudezas que oa aplaudir, se
referan  ancdotas locales y  chismografa de aldea, no he podido
apreciar hasta aqu sino incompletamente el mrito de este len
armrico.

Tuve, sin embargo, que congratularme de su urbanidad: me ofreci un
cigarro despus de comer y me llev al retrete de fumar. Al mismo tiempo
haca los honores  tres  cuatro jvenes apenas salidos de la
adolescencia, que lo miraban evidentemente como un modelo de bellas
maneras y de exquisita pillera.

--Y bien, Bevallan!--dijo uno de los jvenes--no renuncia usted, pues,
 la sacerdotisa del sol?

--Jams!--respondi el seor de Bevallan.--Esperar diez meses, diez
aos, si es preciso; pero  la poseer yo  nadie!

--Es usted afortunado, viejo bribn; la institutriz le ayudar  tener
paciencia.

--Debo cortarle la lengua  las orejas, Arturo--dijo  media voz el
seor de Bevallan avanzando hacia su interlocutor, y hacindole una
rpida sea para que notara mi presencia.

Se pas entonces en revista, en una encantadora mezcolanza, todos los
caballos, todos los perros y todas las damas de la comarca. Entre
parntesis, sera de desear que las mujeres pudiesen asistir
secretamente una vez en su vida  una de esas conversaciones que tienen
lugar entre hombres en la primera efusin que sigue  una abundante
comida; all hallaran la medida exacta de la delicadeza de nuestras
costumbres y de la confianza que ella debe inspirarlas. Por lo dems, yo
no me jacto de gazmoera; pero la conversacin de que era testigo,
tena, segn mi opinin, la grave falta de ultrapasar los lmites de la
broma ms libre; todo lo tocaba al pasar, lo ultrajaba todo alegremente,
y tomaba, en fin, un carcter muy gratuito de universal profanacin.
Luego mi educacin, muy incompleta sin duda, me ha dejado en el corazn
un fondo de respeto, que me parece debe ser reservado en medio de las
ms vivas expansiones del buen humor. Entretanto, tenemos hoy en Francia
 nuestra joven Amrica, que no est contenta sino blasfema un poco
despus de haber bebido; tenemos amables pichones de bandido, esperanzas
del porvenir, que no han tenido padre ni madre, que no tienen patria,
que tampoco tienen Dios, pero que parecen el producto bruto de alguna
mquina sin entraas y sin alma, que los ha depositado fortuitamente
sobre este globo, para que le sirvan de mediocre ornamento.

En resumen, el seor de Bevallan, que no teme instituirse profesor
cnico de estos calaveras sin barba, no me ha gustado, ni pienso haberle
agradado tampoco. Protest un poco de fatiga y me retir.

A mi llamamiento, el viejo Alain tom una linterna y me gui  travs
del parque hacia la habitacin que me estaba destinada. Despus de
algunos minutos de marcha, atravesamos un puente de madera echado sobre
un ro y nos hallamos delante de una puerta maciza y ogival abierta en
una especie de torre y flanqueada por dos torrecillas. Era esta la
entrada del antiguo castillo. Robles y abetos seculares forman,
alrededor de estos despojos feudales, un cerco misterioso que les da un
aire de profundo retiro. En estas ruinas es donde debo habitar. Mi
departamento compuesto de tres piezas, elegantemente tapizadas de azul,
se prolonga encima de la puerta de una torrecilla  la otra. Esta
melanclica morada no deja de agradarme; ella conviene con mi fortuna.
Apenas me vi libre del viejo Alain, que es de genio un poco noticiero,
me puse  escribir el relato de este importante da, interrumpindome
por intervalos para escuchar el murmullo bastante dulce del pequeo ro
que corre bajo mis ventanas, y el grito del tradicional mochuelo, que
celebra en sus vecinos bosques sus tristes amores.




1. de julio.


Ya es tiempo de que trate de desenredar el hilo de mi existencia
personal  ntima, perdido desde hace dos meses, en medio de las activas
obligaciones de mi cargo.

Al da siguiente de mi llegada, despus de haber estudiado en mi retiro,
durante algunas horas, los papeles y registros del padre Hivart, como se
llama aqu  mi predecesor, fu  almorzar al castillo, donde no hall
ms que una pequea parte de los huspedes de la vspera. La seora de
Laroque, que ha vivido en Pars antes que la salud de su suegro la
hubiese condenado  un eterno veraneo, conserva fielmente en su retiro
el gusto por los intereses elevados, elegantes  frvolos, de que el
arroyo de la calle de Bac era el espejo, en tiempos del turbante de la
seora Stel. Parece, adems, haber visitado la mayor parte de las
grandes ciudades de Europa, y adquirido conocimientos literarios que
pasan la medida comn de la erudicin parisiense.

Recibe muchos diarios y revistas, y se aplica  seguir, tanto como le es
posible  la distancia en que se encuentra, el movimiento de esa
civilizacin refinada, de que los teatros, los museos y los libros
recin publicados son las flores y los frutos ms  menos efmeros.
Durante el almuerzo se habl de una pera nueva, y la seora de Laroque
dirigi sobre este asunto, al seor de Bevallan, una pregunta  que no
supo responder, aun cuando siempre tenga, si ha de crersele, un pie y
un ojo en el Bulevar de los Italianos. La seora de Laroque se dirigi
entonces hacia m, manifestando en su aire de distraccin la poca
esperanza que tena de hallar  su encargado de negocios muy al
corriente de estas cosas; pero precisa y desgraciadamente, son las
nicas que conozco. Haba odo en Italia la pera que acababa de darse
en Francia por la primera vez. La reserva misma de mis respuestas,
despert la curiosidad de la seora de Laroque, que me oprima 
preguntas, y que se dign muy luego comunicarme ella misma, sus
impresiones, sus recuerdos y sus entusiasmos de viaje. No tardamos en
recorrer como camaradas, los teatros y las galeras ms clebres del
continente, y nuestra conversacin, cuando dejamos la mesa, era tan
animada, que mi interlocutora para no romper su curso, tom mi brazo,
sin pensarlo. Fuimos  continuar en el saln nuestras simpticas
efusiones, olvidando la seora de Laroque, cada vez ms, el tono de
benvola proteccin, que hasta entonces me haba chocado en su
conversacin particular conmigo.

Me confes, que el demonio del teatro la atormentaba en alto grado, y
que meditaba hacer representar comedias en el castillo. Me pidi
consejos sobre la organizacin de esta diversin. Yo le habl entonces,
con detalles, de las comedias caseras, que haba tenido ocasin de ver
en Pars y en San Petersburgo; luego no queriendo abusar de mi favor, me
levant bruscamente, declarando que pretenda inaugurar sin demora mis
funciones, por la exploracin de un gran cortijo situado  dos leguas
escasas del castillo. A esta declaracin, la seora de Laroque pareci
sbitamente consternada; me mir, se agit entre sus almohadillas,
aproxim sus manos al brasero, y me dijo  media voz:

--Ah! qu importa eso? vaya, djelo usted.

Y como yo insistiese:

--Pero, Dios mo!--agreg, con un gracioso ademn,--mire usted que los
caminos estn espantosos!... Espere al menos la buena estacin.

--No, seora--le dije riendo,--no esperar ni un minuto;  soy
intendente  no lo soy.

--Seora--dijo el viejo Alain, que se hallaba all,--se podra
enganchar para el seor Odiot el carricoche del padre Hivart; no tiene
elsticos, pero por lo mismo es ms slido.

La seora de Laroque confundi con una mirada fulminante al desgraciado
Alain, que osaba proponer  un intendente de mi especie, que haba
asistido  un espectculo en casa de la gran duquesa Elena, el
carricoche del padre Hivart.

--La americana no pasara por el camino?--pregunt.

--La americana, seora? No,  fe ma. No hay riesgo de que pase--dijo
Alain,--y si pasa no ser entera... y aun as, creo que no pasar.

Protest que ira perfectamente  pie.

--No, no, es imposible, yo no lo quiero. Veamos... tenemos una media
docena de caballos de silla que no hacen nada... pero probablemente no
montar usted  caballo.

--Le pido perdn, seora; pero es verdaderamente intil, voy...

--Alain, haga ensillar un caballo para el seor... D t cul,
Margarita.

--Dele  Proserpina--murmur el seor de Bevallan, riendo en mis barbas.

--No,  Proserpina no!--exclam vivamente la seorita Margarita.

--Por qu no Proserpina, seorita?--le dije yo entonces.

--Porque lo arrojara  tierra--me respondi rotundamente la joven.

--Oh! cmo es eso? Perdneme; quiere usted permitirme que le
pregunte, seorita, si monta usted ese animal?

--S, seor, pero con dificultad.

--Pues bien! puede ser que ella sea menor cuando lo haya yo montado una
 dos veces. Esto me decide. Haga usted ensillar  Proserpina, Alain.

La seorita Margarita frunci sus negras cejas y se sent haciendo un
signo con la mano, como para rechazar toda responsabilidad, en la
catstrofe inminente que prevea.

--Si necesita usted espuelas, tengo un par  su servicio--agreg
entonces el seor de Bevallan que decididamente pretenda que yo no
volviese.

Sin notar, al parecer, la mirada de reproche que la seorita Margarita
dirigi al obsequioso gentil hombre, acept sus espuelas. Cinco minutos
despus, un ruido de pisadas desordenadas anunciaba la aproximacin de
Proserpina que traan trabajosamente al pie de la escalera del jardn
reservado, y que era, entre parntesis, una yegua muy bella mestiza,
negra como el azabache. Baj al punto la escalera. Algunos jvenes,
encabezados por Bevallan salieron al terrado, por humanidad segn creo,
y se abrieron al mismo tiempo las tres ventanas del saln para las
mujeres y los ancianos. Habrame pasado de buena gana sin todo este
aparato, pero en fin, me resign, y por otra parte no tena mucha
inquietud sobre las consecuencias de la aventura, pues si bien soy un
novel intendente, soy un antiguo jinete. Apenas caminaba, cuando mi
padre me haba ya plantado sobre un caballo, con gran desesperacin de
mi madre, y despus, no desde ningn cuidado, para hacerme su igual en
este arte en que l sobresala. Haba llevado mi educacin en este punto
hasta el refinamiento, hacindome vestir muchas veces viejas y pesadas
armaduras de familia para que realizara con ms facilidad los ejercicios
de equitacin que me enseaba. Entretanto, Proserpina me dej desenredar
las riendas y aun tocar su pescuezo sin dar la menor seal de
irritacin, pero no bien sinti mi pie sobre el estribo, se tendi  un
lado bruscamente, tirando tres  cuatro soberbias coces por encima de
las macetas de mrmol que adornan la escalera, se par en dos patas
hacindose la graciosa y batiendo el aire con sus manos; luego repos
estremecindose.

--Difcil para montar--me dijo un criado de caballeriza, guiando el
ojo.

--Lo veo, muchacho, pero voy  sorprenderla, mira.--En el mismo instante
me sent en la silla sin tocar el estribo, y en tanto que Proserpina
reflexionaba en lo que suceda, me afirm slidamente. Un instante
despus desaparecamos  galope corto por la avenida de los castaos,
seguidos por el ruido de algunos aplausos, que el seor de Bevallan tuvo
la buena inspiracin de comenzar.

Este incidente, por insignificante que fuese, no dej, como pude notarlo
esa misma noche, de realzar mi crdito en la opinin. Algunos otros
talentos del mismo valor, de que mi educacin me ha provisto, han
acabado de asegurarme aqu toda la importancia que deseaba, y que debe
garantizar mi dignidad personal. Por lo dems, se ve muy bien que no
pretendo de ningn modo abusar de los agasajos y atenciones de que puedo
ser objeto para usurpar en el castillo un papel poco conforme  las
modestas funciones que desempeo. Encirrome en mi torre tan  menudo
como puedo, sin faltar formalmente  las conveniencias: en una palabra,
me mantengo estrictamente en mi lugar,  fin de que nadie tenga que
volverme  l.

Algunos das despus de mi llegada, asist  una de esas comidas de
ceremonia, que en esta estacin son aqu casi cotidianas; o que mi
nombre fu pronunciado en tono interrogativo por el gordo subprefecto de
la pequea ciudad vecina, que estaba sentado  la derecha de la dama
castellana. La seora de Laroque que padece de frecuentes distracciones,
olvid que yo no estaba lejos de ella, y de buena  de mala gana, no
perd una sola palabra de su respuesta.

--Dios mo! no me hable usted de ello; hay en eso un misterio
inconcebible... Nosotros pensamos que es algn prncipe disfrazado...
Hay tantos que corren el mundo por humorada... Este posee todos los
talentos imaginables: monta  caballo, toca el piano y dibuja, todo de
una manera admirable... Entre nosotros, mi querido subprefecto, creo que
es un psimo intendente, pero indudablemente, es un hombre muy
agradable.

El subprefecto que es tambin hombre agradable,  que, al menos cree
serlo, lo que viene  ser lo mismo para su satisfaccin personal, dijo
entonces graciosamente, acariciando con una mano gordinflona sus
esplndidas patillas, que haba en el castillo muchos ojos bastante
bellos para explicar tantos misterios; que sospechaba mucho que el
intendente fuese un pretendiente, y que adems el amor era padre
legtimo de la locura  intendente natural de las desgracias...
Cambiando de tono repentinamente:

--Sobre todo, seora--agreg,--si usted tiene la menor inquietud con
respecto  ese individuo, le har interrogar maana mismo, por el cabo
de la gendarmera.

La seora de Laroque clam contra este exceso de celo galante, y la
conversacin, en lo que  m concerna, no fu ms lejos, pero me dej
muy picado, no contra el subprefecto, que por el contrario me gustaba
muchsimo, sino contra la seora de Laroque, que haciendo  mis
cualidades privadas una excesiva justicia, no me haba parecido
suficientemente penetrada de mi mrito oficial.

La casualidad quiso que tuviese al da siguiente que renovar la
escritura de un arriendo considerable. Esta operacin se negociaba con
un paisano viejo y muy astuto,  quien, sin embargo, consegu ofuscar
con algunos trminos de jurisprudencia, diestramente combinados con las
reservas de una prudente diplomacia. Arregladas nuestras convenciones,
el buen hombre coloc tranquilamente sobre mi escritorio, tres paquetes
de piezas de oro. Si bien la significacin de esta entrega, que no se me
deba, me era del todo incomprensible, me guard de mostrar una sorpresa
inconsiderada; pero desenvolviendo los paquetes, me asegur por medio
de algunas preguntas indirectas, que esta suma constitua las arras del
arrendamiento,  en otros trminos la gabela que tienen por costumbre
los arrendatarios ceder al propietario en cada renovacin de contrato.
Yo no haba pensado en reclamar tal cosa, no habiendo hallado mencin
alguna de ella en los contratos anteriores, redactados por mi hbil
predecesor, y que me servan de modelo. No saqu por el momento ninguna
conclusin de esta circunstancia, pero cuando fu  entregar  la seora
de Laroque este don de fausto advenimiento, su sorpresa me asombr.

--Qu significa esto?--me dijo.

Le expliqu la naturaleza de esta gratificacin. Me la hizo repetir.

--Y es esta la costumbre?--agreg.

--S, seora, toda vez que se consiente en un nuevo contrato.

--Pero ha habido en treinta aos, segn creo, ms de diez contratos
renovados... Cmo es que no hemos odo hablar jams de semejante cosa?

--No sabr decrselo, seora.

La seora de Laroque cay en un abismo de reflexiones, en cuyo fondo, es
probable hallara la sombra venerable del padre Hivart; despus alzando
ligeramente los hombros, fij su mirada en m, luego sobre las piezas
de oro, una vez ms sobre m, y apareci perpleja. En fin,
arrellanndose en su butaca y suspirando profundamente, me dijo con una
simplicidad de que le estoy agradecido:

--Est bien, seor: le doy mil gracias.

Este rasgo de grosera probidad, por el cual la seora de Laroque tuvo el
buen gusto de no cumplimentarme, no dej por eso de hacerle concebir una
gran idea de la capacidad y de las virtudes de su intendente. Pude
juzgarlo algunos das despus. Su hija le lea la relacin de un viaje
al polo en que se hablaba de un pjaro extraordinario, _qui ne vole
pas_.

--Mira--dijo--es como mi intendente.

Espero firmemente haberme adquirido, desde entonces, por el cuidado
severo con que me ocupo de la tarea que he aceptado, ttulos  una
consideracin de gnero menos negativo. El seor Laubepin, cuando fu
recientemente  Pars, para abrazar  mi hermana, me agradeci con una
viva sensibilidad el honor que haca  los compromisos que por m haba
contrado.

--Valor, Mximo--me dijo:--dotaremos  Elena. La pobre nia no carecer
de nada, por decirlo as. Y en cuanto  usted, querido amigo, no tenga
pesares, crame: posee usted en s mismo lo que ms se parece  la
felicidad en este mundo, y gracias al Cielo, creo que siempre lo
poseer: la paz de la conciencia y la varonil serenidad de una alma
consagrada al deber.

Este anciano tiene razn, sin duda alguna. Estoy tranquilo y sin
embargo, no me siento dichoso. Hay en mi alma, que no est an sazonada
para los austeros goces del sacrificio, arranques impetuosos de juventud
y desesperacin. Mi vida consagrada y sacrificada sin reserva  otra
vida ms dbil y querida, no me pertenece: no tiene porvenir, est en un
claustro, encerrada para siempre. Mi corazn no debe latir, mi cabeza no
debe pensar sino por cuenta ajena. En fin, que Elena sea dichosa. La
vejez se aproxima: que venga pronto! Yo la imploro: su hielo ayudar mi
valor.

No podra quejarme, adems, de una situacin que en suma ha engaado mis
ms penosas aprensiones, y que aun ha ultrapasado mis mejores
esperanzas. Mi trabajo, mis viajes frecuentes  los vecinos
departamentos, mi aficin  la soledad, me tienen  menudo alejado del
castillo, cuyas reuniones bulliciosas huyo sobre todo. Puede muy bien
que la amistosa acogida que hallo en l, sea debida en gran parte  lo
poco que me prodigo. La seora de Laroque, sobre todo, me profesa una
verdadera afeccin; me toma por confidente de sus extravagantes y muy
sinceras manas de pobreza, de sacrificio y abnegacin potica que
forman, con sus multiplicadas precauciones de criolla frvola, un
singular contraste. Tan pronto envidia  las bohemias cargadas de hijos,
que arrastran por las calles una miserable carreta, y cuecen su comida
al abrigo de los cercados, como  las hermanas de la caridad, como  las
cantineras, cuyas heroicidades ambiciona.

En fin, no cesa de reprochar al finado seor Laroque, hijo, su admirable
salud que jams permiti  su mujer desplegar las cualidades de
enfermera, de que rebosa su corazn. Entretanto, ha tenido, en estos
ltimos das, la idea de agregar  su silln una especie de nicho en
forma de garita, para resguardarse de los vientos colados. La hall,
maanas pasadas, instalada triunfalmente en esta especie de kiosco en el
que espera dulcemente el martirio.

Casi otro tanto puedo decir de los dems habitantes del castillo. La
seorita Margarita, siempre sumergida como una esfinge nubia en algn
sueo desconocido, condesciende sin embargo, en repetir bondadosamente
las piezas de mi predileccin. Tiene una voz de contralto admirable, de
la que se sirve con arte consumado; pero al mismo tiempo con una dejadez
y una frialdad que podran creerse calculadas. En efecto, suele suceder
que, por distraccin, deja escapar de sus labios acentos apasionados;
pero al punto parece humillada, y como avergonzada de este olvido de su
carcter  de su papel, y se apresura  entrar de nuevo en los lmites
de una helada correccin.

Algunas partidas de _cientos_ que he tenido la fcil galantera de
perder con el seor Laroque, me han conciliado los favores del pobre
anciano, cuyas dbiles miradas se clavan algunas veces sobre m, con una
atencin verdaderamente singular. Podra decirse que algn sueo del
pasado, alguna semejanza imaginaria, se despierta  medias en las nubes
de aquella memoria fatigada, en cuyo seno flotan las imgenes confusas
de todo un siglo. Quera devolverme el dinero que me haba ganado!
Parece que la seora de Aubry, tertuliana habitual del viejo capitn, no
tiene escrpulo en aceptar regularmente estas restituciones, lo que no
le impide ganar frecuentemente al antiguo corsario, con quien tiene en
esas circunstancias abordajes tumultuosos.

Esta seora, tratada con mucho favor por el seor Laubepin, cuando la
calificaba simplemente de espritu agrio, no me inspira ninguna
simpata. Sin embargo, por respeto  la casa, me he obligado  ganar su
afecto, y he llegado  conseguirlo prestando odo complaciente, unas
veces  sus miserables lamentaciones sobre su condicin presente, otras
 las descripciones enfticas de su fortuna pasada, de su plata labrada,
de sus muebles, de sus encajes y de sus guantes.

Es preciso confesar que me hallo en muy buena escuela para aprender 
desdear los bienes que he perdido. En efecto, todos aqu, por su
actitud y su lenguaje me predican elocuentemente el desprecio de las
riquezas; desde luego, la seora Aubry, que se puede comparar  esos
glotones sin vergenza cuya irritante gula os quita el apetito, y que os
hacen repugnantes los manjares que alaban; este anciano que _se_
extingue sobre sus millones tan tristemente como Job sobre el estircol;
esa mujer excelente, pero novelesca y estragada, que suea en medio de
su importuna prosperidad con el fruto prohibido de la miseria, y en fin,
la orgullosa Margarita, que lleva como una corona de espinas la diadema
de belleza y de opulencia con que el Cielo ha oprimido su frente.

Extraa nia! Casi todas las maanas, cuando el tiempo est bueno, la
veo pasar por debajo de las ventanas de mi torre; me saluda con un grave
movimiento de cabeza, que hace ondular la pluma negra de su fieltro y
luego se aleja lentamente por el sombro sendero que atraviesa las
ruinas del antiguo castillo. Ordinariamente, el viejo Alain la sigue 
alguna distancia; otras veces no lleva ms compaero que el enorme y
fiel Mervyn, que alarga el paso al lado de su bella ama, como un oso
pensativo. Con este tren se va  correr por todo el pas vecino
aventuras de caridad. Podra considerarse su protectora; no hay cabaa
alguna en seis leguas  la redonda, que no la conozca y la venere como
la hada de la beneficencia. Los paisanos dicen simplemente, al hablar de
ella: La seorita! como si hablaran de una de esas hijas de rey, que
encantan sus leyendas, cuya belleza, poder y misterio les parece ver en
ella.

Busco entretanto cmo explicarme la nube de sombra preocupacin que
cubre su frente sin cesar, la severidad altiva y desconfiada de su
mirada, y la amarga sequedad de su lenguaje. Me pregunto, si son estos
los rasgos naturales de un carcter extravagante y variable;  los
sntomas que algn secreto tormento, de remordimientos, de temor  de
amor, lo que roe su noble corazn. Por desinteresado que uno sea en la
cuestin, es imposible no sentir cierta curiosidad ante una persona tan
extraordinaria. Ayer en la noche, mientras que el viejo Alain, de quien
soy favorito, me serva mi solitaria comida, le dije:

--Qu lindo da ha hecho hoy, Alain! Ha paseado usted?

--S, seor: esta maana sal con la seorita.

--Ah!

--Pero el seor no nos ha visto pasar?

--Es probable. Los veo pasar muchas veces... Tiene usted una buena
figura  caballo, Alain.

--El seor es demasiado galante. La seorita tiene mejor figura que yo.

--Efectivamente, es una joven muy bella.

--Oh! perfecta, seor, y lo mismo por fuera que por dentro, como la
seora de Laroque su madre. Dir al seor una cosa. El seor sabe que
esta propiedad perteneci en otro tiempo al ltimo Conde de Castennec, 
quien tena el honor de servir. Cuando la familia Laroque compr el
castillo, confesar que me apesadumbr y vacil mucho para quedarme en
la casa. Me haba criado en el respeto  la nobleza, y me costaba mucho
servir  gentes sin nacimiento. El seor habr podido observar que
siento un particular placer en prestarle mis servicios, y es que le
hallo un aire muy marcado de nobleza. Est usted seguro, seor, de no
ser noble?

--Lo temo, mi pobre Alain.

--Por lo dems, esto es lo que quera decir al seor--respondi Alain
inclinndose con gracia;--he aprendido al servicio de estas seoras, que
la nobleza de los sentimientos vale tanto como la otra, y en particular
la del seor Conde Castennec, que tena la debilidad de pegar  sus
criados. Es lstima que la seorita no pueda casarse con un noble de
buen nombre. Entonces nada faltara  sus perfecciones.

--Pero me parece, Alain, que eso slo depende de su voluntad.

--Si el seor se refiere al seor de Bevallan, en efecto, slo depende
de su voluntad, pues que la ha pedido hace ms de seis meses. La seora
de Laroque no pareca muy opuesta al matrimonio, y en cuanto al seor de
Bevallan despus de los Laroque, es el ms rico del pas; pero la
seorita, sin pronunciarse positivamente, ha querido tomar tiempo para
reflexionar.

--Pero si ama al seor de Bevallan y si puede casarse cuando quiera,
por qu se la ve siempre triste y distrada?

--Es una verdad, seor, que de dos  tres aos  esta parte, la seorita
ha cambiado completamente. En otro tiempo era alegre como un pjaro y
ahora, podra decirse, que hay algo que la apesadumbra; pero no creo,
salvo mis respetos, que sea su amor por ese seor lo que la abate.

--Usted tampoco parece muy tierno por el seor de Bevallan, mi buen
Alain. Es de una excelente nobleza, sin embargo...

--Lo que no le impide ser un mal individuo, que pasa su tiempo en
corromper  las jvenes de la comarca. Y si el seor tiene ojos, puede
ver que no tendra empacho en hacer de sultn en el castillo, mientras
consigue algo mejor.

Hubo una pausa silenciosa, despus de la cual Alain dijo:

--Qu desgracia es que el seor no tenga de renta siquiera un centenar
de miles de francos.

--Y por qu, Alain?

--Por qu?...--dijo Alain moviendo la cabeza con aire pensativo.




25 de julio.


En el mes que acaba de pasar, he ganado una amiga y me he hecho, segn
creo, dos enemigas. Las enemigas son la seorita Margarita y la seorita
Helouin. La amiga, es una seorita de ochenta y ocho aos. Temo que no
haya compensacin en el cambio.

La seorita Helouin, con la que quiero arreglar mis cuentas desde luego,
es una ingrata. Mis pretendidos agravios hacia ella, deberan ms bien
recomendarme  su estimacin; pero parece ser una de esas mujeres,
bastante generales en el mundo, que no cuentan la estimacin en el
nmero de los sentimientos, que gustan suspirar,  que se les suspire.
Desde los primeros tiempos de mi morada en el castillo, una especie de
conformidad entre la situacin de la maestra y la del intendente, la
modestia comn de nuestro estado en la casa, me indujeron  entablar con
la seorita Helouin las relaciones de una benevolencia afectuosa.
Siempre me he afanado en manifestar  estas pobres muchachas el inters
 que su ingrata tarea, su situacin precaria, humillante y sin
porvenir, me parecan hacerlas acreedoras. La seorita Helouin es
adems bonita, inteligente y llena de talento, y aunque prodigue un poco
todo esto, por la vivacidad de sus salidas, su febril coquetera, y esa
ligera pedantera que son las propensiones habituales del empleo,
convengo en que haba muy poco mrito en sostener el papel caballeresco
que me haba propuesto. Este papel tom  mis ojos el carcter de una
especie de deber, cuando reconoc, como muchas advertencias me lo haban
hecho presentir, que un len devorador, bajo las facciones del Rey
Francisco I, rondaba furtivamente  mi joven protegida. Esta duplicidad
que hace honor  la audacia del seor de Bevallan, pasa, so color de
amable familiaridad, con una poltica y un aplomo, que engaan
fcilmente las miradas poco atentas  demasiado cndidas. La seora de
Laroque, y en particular su hija, son completamente ajenas  las
perversidades de este mundo, y viven demasiado apartadas de toda
realidad para sentir la sombra de una suposicin. En cuanto  m,
sumamente irritado contra este insaciable _tragador de corazones_, me
hice un placer en contrariar sus proyectos: ms de una vez distraje la
atencin, que trataba de monopolizar, y me esforc, sobre todo en
aminorar en el corazn de la seorita Helouin aquel amargo sentimiento
de abandono y aislamiento, que da en general tanto precio  los
consuelos que le son ofrecidos. He ultrapasado alguna vez, en el curso
de esta lucha indiscreta, la medida delicada de una proteccin
fraternal? No lo creo, y los trminos mismos del corto dilogo, que ha
modificado sbitamente la naturaleza de nuestras relaciones, parece
hablaran en favor de mi reserva. Una noche de la ltima semana,
tombamos el fresco en la azotea; la seorita Helouin  quien en aquel
da haba precisamente tenido ocasin de prestar algunas atenciones
particulares, tom ligeramente mi brazo y al mismo tiempo que morda con
sus pequeos y blancos dientes un ramito de azahares:

--Es usted muy bueno, seor Mximo--me dijo con voz un poco conmovida...

