The Project Gutenberg eBook, Trafalgar, by Benito Prez Galds,
Illustrated by Enrique y Arturo Mlida


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Title: Trafalgar


Author: Benito Prez Galds



Release Date: October 29, 2005  [eBook #16961]

Language: Spanish

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TRAFALGAR

BENITO PREZ GALDS

Edicin ilustrada por Enrique y Arturo Mlida

Administracin de La Guirnalda y Episodios Nacionales

1882







-I-

Se me permitir que antes de referir el gran suceso de que fui testigo,
diga algunas palabras sobre mi infancia, explicando por qu extraa
manera me llevaron los azares de la vida a presenciar la terrible
catstrofe de nuestra marina.

Al hablar de mi nacimiento, no imitar a la mayor parte de los que
cuentan hechos de su propia vida, quienes empiezan nombrando su
parentela, las ms veces noble, siempre hidalga por lo menos, si no se
dicen descendientes del mismo Emperador de Trapisonda. Yo, en esta
parte, no puedo adornar mi libro con sonoros apellidos; y fuera de mi
madre, a quien conoc por poco tiempo, no tengo noticia de ninguno de
mis ascendientes, si no es de Adn, cuyo parentesco me parece
indiscutible. Doy principio, pues, a mi historia como Pablos, el buscn
de Segovia: afortunadamente Dios ha querido que en esto slo nos
parezcamos.

Yo nac en Cdiz, y en el famoso barrio de la Via, que no es hoy, ni
menos era entonces, academia de buenas costumbres. La memoria no me da
luz alguna sobre mi persona y mis acciones en la niez, sino desde la
edad de seis aos; y si recuerdo esta fecha, es porque la asocio a un
suceso naval de que o hablar entonces: el combate del cabo de San
Vicente, acaecido en 1797.

Dirigiendo una mirada hacia lo que fue, con la curiosidad y el inters
propios de quien se observa, imagen confusa y borrosa, en el cuadro de
las cosas pasadas, me veo jugando en la Caleta con otros chicos de mi
edad poco ms o menos. Aquello era para m la vida entera; ms an, la
vida normal de nuestra privilegiada especie; y los que no vivan como
yo, me parecan seres excepcionales del humano linaje, pues en mi
infantil inocencia y desconocimiento del mundo yo tena la creencia de
que el hombre haba sido criado para la mar, habindole asignado la
Providencia, como supremo ejercicio de su cuerpo, la natacin, y como
constante empleo de su espritu el buscar y coger, ya para arrancarles y
vender sus estimadas bocas, que llaman de la Isla, ya para propia
satisfaccin y regalo, mezclando as lo agradable con lo til.

La sociedad en que yo me cri era, pues, de lo ms rudo, incipiente y
soez que puede imaginarse, hasta tal punto, que los chicos de la Caleta
ramos considerados como ms canallas que los que ejercan igual
industria y desafiaban con igual bro los elementos en Puntales; y por
esta diferencia, uno y otro bando nos considerbamos rivales, y a veces
medamos nuestras fuerzas en la Puerta de Tierra con grandes y ruidosas
pedreas, que manchaban el suelo de heroica sangre.

Cuando tuve edad para meterme de cabeza en los negocios por cuenta
propia, con objeto de ganar honradamente algunos cuartos, recuerdo que
luc mi travesura en el muelle, sirviendo de a los muchos ingleses que
entonces como ahora nos visitaban. El muelle era una escuela ateniense
para despabilarse en pocos aos, y yo no fui de los alumnos menos
aprovechados en aquel vasto ramo del saber humano, as como tampoco dej
de sobresalir en el merodeo de la fruta, para lo cual ofreca ancho
campo a nuestra iniciativa y altas especulaciones la plaza de San Juan
de Dios. Pero quiero poner punto en esta parte de mi historia, pues hoy
recuerdo con vergenza tan grande envilecimiento, y doy gracias a Dios
de que me librara pronto de l llevndome por ms noble camino.

Entre las impresiones que conservo, est muy fijo en mi memoria el
placer entusiasta que me causaba la vista de los barcos de guerra,
cuando se fondeaban frente a Cdiz o en San Fernando. Como nunca pude
satisfacer mi curiosidad, viendo de cerca aquellas formidables mquinas,
yo me las representaba de un modo fantstico y absurdo, suponindolas
llenas de misterios.

Afanosos para imitar las grandes cosas de los hombres, los chicos
hacamos tambin nuestras escuadras, con, rudamente talladas, a que
ponamos velas de papel o trapo, marinndolas con mucha decisin y
seriedad en cualquier charco de Puntales o la Caleta. Para que todo
fuera completo, cuando vena algn cuarto a nuestras manos por
cualquiera de las vas industriales que nos eran propias, comprbamos
plvora en casa de la ta Coscoja de la calle del Torno de Santa Mara,
y con este ingrediente hacamos una completa fiesta naval. Nuestras
flotas se lanzaban a tomar viento en ocanos de tres varas de ancho;
disparaban sus piezas de caa; se chocaban remedando sangrientos
abordajes, en que se bata con gloria su imaginaria tripulacin;
cubralas el humo, dejando ver las banderas, hechas con el primer trapo
de color encontrado en los basureros; y en tanto nosotros bailbamos de
regocijo en la costa, al estruendo de la artillera, figurndonos ser
las naciones a que correspondan aquellos barcos, y creyendo que en el
mundo de los hombres y de las cosas grandes, las naciones bailaran lo
mismo presenciando la victoria de sus queridas escuadras. Los chicos ven
todo de un modo singular.

Aqulla era poca de grandes combates navales, pues haba uno cada ao,
y alguna escaramuza cada mes. Yo me figuraba que las escuadras se batan
unas con otras pura y simplemente porque les daba la gana, o con objeto
de probar su valor, como dos guapos que se citan fuera de puertas para
darse de navajazos. Me ro recordando mis extravagantes ideas respecto a
las cosas de aquel tiempo. Oa hablar mucho de Napolen, y cmo creen
ustedes que yo me lo figuraba? Pues nada menos que igual en todo a los
contrabandistas que, procedentes del campo de Gibraltar, se vean en el
barrio de la Via con harta frecuencia; me lo figuraba caballero en un
potro jerezano, con su manta, polainas, sombrero de fieltro y el
correspondiente trabuco. Segn mis ideas, con este pergenio, y seguido
de otros aventureros del mismo empaque, aquel hombre, que todos pintaban
como extraordinario, conquistaba la Europa, es decir, una gran isla,
dentro de la cual estaban otras islas, que eran las naciones, a saber:
Inglaterra, Gnova, Londres, Francia, Malta, la tierra del Moro,
Amrica, Gibraltar, Mahn, Rusia, Toln, etc. Yo haba formado esta
geografa a mi antojo, segn las procedencias ms frecuentes de los
barcos, con cuyos pasajeros haca algn trato; y no necesito decir que
entre todas estas naciones o islas Espaa era la mejorcita, por lo cual
los ingleses, unos a modo de salteadores de caminos, queran cogrsela
para s. Hablando de esto y otros asuntos diplomticos, yo y mis colegas
de la Caleta decamos mil frases inspiradas en el ms ardiente
patriotismo.

Pero no quiero cansar al lector con pormenores que slo se refieren a
mis particulares impresiones, y voy a concluir de hablar de m. El nico
ser que compensaba la miseria de mi existencia con un desinteresado
afecto, era mi madre. Slo recuerdo de ella que era muy hermosa, o al
menos a m me lo pareca. Desde que qued viuda, se mantena y me
mantena lavando y componiendo la ropa de algunos marineros. Su amor por
m deba de ser muy grande. Ca gravemente enfermo de la fiebre
amarilla, que entonces asolaba a Andaluca, y cuando me puse bueno me
llev como en procesin a or misa a la Catedral vieja, por cuyo
pavimento me hizo andar de rodillas ms de una hora, y en el mismo
retablo en que la omos puso, en calidad de ex-voto, un nio de cera que
yo cre mi perfecto retrato.

Mi madre tena un hermano, y si aqulla era buena, ste era malo y muy
cruel por aadidura. No puedo recordar a sin espanto, y por algunos
incidentes sueltos que conservo en la memoria, colijo que aquel hombre
debi de haber cometido un crimen en la poca a que me refiero. Era
marinero, y cuando estaba en Cdiz y en tierra, vena a casa borracho
como una cuba y nos trataba fieramente, a su hermana de palabra,
dicindole los ms horrendos vocablos, y a m de obra, castigndome sin
motivo.

Mi madre debi padecer mucho con las atrocidades de su hermano, y esto,
unido al trabajo tan penoso como mezquinamente retribuido, aceler su
fin, el cual dej indeleble impresin en mi espritu, aunque mi memoria
puede hoy apreciarlo slo de un modo vago.

En aquella edad de miseria y vagancia, yo no me ocupaba ms que en jugar
junto a la mar o en correr por las calles. Mis nicas contrariedades
eran las que pudieran ocasionarme un bofetn de mi to, un regao de mi
madre o cualquier contratiempo en la organizacin de mis escuadras. Mi
espritu no haba conocido an ninguna emocin fuerte y verdaderamente
honda, hasta que la prdida de mi madre me present a la vida humana
bajo un aspecto muy distinto del que hasta entonces haba tenido para
m. Por eso la impresin sentida no se ha borrado nunca de mi alma.
Transcurridos tantos aos, recuerdo an, como se recuerdan las medrosas
imgenes de un mal sueo, que mi madre yaca postrada con no s qu
padecimiento; recuerdo haber visto entrar en casa unas mujeres, cuyos
nombres y condicin no puedo decir; recuerdo or lamentos de dolor, y
sentirme yo mismo en los brazos de mi madre; recuerdo tambin,
refirindolo a todo mi cuerpo, el contacto de unas manos muy fras, pero
muy fras. Creo que despus me sacaron de all, y con estas indecisas
memorias se asocia la vista de unas que daban pavorosa claridad en medio
del da, el rumor de unos rezos, el cuchicheo de unas viejas
charlatanas, las carcajadas de marineros ebrios, y despus de esto la
triste nocin de la orfandad, la idea de hallarme solo y abandonado en
el mundo, idea que embarg mi pobre espritu por algn tiempo.

No tengo presente lo que hizo mi to en aquellos das. Slo s que sus
crueldades conmigo se redoblaron hasta tal punto, que cansndome de sus
malos tratos, me evad de la casa deseoso de buscar fortuna. Me fui a
San Fernando; de all a Puerto Real. Junteme con la gente ms perdida de
aquellas playas, fecundas en hroes de encrucijada, y no s cmo ni por
qu motivo fui a parar con ellos a Medinasidonia, donde hallndonos
cierto da en una taberna se presentaron algunos soldados de Marina que
hacan la leva, y nos desbandamos, refugindose cada cual donde pudo. Mi
buena estrella me llev a cierta casa, cuyos dueos se apiadaron de m,
mostrndome gran inters, sin duda por el relato que de rodillas, baado
en lgrimas y con ademn suplicante, hice de mi triste estado, de mi
vida, y sobre todo de mis desgracias.

Aquellos seores me tomaron bajo su proteccin, librndome de la leva, y
desde entonces qued a su servicio. Con ellos me traslad a Vejer de la
Frontera, lugar de su residencia, pues slo estaban de paso en
Medinasidonia.

Mis ngeles tutelares fueron D. Alonso Gutirrez de Cisniega, capitn de
navo, retirado del servicio, y su mujer, ambos de avanzada edad.
Enseronme muchas cosas que no saba, y como me tomaran cario, al poco
tiempo adquir la plaza de paje del Sr. Don Alonso, al cual acompaaba
en su paseo diario, pues el buen invlido no mova el brazo derecho y
con mucho trabajo la pierna correspondiente. No s qu hallaron en m
para despertar su inters. Sin duda mis pocos aos, mi orfandad y
tambin la docilidad con que les obedeca, fueron parte a merecer una
benevolencia a que he vivido siempre profundamente agradecido. Hay que
aadir a las causas de aquel cario, aunque me est mal el decirlo, que
yo, no obstante haber vivido hasta entonces en contacto con la ms
desarrapada canalla, tena cierta cultura o delicadeza ingnita que en
poco tiempo me hizo cambiar de modales, hasta el punto de que algunos
aos despus, a pesar de la falta de todo estudio, hallbame en
disposicin de poder pasar por persona bien nacida.

Cuatro aos haca que estaba en la casa cuando ocurri lo que voy a
referir. No me exija el lector una exactitud que tengo por imposible,
tratndose de sucesos ocurridos en la primera edad y narrados en el
ocaso de la existencia, cuando cercano a mi fin, despus de una larga
vida, siento que el hielo de la senectud entorpece mi mano al manejar la
pluma, mientras el entendimiento aterido intenta engaarse, buscando en
el regalo de dulces o ardientes memorias un pasajero rejuvenecimiento.
Como aquellos viejos verdes que creen despertar su voluptuosidad dormida
engaando los sentidos con la contemplacin de hermosuras pintadas, as
intentar dar inters y lozana a los mustios pensamientos de mi
ancianidad, recalentndolos con la representacin de antiguas grandezas.

Y el efecto es inmediato. Maravillosa superchera de la imaginacin!
Como quien repasa hojas hace tiempo dobladas de un libro que se ley,
as miro con curiosidad y asombro los aos que fueron; y mientras dura
el embeleso de esta contemplacin, parece que un genio amigo viene y me
quita de encima la pesadumbre de los aos, aligerando la carga de mi
ancianidad, que tanto agobia el cuerpo como el alma. Esta sangre, tibio
y perezoso humor que hoy apenas presta escasa animacin a mi caduco
organismo, se enardece, se agita, circula, bulle, corre y palpita en mis
venas con acelerada pulsacin. Parece que en mi cerebro entra de
improviso una gran luz que ilumina y da forma a mil ignorados prodigios,
como la antorcha del viajero que, esclareciendo la obscura cueva, da a
conocer las maravillas de la geologa tan de repente, que parece que las
crea. Y al mismo tiempo mi corazn, muerto para las grandes sensaciones,
se levanta, Lzaro llamado por voz divina, y se me sacude en el pecho,
causndome a la vez dolor y alegra.

Soy joven; el tiempo no ha pasado; tengo frente a m los principales
hechos de mi mocedad; estrecho la mano de antiguos amigos; en mi nimo
se reproducen las emociones dulces o terribles de la juventud, el ardor
del triunfo, el pesar de la derrota, las grandes alegras, as como las
grandes penas, asociadas en los recuerdos como lo estn en la vida.
Sobre todos mis sentimientos domina uno, el que dirigi siempre mis
acciones durante aquel azaroso periodo comprendido entre 1805 y 1834.
Cercano al sepulcro, y considerndome el ms intil de los hombres,
an haces brotar lgrimas de mis ojos, amor santo de la patria! En
cambio yo an puedo consagrarte una palabra, maldiciendo al ruin
escptico que te niega, y al filsofo corrompido que te confunde con los
intereses de un da.

A este sentimiento consagr mi edad viril y a l consagro esta faena de
mis ltimos aos, ponindole por genio tutelar o ngel custodio de mi
existencia escrita, ya que lo fue de mi existencia real. Muchas cosas
voy a contar. Trafalgar, Bailn, Madrid, Zaragoza, Gerona, Arapiles!...
De todo esto dir alguna cosa, si no os falta la paciencia. Mi relato no
ser tan bello como debiera, pero har todo lo posible para que sea
verdadero.




-II-


En uno de los primeros das de Octubre de aquel ao funesto (1805), mi
noble amo me llam a su cuarto, y mirndome con su habitual severidad
(cualidad tan slo aparente, pues su carcter era sumamente blando), me
dijo:

Gabriel, eres t hombre de valor?

No supe al principio qu contestar, porque, a decir verdad, en mis
catorce aos de vida no se me habapresentado an ocasin de asombrar
al[1] mundo con ningn hecho heroico; pero el[2] orme llamar
_hombre_ me llen de orgullo, y parecindome al mismo tiempo
indecoroso negar mi valor ante persona que lo tena en tan alto grado,
contest con pueril arrogancia:

S, mi amo: soy hombre de valor.

[Nota 1: el en el original (N. del E.)]

[Nota 2: al en el original (N. del E.)]

Entonces aquel insigne varn, que haba derramado su sangre en cien
combates gloriosos, sin que por esto se desdeara de tratar
confiadamente a su leal criado, sonri ante m, hzome sea de que me
sentara, y ya iba a poner en mi conocimiento alguna importante
resolucin, cuando su esposa y mi ama Doa Francisca entr de sbito en
el despacho para dar mayor inters a la conferencia, y comenz a hablar
destempladamente en estos trminos:

--No, no irs... te aseguro que no irs a la escuadra. Pues no faltaba
ms!... A tus aos y cuando te has retirado del servicio por viejo!...
Ay, Alonsito, has llegado a los setenta y ya no ests para fiestas!

Me parece que an estoy viendo a aquella respetable cuanto iracunda
seora con su gran papalina, su saya de organd, sus rizos blancos y su
lunar peludo a un lado de la barba. Cito estos cuatro detalles
heterogneos, porque sin ellos no puede representrsela mi memoria. Era
una mujer hermosa en la vejez, como la Santa Ana de Murillo; y su
belleza respetable habra sido perfecta, y la comparacin con la madre
de la Virgen exacta, si mi ama hubiera sido muda como una pintura.

D. Alonso, algo acobardado, como de costumbre, siempre que la oa, le
contest:

Necesito ir, Paquita. Segn la carta que acabo de recibir de ese buen
Churruca, la escuadra combinada debe, o salir de Cdiz provocando el
combate con los ingleses, o esperarles en la baha, si se atreven a
entrar. De todos modos, la cosa va a ser sonada.

--Bueno, me alegro-repuso Doa Francisca--. Ah estn Gravina, Valds,
Cisneros, Churruca, Alcal Galiano y lava. Que machaquen duro sobre
esos perros ingleses. Pero t ests hecho un trasto viejo, que no sirves
para maldita de Dios la cosa. Todava no puedes mover el brazo izquierdo
que te dislocaron en el cabo de San Vicente.

Mi amo movi el brazo izquierdo con un gesto acadmico y guerrero, para
probar que lo tena expedito. Pero Doa Francisca, no convencida con tan
endeble argumento, continu chillando en estos trminos:

No, no irs a la escuadra, porque all no hacen falta estantiguas como
t. Si tuvieras cuarenta aos, como cuando fuiste a la tierra del Fuego
y me trajiste aquellos collares verdes de los indios... Pero ahora... Ya
s yo que ese calzonazos de Marcial te ha calentado los cascos anoche y
esta maana, hablndote de batallas. Me parece que el Sr. Marcial y yo
tenemos que reir... Vulvase l a los barcos si quiere, para que le
quiten la pierna que le queda... Oh, San Jos bendito! Si en mis quince
hubiera sabido yo lo que era la gente de mar... Qu tormento! Ni un
da de reposo!

Se casa una para vivir con su marido, y a lo mejor viene un despacho de
Madrid que en dos palotadas me lo manda qu s yo a dnde, a la
Patagonia, al Japn o al mismo infierno. Est una diez o doce meses sin
verle, y al fin, si no se le comen los seores salvajes, vuelve hecho
una miseria, tan enfermo y amarillo que no sabe una qu hacer para
volverle a su color natural... Pero pjaro viejo no entra en jaula, y de
repente viene otro despachito de Madrid... Vaya usted a Toln, a Brest,
a Npoles, ac o acull, donde le da la gana al bribonazo del Primer
Cnsul... Ah!, si todos hicieran lo que yo digo, qu pronto las
pagara todas juntas ese caballerito que trae tan revuelto al mundo!

Mi amo mir sonriendo una mala estampa clavada en la pared, y que,
torpemente iluminada por ignoto artista, representaba al Emperador
Napolen, caballero en un corcel verde, con el clebre redingote
embadurnado de bermelln. Sin duda la impresin que dej en m aquella
obra de arte, que contempl durante cuatro aos, fue causa de que
modificara mis ideas respecto al traje de contrabandista del grande
hombre, y en lo sucesivo me lo represent vestido de cardenal y montado
en un caballo verde.

Esto no es vivir--continu Doa Francisca agitando los brazos--. Dios
me perdone; pero aborrezco el mar, aunque dicen que es una de sus
mejores obras. No s para qu sirve la Santa Inquisicin si no
convierte en cenizas esos endiablados barcos de guerra! Pero vengan ac
y dganme: Para qu es eso de estarse arrojando balas y ms balas, sin
ms ni ms, puestos sobre cuatro tablas que, si se quiebran, arrojan al
mar centenares de infelices? No es esto tentar a Dios? Y estos hombres
se vuelven locos cuando oyen un caonazo! Bonita gracia! A m se me
estremecen las carnes cuando los oigo, y si todos pensaran como yo, no
habra ms guerras en el mar... y todos los caones se convertiran en
campanas. Mira, Alonso--aadi detenindose ante su marido--, me parece
que ya os han derrotado bastantes veces. Queris otra? T y esos otros
tan locos como t, no estis satisfechos despus de la del 14?[3]

[Nota 3: As se llamaba al combate del cabo de San Vicente. (N. del A.)]

D. Alonso apret los puos al or aquel triste recuerdo, y no profiri
un juramento de marino por respeto a su esposa.

La culpa de tu obstinacin en ir a la escuadra--aadi la dama cada
vez ms furiosa--, la tiene el picarn de Marcial, ese endiablado
marinero, que debi ahogarse cien veces, y cien veces se ha salvado para
tormento mo. Si l quiere volver a embarcarse con su pierna de palo, su
brazo roto, su ojo de menos y sus cincuenta heridas, que vaya en buen
hora, y Dios quiera que no vuelva a parecer por aqu...; pero t no
irs, Alonso, t no irs, porque ests enfermo y porque has servido
bastante al Rey, quien por cierto te ha recompensado muy mal; y yo que
t, le tirara a la cara al seor Generalsimo de mar y tierra los
galones de capitn de navo que tienes desde hace diez aos... A fe que
deban haberte hecho almirante cuando menos, que harto lo merecas
cuando fuiste a la expedicin de frica y me trajiste aquellas cuentas
azules que, con los collares de los indios, me sirvieron para adornar
la.

--Sea o no almirante, yo debo ir a la escuadra, Paquita--dijo mi amo--.
Yo no puedo faltar a ese combate. Tengo que cobrar a los ingleses cierta
cuenta atrasada.

--Bueno ests t para cobrar estas cuentas--contest mi ama--: un hombre
enfermo y medio baldado...

--Gabriel ir conmigo--aadi D. Alonso, mirndome de un modo que
infunda valor.

Yo hice un gesto que indicaba mi conformidad con tan heroico proyecto;
pero cuid de que no me viera Doa Francisca, la cual me habra hecho
notar el irresistible peso de su mano si observara mis disposiciones
belicosas.

sta, al ver que su esposo pareca resuelto, se enfureci ms; jur que
si volviera a nacer, no se casara con ningn marino; dijo mil pestes
del Emperador, de nuestro amado Rey, del Prncipe de la Paz, de todos
los signatarios del tratado de subsidios, y termin asegurando al
valiente marino que Dios le castigara por su insensata temeridad.

Durante el dilogo que he referido, sin responder de su exactitud, pues
slo me fundo en vagos recuerdos, una tos recia y perruna, resonando en
la habitacin inmediata, anunciaba que Marcial, el mareante viejo, oa
desde muy cerca la ardiente declamacin de mi ama, que le haba citado
bastantes veces con comentarios poco benvolos. Deseoso de tomar parte
en la conversacin, para lo cual le autorizaba la confianza que tena en
la casa, abri la puerta y se present en el cuarto de mi amo.

Antes de pasar adelante, quiero dar de ste algunas noticias, as como
de su hidalga consorte, para mejor conocimiento de lo que va a pasar.




-III-


D. Alonso Gutirrez de Cisniega perteneca a una antigua familia del
mismo Vejer. Consagrronle a la carrera naval, y desde su juventud,
siendo guardia marina, se distingui honrosamente en el ataque que los
ingleses dirigieron contra la Habana en 1748. Form parte de la
expedicin que sali de Cartagena contra Argel en 1775, y tambin se
hall en el ataque de Gibraltar por el Duque de Crillon en 1782.
Embarcose ms tarde para la expedicin al estrecho de Magallanes en la
corbeta _Santa Mara de la Cabeza_, que mandaba Don Antonio de
Crdova; tambin se hall en los gloriosos combates que sostuvo la
escuadra anglo-espaola contra la francesa delante de Toln en 1793, y,
por ltimo, termin su gloriosa carrera en el desastroso encuentro del
cabo de San Vicente, mandando el navo _Mejicano_, uno de los
que tuvieron que rendirse.

Desde entonces, mi amo, que no haba ascendido conforme a su trabajosa y
dilatada carrera, se retir del servicio. De resultas de las heridas
recibidas en aquella triste jornada, cay enfermo del cuerpo, y ms
gravemente del alma, a consecuencia del pesar de la derrota. Curbale su
esposa con amor, aunque no sin gritos, pues el maldecir a la marina y a
los navegantes era en su boca tan habitual como los dulces nombres de
Jess y Mara en boca de un devoto.

Era Doa Francisca una seora excelente, ejemplar, de noble origen,
devota y temerosa de Dios, como todas las hembras de aquel tiempo;
caritativa y discreta, pero con el ms arisco y endemoniado genio que he
conocido en mi vida. Francamente, yo no considero como ingnito aquel
iracundo temperamento, sino, antes bien, creado por los disgustos que la
ocasion la desabrida profesin de su esposo; y es preciso confesar que
no se quejaba sin razn, pues aquel matrimonio, que durante cincuenta
aos habra podido dar veinte hijos al mundo y a Dios, tuvo que
contentarse con uno solo: la encantadora y sin par Rosita, de quien
hablar despus. Por stas y otras razones, Doa Francisca peda al
cielo en sus diarias oraciones el aniquilamiento de todas las escuadras
europeas.

En tanto, el hroe se consuma tristemente en Vejer viendo sus laureles
apolillados y rodos de, y meditaba y discurra a todas horas sobre un
tema importante, es decir: que si Crdova, comandante de nuestra
escuadra, hubiera mandado orzar a babor en vez de ordenar la maniobra a
estribor, los navos _Mejicano_, _San Jos_,
_San Nicols_ y _San Isidro_ no habran cado en
poder de los ingleses, y el almirante ingls Jerwis habra sido
derrotado. Su mujer, Marcial, hasta yo mismo, extralimitndome en mis
atribuciones, le decamos que la cosa no tena duda, a ver si dndonos
por convencidos se templaba el vivo ardor de su mana; pero ni por sas:
su mana le acompa al sepulcro.