--Trato de serlo al menos.

--Es usted un verdadero amigo.

--S.

--Pero un amigo cmo?

--Verdadero, como usted lo ha dicho.

--Un amigo... que me ama...

--Sin duda.

--Mucho?

--Seguramente.

--Apasionadamente?

--No.

A este monoslabo que articul muy secamente y apoy con una firme
mirada, la seorita Helouin arroj vivamente su ramito de azahares y
abandon mi brazo. Desde esa hora nefasta me trata con un desdn que no
he merecido, y creera decididamente, que la amistad de un sexo por el
otro es un sentimiento ilusorio, si mi desgracia no hubiera tenido al
otro da una especie de indemnizacin.

Haba ido  pasar algunas horas de la noche en el castillo; dos  tres
familias que acababan de pasar all una quincena, se haban marchado
aquella maana. No estaban en l sino los parroquianos habituales, el
cura, el preceptor, el doctor Desmarest, y en fin el general de
Saint-Cast y su mujer, que habitan, como el doctor, en la pequea ciudad
vecina. La seora de Saint-Cast, que parece haber llevado  su marido
una bella fortuna, estaba entretenida, cuando entr, en una animada
conversacin con la seora de Aubry. Estas dos seoras, siguiendo su
costumbre, se entendan perfectamente, celebrando cada una  su turno,
como dos pastores de una gloga, los incomparables encantos de la
riqueza, en un lenguaje en que la distincin de la forma disputaba  la
elevacin del pensamiento.

--Tiene usted mucha razn, seora--deca la seora de Aubry--no hay sino
una cosa en el mundo, y esa es ser rica; cuando yo lo era, despreciaba
de todo corazn  los pobres, as hallo ahora muy natural que se me
desprecie, y no me quejo de ello.

--Nadie la desprecia por eso, seora--responda la seora de
Saint-Cast--seguramente que no, pero es muy cierto, que entre ser rico 
pobre hay una terrible diferencia. Vea ah al general, que puede decirle
algo de eso; l no tena absolutamente otra cosa que su espada cuando se
cas conmigo, y no es con una espada con lo que se pone manteca en la
sopa, no es verdad, seora?

--Oh! no, no, seora--exclam la seora de Aubry aplaudiendo esta
atrevida metfora. El honor y la gloria son muy bellos en las novelas;
pero yo prefiero con mucho un buen carruaje.

--S, ciertamente, y es lo que deca esta maana al general, al venir
hasta aqu: es verdad, general?

--Hum--refunfu el general, que jugaba tristemente en un rincn, con el
antiguo corsario.

--No tena usted nada cuando nos casamos, general--continu la seora de
Saint-Cast--espero que no tratar de negarlo?

--Usted lo ha dicho ya--murmur el general.

--Lo que no impide que sin m, marchara usted  pie, mi general, lo que
no le sera muy agradable con sus heridas... porque con seis  siete mil
francos de retiro que tiene usted, no podra arrastrar carroza, amigo
mo... Esta maana le deca esto, seora,  propsito de nuestro nuevo
carruaje que es lo ms cmodo que puede imaginarse. Es lo cierto que lo
he pagado muy bien: me cuesta cuatro mil buenos francos de menos en mi
bolsa.

--Ya lo creo, seora! Mi carruaje de gala no me cost menos de cinco
mil francos, contando el cuero de tigre para los pies, que l solo me
cost quinientos.

--Yo me he visto obligada  contenerme un poco, pues acabo de renovar mi
mueblaje del saln; en alfombras y tapices he gastado como quince mil
francos. Es demasiado lujo para un pobre rincn de provincia, me dir
usted, y es muy cierto... Pero toda la ciudad est muy humilde con
nosotros, y  todos nos gusta ser respetados, no es as, seora?

--Sin duda--replic la seora de Aubry-- todos nos gusta ser
respetados, y uno slo es respetado en proporcin del dinero que tiene.
Por mi parte, me consuelo de que hoy no se me respete, pensando que si
fuera an lo que he sido, vera  mis pies  todos los que me
desprecian.

--Excepto  m, voto  sanes!--exclam el doctor Desmarest levantndose
de pronto.--Aun cuando tuviera usted cien millones de renta, no me vera
 sus pies; se lo aseguro bajo mi palabra de honor. Y me marcho  tomar
el aire, pues el diablo me lleve, si puedo sufrir ms.--Al mismo tiempo
el bravo doctor sali del saln, llevando toda mi gratitud, pues me
haba hecho un verdadero servicio consolando mi corazn oprimido de
indignacin y disgusto.

Aun cuando el seor Desmarest se halla establecido en la casa sobre el
pie de un San Juan Boca-de-oro,  quien se sufre la mayor independencia
en el lenguaje, el apstrofe haba sido demasiado vivo para no causar
entre los asistentes un sentimiento de malestar que se traduca por un
silencio embarazoso. La seora de Laroque lo rompi diestramente,
preguntando  su hija si haban dado las ocho.

--No, madre--respondi Margarita,--pues la seorita de Porhoet no ha
llegado an.

Un minuto despus, el timbre del pndulo se pona en movimiento; la
puerta se abri, y la seorita Jocelynde de Porhoet-Gal, llevada del
brazo por el doctor Desmarest, entr en el saln con una precisin
astronmica.

La seorita de Porhoet-Gal, que ha visto pasar este ao la octogsima
octava primavera de su existencia y que tiene la apariencia de una caa
conservada en seda, es el ltimo vstago de una muy noble raza, cuyos
abuelos se creen hallar entre los reyes fabulosos de la vieja Armrica.
Sin embargo, esta casa no toma seriamente pie en la historia, hasta el
siglo XII en la persona de Juthaal, hijo de Conan _le Tort_,
descendiente de la rama segunda de Bretaa. Algunas gotas de sangre de
los Porhoet, han corrido por las venas ms ilustres de Francia: en las
de los Rohan, de los Lusignan, de los Penthivre, y estos grandes
seores convenan en que no era la menos pura.

Me acuerdo que estudiando un da, en un acceso de vanidad juvenil, la
historia de las alianzas de mi familia, me llam la atencin el singular
nombre de Porhoet y que mi padre, muy erudito en estas materias, me lo
alab muchsimo. La seorita Porhoet, que es la nica que queda hoy de
su nombre, no ha querido casarse jams  fin de conservar el mayor
tiempo posible en el firmamento de la nobleza francesa, la constelacin
de estas mgicas slabas: Porhoet-Gal. La casualidad quiso que un da
se hablase delante de ella, de los orgenes de la casa de Borbn.--Los
Borbones--dijo la seorita de Porhoet, metiendo repetidas veces su
aguja de tejer en su rubia peluca--los Borbones son de buena nobleza,
pero--tomando repentinamente un aire modesto--hay mejores--aadi.

Por lo dems, es imposible no inclinarse ante esta vieja nia, tan
augusta, que lleva con una dignidad sin igual la triple y pesada
majestad del nacimiento, de la edad y de la desgracia. Un proceso
deplorable, que se obstina en sostener fuera de Francia hace ms de
quince aos, ha reducido progresivamente su fortuna, ya muy pequea, y
apenas le quedarn hoy un millar de francos de renta. Esta situacin,
desgraciada, no ha quitado nada  su orgullo, ni aumentado nada  su
carcter: es alegre, igual, corts; vive, no se sabe cmo, en su casita
con una sirvienta, y halla an medios para hacer muchas limosnas. La
seora de Laroque y su hija profesan  su noble y pobre vecina, una
pasin que las honra: en su casa es objeto de un respeto atento que
confunde  la seora de Aubry. He visto  menudo  la seorita Margarita
abandonar el baile ms animado, para ir  asistir al whist de la
seorita de Porhoet; si el whist de la seorita de Porhoet ( cinco
cntimos la ficha) llegara  faltar un solo da, el mundo se acabara.
Yo tambin soy uno de los jugadores preferidos de la vieja seorita, y
la noche de que hablo, no tardamos, el cura, el doctor y yo, en
instalarnos alrededor de la mesa del whist, en frente y  los lados de
la descendiente de Conan le Tort.

Es menester saber, que  principios del ltimo siglo, un to abuelo de
la seorita de Porhoet, que estaba agregado  la casa del duque de
Anjou, pas los Pirineos siguiendo al joven prncipe, que fu despus
Felipe V, y fund en Espaa una casa que aun reina hoy. Su descendencia
directa parece haberse extinguido hace una quincena de aos, y la
seorita de Porhoet, que jams haba perdido de vista  sus parientes de
allende los montes, se crey al momento heredera de una fortuna que se
dice ser considerable: sus derechos le fueron disputados muy justamente
por una de las ms antiguas casas de Castilla, aliada  la rama espaola
de los Porhoet. De aqu proviene ese proceso que la desgraciada
octogenaria prosigue con grandes gastos, de jurisdiccin en
jurisdiccin, con una persistencia que toca en mana, y aflige  sus
amigos y divierte  los indiferentes. El doctor Desmarest,  pesar del
respeto que profesa  la seorita de Porhoet, no deja de tomar partido
en el nmero de los burlones; tanto ms, cuanto que desaprueba
formalmente el uso  que la pobre mujer consagra imaginariamente su
quimrica herencia,  saber: la ereccin en la ciudad vecina, de una
catedral del ms bello y lujoso estilo, que transmitir hasta el fin de
los siglos futuros el nombre de la fundadora con el de una gran raza
extinguida. Esta catedral, sueo creado sobre un sueo, es el juego
inocente de esta vieja nia. Ha hecho ejecutar los planos de ella; pasa
sus das, y algunas veces sus noches, meditando los esplendores,
cambindole las disposiciones anteriores y agregndole algunos
ornamentos: habla de ella como de un monumento edificado y
practicable.--Estaba en la nave de mi catedral: he notado anoche en el
ala del Norte de mi catedral una cosa muy chocante; he modificado la
librea del suizo, etc.

--Y bien, seorita--dijo el doctor, en tanto que barajaba las
cartas,--ha trabajado usted en su catedral desde ayer?

--Cmo no, doctor! Y he tenido una idea muy feliz. He reemplazado el
muro macizo que separaba el coro de la sacrista, por un follaje de
piedra de mucho trabajo, imitando el de la capilla de Clisson en la
iglesia de Josselin. Es mucho ms ligero.

--S, ciertamente; pero entretanto qu noticias tiene usted de Espaa?
Ah, diablo! ser verdad como creo haber ledo esta maana en la
_Revista de Ambos Mundos_, que el joven duque de Villa Hermosa le
propone  usted la terminacin amistosa del pleito por medio de un
casamiento?

La seorita de Porhoet sacudi con un gesto desdeoso el penacho de
cintas ajadas que flotaba sobre su cofia.

--Me negar redondamente--dijo.

--S, s, usted dice eso, seorita; pero qu significa esa guitarra,
que se oye hace ya varias noches bajo sus ventanas?

--Vaya!

--Vaya? Y ese espaol de capa y botas amarillas, que se ve rondar por
los alrededores y que suspira sin cesar?...

--Es usted un bromista--dijo la seorita de Porhoet, abriendo
tranquilamente su caja de rap.--Ya que quiere usted saberlo, le dir
que mi encargado me ha escrito de Madrid hace dos das que, con un poco
de paciencia, veremos sin duda alguna, el fin de nuestros males.

--Pardiez, ya lo creo! Sabe usted de dnde sale su agente de negocios?
De la caverna de Gil Blas directamente. Le sacar  usted hasta el
ltimo escudo y se burlar de usted en seguida. Ah, qu discreta sera
si olvidase usted esa locura y viviera tranquila!... Para qu le
serviran esos millones, veamos? No es usted dichosa y considerada?...
qu ms ambiciona? En cuanto  su catedral, no hablo de ella, porque es
una majadera.

--Mi catedral no es una majadera, sino  los ojos de los majaderos,
doctor Desmarest; por otra parte yo defiendo mi derecho, combato por la
justicia: esos bienes me pertenecen; se lo he odo decir  mi padre ms
de cien veces, y jams pertenecern, por mi voluntad,  personas tan
extraas en definitiva  mi familia, como usted, mi querido amigo, 
como el seor, agreg designndome con un signo de cabeza.

Comet la torpeza de manifestarme tentado por estas palabras, y respond
al instante:

--En lo que  m concierne, seorita, se engaa, porque mi familia ha
tenido el honor de haberse aliado con la suya, y recprocamente.

Al oir estas enormes palabras, la seorita de Porhoet, aproxim
vivamente  su barba puntiaguda las cartas desenvueltas en forma de
abanico, que tena en la mano, y enderezando su delgado talle, me mir 
la cara para asegurarse primero del estado de mi razn; luego recobr su
calma, por medio de un esfuerzo sobrehumano, y llevando  su afilada
nariz un poco de polvillo de Espaa:

--Me probar usted eso, joven--me dijo.

Avergonzado de mi ridcula jactancia, y muy embarazado por las curiosas
miradas que sobre m haba atrado, me inclin torpemente sin responder.
Nuestro whist se acab en un silencio profundo. Eran las diez, y me
preparaba  retirarme, cuando la seorita de Porhoet me toc el brazo.

--El seor intendente--dijo,--me har el honor de acompaarme hasta la
avenida.

La salud y la segu. Un instante despus nos hallbamos en el parque.
La sirvienta, vestida  la moda del pas, marchaba delante, llevando una
linterna; luego iba la seorita de Porhoet, derecha y silenciosa,
levantando con mano cuidadosa y decente los pocos pliegues de su angosta
saya de seda; haba rechazado secamente el ofrecimiento de mi brazo, y
segua  su lado, con la cabeza baja, muy poco satisfecho de mi papel.
Al cabo de algunos minutos de esta fnebre marcha:

--Y bien! seor--me dijo la vieja seorita: hable, pues, lo espero: ha
dicho usted que mi familia ha sido aliada  la suya, y como un punto de
alianza de esa especie es enteramente nuevo para m, le quedara
sumamente agradecida, si me lo aclarase.

Yo haba decidido por mi parte, que deba guardar  todo precio el
secreto de mi incgnito.

--Dios mo! seorita--le dije,--me atrevo  esperar que excusar usted
una broma escapada al correr de la conversacin...

--Una broma!--exclam la seorita de Porhoet.--La materia en efecto se
presta mucho  la broma. Y cmo llaman, seor, en este siglo las bromas
que se dirigen valientemente  una mujer anciana y sin proteccin y que
no se dirigiran seguramente  un hombre?

--Seorita, no me deja usted ninguna retirada posible; no me queda otro
recurso que confiarme  su discrecin. No s si el nombre de los
Champcey d'Hauterive le es conocido.

--Conozco perfectamente, seor,  los Champcey d'Hauterive, que son una
buena y una excelente familia del Delfinado. Qu conclusin saca usted
de eso?

--Yo soy hoy el representante de esa familia.

--Usted?--dijo la seorita de Porhoet, haciendo alto
sbitamente,--usted es un Champcey d'Hauterive?

--Desgraciadamente, s, seorita.

--Eso cambia la especie--dijo;--dme, primo, su brazo, y cunteme su
historia.

Cre que en el estado en que las cosas se hallaban, lo mejor era no
ocultarle nada. Terminaba el penoso relato de los infortunios de mi
familia, cuando nos hallamos al frente de una casita sumamente estrecha
y baja, con un palomar de techo puntiagudo y arruinado, en uno de sus
ngulos.

--Entre, marqus--me dijo la hija de los reyes de Gal, parada en el
umbral de su pobre palacio,--entre, se lo suplico.

Un instante despus, era introducido en un pequeo saln tristemente
embaldosado; sobre la plida tapicera que cubra las paredes, se
opriman una docena de retratos antiguos, blasonados con el armio
ducal; arriba de la chimenea vi relumbrar un magnfico reloj de concha
incrustada de cobre, coronado por un grupo que figuraba el carro del
sol. Algunos sillones de espaldar ovalado, y un antiguo canap de
delgadas patas, completaban la decoracin de esta pieza, en que todo
acusaba una rgida limpieza, y en que se respiraba un olor concentrado 
lirio, rap de Espaa, y vagos aromas.

--Sintese--me dijo la anciana seorita, tomando un lugar en el
canap;--sintese, primo, pues aunque en realidad no seamos parientes,
ni podamos serlo, pues que Juana de Porhoet y Hugo de Champcey
cometieron, sea dicho entre nosotros, la tontera de no tener un
vstago, me ser agradable, si me lo permite usted, tratarle de primo,
en la conversacin particular,  fin de engaar por un instante el
sentimiento doloroso de mi soledad en este mundo. As, pues, primo, vea
 qu altura se halla; el pasado es rudo seguramente. Sin embargo, le
sugerir algunos pensamientos que me son habituales, y que me parece le
proporcionarn muy serios consuelos. En primer lugar, mi querido
marqus, me digo yo  menudo que en medio de tantos modregos y antiguos
criados, que arrastran hoy carroza, hay en la pobreza un perfume
superior de distincin y de buen gusto. Adems, no estoy lejos de creer
que Dios ha querido reducir  algunos de nosotros  una vida estrecha,
para que este siglo grosero, material y hambriento de oro, tenga siempre
bajo sus ojos, en nuestras personas, un gnero de mrito, de dignidad y
de brillo en que el oro y la materia no entran para nada, que con nada
pueda comprarse, y que no es posible venderse. Tal es, primo, segn la
apariencia, la justificacin providencial de su fortuna y de la ma.

Manifest  la seorita de Porhoet, cun orgulloso me senta en haber
sido escogido con ella para dar al mundo la noble enseanza que le es
tan necesaria, y de la que parece tan dispuesto  aprovecharse.

--Luego--continu la seorita de Porhoet;--en cuanto  m, seor, estoy
acostumbrada  la indigencia, y me hace sufrir poco; cuando uno ha
visto en el curso de una vida demasiado larga, un padre digno de su
nombre y cuatro hermanos dignos de su padre, sucumbir antes de tiempo,
bajo el plomo  el acero; cuando uno ha visto perecer sucesivamente
todos los objetos de su afeccin y de su culto, sera menester tener el
alma muy pequea para preocuparse de una mesa ms  menos abundante  de
un adorno ms  menos moderno. Por cierto, marqus, que si mi bienestar
personal fuera la nica causa, puede usted creerme, despreciara mis
millones de Espaa; pero me parece conveniente y de buen ejemplo, que
una casa como la ma, no desaparezca de la tierra sin dejar tras ella,
una traza durable, un monumento brillante de su grandeza y de sus
creencias. Es por esto, que  imitacin de algunos de nuestros
antepasados, he pensado, primo mo, y no renunciar jams, mientras
tenga vida,  la piadosa fundacin de que habr odo hablar.

Habindose asegurado de mi asentimiento, la vieja y noble seorita
pareci recogerse, y en tanto que paseaba una melanclica mirada por las
medio borradas imgenes de sus abuelos, el tic-tac del reloj hereditario
fu lo nico que turb, en el obscuro saln, el silencio de la media
noche.

--Habr--dijo repentinamente la seorita de Porhoet con voz
solemne,--habr un cabildo de cannigos regulares dedicados al servicio
de esa iglesia. Todos los das  la hora de maitines se dir, en la
capilla particular de mi familia, una misa rezada por el reposo de mi
alma y la de mis abuelos. Los pies del oficiante pisarn un mrmol, sin
inscripcin, que formar la grada del altar y cubrir mis restos.

Yo me inclin con la emocin de un visible respeto. La seorita de
Porhoet tom mi mano y la apret dulcemente.

--No estoy loca, primo--continu,--aunque as se diga. Mi padre, que no
menta jams, me ha asegurado siempre que extinguindose los
descendientes directos de nuestra rama espaola, slo nosotros
tendramos derecho  la herencia. Su muerte sbita y violenta no le
permiti desgraciadamente darnos sobre este punto noticias precisas,
pero no pudiendo dudar de su palabra, no dudo de mi derecho... Sin
embargo--agreg despus de una pausa y con un acento de gran
tristeza,--si no estoy loca, soy vieja, y esas gentes de all bien lo
saben. Me arrastran hace quince aos de demora en demora; esperan mi
muerte, que lo acabar todo... Y cralo usted, no esperarn largo
tiempo: menester es hacer una de estas maanas, demasiado lo siento, mi
ltimo sacrificio... Esa pobre catedral, mi nico amor, que haba
reemplazado en mi corazn tantas afecciones rotas... Ella no tendr
jams sino una piedra, y esa ser la de mi tumba.

La vieja seorita call. Enjug con sus manos enflaquecidas dos lgrimas
que corran por su ajada fisonoma; luego agreg esforzndose por
sonreir:

--Perdn, primo mo: bastante tiene usted con sus desgracias...
Excseme... Por otra parte es tarde; retrese. Usted me compromete.

Antes de partir recomend de nuevo  la discrecin de la seorita de
Porhoet el secreto que me haba visto obligado  confiarle. Me respondi
de una manera un poco evasiva: que poda estar tranquilo, que ella
sabra velar por mi reposo y mi dignidad. Sin embargo, algunos das
despus he sospechado por el aumento de miramientos con que me honraba
la seora de Laroque, que mi respetable amiga le haba transmitido mi
confidencia. La seorita Porhoet no titube en confesrmelo,
asegurndome que le haba sido imposible obrar de otro modo por el honor
de su familia, y que por otra parte, la seora de Laroque era incapaz de
traicionar ni para con su hija, un secreto confiado  su delicadeza.

Entretanto, mi confidencia con la anciana seorita me haba infundido
hacia ella un tierno respeto, del que trato de darle pruebas. Desde el
da siguiente por la noche, apliqu al ornamento interior y exterior de
su querida catedral todos los recursos de mi lpiz. Esta atencin  que
tan sensible se ha mostrado, ha tomado poco  poco la regularidad de una
costumbre.

Casi todas las noches, despus del whist, me pongo al trabajo, y el
ideal monumento se enriquece con una estatua, un plpito  una
claraboya. La seorita Margarita, que parece profesar  su vecina una
especie de culto, ha querido asociarse  mi obra de caridad, consagrando
 la baslica de los Porhoet un lbum especial que estoy encargado de
llenar.

He ofrecido adems  mi anciana confidente, tomar parte en las
diligencias, indagaciones  cuidados de cualquier naturaleza que puedan
serle suscitados por su litigio. La pobre mujer confes que le prestaba
un verdadero servicio; que  la verdad an poda llevar su
correspondencia corrientemente, pero que sus ojos debilitados rehusaban
descifrar los documentos manuscritos de su archivo, y que no haba
querido hasta entonces, hacerse suplir en este trabajo, que tan
importante puede ser para su causa,  fin de no dar una nueva presa  la
burla incivil de las gentes del pas.

En breve me admiti en calidad de consejero y colaborador. Desde este
tiempo he estudiado concienzudamente el voluminoso legajo de su proceso,
y he quedado convencido de que el pleito, que debe ser juzgado en ltima
apelacin, un da de estos, est completamente perdido de antemano. El
seor Laubepin,  quien he consultado, es tambin de esta opinin, que
me esforzar en ocultar  mi anciana amiga, tanto como las
circunstancias lo permitan. Entretanto, le doy el placer de examinar
pieza por pieza, sus archivos de familia, en los que espero siempre
descubrir algn ttulo decisivo en su favor. Desgraciadamente, esos
archivos son muy ricos y el palomar est lleno de ellos desde el techo
hasta el stano.

Ayer, haba ido muy temprano  casa de la seorita Porhoet, con el fin
de acabar antes de la hora de almorzar el examen del legajo nm. 115,
que haba comenzado la vspera. No estando an levantada el ama de la
casa, me instal silenciosamente en el saln, mediante la complicidad de
la sirvienta, y me entregu solitariamente  mi polvorienta tarea. Al
cabo de cerca de una hora, recorra con extrema alegra la ltima hoja
del legajo nmero 115, cuando vi entrar  la seorita de Porhoet
arrastrando con trabajo un enorme paquete envuelto con bastante
limpieza en una tela blanca.

--Buenos das, amable primo--me dijo,--habiendo sabido que trabajaba
usted por m esta maana, yo he querido hacerlo por usted. Le traigo el
legajo nmero 116.

Hay, no recuerdo en qu cuento, una princesa desgraciada,  quien se
encierra en una torre, y  la cual, una hada enemiga de su familia
impone sucesivamente una serie de trabajos extraordinarios  imposibles;
confieso que en aquel momento la seorita de Porhoet,  pesar de todas
sus virtudes me pareci ser parienta prxima de aquella hada.

--He soado anoche--continu,--que este legajo contiene la llave de mi
tesoro espaol. Me dejar usted, pues, muy agradecida, no difiriendo su
examen. Terminado este trabajo, me har el honor de aceptar una comida
modesta que pretendo ofrecerle bajo la sombra del pabelln de mi jardn.

Me resign, pues. Intil es decir, que el bienaventurado legajo 116 no
contena, como los precedentes, sino el vano polvo de los siglos. A las
doce en punto, la anciana seorita vino  tomar mi brazo y me condujo
ceremoniosamente  un pequeo jardn festoneado de boj, que forma con un
pedazo de la pradera contigua, todo el dominio actual de los Porhoet.
La mesa estaba colocada bajo un soto redondo y abovedado, y el sol de un
bello da de verano arrojaba,  travs de las hojas, algunos rayos que
jugueteaban sobre el brillante y perfumado mantel. Acababa de hacer
honor al dorado pollo,  la fresca ensalada y  la botella de viejo
Burdeos que constituan el detalle del festn, cuando la seorita de
Porhoet, que se hallaba al parecer encantada de mi apetito, hizo recaer
la conversacin sobre la familia Laroque.

--Le confieso--me dijo,--que el antiguo corsario no me gusta nada.
Recuerdo que cuando lleg al pas, tena un gran mono domstico, que
vesta de criado, y con el que se entenda perfectamente. Este animal
era una verdadera peste para la comarca, y slo un hombre sin educacin
y sin decencia poda ocuparse en disfrazarlo. Se deca que era un mono,
y yo consenta en ello, pero en realidad lo que buenamente pienso, es
que era un negro, tanto ms, cuanto que siempre he sospechado que su amo
ha hecho el trfico de esta mercanca en la costa de frica. Por lo
dems, el finado seor Laroque, hijo, era un hombre de bien, y excelente
bajo todos conceptos. En cuanto  las seoras, hablando solamente de la
seora de Laroque y de su hija y de ningn modo de la viuda de Aubry
que es una criatura de vil especie, en cuanto  esas damas no hay elogio
alguno que no merezcan.

Estbamos en esto, cuando el paso acompasado de un caballo se hizo oir
en el sendero que rodea exteriormente el muro del jardn. En el mismo
instante dieron algunos golpes secos en una puertecita vecina al
pabelln.

--Quin es?--dijo la seorita de Porhoet.

Levant los ojos y vi flotar una pluma negra por arriba del muro.

--Abra usted--dijo alegremente desde afuera una voz de timbre grave y
musical;--abra, que es la gracia de la Francia!

--Cmo! es usted monona?--exclam la anciana seorita.--Corra pronto,
primo.

Abierta la puerta, estuve  punto de ser volteado por Mervyn que se
precipit por entre mis piernas, y vi  la seorita Margarita que se
ocupaba en atar las riendas de su caballo  las barras de un cercado.

--Buenos das, seor--me dijo--sin mostrar la menor sorpresa por
hallarme all. Luego, levantando en su brazo los largos pliegues de su
saya talar, entr en el jardn.

--Sea bien venida, en tan bello da, la linda nia, y abrzeme--dijo la
seorita de Porhoet.--Ha corrido usted mucho, loquilla, pues tiene la
fisonoma sumamente encendida y de los ojos le brota materialmente
fuego. Qu podra ofrecerle, mi maravilla?

--Veamos!--dijo Margarita arrojando una mirada sobre la mesa--qu es
lo que hay aqu? El seor se lo ha comido todo! Adems, no tengo hambre
sino sed.

--Le prohibo beber en el estado en que se halla; pero espere... an hay
algunas fresas en este acirate...

--Fresas! _o gioja_--cant la joven.--Tome pronto una de esas grandes
hojas, y venga conmigo.

Mientras escoga yo la ms ancha de las hojas de una higuera, la
seorita de Porhoet cerr  medias un ojo y sigui con el otro y con
complacida sonrisa la gallarda marcha de su favorita,  travs del
camino lleno de sol.

--Mrela, primo--me dijo muy quedo--no sera digna de ser de los
nuestros?

Entretanto la seorita Margarita, inclinada sobre el acirate y
tropezando en su largo vestido, saludaba con un pequeo grito de alegra
cada fresa que llegaba  descubrir. Yo me mantena cerca de ella,
llevando en mi mano la hoja de higuera sobre la que depositaba de tiempo
en tiempo una fresa, contra dos que engulla para alentar su paciencia.
Cuando la cosecha le pareci suficiente, volvimos en triunfo al
pabelln; las fresas que quedaban fueron polvoreadas con azcar, y
despus comidas por sus lindos y buenos dientes.

--Ah, qu bien me sienta esto!--dijo entonces la seorita Margarita,
arrojando su sombrero sobre un banco y echndose de espaldas contra el
cercado de olmedillas.--Y ahora para completar mi dicha, mi querida
seorita, va usted  contarme algunas historias de los pasados tiempos,
en que era usted una bella guerrera.