Pasaron ocho aos despus de aquel desastre, y la noticia de que la
escuadra combinada iba a tener un encuentro decisivo con los ingleses,
produjo en l cierta excitacin que pareca rejuvenecerle. Dio, pues, en
la flor de que haba de ir a la escuadra para presenciar la indudable
derrota de sus mortales enemigos; y aunque su esposa trataba de
disuadirle, como he dicho, era imposible desviarle de tan estrafalario
propsito. Para dar a comprender cun vehemente era su deseo, basta
decir que osaba contrariar, aunque evitando toda disputa, la firme
voluntad de; y debo advertir, para que se tenga idea de la obstinacin
de mi amo, que ste no tena miedo a los ingleses, ni a los franceses,
ni a los argelinos, ni a los salvajes del estrecho de Magallanes, ni al
mar irritado, ni a los monstruos acuticos, ni a la ruidosa tempestad,
ni al cielo, ni a la tierra: no tena miedo a cosa alguna creada por
Dios, ms que a su bendita mujer.

Rstame hablar ahora del marinero, objeto del odio ms vivo por parte de
Doa Francisca; pero cariosa y fraternalmente amado por mi amo D.
Alonso, con quien haba servido.

Marcial (nunca supe su apellido), llamado entre los marineros
Medio-hombre, haba sido contramaestre en barcos de guerra durante
cuarenta aos. En la poca de mi narracin, la facha de este hroe de
los mares era de lo ms singular que puede imaginarse. Figrense
ustedes, seores mos, un hombre viejo, ms bien alto que bajo, con una
pierna de palo, el brazo izquierdo cortado a cercn ms abajo del codo,
un ojo menos, la cara garabateada por multitud de chirlos en todas
direcciones y con desorden trazados por armas enemigas de diferentes
clases, con la tez morena y curtida como la de todos los marinos viejos,
con una voz ronca, hueca y perezosa que no se pareca a la de ningn
habitante racional de tierra firme, y podrn formarse idea de este
personaje, cuyo recuerdo me hace deplorar la sequedad de mi paleta, pues
a fe que merece ser pintado por un diestro retratista. No puedo decir si
su aspecto haca rer o impona respeto: creo que ambas cosas a la vez,
y segn como se le mirase.

Puede decirse que su vida era la historia de la marina espaola en la
ltima parte del siglo pasado y principios del presente; historia en
cuyas pginas las gloriosas acciones alternan con lamentables desdichas.
Marcial haba navegado en el _Conde de Regla_, en el _San
Joaqun_, en el _Real Carlos_, en el
_Trinidad_, y en otros heroicos y desgraciados barcos que, al
parecer derrotados con honra o destruidos con alevosa, sumergieron con
sus viejas tablas el podero naval de Espaa.

Adems de las campaas en que tom parte con mi amo, Medio-hombre haba
asistido a otras muchas, tales como la expedicin a la Martinica, la
accin de Finisterre y antes el terrible episodio del Estrecho, en la
noche del 12 de julio de 1801, y al combate del cabo de Santa Mara, en
5 de octubre de 1804.

A la edad de sesenta y seis aos se retir del servicio, mas no por
falta de bros, sino porque ya se hallaba completamente desarbolado y
fuera de combate. l y mi amo eran en tierra dos buenos amigos; y como
la hija nica del contramaestre se hallase casada con un antiguo criado
de la casa, resultando de esta unin un nieto, Medio-hombre se decidi a
echar para siempre el ancla, como un viejo pontn intil para la guerra,
y hasta lleg a hacerse la ilusin de que le gustaba la paz. Bastaba
verle para comprender que el empleo ms difcil que poda darse a aquel
resto glorioso de un hroe era el de cuidar chiquillos; y en efecto,
Marcial no haca otra cosa que cargar, distraer y dormir a su nieto,
para cuya faena le bastaban sus canciones marineras sazonadas con algn
juramento, propio del oficio.

Mas al saber que la escuadra combinada se aperciba para un gran
combate, sinti renacer en su pecho el amortiguado entusiasmo, y so
que se hallaba mandando la marinera en el alczar de proa del
_Santsima Trinidad_. Como notase en D. Alonso iguales
sntomas de recrudecimiento, se franque con l, y desde entonces
pasaban gran parte del da y de la noche comunicndose, as las noticias
recibidas como las propias sensaciones, refiriendo hechos pasados,
haciendo conjeturas sobre los venideros y soando despiertos, como dos
grumetes que en ntima confidencia calculan el modo de llegar a
almirantes.

En estas encerronas, que traan a Doa Francisca muy alarmada, naci el
proyecto de embarcarse en la escuadra para presenciar el prximo
combate. Ya saben ustedes la opinin de mi ama y las mil picardas que
dijo del marinero embaucador; ya saben que D. Alonso insista en poner
en ejecucin tan atrevido pensamiento, acompaado de su paje, y ahora me
resta referir lo que todos dijeron cuando Marcial se present a defender
la guerra contra el vergonzoso _statu quo_ de Doa Francisca.




-IV-


Seor Marcial--dijo sta con redoblado furor:--si quiere usted ir a la
escuadra a que le den la ltima mano, puede embarcar cuando quiera; pero
lo que es este no ir.

--Bueno--contest el marinero, que se haba sentado en el borde de una
silla, ocupando slo el espacio necesario para sostenerse--: ir yo
solo. El demonio me lleve, si me quedo sin echar el catalejo a la
fiesta.

Despus aadi con expresin de jbilo:

Tenemos quince navos, y los francesitos veinticinco barcos. Si todos
fueran nuestros, no era preciso tanto... Cuarenta buques y mucho
corazn embarcado!

Como se comunica el fuego de una mecha a otra que est cercana, as el
entusiasmo que irradi del ojo de Marcial encendi los dos, ya por la
edad amortiguados, de mi buen amo.

Pero el _Seorito_--continu Medio-hombre--, traer muchos
tambin. As me gustan a m las funciones: mucha madera donde mandar
balas, y mucho _jumo_ de plvora que caliente el aire cuando
hace fro.

Se me haba olvidado decir que Marcial, como casi todos los marinos,
usaba un vocabulario formado por los ms peregrinos terminachos, pues es
costumbre en la gente de mar de todos los pases desfigurar la lengua
patria hasta convertirla en caricatura. Observando la mayor parte de las
voces usadas por los navegantes, se ve que son simplemente corruptelas
de las palabras ms comunes, adaptadas a su temperamento arrebatado y
enrgico, siempre propenso a abreviar todas las funciones de la vida, y
especialmente el lenguaje. Oyndoles hablar, me ha parecido a veces que
la lengua es un rgano que les estorba.

Marcial, como digo, converta los nombres en verbos, y stos en nombres,
sin consultar con la Academia. Asimismo aplicaba el vocabulario de la
navegacin a todos los actos de la vida, asimilando el navo con el
hombre, en virtud de una forzada analoga entre las partes de aqul y
los miembros de ste. Por ejemplo, hablando de la prdida de su ojo,
deca que haba cerrado el _portaln de estribor_; y para
expresar la rotura del brazo, deca que se haba quedado sin la
_serviola de babor_. Para l el corazn, residencia del valor
y del herosmo, era el _paol de la plvora_, as como el
estmago el _paol del viscocho_. Al menos estas frases las
entendan los marineros; pero haba otras, hijas de su propia inventiva
filolgica, de l slo conocidas y en todo su valor apreciadas. Quin
podra comprender lo que significaban _patigurbiar,
chingurria_ y otros feroces nombres del mismo jaez? Yo creo, aunque
no lo aseguro, que con el primero significaba dudar, y con el segundo
tristeza. La accin de embriagarse la denominaba de mil maneras
distintas, y entre stas la ms comn era _ponerse la casaca_,
idiotismo cuyo sentido no hallarn mis lectores, si no les explico que,
habindole merecido los marinos ingleses el dictado de
_casacones_, sin duda a causa de su uniforme, al decir
_ponerse la casaca_ por emborracharse, quera significar
Marcial una accin comn y corriente entre sus enemigos. A los
almirantes extranjeros los llamaba con estrafalarios nombres, ya creados
por l, ya traducidos a su manera, fijndose en semejanzas de sonido. A
Nelson le llamaba el _Seorito_, voz que indicaba cierta
consideracin o respeto; a Collingwood el _to Calambre_,
frase que a l le pareca exacta traduccin del ingls; a Jerwis le
nombraba como los mismos ingleses, esto es, _viejo zorro_; a
Calder el _to Perol_, porque encontraba mucha relacin entre
las dos voces; y siguiendo un sistema lingstico enteramente opuesto,
designaba a Villeneuve, jefe de la escuadra combinada, con el apodo de
_Monsieur Corneta_, nombre tomado de un sainete a cuya
representacin asisti Marcial en Cdiz. En fin, tales eran los
disparates que salan de su boca, que me ver obligado, para evitar
explicaciones enojosas, a sustituir sus frases con las usuales, cuando
refiera las conversaciones que de l recuerdo.

Sigamos ahora. Doa Francisca, hacindose cruces, dijo as:

Cuarenta navos! Eso es tentar a la Divina Providencia. Jess!, y lo
menos tendrn cuarenta mil caones, para que estos enemigos se maten
unos a otros.

--Lo que es como Mr. Corneta tenga bien provistos los paoles de la
plvora--contest Marcial sealando al corazn--, ya se van a rer esos
seores casacones. No ser sta como la del cabo de San Vicente.

--Hay que tener en cuenta--dijo mi amo con placer, viendo mencionado su
tema favorito--, que si el almirante Crdova hubiera mandado virar a
babor a los navos _San Jos_ y _Mejicano_, el Sr.
de Jerwis no se habra llamado _Lord Conde de San Vicente_. De
eso estoy bien seguro, y tengo datos para asegurar que con la maniobra
a babor, hubiramos salido victoriosos.

--Victoriosos!--exclam con desdn Doa Francisca--. Si pueden ellos
ms... Estos bravucones parece que se quieren comer el mundo, y en
cuanto salen al mar parece que no tienen bastantes costillas para
recibir los porrazos de los ingleses.

--No!--dijo Medio-hombre enrgicamente y cerrando el con gesto
amenazador--. Si no fuera por sus muchas astucias y picardas!...
Nosotros vamos siempre contra ellos con el alma a un largo, pues, con
nobleza, bandera izada y manos limpias. El ingls no se
_larguea_, y siempre ataca por sorpresa, buscando las aguas
malas y las horas de cerrazn. As fue la del Estrecho, que nos tienen
que pagar. Nosotros navegbamos confiados, porque ni de perros herejes
moros se teme la traicin, _cuantims_ de un ingls que es
_civil_ y al modo de cristiano. Pero no: el que ataca a
traicin no es cristiano, sino un salteador de caminos. Figrese usted,
seora--aadi dirigindose a Doa Francisca para obtener su
benevolencia--, que salimos de Cdiz para auxiliar a la escuadra
francesa que se haba refugiado en Algeciras, perseguida por los
ingleses.

Hace de esto cuatro aos, y _entava_ tengo tal coraje que la
sangre se me emborbota cuando lo recuerdo. Yo iba en el _Real
Carlos_, de 112 caones, que mandaba Ezguerra, y adems llevbamos
el _San Hermenegildo_, de 112 tambin; el _San
Fernando_, el _Argonauta_, el _San Agustn_ y
la fragata _Sabina_. Unidos con la escuadra francesa, que
tena cuatro navos, tres fragatas y un bergantn, salimos de Algeciras
para Cdiz a las doce del da, y como el tiempo era flojo, nos anocheci
ms ac de punta Carnero. La noche estaba ms negra que un barril de
chapapote; pero como el tiempo era bueno, no nos importaba navegar a
obscuras. Casi toda la tripulacin dorma: me acuerdo que estaba yo en
el castillo de proa hablando con mi primo Pepe Dbora, que me contaba
las perradas de su suegra, y desde all vi las luces del _San
Hermenegildo_, que navegaba a estribor como a tiro de can. Los
dems barcos iban delante. _Pusque_ lo que menos creamos era
que los casacones haban salido de Gibraltar tras de nosotros y nos
daban caza.

Ni cmo los habamos de ver, si tenan apagadas las luces y se nos
acercaban sin que nos percatramos de ello? De repente, y
_anque_ la noche estaba muy obscura, me pareci ver... yo
siempre he tenido un _farol_ como un lince... me pareci que
un barco pasaba entre nosotros y el _San Hermenegildo_. Jos
Dbora--dije a mi compaero--; o yo estoy viendo _pantasmas_,
o tenemos un barco ingls por estribor.

Jos Dbora mir y me dijo:

Que el palo mayor se caiga por la fogonadura y me parta, si hay por
estribor ms barco que el _San Hermenegildo_.

--Pues por s o por no--dije--, voy a avisarle al oficial que est de
cuarto.

No haba acabado de decirlo, cuando patapls... sentimos el
_musiqueo_ de toda una andanada que nos soplaron por el
costado. En un minuto la tripulacin se levant... cada uno a su
puesto... Qu batahola, seora Doa Francisca! Me alegrara de que usted
lo hubiera visto para que supiera cmo son estas cosas. Todos jurbamos
como demonios y pedamos a Dios que nos pusiera un can en cada dedo
para contestar al ataque. Ezguerra subi al alczar y mand disparar la
andanada de estribor... _zapatapls_! La andanada de estribor
dispar en seguida, y al poco rato nos contestaron... Pero en aquella
trapisonda no vimos que con el primer disparo nos haban soplado a bordo
unas endiabladas materias _comestibles_ (combustibles quera
decir), que cayeron sobre el buque como si estuviera lloviendo fuego. Al
ver que arda nuestro navo, se nos redobl la rabia y cargamos de nuevo
la andanada, y otra, y otra. Ah, seora Doa Francisca! Bonito se puso
aquello!... Nuestro comandante mand meter sobre estribor para atacar al
abordaje al buque enemigo. Aqu te quiero ver... Yo estaba en mis
glorias... En un guiar del ojo preparamos las hachas y picas para el
abordaje... el barco enemigo se nos vena encima, lo cual me
_encabrill_ (me alegr) el alma, porque as nos enredaramos
ms pronto... Mete, mete a estribor... qu julepe! Principiaba a
amanecer: ya los penoles se besaban; ya estaban dispuestos los grupos,
cuando omos juramentos espaoles a bordo del buque enemigo. Entonces
nos quedamos todos tiesos de espanto, porque vimos que el barco con que
nos batamos era el mismo _San Hermenegildo_.

--Eso s que estuvo bueno--dijo Doa Francisca mostrando algn inters
en la narracin--. Y cmo fueron tan burros que uno y otro...?

--Dir a usted: no tuvimos tiempo de andar con palabreo. El fuego del
_Real Carlos_ se pas al _San Hermenegildo_, y
entonces... Virgen del Carmen, la que se arm! A las lanchas!,
gritaron muchos. El fuego estaba ya ras con ras con la _Santa
Brbara_, y esta seora no se anda con bromas... Nosotros
jurbamos, gritbamos insultando a Dios, a la Virgen y a todos los
santos, porque as parece que se desahoga uno cuando est lleno de
coraje hasta la escotilla.

--Jess, Mara y Jos!, qu horror!--exclam mi ama--. Y se
salvaron?

--Nos salvamos cuarenta en la fala y seis o siete en el chinchorro:
stos recogieron al segundo del _San Hermenegildo_. Jos
Dbora se aferr a un pedazo de palo y arrib ms muerto que vivo a las
playas de Marruecos.

--Los dems... y en ella cabe mucha gente. Dos mil hombres
_apagaron fuegos_ aquel da, entre ellos nuestro comandante
Ezguerra, y Emparn el del otro barco.

--Vlgame Dios--dijo Doa Francisca--. Aunque bien empleado les est,
por andarse en esos juegos. Si se estuvieran quietecitos en sus casas
como Dios manda...

--Pues la causa de este desastre--dijo Don Alonso, que gustaba de
interesar a su mujer en tan dramticos sucesos--, fue la siguiente. Los
ingleses, validos de la obscuridad de la noche, dispusieron que el navo
_Soberbio_, el ms ligero de los que traan, apagara sus luces
y se colocara entre nuestros dos hermosos barcos. As lo hizo: dispar
sus dos andanadas, puso su aparejo en facha con mucha presteza, orzando
al mismo tiempo para librarse de la contestacin. El _Real
Carlos_ y el _San Hermenegildo_, vindose atacados
inesperadamente, hicieron fuego; pero se estuvieron batiendo el uno
contra el otro, hasta que cerca del amanecer y estando a punto de
abordarse, se reconocieron y ocurri lo que tan detalladamente te ha
contado Marcial.

--Oh!, y qu bien os la jugaron!--dijo la dama--. Estuvo bueno,
aunque eso no es de gente noble.

--Qu ha de ser--aadi Medio-hombre--. Entonces yo no los quera bien;
pero _dende_ esa noche... Si estn ellos en el Cielo, no
quiero ir al Cielo, _manque_ me condene para toda la
_enternidad_...

--Pues y la captura de las cuatro fragatas que venan del Ro de la
Plata?--dijo D. Alonso animando a Marcial para que continuara sus
narraciones.

--Tambin en esa me encontr--contest el marino--, y all me dejaron
sin pierna. Tambin entonces nos cogieron desprevenidos, y como
estbamos en tiempo de paz, navegbamos muy tranquilos, contando ya las
horas que nos faltaban para llegar, cuando de pronto...

Le dir a usted cmo fue, seora Doa Francisca, para que vea las maas
de esa gente. Despus de lo del Estrecho, me embarqu en la
_Fama_ para Montevideo, y ya haca mucho tiempo que estbamos
all, cuando el jefe de la escuadra recibi orden de traer a Espaa los
caudales de Lima y Buenos Aires. El viaje fue muy bueno, y no tuvimos
ms percance que unas calenturillas, que no mataron ni tanto as de
hombre... Traamos mucho dinero del Rey y de particulares, y tambin lo
que llamamos la _caja de soldadas_, que son los ahorrillos de
la tropa que sirve en las Amricas. Por junto, si no me engao, eran
cosa de cinco millones de pesos, como quien no dice nada, y adems
traamos pieles de lobo, lana de vicua, cascarilla, barras de estao y
cobre y maderas finas... Pues, seor, despus de cincuenta das de
navegacin, el 5 de Octubre, vimos tierra, y ya contbamos entrar en
Cdiz al da siguiente, cuando ctate que hacia el Nordeste se nos
presentan cuatro seoras fragatas.

_Anque_ era tiempo de paz, y nuestro capitn, D. Miguel de
Zapian, pareca no tener maldito recelo, yo, que soy perro viejo en la
mar, llam a Dbora y le dije que el tiempo me ola a plvora... Bueno:
cuando las fragatas inglesas estuvieron cerca, el general mand hacer
zafarrancho; la _Fama_ iba delante, y al poco rato nos
encontramos a tiro de pistola de una de las inglesas por barlovento.

Entonces el capitn ingls nos habl con su bocina y nos dijo... pues
mire usted que me gust la franqueza!... nos dijo que nos pusiramos en
facha porque nos iba a atacar. Hizo mil preguntas; pero le dijimos que
no nos daba la gana de contestar. A todo esto, las otras tres fragatas
enemigas se haban acercado a las nuestras, de tal manera que cada una
de las inglesas tena otra espaola por el costado de sotavento.

--Su posicin no poda ser mejor--apunt mi amo.

--Eso digo yo--continu Marcial--. El jefe de nuestra escuadra, D. Jos
Bustamante, anduvo poco listo, que si hubiera sido yo... Pues, seor, el
_comodn_ (quera decir el comodoro) ingls envi a bordo de
la _Medea_ un oficialillo de estos de cola de abadejo, el
cual, sin andarse en chiquitas, dijo que _anque_ no estaba
declarada la guerra, el _comodn_ tena orden de apresarnos.
Esto s que se llama ser ingls. El combate empez al poco rato; nuestra
fragata recibi la primera andanada por babor; se le contest al saludo,
y caonazo va, caonazo viene... lo cierto del caso es que no metimos
en un puo a aquellos herejes _por mor_ de que el demonio fue
y peg fuego a la Santa Brbara de la _Mercedes_, que se vol
en un suspiro, y todos con este suceso, nos afligimos tanto,
sintindonos tan apocados...!, no por falta de valor, sino por aquello
que dicen... en _la moral_... pues... _denque_ el
mismo momento nos vimos perdidos. Nuestra fragata tena las velas con
ms agujeros que capa vieja, los cabos rotos, cinco pies de agua en
bodega, el palo de mesana tendido, tres balazos a flor de agua y
bastantes muertos y heridos. A pesar de esto, seguamos la
_cuchipanda_ con el ingls; pero cuando vimos que la
_Medea_ y la _Clara_, no pudiendo resistir la
chamusquina, arriaban bandera, forzamos de vela y nos retiramos
defendindonos como podamos. La maldita fragata inglesa nos daba caza,
y como era ms velera que la nuestra, no pudimos zafarnos y tuvimos
tambin que arriar el trapo a las tres de la tarde, cuando ya nos haban
matado mucha gente, y yo estaba medio muerto sobre el sollao porque a
una bala le dio la gana de quitarme la pierna. Aquellos condenados nos
llevaron a Inglaterra, no como presos, sino como detenidos; pero carta
va, carta viene entre Londres y Madrid, lo cierto es que se quedaron
con el dinero, y me parece que cuando a m me nazca otra pierna,
entonces el Rey de Espaa les ver la punta del pelo a los cinco
millones de pesos.

--Pobre hombre!... y entonces perdiste la pata?--le dijo
compasivamente Doa Francisca.

--S seora: los ingleses, sabiendo que yo no era bailarn, creyeron que
tena bastante con una. En la travesa me curaron bien: en un pueblo que
llaman _Plinmuf_ (Plymouth) estuve seis meses en el pontn,
con el petate liado y la patente para el otro mundo en el bolsillo...
Pero Dios quiso que no me fuera a pique tan pronto: un fsico ingls me
puso esta pierna de palo, que es mejor que la otra, porque aqulla me
dola de la condenada rema, y sta, a Dios gracias, no duele aunque la
echen una descarga de metralla. En cuanto a dureza, creo que la tiene,
_aunque entava_ no se me ha puesto delante la popa de ningn
ingls para probarla.

--Muy bravo ests--dijo mi ama--; quiera Dios no pierdas tambin la
otra. El que busca el peligro...

Concluida la relacin de Marcial, se trab de nuevo la disputa sobre si
mi amo ira o no a la escuadra. Persista Doa Francisca en la
negativa, y D. Alonso, que en presencia de su digna esposa era manso
como un cordero, buscaba pretextos y alegaba toda clase de razones para
convencerla.

Iremos slo a ver, mujer; nada ms que a ver--deca el hroe con mirada
suplicante.

--Dejmonos de fiestas--le contestaba su esposa--. Buen par de
esperpentos estis los dos.

--La escuadra combinada--dijo Marcial--, se quedar en Cdiz, y ellos
tratarn de forzar la entrada.

--Pues entonces--aadi mi ama--, pueden ver la funcin desde la
muralla de Cdiz; pero lo que es en los barquitos... Digo que no y que
no, Alonso. En cuarenta aos de casados no me has visto enojada (la vea
todos los das); pero ahora te juro que si vas a bordo... haz cuenta de
que Paquita no existe para ti.

--Mujer!--exclam con afliccin mi amo--. Y he de morirme sin tener
ese gusto!

--Bonito gusto, hombre de Dios! Ver cmo se matan esos locos! Si el
Rey de las Espaas me hiciera caso, mandara a paseo a los ingleses y
les dira: Mis vasallos queridos no estn aqu para que ustedes se
diviertan con ellos. Mtanse ustedes en faena unos con otros si quieren
juego. Qu creen? Yo, aunque tonta, bien s lo que hay aqu, y es que
el Primer Cnsul, Emperador, Sultn, o lo que sea, quiere acometer a
los ingleses, y como no tiene hombres de alma para el caso, ha embaucado
a nuestro buen Rey para que le preste los suyos, y la verdad es que nos
est fastidiando con sus guerras martimas. Dganme ustedes: a Espaa
qu le va ni le viene en esto? Por qu ha de estar todos los das
caonazo y ms caonazo por una simpleza? Antes de esas picardas que
Marcial ha contado, qu dao nos haban hecho los ingleses? Ah, si
hicieran caso de lo que yo digo, el seor de Bonaparte armara la guerra
solo, o si no que no la armara!

--Es verdad--dijo mi amo--, que la alianza con Francia nos est
haciendo mucho dao, pues si algn provecho resulta es para nuestra
aliada, mientras todos los desastres son para nosotros.

--Entonces, tontos rematados, para qu se os calientan las pajarillas
con esta guerra?

--El honor de nuestra nacin est empeado--contest D. Alonso--, y una
vez metidos en la danza, sera una mengua volver atrs. Cuando estuve el
mes pasado en Cdiz en el bautizo de la hija de mi primo, me deca
Churruca: Esta alianza con Francia, y el maldito tratado de San
Ildefonso, que por la astucia de Bonaparte y la debilidad de Godoy se
ha convertido en tratado de subsidios, sern nuestra ruina, sern la
ruina de nuestra escuadra, si Dios no lo remedia, y, por tanto, la ruina
de nuestras colonias y del comercio espaol en Amrica. Pero, a pesar de
todo, es preciso seguir adelante.

--Bien digo yo--aadi doa Francisca--, que ese Prncipe de la Paz se
est metiendo en cosas que no entiende. Ya se ve, un hombre sin
estudios! Mi hermano el arcediano, que es partidario del prncipe
Fernando, dice que ese seor Godoy es un alma de cntaro, y que no ha
estudiado latn ni teologa, pues todo su saber se reduce a tocar la y a
conocer los veintids modos de bailar la gavota. Parece que por su linda
cara le han hecho, primer ministro. As andan las cosas de Espaa;
luego, hambre y ms hambre... todo tan caro... la fiebre amarilla
asolando a Andaluca... Est esto bonito, s, seor... Y de ello tienen
ustedes la culpa--continu engrosando la voz y ponindose muy
encarnada--, s seor, ustedes que ofenden a Dios matando tanta gente;
ustedes, que si en vez de meterse en esos endiablados barcos, se fueran
a la iglesia a rezar el rosario, no andara Patillas tan suelto por
Espaa haciendo diabluras.

--T irs a Cdiz tambin--dijo D. Alonso ansioso de despertar el
entusiasmo en el pecho de su mujer--; irs a casa de Flora, y desde el
mirador podrs ver cmodamente el combate, el humo, los fogonazos, las
banderas... Es cosa muy bonita.

--Gracias, gracias! Me caera muerta de miedo. Aqu nos estaremos
quietos, que el que busca el peligro en l perece.

As termin aquel dilogo, cuyos pormenores he conservado en mi memoria,
a pesar del tiempo transcurrido. Mas acontece con frecuencia que los
hechos muy remotos, correspondientes a nuestra infancia, permanecen
grabados en la imaginacin con mayor fijeza que los presenciados en edad
madura, y cuando predomina sobre todas las facultades la razn.

Aquella noche D. Alonso y Marcial siguieron conferenciando en los pocos
ratos que la recelosa Doa Francisca los dejaba solos. Cuando sta fue a
la parroquia para asistir a la novena, segn su piadosa costumbre, los
dos marinos respiraron con libertad como escolares bulliciosos que
pierden de vista al maestro. Encerrronse en el despacho, sacaron unos
mapas y estuvieron examinndolos con gran atencin; luego leyeron
ciertos papeles en que haba apuntados los nombres de muchos barcos
ingleses con la cifra de sus caones y tripulantes, y durante su
calurosa conferencia, en que alternaba la lectura con los ms enrgicos
comentarios, not que ideaban el plan de un combate naval.

Marcial imitaba con los gestos de su brazo y medio la marcha de las
escuadras, la explosin de las andanadas; con su cabeza, el balance de
los barcos combatientes; con su cuerpo, la cada de costado del buque
que se va a pique; con su mano, el subir y bajar de las banderas de
seal; con un ligero silbido, el mando del contramaestre; con los
porrazos de su pie de palo contra el suelo, el estruendo del can; con
su lengua estropajosa, los juramentos y singulares voces del combate; y
como mi amo le secundase en esta tarea con la mayor gravedad, quise yo
tambin echar mi cuarto a espadas, alentado por el ejemplo, y dando
natural desahogo a esa necesidad devoradora de meter ruido que domina el
temperamento de los chicos con absoluto imperio. Sin poderme contener,
viendo el entusiasmo de los dos marinos, comenc a dar vueltas por la
habitacin, pues la confianza con que por mi amo era tratado me
autorizaba a ello; remed con la cabeza y los brazos la disposicin de
una nave que cie el viento, y al mismo tiempo profera, ahuecando la
voz, los retumbantes monoslabos que ms se parecen al ruido de un
caonazo, tales como bum, bum, bum!... Mi respetable amo, el mutilado
marinero, tan nios como yo en aquella ocasin, no pararon mientes en lo
que yo haca, pues harto les embargaban sus propios pensamientos.

Cunto me he redo despus recordando aquella escena, y cun cierto es,
por lo que respecta a mis compaeros en aquel juego, que el entusiasmo
de la ancianidad convierte a los viejos en nios, renovando las
travesuras de la cuna al borde mismo del sepulcro!

Muy enfrascados estaban ellos en su conferencia, cuando sintieron los
pasos de Doa Francisca que volva de la novena.

Qu viene!--exclam Marcial con terror.

Y al punto guardaron los planos, disimulando su excitacin, y pusironse
a hablar de cosas indiferentes. Pero yo, bien porque la sangre juvenil
no poda aplacarse fcilmente, bien porque no observ a tiempo la
entrada de mi ama, segu en medio del cuarto demostrando mi enajenacin
con frases como stas, pronunciadas con el mayor desparpajo: la mura a
estribor!... orza!... la andanada de sotavento!... fuego!... bum,
bum!... Ella se lleg a m furiosa, y sin previo aviso me descarg en
la popa la andanada de su mano derecha con tan buena puntera, que me
hizo ver las estrellas.

Tambin t!--grit vapulendome sin compasin--. Ya ves--aadi
mirando a su marido con centelleantes ojos--: t le enseas a que pierda
el respeto... Te has credo que ests todava en la Caleta, pedazo de
zascandil?

La zurra continu en la forma siguiente: yo caminando a la cocina,
lloroso y avergonzado, despus de arriada la bandera de mi dignidad, y
sin pensar en defenderme contra tan superior enemigo; Doa Francisca
detrs dndome caza y poniendo a prueba mi pescuezo con los repetidos
golpes de su mano. En la cocina ech el ancla, lloroso, considerando
cun mal haba concluido mi combate naval.




-V-


Para oponerse a la insensata determinacin de su marido, Doa Francisca
no se fundaba slo en las razones anteriormente expuestas; tena, adems
de aqullas, otra poderossima, que no indic en el dilogo anterior,
quiz por demasiado sabida.

Pero el lector no la sabe y voy a decrsela. Creo haber escrito que mis
amos tenan una hija. Pues bien: esta hija se llamaba Rosita, de edad
poco mayor que la ma, pues apenas pasaba de los quince aos, y ya
estaba concertado su matrimonio con un joven oficial de Artillera
llamado Malespina, de una familia de Medinasidonia, lejanamente
emparentada con la de mi ama. Habase fijado la boda para fin de
Octubre, y ya se comprende que la ausencia del padre de la novia habra
sido inconveniente en tan solemnes das.

Voy a decir algo de mi seorita, de su novio, de sus amores, de su
proyectado enlace y... ay!, aqu mis recuerdos toman un tinte
melanclico, evocando en mi fantasa imgenes importunas y exticas
como si vinieran de otro mundo, despertando en mi cansado pecho
sensaciones que, a decir verdad, ignoro si traen a mi espritu alegra o
tristeza. Estas ardientes memorias, que parecen agostarse hoy en mi
cerebro, como flores tropicales trasplantadas al Norte helado, me hacen
a veces rer, y a veces me hacen pensar... Pero contemos, que el lector
se cansa de reflexiones enojosas sobre lo que a un solo mortal interesa.

Rosita era lindsima. Recuerdo perfectamente su hermosura, aunque me
sera muy difcil describir sus facciones. Parece que la veo sonrer
delante de m. La singular expresin de su rostro, a la de ningn otro
parecida, es para m, por la claridad con que se ofrece a mi
entendimiento, como una de esas nociones primitivas, que parece hemos
trado de otro mundo, o nos han sido infundidas por misterioso poder
desde la cuna. Y sin embargo, no respondo de poderlo pintar, porque lo
que fue real ha quedado como una idea indeterminada en mi cabeza, y nada
nos fascina tanto, as como nada se escapa tan sutilmente a toda
apreciacin descriptiva, como un ideal querido.

Al entrar en la casa, cre que Rosita perteneca a un orden de criaturas
superior. Explicar mis pensamientos para que se admiren ustedes de mi
simpleza. Cuando somos nios, y un nuevo ser viene al mundo en nuestra
casa, las personas mayores nos dicen que le han trado de Francia, de
Pars o de Inglaterra. Engaado yo como todos acerca de tan singular
modo de perpetuar la especie, crea que los nios venan por encargo,
empaquetados en un cajoncito, como un fardo de quincalla. Pues bien:
contemplando por primera vez a la hija de mis amos, discurr que tan
bella persona no poda haber venido de la fbrica de donde venimos
todos, es decir, de Pars o de Inglaterra, y me persuad de la
existencia de alguna regin encantadora, donde artfices divinos saban
labrar tan hermosos ejemplares de la persona humana.

Como nios ambos, aunque de distinta condicin, pronto nos tratamos con
la confianza propia de la edad, y mi mayor dicha consista en jugar con
ella, sufriendo todas sus impertinencias, que eran muchas, pues en
nuestros juegos nunca se confundan las clases: ella era siempre
seorita, y yo siempre criado; as es que yo llevaba la peor parte, y si
haba golpes, no es preciso indicar aqu quin los reciba.

Ir a buscarla al salir de la escuela para acompaarla a casa, era mi
sueno de oro; y cuando por alguna ocupacin imprevista se encargaba a
otra persona tan dulce comisin, mi pena era tan profunda, que yo la
equiparaba a las mayores penas que pueden pasarse en la vida, siendo
hombre, y deca: Es imposible que cuando yo sea grande experimente
desgracia mayor. Subir por orden suya al naranjo del patio para coger
los azahares de las ms altas ramas, era para m la mayor de las
delicias, posicin o preeminencia superior a la del mejor rey de la
tierra subido en su trono de oro; y no recuerdo alborozo comparable al
que me causaba obligndome a correr tras ella en ese divino e inmortal
juego que llaman.

Si ella corra como una gacela, yo volaba como un pjaro para cogerla
ms pronto, asindola por la parte de su cuerpo que encontraba ms a
mano. Cuando se trocaban los papeles, cuando ella era la perseguidora y
a m me corresponda el ser cogido, se duplicaban las inocentes y puras
delicias de aquel juego sublime, y el paraje ms obscuro y feo, donde
yo, encogido y palpitante, esperaba la impresin de sus brazos ansiosos
de estrecharme, era para m un verdadero paraso. Aadir que jams,
durante aquellas escenas, tuve un pensamiento, una sensacin, que no
emanara del ms refinado idealismo.

Y qu dir de su canto? Desde muy nia acostumbraba a cantar el
_ol_ y las _caas_, con la maestra de los
ruiseores, que lo saben todo en materia de msica sin haber aprendido
nada. Todos le alababan aquella habilidad, y formaban corro para orla;
pero a m me ofendan los aplausos de sus admiradores, y hubiera deseado
que enmudeciera para los dems. Era aquel canto un gorjeo melanclico,
aun modulado por su voz infantil. La nota, que repercuta sobre s
misma, enredndose y desenredndose, como un hilo sonoro, se perda
subiendo y se desvaneca alejndose para volver descendiendo con timbre
grave. Pareca emitida por un avecilla, que se remontara primero al
Cielo, y que despus cantara en nuestro propio odo. El alma, si se me
permite emplear un smil vulgar, pareca que se alargaba siguiendo el
sonido, y se contraa despus retrocediendo ante l, pero siempre
pendiente de la meloda y asociando la msica a la hermosa cantora. Tan
singular era el efecto, que para m el orla cantar, sobre todo en
presencia de otras personas, era casi una mortificacin.

Tenamos la misma edad, poco ms o menos, como he dicho, pues slo
exceda la suya a la ma en unos ocho o nueve meses. Pero yo era
pequeuelo y raqutico, mientras ella se desarrollaba con mucha lozana,
y as, al cumplirse los tres aos de mi residencia en la casa, ella
pareca de mucha ms edad que yo. Estos tres aos se pasaron sin
sospechar nosotros que bamos creciendo, y nuestros juegos no se
interrumpan, pues ella era ms traviesa que yo, y su madre la rea,
procurando sujetarla y hacerla trabajar.

Al cabo de lo tres aos advert que las formas de mi idolatrada seorita
se ensanchaban y redondeaban, completando la hermosura de su cuerpo: su
rostro se puso ms encendido, ms lleno, ms tibio; sus grandes ojos ms
vivos, si bien con la mirada menos errtil y voluble; su andar ms
reposado; sus movimientos no s si ms o menos ligeros, pero ciertamente
distintos, aunque no poda entonces ni puedo ahora apreciar en qu
consista la diferencia. Pero ninguno de estos accidentes me confundi
tanto como la transformacin de su voz, que adquiri cierta sonora
gravedad bien distinta de aquel travieso y alegre chillido con que me
llamaba antes, trastornndome el juicio, y obligndome a olvidar mis
quehaceres, para acudir al juego. El capullo se converta en rosa y la
crislida en.

Un da mil veces funesto, mil veces lgubre, mi amita se present ante
m con traje bajo. Aquella transfiguracin produjo en m tal impresin,
que en todo el da no habl una palabra. Estaba serio como un hombre que
ha sido vilmente engaado, y mi enojo contra ella era tan grande, que en
mis soliloquios probaba con fuertes razones que el rpido crecimiento de
mi amita era una felona. Se despert en m la fiebre del raciocinar, y
sobre aquel tema controverta apasionadamente conmigo mismo en el
silencio de mis insomnios. Lo que ms me aturda era ver que con unas
cuantas varas de tela haba variado por completo su carcter. Aquel da,
mil veces desgraciado, me habl en tono ceremonioso, ordenndome con
gravedad y hasta con displicencia las faenas que menos me gustaban; y
ella, que tantas veces fue cmplice y encubridora de mi holgazanera, me
reprenda entonces por perezoso. Y a todas stas, ni una sonrisa, ni un
salto, ni una monada, ni una veloz carrera, ni un poco de
_ol_, ni esconderse de m para que la buscara, ni fingirse
enfadada para rerse despus, ni una disputilla, ni siquiera un pescozn
con su blanda manecita!

Terribles crisis de la existencia! Ella se haba convertido en mujer,
y yo continuaba siendo nio!

No necesito decir que se acabaron los retozos y los juegos; ya no volv
a subir al naranjo, cuyos azahares crecieron tranquilos, libres de mi
enamorada rapacidad, desarrollando con lozana sus hojas y con todo lujo
su provocativa fragancia; ya no corrimos ms por el patio, ni hice ms
viajes a la escuela, para traerla a casa, tan orgulloso de mi comisin
que la hubiera defendido contra un ejrcito, si ste hubiera intentado
quitrmela. Desde entonces Rosita andaba con la mayor circunspeccin y
gravedad; varias veces not que al subir una escalera delante de m,
cuidaba de no mostrar ni una lnea ni una pulgada ms arriba de su
hermoso tobillo, y este sistema de fraudulenta ocultacin era una ofensa
a la dignidad de aquel cuyos ojos haban visto algo ms arriba. Ahora me
ro considerando cmo se me parta el corazn con aquellas cosas.

Pero an haban de ocurrir ms terribles desventuras. Al ao de su
transformacin, la ta Martina, Rosario la cocinera, Marcial y otros
personajes de la servidumbre, se ocupaban un da de cierto grave asunto.
Aplicando mi diligente odo, luego me enter de que corran rumores
alarmantes: la seorita se iba a casar. La cosa era inaudita, porque yo
no le conoca ningn novio. Pero entonces lo arreglaban todo los
padres, y lo raro es que a veces no sala del todo mal.

Pues un joven de gran familia pidi su mano, y mis amos se la
concedieron. Este joven vino a casa acompaado de sus padres, que eran
una especie de condes o marqueses, con un ttulo retumbante. El
pretendiente traa su uniforme de Marina, en cuyo honroso Cuerpo serva;
pero a pesar de tan elegante jaez, su facha era muy poco agradable. As
debi parecerle a mi amita, pues desde un principio mostr repugnancia
hacia aquella boda. Su madre trataba de convencerla, pero intilmente, y
le haca la ms acabada pintura de las buenas prendas del novio, de su
alto linaje y grandes riquezas. La nia no se convenca, y a estas
razones opona otras muy cuerdas.

Pero la pcara se callaba lo principal, y lo principal era que tena
otro novio, a quien de veras amaba. Este otro era un oficial de
Artillera, llamado, de muy buena presencia y gentil figura. Mi amita le
haba conocido en la iglesia, y el prfido amor se apoder de ella,
mientras rezaba; pues siempre fue el templo lugar muy a propsito, por
su potico y misterioso recinto, para abrir de par en par al amor las
puertas del alma. Malespina rondaba la casa, lo cual observ yo varias
veces; y tanto se habl en Vejer de estos amores, que el otro lo supo, y
se desafiaron. Mis amos supieron todo cuando lleg a casa la noticia de
que Malespina haba herido mortalmente a su rival.

El escndalo fue grande. La religiosidad de mis amos se escandaliz
tanto con aquel hecho, que no pudieron disimular su enojo, y Rosita fue
la vctima principal. Pero pasaron meses y ms meses; el herido cur, y
como Malespina fuese tambin persona bien nacida y rica, se notaron en
la atmsfera poltica de la casa barruntos de que el joven D. Rafael iba
a entrar en ella. Renunciaron al enlace los padres del herido, y en
cambio el del vencedor se present en casa a pedir para su hijo la mano
de mi querida amita. Despus de algunas dilaciones, se la concedieron.

Me acuerdo de cuando fue all. Era un seor muy seco y estirado, con
chupa de treinta colores, muchos colgajos en el reloj, gran coleto, y
una nariz muy larga y afilada, con la cual pareca olfatear a las
personas que le sostenan la conversacin. Hablaba por los codos y no
dejaba meter baza a los dems: l se lo deca todo, y no se poda
elogiar cosa alguna, porque al punto sala diciendo que tena otra
mejor. Desde entonces le tach por hombre vanidoso y mentirossimo, como
tuve ocasin de ver claramente ms tarde. Mis amos le recibieron con
agasajo, lo mismo que a su hijo, que con l vena. Desde entonces, el
novio sigui yendo a casa todos los das, slo o en compaa de su
padre.

Nueva transformacin de mi amita. Su indiferencia hacia m era tan
marcada, que tocaba los lmites del menosprecio. Entonces ech de ver
claramente por primera vez, maldicindola, la humildad de mi condicin;
trataba de explicarme el derecho que tenan a la superioridad los que
realmente eran superiores, y me preguntaba, lleno de angustia, si era
justo que otros fueran nobles y ricos y sabios, mientras yo tena por
abolengo la Caleta, por nica fortuna mi persona, y apenas saba leer.
Viendo la recompensa que tena mi ardiente cario, comprend que a nada
podra aspirar en el mundo, y slo ms tarde adquir la firme conviccin
de que un grande y constante esfuerzo mo me dara quizs todo aquello
que no posea.

En vista del despego con que ella me trataba, perd la confianza; no me
atreva a desplegar los labios en su presencia, y me infunda mucho ms
respeto que sus padres. Entre tanto, yo observaba con atencin los
indicios del amor que la dominaba. Cuando l tardaba, yo la vea
impaciente y triste; al menor rumor que indicase la aproximacin de
alguno, se encenda su hermoso semblante, y sus negros ojos brillaban
con ansiedad y esperanza. Si l entraba al fin, le era imposible a ella
disimular su alegra, y luego se estaban charlando horas y ms horas,
siempre en presencia de Doa Francisca, pues a mi seorita no se le
consentan coloquios a solas ni por las rejas.

Tambin haba correspondencia larga, y lo peor del caso es que yo era el
correo de los dos amantes. Aquello me daba una rabia...! Segn la
consigna, yo sala a la plaza, y all encontraba, ms puntual que un
reloj, al seorito Malespina, el cual me daba una esquela para
entregarla a mi seorita. Cumpla mi encargo, y ella me daba otra para
llevarla a l. Cuntas veces senta tentaciones de quemar aquellas
cartas, no llevndolas a su destino! Pero por mi suerte, tuve serenidad
para dominar tan feo propsito.

No necesito decir que yo odiaba a Malespina. Desde que le vea entrar
senta mi sangre enardecida, y siempre que me ordenaba algo, hacalo con
los peores modos posibles, deseoso de significarle mi alto enojo. Este
despego que a ellos les pareca mala crianza y a m un arranque de
entereza, propio de elevados corazones, me proporcion algunas
reprimendas y, sobre todo, dio origen a una frase de mi seorita, que se
me clav en el corazn como una dolorosa espina. En cierta ocasin le o
decir:

Este chico est tan echado a perder, que ser preciso mandarle fuera de
casa.

Al fin se fij el da para la boda, y unos cuantos antes del sealado
ocurri lo que ya cont y el proyecto de mi amo. Por esto se comprender
que Doa Francisca tena razones poderosas, adems de la poca salud de
su marido, para impedirle ir a la escuadra.




-VI-


Recuerdo muy bien que al da siguiente de los pescozones que me aplic
D. Francisca, movida del espectculo de mi irreverencia y de su profundo
odio a las guerras martimas, sal acompaando a mi amo en su paseo de
medioda. l me daba el brazo, y a su lado iba Marcial: los tres
caminbamos lentamente, conforme al flojo andar de D. Alonso y a la poca
destreza de la pierna postiza del marinero. Pareca aquello una de esas
procesiones en que marcha, sobre vacilante palanqun, un grupo de santos
viejos y apolillados, que amenazan venirse al suelo en cuanto se acelere
un poco el paso de los que les llevan. Los dos viejos no tenan expedito
y vividor ms que el corazn, que funcionaba como una mquina recin
salida del taller. Era una aguja imantada, que a pesar de su fuerte
potencia y exacto movimiento, no poda hacer navegar bien el casco viejo
y averiado en que iba embarcada.

Durante el paseo, mi amo, despus de haber asegurado con su habitual
aplomo que si el almirante Crdova, en vez de mandar virar a estribor
hubiera mandado virar a babor, la batalla del 14 no se habra perdido,
entabl la conversacin sobre el famoso proyecto, y aunque no dijeron
claramente su propsito, sin duda por estar yo delante, comprend por
algunas palabras sueltas que trataban de ponerlo en ejecucin a
cencerros tapados, marchndose de la casa lindamente una maana, sin que
mi ama lo advirtiese.

Regresamos a la casa y all se habl de cosas muy distintas. Mi amo, que
siempre era complaciente con su mujer, lo fue aquel da ms que nunca.
No deca Doa Francisca cosa alguna, aunque fuera insignificante, sin
que l lo celebrara con risas inoportunas. Hasta me parece que la regal
algunas frusleras, demostrando en todos sus actos el deseo de tenerla
contenta; sin duda por esta misma complacencia oficiosa mi ama estaba
dscola y regaona cual nunca la haba yo visto. No era posible
transaccin honrosa. Por no s qu ftil motivo, ri con Marcial,
intimndole la inmediata salida de la casa; tambin dijo terribles cosas
a su marido; y durante la comida, aunque ste celebraba todos los platos
con desusado calor, la implacable dama no cesaba de gruir.

Llegada la hora de rezar el rosario, acto solemne que se verificaba en
el comedor con asistencia de todos los de la casa, mi amo, que otras
veces sola dormirse, murmurando perezosamente los
_Pater-noster_, lo cual le vala algunas reprimendas, estuvo
aquella noche muy despabilado y rez con verdadero empeo, haciendo que
su voz se oyera entre todas las dems.

Otra cosa pas que se me ha quedado muy presente. Las paredes de la casa
hallbanse adornadas con dos clases de objetos: estampas de santos y
mapas; la Corte celestial por un lado, y todos los derroteros de Europa
y Amrica por otro. Despus de comer, mi amo estaba en la galera
contemplando una carta de navegacin, y recorra con su vacilante dedo
las lneas, cuando Doa Francisca, que algo sospechaba del proyecto de
escapatoria, y adems pona el grito en el Cielo siempre que sorprenda
a su marido en flagrante delito de entusiasmo nutico, lleg por detrs,
y abriendo los brazos exclam:

Hombre de Dios! Cuando digo que t me andas buscando... Pues te juro
que si me buscas, me encontrars.

--Pero, mujer--repuso temblando mi amo--, estaba aqu mirando el
derrotero de Alcal Galiano y de Valds en las goletas
_Sutil_ y _Mejicana_, cuando fueron a reconocer el
estrecho de Fuca. Es un viaje muy bonito: me parece que te lo he
contado.

--Cuando digo que voy a quemar todos esos papelotes--aadi Doa
Francisca--. Mal hayan los viajes y el perro judo que los invent.
Mejor pensaras en las cosas de Dios, que al fin y al cabo no eres ningn
nio. Qu hombre, Santo Dios, qu hombre!

No pas de esto. Yo andaba tambin por all cerca; pero no recuerdo bien
si mi ama desahog su furor en mi humilde persona, demostrndome una vez
ms la elasticidad de mis orejas y la ligereza de sus manos. Ello es que
estas caricias menudeaban tanto, que no hago memoria de si recib alguna
en aquella ocasin: lo que s recuerdo es que mi seor, a pesar de haber
redoblado sus amabilidades, no consigui ablandar a su consorte.

No he dicho nada de mi amita. Pues spase que estaba muy triste, porque
el seor de Malespina no haba parecido aquel da, ni escrito carta
alguna, siendo intiles todas mis pesquisas para hallarle en la plaza.
Lleg la noche, y con ella la tristeza al alma de Rosita, pues ya no
haba esperanza de verle hasta el da siguiente. Mas de pronto, y cuando
se haba dado orden para la cena, sonaron fuertes aldabonazos en la
puerta; fui a abrir corriendo, y era l. Antes de abrirle, mi odio le
haba conocido.

An me parece que le estoy viendo, cuando se present delante de m,
sacudiendo su capa, mojada por la lluvia. Siempre que le traigo a la
memoria, se me representa como le vi en aquella ocasin. Hablando con
imparcialidad, dir que era un joven realmente hermoso, de presencia
noble, modales airosos, mirada afable, algo fro y reservado en
apariencia, poco risueo y sumamente corts, con aquella cortesa grave
y un poco finchada de los nobles de antao. Traa aquella noche la
chaqueta faldonada, el calzn corto con botas, el sombrero portugus y
riqusima capa de grana con forros de seda, que era la prenda ms
elegante entre los seoritos de la poca.

Desde que entr, conoc que algo grave ocurra. Pas al comedor, y todos
se maravillaron de verle a tal hora, pues jams haba venido de noche.
Mi amita no tuvo de alegra ms que el tiempo necesario para comprender
que el motivo de visita tan inesperada no poda ser lisonjero.

Vengo a despedirme, dijo Malespina.

Todos se quedaron como lelos, y Rosita ms blanca que el papel en que
escribo; despus encendida como la grana, y luego plida otra vez como
una muerta.

Pues qu pasa? A dnde va usted, seor D. Rafael?, le pregunt mi
ama.

Debo de haber dicho que Malespina era oficial de Artillera, pero no que
estaba de guarnicin en Cdiz y con licencia en Vejer.

Como la escuadra carece de personal--aadi--, han dado orden para que
nos embarquemos con objeto de hacer all el servicio. Se cree que el
combate es inevitable, y la mayor parte de los navos tienen falta de
artilleros.

--Jess, Mara y Jos!--exclam Doa Francisca ms muerta que viva--.
Tambin a usted se le llevan? Pues me gusta. Pero usted es de tierra,
amiguito. Dgales usted que se entiendan ellos; que si no tienen gente,
que la busquen. Pues a fe que es bonita la broma.

--Pero, mujer--dijo tmidamente D. Alonso--, no ves que es
preciso?....

No pudo seguir, porque Doa Francisca, que senta desbordarse el vaso de
su enojo, apostrof a todas las Potencias terrestres.

A ti todo te parece bien con tal que sea para los dichosos barcos de
guerra. Pero quin, pero quin es el demonio del Infierno que ha
mandado vayan a bordo los oficiales de tierra? A m que no me digan:
eso es cosa del seor de Bonaparte. Ninguno de ac puede haber inventado
tal diablura. Pero vaya usted y diga que se va a casar. A ver--aadi
dirigindose a su marido--, escribe a Gravina dicindole que este joven
no puede ir a la escuadra.