La seorita de Porhoet sonriendo y encantada, no se hizo rogar para
sacar de su memoria los episodios ms notables de sus intrpidas
cabalgatas en la comitiva de los Lescure, y de los Rochejacquelin. Tuve
en esta ocasin una nueva prueba de la elevacin del alma de mi vieja
amiga, cuando la o rendir igual homenaje,  todos los hroes de esa
lucha gigantesca, sin excepcin de bandera. Hablaba en particular del
general Hoche, de quien haba sido prisionera de guerra, con una
admiracin casi tierna. La seorita Margarita prestaba  su relato una
atencin tan apasionada, que me asombr. Tan pronto, medio envuelta en
su nicho de olmedillas y un poco cerradas sus largas pestaas, guardaba
la inmovilidad de una estatua,  ya, avivndose ms el inters, se pona
de codos en la pequea mesa y sumergiendo su bella mano en las ondas de
su suelta cabellera, haca vibrar sobre la vieja seorita el relmpago
continuo de sus grandes ojos.

Es preciso decirlo: contar entre las ms dulces horas de mi triste
vida, las que pas contemplando, sobre aquella noble fisonoma, los
reflejos de un cielo radioso, mezclado  las impresiones de un corazn
valiente.

Agotados los recuerdos de la relatora, la seorita Margarita la abraz,
y despertando  Mervyn, que dorma  sus pies, anunci que se volva al
castillo. No tuve escrpulo alguno en partir al mismo tiempo que ella,
convencido de que no poda causarle molestia. Porque en efecto, aparte
de la extrema insignificancia de mi persona y de mi compaa,  los ojos
de la rica heredera, el _tte--tte_ en general no tiene para ella nada
de incmodo, habindole dado resueltamente, su madre, la educacin
liberal, que ella recibi en una de las colonias britnicas: todos saben
que el mtodo ingls otorga  la mujer, antes del matrimonio, toda la
independencia con que nosotros la recompensamos el da en que los abusos
se hacen completamente irreparables.

Salimos, pues, juntos del jardn; le tuve el estribo mientras montaba 
caballo y nos pusimos en marcha hacia el castillo. Al cabo de algunos
pasos:

--Dios mo! seor--me dijo,--he venido  incomodarlo no muy  tiempo me
parece. Estaba usted en buena compaa.

--Es verdad, seorita; pero como lo estaba haca largo tiempo, le
perdono, y aun le doy las gracias.

--Tiene usted muchas atenciones con nuestra pobre vecina. Mi madre le
est muy reconocida  usted.

--Y la hija de su seora madre?--dije yo sonriendo.

--Oh! en cuanto  m, yo me exalto menos fcilmente. Si tiene usted la
pretensin de que le admire, es preciso tener la bondad de esperar an
un poco de tiempo. No tengo el hbito de juzgar con ligereza las
acciones humanas, que tienen generalmente dos faces. Confieso que su
conducta para con la seorita de Porhoet tiene una bella apariencia;
pero...--hizo una pausa, movi la cabeza y continu con un tono serio,
amargo y verdaderamente ultrajante.--Pero no estoy bien segura de que no
le haga la corte con la esperanza de heredarla.

Sent que palideca. Sin embargo, reflexionando el ridculo de responder
con una fanfarronada  aquella nia, me contuve y le respond con
gravedad:--Permtame, seorita, compadecerla sinceramente.

Me pareci muy sorprendida.--Compadecerme, seor?

--S, seorita, perdone que le exprese la piedad respetuosa,  que me
parece tiene usted derecho.

--La piedad!--dijo deteniendo su caballo y volviendo lentamente hacia
m sus ojos medio cerrados por el desprecio.--No tengo la dicha de
comprenderle  usted.

--Y sin embargo, es bien sencillo, seorita; si la desilusin del bien,
la duda y la sequedad del alma son los ms amargos frutos de la
experiencia de una larga vida, nada merece ms compasin en el mundo,
que un corazn herido por la desconfianza, antes de haber vivido.

--Seor--replic la seorita Laroque con una vivacidad muy extraa  su
habitual lenguaje:--no sabe usted lo que dice!--y agreg ms
severamente:--olvida usted  quien habla.

--Es cierto, seorita--respond con dulzura, inclinndome--he hablado
sin saber, y he olvidado un poco con quien hablo; pero usted me ha dado
el ejemplo.

La seorita Margarita con los ojos fijos sobre la cima de los rboles
que bordaban el camino, me dijo entonces con irnica altivez:--Ser
menester pedirle perdn?

--Ciertamente, seorita--respond con firmeza--si alguno de los dos
tiene que pedir aqu perdn, sera usted seguramente: usted es rica y yo
soy pobre; usted puede humillarse... y yo no!

Hubo un momento de silencio. Sus labios apretados, sus narices abiertas,
la palidez repentina de su frente atestiguaban el combate interior por
que pasaba. Repentinamente bajando su ltigo como para saludar.--Pues
bien--dijo--perdn!--En el mismo instante castig violentamente su
caballo, y parti al galope dejndome en medio del camino.

No la he vuelto  ver despus.




30 de julio.


Nunca es tan vano el clculo de las probabilidades, como cuando se
ejerce  propsito de las ideas y de los sentimientos de una mujer. No
deseando hallarme muy pronto en presencia de la seorita Margarita,
despus de la penosa escena que haba tenido lugar entre nosotros, haba
pasado dos das sin mostrarme en el castillo: crea que este corto
intervalo apenas bastara para calmar los resentimientos, que haba
sublevado en aquel altivo corazn. No obstante, anteayer  las siete de
la maana, trabajaba yo cerca de la ventana abierta de mi torren,
cuando repentinamente me o llamar en el tono de una amigable
jovialidad, por la persona misma  quien crea tener por enemiga.

--Seor Odiot, est usted ah?

Me present en la ventana, y not en una barca, que se estacionaba cerca
del puente,  la seorita Margarita, alzando con una mano el ala de su
gran sombrero de paja bronceada y levantando los ojos hacia mi obscura
torre.

--Aqu me tiene, seorita--respond con diligencia.

--Venga  pasear.

Despus de las justas alarmas, que durante dos das me haban
atormentado, tanta condescendencia me hizo temer, como sucede siempre,
ser el juguete de un sueo insensato.

--Perdn, seorita... cmo deca usted?

--Que venga  dar un pequeo paseo con Alain, Mervyn y yo.

--Con mucho gusto, seorita.

--Entonces, tome su lbum.

Me apresur  bajar y corr  la orilla del ro.--Ah, ah!--me dijo la
joven riendo;-- lo que parece, est usted de buen humor esta maana?

Murmur torpemente algunas palabras confusas, cuyo fin era dar 
entender que siempre lo estaba, de lo cual la seorita Margarita pareci
mal convencida; despus salt al bote y me sent  su lado.

--Vogue, Alain!--dijo al momento. Y el viejo Alain, que se jactaba de
ser un buen remero, psose  mover metdicamente los remos, lo que le
daba el aire de un pjaro pesado que hace vanos esfuerzos para volar.

--Es necesario--continu diciendo la seorita Margarita--que venga 
arrancarlo  usted de su castillejo, pues van dos das que se encierra
en l obstinadamente.

--Seorita, le aseguro que slo la discrecin... el respeto... el
temor...

--Oh Dios mo! el respeto... el temor... se chancea usted!
Positivamente nosotros valemos menos que usted. Mi madre que pretende,
yo no s por qu, que debemos tratarle con una consideracin muy
distinguida, suplicme, me inmolara en el altar de su orgullo, y como
hija obediente me inmolo.

Expresle viva y buenamente mi franco reconocimiento.

--Para no hacer las cosas  medias--respondi--he resuelto darle  usted
una fiesta arreglada  su gusto: as, he ah una bella maana de verano,
bosques y claros con todos los efectos de luz deseables; pjaros que
cantan bajo el follaje, una barca misteriosa, que sobre las ondas se
desliza... Usted que tanto ama esta especie de historias, deber estar
contento.

--Encantado, seorita.

--Ah, es una felicidad!

Efectivamente, en aquel momento me hallaba bastante satisfecho de mi
suerte. Las dos riberas entre las cuales nos deslizbamos, estaban
cubiertas de heno recin cortado, que perfumaba el aire. Vea huir de
nuestro alrededor las sombras avenidas del parque, que el sol de la
maana sembraba de brillantes regueros de luz; millones de insectos se
embriagaban con el roco en los clices de las flores, zumbando
alegremente.

Frente  m se hallaba el buen Alain, que me sonrea  cada golpe de
remo, con aire de complacencia y proteccin: ms prxima, la seorita
Margarita vestida de blanco contra su costumbre, bella, fresca y pura
como una azucena, sacuda con una mano las hmedas perlas que la maana
suspenda en el encaje de su sombrero, y presentaba la otra como un
incentivo  Mervyn, que nos segua  nado. Verdaderamente que no hubiera
sido preciso rogarme mucho para llevarme al fin del mundo en aquella
pequea y frgil barquilla.

Al salir de los lmites del parque, pasando bajo uno de los arcos que
atraviesan la pared que lo rodea:

--No me pregunta  dnde lo llevo, seor?--me dijo la criolla.

--No, seorita: me es completamente indiferente.

--Lo llevo al pas de las hadas.

--No lo dudo.

--La seorita Helouin, ms competente que yo en materias de poesa, ha
debido decirle que los bosquecillos que cubren este pas en veinte
leguas  la redonda, son los restos de la antigua selva de Broclyande
donde cazaban los antepasados de su amiga la seorita de Porhoet,
soberanos de Gal, y donde el abuelo de Mervyn, que ve usted ah, fu
encantado,  pesar de ser l mismo encantador, por una seorita llamada
Bibiana. Muy pronto estaremos en el corazn de la selva. Y si esto no es
suficiente para exaltarle la imaginacin, sepa que estos bosques
conservan an mil vestigios de la misteriosa religin de los Celtas, que
por doquiera se hallan en multitud. Tiene, pues, el derecho de figurarse
bajo cada una de esas sombras, un druida, con sus blancas vestiduras, y
de ver relucir una hoz de oro en cada rayo de sol. El culto de esos
insoportables viejos ha dejado tambin cerca de aqu, en un sitio
solitario, romntico, pintoresco, etctera, un monumento, ante el cual
las personas predispuestas al xtasis, tienen por costumbre desmayarse:
he pensado que tendra usted placer en dibujarlo, y como el sitio no es
fcil de descubrir, he resuelto servirle de gua, no pidindole en
recompensa sino que me evite las explosiones de un entusiasmo al que no
podra asociarme.

--Sea, seorita; me contendr.

--Se lo suplico!

--Convenido. Y cmo llama usted  ese monumento?

--Yo lo llamo un montn de grandes piedras; los anticuarios lo llaman,
unos simplemente un _dolmen_, otros, ms pretenciosos, un _cromlech_;
las gentes del pas, sin explicar por qu, lo llaman la _migourdit_.

Mientras tanto, descendamos dulcemente el curso de las aguas entre dos
fajas de hmedas praderas; algunos bueyes de talla pequea, negros casi
todos, y con largos y afilados cuernos se levantaban aqu y all al
ruido de los remos y nos miraban pasar con ojos fieros. El valle en que
serpenteaba el ro que iba ensanchndose, por ambos lados estaba cerrado
por una cadena de colinas, las unas cubiertas de matorrales y secas
aliagas, las otras de verdeantes sotos. De tiempo en tiempo, una
quebrada transversal abra entre dos cuestas una perspectiva sinuosa, en
cuyo fondo se dibujaba la cima azul de una lejana montaa. La seorita
Margarita,  pesar de su incompetencia, no dejaba de sealar
sucesivamente  mi atencin todos los encantos de aquel paisaje severo y
dulce, acompaando, sin embargo, cada una de sus observaciones con una
reserva irnica.

Haca pocos momentos que un ruido sordo y continuo pareca anunciar la
vecindad de una catarata, cuando el valle se cerr repentinamente y tom
el aspecto de una garganta solitaria y salvaje. A la izquierda, se
levantaba una alta muralla de rocas salpicadas de musgo; robles y
abetos, interpolados con yedras y malezas pendientes, se ostentaban en
las grietas, hasta la cumbre de la escarpada ribera, arrojando una
sombra misteriosa sobre el agua profunda que baaba el pie de los
peascos. A cierta distancia delante de nosotros, las ondas borbotaban,
espumaban y desaparecan repentinamente; la rota lnea del ro se
dibujaba  travs de un humo blanquecino sobre un fondo lejano de
confuso verdor. A nuestra derecha, la ribera opuesta  la escarpada, no
presentaba sino una pequea margen de pradera en declive, sobre la que
algunas colinas cargadas de bosques, sealaban una franja de sombro
terciopelo.

--A tierra, seor!--dijo la criolla.

Mientras Alain amarraba la barca  las ramas de un sauce:

--Y bien! seor--dijo saltando con ligereza sobre la hierba--no se
halla mal? no est usted trastornado, herido, petrificado? Se dice sin
embargo que este sitio es lindsimo. A m me gusta, porque siempre hay
fresco en l... Pero... sgame en estos bosques, si se atreve, y yo le
mostrar esas famosas piedras.

La seorita Margarita, viva, ligera y alegre, como jams la haba visto,
en dos saltos salv la pradera y tom una senda que se internaba en la
arboleda, subiendo la cuesta. Alain y yo, la seguamos en hilera.
Despus de algunos minutos de una rpida marcha, nuestra conductora se
detuvo, pareci consultar y reconocer el lugar en que se hallaba, luego
separando resueltamente dos ramas entrelazadas, dej el camino trazado y
se lanz en plena selva. El viaje se hizo entonces menos agradable. Era
muy difcil abrirse paso  travs de las encinas nuevas an, pero ya
vigorosas, de que se compona aquel monte y que entrelazaban, como las
empalizadas de Robinsn, sus oblcuos troncos y sus tupidas ramas. Alain
y yo al menos avanzbamos con gran trabajo, encorvados, estrellndonos
la cabeza  cada paso, y haciendo caer sobre nosotros,  cada uno de
nuestros pesados movimientos, una lluvia de roco; pero la seorita
Margarita, con la destreza superior y la flexibilidad propia de su sexo,
se deslizaba sin esfuerzo aparente,  travs de los intersticios de
aquel laberinto, riendo de nuestros sufrimientos, y dejando
negligentemente cimbrar tras ella las flexibles ramas, que venan 
azotar nuestros rostros.

Llegamos en fin  un claro muy estrecho, que pareca coronar la cumbre
de esta colina: all admir, no sin emocin, la sombra y monstruosa
mesa de piedra, sostenida por cinco  seis trozos de mrmol que medio
enterrados forman una caverna verdaderamente llena de un horror sagrado.
Al primer aspecto, hay en este intacto monumento de tiempos casi
fabulosos y de religiones primitivas, una potencia de verdad, una
especie de presencia real, que sobrecoge el alma y la estremece. Algunos
rayos de sol, penetrando en el follaje, filtraban por las junturas algo
separadas, jugueteaban sobre el siniestro trozo y prestaban la gracia de
un idilio  aquel brbaro altar. La misma Margarita pareca pensativa y
recogida. En cuanto  m, despus de haber penetrado en la caverna y
examinado el _dolmen_ bajo todas sus faces, me puse en posicin de
dibujarlo.

Haca diez minutos que me hallaba absorto en este trabajo sin
preocuparme de lo que pasaba  mi alrededor, cuando la seorita
Margarita me dijo de repente:

--Quiere usted una Velada para animar el cuadro?--Levant los ojos.
Haba enrollado alrededor de su frente un espeso follaje de robles y se
hallaba parada sobre el _dolmen_, ligeramente apoyada sobre un haz de
tiernos rboles; bajo la media luz de la enramada, su blanca vestidura
tomaba el brillo del mrmol, y sus pupilas chispeaban con un fuego
extrao, en la sombra proyectada por el relieve de su corona. Estaba
bella y creo que ella lo conoca. La mir sin hallar nada que decirle.

--Si lo incomodo, me quitar--me dijo.

--No, no lo haga, se lo suplico.

--Pues bien, despchese: ponga tambin  Mervyn: l ser el druida, yo
la druidesa.

Tuve la suerte de reproducir bastante fielmente, gracias  lo vago del
bosquejo, la potica visin con que era favorecido. Ella se acerc con
aparente solicitud  examinar mi dibujo.

--No est mal--dijo. Luego arroj su corona riendo y agreg:--Convenga
usted en que soy buena.

--Convengo en ello--y habra confesado adems, si lo hubiera deseado,
que no le faltaba su grano de coquetera; pero sin esto no sera mujer,
y la perfeccin es odiosa:  las diosas mismas les era necesaria, para
ser amadas, algo ms que su inmortal belleza.

Volvimos  ganar  travs del enmaraado soto, el sendero trazado en el
bosque y descendimos hacia el ro.

--Antes de marcharme--dijo la joven--quiero mostrarle la catarata, tanto
ms, cuanto que  mi turno pienso proporcionarme una pequea diversin.
Ven, Mervyn! Ven, noble perro mo! Qu bello eres, eh!

Muy luego nos hallamos en el ribazo frente  los arrecifes, que bordean
el lecho del ro. El agua se precipitaba desde una altura de algunos
pies, al fondo de un ancho estanque profundamente encajonado, de forma
circular que pareca limitar por todos los lados un anfiteatro de
verdura, salpicado de hmedas rocas. Sin embargo, algunas quebradas
invisibles reciban el exceso del agua del pequeo lago, y estos arroyos
iban  reunirse algo ms lejos en un lecho comn.

--Si no es precisamente el Nigara--me dijo la seorita Margarita,
elevando un poco la voz para dominar el ruido de la cascada--he odo
decir, sin embargo,  los conocedores y  los artistas, que es bastante
bella. La ha admirado usted? Bien! Ahora espero que conceder  Mervyn
el poco entusiasmo que puede quedarle. Aqu, Mervyn!

El terranova vino  colocarse al lado de su ama, y la mir
estremecindose de impaciencia. La joven entonces, habiendo envuelto en
su pauelo algunos guijarros, lo lanz  la corriente un poco ms arriba
de la catarata. En el mismo momento Mervyn caa como un trozo de piedra
en el estanque inferior y se alejaba rpidamente de la orilla: el
pauelo entretanto sigui el curso de las aguas, lleg  los arrecifes,
bail un instante en un remolino, luego pasando como una flecha por
encima de la redondeada roca, fu  remolinar en una ola de espuma 
los ojos del perro, que lo cogi con pronto y seguro diente. Mervyn gan
despus orgullosamente la ribera, donde la seorita Margarita golpeaba
sus manos.

Este encantador ejercicio se renov muchas veces con igual xito. Era la
sexta vez que se repeta, cuando sucedi, sea que el perro partiese
demasiado tarde,  que el pauelo fuera lanzado demasiado pronto, que
Mervyn no lleg  tiempo. El pauelo arrastrado por el remolino de las
cascadas, fu llevado  las malezas espinosas que se vean un poco ms
lejos en la superficie del agua. Mervyn fu  buscarlo, pero nos
sorprendimos muchsimo al verlo de pronto revolverse convulsivamente,
soltar su presa, y levantar la cabeza hacia nosotros arrojndonos
lamentables aullidos.

--Ah, Dios mo! qu tiene?--exclam la seorita Margarita.

--Parece que se ha enredado en esas malezas. Pronto va  desembarazarse,
no lo dude usted. A los pocos momentos no slo fu preciso dudar, sino
desesperar. La red de bejucos en que haba cado el desgraciado
terranova como en una trampa, naca directamente de un ensanche del
pasaje que verta incesantemente sobre la cabeza de Mervyn, una masa de
agua espumante. El pobre animal, medio sofocado, ces de hacer
esfuerzos para romper sus ligaduras, y sus ladridos quejumbrosos tomaron
el ahogado acento del estertor. En este momento, la seorita Margarita
tom mi brazo, y me dijo casi al odo en voz baja:

--Est perdido... venga, seor... Alejmonos!

Yo la mir: el dolor, la angustia, la contrariedad, alteraban sus
plidas facciones, y marcaban debajo de sus ojos un crculo lvido.

--No hay ningn medio--le dije--de hacer bajar hasta aqu la barca; pero
si quiere usted permitrmelo, s nadar un poco y me lanzar  tirar de
la pata al animal.

--No, no: no lo intente, est demasiado lejos... y luego he odo decir
siempre, que el ro es profundo y peligroso bajo la cascada.

--Tranquilcese, seorita: soy prudente.

Al mismo tiempo arroj mi levita sobre la hierba y entr en el pequeo
lago, tomando la precaucin de mantenerme  cierta distancia de la
cascada. El agua era muy profunda, en efecto, pues no pude hacer pie
hasta el momento en que me aproxim al agonizante Mervyn. No s si ha
habido aqu en otro tiempo un islote, que se haya sumergido poco  poco,
 si alguna creciente del ro ha arrastrado y depuesto en este paraje
algunos fragmentos arrancados del ribazo; lo que hay de cierto es que un
espeso entrelazamiento de malezas y ramas se oculta y prospera bajo
aquellas prfidas aguas. Puse los pies sobre una de las capas de donde
pareca surgir el zarzal y consegu libertar  Mervyn, que una vez dueo
de sus movimientos volvi  hallar todos sus medios, y se sirvi de
ellos sin retardo para ganar la orilla, abandonndome de buena gana.
Este rasgo no era muy conforme con la reputacin caballeresca de que
goza su especie: pero el buen Mervyn, ha vivido mucho entre los hombres
y supongo que se ha vuelto un poco filsofo. Cuando quise tomar mi
impulso para seguirle, reconoc con enfado que era detenido,  mi turno,
por la red de la nyade maligna y celosa, que al parecer reina en estos
parajes. Una de mis piernas estaba enlazada por nudosos bejucos que
trat en vano de romper. No se halla uno bastante libre en una agua
profunda sobre un fondo viscoso, para desplegar todas sus fuerzas:
estaba por otra parte medio ciego por el repulso continuo de la onda
espumante. Adems senta que mi situacin se haca equvoca. Arroj una
mirada hacia la ribera. La seorita Margarita suspendida del brazo de
Alain, estaba inclinada sobre el abismo y clavaba sobre m una mirada de
mortal ansiedad. Me dije en aquel momento, que slo de m dependa ser
llorado por aquellos hermosos ojos, y dar  una existencia miserable un
fin digno de envidia. Luego sacud estos cobardes pensamientos: un
violento esfuerzo me desprendi, anudme al cuello el pequeo pauelo
hecho pedazos y gan suavemente la ribera. Al abordar, la seorita
Margarita me tendi su mano temblorosa: esto me pareci recompensarme.

--Qu locura!--dijo.--Qu locura! Poda usted haber muerto all y por
un perro!

--Era el suyo--le respond  media voz como ella me haba hablado.

Esta palabra pareci contrariarla; retir bruscamente su mano, y
volvindose hacia Mervyn que bostezando se secaba al sol, psose 
acariciarlo:--Oh! tonto, gran tonto--dijo.--Qu bestia eres!

En tanto, manaba yo agua sobre la hierba como una regadera, y no saba
qu hacer de mi individuo, cuando la joven volvindose  m, me dijo con
bondad:--Seor Mximo tome la barca y mrchese pronto. Remando se
calentar un poco. Yo me volver con Alain por los bosques. El camino es
ms corto.--Parecindome este arreglo conveniente bajo todos aspectos,
no hice objecin alguna. Me desped: tuve por segunda vez el placer de
tocar la mano del ama de Mervyn, y me arroj  la barca.

Vuelto  casa, me sorprend al vestirme hallando en mi cuello el
despedazado pauelo que haba olvidado entregar  la seorita Margarita.
Ella ciertamente lo crea perdido, y me decid  apropirmelo como
premio de mi hmedo torneo. Por la noche fu al castillo, la seorita
Laroque me acogi con ese aire de indolencia desdeosa, de distraccin
sombra y de amargo fastidio que la caracteriza habitualmente, y que
formaba entonces un singular contraste con la graciosa bondad y la
festiva vivacidad de mi matinal compaera. Durante la comida,  la cual
asista el seor de Bevallan, habl de nuestra excursin; como para
quitarle todo misterio, lanz de pasada algunas zumbas  propsito de
los amantes de la Naturaleza, y termin contando la mal aventura de
Mervyn, pero suprimi de este ltimo episodio toda la parte que me
concerna. Si esta reserva ha tenido por objeto, como lo creo, dar tono
 mi propia discrecin, la seorita se tomaba un intil trabajo. Sea lo
que sea, el seor de Bevallan, al oir este relato, nos aturdi con sus
gritos de desesperacin.

--Cmo! la seorita Margarita haba sufrido aquellas tan largas
ansiedades! El bravo Mervyn haba corrido tan grave peligro, y l,
Bevallan, no se haba hallado all? Fatalidad! Jams se consolara...
no le quedaba otro remedio que colgarse como Crillon.

--Pues bien, si estuviese yo solo para descolgarlo--me dijo el viejo
Alain cuando me acompaaba por la noche--empleara todo el mayor tiempo
posible para hacerlo.

El da de ayer, no comenz para m tan alegremente como el de la
vspera. Recib por la maana una carta de Madrid, que me encargaba
anunciar  la seorita de Porhoet la prdida definitiva de su pleito. El
agente de negocios me haca saber, adems, que la familia con quien se
pleiteaba, al parecer no aprovechara de su triunfo, pues se hallaba
ahora en lucha con la corona, que se haba despertado al ruido de
aquellos millones y que sostiene que la sucesin en litigio le pertenece
por derecho de abolengo. Despus de largas reflexiones me ha parecido
que sera muy caritativo ocultar  mi vieja amiga la ruina absoluta de
sus esperanzas. Tengo pues, el proyecto de asegurarme la complicidad de
su agente en Espaa; l pretextar una nueva demora; por mi parte,
seguir el escudriamiento de los archivos, y har en fin lo posible
para que la pobre mujer contine hasta el fin de sus das alimentando
sus queridas ilusiones. Por muy legtimo que sea el carcter de este
engao, sent, sin embargo, la necesidad de hacerlo sancionar por alguna
conciencia delicada.

Me transport al castillo despus de medioda,  hice mi confesin  la
seora de Laroque: ella aprob mi plan y aun me alab ms de lo que el
caso pareca exigir. Y no fu sin gran sorpresa que la o terminar
nuestra conversacin con estas palabras:--Ha llegado el momento de
decirle, seor, que le estoy profundamente agradecida por sus cuidados;
que cada da me agrada ms su compaa y siento ms estimacin por su
persona. Querra, seor, perdneme, porque no puede usted participar de
este voto, querra que no nos separsemos jams... y ruego humildemente
al Cielo haga todos los milagros que sean necesarios para esto... porque
no se me oculta... que seran menester milagros.

No pude comprender el sentido preciso de este lenguaje, tanto ms,
cuanto que no me explicaba la emocin repentina que brill en los ojos
de la excelente mujer. Di las gracias como convena y me fu  pasear mi
tristeza  travs de los campos.

Una casualidad, poco singular, para ser franco, me condujo, al cabo de
una hora de camino, al retirado valle y sobre el borde del estanque que
haba sido teatro de mis recientes proezas. El cerco de follaje y de
rocas que rodea el pequeo lago, realiza el ideal mismo de la soledad.
All se est verdaderamente en el fin del mundo, en un pas virgen, en
la China,  donde se quiera. Me tend sobre la grama y rehice en mi
imaginacin todo el paseo de la vspera, que es de aquellos que no se
hacen dos veces en el curso de la vida ms larga. Senta que si se me
ofreciera segunda vez una fortuna parecida, no tendra ya el mismo
encanto de imprevisin, de calma, y para terminar la palabra, de
inocencia. Era menester repetrmelo bien: este fresco romance de
juventud, que perfumaba mi pensamiento, no poda tener sino un captulo,
 ms bien una pgina, y la haba ledo ya. S, esa hora, esa hora de
amor, para llamarla por su nombre, haba sido soberanamente dulce,
porque no fu premeditada, porque no haba pensado en darle su nombre
sino despus de haberla agotado; porque haba sentido la ebriedad sin la
falta. Ahora mi conciencia se ha despertado: vome en la pendiente de un
amor imposible, ridculo, peor que esto, culpable! Era tiempo de velar
por m; pobre desheredado como soy!