Y como viera que su marido se encoga de hombros indicando que la cosa
era sumamente grave, exclam:

No sirves para nada. Jess! Si yo gastara calzones, me plantaba en
Cdiz y le sacaba a usted del apuro.

Rosita no deca palabra. Yo, que la observaba atentamente, conoc la
gran turbacin de su espritu. No quitaba los ojos de su novio, y a no
impedrselo la etiqueta y el buen parecer, habra llorado ruidosamente,
desahogando la pena de su corazn oprimido.

Los militares--dijo D. Alonso--, son esclavos de su deber, y la patria
exige a este joven que se embarque para defenderla. En el prximo
combate alcanzar usted mucha gloria e ilustrar su nombre con alguna
hazaa que quede en la historia para ejemplo de las generaciones
futuras.

--S, eso, eso--dijo Doa Francisca remedando el tono grandilocuente
con que mi amo haba pronunciado las anteriores palabras--. S: y todo
por qu? Porque se les antoja a esos znganos de Madrid. Que vengan
ellos a disparar los caones y a hacer la guerra... Y cundo marcha
usted?

--Maana mismo. Me han retirado la licencia, ordenndome que me presente
al instante en Cdiz.

Imposible pintar con palabras ni por escrito lo que vi en el semblante
de mi seorita cuando aquellas frases oy. Los dos novios se miraron, y
un largo y triste silencio sigui al anuncio de la prxima partida.

Esto no se puede sufrir--dijo Doa Francisca--. Por ltimo, llevarn a
los paisanos, y si se les antoja, tambin a las mujeres... Seor
--prosigui mirando al Cielo con ademn de pitonisa--, no creo ofenderte
si digo que maldito sea el que invent los barcos, maldito el mar en que
navegan, y ms maldito el que hizo el primer can para dar esos
estampidos que la vuelven a una loca, y para matar a tantos pobrecitos
que no han hecho ningn dao.

D. Alonso mir a Malespina, buscando en su semblante una expresin de
protesta contra los insultos dirigidos a la noble artillera. Despus
dijo:

Lo malo ser que los navos carezcan tambin de buen material; y sera
lamentable...

Marcial, que oa la conversacin desde la puerta, no pudo contenerse y
entr diciendo:

Qu ha de faltar? El

_Trinidad_ 140 caones: 32 de a 36, 34 de a 24, 36 de a 12, 18
de a 30, y 10 obuses de a 24. El _Prncipe de Asturias_ 118,
el _Santa Ana_120, el _Rayo_ 100, el
_Nepomuceno_, el _San_...

--Quin le mete a usted aqu, Sr. Marcial--chill Doa Francisca--, ni
qu nos importa si tienen cincuenta u ochenta?

Marcial continu, a pesar de esto, su guerrera estadstica, pero en voz
baja, dirigindose slo a mi amo, el cual no se atreva a expresar su
aprobacin.

Ella sigui hablando as:

Pero, D. Rafael, no vaya usted, por Dios. Diga usted que es de tierra;
que se va a casar. Si Napolen quiere guerra, que la haga l solo; que
venga y diga: Aqu estoy yo: mtenme ustedes, seores ingleses, o
djense matar por m. Por qu ha de estar Espaa sujeta a los antojos
de ese caballero?

--Verdaderamente--dijo Malespina--, nuestra unin con Francia ha sido
hasta ahora desastrosa.

--Pues para qu la han hecho? Bien dicen que ese Godoy es hombre sin
estudios. Si creer l que se gobierna una nacin tocando la guitarra!

--Despus de la paz de Basilea--continu el joven--, nos vimos
obligados a enemistarnos con los ingleses, que batieron nuestra escuadra
en el cabo de San Vicente.

--Alto all--declar D. Alonso, dando un fuerte puetazo en la mesa--.
Si el almirante Crdova hubiera mandado orzar sobre babor a los navos
de la vanguardia, segn lo que pedan las ms vulgares leyes de la
estrategia, la victoria hubiera sido nuestra. Eso lo tengo probado hasta
la saciedad, y en el momento del combate hice constar mi opinin. Quede,
pues, cada cual en su lugar.

--Lo cierto es que se perdi la batalla--prosigui Malespina--. Este
desastre no habra sido de grandes consecuencias, si despus la Corte de
Espaa no hubiera celebrado con la Repblica francesa el tratado de San
Ildefonso, que nos puso a merced del Primer Cnsul, obligndonos a
prestarle ayuda en guerras que a l solo y a su grande ambicin
interesaban. La paz de Amiens no fue ms que una tregua. Inglaterra y
Francia volvieron a declararse la guerra, y entonces Napolen exigi
nuestra ayuda. Quisimos ser neutrales, pues aquel convenio a nada
obligaba en la segunda guerra; pero l con tanta energa solicit
nuestra cooperacin, que para aplacarle, tuvo el Rey que convenir en dar
a Francia un subsidio de cien millones de reales, lo que equivala a
comprar a peso de oro la neutralidad. Pero ni aun as la compramos. A
pesar de tan gran sacrificio, fuimos arrastrados a la guerra. Inglaterra
nos oblig a ello, apresando inoportunamente cuatro fragatas que venan
de Amrica cargadas de caudales. Despus de aquel acto de piratera, la
Corte de Madrid no tuvo ms remedio que echarse en brazos de Napolen,
el cual no deseaba otra cosa. Nuestra marina qued al arbitrio del
Primer Cnsul, ya Emperador, quien, aspirando a vencer por el engao a
los ingleses, dispuso que la escuadra combinada partiese a la Martinica,
con objeto de alejar de Europa a los marinos de la Gran Bretaa. Con
esta estratagema pensaba realizar su anhelado desembarco en esta isla;
mas tan hbil plan no sirvi sino para demostrar la impericia y cobarda
del almirante francs, el cual, de regreso a Europa, no quiso compartir
con nuestros navos la gloria del combate de Finisterre. Ahora, segn
las rdenes del Emperador, la escuadra combinada deba hallarse en
Brest.

Dcese que Napolen est furioso con su almirante, y que piensa
relevarle inmediatamente.

--Pero, segn dicen--indic Marcial--, Mr. Corneta quiere pintarla y
busca una accin de guerra que haga olvidar sus faltas. Yo me alegro,
pues de ese modo se ver quin puede y quin no puede.

--Lo indudable--prosigui Malespina--, es que la escuadra inglesa anda
cerca y con intento de bloquear a Cdiz. Los marinos espaoles opinan
que nuestra escuadra no debe salir de la baha, donde hay probabilidades
de que venza. Mas el francs parece que se obstina en salir.

--Veremos--dijo mi amo--. De todos modos, el combate ser glorioso.

--Glorioso, s--contest Malespina--. Pero quin asegura que sea
afortunado? Los marinos se forjan ilusiones, y quizs por estar
demasiado cerca, no conocen la inferioridad de nuestro armamento frente
al de los ingleses. Estos, adems de una soberbia artillera, tienen
todo lo necesario para reponer prontamente sus averas. No digamos nada
en cuanto al personal: el de nuestros enemigos es inmejorable, compuesto
todo de viejos y muy expertos marinos, mientras que muchos de los navos
espaoles estn tripulados en gran parte por gente de leva, siempre
holgazana y que apenas sabe el oficio; el cuerpo de infantera tampoco
es un modelo, pues las plazas vacantes se han llenado con tropa de
tierra muy valerosa, sin duda, pero que se marea.

--En fin--dijo mi amo--, dentro de algunos das sabremos lo que ha de
resultar de esto.

--Lo que ha de resultar ya lo s yo--observ Doa Francisca--. Que esos
caballeros, sin dejar de decir que han alcanzado mucha gloria, volvern
a casa con la cabeza rota.

--Mujer, t qu entiendes de eso?--dijo D. Alonso sin poder contener
un arrebato de enojo, que slo dur un instante.

--Ms que t!--contest vivamente ella--. Pero Dios querr preservarle
a usted, seor D. Rafael, para que vuelva sano y salvo.

Esta conversacin ocurra durante la cena, la cual fue muy triste; y
despus de lo referido, los cuatro personajes no dijeron una palabra.
Concluida aqulla, se verific la despedida, que fue tiernsima, y por
un favor especial, propio de aquella ocasin solemne, los bondadosos
padres dejaron solos a los novios, permitindoles despedirse a sus
anchas y sin testigos para que el disimulo no les obligara a omitir
algn accidente que fuera desahogo a su profunda pena. Por ms que hice
no pude asistir al acto, y me es, por tanto desconocido lo que en l
pas; pero es fcil presumir que habra todas las ternezas imaginables
por una y otra parte.

Cuando Malespina sali del cuarto, estaba ms plido que un difunto.
Despidiose a toda prisa de mis amos, que le abrazaron con el mayor
cario, y se fue. Cuando acudimos a donde estaba mi amita, la
encontramos: tan grande era su dolor, que los cariosos padres no
pudieron calmar su espritu con ingeniosas razones, ni atemperar su
cuerpo con los cordiales que traje a toda prisa de la botica. Confieso
que, profundamente apenado, yo tambin, al ver la desgracia de los
pobres amantes, se amortigu en mi pecho el rencorcillo que me inspiraba
Malespina. El corazn de un nio perdona fcilmente, y el mo no era el
menos dispuesto a los sentimientos dulces y expansivos.




-VII-


A la maana siguiente se me preparaba una gran sorpresa, y a mi ama el
ms fuerte berrinche que creo tuvo en su vida. Cuando me levant vi que
D. Alonso estaba amabilsimo, y su esposa ms irritada que de costumbre.
Cuando sta se fue a misa con Rosita, advert que el seor se daba gran
prisa por meter en una maleta algunas camisas y otras prendas de vestir,
entre las cuales iba su uniforme. Yo le ayud y aquello me oli a
escapatoria, aunque me sorprenda no ver a Marcial por ninguna parte. No
tard, sin embargo, en explicarme su ausencia, pues D. Alonso, una vez
arreglado su breve equipaje, se mostr muy impaciente, hasta que al fin
apareci el marinero diciendo: Ah est el coche. Vmonos antes que
ella venga.

Cargu la maleta, y en un santiamn Don Alonso, Marcial y yo salimos por
la puerta del corral para no ser vistos; nos subimos a la, y esta parti
tan a escape como lo permita la escualidez del rocn que la arrastraba,
y la procelosa configuracin del camino. Este, si para caballeras era
malo, para coches perverso; pero a pesar de los fuertes tumbos y
arcadas, apretamos el paso, y hasta que no perdimos de vista el pueblo,
no se alivi algn tanto el martirio de nuestros cuerpos.

Aquel viaje me gustaba extraordinariamente, porque a los chicos toda
novedad les trastorna el juicio. Marcial no caba en s de gozo, y mi
amo, que al principio manifest su alborozo casi con menos gravedad que
yo, se entristeci bastante cuando dej de ver el pueblo. De cuando en
cuando deca:

Y ella tan ajena a esto! Qu dir cuando llegue a casa y no nos
encuentre!

A m se me ensanchaba el pecho con la vista del paisaje, con la alegra
y frescura de la maana y, sobre todo, con la idea de ver pronto a Cdiz
y su incomparable baha poblada de naves; sus calles bulliciosas y
alegres; su Caleta, que simbolizaba para m en un tiempo lo ms hermoso
de la vida, la libertad; su plaza, su muelle y dems sitios para m muy
amados. No habamos andado tres leguas cuando alcanzamos a ver dos
caballeros montados en soberbios alazanes, que viniendo tras nosotros se
nos juntaron en poco tiempo. Al punto reconocimos a Malespina y a su
padre, aquel seor alto, estirado y muy charlatn, de quien antes
habl. Ambos se asombraron de ver a D. Alonso, y mucho ms cuando este
les dijo que iba a Cdiz para embarcarse. Recibi la noticia con
pesadumbre el hijo; mas el padre, que, segn entonces comprend, era un
rematado fanfarrn, felicit a mi amo muy campanudamente, llamndole
flor de los navegantes, espejo de los marinos y honra de la patria.

Nos detuvimos para comer en el parador de Conil. A los seores les
dieron lo que haba, y a Marcial y a m lo que sobraba, que no era
mucho. Como yo serva la mesa, pude or la conversacin, y entonces
conoc mejor el carcter del viejo Malespina, quien si primero pas a
mis ojos como un embustero lleno de vanidad, despus me pareci el ms
gracioso charlatn que he odo en mi vida.

El futuro suegro de mi amita, D. Jos Mara Malespina, que no tena
parentesco con el clebre marino del mismo apellido, era coronel de
Artillera retirado, y cifraba todo su orgullo en conocer a fondo
aquella terrible arma y manejarla como nadie. Tratando de este asunto
era como ms luca su imaginacin y gran desparpajo para mentir.

Los artilleros--deca sin suspender por un momento la accin de
engullir--, hacen mucha falta a bordo. Qu es de un barco sin
artillera? Pero donde hay que ver los efectos de esta invencin
admirable de la humana inteligencia es en tierra, Sr. D. Alonso. Cuando
la guerra del Roselln... ya sabe usted que tom parte en aquella
campaa y que todos los triunfos se debieron a mi acierto en el manejo
de la Artillera... La batalla de Masdeu, por qu cree usted que se
gan? El general Ricardos me situ en una colina con cuatro piezas,
mandndome que no hiciera fuego sino cuando l me lo ordenara. Pero yo,
que vea las cosas de otra manera, me estuve callandito hasta que una
columna francesa vino a colocarse delante de m en tal disposicin, que
mis disparos podan enfilarla de un extremo a otro. Los franceses forman
la lnea con gran perfeccin. Tom bien la puntera con una de las
piezas, dirigiendo la mira a la cabeza del primer soldado... Comprende
usted?... Como la lnea era tan perfecta, dispar, y zas!, la bala se
llev ciento cuarenta y dos cabezas, y no cayeron ms porque el extremo
de la lnea se movi un poco. Aquello produjo gran consternacin en los
enemigos; pero como stos no comprendan mi estrategia ni podan verme
en el sitio donde estaba, enviaron otra columna a atacar las tropas que
estaban a mi derecha, y aquella columna tuvo la misma suerte, y otra, y
otra, hasta que se gan la batalla.

--Es maravilloso--dijo mi amo, quien, conociendo la magnitud de la
bola, no quiso, sin embargo, desmentir a su amigo.

--Pues en la segunda campaa, al mando del Conde de la Unin, tambin
escarment de lo lindo a los republicanos. La defensa de Boulou, no nos
sali bien, porque se nos acabaron las municiones: yo, con todo hice un
gran destrozo cargando una pieza con las llaves de la iglesia; pero
stas no eran muchas, y al fin, como un recurso de desesperacin, met
en el nima del can mis llaves, mi reloj, mi dinero, cuantas baratijas
encontr en los bolsillos, y, por ltimo, hasta mis cruces. Lo
particular es que una de estas fue a estamparse en el pecho de un
general francs, donde se le qued como pegada y sin hacerle dao. l la
conserv, y cuando fue a Pars, la Convencin le conden no s si a
muerte o a destierro por haber admitido condecoraciones de un Gobierno
enemigo.

--Qu diablura!--murmur mi amo recrendose con tan chuscas
invenciones.

--Cuando estuve en Inglaterra...--continu el viejo Malespina--, ya
sabe usted que el Gobierno ingls me mand llamar para perfeccionar la
Artillera de aquel pas... Todos los das coma con Pitt, con Burke,
con Lord North, con el general Conwallis y otros personajes importantes
que me llamaban _el chistoso espaol_. Recuerdo que una vez,
estando en Palacio, me suplicaron que les mostrase cmo era una, y tuve
que capear, picar y matar una silla, lo cual divirti mucho a toda la
Corte, especialmente al Rey Jorge III, quien era muy amigote mo y
siempre me deca que le mandase a buscar a mi tierra aceitunas buenas.
Oh!, tena mucha confianza conmigo. Todo su empeo era que le ensease
palabras de espaol y, sobre todo algunas de sta nuestra graciosa
Andaluca; pero nunca pudo aprender ms que _otro toro_ y
_vengan esos cinco_, frase con que me saludaba todos los das
cuando iba a almorzar con l pescadillas y unas caitas de Jerez.

--Era lo que le gustaba ms. Yo haca llevar de Cdiz embotellada la
pescadilla: conservbase muy bien con un especfico que invent, cuya
receta tengo en casa.

--Maravilloso. Y reform usted la Artillera inglesa?--pregunt mi
amo, alentndole a seguir, porque le diverta mucho.--Completamente.
All invent un can que no lleg a dispararse, porque todo Londres,
incluso la Corte y los Ministros, vinieron a suplicarme que no hiciera
la prueba por temor a que del estremecimiento cayeran al suelo muchas
casas.

--De modo que tan gran pieza ha quedado relegada al olvido?

--Quiso comprarla el Emperador de Rusia; pero no fue posible moverla del
sitio en que estaba.

--Pues bien poda usted sacarnos del apuro inventando un can que
destruyera de un disparo la escuadra inglesa.

--Oh!--contest Malespina--. En eso estoy pensando, y creo que podr
realizar mi pensamiento. Ya le mostrar a usted los clculos que tengo
hechos, no slo para aumentar hasta un extremo fabuloso el calibre de
las piezas de Artillera, sino para construir placas de resistencia que
defiendan los barcos y los castillos. Es el pensamiento de toda mi
vida.

A todas stas haban concluido de comer. Nos zampamos en un santiamn
Marcial y yo las sobras, y seguimos el viaje, ellos a caballo, marchando
al estribo, y nosotros como antes, en nuestra derrengada calesa. La
comida y los frecuentes tragos con que la roci excitaron ms an la
vena inventora del viejo Malespina, quien por todo el camino sigui
espetndonos sus grandes paparruchas. La conversacin volvi al tema por
donde haba empezado: a la guerra del Roselln; y como D. Jos se
apresurara a referir nuevas proezas, mi amo, cansado ya de tanto mentir,
quiso desviarle de aquella materia, y dijo:

Guerra desastrosa e impoltica. Ms nos hubiera valido no haberla
emprendido!

--Oh!--exclam Malespina--. El Conde de Aranda, como usted sabe,
conden desde el principio esta funesta guerra con la Repblica. Cunto
hemos hablado de esta cuestin!... porque somos amigos desde la
infancia. Cuando yo estuve en Aragn, pasamos siete meses juntos cazando
en el Moncayo. Precisamente hice construir para l una escopeta
singular...

--S: Aranda se opuso siempre--dijo mi amo, atajndole en el peligroso
camino de la balstica.

--En efecto--continu el mentiroso--, y si aquel hombre eminente
defendi con tanto calor la paz con los republicanos, fue porque yo se
lo aconsej, convencindole antes de la inoportunidad de la guerra. Mas
Godoy, que ya entonces era Valido, se obstin en proseguirla, slo por
llevarme la contraria, segn he entendido despus. Lo ms gracioso es
que el mismo Godoy se vio obligado a concluir la guerra en el verano del
95, cuando comprendi su ineficacia, y entonces se adjudic a s mismo
el retumbante ttulo de _Prncipe de la Paz_.

--Qu faltos estamos, amigo D. Jos Mara--dijo mi amo--, de un buen
hombre de Estado a la altura de las circunstancias, un hombre que no nos
entrometa en guerras intiles y mantenga inclume la dignidad de la
Corona!

--Pues cuando yo estuve en Madrid el ao ltimo--prosigui el
embustero--, me hicieron proposiciones para desempear la Secretara de
Estado. La Reina tena gran empeo en ello, y el Rey no dijo nada...
Todos los das le acompaaba al Pardo para tirar un par de tiros...
Hasta el mismo Godoy se hubiera conformado, conociendo mi superioridad;
y si no, no me habra faltado un castillito donde encerrarle para que no
me diera que hacer. Pero yo rehus, prefiriendo vivir tranquilo en mi
pueblo, y dej los negocios pblicos en manos de Godoy. Ah tiene usted
un hombre cuyo padre fue mozo de mulas en la dehesa que mi suegro tena
en Extremadura.

--No saba...--dijo D. Alonso--. Aunque hombre obscuro, yo cre que el
Prncipe de la Paz perteneca a una familia de hidalgos, de escasa
fortuna, pero de buenos principios.

As continu el dilogo, el Sr. Malespina soltando unas bolas como
templos, y mi amo oyndolas con santa calma, pareciendo unas veces
enfadado y otras complacido de escuchar tanto disparate. Si mal no
recuerdo, tambin dijo D. Jos Mara que haba aconsejado a Napolen el
atrevido hecho del 18 brumario.

Con stas y otras cosas nos anocheci en Chiclana, y mi amo, atrozmente
quebrantado y molido a causa del movimiento del fementido calesn, se
qued en dicho pueblo, mientras los dems siguieron, deseosos de llegar
a Cdiz en la misma noche. Mientras cenaron, endilg Malespina nuevas
mentiras, y pude observar que su hijo las oa con pena, como abochornado
de tener por padre el ms grande embustero que cri la tierra.
Despidironse ellos; nosotros descansamos hasta el da siguiente por la
madrugada, hora en que proseguimos nuestro camino; y como ste era mucho
ms cmodo y expedito desde Chiclana a Cdiz que en el tramo recorrido,
llegamos al trmino de nuestro viaje a eso de las once del da, sin
novedad en la salud y con el alma alegre.




-VIII-


No puedo describir el entusiasmo que despert en mi alma la vuelta a. En
cuanto pude disponer de un rato de libertad, despus que mi amo qued
instalado en casa de su prima, sal a las calles y corr por ellas sin
direccin fija, embriagado con la atmsfera de mi ciudad querida.

Despus de ausencia tan larga, lo que haba visto tantas veces
embelesaba mi atencin como cosa nueva y extremadamente hermosa. En
cuantas personas encontraba al paso vea un rostro amigo, y todo era
para m simptico y risueo: los hombres, las mujeres, los viejos, los
nios, los perros, hasta las casas, pues mi imaginacin juvenil
observaba en ello no s qu de personal y animado, se me representaban
como seres sensibles; parecame que participaban del general contento
por mi llegada, remedando en sus balcones y ventanas las facciones de un
semblante alborozado. Mi espritu vea reflejar en todo lo exterior su
propia alegra.

Corra por las calles con gran ansiedad, como si en un minuto quisiera
verlas todas. En la plaza de San Juan de Dios compr algunas golosinas,
ms que por el gusto de comerlas, por la satisfaccin de presentarme
regenerado ante las vendedoras, a quienes me dirig como antiguo amigo,
reconociendo a algunas como favorecedoras en mi anterior miseria, y a
otras como vctimas, an no aplacadas, de mi inocente aficin al
merodeo. Las ms no se acordaban de m; pero algunas me recibieron con
injurias, recordando las proezas de mi niez y haciendo comentarios tan
chistosos sobre mi nuevo empaque y la gravedad de mi persona, que tuve
que alejarme a toda prisa, no sin que lastimaran mi decoro algunas
cscaras de frutas lanzadas por experta mano contra mi traje nuevo. Como
tena la conciencia de mi formalidad, estas burlas ms bien me causaron
orgullo que pena.

Recorr luego la muralla y cont todos los barcos fondeados a la vista.
Habl con cuantos marineros hall al paso, dicindoles que yo tambin
iba a la escuadra, y preguntndoles con tono muy enftico si haba
recalado la escuadra de Nelson. Despus les dije que _Mr.
Corneta_ era un cobarde, y que la prxima funcin sera buena.

Llegu por fin a la Caleta, y all mi alegra no tuvo lmites. Baj a
la, y quitndome los zapatos, salt de peasco en peasco; busqu a mis
antiguos amigos de ambos sexos, mas no encontr sino muy pocos: unos
eran ya hombres y haban abrazado mejor carrera; otros haban sido
embarcados por la leva, y los que quedaban apenas me reconocieron. La
movible superficie del agua despertaba en mi pecho sensaciones
voluptuosas. Sin poder resistir la tentacin, y compelido por la
misteriosa atraccin del mar, cuyo elocuente rumor me ha parecido
siempre, no s por qu, una voz que solicita dulcemente en la bonanza, o
llama con imperiosa clera en la tempestad, me desnud a toda prisa y me
lanc en l como quien se arroja en los brazos de una persona querida.

Nad ms de una hora, experimentando un placer indecible, y vistindome
luego, segu mi paseo hacia el barrio de la Via, en cuyas edificantes
tabernas encontr algunos de los ms clebres perdidos de mi glorioso
tiempo. Hablando con ellos, yo me las echaba de hombre de pro, y como
tal gast en obsequiarles los pocos cuartos que tena. Preguntles por
mi to, mas no me dieron noticia alguna de su seora; y luego que
hubimos charlado un poco, me hicieron beber una copa de aguardiente que
al punto dio con mi pobre cuerpo en tierra.

Durante el periodo ms fuerte de mi embriaguez, creo que aquellos
tunantes se rieron de m cuanto les dio la gana; pero una vez que me
seren un poco, sal avergonzadsimo de la taberna. Aunque andaba muy
difcilmente, quise pasar por mi antigua casa, y vi en la puerta a una
mujer andrajosa que frea sangre y tripas. Conmovido en presencia de mi
morada natal, no pude contener el llanto, lo cual, visto por aquella
mujer sin entraas, se le figur burla o estratagema para robarle sus
frituras. Tuve, por tanto, que librarme de sus manos con la ligereza de
mis pies, dejando para mejor ocasin el desahogo de mis sentimientos.

Quise ver despus la catedral vieja, a la cual se refera uno de los ms
tiernos recuerdos de mi niez, y entr en ella: su recinto me pareci
encantador, y jams he recorrido las naves de templo alguno con tan
religiosa veneracin. Creo que me dieron fuertes ganas de rezar, y que
lo hice en efecto, arrodillndome en el altar donde mi madre haba
puesto un ex-voto por mi salvacin. El personaje de cera que yo crea mi
perfecto retrato estaba all colgado, y ocupaba su puesto con la
gravedad de las cosas santas; pero se me pareca como un huevo a una
castaa. Aquel muequito, que simbolizaba la piedad y el amor materno,
me infunda, sin embargo, el respeto ms vivo. Rec un rato de rodillas
acordndome de los padecimientos y de la muerte de mi buena madre, que
ya gozaba de Dios en el Cielo; pero como mi cabeza no estaba buena, a
causa de los vapores del maldito aguardiente, al levantarme me ca, y un
sacristn empedernido me puso bonitamente en la calle. En pocas zancadas
me traslad a la del Fideo, donde residamos, y mi amo, al verme entrar,
me reprendi por mi larga ausencia. Si aquella falta hubiera sido
cometida ante Doa Francisca, no me habra librado de una fuerte paliza;
pero mi amo era tolerante, y no me castigaba nunca, quizs porque tena
la conciencia de ser tan nio como yo.