Dirigame tales consejos en este lugar solitario, y no hubiera sido
absolutamente necesario venir aqu para dirigrmelos, cuando un
murmullo de voces me sac repentinamente de mi distraccin. Me levant
y vi avanzar hacia m, una reunin de cuatro  cinco personas que
acababan de desembarcar. Eran la seorita Margarita, apoyada en el brazo
del seor de Bevallan, la seorita Helouin y la seora Aubry seguidas de
Alain y Mervyn. El ruido que hacan al aproximarse, haba sido apagado
por el ruido de las cascadas; slo estaban  dos pasos de m, no tuve
tiempo para retirarme, fu preciso que me resignara al desagrado de
verme sorprendido en mi actitud de pensador melanclico. Mi presencia en
este lugar no despert al parecer, ninguna atencin particular; cre
nicamente ver pasar por la frente de la seorita Margarita, una nube de
descontento, y me devolvi el saludo con notable sequedad. El seor de
Bevallan, plantado sobre los bordes del valle, fatig algn tiempo los
ecos con los clamores triviales de su admiracin... Delicioso!...
pintoresco!... Qu mezcolanza... oh! la pluma de Jorge Sand... el
pincel de Salvator Rosa!... Todo esto iba acompaado de enrgicos
gestos, que parecan arrebatar sucesivamente  estos dos grandes
artistas los instrumentos de su genio. En fin se calm, y se hizo
mostrar el paso peligroso donde Mervyn estuvo  punto de perecer. La
seorita Margarita cont de nuevo la aventura, observando la misma
discrecin en cuanto  la parte que haba tenido yo en el desenlace,
hasta insisti con una especie de crueldad, relativamente para m, sobre
los talentos, el valor y la presencia de nimo que su perro haba
desplegado en aquella heroica circunstancia. Supona, al parecer, que el
servicio que haba tenido la dicha de prestarle, habra hecho subir  mi
cerebro algunos humos de presuncin que era urgente destruir.

Habiendo la seorita Helouin y la seora Aubry manifestado un vivo deseo
de ver renovarse las tan ponderadas hazaas de Mervyn, la joven llam al
terranova y lanz como el da anterior su pauelo  la corriente del
ro, pero  esta seal el valiente Mervyn, en lugar de precipitarse al
lago, tom la carrera  lo largo de la ribera yendo y viniendo, con aire
diligente, ladrando con furor, agitando la cola, dando en fin, mil
pruebas de un poderoso inters, pero al mismo tiempo de una excelente
memoria. Decididamente la razn domina el corazn de este animal. En
vano la seorita Margarita, irritada y confusa, emple sucesivamente las
caricias y las amenazas para vencer la obstinacin de su favorito; nada
pudo decidir al inteligente animal  confiar de nuevo su preciosa vida 
aquellas terribles ondas. Despus de tan pomposos anuncios, la
obstinada prudencia del intrpido Mervyn, tena en realidad algo de
ridculo;  mi parecer, tena yo ms que nadie el derecho de reirme y no
tuve escrpulo en hacerlo. Adems, la hilaridad fu general muy luego, y
la seorita Margarita acab por tomar parte en ella, aunque muy
dbilmente.

--Despus de todo--dijo,--he perdido otro pauelo.

El pauelo arrastrado por el movimiento constante del remolino, haba
ido naturalmente  enredarse en las ramas del fatal matorral,  una
corta distancia de la opuesta ribera.

--Fe en m, seorita--exclam el seor de Bevallan.--En diez minutos
tendr usted su pauelo,  no ser quin soy.

Me pareci que la seorita Margarita al oir esta declaracin magnnima,
me lanzaba  hurtadillas una expresiva mirada, como para decirme:--Vea
que  mi alrededor no es tan raro el sacrificio! Luego respondi al
seor de Bevallan:--Por Dios, no haga locuras, el agua es muy profunda!
Hay un verdadero peligro.

--Eso me es absolutamente indiferente--contest el seor de Bevallan.

--Dgame, Alain, tiene usted un cuchillo?

--Un cuchillo?--repiti la seorita Margarita con el acento de la
sorpresa.

--S, djeme, djeme hacer.

--Pero qu pretende usted hacer con un cuchillo?

--Pretendo cortar una rama--dijo el seor de Bevallan.

La joven lo mir fjamente.

--Crea--murmur--que iba usted  echarse  nado.

--A nado!--dijo el seor de Bevallan;--permtame, seorita... en primer
lugar no estoy en traje de natacin... adems, le confesar que no s
nadar.

--Si no sabe usted nadar--replic la joven, con un tono seco,--importa
muy poco que est  no est en traje de natacin.

--Es una observacin muy justa--dijo el seor de Bevallan, con una
festiva tranquilidad;--pero usted no tiene inters particular en que yo
me ahogue, no es as? Quiere usted su pauelo, ese es el fin. Desde el
momento en que yo lo traiga quedar usted satisfecha no es verdad?

--Pues bien--dijo la joven sentndose con resignacin;--vaya  cortar su
rama, seor.

El seor de Bevallan, que no se desconcierta fcilmente, desapareci en
el monte vecino, donde durante un momento omos crujir el ramaje;  poco
rato volvi armado de un largo vstago de avellano y psose 
despojarle de sus hojas.

--Por ventura piensa usted alcanzar hasta la otra orilla con ese
palo?--pregunt la seorita Margarita, cuya alegra comenzaba 
despertarse visiblemente.

--Djeme hacer, djeme hacer, por Dios--respondi el imperturbable
gentilhombre.

Se le dej obrar. Acab de preparar su rama y se dirigi hacia la barca.
Comprendimos entonces que su proyecto era atravesar el ro en bote, ms
arriba de la cascada, y una vez en la ribera opuesta, arponear el
pauelo que no estaba muy lejos. Este descubrimiento produjo entre los
asistentes un grito de indignacin; las damas, como se sabe, gustan
mucho de las empresas peligrosas... efectuadas por otros.

--Ya, ya, seor de Bevallan, vaya una bella invencin!

--Ta, ta, ta, seoras. Es la misma cosa que el huevo de Coln. Era
preciso saber el cmo.

Sin embargo, contra lo que poda esperarse, esta expedicin de tan
pacfica apariencia, no deba terminar sin emociones ni peligros. El
seor de Bevallan, en vez de ganar la ribera directamente frente  la
pequea ensenada en que estaba amarrada la barca, tuvo la malhadada idea
de atravesar por un punto ms vecino  la catarata. Impeli, pues, el
bote hasta el medio de la corriente; luego lo dej arrastrar por ella
durante un momento; pero no tard en fijarse de que en la cercana de la
cascada, el ro, como atrado por el abismo y arrebatado por el vrtigo,
precipitaba su curso con aterradora rapidez; tuvimos la revelacin del
peligro al verlo poner repentinamente el bote de travs y comenzar 
agitar los remos con febril energa. Luch contra la corriente durante
algunos segundos con un xito muy incierto. Sin embargo, se aproximaba
poco  poco al ribazo opuesto, aun cuando la corriente continuase
arrastrndolo con espantosa impetuosidad hacia las cataratas, cuyos
amenazantes rumores deban entonces llenar de horror sus odos. No
distaba ya de ellas sino algunos pasos, cuando un esfuerzo supremo le
llev hasta cerca de la ribera para que su vida al menos quedase
asegurada. Tom entonces un impulso vigoroso y salt sobre el declive de
la costa, rechazando con el pie  pesar suyo la abandonada barca, que
fu inmediatamente arrastrada por encima de los arrecifes y vino  vogar
en el estanque con la quilla al aire.

En tanto que el peligro dur no habamos sentido, en presencia de
aquella escena, otra impresin que la de una viva inquietud; pero
tranquilizados apenas nuestros espritus, deban ser heridos vivamente
por el contraste que ofreca el desenlace de la aventura con el aplomo
del que haba sido su hroe. La risa es por otra parte tan fcil como
natural despus de alarmas felizmente apaciguadas. As, no hubo nadie
entre nosotros que no se abandonase  una franca alegra en el momento
en que vimos al seor de Bevallan fuera de la barca. Ser preciso
advertir que en este mismo momento se completaba su infortunio por un
accidente verdaderamente doloroso. El ribazo  que haba saltado
presentaba una pendiente escarpada y hmeda; no bien hubo puesto el pie
en l, resbalndose cay de espaldas; algunas slidas ramas se hallaban
afortunadamente  su alcance y se agarr de ellas con frenes, mientras
sus piernas se agitaban como dos furiosos remos en el agua, por otra
parte poco profunda, que baa la costa. Habiendo desaparecido entonces
toda sombra de peligro, el espectculo de aquel combate fu puramente
ridculo, y supongo que este cruel pensamiento agregaba  los esfuerzos
del seor de Bevallan una torpe precipitacin que le haca retardar su
triunfo. Logr, sin embargo, levantarse de nuevo y tomar pie sobre la
escarpa; pero sbitamente lo vimos deslizarse otra vez despedazando las
malezas que se oponan  su pasaje, volviendo  comenzar en el agua,
con una desesperacin evidente, su desordenada pantomima. Era imposible
contenerse. Creo que jams la seorita Margarita haba asistido  una
fiesta semejante. Haba olvidado absolutamente todo cuidado por su
dignidad, y como una ninfa ebria, llenaba el soto con los estallidos de
su alegra casi convulsiva. Golpeaba sus manos, y  travs de sus
carcajadas, gritaba con voz entrecortada:--Bravo, bravo, seor de
Bevallan! Lindsimo, delicioso, pintoresco! Oh, Salvator Rosa!

El seor de Bevallan, entretanto, haba acabado por pararse sobre la
tierra firme. Volvindose entonces hacia las damas, les dirigi un
discurso, que el ruido estrepitoso de la cascada no permita oir
claramente, pero por los animados gestos, por los movimientos
descriptivos de sus brazos y el aire torpemente sonriente de su
fisonoma, podamos comprender que nos haca una explicacin apologtica
de su desastre.

--S, seor, s--respondi la seorita Margarita, riendo siempre con la
implacable tranquilidad de una mujer;--es un triunfo, un magnfico
triunfo! Sea enhorabuena!

Cuando recobr un poco su seriedad, me interrog sobre los medios de
recobrar la zozobrada barca, que entre parntesis, es la mejor de
nuestra flotilla. Prometle volver al siguiente da con algunos obreros
y presidir su salvamento; luego nos encaminamos alegremente  travs de
las praderas, en direccin al castillo, en tanto que el seor de
Bevallan, no estando en traje de natacin, deba renunciar  reunrsenos
y se perda con aire melanclico tras de las rocas que bordean la
opuesta ribera.




20 de agosto.


En fin, aquella alma extraordinaria me ha entregado el secreto de sus
tempestades. Deseara que lo hubiera guardado siempre! En los das
subsiguientes  las escenas que he contado, la seorita Margarita, como
avergonzada de los movimientos de juventud y franqueza  que un instante
se haba abandonado, dej caer de nuevo sobre su frente un velo ms
espeso de triste arrogancia, de desconfianza y de desdn. En medio de
los bulliciosos placeres de las fiestas y bailes que en el castillo se
sucedan, pasaba ella como una sombra, indiferente, helada, y algunas
veces hasta irritada. Su irona atacaba con inconcebible amargura, tan
pronto  los puros goces del espritu,  los que proporcionan la
contemplacin y el estudio, como  los ms nobles  inviolables
sentimientos. Si se citaba delante de ella algn rasgo de valor  de
virtud, lo volva al momento para buscarle la faz del egosmo; si se
tena la desgracia de quemar en su presencia el ms pequeo grano de
incienso sobre el altar del arte, al instante lo extingua de un revs.
Su risa triste, sarcstica, temible, semejante en sus labios  la burla
de un ngel cado, se encarnizaba en ajar donde quiera que vea las
seales de las ms generosas facultades del alma humana, el entusiasmo y
la pasin. Senta yo que este extrao espritu de denigracin, tomaba
para conmigo un carcter de persecucin especial y de verdadera
hostilidad. No comprenda y no comprendo an muy bien, cmo he podido
merecer estas particulares _atenciones_, pues si es verdad que llevo en
mi corazn la firme religin de las cosas ideales y eternas, que slo la
muerte poda arrancarme (oh, gran Dios, qu me quedara si no tuviera
esto!) de ningn modo soy inclinado  los xtasis pblicos y mis
admiraciones como mis amores, jams importunarn  nadie. Trataba de
observar con ms escrpulo que nunca aquella especie de pudor que sienta
tan bien  los verdaderos sentimientos; pues no ganaba nada: era
sospechoso de poesa. Se me atribuan quimeras novelescas, para tener el
placer de combatirlas, ponaseme en las manos no s qu arpa ridcula,
para proporcionarse la diversin de romperle las cuerdas.

Si bien esta guerra declarada  todo lo que es superior  los intereses
positivos y  las secas realidades de la vida, no era nueva en el
carcter de la seorita Margarita, sin embargo, se haba exagerado
bruscamente y envenenado, hasta el punto de herir los corazones que ms
cario le profesaban. Un da, la seorita de Porhoet, cansada de esa
incesante burla, le dijo delante de mi:--Querida ma, se ha posesionado
del corazn de usted, hace algn tiempo, un demonio que hara bien en
exorcizar lo ms pronto posible; de otro modo, acabar usted por formar
una homognea trinidad con las seoras de Aubry y de Saint-Cast; quiero
advertrselo bien claro. Por mi parte no me precio de ser ni haber sido
jams una persona muy novelesca, pero me gusta creer que hay an en el
mundo algunas almas capaces de sentimientos generosos: creo en el
desinters, aun cuando no fuese sino en el mo; creo en el herosmo,
pues he conocido hroes. Adems, tengo placer en oir cantar  los
pajarillos bajo mi soto de ojaranza, y en edificar mi catedral en las
nubes que pasan. Todo esto puede ser muy ridculo; pero me atrevo 
recordarle que estas ilusiones son los tesoros del pobre, que el seor y
yo no tenemos otros, y que tenemos la singularidad de no quejarnos.

Otro da que acababa yo de sufrir con mi ordinaria impasibilidad los
sarcasmos de la seorita Margarita, su madre me llam aparte.

--Seor Mximo--me dijo,--mi hija le atormenta un poco, le suplico que
la excuse. Debe notar que su carcter se ha alterado desde hace algn
tiempo.

--La seorita parece ms preocupada que de costumbre...

--No es sin razn, Dios mo! Est  punto de tomar una resolucin muy
grave y ese es un momento en que el humor de las jvenes queda entregado
 la locura de las brisas.

Inclinme sin responder.

--Usted es ahora--continu la seora Laroque--un amigo de la familia;
por esa razn le quedar agradecidsima si me dice lo que piensa del
seor de Bevallan.

--El seor de Bevallan, seora, tiene segn creo, una muy buena fortuna
aunque un poco inferior  la de usted, pero muy buena sin embargo: cerca
de ciento cuarenta mil francos de renta.

--S, pero cmo juzga usted su persona, su carcter?...

--Seora, el seor de Bevallan es lo que se llama un completo caballero.
No le falta talento y pasa por un hombre galante.

--Pero cree usted que haga feliz  mi hija?

--No creo que la haga desgraciada. Sera suponerle una alma depravada.

--Qu quiere usted que haga, Dios mo? A m no me gusta nada, pero es
el nico que no desagrada  Margarita... y por otra parte, hay tan
pocos hombres que tengan cien mil francos de renta! Debe usted
comprender que mi hija en su posicin no ha dejado de tener
pretendientes... Hace dos  tres aos que estamos literalmente
sitiadas... Pues bien, es menester acabar... Yo estoy enferma... Puedo
morirme de un da  otro... Mi hija quedara sin proteccin... Adems,
este es un matrimonio en que se reunen todas las conveniencias, que la
sociedad aprobar ciertamente, y yo sera culpable si no consintiera en
l... Se me acusa ya de inspirar  mi hija ideas novelescas... la verdad
es que yo nada la inspiro. Ella tiene una cabeza completamente suya. En
fin, qu es lo que me aconseja usted?

--Me permitir, seora, preguntarle cul es la opinin de la seorita
de Porhoet? Es una persona llena de juicio y de experiencia y que adems
le profesa  usted un gran cario...

--Ah! si he de creer  la seorita de Porhoet, enviara muy lejos al
seor de Bevallan... Pero habla muy fcilmente... cuando l se haya
marchado no ser ella quien casar  mi hija!

--Dios mo, seora, desde el punto de vista de la fortuna, el seor de
Bevallan es ciertamente un partido poco comn, es preciso no
disimulrselo, y si quiere usted rigurosamente cien mil libras de
renta...

--Para m lo mismo son cien mil libras de renta que cien cuartos, mi
querido seor... Pero no se trata de m, sino de mi hija... yo no puedo
darla  un albail. No es as? A m me habra gustado ser la mujer de
un obrero, pero lo que habra hecho mi felicidad, es probable que no
haga la de mi hija. Y al casarla, debo consultar las ideas generalmente
recibidas, no las mas.

--Pues bien, seora, si este casamiento le conviene, y conviene
igualmente  su seorita hija...

--Pero no, si l no me conviene... y no conviene  mi hija... Es un
casamiento... Dios mo, es un casamiento de conveniencia, eso es todo!

--Debo comprender que es una cosa completamente arreglada?

--No, puesto que le pido consejo. Si lo estuviera, mi hija estara ms
tranquila... esas fluctuaciones son las que la trastornan, y adems...

La seora de Laroque, sumergindose en la sombra de la pequea cpula
que domina su silln, agreg: Tiene usted alguna idea de lo que pasa en
esa desgraciada cabeza?

--Ninguna, seora.

Su mirada chispeante se fij sobre m durante un momento. Arroj un
profundo suspiro y me dijo con un tono dulce y triste:--Vyase, seor...
no le detengo ms.

La confidencia con que acababa de ser honrado no me sorprendi. Haca ya
algn tiempo que la seorita Margarita consagraba visiblemente al seor
de Bevallan todo el resto de simpata que conserva an por la humanidad.
Estos testimonios, sin embargo, parecan ms bien seal de una
preferencia amistosa que la de una apasionada ternura. Es menester
decir, adems, que esta distincin se explica fcilmente. El seor de
Bevallan,  quien jams estim y de quien he hecho,  pesar mo, en
estas pginas, ms bien la caricatura que el retrato, reune el mayor
nmero de cualidades y defectos que habitualmente atraen el sufragio de
las mujeres. La modestia le falta absolutamente; lo que le viene  las
mil maravillas, pues las mujeres no la estiman. Tiene esa seguridad
espiritual burlona y tranquila, que de nada se asusta, que intimida
fcilmente, y que garantiza siempre, al que est dotado de ella, una
especie de dominacin y una apariencia de superioridad. Su talle
derecho, sus gallardas facciones, su destreza en los ejercicios fsicos,
su renombre como batidor y cazador, le prestan una autoridad viril, que
impone al sexo tmido. Hay por fin, en sus ojos un espritu de audacia,
de empresa y de conquista no desmentido por sus costumbres, que conmueve
 las mujeres y subleva en sus almas secretos ardores. Justo es agregar,
que tales ventajas no tienen en general todo su precio sino sobre
corazones vulgares; pero el corazn de la seorita Margarita, que yo
haba querido, como sucede siempre, elevar al nivel de su belleza,
parece hacer ostentacin desde hace algn tiempo de sentimientos de un
orden muy mediocre, y creala muy capaz de sufrir sin resistencia como
sin entusiasmo, con la frialdad pasiva de una imaginacin inerte, el
encanto de ese vencedor venal y el yugo consiguiente  un matrimonio de
conveniencia.

A consecuencia de todo esto, era menester tomar un partido y lo tom ms
fcilmente de lo que un mes antes hubiera credo, pues haba empleado
todo mi valor en combatir las primeras tentaciones de un amor que el
buen sentido y el honor reprobaban igualmente, y aquella misma que, sin
saberlo, me impona este combate, sin saberlo, tambin, me haba ayudado
poderosamente  triunfar. Si no haba podido ocultarme su belleza, me
haba manifestado su alma, y la ma se haba reconcentrado, pequea
desgracia sin duda para la millonaria joven, pero verdadera, dicha para
m.

Entretanto, hice un viaje  Pars donde me llamaban los intereses de la
seora de Laroque y los mos. Volv hace dos das y al llegar al
castillo, se me dijo que el anciano seor Laroque me llamaba con
insistencia desde por la maana. Pas inmediatamente  su departamento.
Desde que me divis, una plida sonrisa vag por sus ajadas mejillas,
detuvo sobre m una mirada en la que cre ver una expresin de maligna
alegra y de secreto triunfo, dicindome luego con voz sorda y
cavernosa.

--Seor, el seor de Saint-Cast ha muerto.

Esta noticia que aquel singular anciano haba querido darme l mismo,
era exacta. En la noche precedente, el pobre general de Saint-Cast haba
sido atacado de una fuerte aplopega, y una hora despus era arrebatado
 la existencia opulenta y deliciosa, que deba  su seora. Conocido
apenas el suceso en el castillo, la seora de Aubry se haba hecho
transportar en seguida  casa de su amiga, y estas dos compaeras, nos
dijo el doctor Desmarest, haban conferenciado sobre la muerte, la
rapidez de sus golpes, la imposibilidad de preverlos  de garantirse
contra ellos, la inutilidad de los pesares que  nadie resucitan, sobre
el tiempo que todo lo consuela, acabando por una letana de ideas
originales y picantes. Despus de lo cual habindose sentado  la mesa
haban recobrado fuerzas muy tranquilamente.

--Vamos, coma usted, seora; es menester sustentarse, Dios lo quiere
as--deca la seora de Aubry.

A los postres, la seora de Saint-Cast hizo subir una botella de un
vinillo de Espaa que el pobre general adoraba, en consideracin  lo
cual suplicaba  la seora Aubry lo probara. Rehusando obstinadamente la
seora de Aubry  probarlo sola, la seora de Saint-Cast se haba dejado
persuadir que Dios quera que tambin ella bebiese un poco de vino de
Espaa con un bizcochito. No se brind por la salud del general.

Ayer por la maana, la seora de Laroque y su hija, estrictamente
vestidas de luto, montaron en carruaje: yo tom un lugar  su lado. A
las diez nos hallbamos en la pequea ciudad vecina. Mientras yo asista
 los funerales del general, las seoras se reunan con la seora de
Aubry para formar alrededor de la viuda el crculo de costumbre. Acabada
la triste ceremonia, volv  la casa mortuoria y fu introducido con
algunos amigos ntimos en el clebre saln cuyo mueblaje cuesta quince
mil francos. En el centro de una fnebre media luz, distingu sobre un
canap de mil doscientos francos, la sombra inconsolable de la seora de
Saint-Cast, envuelta en amplios crespones, cuyo precio no tardaremos en
conocer. A su lado se hallaba la seora de Aubry presentando la imagen
de la ms intensa postracin fsica y moral. Una media docena de
parientas y de amigas completaban aquel grupo doloroso. Mientras
nosotros nos colocbamos en fila  la otra extremidad del saln, hubo
algn ruido de refregones de pie y algunos crujidos del pavimento; luego
un melanclico silencio rein de nuevo en el fnebre recinto. De tiempo
en tiempo solamente, se elevaba del canap un suspiro lamentable que la
seora de Aubry repeta como un eco fiel. En fin apareci un joven que
se haba retardado un poco en la calle tomndose tiempo para acabar un
cigarro que haba encendido al salir del cementerio. Se deslizaba
discretamente en nuestras filas, cuando la seora de Saint-Cast lo not.

--Es usted, Arturo?--dijo con una voz semejante  un soplo.

--S, mi ta--dijo el joven, avanzando como centinela al frente de
nuestra lnea.

--Se acab todo?--respondi la viuda con el mismo tono quejumbroso y
lnguido.

--S, mi ta--respondi con acento breve y deliberado el joven Arturo,
que parece un mozo bastante satisfecho de s mismo.

Hubo una pausa; en seguida la seora de Saint-Cast sac del fondo de su
alma expirante esta nueva serie de preguntas:

--Estuvo bueno?

--Muy bueno, ta, muy bueno.

--Mucha gente?

--Toda la ciudad, mi ta, toda la ciudad.

--Las tropas?

--S, mi ta; toda la guarnicin con la msica.

La seora de Saint-Cast hizo oir un gemido y agreg:

--Y los bomberos?

--Los bomberos tambin, mi ta, sin duda alguna.

Ignoro lo que este ltimo detalle podra tener de particularmente
desgarrador para el corazn de la seora de Saint-Cast, pero no pudo
resistir  l; un desmayo sbito, acompaado de un vahido infantl llam
 su alrededor todos los recursos de la sensibilidad femenil y nos
proporcion la ocasin de retirarnos. Yo por mi parte no tuvo reparo en
aprovecharme de ella. Me era insoportable ver aquella ridcula furia
ejecutar sus hipcritas farsas sobre la tumba del hombre dbil, pero
bueno y leal, cuya vida haba emponzoado y muy indudablemente
acortado.

Ms tarde, la seora de Laroque me propuso la acompaara  la alquera
de Langoat, que est situada cinco  seis leguas ms lejos, en direccin
 la costa. Tena la intencin de ir  comer all con su hija. La
arrendataria, que haba sido nodriza de la seorita Margarita, estaba
enferma y proyectaban haca largo tiempo darle este testimonio de
inters. Partimos  las dos de la tarde. Era uno de los ms ardientes
das de verano. Las dos portezuelas abiertas dejaban entrar en el
carruaje los espesos y abrasadores efluvios que un trrido cielo verta
 torrentes sobre los secos arenales.

La conversacin se resinti de la languidez de nuestros espritus. La
seora de Laroque que se crea en el paraso, se haba por fin
desembarazado de sus pieles y permaneca sumergida en un dulce xtasis.
La seorita Margarita manejaba el abanico con una gravedad espaola. En
tanto que subamos lentamente las interminables cuestas de este pas,
veamos hormiguear sobre las calcinadas rocas legiones de pequeos
lagartos con sus plateadas corazas, y oamos el chirrido continuo de las
aliagas que abran al sol sus maduras frutas.

En medio de una de estas laboriosas ascensiones una voz grit
repentinamente desde el borde del camino:--Detnganse si me hacen el
favor! Al mismo tiempo una muchachota con las piernas desnudas, una
rueca en la mano y llevando el antiguo vestido del pas y la cofia ducal
de las paisanas de esa regin, franque rpidamente el foso; espant, al
pasar, algunos carneros, cuya pastora pareca, y vino  plantarse con
cierta gracia sobre el estribo, presentndonos en el cuadro de la
portezuela su fisonoma bronceada, resuelta y sonriente.

--Excsenme, seoras--dijo con el tono breve y melodioso que caracteriza
el acento de la gente del pas--me haran el placer de leerme esto?--y
sac de su corpio una carta plegada  la antigua.

--Lea usted, seor--me dijo sonriendo la seora de Laroque y alto si es
posible.

Tom la carta, que era un billete de amor. Estaba dirigido con mucha
minuciosidad  la seorita Cristina Oyadec en la Villa de... comuna
de... granja de... La escritura era de mano muy inculta, pero que
pareca sincera. La fecha anunciaba que la seorita Cristina haba
recibido aquella misiva dos  tres semanas antes: al parecer, la pobre
joven, no sabiendo leer y no queriendo confiar su secreto  la
malignidad de los que la rodeaban, haba esperado que algn pasajero 
la vez benvolo y letrado, viniera  darle la clave de aquel misterio
que le quemaba el seno haca quince das. Sus ojos azules, ampliamente
rasgados, fijbanse sobre m con un aire de contento inexplicable, en
tanto que yo descifraba penosamente las lneas oblicuas de la carta que
estaba concebida en estos trminos: Seorita: sta tiene por objeto
decirle que desde el da en que nos hablamos en el arenal despus de
vsperas, mis intenciones no han cambiado y que me desespero por saber
las suyas; mi corazn, seorita, es todo suyo, como deseo que el de
usted sea todo mo, y si esto sucede, puede estar segura y muy cierta,
que no habr alma viviente ms dichosa, ni en el Cielo ni en la tierra,
que la de su amigo que no firma, pero que usted sabe quin es, seorita.

--Usted sabe quin es, seorita Cristina?--preguntla al devolverle la
carta.

--Es muy probable--dijo, mostrndonos sus blancos dientes y sacudiendo
gravemente su femenil cabeza, iluminada por la felicidad.--Gracias,
seoras y seor!--salt del estribo y muy luego desapareci en la selva,
elevando hacia el Cielo las notas alegres y sonoras de alguna cancin
bretona.

La seora de Laroque haba seguido con un encanto manifiesto todos los
detalles de aquella escena pastoril, que acariciaba deliciosamente sus
quimeras; sonrea y soaba ante aquella afortunada nia de desnudos
pies, estaba encantada. Cuando la seorita Oyadec se hubo perdido de
vista, una idea extraa se ofreci repentina al pensamiento de la seora
de Laroque: era que, despus de todo, no hubiera hecho mal en dar,
adems de su admiracin, una pieza de cinco francos  la pastora.

--Alain!--exclam--llmela!

--Para qu, madre ma?--dijo vivamente la seorita Margarita, que hasta
entonces no haba parecido prestar atencin alguna al incidente.

--Pero, hija ma, no puede ser que esa nia no comprenda bien todo el
placer que yo tendra y que debe tener ella en correr con los pies
desnudos sobre el polvo, y creo conveniente por lo que pueda suceder,
dejarle un pequeo recuerdo.

--Dinero!--respondi la seorita Margarita;--oh! madre ma, no haga
usted eso. No mezcle el dinero en la dicha de esa nia!

La expresin de este refinado sentimiento que, entre parntesis, la
pobre Cristina es probable no hubiera apreciado del todo, no dej de
asombrarme en boca de la seorita Margarita, que no peca en general de
ese puritanismo. Hasta cre que se burlaba, aun cuando su fisonoma no
indicara ninguna disposicin  la jovialidad. Sea lo que sea, broma 
no, fu tomada muy  lo serio por su madre y se decidi con entusiasmo 
dejar  aquel idilio su inocencia y sus pies desnudos.

Despus de este bello rasgo, la seora de Laroque, evidentemente muy
contenta de s misma, volvi  caer en xtasis sonriendo, y la seorita
Margarita continu de nuevo manejando el abanico con ms gravedad. Una
hora despus llegbamos al trmino de nuestro viaje. Como la mayor parte
de los cortijos de este pas, donde las alturas y las mesetas estn
cubiertas de ridos arenales, la granja de Langot est situada en el
hueco de un valle atravesado por un riachuelo. La arrendataria, que se
hallaba mejor, se ocup sin retardo de los preparativos de la comida,
cuyos principales elementos habamos tenido cuidado de llevar. Nos fu
servida sobre el csped de una pradera,  la sombra de un enorme
castao. La seora de Laroque, instalada sobre uno de los cojines del
carruaje en una actitud sumamente incmoda, no pareca por eso menos
contenta. Nuestra reunin, deca le recordaba esos grupos de segadores
que suelen verse en verano, oprimindose al abrigo de los cercados y
cuyos rsticos banquetes nunca haba podido contemplar sin envidia. En
cuanto  m, es probable que en otros tiempos hubiera hallado una
dulzura singular en la estrecha y fcil intimidad que esta comida sobre
el csped, como todas las escenas de este mismo gnero, establecen
siempre entre los convidados; pero alejaba, con un penoso sentimiento de
violencia, este encanto demasiado sujeto al arrepentimiento, y el pan de
fugitiva fraternidad me pareca amargo.

Cuando acabamos de comer:--Ha subido usted alguna vez all arriba?--me
dijo la seora de Laroque designando la cumbre de una colina muy elevada
que domina la pradera.

--No, seora.

--Ha hecho usted muy mal. Vese desde all un magnfico horizonte. En
tanto que se pone el tiro, Margarita puede acompaarle, no es as
Margarita?

--Yo, madre ma? No he ido sino una vez y hace largo tiempo... pero
hallar el camino. Venga, seor, y preprese para una ruda ascensin.

Comenzamos en el momento  subir una escarpadsima senda que serpenteaba
sobre el flanco de la montaa, atravesando aqu y all algn
bosquecillo. La joven se detena de tiempo en tiempo en su rpida y
ligera ascensin para mirar si la segua, y un poco jadeante de su
carrera me sonrea sin hablar.

Llegado que hubimos al desnudo arenal que formaba la meseta, observ 
alguna distancia una iglesia de aldea cuyo campanario dibujaba en el
cielo sus vivos contornos.

--Aqu es--me dijo la joven conductora, acelerando el paso.

Detrs de la iglesia haba un cementerio cercado de pared. Abri la
puerta y se dirigi penosamente  travs de las altas hierbas y de las
zarzas extendidas, especie de gradas en forma de hemiciclo que ocupaban
su extremidad. Dos  tres escalones separados por el tiempo y muy
singularmente adornados por macizas esferas, conducen  una estrecha
plataforma levantada al nivel del muro; una cruz de granito se levanta
en el centro. Apenas lleg la seorita Margarita  la plataforma y
arroj una mirada en el espacio que se abri entonces ante ella, cuando
la vi colocar oblicuamente la mano sobre sus ojos, como si sintiese un
sbito desvanecimiento. Apresurme  llegar  su lado. Este bello da al
aproximarse  su fin alumbraba con sus ltimos resplandores una escena
grande, asombrosa y sublime, que jams olvidar. Frente  nosotros y 
una inmensa profundidad de la plataforma, se extenda hasta perderse de
vista, una especie de pantano sembrado de placas luminosas y que ofreca
el aspecto de una tierra abandonada por el reflujo de un diluvio. La
ancha baha avanzaba bajo nuestros pies hasta la base de las sesgadas
montaas. Sobre los bancos de arena y de fango, una vegetacin confusa
de caas y de hierbas marinas, se tea de mil matices igualmente
sombros y sin embargo distintos, que contrastaban con la brillante
superficie de las aguas. A cada uno de sus rpidos pasos hacia el
horizonte, el sol iluminaba  sumerga en la sombra alguno de los
numerosos lagos que salpicaban aquel golfo medio seco; pareca sacar
sucesivamente de su celeste tesoro las ms preciosas materias, la plata,
el oro, el rub y el diamante, para hacerlas relumbrar sobre cada punto
de aquella magnfica llanura. Cuando el astro toc al trmino de su
carrera, una banda vaporosa y ondeada que bordaba  lo lejos el lmite
del extremo de los pantanos, purpurese de repente con la luz del
incendio y guard por un momento la irradiada transparencia de una nube
surcada por el rayo; hallbame entregado todo entero  la contemplacin
de este cuadro verdaderamente sellado por la grandeza divina, y que
atravesaba como un rayo ms el recuerdo de Csar, cuando una voz baja
como oprimida murmur cerca de m:--Dios mo, esto es magnfico!

Muy lejos estaba yo de esperar de mi joven compaera esta efusin
simptica. Me volv hacia ella con la prontitud de una sorpresa que no
disminuy cuando la alteracin de sus facciones y el ligero temblor de
sus labios, me manifestaron la sinceridad profunda de su admiracin.

--Confiesa usted que esto es bello?--le dije.

Ella sacudi la cabeza; pero en el mismo instante dos lgrimas
destacbanse lentamente de sus grandes ojos: sintilas correr sobre sus
mejillas; hizo un gesto de despecho, luego arrojndose repentinamente
sobre la cruz de granito, cuya base le serva de pedestal, abrazla con
sus dos manos, apoy fuertemente su cabeza contra la piedra, y la o
sollozar convulsivamente.

No cre deber turbar con ninguna palabra el curso de aquella sbita
emocin, y alejme algunos pasos con respeto. Despus de un momento,
vindola levantar la frente y con mano distrada arreglar sus sueltos
cabellos, me aproxim  ella.

--Qu avergonzada estoy!--murmur.

--Est usted ms bien gozosa y renuncie, cramelo,  secar la fuente de
esas lgrimas, porque es sagrada. Jams las sacar usted de otra parte.

--Es preciso--exclam la joven con una especie de violencia.--Adems ya
no tiene remedio. Este acceso no ha sido sino una sorpresa... Todo lo
que es bello y todo lo que es amable... quiero odiarlo y lo odio.

--Y por qu? gran Dios.

Mirme  la cara y agreg con un gesto de dignidad y de dolor indecible:

--Porque soy bella y no puedo ser amada.

Entonces como un torrente largo tiempo contenido que rompe en fin sus
diques, continu con un arrebato extraordinario:

--Es verdad, sin embargo--y depona su mano sobre su palpitante
pecho.--Dios haba puesto en este corazn todos los tesoros de que me
burlo, de que blasfemo  cada hora del da. Pero cuando me ha castigado
con la riqueza, ah, me ha quitado con una mano lo que me prodigaba con
la otra! Para qu me sirve la belleza, para qu el desinters, la
ternura y el entusiasmo en que me siento consumida? Ah! no es  estos
encantos  los que se dirigen los homenajes de tantos viles que me
importunan. Lo adivino, lo s, lo s demasiado. Y si alguna vez una alma
desinteresada, generosa, heroica, me amara por lo que soy, no por lo
que tengo, yo no lo sabra, no lo creera! La desconfianza siempre...
Ved ah mi dolor y mi suplicio. Por esto estoy resuelta... no amar
jams; jams me arriesgar  confiar  un corazn vil, indigno y venal
la pura pasin que abrasa el mo. Mi alma morir virgen en mi seno...
Estoy resignada  ello; pero todo lo que es bello, todo lo que hace
pensar, todo lo que me habla de los Cielos prohibidos, todo lo que agita
en m estas llamas intiles, lo aparto, lo odio, no quiero nada de l.

Detvose temblorosa de emocin; en seguida, con una voz ms baja,
continu:

--Seor, no he buscado este momento... no he calculado mis palabras...
no le haba destinado toda esta confianza; pero en fin, he hablado;
usted lo sabe todo, y si alguna vez he podido herir su sensibilidad,
creo que ahora me lo perdonar.

Tendime su mano. Cuando mis labios se posaron sobre aquella mano an
tibia y hmeda por las lgrimas, me pareci que una languidez mortal
corra por mis venas. Margarita volvi la cabeza, arroj una mirada
sobre el sombro horizonte; luego, descendiendo lentamente las
gradas:--Partamos, dijo.

Un camino ms largo, pero ms fcil, que la pendiente escarpada de la
montaa, nos llev al patio de la granja, sin que una sola palabra se
hubiera pronunciado entre nosotros. Ay, que podra decir! Yo era ms
sospechoso que nadie. Senta que cada palabra escapada de mi corazn,
demasiado lleno, no hubiera hecho sino aumentar ms y ms la distancia
que me separa de aquella alma tempestuosa y adorable.

La noche entraba ya, ocultaba las huellas de nuestra comn emocin.
Partimos. La seora de Laroque despus de haberme expresado el contento
que dejaba en ella aquel da, psose  dormitar. La seorita Margarita,
invisible  inmvil en la espesa sombra del carruaje, pareca adormecida
como su madre: pero cuando alguna vuelta del camino dejaba caer sobre
ella un rayo de plida claridad, sus ojos abiertos y fijos manifestaban
que velaba silenciosamente, frente  frente con su inconsolable
pensamiento. En cuanto  m, apenas puedo decir que pensaba; una extrema
sensacin, mezcla de una alegra profunda y de una profunda amargura,
haba invadido todo mi ser, y me abandonaba  ella, como suele uno
abandonarse  un sueo, del que tiene conciencia, pero no fuerza para
sacudir su encanto.

Llegamos  media noche. Descend del carruaje  la entrada de la avenida
para llegar  mi habitacin, atravesando el parque por el camino ms
corto. Al entrar en una obscura alameda, un dbil ruido de pasos y de
voces hiri mi odo y distingu vagamente dos sombras en las tinieblas.
La hora era bastante avanzada para justificar la precaucin que tom de
permanecer oculto en la espesura de un bosque y observar aquellos
nocturnos rondadores. Pasaron lentamente delante de m: reconoc  la
seorita Helouin apoyada en el brazo del seor de Bevallan. En el mismo
instante el ruido del carruaje los puso en alarma, y despus de un
apretn de mano, se separaron apresuradamente, marchando la seorita en
direccin al castillo y el seor de Bevallan por la parte de los
bosques; habiendo entrado en mi habitacin y estando an preocupado con
este encuentro, me preguntaba con clera si dejara al seor de Bevallan
proseguir libremente sus amores por partida doble, y buscar al mismo
tiempo y en la misma casa, una novia y una querida. Seguramente soy muy
de mi edad y de mi tiempo para sentir contra ciertas debilidades el odio
vigoroso de un puritano, y no tengo tampoco la hipocresa de afectarlo;
pero pienso que la inmoralidad ms libre y ms relajada desde este punto
de vista admite an algunos grados de dignidad, de elevacin y de
delicadeza. Puede marcharse ms  menos rectamente por estos
extraviados caminos. Antes que todo, la excusa del amor es amar, pero la
profusin venal de las ternuras del seor de Bevallan excluye toda
apariencia de arrebato y de pasin. Tales amores no son ni aun faltas,
pues no tienen el valor moral de tales, no son sino clculos y apuestas
de chaln embrutecido. Los diferentes incidentes de este da reunindose
en mi espritu acababan de probarme hasta qu punto era indigno de la
mano y del corazn que osaba ambicionar. Esta unin sera monstruosa, y
sin embargo, pronto comprend que no poda usar para romper su intento
de las armas que la casualidad acababa de proporcionarme. El mejor fin
no podra justificar los medios bajos, y no hay delacin honorable.
Este casamiento se efectuar, pues! El Cielo dejar caer una de las
ms nobles criaturas que haya formado, en los brazos de este fro
libertino! Sufrir esta profanacin! Ay, sufre tantas! Luego, trataba
de explicarme por qu extravo de la falsa razn esta joven haba
escogido entre todos  este hombre. Creo adivinarlo. El seor de
Bevallan es muy rico, debe traer una fortuna casi igual  la suya, esto
parece ser una especie de garanta; l podra pasarse sin este aumento
de riqueza: se le presume ms desinteresado porque es menos necesitado.
Triste argumento! Enorme engao es medir por el grado de la fortuna,
el grado de venalidad de los caracteres! Las tres cuartas partes del
tiempo, la avidez se hincha con la opulencia, y los ms mendigos no son
los ms pobres!

No haba, sin embargo, ahora alguna apariencia de que la seorita
Margarita pudiera por s sola abrir los ojos sobre la indignidad de su
eleccin y hallar en alguna inspiracin secreta de su propio corazn el
consejo, que me era prohibido sugerirle? No poda levantarse
repentinamente en aquel corazn un sentimiento nuevo, inesperado, que de
un soplo redujera  la nada las vanas resoluciones de la razn? Este
mismo sentimiento no haba nacido ya, y no haba recogido yo
irrecusables testimonios de l? Tantos caprichos extravagantes, tantas
dudas, combates y lgrimas de que desde algn tiempo haba sido el
objeto  el testigo, denunciaban, sin duda, una razn vacilante y poco
duea de s misma. No era tan novicio en la vida para ignorar que una
escena como aquella de que la casualidad me haba hecho en esa noche
misma el confidente y casi el cmplice, por poco premeditada que sea no
estalla jams en una atmsfera de indiferencia. Tales emociones, tales
sacudimientos suponen dos almas alteradas ya por una tempestad comn, 
que van  serlo.

Pero si era verdad, si me amaba, como era demasiado cierto que yo la
amaba  ella, poda decir de este amor lo que ella de su belleza:--Para
qu me sirve?--pues no poda esperar que tuviera jams bastante fuerza
para triunfar de la eterna desconfianza, que es el error y la virtud de
esta noble nia; desconfianza cuyo ultraje rechaza mi carcter, pero que
mi situacin ms que la de otro alguno es  propsito para inspirarla.
Entre estas terribles dudas y la reserva ms grande an, que ellas me
exigen qu milagro podra colmar el abismo?

Y en fin, si aun interviniendo este milagro, se dignara ofrecerme esa
mano por la que yo dara mi vida, pero que jams pedira sera dichosa
nuestra unin? No debera yo temer tarde  temprano en aquella inquieta
imaginacin el sordo despertar de una mal sofocada desconfianza? Podra
evitarme yo mismo una cavilacin penosa, en el seno de una riqueza
prestada? Podra gozar, sin malestar, de un amor infestado por un
beneficio? Nuestro papel de proteccin para con las mujeres, nos est
impuesto tan formalmente por todos los sentimientos del honor, que no
puede ser invertido un solo instante, ni aun de la manera ms prohibida,
sin que se esparza sobre nosotros no s qu sombra de duda y de
sospecha. A la verdad, la riqueza no es una ventaja tal que no pueda
hallar en este mundo ninguna especie de compensacin, y supongo que un
hombre que lleva  su mujer, en cambio de algunos sacos de oro, un
nombre que ha hecho ilustre, un mrito eminente, una gran posicin, un
porvenir, no debe hallarse ahogado por la gratitud; pero yo tengo las
manos vacas, y no tengo ms porvenir que el presente; de todas las
ventajas que el mundo aprecia, una sola poseo: mi ttulo, y me hallara
demasiado resuelto  no llevarlo para que no pudiera decirse que l era
el premio de la compra; en pocas palabras, yo recibira todo y no dara
nada: un rey puede casarse con una pastora, esto es generoso y
encantador y puede felicitrsele con razn; pero un pastor no puede
casarse con una reina, porque no tendra el mismo efecto.

He pasado la noche revolviendo todas estas cosas en mi pobre cabeza,
buscndoles una conclusin, que busco an. Puede ser que debiera dejar
sin retardo esta casa y este pas. La prudencia lo querra as. Esto no
puede acabar bien. Cuntos mortales pesares se evitaran  menudo con
un solo instante de valor y decisin! Debera al menos hallarme abrumado
de tristeza; jams he tenido una ocasin tan bella. Pues bien! No
puedo!... En el fondo de mi trastornado y torturado espritu hay un
pensamiento que lo domina todo y que me llena de una alegra
sobrehumana. Mi alma es libre como un pjaro del cielo. Veo sin cesar y
ver siempre aquel pequeo cementerio, aquella mar lejana, aquel inmenso
horizonte, y sobre la radiosa cumbre, aquel ngel de belleza baado en
lgrimas divinas. Siento an su mano bajo mis labios; siento sus
lgrimas en mis ojos, en mi corazn. La amo!... maana si es preciso
tomar una resolucin... Hasta entonces, por Dios, djeseme en reposo!
Hace tanto tiempo que no hago uso de la dicha! Es probable que muera
de este amor: pero al menos quiero vivir en paz un da entero!




26 de agosto.


Este da, nico que imploraba, no me ha sido concedido. Mi debilidad no
ha esperado mucho tiempo la expiacin, que ser larga. Cmo lo haba
olvidado? En el orden moral, como en el fsico, hay leyes que jams
quebrantamos impunemente, cuyos efectos forman en este mundo la
intervencin permanente de lo que se llama la Providencia. Un hombre
dbil y grande, escribiendo con mano casi loca el evangelio de un sabio,
deca de las pasiones mismas que hicieron su miseria, su oprobio y su
genio: Todas son buenas cuando uno las domina, todas son malas cuando
uno se deja dominar por ellas. Lo que nos prohibe la naturaleza es
extender nuestras afecciones ms all de nuestras fuerzas; lo que nos
prohibe la razn, es querer lo que no podemos obtener; lo que nos
prohibe la conciencia no es ser tentados, sino dejarnos vencer por las
tentaciones. No depende de nosotros tener  no tener pasiones, pero s
depende reinar sobre ellas. Todos los sentimientos que dominamos son
legtimos; todos los que nos dominan son criminales... No ligues tu
corazn sino  la belleza que no perece; que tu condicin limite tus
deseos; que tus deberes vayan antes que tus pasiones; extiende la ley de
la necesidad  las cosas morales; aprende  perder lo que puede serte
arrebatado; aprende  dejarlo todo cuando la virtud lo ordene! S, tal
es la ley, yo la conoca; la he violado, y he sido castigado. Nada ms
justo.

Apenas haba puesto el pie sobre la nube de este loco amor, cuando era
violentamente precipitado de ella, y he recobrado despus de cinco das,
apenas, el valor necesario para trazar las circunstancias casi ridculas
de mi cada. La seora de Laroque y su hija haban partido por la maana
para hacer una nueva visita  la seora de Saint-Cast y traer en seguida
 la seora de Aubry. Hall  la seorita Helouin sola en el castillo.
Le llevaba un trimestre de su pensin; pues si bien por mis funciones
soy, en general, completamente extrao al orden y disciplina interiores
de la casa, las seoras han deseado, sin duda por miramientos  la
seorita Carolina y  m, que sus sueldos y los mos sean
excepcionalmente pagados por m mismo. La joven se hallaba en el pequeo
gabinete contiguo al saln. Recibime con una dulzura pensativa, que me
conmovi. Yo mismo senta en aquel momento esa tranquilidad de corazn
que dispone  la confianza y  la bondad. Resolv, echndolas de
Quijote, tender una mano caritativa  aquella pobre abandonada.

--Seorita--le dije repentinamente--me ha retirado usted su amistad,
pero la ma le ha quedado entera. Me permite darle una prueba de ella?

Mirme, y murmur un tmido s.

--Spalo, pobre hija ma: se pierde usted.

Levantse bruscamente.

--Me vi la otra noche en el parque!--exclam.

--S, seorita.

--Dios mo!--dijo dando un paso hacia m.--Seor Mximo, le juro que
soy honrada.

--Lo creo, seorita; pero debo decirle que en esa historieta, muy
inocente sin duda de parte suya, pero que probablemente lo ser menos de
la otra, aventura usted muy gravemente su reputacin y su reposo.
Suplcole que lo reflexione, y al mismo tiempo, que est muy segura de
que nadie sino usted oir jams una palabra de mi boca sobre este
asunto.

Iba  retirarme: ella cay de rodillas cerca, de un canap, y estall en
sollozos, con la frente apoyada sobre mi mano que haba cogido. Yo haba
visto correr, haca poco tiempo, lgrimas ms bellas y ms dignas; sin
embargo, me hallaba conmovido.

--Veamos, mi querida seorita--le dije,--an no es tarde, es cierto?

Ella sacudi con fuerza la cabeza.

--Pues bien, mi querida nia, tenga valor. Nosotros la salvaremos. Qu
puedo hacer por usted? Veamos. Hay en poder de ese hombre alguna prenda
 alguna carta, que pueda reclamarle de parte de usted? Disponga de m
como de un hermano.

Dej mi mano con clera.--Ah, qu duro es usted!--me dijo--habla de
salvarme y es usted quien me pierde. Despus de haber fingido amarme, me
rechaza usted... me ha humillado, desesperado... Usted es la nica
causa de lo que sucede!

--Seorita, no es usted justa; jams he fingido amarla; he sentido por
usted una afeccin muy sincera que le profeso an. Confieso que su
belleza, su ingenio y sus talentos le dan un perfecto derecho  esperar
de los que viven cerca de usted algo ms que una fraternal amistad;
pero mi situacin en el mundo, los deberes de familia que me estn
impuestos, no me permitan ultrapasar esta medida para con usted sin
faltar completamente  la probidad. Le digo francamente, que la hallo
encantadora y le aseguro que manteniendo mis sentimientos hacia usted en
el lmite que la lealtad me lo exiga, no he dejado de contraer un gran
mrito. No veo en esto nada de muy humillante para usted; lo que podra
humillarla con muy justo ttulo, seorita, es verse amada por un hombre
muy resuelto  no casarse con usted.

Arrojme una mirada diablica.--Qu sabe usted de eso?--dijo.--No todos
los hombres son corredores de fortuna.

--Ah! ser usted acaso una perversa, seorita Helouin?--le dije con
mucha calma.--Siendo eso as, tengo el honor de saludarla...

--Seor Mximo!--exclam precipitndose repentinamente para
detenerme.--Perdneme! Tenga piedad de m!... comprndame... Soy tan
desgraciada!... Figrese lo que puede ser el pensamiento de una pobre
criatura como yo,  quien se ha tenido la crueldad de darle un corazn,
un alma y una inteligencia... y que no puede usar de todo esto sino para
sufrir... y para odiar! Cul es mi vida?... Cul es mi porvenir?...
Mi vida es el sentimiento de mi pobreza, exaltado sin cesar por los
refinamientos del lujo, que me rodea... Mi porvenir ser sentir, llorar
amargamente algn da esta misma vida, esta vida de esclava por odiosa,
que ella sea!... Habla usted de mi juventud, de mi ingenio, de mi
talento... Ah! Yo querra no haber tenido otro talento que romper
piedras por las calles... Sera ms dichosa!... Mis talentos! y habr
pasado el mejor tiempo de mi vida en adornar con ellos  otra mujer,
para que sea ms bella, ms adorada y ms insolente an?... Y cuando lo
ms puro de mi sangre, haya pasado  las venas de esa mueca, ella
saldr de aqu apoyada en el brazo de un esposo feliz  tomar parte en
las ms bellas fiestas de la vida, en tanto que yo, sola, vieja y
abandonada ir  morir en algn rincn, con una pensin de doncella...
Qu es lo que he hecho al Cielo para merecer este destino? Veamos. Por
qu no he de ser feliz como esas mujeres? No valgo tanto como ellas? Si
soy tan mala, es porque la desgracia me ha ulcerado, es porque la
injusticia me ha ennegrecido el alma... Yo nac tan dispuesta como
ellas, ms acaso, para ser buena, amante y caritativa... Oh! Dios mo,
los beneficios cuestan poco, cuando uno es rico, y la benevolencia es
fcil  los dichosos! Si yo estuviera en su lugar, y ellas en el mo,
me odiaran, como yo las odio! Nadie ama  sus amos! Ah! esto es
horrible, no es verdad? Yo tambin lo s y eso es lo que me anonada...
Siento mi abyeccin, me sonrojo de ella... y la conservo! Ay! Va usted
 despreciarme ahora ms que nunca, seor... Usted,  quien habra
amado tanto, si me lo hubiera permitido! Usted, que podra volverme todo
lo que he perdido, la esperanza, la paz, la bondad, la estimacin de mi
misma... Ah! hubo un momento en que me cre salvada... en que tuve por
la primera vez un pensamiento de dicha, de porvenir, de orgullo...
Desgraciada!

Habase apoderado de mis dos manos; sumergi en ellas la cabeza, en
medio de sus largos y flotantes rizos, llorando desesperadamente.

--Mi querida nia--le dije,--comprendo mejor que nadie los pesares y las
amarguras de su situacin; pero permtame decirle que los aumenta mucho,
nutriendo en su corazn los tristes sentimientos que acaba de
expresarme. Todo eso es muy feo, no se lo oculto, y acabar por merecer
todo el rigor de su destino; pero veamos, su imaginacin exagera
singularmente ese rigor. En cuanto al presente, usted es tratada aqu,
diga lo que quiera, como una amiga, y en el porvenir, no veo nada que
impida que tambin salga de esta casa apoyada en el brazo de un esposo
feliz. Por mi parte, estar toda mi vida reconocido  su afeccin; pero
quiero decirle otra vez ms, para acabar con este asunto: tengo deberes
sagrados que llenar, y no quiero, ni puedo casarme.

Mirme repentinamente.--Ni aun con Margarita?--dijo.

--No veo lo que aqu significa el nombre de la seorita Margarita.

Rechaz con una mano los cabellos que inundaban su fisonoma y tendiendo
la otra hacia m, con gesto amenazador.--Usted la ama--dijo con voz
sorda,-- ms bien ama su dote; pero no la obtendr.

--Seorita Helouin!

--Ah!--respondi--es usted demasiado nio si crey abusar de una mujer
que tena la locura de amarle. Leo claramente sus maniobras, crame. Por
otra parte, s quin es usted... No estaba lejos cuando la seorita de
Porhoet transmiti  la seora de Laroque vuestra poltica
confidencia...

--Cmo! Usted escucha  las puertas, seorita?

--No me cuido de sus ultrajes... Por otra parte, me vengar, y muy
pronto... Ah! es usted seguramente muy hbil, seor de Champcey y no
puedo menos de cumplimentarle... Representa admirablemente el papel de
desinters y de reserva, que su amigo Laubepin no habr dejado de
recomendarle al enviarle aqu... l saba con quin tendra que
entenderse. Conoca demasiado la ridcula mana de esta muchacha. Cree
usted tener ya su presa no es verdad? Los bellos millones, cuya fuente
es ms  menos pura, segn se dice, pero que seran sin embargo muy 
propsito para restaurar un marquesado y volver  dorar un escudo...
Pues bien. Desde este momento puede renunciar  ellos. Porque le juro
que no conservar usted un da ms su mscara, vea aqu la mano que se
la arrancar.

--Seorita Helouin, es tiempo de poner fin  esta escena, porque ya raya
en melodrama. Me ha hecho usted una buena jugada para prevenirme sobre
el terreno de la delacin y de la calumnia; pero puede descender  l en
plena seguridad, pues le doy mi palabra de no imitarla. Despus de esto,
soy su servidor.

Dej aquella infortunada criatura con un profundo sentimiento de
disgusto, pero tambin de piedad.

Aunque haya sospechado siempre que la organizacin mejor dotada, debe
irritarse y torcerse, en proporcin  sus dones, encontrndose en la
situacin equvoca y mortificante, que ocupa la seorita Helouin, nunca
mi imaginacin hubiera podido sondear hasta el fondo, el abismo lleno de
hiel que acaba de abrirse ante mis ojos. Ciertamente, cuando se piensa
en ello, no puede concebirse gnero de existencia, que someta un alma 
ms envenenadas tentaciones, ni que sea ms capaz de desenvolver y de
aguzar en el corazn las concupiscencias de la envidia, de sublevar 
cada instante las convulsiones del orgullo, de exasperar todas las
vanidades y todos los celos naturales en la mujer. Es indudable que el
mayor nmero de desgraciadas criaturas  quienes sus necesidades y
talentos, obligan  profesar este empleo, tan honorable en s, no
escapan sino por la moderacin de sus sentimientos, con la ayuda de
Dios,  por la firmeza de sus principios,  las deplorables agitaciones
de que no haba podido garantirse la seorita Helouin; pero la prueba es
temible. Algunas veces se me haba ocurrido el pensamiento de que mi
hermana podra hallarse destinada por nuestras desgracias  entrar en
alguna familia rica en calidad de preceptora: hice entonces juramento,
sea cual fuere el porvenir que nos estuviera reservado, de dividir con
Elena la ms pobre boardilla, el pan ms amargo del trabajo, antes que
dejarla sentarse al festn envenenado de esa opulenta y odiosa
servidumbre.