Habamos ido a residir en casa de la prima de mi amo, la cual era una
seora, a quien el lector me permitir describir con alguna prolijidad,
por ser tipo que lo merece. Doa Flora de Cisniega era una vieja que se
empeaba en permanecer joven: tena ms de cincuenta aos; pero pona en
prctica todos los artificios imaginables para engaar al mundo,
aparentando la mitad de aquella cifra aterradora. Decir cunto
inventaba la ciencia y el arte en armnico consorcio para conseguir tal
objeto, no es empresa que corresponde a mis escasas fuerzas. Enumerar
los rizos, moas, lazos, trapos, adobos, bermellones, aguas y dems
extraos cuerpos que concurran a la grande obra de su monumental
restauracin, fatigara la ms diestra fantasa: qudese esto, pues,
para las plumas de los novelistas, si es que la historia, buscadora de
las grandes cosas, no se apropia tan hermoso asunto. Respecto a su
fsico, lo ms presente que tengo es el conjunto de su rostro, en que
parecan haber puesto su rosicler todos los pinceles de las Academias
presentes y pretritas. Tambin recuerdo que al hablar haca con los
labios un mohn, un repliegue, un mimo, cuyo objeto era, o achicar con
gracia la descomunal boca, o tapar el estrago de la dentadura, de cuyas
filas desertaban todos los aos un par de dientes; pero aquella supina
estratagema de la presuncin era tan poco afortunada, que antes la
afeaba que la embelleca.

Vesta con lujo, y en su peinado se gastaban los polvos por almudes, y
como no tena malas carnes, a juzgar por lo que pregonaba el ancho
escote y por lo que dejaban transparentar las gasas, todo su empeo
consista en lucir aquellas partes menos sensibles a la injuriosa accin
del tiempo, para cuyo objeto tena un arte maravilloso.

Era Doa Flora persona muy prendada de las cosas antiguas; muy devota,
aunque no con la santa piedad de mi Doa Francisca, y grandemente se
diferenciaba de mi ama, pues as como sta aborreca las glorias
navales, aqulla era entusiasta por todos los hombres de guerra en
general y por los marinos en particular. Inflamada en amor patritico,
ya que en la madurez de su existencia no poda aspirar al calorcillo de
otro amor, y orgullosa en extremo como mujer y como dama espaola, el
sentimiento nacional se asociaba en su espritu al estampido de los
caones, y crea que la grandeza de los pueblos se meda por libras de
plvora. Como no tena hijos, ocupaban su vida los chismes de vecinos,
trados y llevados en pequeo crculo por dos o tres cotorrones como
ella, y se distraa tambin con su sistemtica aficin a hablar de las
cosas pblicas. Entonces no haba peridicos, y las ideas polticas, as
como las noticias, circulaban de viva voz, desfigurndose entonces ms
que ahora, porque siempre fue la palabra ms mentirosa que la imprenta.

En todas las ciudades populosas, y especialmente en Cdiz, que era
entonces la ms culta, haba muchas personas desocupadas que eran
depositarias de las noticias de Madrid y Pars, y las llevaban y traan
diligentes vehculos, enorgullecindose con una misin que les daba gran
importancia. Algunos de stos, a modo de vivientes peridicos,
concurran a casa de aquella seora por las tardes, y esto, adems del
buen chocolate y mejores bollos, atraa a otros ansiosos de saber lo que
pasaba. Doa Flora, ya que no poda inspirar una pasin formal, ni
quitarse de encima la gravosa pesadumbre de sus cincuenta aos, no
hubiera trocado aquel papel por otro alguno, pues el centro general de
las noticias casi equivala en aquel tiempo a la majestad de un trono.

Doa Flora y Doa Francisca se aborrecan cordialmente, como comprender
quien considere el exaltado militarismo de la una y el pacfico
apocamiento de la otra. Por esto, hablando con su primo en el da de
nuestra llegada, le deca la vieja:

Si t hubieras hecho caso siempre de tu mujer, todava seras guardia
marina. Qu carcter! Si yo fuera hombre y casado con mujer semejante,
reventara como una bomba. Has hecho bien en no seguir su consejo y en
venir a la escuadra. Todava eres joven, Alonsito; todava puedes
alcanzar el grado de brigadier, que tendras ya de seguro si Paca no te
hubiese echado una calza como a los pollos para que no salgan del
corral.

Despus, como mi amo, impulsado por su gran curiosidad, le pidiese
noticias, ella le dijo:

Lo principal es que todos los marinos de aqu estn muy descontentos
del almirante francs, que ha probado su ineptitud en el viaje a la
Martinica y en el combate de Finisterre. Tal es su timidez, y el miedo
que tiene a los ingleses, que al entrar aqu la escuadra combinada en
Agosto ltimo no se atrevi a apresar el crucero ingls mandado por
Collingwood, y que slo constaba de tres navos. Toda nuestra
oficialidad est muy mal por verse obligada a servir a las rdenes de
semejante hombre. Fue Gravina a Madrid a decrselo a Godoy, previendo
grandes desaires si no pona al frente de la escuadra un hombre ms
apto; pero el Ministro le contest cualquier cosa, porque no se atreve a
resolver nada; y como Bonaparte anda metido con los austriacos, mientras
l no decida... Dicen que ste tambin est muy descontento de
Villeneuve y que ha determinado destituirle; pero entre tanto... Ah!
Napolen debiera confiar el mando de la escuadra a algn espaol, a ti
por ejemplo, Alonsito, dndote tres o cuatro grados de mogolln, que a
fe bien merecidos los tienes...

--Oh!, yo no soy para eso--dijo mi amo con su habitual modestia.

--O a Gravina o a, que dicen que es tan buen marino. Si no, me temo que
esto acabar mal. Aqu no pueden ver a los franceses. Figrate que
cuando llegaron los barcos de Villeneuve carecan de vveres y
municiones, y en el arsenal no se las quisieron dar. Acudieron en queja
a Madrid; y como Godoy no hace ms que lo que quiere el embajador
francs, Mr. de Bernouville, dio orden para que se entregara a nuestros
aliados cuanto necesitasen. Mas ni por esas. El intendente de marina y
el comandante de artillera dicen que no darn nada mientras Villeneuve
no lo pague en moneda contante y sonante. As, as: me parece que est
muy bien parlado. Pues no falta ms sino que esos seores con sus manos
lavadas se fueran a llevar lo poco que tenemos! Bonitos estn los
tiempos! Ahora cuesta todo un ojo de la cara; la fiebre amarilla por un
lado y los malos tiempos por otro han puesto a Andaluca en tal estado,
que toda ella no vale una aljofifa; y luego aada usted a esto los
desastres de la guerra. Verdad es que el honor nacional es lo primero, y
es preciso seguir adelante para vengar los agravios recibidos. No me
quiero acordar de lo del cabo de Finisterre, donde por la cobarda de
nuestros aliados perdimos el _Firme_ y el _Rafael_,
dos navos como dos soles, ni de la voladura del _Real
Carlos_, que fue una traicin tal, que ni entre moros berberiscos
pasara igual, ni del robo de las cuatro fragatas, ni del combate del
cabo de...

--Lo que es eso--dijo mi amo interrumpindola vivamente...--. Es
preciso que cada cual quede en su lugar. Si el almirante Crdova hubiera
mandado virar por...

--S, s, ya s--dijo Doa Flora, que haba odo muchas veces lo mismo
en boca de mi amo--. Habr que darles la gran paliza, y se la daris. Me
parece que vas a cubrirte de gloria. As haremos rabiar a Paca.

--Yo no sirvo para el combate--dijo mi amo con tristeza--. Vengo tan
slo a presenciarlo, por pura aficin y por el entusiasmo que me
inspiran nuestras queridas banderas.

Al da siguiente de nuestra llegada recibi mi amo la visita de un
brigadier de marina, amigo antiguo, cuya fisonoma no olvidar jams, a
pesar de no haberle visto ms que en aquella ocasin. Era un hombre
como de cuarenta y cinco aos, de semblante hermoso y afable, con tal
expresin de tristeza, que era imposible verle sin sentir irresistible
inclinacin a amarle. No usaba peluca, y sus abundantes cabellos rubios,
no martirizados por las tenazas del peluquero para tomar la forma de ala
de pichn, se recogan con cierto abandono en una gran coleta, y estaban
inundados de polvos con menos arte del que la presuncin propia de la
poca exiga. Eran grandes y azules sus ojos; su nariz muy fina, de
perfecta forma y un poco larga, sin que esto le afeara, antes bien,
pareca ennoblecer su expresivo semblante. Su barba, afeitada con
esmero, era algo puntiaguda, aumentando as el conjunto melanclico de
su rostro oval, que indicaba ms bien delicadeza que energa. Este noble
continente era realzado por una urbanidad en los modales, por una grave
cortesana de que ustedes no pueden formar idea por la estirada fatuidad
de los seores del da, ni por la movible elegancia de nuestra dorada
juventud. Tena el cuerpo pequeo, delgado y como enfermizo. Ms que
guerrero, aparentaba ser hombre de estudio, y su frente, que sin duda
encerraba altos y delicados pensamientos, no pareca la ms propia para
arrostrar los horrores de una batalla. Su endeble constitucin, que sin
duda contena un espritu privilegiado, pareca destinada a sucumbir
conmovida al primer choque. Y, sin embargo, segn despus supe, aquel
hombre tena tanto corazn como inteligencia. Era Churruca.

El uniforme del hroe demostraba, sin ser viejo ni rado, algunos aos
de honroso servicio. Despus, cuando le o decir, por cierto sin tono de
queja, que el Gobierno le deba nueve pagas, me expliqu aquel
deterioro. Mi amo le pregunt por su mujer, y de su contestacin deduje
que se haba casado poco antes, por cuya razn le compadec,
parecindome muy atroz que se le mandara al combate en tan felices das.
Habl luego de su barco, el _San Juan Nepomuceno_, al que
mostr igual cario que a su joven esposa, pues segn dijo, l lo haba
compuesto y arreglado a su gusto, por privilegio especial, haciendo de
l uno de los primeros barcos de la armada espaola.

Hablaron luego del tema ordinario en aquellos das, de si sala o no
sala la escuadra, y el marino se expres largamente con estas palabras,
cuya substancia guardo en la memoria, y que despus con datos y noticias
histricas he podido restablecer con la posible exactitud:

El almirante francs--dijo Churruca--, no sabiendo qu resolucin
tomar, y deseando hacer algo que ponga en olvido sus errores, se ha
mostrado, desde que estamos aqu, partidario de salir en busca de los
ingleses. El 8 de octubre escribi a Gravina, dicindole que deseaba
celebrar a bordo del _Bucentauro_ un consejo de guerra para
acordar lo que fuera ms conveniente. En efecto, Gravina acudi al
consejo, llevando al teniente general lava, a los jefes de escuadra
Escao y Cisneros, al brigadier Galiano y a m. De la escuadra francesa
estaban los almirantes Dumanoir y Magon, y los capitanes de navo
Cosmao, Maistral, Villiegris y Prigny.

Habiendo mostrado Villeneuve el deseo de salir, nos opusimos todos los
espaoles. La discusin fue muy viva y acalorada, y Alcal Galiano cruz
con el almirante Magon palabras bastante duras, que ocasionarn un lance
de honor si antes no les ponemos en paz. Mucho disgust a Villeneuve
nuestra oposicin, y tambin en el calor de la discusin dijo frases
descompuestas, a que contest Gravina del modo ms enrgico... Es
curioso el empeo de esos seores de hacerse a la mar en busca de un
enemigo poderoso, cuando en el combate de Finisterre nos abandonaron,
quitndonos la ocasin de vencer si nos auxiliaran a tiempo. Adems hay
otras razones, que yo expuse en el consejo, y son que la estacin
avanza; que la posicin ms ventajosa para nosotros es permanecer en la
baha, obligndoles a un bloqueo que no podrn resistir, mayormente si
bloquean tambin a Toln y a Cartagena. Es preciso que confesemos con
dolor la superioridad de la marina inglesa, por la perfeccin del
armamento, por la excelente dotacin de sus buques y, sobre todo, por la
unidad con que operan sus escuadras. Nosotros, con gente en gran parte
menos diestra, con armamento imperfecto y mandados por un jefe que
descontenta a todos, podramos, sin embargo, hacer la guerra a la
defensiva dentro de la baha. Pero ser preciso obedecer, conforme a la
ciega sumisin de la Corte de Madrid, y poner barcos y marinos a merced
de los planes de Bonaparte, que no nos ha dado en cambio de esta
esclavitud un jefe digno de tantos sacrificios. Saldremos, si se empea
Villeneuve; pero si los resultados son desastrosos, quedar consignada
para descargo nuestro la oposicin que hemos hecho al insensato proyecto
del jefe de la escuadra combinada. Villeneuve se ha entregado a la
desesperacin; su amo le ha dicho cosas muy duras, y la noticia de que
va a ser relevado le induce a cometer las mayores locuras, esperando
reconquistar en un da su perdida reputacin por la victoria o por la
muerte.

As se expres el amigo de mi amo. Sus palabras hicieron en m grande
impresin, pues con ser nio, yo prestaba gran inters a aquellos
sucesos, y despus, leyendo en la historia lo mismo de que fui testigo,
he auxiliado mi memoria con datos autnticos, y puedo narrar con
bastante exactitud.

Cuando Churruca se march, Doa Flora y mi amo hicieron de l grandes
elogios, encomiando sobre todo su expedicin a la Amrica Meridional,
para hacer el mapa de aquellos mares. Segn les o decir, los mritos de
Churruca como sabio y como marino eran tantos, que el mismo Napolen le
hizo un precioso regalo y le colm de atenciones. Pero dejemos al marino
y volvamos a Doa Flora.

A los dos das de estar all not un fenmeno que me disgust
sobremanera, y fue que la prima de mi amo comenz a prendarse de m, es
decir, que me encontr pintiparado para ser su paje. No cesaba de
hacerme toda clase de caricias, y al saber que yo tambin iba a la
escuadra, se lament de ello, jurando que sera una lstima que
perdiese un brazo, pierna o alguna otra parte no menos importante de mi
persona, si no perda la vida. Aquella antipatritica compasin me
indign, y aun creo que dije algunas palabras para expresar que estaba
inflamado en guerrero ardor. Mis baladronadas hicieron gracia a la
vieja, y me dio mil golosinas para quitarme el mal humor.

Al da siguiente me oblig a limpiar la; discreto animal, que hablaba
como un telogo y nos despertaba a todos por la maana, gritando:
_perro ingls, perro ingls_. Luego me llev consigo a misa,
hacindome cargar la banqueta, y en la iglesia no cesaba de volver la
cabeza para ver si estaba por all. Despus me hizo asistir a su
tocador, ante cuya operacin me qued espantado, viendo el catafalco de
rizos y moos que el peluquero arm en su cabeza. Advirtiendo el
indiscreto estupor con que yo contemplaba la habilidad del maestro,
verdadero arquitecto de las cabezas, Doa Flora se ri mucho, y me dijo
que en vez de pensar en ir a la escuadra, deba quedarme con ella para
ser su paje; aadi que deba aprender a peinarla, y que con el oficio
de maestro peluquero poda ganarme la vida y ser un verdadero
personaje.

No me sedujeron tales proposiciones, y le dije con cierta rudeza que ms
quera ser soldado que peluquero. Esto le agrad; y como le daba el
peine por las cosas patriticas y militares, redobl su afecto hacia m.
A pesar de que all se me trataba con mimo, confieso que me cargaba a
ms no poder la tal Doa Flora, y que a sus almibaradas finezas prefera
los rudos pescozones de mi iracunda Doa Francisca.

Era natural: su intempestivo cario, sus dengues, la insistencia con que
solicitaba mi compaa, diciendo que le encantaba mi conversacin y
persona, me impedan seguir a mi amo en sus visitas a bordo. Le
acompaaba en tan dulce ocupacin un criado de su prima, y en tanto yo,
sin libertad para correr por Cdiz, como hubiera deseado, me aburra en
la casa, en compaa del loro de Doa Flora y de los seores que iban
all por las tardes a decir si saldra o no la escuadra, y otras cosas
menos manoseadas, si bien ms frvolas.

Mi disgusto lleg a la desesperacin cuando vi que Marcial vena a casa
y que con l iba mi amo a bordo, aunque no para embarcarse
definitivamente; y cuando esto ocurra, y cuando mi alma atribulada
acariciaba an la dbil esperanza de formar parte de aquella
expedicin, Doa Flora se empe en llevarme a pasear a la alameda, y
tambin al Carmen a rezar vsperas.

Esto me era insoportable, tanto ms cuanto que yo soaba con poner en
ejecucin cierto atrevido proyectillo, que consista en ir a visitar por
cuenta propia uno de los navos, llevado por algn marinero conocido,
que esperaba encontrar en el muelle. Sal con la vieja, y al pasar por
la muralla detename para ver los barcos; mas no me era posible
entregarme a las delicias de aquel espectculo, por tener que contestar
a las mil preguntas de Doa Flora, que ya me tena mareado. Durante el
paseo se le unieron algunos jvenes y seores mayores. Parecan muy
encopetados, y eran las personas a la moda en Cdiz, todos muy discretos
y elegantes. Alguno de ellos era poeta, o, mejor dicho, todos hacan
versos, aunque malos, y me parece que les o hablar de cierta Academia
en que se reunan para tirotearse con sus estrofas, entretenimiento que
no haca dao a nadie.

Como yo observaba todo, me fij en la extraa figura de aquellos
hombres, en sus afeminados gestos y, sobre todo, en sus trajes, que me
parecieron extravagantsimos. No eran muchas las personas que vestan
de aquella manera en Cdiz, y pensando despus en la diferencia que
haba entre aquellos arreos y los ordinarios de la gente que yo haba
visto siempre, comprend que consista en que stos vestan a la
espaola, y los amigos de Doa Flora conforme a la moda de Madrid y de
Pars. Lo que primero atrajo mis miradas fue la extraeza de sus
bastones, que eran unos garrotes retorcidos y con gruessimos nudos. No
se les vea la barba, porque la tapaba la corbata, especie de chal, que
dando varias vueltas alrededor del cuello y prolongndose ante los
labios, formaba una especie de cesta, una bandeja, o ms bien baca en
que descansaba la cara. El peinado consista en un artificioso desorden,
y ms que con peine, pareca que se lo haban aderezado con una escoba;
las puntas del sombrero les tocaban los hombros; las casacas, altsimas
de talle, casi barran el suelo con sus faldones; las botas terminaban
en punta; de los bolsillos de su chaleco pendan multitud de dijes y
sellos; sus calzones listados se atacaban a la rodilla con un enorme
lazo, y para que tales figuras fueran completos mamarrachos, todos
llevaban un lente, que durante la conversacin acercaban repetidas veces
al ojo derecho, cerrando el siniestro, aunque en entrambos tuvieran muy
buena vista.

La conversacin de aquellos personajes vers sobre la salida de la
escuadra, alternando con este asunto la relacin de no s qu baile o
fiesta que ponderaron mucho, siendo uno de ellos objeto de grandes
alabanzas por lo bien que haca trenzas con sus ligeras piernas bailando
la gavota.

Despus de haber charlado mucho, entraron con Doa Flora en la iglesia
del Carmen, y all, sacando cada cual su rosario, rezaron que se las
pelaban un buen espacio de tiempo, y alguno de ellos me aplic
lindamente un coscorrn en la coronilla, porque en vez de orar tan
devotamente como ellos, prestaba demasiada atencin a dos moscas que
revoloteaban alrededor del rizo culminante del peinado de Doa Flora.
Salimos, despus de haber odo un enojoso sermn, que ellos celebraron
como obra maestra; paseamos de nuevo; continu la charla ms vivamente,
porque se nos unieron unas damas vestidas por el mismo estilo, y entre
todos se arm tan ruidosa algazara de galanteras, frases y sutilezas,
mezcladas con algn verso insulso, que no puedo recordarlas.

Y en tanto Marcial y mi querido amo trataban de fijar da y hora para
trasladarse definitivamente a bordo! Y yo estaba expuesto a quedarme
en tierra, sujeto a los antojos de aquella vieja que me empalagaba con
su insulso cario! Creern ustedes que aquella noche insisti en que
deba quedarme para siempre a su servicio? Creern ustedes que asegur
que me quera mucho, y me dio como prueba algunos afectuosos abrazos y
besos, ordenndome que no lo dijera a nadie? Horribles contradicciones
de la vida!, pensaba yo al considerar cun feliz habra sido si mi amita
me hubiera tratado de aquella manera. Yo, turbado hasta lo sumo, le dije
que quera ir a la escuadra, y que cuando volviese me podra querer a su
antojo; pero que si no me dejaba realizar mi deseo, la aborrecera tanto
as, y extend los brazos para expresar una cantidad muy grande de
aborrecimiento.

Luego, como entrase inesperadamente mi amo, yo, juzgando llegada la
ocasin de lograr mi objeto por medio de un arranque oratorio, que haba
cuidado de preparar, me arrodill delante de l, dicindole en el tono
ms pattico que si no me llevaba a bordo, me arrojara desesperado al
mar.

Mi amo se ri de la ocurrencia; su prima, haciendo mimos con la boca,
fingi cierta hilaridad que le afeaba el rostro amojamado, y consinti
al fin. Diome mil golosinas para que comiese a bordo; me encarg que
huyese de los sitios de peligro, y no dijo una palabra ms contraria a
mi embarque, que se verific a la maana siguiente muy temprano.




-IX-


Octubre era el mes, y 18 el da. De esta fecha no me queda duda, porque
al da siguiente sali la escuadra. Nos levantamos muy temprano y fuimos
al muelle, donde esperaba un bote que nos condujo a bordo.

Figrense ustedes cul sera mi estupor, qu digo estupor!, mi
entusiasmo, mi enajenacin, cuando me vi cerca del _Santsima
Trinidad_, el mayor barco del mundo, aquel alczar de madera, que
visto de lejos se representaba en mi imaginacin como una fbrica
portentosa, sobrenatural, nico monstruo digno de la majestad de los
mares. Cuando nuestro bote pasaba junto a un navo, yo le examinaba con
cierto religioso asombro, admirado de ver tan grandes los cascos que me
parecan tan pequeitos desde la muralla; en otras ocasiones me parecan
ms chicos de lo que mi fantasa los haba forjado. El inquieto
entusiasmo de que estaba posedo me expuso a caer al agua cuando
contemplaba con arrobamiento un figurn de proa, objeto que ms que
otro alguno fascinaba mi atencin.

Por fin llegamos al _Trinidad_. A medida que nos acercbamos,
las formas de aquel coloso iban aumentando, y cuando la lancha se puso
al costado, confundida en el espacio de mar donde se proyectaba, cual en
negro y horrible cristal, la sombra del navo; cuando vi cmo se
sumerga el inmvil casco en el agua sombra que azotaba suavemente los
costados; cuando alc la vista y vi las tres filas de caones asomando
sus bocas amenazadoras por las portas, mi entusiasmo se troc en miedo,
pseme plido, y qued sin movimiento asido al brazo de mi amo.

Pero en cuanto subimos y me hall sobre cubierta, se me ensanch el
corazn. La airosa y altsima arboladura, la animacin del alczar, la
vista del cielo y la baha, el admirable orden de cuantos objetos
ocupaban la cubierta, desde los coys[4] puestos en fila sobre la obra
muerta, hasta los cabrestantes, bombas, mangas, escotillas; la variedad
de uniformes; todo, en fin, me suspendi de tal modo, que por un buen
rato estuve absorto en la contemplacin de tan hermosa mquina, sin
acordarme de nada ms.

[Nota 4: cois en el original (N. del E.)]

Los presentes no pueden hacerse cargo de aquellos magnficos barcos, ni
menos del _Santsima Trinidad_, por las malas estampas en que
los han visto representados. Tampoco se parecen nada a los buques
guerreros de hoy, cubiertos con su pesado arns de hierro, largos,
montonos, negros, y sin accidentes muy visibles en su vasta extensin,
por lo cual me han parecido a veces inmensos atades flotantes. Creados
por una poca positivista, y adecuados a la ciencia nutico-militar de
estos tiempos, que mediante el vapor ha anulado las maniobras, fiando el
xito del combate al poder y empuje de los navos, los barcos de hoy son
simples mquinas de guerra, mientras los de aquel tiempo eran el
guerrero mismo, armado de todas armas de ataque y defensa, pero
confiando principalmente en su destreza y valor.

Yo, que observo cuanto veo, he tenido siempre la costumbre de asociar,
hasta un extremo exagerado, ideas con imgenes, cosas con personas,
aunque pertenezcan a las ms inasociables categoras. Viendo ms tarde
las catedrales llamadas gticas de nuestra Castilla, y las de Flandes, y
observando con qu imponente majestad se destaca su compleja y sutil
fbrica entre las construcciones del gusto moderno, levantadas por la
utilidad, tales como bancos, hospitales y cuarteles, no he podido menos
de traer a la memoria las distintas clases de naves que he visto en mi
larga vida, y he comparado las antiguas con las catedrales gticas. Sus
formas, que se prolongan hacia arriba; el predominio de las lneas
verticales sobre las horizontales; cierto inexplicable idealismo, algo
de histrico y religioso a la vez, mezclado con la complicacin de
lneas y el juego de colores que combina a su capricho el sol, han
determinado esta asociacin extravagante, que yo me explico por la
huella de romanticismo que dejan en el espritu las impresiones de la
niez.

El _Santsima Trinidad_ era un navo de cuatro puentes. Los
mayores del mundo eran de tres. Aquel coloso, construido en La Habana,
con las ms ricas maderas de Cuba en 1769, contaba treinta y seis aos
de honrosos servicios. Tena 220 pies (61 metros) de eslora, es decir,
de popa a proa; 58 pies de manga (ancho), y 28 de puntal (altura desde
la quilla a la cubierta), dimensiones extraordinarias que entonces no
tena ningn buque del mundo. Sus poderosas cuadernas, que eran un
verdadero bosque, sustentaban cuatro pisos. En sus costados, que eran
fortsimas murallas de madera, se haban abierto al construirlo 116
troneras: cuando se le reform, agradndolo en 1796, se le abrieron
130, y artillado de nuevo en 1805, tena sobre sus costados, cuando yo
le vi, 140 bocas de fuego, entre caones y carronadas. El interior era
maravilloso por la distribucin de los diversos compartimientos, ya
fuesen puentes para la artillera, sollados para la tripulacin, paoles
para depsitos de vveres, cmaras para los jefes, cocinas, enfermera y
dems servicios. Me qued absorto recorriendo las galeras y dems
escondrijos de aquel Escorial de los mares. Las cmaras situadas a popa
eran un pequeo palacio por dentro, y por fuera una especie de
fantstico alczar; los balconajes, los pabellones de las esquinas de
popa, semejantes a las linternas de un castillo ojival, eran como
grandes jaulas abiertas al mar, y desde donde la vista poda recorrer
las tres cuartas partes del horizonte.