Entretanto, si tena la firme determinacin de dejar el campo libre  la
seorita Helouin y de no entrar por ningn precio en las recriminaciones
de una lucha degradante, no poda contemplar sin inquietud las
consecuencias probables de la guerra desleal que acababa de declararme.
Estaba evidentemente amenazado en lo que tengo de ms sensible, en mi
amor y en mi honor. Duea del secreto de mi vida, y del secreto de mi
corazn, mezclando, con la prfida habilidad de su sexo, la verdad y la
mentira, la seorita Helouin poda fcilmente presentar mi conducta bajo
un aspecto sospechoso, volver contra m hasta las precauciones y los
escrpulos de mi delicadeza, y presentar mis acciones ms inocentes bajo
el color de una intriga meditada. Me era imposible saber con precisin
qu giro dara  su malevolencia, pero la conoca lo bastante para estar
seguro que no se engaara en la eleccin de los medios. Conoca mejor
que nadie los puntos dbiles de las imaginaciones que trataba de herir.
Posea sobre el espritu de la seorita Margarita y sobre el de su
madre, el imperio natural del disimulo sobre el candor; gozaba cerca de
ellas de toda la confianza que nace de un largo hbito y de una
intimidad cotidiana y sus _amas_, para emplear su lenguaje, no podran
sospechar bajo las exterioridades de graciosa jovialidad y de obsequioso
agasajo, de que se rodea con un arte consumado, el frenes de orgullo y
de ingratitud que roe  aquella alma miserable. Era demasiado verosmil
que una mano tan segura y tan sabia vertera sus venenos con xito
completo en corazones as preparados. A la verdad, la seorita Helouin
poda temer, cediendo  su resentimiento, volver  colocar la mano de la
seorita Margarita en la del seor Bevallan y apresurar su casamiento,
que sera la ruina de su propia ambicin; pero yo saba que el odio de
una mujer no calcula nada y que se atreve  todo. Esperaba, pues, de su
parte, la ms pronta y la ms ciega de las venganzas, y tena razn.

Pas en una penosa ansiedad las horas que haba destinado  ms dulces
pensamientos. Todo lo que la dependencia puede tener de ms punzante
para una conciencia recta, y el desprecio de ms desgarrador para un
corazn que ama, me oprima en aquellos momentos. La adversidad en mis
peores das no me sirvi jams una tan rebosada copa. Trat, sin
embargo, de trabajar como de costumbre. A eso de las cinco me traslad
al castillo. Las seoras haban vuelto al medioda. Hall en el saln 
la seorita Margarita,  la seora de Aubry y al seor Bevallan, con
dos  tres huspedes transeuntes. La seorita Margarita pareci no
apercibirse de mi presencia, y continu conversando con el seor de
Bevallan en un tono de animacin, que no le es habitual. Se trataba de
un baile improvisado, que deba tener lugar aquella misma noche en el
castillo vecino. Ella deba concurrir con su madre,  instaba al seor
de Bevallan, para que las acompaara: ste se excusaba alegando que
haba salido de su casa por la maana, antes de haber recibido la
invitacin y que su _toilette_ no era  propsito. La seorita
Margarita, insistiendo con una coquetera afectuosa y solcita de la que
pareca sorprendido su mismo interlocutor, le dijo, que indudablemente
tena an tiempo de ir  su casa, vestirse y volver  buscarlas. Se le
aguardara  comer. El seor de Bevallan objet, que todos sus caballos
de tiro estaban en el pajar, y que no poda volver  caballo en traje de
baile. Entonces--repuso la seorita,--ir usted en la americana. Al
mismo tiempo dirigi por primera vez sus ojos hacia m, y lanzndome una
mirada en que vi estallar el rayo:--Seor Odiot--dijo con una voz breve
de mandato,--vaya  decir que preparen el carruaje.

Esta orden servil estaba tan fuera de la medida de las que acostumbraba
dirigirme y de las que puede crerseme dispuesto  sufrir, que la
atencin y la curiosidad de los ms indiferentes se despert al
instante. Hubo un embarazoso silencio: el seor de Bevallan arroj una
mirada de asombro sobre la seorita Margarita; luego me mir, tom un
aire grave y se levant. Si se esperaba de mi parte alguna loca
inspiracin de clera, gran decepcin sufrieron. Ciertamente las
insultantes palabras que acababan de caer sobre m, de una boca tan
bella, tan amada y tan brbara, haban hecho penetrar el fro de la
muerte hasta las fuentes ms profundas de mi vida, y dudo que una lmina
de acero, abrindose paso  travs de mi corazn, me hubiera causado una
sensacin ms horrible; pero jams me hall tan tranquilo. El timbre de
que se sirve habitualmente la seora de Laroque para llamar  sus
criados se hallaba  mi alcance sobre la mesa: apoy el dedo en l. Un
criado entr casi al momento.--Creo--le dije,--que la seorita Margarita
tiene rdenes que darle.

A estas palabras que haba escuchado con una especie de estupor, la
joven hizo violentamente con la cabeza un signo negativo y despidi al
criado. Tena mucha prisa en salir de aquel saln en que me ahogaba;
pero no pude retirarme ante la actitud provocativa que afectaba el seor
de Bevallan.

--A fe ma--murmur,--que es cosa bastante particular.

Fing no oirlo. La seorita Margarita le dijo dos palabras bruscas en
voz baja.--Me inclino, seorita--respondi entonces en tono ms
elevado:--same permitido solamente expresar el pesar sincero que siento
en no tener el derecho de intervenir en esto.

Levantme al instante.--Seor de Bevallan--dije colocndome  dos pasos
de l,--ese pesar es enteramente suprfluo, pues si no he credo deber
obedecer las rdenes de la seorita, estoy enteramente  las vuestras, y
voy  esperarlas.

--Muy bien, muy bien, seor; inmejorable--replic el seor de Bevallan,
agitando con gracia la mano para serenar  las mujeres.

Nos saludamos y sal.

Com solitariamente en mi torre, servido como de costumbre por el viejo
Alain, instrudo sin duda por los rumores de antecmara de lo que haba
pasado, pues no ces de clavarme miradas insinuantes, arrojando por
intervalos profundos suspiros y observando contra su costumbre un
taciturno silencio. Slo interrogado por m, me hizo saber que las
seoras haban decidido no ir al baile aquella noche.

Terminada mi breve comida, orden un poco mis papeles y escrib dos
palabras al seor Laubepin. Para en todo caso le recomendaba  Elena. La
idea del abandono en que la dejara en caso de una desgracia, me
laceraba el corazn, sin alterar en lo ms mnimo mis inmutables
principios. Puedo engaarme, pero he pensado siempre que el honor, en
nuestra vida moderna, domina toda la jerarqua de los deberes. Suple hoy
 tantas virtudes medio borradas en las conciencias,  tantas creencias
casi muertas, juega en el estado de nuestra sociedad un papel tan
tutelar, que jams pasar por mi imaginacin la idea de debilitar sus
derechos, de discutir sus decretos ni de subordinar sus obligaciones. El
honor, en su carcter indefinido, es alguna cosa superior  la ley y 
la moral: no se le razona, se lo siente. Es una religin. Si no tenemos
ya la locura de la cruz, conservemos la locura del honor.

Adems, no hay sentimiento profundamente infiltrado en el alma humana,
que si bien se medita, no sea sancionado por la razn. Es mejor, en todo
caso, una nia  una mujer solas en el mundo, que protegida por un
hermano  por un marido deshonrado.

Esperaba de un momento  otro algn mensaje del seor de Bevallan.
Preparbame  pasar  la casa del preceptor de la villa, que es un
oficial joven, herido en Crimea, y pedirle su concurso, cuando llamaron
 mi puerta. El que entr fu el seor de Bevallan. Su fisonoma
expresaba como un dbil matiz de embarazo, una especie de bonhoma
franca y alegre.

--Seor--me dijo en tanto que yo le contemplaba con una sorpresa
bastante viva,--este paso le parecer un poco irregular; pero por suerte
tengo una hoja de servicios, que  Dios gracias, pone mi valor al abrigo
de toda sospecha. Por otra parte, tengo motivo para sentir esta noche un
contento tal, que no deja lugar alguno en mi corazn para la hostilidad
 el rencor. En fin, obedezco  rdenes, que deben serme ms que nunca
sagradas. En resumen, vengo  tenderle la mano.

Saludle con gravedad, y le tom la mano.

--Ahora--agreg, sentndose--me hallo ms desahogado para desempear mi
embajada. No ha mucho, seor, la seorita Margarita le ha dado en un
momento de distraccin, algunas instrucciones, que no eran seguramente
del deber de usted. La susceptibilidad de usted se ha sublevado muy
justamente, lo reconocemos, y las seoras me han encargado le haga
aceptar sus disculpas. Sentiran mucho que un error momentneo les
privara de sus buenos oficios, apreciados por ellas en todo su valor, y
rompiera relaciones que consideran de un precio infinito. Por mi parte,
seor, he adquirido esta noche con gran alegra, el derecho de unir mis
instancias  las de aquellas seoras; los votos que desde hace largo
tiempo haca, acaban de ser aceptados, y le estar personalmente
reconocido si no mezcla  los recuerdos dichosos de esta noche, el de
una separacin que sera  la vez perjudicial y dolorosa  la familia en
que tengo el honor de entrar.

--Seor, no puedo menos que ser muy sensible  los testimonios que me
rinde en nombre de esas seoras y en el suyo. Pero me perdonar que no
responda inmediatamente  ellos, por tratarse de una formal
determinacin que exige ms libertad de espritu de la que an puedo
gozar.

--Me permitir al menos llevarles alguna esperanza. Veamos, seor;
puesto que la ocasin se presenta, rompamos para siempre la sombra de
hielo que ha existido hasta aqu entre los dos. Por mi parte, estoy muy
dispuesto  ello. Desde luego, la seora de Laroque, sin desprenderse de
un secreto que no le pertenece, no me ha dejado ignorar que las
circunstancias ms honorables para usted se ocultan bajo la especie de
misterio de que se rodea. Adems, le debo un reconocimiento particular;
s que ha sido usted consultado  propsito de mis pretensiones  la
mano de la seorita Laroque, y que puedo jactarme de su apreciacin.

--Dios mo! seor, pienso no haber merecido...

--Oh! s--replic riendo--que no ha abundado en mi favor; pero en fin,
no me ha perjudicado. Confieso tambin que me ha dado pruebas de una
sagacidad real. Ha dicho que si la seorita Margarita no deba ser
absolutamente dichosa conmigo, no sera tampoco desgraciada. Muy bien,
el profeta Daniel no habra hablado con ms verdad. Lo cierto es que esa
nia querida no sera absolutamente dichosa con nadie, pues no hallara
en el mundo entero un marido que le hablara en verso desde por la maana
hasta la noche... porque eso no se encuentra! Convengo que en este
punto no soy de ms calibre que otro cualquiera; pero, como me ha hecho
el honor de decir, soy un hombre galante. Verdaderamente, cuando nos
conozcamos mejor no lo dudar. No soy un diablo malo; soy un buen
chico... Dios mo!... tengo defectos... los he tenido siempre!... he
sido loco para las mujeres lindas... eso no puedo negarlo! pero es esa
precisamente la prueba de que uno tiene buen corazn. Por otra parte,
vome ya en el puerto... y me felicito de ello, porque, entre nosotros,
comenzaba  fatigarme. Por fin, no quiero pensar sino en mi mujer y en
mis hijos. De lo que deduzco con usted, que Margarita ser perfectamente
dichosa, es decir, tanto como puede serlo en este mundo con una cabeza
como la suya: porque ser bien galante para ella, no le rehusar nada, y
aun prevendr todos sus deseos. Pero si me pide la luna y las estrellas
no puedo ir  descolgarlas para serle agradable!... eso es
imposible!... ahora mi querido amigo, dme una vez ms su mano.

Se la d. Levantse.

--Espero que ahora se quedar... Veamos, desarrgueme un poco esa
frente... Nosotros le haremos la vida tan dulce como sea posible, pero
es preciso condescender un poco. Qu diablo!... gusta  usted mucho su
tristeza... Vive, perdneme la palabra, como un verdadero buho. Es
usted una especie de espaol de esos que ya no se ven!... Sacuda, pues,
todo eso! Es usted joven, agradable, tiene entendimiento y talento;
aprovchese un poco de todas esas cosas... Por qu no hace usted la
corte  la seorita Helouin? Eso le divertir... es bonita, y se dejara
decir... pero diantres! Yo olvido mi promocin  las grandes
dignidades!... Vamos, adis; hasta maana. No es as?

--Hasta maana, ciertamente.

Y este hombre galante, que es una especie de espaol de los que ya no se
ven, me abandon  mis reflexiones.




1. de octubre.


Singular acontecimiento! Aunque sus consecuencias no hayan sido hasta
aqu de las ms felices, me ha producido mucho bien. Despus del duro
golpe que me hiri, haba quedado como entorpecido por el dolor. Esto me
ha devuelto al menos al sentimiento de la vida y por la primera vez,
despus de tres largas semanas, tengo el valor suficiente para abrir
estas hojas y tomar de nuevo la pluma.

Habindoseme dado toda clase de satisfacciones, pens que no tena razn
alguna para dejar,  lo menos bruscamente, una posicin y ventajas que
despus de todo me son necesarias, y cuyo equivalente me sera muy
difcil hallar inmediatamente. La perspectiva de los sufrimientos
enteramente personales que me quedaban para afrontar y que, por otra
parte, yo mismo me haba atrado por mi debilidad, no poda autorizarme
 abandonar deberes en los cuales no eran slo mis intereses los que se
hallaban comprometidos. Adems, no quera que la seorita Margarita
pudiese interpretar mi sbita retirada, por el despecho que causa la
prdida de una buena partida y me haca un punto de honor en mostrarle
hasta el pie del altar una frente impasible; en cuanto al corazn, ella
no lo vera. En fin, me content con escribir al seor Laubepin, que mi
situacin poda hacrseme intolerable, bajo ciertas faces, de un
instante  otro, y que ambicionaba vidamente cualquier empleo, si menos
retribudo, ms independiente.

Desde el da siguiente, me present en el castillo, donde el seor de
Bevallan me acogi con cordialidad. Salud  las seoras con toda la
naturalidad de que puedo disponer. No hubo, bien entendido, ninguna
explicacin. La seora de Laroque parecime conmovida y pensativa; la
seorita Margarita algo vibrante an, pero poltica. En cuanto  la
seorita Helouin, hallbase muy plida y mantena los ojos inclinados
sobre su bordado. La pobre nia no poda felicitarse mucho del resultado
final de su diplomacia. De tiempo en tiempo trataba de lanzar al
triunfante seor de Bevallan miradas llenas de desdn y de amenaza; pero
en esa atmsfera tempestuosa que hubiera inquietado seguramente  un
novicio, el seor de Bevallan respiraba, circulaba y revoloteaba con la
ms perfecta facilidad. Este aplomo soberano irritaba visiblemente  la
seorita Helouin, pero, al mismo tiempo, la domaba; sin embargo, si slo
hubiera arriesgado perderse con su cmplice, no dudo que le hubiera
prestado inmediatamente, y con ms razn, un servicio anlogo al que me
haba dispensado la vspera; pero era probable que, cediendo  su celosa
clera y confesando su ingrata duplicidad, se perdiera sola; y tena
toda la inteligencia necesaria para comprenderlo. El seor de Bevallan,
en efecto, no era hombre para haberse franqueado contra ella sin
reservarse alguna arma severa, que, en caso necesario, usara con
inhumana sangre fra. La seorita Helouin poda decirse en verdad, que
la vspera se haba dado fe, bajo su sola palabra,  denuncias mucho ms
falsas; pero no ignoraba, que una mentira que adula  hiere el corazn,
halla crdito ms fcilmente que una verdad indiferente. Resignbase,
pues, no sin sentir amargamente, lo supongo, pues comprenda que el arma
de la traicin se vuelve algunas veces contra la mano que la dirige.

Durante este da y los que le siguieron me vi sometido  un gnero de
suplicio, que haba previsto, pero cuyos punzantes detalles no haba
podido calcular. El casamiento haba sido fijado para dentro de un mes;
deben hacerse, pues, sin retardo y apresuradamente todos los
preparativos. Los ramos de la seora Prevost llegaron regularmente cada
maana; los encajes, las telas, los dijes afluyeron en seguida y fueron
expuestos noche  noche en el saln,  los ojos de las alborotadas y
celosas amigas. Fu preciso dar sobre todo esto, mi opinin y mis
consejos. La seorita Margarita lo solicitaba con una especie de
afectacin cruel. Yo obedeca con agrado; luego entraba en mi torre,
tomaba de un cajn secreto el despedazado pauelo que con riesgo de mi
vida haba salvado y enjugaba mis ojos. Cobarda an! pero qu hacer?
La amo. La perfidia, la enemistad, errores irreparables, su orgullo y el
mo, nos separaban para siempre. Sea! pero nada impedir  este
corazn vivir y morir por ella!

Por lo que respecta al seor de Bevallan, no senta odio alguno contra
l; no lo merece. Es un alma vulgar pero inofensiva. Poda,  Dios
gracias, recibir sin hipocresa las demostraciones de su trivial
benevolencia y poner con tranquilidad mi mano entre las suyas; pero si
su nula personalidad escapaba  mi odio, senta con una angustia
profunda, desgarradora, hasta qu punto aquel hombre era indigno de la
encantadora criatura que poseera muy luego, y  quin jams
comprendera. Expresar el cmulo de pensamientos amargos, de sensaciones
sin nombre que sublevaban mi alma y que sublevan an la imagen prxima
de esta odiosa y desigual alianza, no lo podr, ni lo osar jams. El
amor verdadero tiene algo de sagrado, que imprime un carcter
sobrehumano  los dolores como  las alegras que nos da. Hay en la
mujer que se ama no s qu divinidad, cuyo secreto parece que uno solo
posee, que slo  uno pertenece y cuyo velo no puede ser tocado por una
mano extraa, sin hacernos sentir un horror que no se parece  otro
alguno: el estremecimiento de un sacrilegio. No es solamente un bien
precioso que se nos arrebata; es un altar que se profana en nosotros, un
misterio que se viola, un Dios que se ultraja! Ved ah los celos, al
menos los mos! Crea muy sinceramente, que slo yo en el mundo tena
ojos, inteligencia y corazn, capaces de ver, de comprender y de adorar
en todas sus perfecciones la belleza de ese ngel, que con cualquier
otro se hallara como extraviada y perdida, que estaba destinada  m
solo, en cuerpo y alma, por toda la eternidad. Senta este orgullo
inmenso, bastante expiado ya por un inmenso dolor.

Sin embargo, un demonio burln murmuraba  mi odo que segn todas las
previsiones de la humana discrecin, Margarita hallara ms paz y
felicidad real en la amistad templada de un marido razonable, que en la
pasin real de un esposo caballeresco. Ser esto verdad, ser esto
posible? Yo no lo creo! Tendr la paz: sea; pero al fin la paz no es la
ltima palabra de la vida, el smbolo supremo de la felicidad. Si
bastara no sufrir y petrificarse el corazn para ser dichoso, muchas
gentes que no lo merecen lo seran. A fuerza de razn y de prosa, se
acaba por difamar  Dios y degradar su obra. Dios da la paz  los
muertos, la pasin  los vivos. Hay en la vida, al lado de la vulgaridad
de los intereses cotidianos,  la que no tengo la niera de pretender
escapar, una poesa permitida. Qu digo?... ordenada. Es la revelacin
del alma dotada de la inmortalidad. Es preciso que esa alma se sienta y
se revele algunas veces, sea por transportes ms all de lo real, por
aspiraciones ms all de lo posible,  por tempestades  por lgrimas.
Si hay un sufrimiento que vale ms que la dicha,  ms bien que es la
dicha misma, es el de una criatura viviente que conoce todas las
turbaciones del corazn y todas las quimeras del pensamiento, y que
divide estos nobles tormentos con un corazn igual, y un fraternal
pensamiento... Ved ah el drama que cada uno tiene el derecho,  para
decirlo todo, el deber, de introducir en su vida, si tiene el ttulo de
hombre y quiere justificarlo.

Por lo dems, la pobre nia no gozar esta misma paz tan ponderada. Que
la unin de dos corazones inertes y de dos imaginaciones heladas
engendre el reposo de la nada, lo concedo; pero la unin de la vida y de
la muerte no puede sostenerse sin una violencia horrible y sin perpetuas
amarguras.

En medio de estas ntimas miserias, cuya intensidad se redobla cada da,
slo hallaba algn consuelo al lado de mi pobre y vieja amiga la
seorita de Porhoet. Ella ignoraba  finga ignorar el estado de mi
corazn, pero, en alusiones encubiertas, y tal vez involuntarias, posaba
ligeramente sobre mis llagas sangrientas la mano delicada  ingeniosa de
la mujer.

Hay, por otra parte, en esa alma, viviente emblema de la resignacin y
el sacrificio, y que parece flotar sobre la tierra, un desinters, una
tranquilidad y una dulce firmeza, que se derramaban sobre m. Llegu 
comprender su inocente locura, y aun asociarme  ella con una especie de
ingenuidad. Inclinado sobre mi lbum encerrbame con ella durante largas
horas en su catedral, y respiraba all por un momento los vagos perfumes
de una ideal serenidad.

Iba tambin  buscar casi todos los das en la casa de la anciana
seorita, otro gnero de distraccin. No hay trabajo al que el hbito
deje de prestar algn encanto. Para no hacer sospechar  la seorita de
Porhoet la prdida definitiva de su pleito, prosegua regularmente la
exploracin de sus archivos de familia. Descubra por intervalos en
aquella selva de tradiciones y leyendas, rasgos de costumbres que
despertaban mi curiosidad y transportaban por un momento mi imaginacin
 los tiempos pasados, lejos de la desconsoladora realidad. La seorita
de Porhoet, cuyas ilusiones eran sostenidas por mi perseverancia, me
atestiguaba una gratitud que poco mereca, pues haba acabado por hallar
en aquel estudio, en adelante sin utilidad positiva, un inters que
pagaba mi trabajo y que proporcionaba un solaz saludable  mis pesares.

Entretanto,  medida que el trmino fatal se aproximaba, la seorita
Margarita perda la vivacidad febril de que haba parecido animada desde
el da en que el matrimonio qued definitivamente arreglado. Recaa al
menos por instantes, en su actitud familiar de otro tiempo, de dolencia
pasiva y sombra meditacin. Sorprend una  dos veces sus miradas
clavadas sobre m con una especie de perplejidad extraordinaria. La
seora de Laroque, por su parte, me miraba  menudo con aire de
inquietud y de indecisin, como si hubiera deseado y temido al mismo
tiempo, entablar conmigo alguna conversacin penosa. Anteayer, la
casualidad hizo que me hallase solo con ella en el saln, habiendo
salido bruscamente la seorita Helouin para dar una orden. La
conversacin indiferente en que nos hallbamos comprometidos ces al
instante como por un secreto acuerdo; despus de un corto intervalo de
silencio:

--Seor--me dijo la seora de Laroque con acento penetrado,--deposita
usted muy mal sus confidencias.

--Mis confidencias, seora! No puedo comprenderla. A excepcin de la
seorita de Porhoet, nadie en el castillo ha recibido de m, ni la
sombra de una confidencia.

--Ay!--respondi--quiero creerlo... lo creo... pero no es bastante.

En el mismo instante entr la seorita Helouin, y todo qued concludo.

Al da siguiente, es decir, ayer muy temprano, haba partido  caballo
para vigilar en los alrededores el corte de algunos bosques. A eso de
las cuatro de la tarde volv en direccin al castillo, cuando en un
brusco recodo del camino hallme sbitamente de frente  frente con la
seorita Margarita. Estaba sola. Disponame  pasar, saludndola; pero
ella detuvo su caballo.

--Qu bello da de otoo, seor!--me dijo.

--S, seorita. Se pasea usted?

--Ya lo ve. Uso de mis ltimos momentos de independencia... y aun abuso,
pues me siento algo aburrida de mi soledad... Pero Alain es necesario en
casa... Mi pobre Mervyn est cojo... Quiere usted reemplazarlos, por
ventura?

--Con el mayor gusto. Adnde va usted?

--No lo s... tena la idea de llegar hasta la torre d'Elven.--Y
sealaba con la punta de su ltigo una cumbre brumosa que se elevaba 
la derecha del camino.--Creo--agreg--que jams ha hecho usted esa
peregrinacin.

--Es cierto. A menudo he tenido tentacin de hacerla, pero sin saber por
qu, la he aplazado hasta ahora.

--Pues bien! eso nos viene perfectamente, pero es ya bastante tarde, y
si gusta, es preciso apresurarse un poco.

Volv la brida y partimos al galope.

Mientras corramos trataba de explicarme aquella inesperada fantasa,
que no dejaba de parecerme un poco premeditada. Supuse que el tiempo y
la reflexin habran podido atenuar en el espritu de la seorita
Margarita la primera impresin de las calumnias que me haban levantado.
Aparentemente haba acabado por concebir algunas dudas sobre la
veracidad de la seorita Helouin que se haban comprobado con la
casualidad, para ofrecerme bajo una forma disfrazada una especie de
reparacin que se crea deberme.

En medio de las preocupaciones que entonces me asaltaban, daba escasa
importancia al fin particular que nos proponamos en aquel extrao
paseo. Sin embargo, haba odo  menudo citar  mi alrededor  la torre
d'Elven, como una de las ruinas ms interesantes del pas, y jams haba
recorrido ninguno de los dos caminos que de Rennes  de Joselyn se
dirigen hacia el mar, sin contemplar con vida mirada esa masa indecisa,
que se ve sobresalir en medio de los lejanos eriales como una enorme
piedra levantada; pero el tiempo y la ocasin me haban faltado.

La aldea d'Elven que atravesamos, aflojando un poco nuestra carrera, da
una idea verdaderamente pasmosa de lo que poda ser una villa de la edad
media. La forma de las casas, bajas y sombras, no ha cambiado desde
hace cinco siglos. Cree uno soar, cuando uno mira por esos anchos
huecos ovalados y sin marco, que ocupan el lugar de ventanas, aquellos
grupos de mujeres de salvaje mirada y traje escultural, que en la sombra
hilan su copo conversando en voz baja y en lengua desconocida. Parece
que aquellos parduscos espectros acaban de dejar sus losas funerarias,
para ejecutar entre s alguna escena de otras edades, cuyo nico testigo
viviente somos nosotros. Esto causa una especie de opresin. La poca
vida que  nuestro alrededor se manifiesta en la nica calle de la
villa, presenta el mismo carcter de extraeza y de arcasmo fielmente
conservado de un mundo desvanecido.

A poca distancia d'Elven, tomamos un camino extraviado que nos condujo 
la cumbre de una rida colina. Desde all percibimos distintamente,
aunque  mucha distancia, el coloso feudal, dominando frente  nosotros
en una altura poblada de rboles. El erial en que nos hallbamos, bajaba
por una escarpada pendiente hacia unas praderas pantanosas guarnecidas
por una espesa selva. Descendimos por la parte contraria y nos hallamos
muy luego internados en los bosques. Seguimos entonces una estrecha
calzada, cuyo empedrado desunido y escabroso ha debido resonar bajo el
pie herrado de nuestros caballos. Desde largo tiempo haba dejado de ver
la torre d'Elven, cuya posicin ni aun poda conjeturar, cuando se
apareci repentinamente entre el follaje, levantndose  dos pasos de
nosotros, con la prontitud de una aparicin. Esta torre no est
arruinada; conserva hoy toda su altura primitiva, que pasa de cien
pies, y las hiladas regulares de granito que componen el magnfico
aparato octogonal, le dan el aspecto de un trozo formidable cortado
ayer, por el ms puro cincel. Nada ms imponente, ms orgulloso ni ms
sombro que este viejo torren, impasible en medio de los tiempos, y
aislado en la espesura de los bosques. Arboles de gigantesca altura han
brotado en los profundos fosos que lo rodean, y su cima alcanza apenas 
los huecos de las ventanas ms bajas. Esta vegetacin gigantesca, en que
se pierde confusamente la base del edificio, acaba de darle un color de
fantstico misterio. En esta soledad, en medio de las selvas,  la faz
de aquella masa de extraa arquitectura que surge repentinamente,
imposible es no pensar en esas torres encantadas donde algunas bellas
princesas duermen un sueo secular.

--Hasta este da--me dijo la seorita Margarita,  quien yo trataba de
comunicar mis impresiones,--ah tiene usted todo lo que conozco de ella,
pero si le interesa despertar  la princesa, podemos entrar. Por lo que
he averiguado, hay siempre en estos alrededores un pastor  pastora, que
tiene la llave. Atemos nuestros caballos y pongmonos en su busca, usted
del pastor y yo de la pastora.

Los caballos fueron encerrados en un pequeo cercado vecino  las
ruinas, y la seorita Margarita y yo nos separamos un momento para hacer
una especie de batida en los alrededores. Tuvimos el pesar de no hallar
ni al pastor ni  la pastora. Nuestro deseo de visitar el interior de la
torre, creci entonces naturalmente con el atractivo del fruto
prohibido, y pasamos  la ventura un puente echado sobre los fosos. Con
viva satisfaccin nuestra, la maciza puerta de la torre no estaba
cerrada: slo tuvimos que empujarla para penetrar en un reducido
vestbulo, obscuro, obstrudo por las ruinas y que poda en otro tiempo
haber servido de cuerpo de guardia; de all pasamos  una vasta sala
casi circular, cuya chimenea conserva an sobre su escudo las armas de
las cruzadas; una ancha ventana abierta  nuestro frente y atravesada
por la cruz simblica, netamente cortada en la piedra, iluminaba la
regin interior de aquel recinto, en tanto que la mirada se perda en la
sombra incierta de las altas bvedas casi hundidas. Al ruido de nuestros
pasos, vol de esta obscuridad una multitud de pjaros invisibles y
sacudieron sobre nuestras cabezas el polvo de los siglos. Subiendo sobre
los bancos de granito que se hallan dispuestos  uno y otro lado de la
pared en forma de gradas, pudimos desde el alfizar de la ventana echar
una ojeada al exterior sobre la profundidad de los fosos y partes
arruinadas de la fortaleza; pero habamos notado desde nuestra entrada
las primeras gradas de una escalera practicada en el espesor de la
muralla, y sentamos una prisa infantl por llevar adelante nuestros
descubrimientos. Emprendimos la ascensin; yo abr la marcha y la
seorita Margarita me sigui valientemente, entendindose, como poda,
con sus largos vestidos. De lo alto de la plataforma, el panorama es
inmenso y delicioso. Las suaves tintas del crepsculo sombreaban en ese
mismo instante el ocano de follaje medio dorado por el otoo; los
sombros pantanos, los verdes prados y los horizontes de entrecruzadas
pendientes que se mezclaban y sucedan bajo nuestros ojos hasta la ms
lejana extremidad. En presencia de este paisaje grandioso, triste 
infinito, sentamos la paz de la soledad, el silencio de la noche y la
melancola de los tiempos pasados, descender  la vez como un encanto
poderoso sobre nuestros espritus y nuestros corazones. Esa hora de
contemplacin comn, de emociones divididas, de profunda y pura
voluptuosidad era, sin duda, la ltima que me fuera dado vivir  su
lado, y me extasiaba con una violencia de sensibilidad casi dolorosa.
Por lo que hace  Margarita, no s lo que pasaba: habase sentado sobre
el borde del parapeto, miraba  lo lejos y callaba. Yo no oa sino el
soplo un poco precipitado de su aliento.

No podr decir cuntos instantes se pasaron de este modo. Cuando los
vapores se condensaron en la parte superior de las praderas ms bajas, y
los ltimos horizontes comenzaron  borrarse en la sombra creciente,
Margarita se levant.

--Vamos--dijo  media voz, y como si una cortina hubiese cado sobre
algn sentido espectculo--esto acab!--Luego, comenz  descender y yo
la segu.

Cuando quisimos salir de la torre, grande fu nuestra sorpresa al hallar
cerrada la puerta. Al parecer, el joven guardin, ignorando nuestra
presencia, haba dado vuelta  la llave, mientras nos hallbamos en la
plataforma. La primera impresin fu la de la alegra. La torre era
decididamente una torre encantada. Hice algunos esfuerzos vigorosos para
romper el encanto; pero el pestillo enorme de la antigua cerradura
estaba slidamente asegurado en el granito y tuve que renunciar 
desprenderlo. Volv entonces mis ataques contra la puerta misma; pero
los goznes macizos y los tableros de encina chapeados de hierro,
opusironme la resistencia ms invencible. Dos  tres morrillos que tom
de los escombros y lanc contra el obstculo, no consiguieron sino
hacer vacilar la bveda y destacar de ella algunos fragmentos, que
vinieron  caer  nuestros pies. Corr entonces  la ventana y d
algunos gritos,  los que nadie respondi. Durante diez minutos, los
renov de instante en instante con el mismo xito, al mismo tiempo que
aprovechbamos apresuradamente las ltimas luces del da para explorar
minuciosamente todo el interior de la torre; pero excepto la puerta, que
se hallaba como murada para nosotros, y la gran ventana, que un abismo
de cerca de treinta pies separaba del fondo de los fosos, no pudimos
descubrir salida alguna.

Entretanto, la noche acababa de caer sobre los campos, y las tinieblas
haban invadido la vieja torre. Algunos reflejos de luna penetraban
solamente por el alfizar de la ventana y blanqueaban oblicuamente la
piedra de las gradas. La seorita Margarita, que poco  poco haba
perdido toda apariencia de buen humor, dej an de responder  las
conjeturas ms  menos verosmiles con que trataba de engaar sus
inquietudes. Mientras ella se mantena en la sombra, silenciosa 
inmvil, yo estaba sentado en plena claridad sobre la grada ms prxima
 la ventana: desde all arrojaba an por intervalos un grito de
llamada; pero para decir la verdad,  medida que el xito de mis
esfuerzos se haca ms incierto, me senta presa de una alegra
irresistible. Vea en efecto, realizarse, para m, repentinamente, el
sueo ms eterno y ms imposible de los amantes; me hallaba encerrado en
el fondo de un desierto y en la ms estrecha soledad, con la mujer que
amaba. Por largas horas no habra all, sino ella y yo en el mundo,
sino su vida y la ma! Pensaba en todos los testimonios de dulce
proteccin y de tierno respeto, que iba  tener el derecho y el deber de
prodigarla; representbame, sus temores calmados, su confianza, su
sueo; me deca con un encanto profundo, que aquella noche afortunada,
si no poda darme el amor de aquella criatura querida, iba al menos 
asegurarme para siempre su ms inquebrantable estimacin.

Cuando me abandonaba con todo el egosmo de la pasin  mi secreto
xtasis, del que es fcil se dibujara algn reflejo en mi fisonoma, fu
despertado repentinamente por estas palabras, que me eran dirigidas con
voz sorda y en un tono de afectada tranquilidad:

--Seor Marqus de Champcey, ha habido muchos cobardes en su familia
antes que usted?

Levantme y volv  caer de nuevo sobre el banco de piedra, clavando
una mirada estpida en las tinieblas en que entrevea vagamente el
contorno de la joven. Una sola idea se me ocurri, pero una idea
terrible; era que el miedo y el pesar la turbaran el cerebro y que fuera
 enloquecer.

--Margarita!--exclam sin saber lo que deca.

Esta palabra acab sin duda de irritarla.

--Dios mo! qu odioso es esto--replic.--Qu cobarde, s, lo repito,
qu cobarde!

La verdad empezaba  manifestarse  mi espritu. Descend uno de los
escalones.

--Qu es lo que hay, pues?--le dije framente.

--Es usted--respondi con una brusca vehemencia--quien ha pagado  ese
hombre,  ese nio,  lo que sea, para que nos aprisione en esta
miserable torre. Maana estar perdida... deshonrada en la opinin y no
podr pertenecer sino  usted. He ah su clculo, no es verdad? Pero
ste, se lo aseguro, no tendr mejor xito que los otros. Me conoce an
muy imperfectamente si cree que no preferira el deshonor, el claustro,
la muerte, todo,  la abyeccin de ligar mi mano y mi vida con la suya.
Y aun cuando este ardid infame tuviera xito, aun cuando tuviese la
debilidad, que ciertamente no tendr, de entregarle mi persona, y lo
que le importa ms, mi fortuna, en cambio de ese bello rasgo de astucia,
qu especie de hombre es usted? Dgame, de qu fango ha salido, para
querer una fortuna y una mujer adquiridos  ese precio? Ah! hasta
gracias debe darme de que no acceda  sus deseos. Son imprudentes,
cramelo, pues si alguna vez la vergenza pblica me arrojara en sus
brazos le despreciara de tal modo, que aplastara su corazn. S, aun
cuando fuese tan duro, tan helado como estas piedras, yo le sacara
sangre... yo le hara brotar lgrimas.

--Seorita--dije con toda la calma de que pude disponer--le suplico que
se recobre, que vuelva  la razn. Le aseguro por mi honor, que me
ultraja. Tenga  bien reflexionarlo. Sus suposiciones no reposan sobre
ninguna verosimilitud. Yo no he podido preparar de ninguna manera la
perfidia de que me acusa, y sobre todo, aunque lo hubiera podido,
cundo le he dado el derecho de creerme capaz de ello?

--Todo cuanto s de usted me da ese derecho--exclam cortando el aire
con su ltigo.--Es menester que le diga una vez por todas, lo que tengo
en el alma, hace largo tiempo. Qu ha venido  hacer  nuestra casa
bajo un nombre, y bajo un carcter supuesto? Mi madre y yo ramos
dichosas, estbamos tranquilas; usted nos ha trado una confusin, un
desorden y pesares, que nosotras no conocamos. Para alcanzar su fin,
para reparar las brechas de su fortuna, ha usurpado nuestra confianza,
ha hecho trizas nuestro reposo, ha jugado con nuestros sentimientos ms
puros, ms verdaderos y ms sagrados, ha estropeado y destrozado
nuestros corazones sin piedad. Vea ah lo que ha hecho,  querido hacer,
poco importa. Pues bien, debo decir que estoy profundamente cansada y
herida de todo esto; se lo aseguro. Y cuando en este momento acaba de
ofrecerme en prenda, su honor de gentilhombre, que le ha permitido hacer
tantas cosas indignas, tengo sin duda el derecho de no creer en l, y no
creo.

Yo estaba fuera de m: tom sus dos manos en un transporte de violencia
que la domin:

--Margarita, pobre hija ma!... esccheme! La amo, es cierto, y jams
amor ms ferviente, ms desinteresado, ni ms santo, ardi en el corazn
de un hombre! Pero usted tambin me ama... Me ama, desgraciada! y sin
embargo, me mata... Habla de corazn triturado y destrozado... Ah! y
qu hace usted con el mo? l le pertenece: yo se lo abandono, pero en
cuanto  mi honor, lo guardo... est intacto... y antes de poco le
forzar  reconocerlo... Y sobre ese honor, le juro que si muero me
llorar; y que si vivo, jams... por mucho que la adore... aun cuando la
viese de rodillas ante m, jams sera mi esposa,  menos que usted
fuese tan pobre como yo,  yo tan rico como usted. Y ahora, proceda.
Pida  Dios milagros porque ya es tiempo!

La rechac entonces bruscamente lejos del alfizar de la ventana y me
lanc sobre las gradas superiores: haba concebido un proyecto
desesperado que ejecut en el instante con la precipitacin de una
verdadera demencia. Como he dicho antes, la cima de las hayas y de las
encinas, que se levantan en los fosos de la torre se elevan hasta el
nivel de la ventana. Con ayuda de mi ltigo doblado, atraje  m la
extremidad de las ramas ms prximas, tom una  la ventana y me lanc
en el vaco. O mi nombre, arriba de mi cabeza Mximo! proferido
repentinamente con un grito desgarrador. Las ramas de que me haba
agarrado se inclinaron en toda su largura hacia el abismo: hubo un
crujido siniestro; estallaron bajo mi peso, y ca rudamente sobre el
suelo.

Supongo que la naturaleza fangosa del terreno amortigu la violencia del
choque, pues me sent vivo aunque herido. Uno de mis brazos haba dado
sobre el declive de material del cimiento y senta un dolor tan agudo,
que mi corazn desfalleca. Experiment un corto aturdimiento. Fu
despertado por la voz desesperada de Margarita.

--Mximo! Mximo! por favor, por piedad, en nombre de Dios, hbleme,
perdneme.--Me levant y la vi en el hueco de la ventana, en medio de
una aureola de plida luz, con la cabeza desnuda, los cabellos cados,
la mano crispada sobre el travesao de la cruz, y los ojos ardientemente
fijos sobre el sombro precipicio.

--No tema nada--le dije.--No me he hecho mal alguno. Tenga solamente
paciencia por una  dos horas. Deme el tiempo de ir hasta el castillo,
es lo ms seguro. Est cierta que guardar el secreto, y salvar su
honor, como acabo de salvar el mo.

Sal penosamente de los fosos y fu  tomar mi caballo. Servme de mi
pauelo para suspender y fijar mi brazo izquierdo, que me era
enteramente intil y me haca sufrir mucho. Gracias  la claridad de la
noche hall fcilmente el camino. Una hora despus llegaba al castillo.
Se me dijo que el doctor Desmarest estaba en el saln. Me apresur 
presentarme  l, y hall all como una docena de personas, cuyo
continente acusaba su estado de preocupacin y de alarma.

--Doctor--dije alegremente al entrar--mi caballo acaba de asustarse de
su sombra, me ha tirado en el camino, y creo tener el brazo izquierdo
estropeado. Quiere usted verlo?

--Cmo estropeado?--dijo el seor Desmarest, despus de desatar el
pauelo--si lo tiene completamente roto, pobre hijo mo!

La seora de Laroque arroj un dbil grito y se aproxim  m.--Vaya,
que esta es una noche de desgracias--dijo.

Fing sorprenderme.

--Pues qu! hay alguna otra cosa an?--exclam.

--Dios mo, temo que haya sucedido alguna desgracia  mi hija. Sali 
caballo a las tres, son las ocho, y an no ha vuelto.

--La seorita Margarita... pero si la he encontrado...

--Cmo... dnde, cundo? perdn, seor, pero es la angustia de una
madre.

--La he encontrado en el camino,  eso de las cinco. Nos hemos cruzado.
Ella me dijo, que pensaba llegar hasta la torre d'Elven.

--A la torre d'Elven! Se habr extraviado en los bosques. Es preciso ir
 buscarla prontamente. Que se den las rdenes.

El seor de Bevallan pidi en el momento caballos. Yo afect al
principio querer reunirme  la cabalgata, pero la seora de Laroque y el
doctor me lo prohibieron enrgicamente, y me dej persuadir sin trabajo
de que me era necesario tomar mi lecho, del que  la verdad tena gran
necesidad. El seor Desmarest, despus de haberme hecho una primera
cura, mont en carruaje con la seora de Laroque, que iba  esperar en
la villa d'Elven, el resultado de las pesquisas, que el seor de
Bevallan deba dirigir en las inmediaciones de la torre.

Eran cerca de las diez cuando Alain vino  anunciarme que la seorita
Margarita haba sido hallada. Me cont la historia de su aprisionamiento
sin omitir ningn detalle, salvo como es de suponer, los que slo la
joven y yo debamos conocer. La aventura me fu muy pronto confirmada
por el doctor, en seguida por la seora de Laroque en persona, que
vinieron sucesivamente  visitarme, y tuve la satisfaccin de comprender
que no se tena sospecha alguna de la verdad.

He pasado toda la noche renovando con la ms fatigosa perseverancia, y
en medio de las ms extravagantes complicaciones del sueo y de la
fiebre, mi peligroso salto desde lo alto de la ventana del torren. No
poda sosegarme. A cada instante, la sensacin del vaco me suba  la
garganta, y me despertaba sobresaltado. En fin, lleg el da y me calm.
A las ocho, vi entrar  la seorita de Porhoet que se instal  mi
cabecera, con su tejido en la mano. Ella ha hecho los honores de mi
cuarto  los visitantes, que se han sucedido todo el da. La seora de
Laroque fu la primera que vino despus de mi vieja amiga. Cuando me
apretaba con una presin prolongada la mano que le tend, vi deslizarse
dos lgrimas sobre sus mejillas. Habra recibido las confidencias de su
hija?

La seorita de Porhoet me ha hecho saber que el anciano seor Laroque se
halla en cama desde ayer. Ha tenido un ligero ataque de parlisis. Hoy
ha perdido el habla y su estado da serias inquietudes. Se ha resuelto
apresurar el matrimonio. El seor Laubepin ha sido llamado de Pars; se
le espera maana y el contrato ser firmado al da siguiente bajo su
direccin.

Esta noche he podido estar de pie algunas horas; pero si he de creer al
seor Desmarest, he hecho muy mal en escribir con mi fiebre, y soy un
solemne bestia.




3 de octubre.


Parece verdaderamente que un poder maligno se empeara en inventar las
pruebas ms singulares y ms crueles para presentarlas sucesivamente 
mi conciencia y  mi corazn.

No habiendo llegado el seor Laubepin esta maana, la seora de Laroque
me ha hecho pedir algunas instrucciones que le eran necesarias para
arreglar las bases previas del contrato, el cual como ya he dicho, debe
ser firmado maana. Estando condenado  permanecer an durante algunos
das en mi habitacin, supliqu  la seora de Laroque que me enviara
los ttulos y los documentos particulares que se hallan en poder de su
padre poltico y que me eran indispensables para resolver las
dificultades que se me haban indicado. Se me remitieron dos  tres
cajones llenos de papeles, sacados secretamente del gabinete del seor
Laroque, aprovechando de un momento en que el anciano dorma, pues se
haba mostrado siempre muy celoso de su archivo secreto. En la primera
pieza que me cay  mano, el nombre de mi familia, muchas veces
repetido, hiri bruscamente mis ojos y solicit mi atencin con un
poder irresistible. He aqu el texto literal de esta pieza:

A MIS HIJOS

El nombre que os lego, y que he honrado, no es el mo. Mi padre se
llamaba Savage. Era regidor de una plantacin en la isla, entonces
francesa, de Santa Luca, perteneciente  una rica y noble familia del
Delfinado, la de los Champcey d'Hauterive. En 1793 mi padre muri y yo
hered, aunque muy joven, la confianza que los Champcey haban
depositado en l. Hacia el fin de este funesto ao, las Antillas
francesas fueron tomadas por los ingleses,  les fueron entregadas por
los colonos insurgentes. El Marqus de Champcey d'Hauterive (Santiago
Augusto),  quien las rdenes de las convenciones no haban alcanzado
todava, mandaba entonces la fragata _Thetis_ y haca tres aos cruzaba
aquellos mares. Un gran nmero de colonos franceses esparcidos en las
Antillas, haban llegado  realizar sus fortunas, amenazadas  cada
instante. Estos se haban entendido con el comandante Champcey para
organizar una flotilla de ligeros transportes,  la que haban
trasladado sus bienes, y que deba emprender su vuelta  la patria bajo
la proteccin de los caones de la _Thetis_. Desde largo tiempo, en
previsin de desastres inminentes, yo haba recibido la orden y el poder
para vender  cualquier precio la plantacin que administraba desde la
muerte de mi padre. En la noche del 14 de noviembre de 1793, montaba
solo en un pequeo bote en la punta de Morne au Sable y abandonaba
furtivamente  Santa Luca, ocupada ya por el enemigo. Llevaba en papel
ingls y en guineas el precio que haba podido sacar por la plantacin.
El seor de Champcey, gracias al conocimiento minucioso que tena de
estos parajes, haba podido engaar al crucero ingls y refugiarse en el
paso difcil y desconocido de Crossilot. Tena orden de reunirme all
aquella misma noche, y slo esperaba mi llegada  bordo, para salir de
este paso con la flotilla que escoltaba, y dirigir su proa  Francia. En
el trayecto tuve la desgracia de caer en manos de los ingleses. Estos
maestros en traicin, me dieron  elegir entre ser fusilado en el acto,
 venderles, mediante el milln de que era portador y que me
abandonaban, el secreto del paso en que se abrigaba la flotilla. Yo era
joven, la tentacin era demasiado fuerte; una media hora despus, la
_Thetis_ era echada  pique, la flotilla tomada, y el seor de Champcey
gravemente herido. Pas un ao; un ao sin sueo. Yo me enloqueca, y
resolv hacer pagar al ingls maldito los remordimientos que me
despedazaban. Pas  la Guadalupe, cambi mi nombre y consagr la mayor
parte del precio de mi delito  la compra de un brick armado, y corr
sobre los ingleses. He lavado durante quince aos en su sangre y con la
ma la mancha que en una hora de debilidad haba arrojado sobre el
pabelln de mi patria. Si bien ms de las tres cuartas partes de mi
fortuna actual ha sido adquirida en gloriosos combates, no por eso es
otro su origen que el que acabo de indicar.

Al volver  Francia, en mi vejez, me inform de la situacin de los
Champcey d'Hauterive: era dichosa y opulenta. Continu guardando un
profundo silencio. Que mis hijos me perdonen! No he podido hallar
valor, mientras he vivido, para sonrojarme en su presencia; pero la
muerte debe entregarles este secreto, del que usarn segn las
inspiraciones de su conciencia. Por mi parte, slo tengo una splica que
hacerles: habr, tarde  temprano, una guerra entre la Francia y su
vecina del otro lado del Canal; nos odiamos demasiado; ser menester
reir; que nosotros los traguemos  que ellos nos traguen. Si esta
guerra estallara viviendo alguno de mis hijos  de mis nietos, deseo que
donen al Estado una corbeta armada y equipada, con la condicin de que
se llame _La Savage_ y la mande un bretn. A cada andanada que descargue
sobre la costa de Inglaterra, mis huesos se estremecern de contento en
su tumba.--_Ricardo Savage_, conocido por _Laroque_.

Los recuerdos que despert repentinamente en mi imaginacin esta
espantosa confesin, me confirmaron su exactitud. Haba odo contar
veinte veces  mi padre, con una mezcla de orgullo y de amargura, el
rasgo de la vida de mi abuelo  que se haca alusin en ella. Solamente
que se crea en mi familia que Ricardo Savage, cuyo nombre tena muy
presente, haba sido la vctima y no el promotor de la traicin,  de la
casualidad que haba entregado al comandante de la _Thetis_.

Me expliqu entonces las singularidades que  menudo me haban llamado
la atencin en el carcter del viejo marino, y en particular su actitud
tmida y pensativa cuando se hallaba frente  frente conmigo. Mi padre
haba dicho siempre que yo era un vivo retrato de mi abuelo, el Marqus
Santiago, y sin duda, algunos resplandores de esta semejanza penetraban
de tiempo en tiempo, atravesando las nubes de su cerebro, hasta la
conciencia confusa de aquel anciano.

Apenas dueo de esta secreta revelacin, ca en una horrible
perplejidad. Por mi parte, slo sent un dbil rencor contra este
infortunado, en quien las flaquezas del sentido moral haban sido
purgadas por una larga vida de arrepentimiento, y por una pasin de
desesperacin y de odio, que no careca de grandeza. Yo mismo no poda
respirar, sin una especie de admiracin, el soplo salvaje que anima an
estas lneas trazadas por una mano culpable, pero heroica. Entretanto,
qu deba yo hacer de este terrible secreto? Lo que se me ocurri de
pronto, fu el pensamiento de que l destrua todo obstculo entre
Margarita y yo, que en adelante aquella fortuna que nos haba separado
deba ser entre nosotros un lazo casi obligatorio, pues yo slo en el
mundo poda legitimarla, dividindola. A la verdad, este secreto no era
mo, y aun cuando la ms inocente de las casualidades me lo hubiera
hecho conocer, puede ser que la estricta probidad exigiese que lo dejara
llegar en su hora,  las manos  que est destinado; pero cmo, si
esperando ese momento el mal irreparable se consumira! Los lazos ms
indisolubles nos separaran! La piedra de la tumba iba  caer para
siempre sobre mi amor, sobre mis esperanzas, sobre mi corazn
inconsolable! Y lo soportara cuando poda impedirlo con una sola
palabra? Y estas pobres mujeres, el da en que la fatal verdad haga
sonrojar sus frentes, es muy probable dividirn conmigo mis pesares y mi
desesperacin. Y exclamarn las primeras: Ah! si lo saba usted por
qu no haba hablado?

Pues bien; ni hoy, ni maana, ni nunca: si slo de m depende, la
vergenza no sonrojar estas dos nobles frentes. Yo no comprar mi
felicidad  precio de su humillacin. Este secreto que slo yo poseo,
que ese anciano mudo para siempre, no puede l mismo traicionar, ya no
existe; la llama lo ha devorado.

Lo he pensado bien. Comprendo lo que me he atrevido  hacer. Era un
testamento, una acta sagrada y la he destruido. Adems, no era yo slo
el que ganaba. Estoy encargado de mi hermana, que hallara en l una
fortuna, y sin consultarla, mi mano la ha sumergido de nuevo en la
pobreza. S todo esto; pero dos almas puras, elevadas y orgullosas, no
sern deshonradas, ni aniquiladas bajo el peso de un crimen de que son
inocentes. Haba en esto un principio de equidad que me ha parecido
superior  toda justicia literal. Si  mi vez he cometido un crimen, yo
responder de l... Pero esta lucha me ha destrozado y ya no puedo ms.




4 de octubre.


El seor Laubepin lleg, en fin, ayer noche. Vino  apretarme la mano.
Estaba preocupado, brusco y descontento. Hablme brevemente del
matrimonio que se preparaba.

--Operacin muy afortunada--dijo,--combinacin muy laudable bajo todos
respectos, en que la Naturaleza y la sociedad hallan  la vez las
garantas que tienen el derecho de exigir semejantes circunstancias.
Despus de lo cual, joven--me dijo--le deseo una buena noche, mientras
yo voy  ocuparme en despejar el terreno delicado de las convenciones
preliminares,  fin de que el carro interesante del matrimonio llegue 
su trmino sin inconvenientes.

Hoy  la una del da se reunirn en el saln con el aparato y concurso
acostumbrados, para proceder  la firma del contrato. Yo no poda
asistir  esa fiesta, y bendije mi herida que me libraba de semejante
suplicio. Escriba  mi querida Elena,  quien me esforzaba ms que
nunca  ofrecer mi alma entera, cuando  eso de las tres de la tarde,
entraron en mi cuarto el seor Laubepin y la seorita de Porhoet. El
seor Laubepin en sus frecuentes viajes al castillo de Laroque, no haba
podido dejar de apreciar las virtudes de mi venerable amiga y se ha
formado, desde largo tiempo, entre los dos ancianos, una amistad
platnica y respetuosa, cuyo carcter se esfuerza en vano el doctor
Desmarest en desnaturalizar. Despus de un cambio de ceremonias, de
saludos y de reverencias interminables, tomaron las sillas que les
present y ambos se pusieron  contemplarme con un aire de grave
beatitud.

--Y bien--pregunt--se termin?

--Se termin--respondieron al mismo tiempo.

--Muy bien--aadi la seorita de Porhoet.

--Maravillosamente--agreg el seor Laubepin, aadiendo despus de una
pausa:--El Bevallan se fu al diablo.

--Y la jovencita Helouin por el mismo camino--continu la seorita de
Porhoet.

--Dios mo! qu es lo que pasa?--dije, arrojando un grito de sorpresa.

--Amigo mo--me respondi el seor Laubepin;--la unin proyectada
presentaba todas las ventajas deseables, y habra asegurado,  no
dudarlo, la felicidad comn de los cnyuges, si el matrimonio fuera una
asociacin puramente comercial, pero est muy lejos de serlo. Mi deber,
cuando mi concurso fu exigido en esta circunstancia interesante, era
pues, consultar la inclinacin de los corazones y las conveniencias de
los caracteres, no menos que la proporcin de las fortunas; pero cre
observar desde luego, que el matrimonio que se preparaba tena el
inconveniente de no satisfacer  nadie, ni  mi excelente amiga la
seora de Laroque, ni  la interesante novia, ni  los amigos ms
ilustrados de estas damas;  nadie, en fin, sino probablemente al novio,
de quien me cuido mediocremente. Es verdad (debo esta nota  la seorita
de Porhoet), es verdad--deca--que el novio es gentilhombre.

--_Gentleman_, si le parece--interrumpi la seorita de Porhoet con un
acento severo.

--_Gentleman_--continu el seor Laubepin, aceptando la enmienda:--pero
es una especie de _gentleman_ que no me gusta.

--Ni  m--dijo la seorita de Porhoet.--Bellacos de esta especie,
palafreneros sin costumbres, como ste, que vimos salir en el ltimo
siglo, dirigidos por el entonces Duque de Chartres, de las caballerizas
inglesas para preludiar la revolucin.

--Oh, si no hubieran hecho ms que preludiarla!--dijo sentenciosamente
el seor Laubepin--se les perdonara.

--Le pido un milln de excusas, mi querido seor, pero hable. Por lo
dems, no se trata de eso; tenga usted  bien continuar.

--Pues bien--prosigui el seor Laubepin,--viendo que en general se
marchaba  esta boda como  un convoy fnebre, busqu algn medio  la
vez honorable y legal, si no de volver al seor de Bevallan su palabra,
al menos de hacrsela recoger. El proceder era tanto ms lcito, cuanto
que en mi ausencia el seor de Bevallan haba abusado de la
inexperiencia de mi excelente amiga la seora de Laroque, y de la
inexperiencia de mi colega de la villa vecina, para hacerse asegurar
ventajas exorbitantes. Sin separarme de la letra de las convenciones,
consegu modificar sencillamente su espritu. Sin embargo, el honor y la
palabra dada me imponan lmites que no pude ultrapasar. El contrato, 
pesar de todo, quedaba an suficientemente ventajoso para que un hombre
dotado de alguna elevacin de espritu y animado de una verdadera
ternura por su futura, pudiese aceptarlo con confianza. El seor de
Bevallan, sera hombre capaz de ello? Debimos correr riesgo. Le aseguro
que no dejaba de hallarme conmovido, cuando comenc esta maana, ante un
imponente auditorio, la lectura de esta acta irrevocable.

--Por mi parte--interrumpi la seorita de Porhoet--no tena una sola
gota de sangre en las venas. La primera parte del contrato, era tan
conveniente para el enemigo, que lo cre todo perdido.

--Sin duda, seorita; pero como decimos nosotros entre augures, el
veneno est en la cola, _in cauda venenum_. Era verdaderamente
agradable, amigo mo, ver la fisonoma del seor de Bevallan y la de mi
colega de Rennes, que le acompaaba, cuando llegu  descubrir
bruscamente mis bateras. Al principio se miraron en silencio: luego
cuchichearon; se levantaron por fin y aproximndose  la mesa ante la
cual me hallaba sentado, me pidieron en voz baja explicaciones.