Nada ms grandioso que la arboladura, aquellos mstiles gigantescos,
lanzados hacia el cielo, como un reto a la tempestad. Pareca que el
viento no haba de tener fuerza para impulsar sus enormes gavias. La
vista se mareaba y se perda contemplando la inmensa madeja que formaban
en la arboladura los obenques, estis, brazas, burdas, amantillos y
drizas que servan para sostener y mover el velamen.

Yo estaba absorto en la contemplacin de tanta maravilla, cuando sent
un fuerte golpe en la nuca. Cre que el palo mayor se me haba cado
encima. Volv la vista atontado y lanc una exclamacin de horror al ver
a un hombre que me tiraba de las orejas como si quisiera levantarme en
el aire. Era mi to.

Qu buscas t aqu, lombriz?--me dijo en el suave tono que le era
habitual--. Quieres aprender el oficio? Oye, Juan--aadi dirigindose
a un marinero de feroz aspecto--, sbeme a este galpago a la verga
mayor para que se pasee por ella.

Yo elud como pude el compromiso de pasear por la verga, y le expliqu
con la mayor cortesa que hallndome al servicio de D. Alonso Gutirrez
de Cisniega, haba venido a bordo en su compaa. Tres o cuatro
marineros, amigos de mi simptico to, quisieron maltratarme, por lo que
resolv alejarme de tan distinguida sociedad, y me march a la cmara en
busca de mi amo. Los oficiales hacan su tocado, no menos difcil a
bordo que en tierra, y cuando yo vea a los pajes ocupados en empolvar
las cabezas de los hroes a quienes servan, me pregunt si aquella
operacin no era la menos a propsito dentro de un buque, donde todos
los instantes son preciosos y donde estorba siempre todo lo que no sea
de inmediata necesidad para el servicio.

Pero la moda era entonces tan tirana como ahora, y aun en aquel tiempo
impona de un modo apremiante sus enfadosas ridiculeces. Hasta el
soldado tena que emplear un tiempo precioso en hacerse el coleto.
Pobres hombres! Yo les vi puestos en fila unos tras otros, arreglando
cada cual el coleto del que tena delante, medio ingenioso que remataba
la operacin en poco tiempo. Despus se encasquetaban el sombrero de
pieles, pesada mole, cuyo objeto nunca me pude explicar, y luego iban a
sus puestos si tenan que hacer guardia, o a pasearse por el combs si
estaban libres de servicio. Los marineros no usaban aquel ridculo
apndice capilar, y su sencillo traje me parece que no se ha modificado
mucho desde aquella fecha.

En la cmara, mi amo hablaba acaloradamente con el comandante del buque,
Don Francisco Javier de Uriarte, y con el jefe de escuadra, Don Baltasar
Hidalgo de Cisneros. Segn lo poco que o, no me qued duda de que el
General francs haba dado orden de salida para la maana siguiente.

Esto alegr mucho a Marcial, que junto con otros viejos marineros en el
castillo de proa, disertaba ampulosamente sobre el prximo combate. Tal
sociedad me agradaba ms que la de mi interesante to, porque los
colegas de Medio-hombre no se permitan bromas pesadas con mi persona.
Esta sola diferencia haca comprender la diversa procedencia de los
tripulantes, pues mientras unos eran marineros de pura raza, llevados
all por la matrcula o enganche voluntario, los otros eran gente de
leva, casi siempre holgazana, dscola, de perversas costumbres, y mal
conocedora del oficio.

Con los primeros haca yo mejores migas que con los segundos, y asista
a todas las conferencias de Marcial. Si no temiera cansar al lector, le
referira la explicacin que ste dio de las causas diplomticas y
polticas de la guerra, parafraseando del modo ms cmico posible lo que
haba odo algunas noches antes de boca de Malespina en casa de mis
amos. Por l supe que el novio de mi amita se haba embarcado en el.

Todas las conferencias terminaban en un solo punto, el prximo combate.
La escuadra deba salir al da siguiente, qu placer! Navegar en aquel
gigantesco barco, el mayor del mundo; presenciar una batalla en medio de
los mares; ver cmo era la batalla, cmo se disparaban los caones, cmo
se apresaban los buques enemigos... qu hermosa fiesta!, y luego
volver a Cdiz cubiertos de gloria... Decir a cuantos quisieran orme:
yo estuve en la escuadra, lo vi todo..., decrselo tambin a mi amita,
contndole la grandiosa escena, y excitando su atencin, su curiosidad,
su inters... decirle tambin: yo me hall en los sitios de mayor
peligro, y no temblaba por eso; ver cmo se altera, cmo palidece y se
asusta oyendo referir los horrores del combate, y luego mirar con desdn
a todos los que digan: contad, Gabrielito, esa cosa tan tremenda!...
Oh!, esto era ms de lo que necesitaba mi imaginacin para
enloquecer... Digo francamente que en aquel da no me hubiera cambiado
por Nelson.

Amaneci el 19, que fue para m felicsimo, y no haba an amanecido,
cuando yo estaba en el alczar de popa con mi amo, que quiso presenciar
la maniobra. Despus del baldeo comenz la operacin de. Se izaron las
grandes gavias, y el pesado molinete, girando con su agudo chirrido,
arrancaba la poderosa ncora del fondo de la baha. Corran los
marineros por las vergas; manejaban otros las brazas, prontos a la voz
del contramaestre, y todas las voces del navo, antes mudas, llenaban el
aire con espantosa algaraba. Los pitos, la campana de proa, el
discorde concierto de mil voces humanas, mezcladas con el rechinar de
los motones; el crujido de los cabos, el trapeo de las velas azotando
los palos antes de henchirse impelidas por el viento, todos estos
variados sones acompaaron los primeros pasos del colosal navo.

Pequeas olas acariciaban sus costados, y la mole majestuosa comenz a
deslizarse por la baha sin dar la menor cabezada, sin ningn vaivn de
costado, con marcha grave y solemne, que slo poda apreciarse
comparativamente, observando la traslacin imaginaria de los buques
mercantes anclados y del paisaje.

Al mismo tiempo se diriga la vista en derredor, y qu espectculo,
Dios mo!, treinta y dos navos, cinco fragatas y dos bergantines, entre
espaoles y franceses, colocados delante, detrs y a nuestro costado, se
cubran de velas y marchaban tambin impelidos por el escaso viento. No
he visto maana ms hermosa. El sol inundaba de luz la magnfica rada;
un ligero matiz de prpura tea la superficie de las aguas hacia
Oriente, y la cadena de colinas y lejanos montes que limitan el
horizonte hacia la parte del Puerto permanecan an encendidos por el
fuego de la pasada aurora; el cielo limpio apenas tena algunas nubes
rojas y doradas por Levante; el mar azul estaba tranquilo, y sobre este
mar y bajo aquel cielo las cuarenta velas, con sus blancos velmenes,
emprendan la marcha, formando el ms vistoso escuadrn que puede
presentarse ante humanos ojos.

No andaban todos los bajeles con igual paso. Unos se adelantaban, otros
tardaron mucho en moverse; pasaban algunos junto a nosotros, mientras
los haba que se quedaban detrs. La lentitud de su marcha; la altura de
su aparejo, cubierto de lona; cierta misteriosa armona que mis odos de
nio perciban como saliendo de los gloriosos cascos, especie de himno
que sin duda resonaba dentro de m mismo; la claridad del da, la
frescura del ambiente, la belleza del mar, que fuera de la baha pareca
agitarse con gentil alborozo a la aproximacin de la flota, formaban el
ms imponente cuadro que puede imaginarse.

Cdiz, en tanto, como un panorama giratorio, se escorzaba a nuestra
vista presentndonos sucesivamente las distintas facetas de su vasto
circuito. El sol, encendiendo los vidrios de sus mil miradores,
salpicaba la ciudad con polvos de oro, y su blanca mole se destacaba
tan limpia y pura sobre las aguas, que pareca haber sido creada en
aquel momento, o sacada del mar como la fantstica ciudad de San Genaro.
Vi el desarrollo de la muralla desde el muelle hasta el castillo de
Santa Catalina; reconoc el baluarte del Bonete, el baluarte del Orejn,
la Caleta, y me llen de orgullo considerando de dnde haba salido y
dnde estaba.

Al mismo tiempo llegaba a mis odos como msica misteriosa el son de las
campanas de la ciudad medio despierta, tocando a misa, con esa algazara
charlatana de las campanas de un gran pueblo. Ya expresaban alegra,
como un saludo de buen viaje, y yo escuchaba el rumor cual si fuese de
humanas voces que nos daban la despedida; ya me parecan sonar tristes y
acongojadas anuncindonos una desgracia, y a medida que nos alejbamos,
aquella msica se iba apagando hasta que se extingui difundida en el
inmenso espacio.

La escuadra sala lentamente: algunos barcos emplearon muchas horas para
hallarse fuera. Marcial, durante la salida, iba haciendo comentarios
sobre cada buque, observando su marcha, motejndoles si eran pesados,
animndoles con paternales consejos si eran ligeros y zarpaban pronto.
Qu pesado est D. Federico!--deca observando el _Prncipe de
Asturias_, mandado por Gravina--. All va _Mr.
Corneta_--exclamaba mirando al _Bucentauro_, navo
general--. Bien _haiga_ quien te puso _Rayo_--deca
irnicamente mirando al navo de este nombre, que era el ms pesado de
toda la escuadra...--Bien por _pap Ignacio_--aada
dirigindose al _Santa Ana_, que montaba lava--. Echa toda la
gavia, pedazo de tonina--deca contemplando el navo de Dumanoir--;
este gabacho tiene un peluquero para rizar la gavia, y carga las velas
con tenacillas.

El cielo se enturbi por la tarde, y al anochecer, hallndonos ya a gran
distancia, vimos a Cdiz perderse poco a poco entre la bruma, hasta que
se confundieron con las tintas de la noche sus ltimos contornos. La
escuadra tom rumbo al Sur.

Por la noche no me separ de l, una vez que dej a mi amo muy bien
arrellanado en su camarote. Rodeado de dos colegas y admiradores, les
explicaba el plan de Villeneuve del modo siguiente:

Mr. Corneta ha dividido la escuadra en cuatro cuerpos. La vanguardia,
que es mandada por lava, tiene siete navos; el centro, que lleva siete
y lo manda Mr. Corneta en persona; la retaguardia, tambin de siete,
que va mandada por Dumanoir, y el cuerpo de reserva, compuesto de doce
navos, que manda Don Federico. No me parece que est esto mal pensado.
Por supuesto que van los barcos espaoles mezclados con los gabachos,
para que no nos dejen en las astas del toro, como sucedi en Finisterre.

Segn me ha referido D. Alonso, el francs ha dicho que si el enemigo
se nos presenta a sotavento, formaremos la lnea de batalla y caeremos
sobre l... Esto est muy guapo, dicho en el camarote; pero ya... El
_Seorito_ va a ser tan buey que se nos presente a
sotavento?... S, porque tiene poco _farol_ (inteligencia) su
seora para dejarse pescar as... _Veremos a ver si vemos_ lo
que espera el francs... Si el enemigo se presenta a barlovento y nos
ataca, debemos esperarle en lnea de batalla; y como tendr que
dividirse para atacarnos, si no consigue romper nuestra lnea, nos ser
muy fcil vencerle. A ese seor todo le parece fcil. (Rumores.) Dice
tambin que no har seales y que todo lo espera de cada capitn. Si
iremos a ver lo que yo vengo predicando desde que se hicieron esos
malditos tratados de _sursillos_, y es que... ms vale
callar... quiera Dios...! Ya les he dicho a ustedes que Mr. Corneta no
sabe lo que tiene entre manos, y que no le caben cincuenta barcos en la
cabeza. Cuidado con un almirante que llama a sus capitanes el da antes
de una batalla, y les dice que haga cada uno lo que le diere la gana...
_Pos p eso_... (Grandes muestras de asentimiento.) En fin,
all veremos... Pero vengan ac ustedes y dganme: si nosotros los
espaoles queremos defondar a unos cuantos barcos ingleses, no nos
bastamos y nos sobramos para ello? Pues a _cuenta qu_ hemos
de juntarnos con franceses que no nos dejan hacer lo que nos _sale
de dentro_, sino que hemos de ir al remolque de sus seoras?
_Siempre di cuando_ fuimos con ellos, _siempre di
cuando_ salimos _destaponados_... En fin... Dios y la
Virgen del Carmen vayan con nosotros, y nos libren de amigos franceses
por siempre jams amn. (Grandes aplausos.)

Todos asintieron a su opinin. Su conferencia dur hasta hora avanzada,
elevndose desde la profesin naval hasta la ciencia diplomtica. La
noche fue serena y navegbamos con viento fresco. Se me permitir que al
hablar de la escuadra diga _nosotros_. Yo estaba tan orgulloso
de encontrarme a bordo del _Santsima Trinidad_, que me llegu
a figurar que iba a desempear algn papel importante en tan alta
ocasin, y por eso no dejaba de gallardearme con los marineros,
hacindoles ver que yo estaba all para alguna cosa til.




-X-


Al amanecer del da 20, el viento soplaba con mucha fuerza, y por esta
causa los navos estaban muy distantes unos de otros. Mas habindose
calmado el viento poco despus de medioda, el buque almirante hizo
seales de que se formasen las: vanguardia, centro, retaguardia y los
dos cuerpos que componan la reserva.

Yo me deleitaba viendo cmo acudan dcilmente a la formacin aquellas
moles, y aunque, a causa de la diversidad de sus condiciones marineras,
las maniobras no eran muy rpidas y las lneas formadas poco perfectas,
siempre causaba admiracin contemplar aquel ejercicio. El viento soplaba
del SO., segn dijo Marcial, que lo haba profetizado desde por la
maana, y la escuadra, recibindole por estribor, march en direccin
del Estrecho. Por la noche se vieron algunas luces, y al amanecer del 21
vimos veintisiete navos por barlovento, entre los cuales Marcial
design siete de tres puentes. A eso de las ocho, los treinta y tres
barcos de la flota enemiga estaban a la vista formados en dos columnas.
Nuestra escuadra formaba una largusima lnea, y segn las apariencias,
las dos columnas de, dispuestas en forma de cua, avanzaban como si
quisieran cortar nuestra lnea por el centro y retaguardia.

Tal era la situacin de ambos contendientes, cuando el
_Bucentauro_ hizo seal de virar en redondo. Ustedes quiz no
entiendan esto; pero les dir que consista en variar diametralmente de
rumbo, es decir, que si antes el viento impulsaba nuestros navos por
estribor, despus de aquel movimiento nos daba por babor, de modo que
marchbamos en direccin casi opuesta a la que antes tenamos. Las proas
se dirigan al Norte, y este movimiento, cuyo objeto era tener a Cdiz
bajo el viento, para arribar a l en caso de desgracia, fue muy
criticado a bordo del _Trinidad_, y especialmente por Marcial,
que deca:

Ya se _esparrancl_ la lnea de batalla, que antes era mala y
ahora es peor.

Efectivamente, la vanguardia se convirti en retaguardia, y la escuadra
de reserva, que era la mejor, segn o decir, qued a la cola. Como el
viento era flojo, los barcos de diversa andadura y la tripulacin poco
diestra, la nueva lnea no pudo formarse ni con rapidez ni con
precisin: unos navos andaban muy a prisa y se precipitaban sobre el
delantero; otros marchaban poco, rezagndose, o se desviaban, dejando un
gran claro que rompa la lnea, antes de que el enemigo se tomase el
trabajo de hacerlo.

Se mand restablecer el orden; pero por obediente que sea un buque, no
es tan fcil de manejar como un caballo. Con este motivo, y observando
las maniobras de los barcos ms cercanos, Medio-hombre deca:

La lnea es ms larga que el camino de Santiago. Si el
_Seorito_ la corta, adis mi bandera: perderamos hasta el
modo de andar, _manque_ los pelos se nos hicieran caones.
Seores, nos van a dar julepe por el centro. Cmo pueden venir a
ayudarnos el _San Juan_ y el _Bahama_, que estn a
la cola, ni el _Neptuno_ ni el _Rayo_, que estn a
la cabeza? (Rumores de aprobacin.) Adems, estamos a sotavento, y los
casacones pueden elegir el punto que quieran para atacarnos. Bastante
haremos nosotros con defendernos como podamos. Lo que digo es que Dios
nos saque bien, y nos libre de franceses por siempre jams amn Jess.

El sol avanzaba hacia el zenit, y el enemigo estaba ya encima.

Les parece a ustedes que sta es hora de empezar un combate? Las doce
del da! exclamaba con ira el marinero aunque no se atreva a hacer
demasiado pblica su demostracin, ni estas conferencias pasaban de un
pequeo crculo, dentro del cual yo, llevado de mi sempiterna insaciable
curiosidad, me haba injerido.

No s por qu me pareci advertir en todos los semblantes cierta
expresin de disgusto. Los oficiales en el alczar de popa y los
marineros y contramaestres en el de proa, observaban los navos
sotaventados y fuera de lnea, entre los cuales haba cuatro
pertenecientes al centro.

Se me haba olvidado mencionar una operacin preliminar del combate, en
la cual tom parte. Hecho por la maana el zafarrancho, preparado ya
todo lo concerniente al servicio de piezas y lo relativo a maniobras, o
que dijeron:

La arena, extender la arena.

Marcial me tir de la oreja, y llevndome a una escotilla, me hizo
colocar en lnea con algunos marinerillos de leva, grumetes y gente de
poco ms o menos. Desde la escotilla hasta el fondo de la bodega se
haban colocado, escalonados en los entrepuentes, algunos marineros, y
de este modo iban sacando los sacos de arena. Uno se lo daba al que
tena al lado, ste al siguiente, y de este modo se sacaba rpidamente y
sin trabajo cuanto se quisiera. Pasando de mano en mano, subieron de la
bodega multitud de sacos, y mi sorpresa fue grande cuando vi que los
vaciaban sobre la cubierta, sobre el alczar y castillos, extendiendo la
arena hasta cubrir toda la superficie de los tablones. Lo mismo hicieron
en los entrepuentes. Por satisfacer mi curiosidad, pregunt al grumete
que tena al lado.

Es para la sangre--me contest con indiferencia.

--Para la sangre! repet yo sin poder reprimir un estremecimiento de
terror.

Mir la arena; mir a los marineros, que con gran algazara se ocupaban
en aquella faena, y por un instante me sent cobarde. Sin embargo, la
imaginacin, que entonces predominaba en m, alej de mi espritu todo
temor, y no pens ms que en triunfos y agradables sorpresas.

El servicio de los caones estaba listo, y advert tambin que las
municiones pasaban de los paoles al entrepuente por medio de una cadena
humana semejante a la que haba sacado la arena del fondo del buque.
Los ingleses avanzaban para atacarnos en dos grupos. Uno se diriga
hacia nosotros, y traa en su cabeza, o en el vrtice de la cua, un
gran navo con insignia de almirante. Despus supe que era el
_Victory_ y que lo mandaba Nelson. El otro traa a su frente
el _Royal Sovereign_, mandado por Collingwood.

Todos estos hombres, as como las particularidades estratgicas del
combate, han sido estudiados por m ms tarde.

Mis recuerdos, que son clarsimos en todo lo pintoresco y material,
apenas me sirven en lo relativo a operaciones que entonces no
comprenda. Lo que o con frecuencia de boca de Marcial, unido a lo que
despus he sabido, pudo darme a conocer la formacin de nuestra
escuadra; y para que ustedes lo comprendan bien, les pongo aqu una
lista de nuestros navos, indicando los desviados, que dejaban un claro,
la nacionalidad y la forma en que fuimos atacados. Poco ms o menos, era
as:


                              +----------------------+
                              |                    V |
                              |Neptuno. E.         A |
                              |Scipin. F.         G |
                              |Rayo. E.            U |
                              |Formidable. F.      A |
                              |--Duguay. F.        R |
                              |Mont-Blanc. E       D |
                              |Ass. E.            I |
                              |                    A |
                              |----------------------|
                              |                      |
                              |----------------------|
                              |Agustn. F.           |
                              |Hros. F.           C |
PRIMER CUERPO                 |Trinidad. E.        E |
MANDADO POR NELSON            |Bucentauro. F.      N |
Victory====================>  |--Neptune. F.       T |
                              |Redoutable.F.       R |
                              |Intrpide. F.       O |
                              |--Leandro. E.         |
                              |----------------------|
                              |                      |
                              |----------------------|
                              |                    R |
SEGUNDO CUERPO                |--Justo. E.         E |
MANDADO POR COLLINGWOOD       |--Indomptable. F.   T |
Royal Sovereign=============> |Santa Ana. E.       A |
                              |Fougueux. F.        G |
                              |Monarca. E.         U |
                              |Pluton. F.          A |
                              |                    R |
                              |                    D |
                              |                    I |
                              |                    A |
                              |----------------------|
                              |                      |
                              |----------------------|
                              |Bahama. E.          R |
                              |--Aigle. F.         E |
                              |Montas. E.        S |
                              |Algeciras. E.       E |
                              |Argonauta. E.       R |
                              |Swift-Sure. F.      V |
                              |--Argonaute. F.     A |
                              |Ildefonso. E.         |
                              |--Achilles. F.        |
                              |Prncipe de Asturias.E|
                              |Berwick. F.           |
                              |Nepomuceno. E.        |
                              +----------------------+



Eran las doce menos cuarto. El terrible instante se aproximaba. La
ansiedad era general, y no digo esto juzgando por lo que pasaba en mi
espritu, pues atento a los movimientos del navo en que se deca estaba
Nelson, no pude por un buen rato darme cuenta de lo que pasaba a mi
alrededor.

De repente nuestro comandante dio una orden terrible. La repitieron los
contramaestres. Los marineros corrieron hacia los cabos, chillaron los
motones, trapearon las gavias.

En facha, en facha!--exclam Marcial, lanzando con energa un
juramento--. Ese condenado se nos quiere meter por la popa.

Al punto comprend que se haba mandado detener la marcha del
_Trinidad_ para estrecharle contra el _Bucentauro_,
que vena detrs, porque el _Victory_ pareca venir dispuesto
a cortar la lnea por entre los dos navos.

Al ver la maniobra de nuestro buque, pude observar que gran parte de la
tripulacin no tena toda aquella desenvoltura propia de los marineros,
familiarizados como Marcial con la guerra y con la tempestad. Entre los
soldados vi algunos que sentan el malestar del mareo, y se agarraban a
los obenques para no caer. Verdad es que haba gente muy decidida,
especialmente en la clase de voluntarios; pero por lo comn todos eran
de leva, obedecan las rdenes como de mala gana, y estoy seguro de que
no tenan ni el ms leve sentimiento de patriotismo. No les hizo dignos
del combate ms que el combate mismo, como advert despus. A pesar del
distinto temple moral de aquellos hombres, creo que en los solemnes
momentos que precedieron al primer caonazo, la idea de Dios estaba en
todas las cabezas.

Por lo que a m toca, en toda la vida ha experimentado mi alma
sensaciones iguales a las de aquel momento. A pesar de mis pocos aos,
me hallaba en disposicin de comprender la gravedad del suceso, y por
primera vez, despus que exista, altas concepciones, elevadas imgenes
y generosos pensamientos ocuparon mi mente. La persuasin de la victoria
estaba tan arraigada en mi nimo, que me inspiraban cierta lstima los
ingleses, y les admiraba al verles buscar con tanto afn una muerte
segura.

Por primera vez entonces percib con completa claridad la idea de la
patria, y mi corazn respondi a ella con espontneos sentimientos,
nuevos hasta aquel momento en mi alma. Hasta entonces la patria se me
representaba en las personas que gobernaban la nacin, tales como el Rey
y su clebre Ministro, a quienes no consideraba con igual respeto. Como
yo no saba ms historia que la que aprend en la Caleta, para m era de
ley que deba uno entusiasmarse al or que los espaoles haban matado
muchos moros primero, y gran pacotilla de ingleses y franceses despus.
Me representaba, pues, a mi pas como muy valiente; pero el valor que yo
conceba era tan parecido a la barbarie como un huevo a otro huevo. Con
tales pensamientos, el patriotismo no era para m ms que el orgullo de
pertenecer a aquella casta de matadores de moros.

Pero en el momento que precedi al combate, comprend todo lo que
aquella divina palabra significaba, y la idea de nacionalidad se abri
paso en mi espritu, iluminndolo y descubriendo infinitas maravillas,
como el sol que disipa la noche, y saca de la obscuridad un hermoso
paisaje. Me represent a mi pas como una inmensa tierra poblada de
gentes, todos fraternalmente unidos; me represent la sociedad dividida
en familias, en las cuales haba esposas que mantener, hijos que educar,
hacienda que conservar, honra que defender; me hice cargo de un pacto
establecido entre tantos seres para ayudarse y sostenerse contra un
ataque de fuera, y comprend que por todos haban sido hechos aquellos
barcos para defender la patria, es decir, el terreno en que ponan sus
plantas, el surco regado con su sudor, la casa donde vivan sus ancianos
padres, el huerto donde jugaban sus hijos, la colonia descubierta y
conquistada por sus ascendientes, el puerto donde amarraban su
embarcacin fatigada del largo viaje; el almacn donde depositaban sus
riquezas; la iglesia, sarcfago de sus mayores, habitculo de sus santos
y arca de sus creencias; la plaza, recinto de sus alegres pasatiempos;
el hogar domstico, cuyos antiguos muebles, transmitidos de generacin
en generacin, parecen el smbolo de la perpetuidad de las naciones; la
cocina, en cuyas paredes ahumadas parece que no se extingue nunca el eco
de los cuentos con que las abuelas amansan la travesura e inquietud de
los nietos; la calle, donde se ven desfilar caras amigas; el campo, el
mar, el cielo; todo cuanto desde el nacer se asocia a nuestra
existencia, desde el pesebre de un animal querido hasta el trono de
reyes patriarcales; todos los objetos en que vive prolongndose nuestra
alma, como si el propio cuerpo no le bastara.

Yo crea tambin que las cuestiones que Espaa tena con Francia o con
Inglaterra eran siempre porque alguna de estas naciones quera quitarnos
algo, en lo cual no iba del todo descaminado. Parecame, por tanto, tan
legtima la defensa como brutal la agresin; y como haba odo decir que
la justicia triunfaba siempre, no dudaba de la victoria. Mirando
nuestras banderas rojas y amarillas, los colores combinados que mejor
representan al fuego, sent que mi pecho se ensanchaba; no pude contener
algunas lgrimas de entusiasmo; me acord de Cdiz, de Vejer; me acord
de todos los espaoles, a quienes consideraba asomados a una gran
azotea, contemplndonos con ansiedad; y todas estas ideas y sensaciones
llevaron finalmente mi espritu hasta Dios, a quien dirig una oracin
que no era Padre-nuestro ni Ave-Mara, sino algo nuevo que a m se me
ocurri entonces. Un repentino estruendo me sac de mi arrobamiento,
hacindome estremecer con violentsima sacudida. Haba sonado el primer
caonazo.




-XI-


Un navo de la retaguardia dispar el primer tiro contra el _Royal
Sovereign_, que mandaba Collingwood. Mientras trababa combate con
este el _Santa Ana_, el _Victory_ se diriga contra
nosotros. En el _Trinidad_ todos demostraban gran ansiedad por
comenzar el fuego; pero nuestro comandante esperaba el momento ms
favorable. Como si unos navos se lo comunicaran a los otros, cual
piezas pirotcnicas enlazadas por una mecha comn, el fuego se corri
desde el _Santa Ana_ hasta los dos extremos de la lnea.

El _Victory_ atac primero al _Redoutable_ francs,
y rechazado por este, vino a quedar frente a nuestro costado por
barlovento. El momento terrible haba llegado: cien voces dijeron
_fuego_!, repitiendo como un eco infernal la del comandante,
y la andanada lanz cincuenta proyectiles sobre el navo ingls. Por un
instante el humo me quit la vista del enemigo. Pero ste, ciego de
coraje, se vena sobre nosotros viento en popa. Al llegar a tiro de
fusil, orz y nos descarg su andanada. En el tiempo que medi de uno a
otro disparo, la tripulacin, que haba podido observar el dao hecho al
enemigo, redobl su entusiasmo. Los caones se servan con presteza,
aunque no sin cierto entorpecimiento, hijo de la poca prctica de
algunos cabos de can. Marcial hubiera tomado por su cuenta de buena
gana la empresa de servir una de las piezas de cubierta; pero su cuerpo
mutilado no era capaz de responder al herosmo de su alma. Se contentaba
con vigilar el servicio de la cartuchera, y con su voz y con su gesto
alentaba a los que servan las piezas.

El _Bucentauro_, que estaba a nuestra popa, haca fuego
igualmente sobre el _Victory_ y el _Temerary_, otro
poderoso navo ingls. Pareca que el navo de Nelson iba a caer en
nuestro poder, porque la artillera del _Trinidad_ le haba
destrozado el aparejo, y vimos con orgullo que perda su palo de mesana.

En el ardor de aquel primer encuentro, apenas advert que algunos de
nuestros marineros caan heridos o muertos. Yo, puesto en el lugar donde
crea estorbar menos, no cesaba de contemplar al comandante, que mandaba
desde el alczar con serenidad heroica, y me admiraba de ver a mi amo
con menos calma, pero con ms entusiasmo, alentando a oficiales y
marineros con su ronca vocecilla.

Ah!--dije yo para m--. Si te viera ahora Doa Francisca!

Confesar que yo tena momentos de un miedo terrible, en que me hubiera
escondido nada menos que en el mismo fondo de la bodega, y otros de
cierto delirante arrojo en que me arriesgaba a ver desde los sitios de
mayor peligro aquel gran espectculo. Pero, dejando a un lado mi humilde
persona, voy a narrar el momento ms terrible de nuestra lucha con el
_Victory_. El _Trinidad_ le destrozaba con mucha
fortuna, cuando el _Temerary_, ejecutando una habilsima
maniobra, se interpuso entre los dos combatientes, salvando a su
compaero de nuestras balas. En seguida se dirigi a cortar la lnea por
la popa del _Trinidad_, y como el _Bucentauro_,
durante el fuego, se haba estrechado contra este hasta el punto de
tocarse los penoles, result un gran claro, por donde se precipit el
_Temerary_, que vir prontamente, y colocndose a nuestra
aleta de babor, nos dispar por aquel costado, hasta entonces ileso. Al
mismo tiempo, el _Neptune_, otro poderoso navo ingls,
colocose donde antes estaba el _Victory_; ste se sotavent,
de modo que en un momento el _Trinidad_ se encontr rodeado
de enemigos que le acribillaban por todos lados.

En el semblante de mi amo, en la sublime clera de Uriarte, en los
juramentos de los marineros amigos de Marcial, conoc que estbamos
perdidos, y la idea de la derrota angusti mi alma. La lnea de la
escuadra combinada se hallaba rota por varios puntos, y al orden
imperfecto con que se haba formado despus de la vira en redondo
sucedi el ms terrible desorden. Estbamos envueltos por el enemigo,
cuya artillera lanzaba una espantosa lluvia de balas y de metralla
sobre nuestro navo, lo mismo que sobre el _Bucentauro_. El
_Agustn_, el _Hers_ y el _Leandro_ se
batan lejos de nosotros, en posicin algo desahogada, mientras el
_Trinidad_, lo mismo que el navo almirante, sin poder
disponer de sus movimientos, cogidos en terrible escaramuza por el genio
del gran Nelson, luchaban heroicamente, no ya buscando una victoria
imposible, sino movidos por el afn de perecer con honra.

Los cabellos blancos que hoy cubren mi cabeza se erizan todava al
recordar aquellas tremendas horas, principalmente desde las dos a las
cuatro de la tarde. Se me representan los barcos, no como ciegas
mquinas de guerra, obedientes al hombre, sino como verdaderos
gigantes, seres vivos y monstruosos que luchaban por s, poniendo en
accin, como giles miembros, su velamen, y cual terribles armas, la
poderosa artillera de sus costados. Mirndolos, mi imaginacin no poda
menos de personalizarlos, y aun ahora me parece que los veo acercarse,
desafiarse, orzar con mpetu para descargar su andanada, lanzarse al
abordaje con ademn provocativo, retroceder con ardiente coraje para
tomar ms fuerza, mofarse del enemigo, increparle; me parece que les veo
expresar el dolor de la herida, o exhalar noblemente el gemido de la
muerte, como el gladiador que no olvida el decoro de la agona; me
parece or el rumor de las tripulaciones, como la voz que sale de un
pecho irritado, a veces alarido de entusiasmo, a veces sordo mugido de
desesperacin, precursor de exterminio; ahora himno de jbilo que indica
la victoria; despus algazara rabiosa que se pierde en el espacio,
haciendo lugar a un terrible silencio que anuncia la vergenza de la
derrota.

El espectculo que ofreca el interior del _Santsima
Trinidad_ era el de un infierno. Las maniobras haban sido
abandonadas, porque el barco no se mova ni poda moverse. Todo el
empeo consista en servir las piezas con la mayor presteza posible,
correspondiendo as al estrago que hacan los proyectiles enemigos. La
metralla inglesa rasgaba el velamen como si grandes e invisibles uas le
hicieran trizas. Los pedazos de obra muerta, los trozos de madera, los
gruesos obenques segados cual haces de espigas, los motones que caan,
los trozos de velamen, los hierros, cabos y dems despojos arrancados de
su sitio por el can enemigo, llenaban la cubierta, donde apenas haba
espacio para moverse. De minuto en minuto caan al suelo o al mar
multitud de hombres llenos de vida; las blasfemias de los combatientes
se mezclaban a los lamentos de los heridos, de tal modo que no era
posible distinguir si insultaban a Dios los que moran, o le llamaban
con angustia los que luchaban.

Yo tuve que prestar auxilio en una faena tristsima, cual era la de
transportar heridos a la bodega, donde estaba la enfermera. Algunos
moran antes de llegar a ella, y otros tenan que sufrir dolorosas
operaciones antes de poder reposar un momento su cuerpo fatigado.
Tambin tuve la indecible satisfaccin de ayudar a los carpinteros, que
a toda prisa procuraban aplicar tapones a los agujeros hechos en el
casco; pero por causa de mi poca fuerza, no eran aquellos auxilios tan
eficaces como yo habra deseado.

La sangre corra en abundancia por la cubierta y los puentes, y a pesar
de la arena, el movimiento del buque la llevaba de aqu para all,
formando fatdicos dibujos. Las balas de can, de tan cerca disparadas,
mutilaban horriblemente los cuerpos, y era frecuente ver rodar a alguno,
arrancada a cercn la cabeza, cuando la violencia del proyectil no
arrojaba la vctima al mar, entre cuyas ondas deba perderse casi sin
dolor la ltima nocin de la vida. Otras balas rebotaban contra un palo
o contra la obra muerta, levantando granizada de astillas que heran
como flechas. La fusilera de las cofas y la metralla de las carronadas
esparcan otra muerte menos rpida y ms dolorosa, y fue raro el que no
sali marcado ms o menos gravemente por el plomo y el hierro de
nuestros enemigos.

De tal suerte combatida y sin poder de ningn modo devolver iguales
destrozos, la tripulacin, aquella alma del buque, se senta perecer,
agonizaba con desesperado coraje, y el navo mismo, aquel cuerpo
glorioso, retemblaba al golpe de las balas. Yo le senta estremecerse en
la terrible lucha: crujan sus cuadernas, estallaban sus baos,
rechinaban sus puntales a manera de miembros que retuerce el dolor, y la
cubierta trepidaba bajo mis pies con ruidosa palpitacin, como si a todo
el inmenso cuerpo del buque se comunicara la indignacin y los dolores
de sus tripulantes. En tanto, el agua penetraba por los mil agujeros y
grietas del casco acribillado, y comenzaba a inundar la bodega.

El _Bucentauro_, navo general, se rindi a nuestra vista.
Villeneuve haba arriado bandera. Una vez entregado el jefe de la
escuadra, qu esperanza quedaba a los buques? El pabelln francs
desapareci de la popa de aquel gallardo navo, y cesaron sus fuegos. El
_San Agustn_ y el _Hers_ se sostenan todava, y
el _Rayo_ y el _Neptuno_, pertenecientes a la
vanguardia, que haban venido a auxiliarnos, intentaron en vano
salvarnos de los navos enemigos que nos asediaban. Yo pude observar la
parte del combate ms inmediata al _Santsima Trinidad_,
porque del resto de la lnea no era posible ver nada. El viento pareca
haberse detenido, y el humo se quedaba sobre nuestras cabezas,
envolvindonos en su espesa blancura, que las miradas no podan
penetrar. Distinguamos tan slo el aparejo de algunos buques lejanos,
aumentados de un modo inexplicable por no s qu efecto ptico o porque
el pavor de aquel sublime momento agrandaba todos los objetos.

Disipose por un momento la densa penumbra, pero de qu manera tan
terrible! Detonacin espantosa, ms fuerte que la de los mil caones de
la escuadra disparando a un tiempo, paraliz a todos, produciendo
general terror. Cuando el odo recibi tan fuerte impresin, claridad
vivsima haba iluminado el ancho espacio ocupado por las dos flotas,
rasgando el velo de humo, y presentose a nuestros ojos todo el panorama
del combate. La terrible explosin haba ocurrido hacia el Sur, en el
sitio ocupado antes por la retaguardia.

Se ha volado un navo, dijeron todos.

Las opiniones fueron diversas, y se dudaba si el buque volado era el
_Santa Ana_, el _Argonauta_, el
_Ildefonso_ o el _Bahama_. Despus se supo que haba
sido el francs nombrado _Achilles_. La expansin de los gases
desparram por mar y cielo en pedazos mil cuanto momentos antes
constitua un hermoso navo con 74 caones y 600 hombres de tripulacin.

Algunos segundos despus de la explosin, ya no pensbamos ms que en
nosotros mismos. Rendido el _Bucentauro_, todo el fuego
enemigo se dirigi contra nuestro navo, cuya prdida era ya segura. El
entusiasmo de los primeros momentos se haba apagado en m, y mi corazn
se llen de un terror que me paralizaba, ahogando todas las funciones de
mi espritu, excepto la curiosidad. Esta era tan irresistible, que me
oblig a salir a los sitios de mayor peligro. De poco serva ya mi
escaso auxilio, pues ni aun se trasladaban los heridos a la bodega, por
ser muchos, y las piezas exigan el servicio de cuantos conservaban un
poco de fuerza. Entre stos vi a Marcial, que se multiplicaba gritando y
movindose conforme a su poca agilidad, y era a la vez contramaestre,
marinero, artillero, carpintero y cuanto haba que ser en tan terribles
instantes. Nunca cre que desempeara funciones correspondientes a
tantos hombres el que no poda considerarse sino como la mitad de un
cuerpo humano. Un astillazo le haba herido en la cabeza, y la sangre,
tindole la cara, le daba horrible aspecto. Yo le vi agitar sus labios,
bebiendo aquel lquido, y luego lo escupa con furia fuera del portaln,
como si tambin quisiera herir a salivazos a nuestros enemigos.

Lo que ms me asombraba, causndome cierto espanto, era que Marcial,
aun en aquella escena de desolacin, profera frases de buen humor, no
s si por alentar a sus decados compaeros o porque de este modo
acostumbraba alentarse a s mismo.

Cay con estruendo el palo de trinquete, ocupando el castillo de proa
con la balumba de su aparejo, y Marcial dijo:

Muchachos, vengan las hachas. Metamos este mueble en la alcoba.

Al punto se cortaron los cabos, y el mstil cay al mar.

Y viendo que arreciaba el fuego, grit dirigindose a un paolero que se
haba convertido en cabo de can:

Pero Abad, mndales el vino a esos casacones para que nos dejen en
paz.

Y a un soldado que yaca como muerto, por el dolor de sus heridas y la
angustia del mareo, le dijo aplicndole el botafuego a la nariz:

Huele una hojita de azahar, camarada, para que se te pase el desmayo.
Quieres dar un paseo en bote? Anda: Nelson nos convida a echar unas
caas.

Esto pasaba en el combs. Alc la vista al alczar de popa, y vi que el
general Cisneros haba cado. Precipitadamente le bajaron dos marineros
a la cmara. Mi amo continuaba inmvil en su puesto; pero de su brazo
izquierdo manaba mucha sangre. Corr hacia l para auxiliarle, y antes
que yo llegase, un oficial se le acerc, intentando convencerle de que
deba bajar a la cmara. No haba ste pronunciado dos palabras, cuando
una bala le llev la mitad de la cabeza, y su sangre salpic mi rostro.
Entonces, D. Alonso se retir, tan plido como el cadver de su amigo,
que yaca mutilado en el piso del alczar.

Cuando baj mi amo, el comandante qued solo arriba, con tal presencia
de nimo que no pude menos de contemplarle un rato, asombrado de tanto
valor. Con la cabeza descubierta, el rostro plido, la mirada ardiente,
la accin enrgica, permaneca en su puesto dirigiendo aquella accin
desesperada que no poda ganarse ya. Tan horroroso desastre haba de
verificarse con orden, y el comandante era la autoridad que reglamentaba
el herosmo. Su voz diriga a la tripulacin en aquella contienda del
honor y la muerte.

Un oficial que mandaba en la primera batera subi a tomar rdenes, y
antes de hablar cay muerto a los pies de su jefe; otro guardia marina
que estaba a su lado cay tambin mal herido, y Uriarte qued al fin
enteramente solo en el alczar, cubierto de muertos y heridos.

Ni aun entonces se apart su vista de los barcos ingleses ni de los
movimientos de nuestra artillera; y el imponente aspecto del alczar y
toldilla, donde agonizaban sus amigos y subalternos, no conmovi su
pecho varonil ni quebrant su enrgica resolucin de sostener el fuego
hasta perecer. Ah!, recordando yo despus la serenidad y estoicismo de
D. Francisco Javier Uriarte, he podido comprender todo lo que nos
cuentan de los heroicos capitanes de la antigedad. Entonces no conoca
yo la palabra _sublimidad_; pero viendo a nuestro comandante
comprend que todos los idiomas deben tener un hermoso vocablo para
expresar aquella grandeza de alma que me pareca favor rara vez otorgado
por Dios al hombre miserable.

Entre tanto, gran parte de los caones haba cesado de hacer fuego,
porque la mitad de la gente estaba fuera de combate. Tal vez no me
hubiera fijado en esta circunstancia, si habiendo salido de la cmara,
impulsado por mi curiosidad, no sintiera una voz que con acento terrible
me dijo: Gabrielillo, aqu!

Marcial me llamaba: acud prontamente, y le hall empeado en servir uno
de los caones que haban quedado sin gente. Una bala haba llevado a
Medio-hombre la punta de su pierna de palo, lo cual le haca decir:

Si llego a traer la de carne y hueso...

Dos marinos muertos yacan a su lado; un tercero, gravemente herido, se
esforzaba en seguir sirviendo la pieza.

Compadre--le dijo Marcial--, ya t no puedes ni encender una colilla.

Arranc el botafuego de manos del herido y me lo entreg diciendo:

Toma, Gabrielillo; si tienes miedo, vas al agua.

Esto diciendo, carg el can con toda la prisa que le fue posible,
ayudado de un grumete que estaba casi ileso; lo cebaron y apuntaron;
ambos exclamaron fuego; acerqu la mecha, y el can dispar.

Se repiti la operacin por segunda y tercera vez, y el ruido del can,
disparado por m, retumb de un modo extraordinario en mi alma. El
considerarme, no ya espectador, sino actor decidido en tan grandiosa
tragedia, disip por un instante el miedo, y me sent con grandes bros,
al menos con la firme resolucin de aparentarlos. Desde entonces conoc
que el herosmo es casi siempre una forma del pundonor. Marcial y otros
me miraban: era preciso que me hiciera digno de fijar su atencin.

Ah!--deca yo para m con orgullo--. Si mi amita pudiera verme
ahora... Qu valiente estoy disparando caonazos como un hombre!... Lo
menos habr mandado al otro mundo dos docenas de ingleses.

Pero estos nobles pensamientos me ocuparon muy poco tiempo, porque
Marcial, cuya fatigada naturaleza comenzaba a rendirse despus de su
esfuerzo, respiro con ansia, se sec la sangre que aflua en abundancia
de su cabeza, cerr los ojos, sus brazos se extendieron con desmayo, y
dijo:

No puedo ms: se me sube la plvora a la toldilla (la cabeza). Gabriel,
treme agua.

Corr a buscar el agua, y cuando se la traje, bebi con ansia. Pareci
tomar con esto nuevas fuerzas: bamos a seguir, cuando un gran estrpito
nos dej sin movimiento. El palo mayor, tronchado por la fogonadura,
cayo sobre el combs, y tras l el de mesana. El navo qued lleno de
escombros y el desorden fue espantoso.

Felizmente qued en hueco y sin recibir ms que una ligera herida en la
cabeza, la cual, aunque me aturdi al principio, no me impidi apartar
los trozos de vela y cabos que haban cado sobre m. Los marineros y
soldados de cubierta pugnaban por desalojar tan enorme masa de cuerpos
intiles, y desde entonces slo la artillera de las bateras bajas
sostuvo el fuego. Sal como pude, busqu a Marcial, no le hall, y
habiendo fijado mis ojos en el alczar, not que el comandante ya no
estaba all. Gravemente herido de un astillazo en la cabeza, haba cado
exnime, y al punto dos marineros subieron para trasladarle a la cmara.
Corr tambin all, y entonces un casco de metralla me hiri en el
hombro, lo que me asust en extremo, creyendo que mi herida era mortal y
que iba a exhalar el ltimo suspiro. Mi turbacin no me impidi entrar
en la cmara, donde por la mucha sangre que brotaba de mi herida me
debilit, quedando por un momento desvanecido.

En aquel pasajero letargo, segu oyendo el estrpito de los caones de
la segunda y tercera batera, y despus una voz que deca con furia:

Abordaje!... las picas!... las hachas!

Despus la confusin fue tan grande, que no pude distinguir lo que
perteneca a las voces humanas en tal descomunal concierto. Pero no s
cmo, sin salir de aquel estado de somnolencia, me hice cargo de que se
crea todo perdido, y de que los oficiales se hallaban reunidos en la
cmara para acordar la rendicin; y tambin puedo asegurar que si no fue
invento de mi fantasa, entonces trastornada, reson en el combs una
voz que deca: El _Trinidad_ no se rinde!. De fijo fue la
voz de Marcial, si es que realmente dijo alguien tal cosa.

Me sent despertar, y vi a mi amo arrojado sobre uno de los sofs de la
cmara, con la cabeza oculta entre las manos en ademn de desesperacin
y sin cuidarse de su herida.

Acerqueme a l, y el infeliz anciano no hall mejor modo de expresar su
desconsuelo que abrazndome paternalmente, como si ambos estuviramos
cercanos a la muerte. l, por lo menos, creo que se consideraba prximo
a morir de puro dolor, porque su herida no tena la menor gravedad. Yo
le consol como pude, diciendo que si la accin no se haba ganado, no
fue porque yo dejara de matar bastante ingleses con mi caoncito, y
aad que para otra vez seramos ms afortunados; pueriles razones que
no calmaron su agitacin.

Saliendo afuera en busca de agua para mi amo, presenci el acto de
arriar la bandera, que an flotaba en la cangreja, uno de los pocos
restos de arboladura que con el tronco de mesana quedaban en pie. Aquel
lienzo glorioso, ya agujereado por mil partes, seal de nuestra honra,
que congregaba bajo sus pliegues a todos los combatientes, descendi
del mstil para no izarse ms. La idea de un orgullo abatido, de un
nimo esforzado que sucumbe ante fuerzas superiores, no puede encontrar
imagen ms perfecta para representarse a los ojos humanos que la de
aquel oriflama que se abate y desaparece como un sol que se pone. El de
aquella tarde tristsima, tocando al trmino de su carrera en el momento
de nuestra rendicin, ilumin nuestra bandera con su ltimo rayo.

El fuego ces y los ingleses penetraron en el barco vencido.




-XII-


Cuando el
espritu, reposando de la agitacin del combate, tuvo tiempo de dar paso
a la compasin, al fro terror producido por la vista de tan grande
estrago, se present a los ojos de cuantos quedamos vivos la escena del
navo en toda su horrenda majestad. Hasta entonces los nimos no se
haban ocupado ms que de la defensa; mas cuando el fuego ces, se pudo
advertir el gran destrozo del casco, que, dando entrada al agua por sus
mil averas, se hunda, amenazando sepultarnos a todos, vivos y muertos,
en el fondo del mar. Apenas entraron en l los ingleses, un grito reson
unnime, proferido por nuestros marinos:

A las bombas! Todos los que podamos acudimos a ellas y trabajamos
con ardor; pero aquellas mquinas imperfectas desalojaban una cantidad
de agua bastante menor que la que entraba. De repente un grito, an ms
terrible que el anterior, nos llen de espanto. Ya dije que los heridos
se haban transportado al ltimo sollado, lugar que, por hallarse bajo
la lnea de flotacin, est libre de la accin de las balas. El agua
invada rpidamente aquel recinto, y algunos marinos asomaron por la
escotilla gritando:

Que se ahogan los heridos!

La mayor parte de la tripulacin vacil entre seguir desalojando el agua
y acudir en socorro de aquellos desgraciados; y no s qu habra sido de
ellos, si la gente de un navo ingls no hubiera acudido en nuestro
auxilio. Estos no slo transportaron los heridos a la tercera y a la
segunda batera, sino que tambin pusieron mano a las bombas, mientras
sus carpinteros trataban de reparar algunas de las averas del casco.

Rendido de cansancio, y juzgando que Don Alonso poda necesitar de m,
fui a la cmara. Entonces vi a algunos ingleses ocupados en poner el
pabelln britnico en la popa del _Santsima Trinidad_. Como
cuento con que el lector benvolo me ha de perdonar que apunte aqu mis
impresiones, dir que aquello me hizo pensar un poco. Siempre se me
haban representado los ingleses como verdaderos piratas o salteadores
de los mares, gentezuela aventurera que no constitua nacin y que viva
del merodeo.

Cuando vi el orgullo con que enarbolaron su pabelln, saludndole con
vivas aclamaciones; cuando advert el gozo y la satisfaccin que les
causaba haber apresado el ms grande y glorioso barco que hasta entonces
surc los mares, pens que tambin ellos tendran su patria querida, que
sta les habra confiado la defensa de su honor; me pareci que en
aquella tierra, para m misteriosa, que se llamaba Inglaterra, haban de
existir, como en Espaa, muchas gentes honradas, un rey paternal, y las
madres, las hijas, las esposas, las hermanas de tan valientes marinos,
los cuales, esperando con ansiedad su vuelta, rogaran a Dios que les
concediera la victoria.

En la cmara encontr a mi seor ms tranquilo. Los oficiales ingleses
que haban entrado all trataban a los nuestros con delicada cortesa, y
segn entend, queran trasbordar los heridos a algn barco enemigo. Uno
de aquellos oficiales se acerc a mi amo como queriendo reconocerle, y
le salud en espaol medianamente correcto, recordndole una amistad
antigua. Contest D. Alonso a sus finuras con gravedad, y despus quiso
enterarse por l de los pormenores del combate.

Pero qu ha sido de la reserva? Qu ha hecho Gravina?--pregunt mi
amo.--Gravina se ha retirado con algunos navos--contest el ingls.

--De la vanguardia slo han venido a auxiliarnos el _Rayo_ y
el _Neptuno_.

--Los cuatro franceses, _Duguay-Trouin_,
_Mont-Blanc_, _Scipion_ y _Formidable_,
son los nicos que no han entrado en accin.

--Pero Gravina, Gravina, qu es de Gravina?--insisti mi amo.

--Se ha retirado en el _Prncipe de Asturias_; mas como se le
ha dado caza, ignoro si habr llegado a Cdiz.

--Y el _San Ildefonso_?

--Ha sido apresado.--Y el _Santa Ana_?

--Tambin ha sido apresado.--Vive Dios!--exclam D. Alonso sin poder
disimular su enojo--. Apuesto a que no ha sido apresado el
_Nepomuceno_.

--Tambin lo ha sido.--Oh!, est usted seguro de ello? Y Churruca?

--Ha muerto--contest el ingls con tristeza.

--Oh! Ha muerto! Ha muerto Churruca!--exclam mi amo con angustiosa
perplejidad--. Pero el _Bahama_ se habr salvado, el
_Bahama_ habr vuelto ileso a Cdiz.

--Tambin ha sido apresado.--Tambin! Y Galiano? Galiano es un hroe
y un sabio.