--Hablen alto, si gustan, seores--les dije:--no hay aqu necesidad de
misterios. Qu quieren?

El pblico empezaba  prestar atencin. El seor de Bevallan sin alzar
la voz me insinu, que este contrato era una obra de desconfianza.

--Una obra de desconfianza, seor!--respond en el tono ms elevado de
mi garganta.--Qu pretende decir con eso? Es contra la seora de
Laroque, contra m,  contra mi colega aqu presente, que dirige
semejante imputacin?...

--Chit, silencio! nada de bulla,--dijo entonces el notario de Rennes,
con el acento ms discreto; pero veamos, estaba convenido al principio
que el rgimen dotal sera separado.

--El rgimen dotal, seor? Y en dnde se trata aqu de rgimen dotal?

--Vamos, compaero, bien ve que lo restablece por un subterfugio.

--Subterfugio, colega? Permtame que como ms antiguo le pida borrar
esa palabra de su vocabulario!

--Pero, en fin--murmur el seor de Bevallan,--se me ligan las manos de
todos lados, se me trata como  un chiquillo.

--Cmo, seor, qu es lo que hacemos en este momento? Es esto un
contrato  un testamento? Olvida usted que la seora de Laroque vive,
que su padre vive, que se casa, seor, pero que no hereda? Un poco de
paciencia; qu diablo!

A estas palabras la seorita Margarita se levant.--Basta
ya--dijo;--seor Laubepin, arroje usted al fuego ese contrato. Madre
ma, haga usted volver al seor sus presentes,--saliendo en seguida con
un paso de reina ultrajada. La seora de Laroque la sigui. Al mismo
tiempo lanc el contrato en la chimenea.

--Seor--me dijo entonces el seor de Bevallan con tono amenazador--hay
aqu una intriga cuyo secreto sabr.

--Seor, voy  decrselo--respond.--Una joven que con justo orgullo se
estima  s misma, haba concebido el temor de que sus pretensiones
amorosas slo se dirigan  su fortuna; ha querido cerciorarse de ello,
y no le cabe duda alguna. Tengo el honor de saludarle.

En seguida, amigo mo, fu  reunirme con las seoras, que me saltaron
al cuello. Un cuarto de hora despus, el seor de Bevallan dejaba el
castillo con mi colega de Rennes. Su partida y su desgracia han tenido
por efecto inevitable desencadenar contra l todas las lenguas de los
criados, y su imprudente intriga con la seorita Helouin ha estallado
muy luego. La joven, sospechosa haca algn tiempo por otros motivos, ha
pedido permiso para retirarse, y no se le ha negado. Intil es agregar,
que las seoras le aseguran una existencia honorable... Y bien, hijo
mo! qu dice de todo esto? Le hace sufrir ms? Est tan plido como
un muerto...

La verdad es, que estas noticias inesperadas haban excitado en m
tantas emociones agradables y penosas  la vez, que me senta prximo 
desfallecer.

* * * * * * * * * * *

El seor Laubepin que debe partir maana al amanecer, volvi esta noche
 despedirse de m. Despus de algunas palabras embarazosas de parte 
parte:

--Ah, mi querido nio!--me dijo--no le interrogo sobre lo que aqu
pasa: pero si tiene usted necesidad de un confidente y un consejero, le
pedira la preferencia.

Yo no poda efectivamente desahogarme en un corazn ms amigo, ni ms
seguro. Hice al digno anciano un relato detallado de todas las
circunstancias que han sealado desde mi llegada al castillo, mis
relaciones particulares con la seorita Margarita. Hasta le he ledo
algunos trozos de este diario, para precisar mejor el estado de esas
relaciones y tambin el estado de mi alma. Excepto el secreto que haba
descubierto la vspera en los archivos del seor Laroque, nada le he
ocultado.

Cuando termin, el seor Laubepin cuya frente se haba puesto recelosa
haca un momento, tom la palabra.

--Es intil disimular, amigo mo--dijo--que al enviarle aqu,
premeditaba unirlo con la seorita Laroque. Al principio todo march
conforme  mis deseos. Los dos corazones, que segn mi opinin, son
dignos el uno del otro, no han podido aproximarse sin entenderse: pero
ese extravagante acontecimiento, cuyo teatro romntico ha sido la torre
d'Elven, confieso que me desconcierta enteramente. Qu diantre!
querido joven, saltar por la ventana,  riesgo de romperse la cabeza,
era, permtame que se lo diga, una demostracin muy suficiente de su
desinters; fu, pues, muy suprfluo agregar  este paso honorable y
delicado, el juramento solemne de no casarse jams con esa pobre nia 
no ser eventualidades que es absolutamente imposible esperar. Yo me
tengo por hombre de recursos, pero me reconozco enteramente incapaz de
dar  usted doscientos mil francos de rentas  de quitrselos  la
seorita Laroque.

--Entonces, seor, dme un consejo. Tengo ms confianza en usted, que en
m mismo, pues conozco que el infortunio expuesto siempre  la sospecha,
ha podido irritarme hasta el exceso las susceptibilidades de mi honor.
Hable. Me inducir usted  olvidar el juramento indiscreto pero solemne,
sin embargo, que en este momento es, segn creo, lo nico que me separa
de la dicha, que haba soado para su hijo adoptivo.

El seor Laubepin se levant; sus espesas pestaas cayeron sobre sus
ojos, y recorri la habitacin  grandes pasos durante algunos minutos;
luego, detenindose ante m, y tomndome la mano con fuerza:

--Joven--me dijo--es cierto, le amo como  un hijo; pero aun cuando
debiera despedazar su corazn y el mo con el suyo, jams transigir
con mis principios. Mejor es ultrapasar el honor que quedarse atrs de
l: en materia de juramentos, todos los que no son exigidos bajo la
punta de un pual  ante la boca de una pistola, es menester no hacerlos
 cumplirlos: esa es mi opinin.

--Y tambin la ma. Maana partir con usted.

--No, Mximo, permanezca aqu algn tiempo todava. Yo no creo en
milagros, pero creo en Dios, que rara vez permite que sucumbamos por
nuestras virtudes... Demos un plazo  la Providencia... S que le pido
un gran esfuerzo de valor, pero lo reclamo formalmente de su amistad. Si
en un mes no recibe noticias mas, entonces partir.




12 de octubre.


Hace dos das que puedo salir de mi retiro y pasar al castillo. No haba
visto  la seorita Margarita desde el instante de nuestra separacin en
la torre d'Elven. Cuando entr, estaba sola en el saln; al reconocerme
hizo un movimiento involuntario como para levantarse, pero permaneci
inmvil y su fisonoma se colore repentinamente de una prpura
ardiente. Esta fu contagiosa, por que yo mismo sent que me enrojeca
hasta la frente.

--Cmo est usted, seor?--me dijo al tenderme la mano, pronunciando
estas simples palabras con un tono de voz tan dulce, tan humilde, ay!
tan tierno, que habra querido arrojarme de rodillas ante ella. Sin
embargo, fu preciso contestarla en el tono de una poltica helada. Me
mir dolorosamente: luego baj sus grandes ojos con aire de resignacin
y continu su trabajo.

Casi en el mismo instante, su madre la hizo llamar al lado de su abuelo,
cuyo estado se agravaba notablemente. Haca muchos das que haba
perdido la voz y el movimiento; la parlisis le haba invadido casi
entero. Los ltimos destellos de su vida intelectual se haban
extinguido: nicamente persista la sensibilidad con el sufrimiento. No
poda dudarse que el fin del anciano se aproximaba, pero la vida haba
tomado posesin muy fuertemente de aquel enrgico corazn, para
desprenderse de l, sin una lucha obstinada. El doctor haba anunciado
que la agona sera larga. Desde la aparicin del peligro, la seora de
Laroque y su hija le haban prodigado sus esfuerzos y sus vigilias con
la abnegacin apasionada y el entusiasmo del sacrificio, que son la
virtud especial y la gloria de su sexo. Anteayer en la noche, sucumban
ya  la fatiga y  la fiebre; el doctor Desmarest y yo, nos ofrecimos
para suplirlas al lado del seor Laroque durante la noche que comenzaba.
Consintieron en descansar algunas horas. El doctor muy fatigado tambin,
no tard en anunciarme que iba  recostarse en un lecho que haba en la
pieza vecina.

--Yo no sirvo aqu para nada--me dijo;--todo est hecho, usted lo ve, ya
ni sufre el pobre hombre... Es un estado de letargo que no tiene nada de
desagradable, y cuyo despertar ser la muerte... de consiguiente puede
uno estar tranquilo. Si nota algn cambio, me llama, pero creo que esto
no suceder hasta maana. Entre tanto yo me muero de sueo.--Lanz un
bostezo sonoro y sali. Su lenguaje y su sangre fra ante el moribundo
me chocaron. Es, sin embargo, un hombre excelente, pero para tributar 
la muerte el respeto que le es debido, es necesario no ver nicamente la
materia bruta que ella disuelve, sino tambin creer en el principio
inmortal que desliga.

Una vez solo en la cmara fnebre, me sent al pie del lecho cuyas
cortinas haban sido levantadas, y trat de leer  la claridad de una
lmpara que haba cerca de m, en una pequea mesa. El libro cay de mis
manos: no poda separar mi pensamiento de la singular combinacin de
acontecimientos, que despus de tantos aos, daba  este culpable
anciano al nieto de su vctima por testigo y protector de su ltimo
sueo. Luego en medio de la calma profunda, de la hora y del lugar,
evocaba  mi pesar las escenas tumultuosas y las sanguinarias violencias
que haban llenado esta existencia que acababa. Buscaba impresin lejana
de ellas, en la fisonoma de aquel agonizante secular, sobre sus grandes
rasgos cuyo plido relieve se dibujaba en la sombra, como el de una
mscara de yeso, y slo vea en ellos la gravedad y el reposo prematuros
de la tumba. Por intervalos me aproximaba  la cabecera, para
asegurarme si el soplo vital mova an aquel pecho destruido.

En fin, hacia la media noche, me invadi una somnolencia irresistible y
me dorm con la frente apoyada sobre la mano. Repentinamente fu
despertado por no s qu lgubres estremecimientos; levant los ojos y
sent pasar un escalofro por la mdula de mis huesos. El anciano se
hallaba medio levantado en su lecho, y tena fija sobre m una mirada
atenta, asombrada, en que brillaba la expresin de una vida y de una
inteligencia que hasta entonces me haban sido desconocidas. Cuando mi
mirada encontr la suya, el espectro se estremeci; abri sus brazos en
cruz, y me dijo con una voz suplicante, cuyo timbre extrao suspendi el
movimiento de mi corazn.

--Seor Marqus, perdneme!

Quise levantarme, quise hablar, pero en vano. Me hallaba petrificado en
mi silln.

--Seor Marqus--continu,--dgnese perdonarme!

Hall en fin la fuerza suficiente para acercarme  l;  manera que yo
me aproximaba, l se retiraba penosamente hacia atrs como para escapar
 un contacto pavoroso. Levant una mano, y bajndola suavemente ante
sus ojos desmesuradamente abiertos y desesperados de terror.

--Morid en paz!--le dije--Yo le perdono!

No haba an acabado estas palabras cuando su fisonoma marchita se
ilumin con un relmpago de alegra y de juventud. Al mismo tiempo
brotaron dos lgrimas de sus hundidas rbitas. Extendi sus manos hacia
m: repentinamente, aquella mano se cerr con violencia y se extendi en
el espacio con un gesto amenazador: vi revolverse y rodar sus ojos entre
sus rbitas dilatadas, como si una bala le hubiera herido el corazn.

--Oh! ingls--murmur.

Volvi  caer sobre la almohada como una masa inerte. Estaba muerto.

Llam apresuradamente, y todos acudieron. Muy luego fu rodeado de
piadosas lgrimas y oraciones. Yo me retir con el alma profundamente
conmovida por aquella escena extraordinaria, que deba permanecer
secreta para siempre, entre aquel muerto y yo.

Este triste suceso de familia ha hecho pesar sobre m cuidados y deberes
de que tena necesidad para justificar  mis propios ojos la
prolongacin de mi morada en la casa. Me es imposible concebir en virtud
de qu motivos el seor Laubepin me ha aconsejado que demorare mi
partida. Qu puedo esperar de este aplazamiento? Me parece que esta
circunstancia ha cedido  una especie de vaga supersticin y de
debilidad pueril,  que no deba haberse doblegado jams una alma de su
temple y  la que yo mismo he hecho mal en someterme. Cmo no comprend
que me impona con un aumento de intil sufrimiento, un papel sin
franqueza y sin dignidad? Qu har yo en adelante? No es ahora cuando
con justo motivo, podra reprochrseme el jugar con los sentimientos ms
sagrados? Mi primera entrevista con la seorita Margarita haba bastado
para revelarme todo el rigor, toda la imposibilidad de la prueba  que
me hallaba condenado, cuando la muerte del seor Laroque ha venido  dar
por corto tiempo  mis relaciones alguna naturalidad, y una especie de
bienestar  mi permanencia en el castillo.




Rennes, 16 de octubre.


Todo est dicho, Dios mo! Cun fuerte era este lazo! De qu manera
envolva mi corazn! Hasta qu punto le ha despedazado al romperse!

Ayer en la noche, cerca de las nueve, me hallaba yo de codos en mi
ventana abierta, cuando fu sorprendido por una dbil luz que se
aproximaba  mi habitacin  travs de los sombros caminos del parque,
y en una direccin que no acostumbran traer las gentes del castillo. Un
instante despus llamaron  mi puerta, y la seorita de Porhoet entr
jadeando.

--Primo--me dijo--tengo que hablar  usted.

--Hay alguna desgracia?--le pregunt, mirndola  la cara.

--No, no es eso precisamente. Usted mismo juzgar. Sintese. Mi querido
hijo; ha pasado usted dos  tres noches en el castillo durante la
presente semana no ha observado en l nada nuevo ni de singular, en la
actitud de las seoras?...

--Nada.

--No ha notado al menos en su fisonoma una especie de serenidad no
acostumbrada?...

--S, tal vez... Apartando la melancola del reciente duelo me han
parecido ms serenas, y an ms dichosas que en otro tiempo.

--Sin duda, le habran llamado la atencin otras particularidades si
hubiera usted, como yo, vivido desde hace quince aos en su intimidad
cotidiana. As es que  menudo he sorprendido entre ellas los signos de
una inteligencia secreta, de una misteriosa complicidad. A ms, sus
hbitos se han modificado sensiblemente. La seora de Laroque ha echado
 un lado su brasero, su garita, y todas sus inocentes manas de
criolla; se levanta  una hora fabulosa y se instala desde la aurora con
Margarita delante de la mesa de trabajo. A ambas les ha entrado un gusto
apasionado por los bordados, y se informan del dinero que una mujer
puede ganar por da con este gnero de labor. Para terminar, hay en esto
un misterio cuya palabra en vano me desesperaba por encontrar. Ella
acaba de serme revelada y sin deber entrar en los secretos de usted
antes de lo que le convenga, he credo deber transmitrsela sin retardo.

Despus de las protestas de absoluta confianza, que me apresur 
dirigirle, la seorita de Porhoet continu en su lenguaje dulce y
firme:

--La seora de Aubry fu  verme esta noche  hurtadillas; comenz por
arrojarme sus horribles brazos al cuello, lo que no me gust nada, y
luego,  travs de mil jeremiadas personales, que excuso repetir, me ha
suplicado que detenga  sus parientes sobre el borde de su ruina.

--He aqu lo que ha odo escuchando  travs de las puertas, segn su
graciosa costumbre; me dijo que esas seoras solicitan en estos momentos
autorizacin para abandonar todos sus bienes  una congregacin de
Rennes,  fin de suprimir entre Margarita y usted los inconvenientes que
les separan. No pudiendo hacerle rico, ellas se hacen pobres. Me ha
parecido imposible, primo, dejar  usted ignorar esta determinacin,
igualmente digna de esas dos almas generosas y de esas dos cabezas
quimricas. Me excusar agregar que su deber es desbaratar  toda costa
ese proyecto. Me parece intil hablar del arrepentimiento que
infaliblemente se prepara  nuestras amigas, y de la responsabilidad
terrible que las amenaza; usted lo comprende tan bien como yo. Si
pudiera, amigo mo, aceptar en el instante la mano de Margarita, el
asunto terminara del modo ms feliz; pero se halla ligado  este
respecto por un compromiso que, por muy ciego, por muy imprudente que
haya sido, no es por eso menos obligatorio para su honor. Slo le queda
un partido que tomar: dejar este pas sin demora y cortar resueltamente
todas las esperanzas que entretiene su permanencia aqu. Cuando haya
partido, me ser ms fcil volver  esas dos nias  la razn.

--Pues bien, estoy pronto; partir esta misma noche.

--Muy bien--continu:--cuando le doy este consejo amigo mo, yo misma
obedezco  una ley de honor bien rigurosa. Usted endulza los ltimos
momentos de mi larga soledad; me ha vuelto la ilusin de los ms dulces
encantos de la vida, perdidos por m hace tantos aos. Alejndose usted
hago mi ltimo sacrificio... es inmenso.

Se levant y me mir un momento sin hablar.

--A mi edad no se abraza  los jvenes--continu, sonriendo
tristemente,--se les bendice. Adis, querido hijo, y gracias... Que Dios
le ayude... Yo bes sus manos temblorosas, y ella me dej
precipitadamente.

Hice  toda prisa mis aprestos para la partida: luego escrib algunas
lneas  la seora de Laroque. La suplicaba renunciara  una resolucin
cuyo alcance no haba calculado, y de la que por mi parte, estaba
firmemente determinado  no hacerme cmplice. Le daba mi palabra, y ella
saba que poda contarse con ella, que no aceptara jams mi felicidad 
costa de su ruina. Al terminar, para apartarla mejor de su insensato
proyecto, le hablaba vagamente de un porvenir cercano en que finga
entrever esperanzas de fortuna.

A media noche, cuando todos dorman, di un adis, un cruel adis  mi
retiro,  aquella vieja torre en que tanto haba sufrido, donde tanto
haba amado! y me deslic en el castillo por una puerta excusada, cuya
llave me haba sido confiada. Atraves furtivamente, como un criminal,
las galeras vacas y sonoras, guindome lo mejor que pude en las
tinieblas; llegu al fin al saln, donde la haba visto por primera vez.
Ella y su madre lo haban dejado, haca apenas una hora; su presencia
reciente se manifestaba an por un perfume dulce y tibio, que me
embriag sbitamente. Busqu y toqu la cesta en que su mano haba
colgado pocos instantes antes su bordado, comenzado. Ay, pobre corazn!
Ca de rodillas ante el lugar que ocupaba, y all, con la frente sobre
el mrmol, lloraba y sollozaba como un nio. Dios mo, cmo la amo!

Aprovech las ltimas horas de la noche para hacerme conducir
secretamente  la pequea ciudad vecina, donde tom el carruaje de
Rennes. Maana en la noche estar en Pars. Pobreza, soledad,
desesperacin, que all os dej, voy  hallaros de nuevo! Ultimo sueo
de mi juventud, sueo del Cielo, adis!




Pars.


Al da siguiente por la maana, cuando iba  montar en el ferrocarril,
entr en el patio del hotel un carruaje de posta, y vi descender de l
al viejo Alain. Cuando me vi, su fisonoma se ilumin.

--Ah, seor, qu fortuna que no haya partido! Tome esta carta.

--Reconoc la letra del seor Laubepin. Me deca en dos lneas que la
seorita de Porhoet estaba gravemente enferma y que me llamaba. No me
tom sino el tiempo necesario para mudar caballos y me arroj en la
silla, despus de haber decidido  Alain, no sin trabajo,  que se
sentara frente  m. Entonces lo aturd  preguntas. Le hice repetir la
noticia que me trajo y que me pareca inconcebible. La seorita Porhoet
haba recibido la vspera, de manos del seor Laubepin, un pliego
ministerial, que le anunciaba que era puesta en plena y entera posesin
de la herencia de sus parientes de Espaa.--Y parece--agregaba
Alain--que se lo debe al seor, que ha descubierto en el palomar algunos
papeles viejos, en los que nadie soaba y que han probado el buen
derecho de la anciana seorita. Yo no s lo que hay de verdadero en
esto, pero s es lstima--me dijo--que  esta respetable seora se le
haya metido en la cabeza ideas de catedral y que no quiere
abandonarlas... porque, note usted, que est ms aferrada que nunca. Al
principio, cuando recibi la noticia, cay redonda en el pavimento y se
le crey muerta; pero una hora despus empez  hablar, sin fin ni
tregua, de su catedral, del coro, de la nave, del cabildo y de los
cannigos, del ala del Norte y del ala del Sur, de tal modo que para
calmarla ha sido necesario traerle un arquitecto, albailes, y poner
sobre su lecho los planos del malhadado edificio. En fin, despus de
tres horas de conversacin sobre el asunto se amodorr un rato; al
despertarse, ha pedido ver al seor... al seor Marqus (Alain se
inclin cerrando los ojos) y se me ha hecho correr en su busca; parece
que quiere consultarle sobre el coro alto.

Este extrao acontecimiento me caus la ms viva sorpresa. Sin embargo,
con ayuda de mis recuerdos y de los detalles confusos, que me daba
Alain, llegu  darme una explicacin de ellos, que noticias ms
positivas deban confirmar muy luego. Como ya he dicho, el negocio de la
sucesin de la rama espaola de los Porhoet haba pasado por dos fases.
Haba habido primero, entre la seorita de Porhoet y una gran casa de
Castilla, un largo proceso que mi vieja amiga haba acabado por perder
en ltima instancia; luego un nuevo proceso, en el que la seorita de
Porhoet no figuraba, se haba suscitado,  propsito de la misma
sucesin, entre los herederos espaoles y la corona, que pretenda que
los bienes volvan  ella por derecho de fundacin del mayorazgo.
Mientras esto tena lugar, continuando siempre mis indagaciones en los
archivos de los Porhoet haba puesto la mano como dos meses antes de mi
salida del castillo sobre una pieza singular, cuyo texto literal era el
siguiente:

     Don Felipe, por la gracia de Dios, Rey de Castilla, de Len, de
     Aragn; de las dos Sicilias, de Jerusaln, de Navarra, de Granada,
     de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de
     Cerdea, de Crdoba, de Crcega, de Murcia, de Jan, de los
     Algarbes, de Algeciras, de Gibraltar, de las islas Canarias, de las
     Indias Orientales y Occidentales, islas y tierras firmes del mar
     Ocano, Archiduque de Austria, Duque de Borgoa, de Brabante y de
     Miln, Conde de Habsburgo, de Flandes, del Tirol y de Barcelona,
     seor de Vizcaya y de Molina, etc., etc.

     A ti Herve Juan Joselyn, seor de Porhoet Gal, Conde de
     Torrenueva, etc., que me has seguido en mis reinos y servido con
     una fidelidad ejemplar, prometo, por favor especial, que en caso de
     extincin de tu descendencia directa y legtima, los bienes de tu
     casa volvern, aun con detrimento de los derechos de mi corona, 
     los descendientes directos y legtimos de la rama francesa de los
     Porhoet-Gal, mientras ella exista, y hago este compromiso, por m
     y mis sucesores sobre mi fe y palabra de rey.

     Dado en el Escorial el 10 de abril de 1716.

     YO EL REY.

Al lado de esta pieza, que slo era una copia traducida, haba hallado
el texto original con las armas de Espaa. No se me haba ocultado la
importancia de este documento, pero haba temido exagerrmela. Dudaba
mucho que la validez del ttulo, sobre el que haban pasado tantos
sucesos y tantos acontecimientos, fuese admitida por el gobierno
espaol, y hasta dudaba que tuviera el poder de hacerle lugar, aun
cuando quisieran hacrselo. Me decid, pues,  dejar ignorar  la
seorita de Porhoet, un descubrimiento cuyas consecuencias me parecan
ser muy problemticas y me limit  remitir el ttulo al seor Laubepin.
No recibiendo contestacin alguna, no tard en olvidarlo en medio de
los cuidados personales que me abrumaban entonces. El gobierno espaol,
obrando de una manera contraria  mi injusta desconfianza, no haba
vacilado en desempear la palabra del Rey Felipe, y en el momento mismo
en que un decreto supremo acababa de abocar  la corona la sucesin
inmensa de los Porhoet, por otro decreto la restituy noblemente  su
legtimo heredero.

Eran las nueve de la noche cuando descend del carruaje, en el hmedo
umbral de la casita en que acababa de entrar, aunque tardamente, esta
fortuna casi real. La sirvienta vino  abrirme; lloraba amargamente. O
al instante la voz grave del seor Laubepin que dijo:--l es.--Sub
apresuradamente. El anciano me apret la mano fuertemente y me
introdujo, sin pronunciar una palabra, en el cuarto de la seorita de
Porhoet. El mdico y el cura de la villa se mantenan silenciosos en el
hueco de una ventana. La seora de Laroque estaba arrodillada sobre una
silla, cerca del lecho; su hija de pie en la cabecera, sostena las
almohadas en que reposaba la plida cabeza de mi pobre y vieja amiga.
Cuando la enferma me vi, una dbil sonrisa ilumin su fisonoma,
profundamente alterada, y desprendi penosamente uno de sus brazos.
Tom su mano, ca de rodillas y no pude contener mis lgrimas.

--Hijo mo, mi querido hijo!...--Luego mir fijamente  Laubepin. El
viejo notario tom entonces del lecho una hoja de papel, y continuando,
al parecer, una lectura interrumpida, ley:

Por estas causas, instituyo por este testamento olgrafo, por legatario
universal de todos mis bienes, tanto en Espaa como en Francia, sin
reserva ni condicin alguna,  Mximo Santiago Mara Odiot, Marqus de
Champcey d'Hauterive, noble de corazn como de raza. Tal es mi
voluntad.--_Joselina Juana_, Condesa Porhoet-Gal.

En el exceso de mi sorpresa, me haba levantado por una especie de
sacudimiento,  iba  hablar, cuando la seorita de Porhoet, reteniendo
suavemente mi mano, la coloc en la de Margarita. A este contacto
repentino, la querida nia se estremeci; inclin su joven frente sobre
la almohada fnebre y murmur sonrojndose, algunas palabras al odo de
la moribunda. Yo no hall expresiones; volv  caer de rodillas y or 
Dios. Habanse pasado algunos minutos en medio de un silencio solemne,
cuando Margarita retir repentinamente su mano haciendo un gesto de
alarma. El doctor se aproxim apresuradamente; yo me levant. La cabeza
de la seorita de Porhoet se haba desplomado sbitamente hacia atrs,
su mirada estaba fija, resplandeciente y dirigida al cielo, sus labios
se entreabrieron, y como si hablara en sueos:

--Dios--dijo--Dios, la veo... all arriba... s... el coro... las
claraboyas... la luz por todas partes... Dos ngeles de rodillas ante la
Majestad... con albos ropajes... sus alas se agitan. Dios... estn
vivos.--Este grito se extingui en su boca, que permaneci sonriente:
cerr los ojos como si durmiese: sbitamente un aire de inmortal
juventud, se extendi sobre su fisonoma, que se puso desconocida.

Tal muerte coronando tal vida, contiene en s enseanzas de las que he
querido llenar mi alma. Supliqu que se me dejara solo con el sacerdote
en aquel cuarto. Espero que esta piadosa vigilia no ser perdida para
m. Sobre aquella fisonoma en que se hallaba impresa una gloriosa paz,
y donde pareca verdaderamente errar, yo no s qu reflejo sobrenatural,
ms de una verdad olvidada  dudosa, se me apareci con una evidencia
irresistible. Mi noble y santa amiga, yo saba muy bien que tenas la
virtud del sacrificio; veo ahora, que habas recibido el premio de
ella.

Hacia las dos de la maana sucumbiendo de fatiga quise respirar por un
momento el aire puro. Descend la escalera en medio de las tinieblas,
entre en el jardn, evitando atravesar el saln del piso bajo, donde
not luz. La noche estaba profundamente sombra. Cuando me aproximaba 
la torrecilla que se hallaba al fin del pequeo cercado, sent un dbil
ruido bajo el soto de ojaranzo; en el mismo instante una forma
indistinta se desprendi del follaje. Sent un desvanecimiento
repentino, mi corazn precipit sus latidos, y vi al cielo llenarse de
estrellas.

--Margarita!--dije tendiendo los brazos.--O un ligero grito, luego mi
nombre murmurado  media voz... luego... nada... y sent sus labios
sobre los mos. Cre que el alma se me escapaba!...

He dado  Elena la mitad de mi fortuna. Margarita es mi mujer, cierro
para siempre estas pginas. Ya nada tengo que confiarles. Puede decirse
de los hombres lo que se ha dicho de los pueblos: Felices aquellos que
no tienen historia!

FIN





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     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
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property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
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1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
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1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
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1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
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If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
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or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at https://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
https://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at https://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit https://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including including checks, online payments and credit card
donations.  To donate, please visit: https://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


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