--S--repuso sombramente el ingls--; pero ha muerto tambin.

--Y qu es del _Montas_? Qu ha sido de Alcedo?

--Alcedo... tambin ha muerto.

Mi amo no pudo reprimir la expresin de su profunda pena; y como la
avanzada edad amenguaba en l la presencia de nimo propia de tan
terribles momentos, hubo de pasar por la pequea mengua de derramar
algunas lgrimas, triste obsequio a sus compaeros. No es impropio el
llanto en las grandes almas; antes bien, indica el consorcio fecundo de
la delicadeza de sentimientos con la energa de carcter. Mi amo llor
como hombre, despus de haber cumplido con su deber como marino; mas
reponindose de aquel abatimiento, y buscando alguna razn con que
devolver al ingls la pesadumbre que este le causara, dijo:

Pero ustedes no habrn sufrido menos que nosotros. Nuestros enemigos
habrn tenido prdidas de consideracin.

--Una sobre todo irreparable--contest el ingls con tanta congoja como
la de D. Alonso--. Hemos perdido al primero de nuestros marinos, al
valiente entre los valientes, al heroico, al divino, al sublime
almirante Nelson.

Y con tan poca entereza como mi amo, el oficial ingls no se cuid de
disimular su inmensa pena: cubriose la cara con las manos y llor, con
toda la expresiva franqueza del verdadero dolor, al jefe, al protector y
al amigo.

Nelson, herido mortalmente en mitad del combate, segn despus supe, por
una bala de fusil que le atraves el pecho y se fij en la espina
dorsal, dijo al capitn Hardy: Se acab; al fin lo han conseguido. Su
agona se prolong hasta el caer de la tarde; no perdi ninguno de los
pormenores del combate, ni se extingui su genio de militar y de marino
sino cuando la ltima fugitiva palpitacin de la vida se disip en su
cuerpo herido. Atormentado por horribles dolores, no dej de dictar
rdenes, enterndose de los movimientos de ambas escuadras, y cuando se
le hizo saber el triunfo de la suya, exclam: Bendito sea Dios; he
cumplido con mi deber.

Un cuarto de hora despus expiraba el primer marino de nuestro siglo.

Perdneseme la digresin. El lector extraar que no conociramos la
suerte de muchos buques de la escuadra combinada. Nada ms natural que
nuestra ignorancia, por causa de la desmesurada longitud de la lnea de
combate, y adems el sistema de luchas parciales adoptado por los
ingleses. Sus navos se haban mezclado con los nuestros, y como la
contienda era a tiro de fusil, el buque enemigo que nos bata ocultaba
la vista del resto de la escuadra, adems de que el humo espessimo nos
impeda ver cuanto no se hallara en paraje cercano.

Al anochecer, y cuando an el caoneo no haba cesado, distinguamos
algunos navos, que pasaban a un largo como fantasmas, unos con media
arboladura, otros completamente desarbolados. La bruma, el humo, el
mismo aturdimiento de nuestras cabezas, nos impeda distinguir si eran
espaoles o enemigos; y cuando la luz de un fogonazo lejano iluminaba a
trechos aquel panorama temeroso, notbamos que an segua la lucha con
encarnizamiento entre grupos de navos aislados; que otros corran sin
concierto ni rumbo, llevados por el temporal, y que alguno de los
nuestros era remolcado por otro ingls en direccin al Sur.

Vino la noche, y con ella aument la gravedad y el horror de nuestra
situacin. Pareca que la Naturaleza haba de sernos propicia despus
de tantas desgracias; pero, por el contrario, desencadenronse con furia
los elementos, como si el Cielo creyera que an no era bastante grande
el nmero de nuestras desdichas. Desatose un recio temporal, y viento y
agua, hondamente agitados, azotaron el buque, que, incapaz de maniobra,
fluctuaba a merced de las olas. Los vaivenes eran tan fuertes que se
haca difcil el trabajo, lo cual, unido al cansancio de la tripulacin,
empeoraba nuestro estado de hora en hora. Un navo ingls, que despus
supe se llamaba _Prince_, trat de remolcar al
_Trinidad_; pero sus esfuerzos fueron intiles, y tuvo que
alejarse por temor a un choque, que habra sido funesto para ambos
buques.

Entre tanto no era posible tomar alimento alguno, y yo me mora de
hambre, porque los dems, indiferentes a todo lo que no fuera el
peligro, apenas se cuidaban de cosa tan importante. No me atreva a
pedir un pedazo de pan por temor de parecer importuno, y al mismo
tiempo, sin vergenza lo confieso, diriga mi escrutadora observacin a
todos los sitios donde colega que podan existir provisiones de boca.
Apretado por la necesidad, me arriesgu a hacer una visita a los paoles
del bizcocho, y cul sera mi asombro cuando vi que Marcial estaba
all, trasegando a su estmago lo primero que encontr a mano? El
anciano estaba herido de poca gravedad, y aunque una bala le haba
llevado el pie derecho, como este no era otra cosa que la extremidad de
la pierna de palo, el cuerpo de Marcial slo estaba con tal percance un
poco ms cojo.

Toma, Gabrielillo--me dijo, llenndome el seno de galletas--: barco
sin lastre no navega.

En seguida empin una botella y bebi con delicia.

Salimos del paol, y vi que no ramos nosotros solos los que visitaban
aquel lugar, pues todo indicaba que un desordenado pillaje haba
ocurrido all momentos antes.

Reparadas mis fuerzas, pude pensar en servir de algo, poniendo mano a
las bombas o ayudando a los carpinteros. Trabajosamente se enmendaron
algunas averas con auxilio de los ingleses, que vigilaban todo, y segn
despus comprend, no perdan de vista a algunos de nuestros marineros,
porque teman que se sublevasen, represando el navo, en lo cual los
enemigos demostraban ms suspicacia que buen sentido, pues menester era
haber perdido el juicio para intentar represar un buque en tal estado.
Ello es que los _casacones_ acudan a todas partes y no
perdan movimiento alguno.

Entrada la noche, y hallndome transido de fro, abandon la cubierta,
donde apenas poda tenerme, y corra adems el peligro de ser arrebatado
por un golpe de mar, y me retir a la cmara. Mi primera intencin fue
dormir un poco; pero quin dorma en aquella noche?

En la cmara todo era confusin, lo mismo que en el combs. Los sanos
asistan a los heridos, y stos, molestados a la vez por sus dolores y
por el movimiento del buque, que les impeda todo reposo, ofrecan tan
triste aspecto, que a su vista era imposible entregarse al descanso. En
un lado de la cmara yacan, cubiertos con el pabelln nacional, los
oficiales muertos. Entre tanta desolacin, ante el espectculo de tantos
dolores, haba en aquellos cadveres no s qu de envidiable: ellos
solos descansaban a bordo del _Trinidad_, y todo les era
ajeno, fatigas y penas, la vergenza de la derrota y los padecimientos
fsicos. La bandera que les serva de ilustre mortaja pareca ponerles
fuera de aquella esfera de responsabilidad, de mengua y desesperacin en
que todos nos encontrbamos. Nada les afectaba el peligro que corra la
nave, porque sta no era ya ms que su atad.

Los oficiales muertos eran: D. Juan Cisniega, teniente de navo, el cual
no tena parentesco con mi amo a pesar de la identidad de apellido; D.
Joaqun de Salas y D. Juan Matute, tambin tenientes de navo; el
teniente coronel de ejrcito D. Jos Graull, el teniente de fragata
Uras y el guardia marina Don Antonio de Bobadilla. Los marineros y
soldados muertos, cuyos cadveres yacan sin orden en las bateras y
sobre cubierta, ascendan a la terrible suma de cuatrocientos.

No olvidar jams el momento en que aquellos cuerpos fueron arrojados al
mar por orden del oficial ingls que custodiaba el navo. Verificose la
triste ceremonia al amanecer del da 22, hora en que el temporal parece
que arreci exprofeso, para aumentar la pavura de semejante escena.
Sacados sobre cubierta los cuerpos de los oficiales, el cura rez un
responso a toda prisa, porque no era ocasin de andarse en dibujos, e
inmediatamente se procedi al acto solemne. Envueltos en su bandera, y
con una bala atada a los pies, fueron arrojados al mar, sin que esto,
que ordinariamente hubiera producido en todos tristeza y consternacin,
conmoviera entonces a los que lo presenciaron.

Tan hechos estaban los nimos a la desgracia, que el espectculo de la
muerte les era poco menos que indiferente! Las exequias del mar son ms
tristes que las de la tierra. Se da sepultura a un cadver, y all
queda: las personas a quienes interesa saben que hay un rincn de tierra
donde existen aquellos restos, y pueden marcarlos con una losa, con una
cruz o con una piedra. Pero en el mar... se arrojan los cuerpos en la
movible inmensidad, y parece que dejan de existir en el momento de caer;
la imaginacin no puede seguirlos en su viaje al profundo abismo, y es
difcil suponer que estn en alguna parte estando en el fondo del
Ocano. Estas reflexiones haca yo viendo cmo desaparecan los cuerpos
de aquellos ilustres guerreros, un da antes llenos de vida, gloria de
su patria y encanto de sus familias.

Los marineros muertos eran arrojados con menos ceremonia: la Ordenanza
manda que se les envuelva en el coy[5]; pero en aquella ocasin no haba
tiempo para entretenerse en cumplir la Ordenanza. A algunos se les
amortaj como est mandado; pero la mayor parte fueron echados al mar
sin ningn atavo y sin bala a los pies, por la sencilla razn de que no
haba para todos. Eran cuatrocientos, prximamente, y a fin de terminar
pronto la operacin de darles sepultura, fue preciso que pusieran mano
a la obra todos los hombres tiles que a bordo haba para despachar ms
pronto. Muy a disgusto mo tuve que ofrecer mi cooperacin para tan
triste servicio, y algunos cuerpos cayeron al mar soltados desde la
borda por mi mano, puesta en ayuda de otras ms vigorosas.

[Nota 5: ci en el original (N. del E.)]
Entonces ocurri un hecho, una coincidencia que me caus mucho terror.
Un cadver horriblemente desfigurado, fue cogido entre dos marineros, y
en el momento de levantarlo en alto, algunos de los circunstantes se
permitieron groseras burlas, que en toda ocasin habran sido
importunas, y en aquel momento infames. No s por qu el cuerpo de aquel
desgraciado fue el nico que les movi a perder con tal descaro el
respeto a la muerte, y decan: Ya las ha pagado todas juntas...; no
volver a hacer de las suyas, y otras groseras del mismo jaez. Aquello
me indign; pero mi indignacin se troc en asombro y en un sentimiento
indefinible, mezcla de respeto, de pena y de miedo, cuando observando
atentamente las facciones mutiladas de aquel cadver, reconoc en l a
mi to... Cerr los ojos con espanto, y no los abr hasta que el
violento salpicar del agua me indic que haba desaparecido para
siempre ante la vista humana.

Aquel hombre haba sido muy malo para m, muy malo para su hermana; pero
era mi pariente cercano, hermano de mi madre; la sangre que corra por
mis venas era su sangre, y esa voz interna que nos incita a ser
benvolos con las faltas de los nuestros, no poda permanecer callada
despus de la escena que pas ante mis ojos. Al mismo tiempo, yo haba
podido reconocer en la cara ensangrentada de mi to algunos rasgos
fisonmicos de la cara de mi madre, y esto aument mi afliccin. En
aquel momento no me acord de que haba sido un gran criminal, ni menos
de las crueldades que us conmigo durante mi infortunada niez. Yo les
aseguro a ustedes, y no dudo en decir esto, aunque sea en elogio mo,
que le perdon con toda mi alma y que elev el pensamiento a Dios,
pidindole que le perdonara todas sus culpas.

Despus supe que se haba portado heroicamente en el combate, sin que
por esto alcanzara las simpatas de sus compaeros, quienes, reputndole
como el ms bellaco de los hombres, no tuvieron para l una palabra de
afecto o conmiseracin, ni aun en el momento supremo en que toda falta
se perdona, porque se supone al criminal dando cuenta de sus actos ante
Dios.

Avanzado el da, intent de nuevo el navo _Pince_ remolcar al
_Santsima Trinidad_; pero con tan poca fortuna como en la
noche anterior. La situacin no empeoraba, a pesar de que segua el
temporal con igual fuerza, pues se haban reparado muchas averas, y se
crea que, una vez calmado el tiempo, podra salvarse el casco. Los
ingleses tenan gran empeo en ello, porque queran llevar por trofeo a
Gibraltar el ms grande navo hasta entonces construido. Por esta razn
trabajaban con tanto ahnco en las bombas noche y da, permitindonos
descansar algn rato.

Durante todo el da 22 la mar se revolva con frenes, llevando y
trayendo el casco del navo cual si fuera endeble lancha de pescadores;
y aquella montaa de madera probaba la fuerte trabazn de sus slidas
cuadernas, cuando no se rompa en mil pedazos al recibir el tremendo
golpear de las olas. Haba momentos en que, aplanndose el mar, pareca
que el navo iba a hundirse para siempre; pero inflamndose la ola como
al impulso de profundo torbellino, levantaba aqul su orgullosa proa,
adornada con el len de Castilla, y entonces respirbamos con la
esperanza de salvarnos.

Por todos lados descubramos navos dispersos, la mayor parte ingleses,
no sin grandes averas y procurando todos alcanzar la costa para
refugiarse. Tambin los vimos espaoles y franceses, unos desarbolados,
otros remolcados por algn barco enemigo. Marcial reconoci en uno de
stos al _San Ildefonso_. Vimos flotando en el agua multitud
de restos y despojos, como masteleros, cofas, lanchas rotas, escotillas,
trozos de balconaje, portas, y, por ltimo, avistamos dos infelices
marinos que, mal embarcados en un gran palo, eran llevados por las olas,
y habran perecido si los ingleses no corrieran al instante a darles
auxilio. Trados a bordo del _Trinidad_, volvieron a la vida,
que, recobrada despus de sentirse en los brazos de la muerte, equivale
a nacer de nuevo.

El da pas entre agonas y esperanzas: ya nos pareca que era
indispensable el trasbordo a un buque ingls para salvarnos, ya creamos
posible conservar el nuestro. De todos modos, la idea de ser llevados a
Gibraltar como prisioneros era terrible, si no para m, para los hombres
pundonorosos y obstinados como mi amo, cuyos padecimientos morales
debieron de ser inauditos aquel da. Pero estas dolorosas alternativas
cesaron por la tarde, y a la hora en que fue unnime la idea de que si
no trasbordbamos pereceramos todos en el buque, que ya tena quince
pies de agua en la bodega. Iriartea y Cisneros recibieron aquella
noticia con calma y serenidad, demostrando que no hallaban gran
diferencia entre morir en la casa propia o ser prisioneros en la
extraa. Acto continuo comenz el trasbordo a la escasa luz del
crepsculo, lo cual no era cosa fcil, habiendo precisin de embarcar
cerca de trescientos heridos. La tripulacin sana constaba de unos
quinientos hombres, cifra a que quedaron reducidos los mil ciento quince
individuos de que se compona antes del combate.

Comenz precipitadamente el trasbordo con las lanchas del
_Trinidad_, las del _Pince_ y las de otros tres
buques de la escuadra inglesa. Dios la preferencia a los heridos; mas
aunque se trat de evitarles toda molestia, fue imposible levantarles de
donde estaban sin mortificarles, y algunos pedan con fuertes gritos que
los dejasen tranquilos, prefiriendo la muerte a un viaje que recrudeca
sus dolores. La premura no daba lugar a la compasin, y eran conducidos
a las lanchas tan sin piedad como arrojados al mar fueron los fros
cadveres de sus compaeros.

El comandante Iriartea y el jefe de escuadra, Cisneros se embarcaron en
los botes de la oficialidad inglesa; y habiendo instado a mi amo para
que entrase tambin en ellos, ste se neg resueltamente, diciendo que
deseaba ser el ltimo en abandonar el _Trinidad_. Esto no dej
de contrariarme, porque desvanecidos en m los efluvios de patriotismo,
que al principio me dieron cierto arrojo, no pensaba ya ms que en
salvar mi vida, y no era lo ms a propsito para este noble fin el
permanecer a bordo de un buque que se hunda por momentos.

Mis temores no fueron vanos, pues an no estaba fuera la mitad de la
tripulacin cuando un sordo rumor de alarma y pavor reson en nuestro
navo.

Que nos vamos a pique!... a las lanchas, a las lanchas!, exclamaron
algunos, mientras dominados todos por el instinto de conservacin,
corran hacia la borda, buscando con vidos ojos las lanchas que
volvan. Se abandon todo trabajo; no se pens ms en los heridos, y
muchos de stos, sacados ya sobre cubierta, se arrastraban por ella con
delirante extravo, buscando un portaln por donde arrojarse al mar. Por
las escotillas sala un lastimero clamor, que an parece resonar en mi
cerebro, helando la sangre en mis venas y erizando mis cabellos. Eran
los heridos que quedaban en la primera batera, los cuales, sintindose
anegados por el agua, que ya invada aquel sitio, clamaban pidiendo
socorro no s si a Dios o a los hombres.

A stos se lo pedan en vano, porque no pensaban sino en la propia
salvacin. Se arrojaron precipitadamente a las lanchas, y esta confusin
en la lobreguez de la noche, entorpeca el trasbordo. Un solo hombre,
impasible ante tan gran peligro, permaneca en el alczar sin atender a
lo que pasaba a su alrededor, y se paseaba preocupado y meditabundo,
como si aquellas tablas donde pona su pie no estuvieran solicitadas por
el inmenso abismo. Era mi amo.

Corr hacia l despavorido, y le dije:

Seor, que nos ahogamos!

D. Alonso no me hizo caso, y aun creo, si la memoria no me es infiel,
que sin abandonar su actitud pronunci palabras tan ajenas a la
situacin como stas:

Oh! Cmo se va a rer Paca cuando yo vuelva a casa despus de esta
gran derrota.

--Seor, que el barco se va a pique! exclam de nuevo, no ya pintando
el peligro, sino suplicando con gestos y voces.

Mi amo mir al mar, a las lanchas, a los hombres que, desesperados y
ciegos, se lanzaban a ellas; y yo busqu con ansiosos ojos a Marcial, y
le llam con toda la fuerza de mis pulmones. Entonces parceme que perd
la sensacin de lo que ocurra, me aturd, se nublaron mis ojos y no s
lo que pas. Para contar cmo me salv, no puedo fundarme sino en
recuerdos muy vagos, semejantes a las imgenes de un sueo, pues sin
duda el terror me quit el conocimiento. Me parece que un marinero se
acerc a D. Alonso cuando yo le hablaba, y le asi con sus vigorosos
brazos. Yo mismo me sent transportado, y cuando mi nublado espritu se
aclar un poco, me vi en una lancha, recostado sobre las rodillas de mi
amo, el cual tena mi cabeza entre sus manos con paternal cario.
Marcial empuaba la caa del timn; la lancha estaba llena de gente.

Alc la vista y vi como a cuatro o cinco varas de distancia, a mi
derecha, el negro costado del navo, prximo a hundirse; por los
portalones a que an no haba llegado el agua, sala una dbil claridad,
la de la lmpara encendida al anochecer, y que an velaba, guardin
incansable, sobre los restos del buque abandonado. Tambin hirieron mis
odos algunos lamentos que salan por las troneras: eran los pobres
heridos que no haba sido posible salvar y se hallaban suspendidos sobre
el abismo, mientras aquella triste luz les permita mirarse,
comunicndose con los ojos la angustia de los corazones.

Mi imaginacin se traslad de nuevo al interior del buque: una pulgada
de agua faltaba no ms para romper el endeble equilibrio que an le
sostena. Cmo presenciaran aquellos infelices el crecimiento de la
inundacin! Qu diran en aquel momento terrible! Y si vieron a los que
huan en las lanchas, si sintieron el chasquido de los remos, con
cunta amargura gemiran sus almas atribuladas! Pero tambin es cierto
que aquel atroz martirio las purific de toda culpa, y que la
misericordia de Dios llen todo el mbito del navo en el momento de
sumergirse para siempre.

La lancha se alej: yo segu viendo aquella gran masa informe, aunque
sospecho que era mi fantasa, no mis ojos, la que miraba el
_Trinidad_ en la obscuridad de la noche, y hasta cre
distinguir en el negro cielo un gran brazo que descenda hasta la
superficie de las aguas. Fue sin duda la imagen de mis pensamientos
reproducida por los sentidos.




-XIII-


La lancha se dirigi... a dnde? Ni el
mismo Marcial saba a dnde nos dirigamos. La obscuridad era tan
fuerte, que perdimos de vista las dems lanchas, y las luces del navo
_Pince_ se desvanecieron tras la niebla, como si un soplo las
hubiera extinguido. Las olas eran tan gruesas, y el vendaval tan recio,
que la dbil embarcacin avanzaba muy poco, y gracias a una hbil
direccin no zozobr ms de una vez. Todos callbamos, y los ms fijaban
una triste mirada en el sitio donde se supona que nuestros compaeros
abandonados luchaban en aquel instante con la muerte en espantosa
agona.

No acab aquella travesa sin hacer, conforme a mi costumbre, algunas
reflexiones, que bien puedo aventurarme a llamar filosficas. Alguien se
reir de un filsofo de catorce aos; pero yo no me turbar ante las
burlas, y tendr el atrevimiento de escribir aqu mis reflexiones de
entonces. Los nios tambin suelen pensar grandes cosas; y en aquella
ocasin, ante aquel espectculo, qu cerebro, como no fuera el de un
idiota, podra permanecer en calma?

Pues bien: en nuestras lanchas iban espaoles e ingleses, aunque era
mayor el nmero de los primeros, y era curioso observar cmo
fraternizaban, amparndose unos a otros en el comn peligro, sin
recordar que el da anterior se mataban en horrenda lucha, ms parecidos
a fieras que a hombres. Yo miraba a los ingleses, remando con tanta
decisin como los nuestros; yo observaba en sus semblantes las mismas
seales de terror o de esperanza, y, sobre todo, la expresin propia del
santo sentimiento de humanidad y caridad, que era el mvil de unos y
otros. Con estos pensamientos, deca para m: Para qu son las
guerras, Dios mo? Por qu estos hombres no han de ser amigos en todas
las ocasiones de la vida como lo son en las de peligro? Esto que veo,
no prueba que todos los hombres son hermanos?.

Pero vena de improviso a cortar estas consideraciones, la idea de
nacionalidad, aquel sistema de islas que yo haba forjado, y entonces
deca: Pero ya: esto de que las islas han de querer quitarse unas a
otras algn pedazo de tierra, lo echa todo a perder, y sin duda en todas
ellas debe de haber hombres muy malos, que son los que arman las
guerras para su provecho particular, bien porque son ambiciosos y
quieren mandar, bien porque son avaros y anhelan ser ricos. Estos
hombres malos son los que engaan a los dems, a todos estos infelices
que van a pelear; y para que el engao sea completo, les impulsan a
odiar a otras naciones; siembran la discordia, fomentan la envidia, y
aqu tienen ustedes el resultado. Yo estoy seguro--aad--, de que esto
no puede durar: apuesto doble contra sencillo a que dentro de poco los
hombres de unas y otras islas se han de convencer de que hacen un gran
disparate armando tan terribles guerras, y llegar un da en que se
abrazarn, conviniendo todos en no formar ms que una sola familia.

As pensaba yo. Despus de esto he vivido setenta aos, y no he visto
llegar ese da.

La lancha avanzaba trabajosamente por el tempestuoso mar. Yo creo que
Marcial, si mi amo se lo hubiera permitido, habra consumado la
siguiente hazaa: echar al agua a los ingleses y poner la proa a Cdiz o
a la costa, aun con la probabilidad casi ineludible de perecer ahogados
en la travesa. Algo de esto me parece que indic a mi amo, hablndole
quedamente al odo, y D. Alonso debi de darle una leccin de
caballerosidad, porque le o decir:

Somos prisioneros, Marcial; somos prisioneros.

Lo peor del caso es que no divisbamos ningn barco.

El _Pince_ se haba apartado de donde estaba; ninguna luz nos
indicaba la presencia de un buque enemigo. Por ltimo, divisamos una, y
un rato despus la mole confusa de un navo que corra el temporal por
barlovento, y apareca en direccin contraria a la nuestra. Unos le
creyeron francs, otros ingls, y Marcial sostuvo que era espaol.
Forzaron los remeros, y no sin trabajo llegamos a ponernos al habla.

Ah del navo!, gritaron los nuestros.

Al punto contestaron en espaol:

Es el _San Agustn_--dijo Marcial.

--El _San Agustn_ se ha ido a pique--contest D. Alonso--.
Me parece que ser el _Santa Ana_, que tambin est apresado.

Efectivamente, al acercanos, todos reconocieron al _Santa
Ana_, mandado en el combate por el teniente general lava. Al punto
los ingleses que lo custodiaban dispusieron prestarnos auxilio, y no
tardamos en hallarnos todos sanos y salvos sobre cubierta.

El _Santa Ana_, navo de 112 caones, haba sufrido tambin
grandes averas, aunque no tan graves como las del _Santsima
Trinidad_; y si bien estaba desarbolado de todos sus palos y sin
timn, el casco no se conservaba mal. El _Santa Ana_ vivi
once aos ms despus de Trafalgar, y an habra vivido ms si por falta
de carena no se hubiera ido a pique en la baha de la Habana en 1816. Su
accin en las jornadas que refiero fue gloriossima. Mandbalo, como he
dicho, el teniente general lava, jefe de la vanguardia, que, trocado el
orden de batalla, vino a quedar a retaguardia. Ya saben ustedes que la
columna mandada por Collingwood se dirigi a combatir la retaguardia,
mientras Nelson march contra el centro. El _Santa Ana_,
amparado slo por el _Fougueux_, francs, tuvo que batirse con
el _Royal Sovereign_ y otros cuatro ingleses; y a pesar de la
desigualdad de fuerzas, tanto padecieron los unos como los otros, siendo
el navo de Collingwood el primero que qued fuera de combate, por lo
cual tuvo aqul que trasladarse a la fragata _Eurygalus_.
Segn all refirieron, la lucha haba sido horrorosa, y los dos
poderosos navos, cuyos penoles se tocaban, estuvieron destrozndose por
espacio de seis horas, hasta que herido el general lava, herido el
comandante Gardoqui, muertos cinco oficiales y noventa y siete
marineros, con ms de ciento cincuenta heridos, tuvo que rendirse el
_Santa Ana_. Apresado por los ingleses, era casi imposible
manejarlo a causa del mal estado y del furioso vendaval que se
desencaden en la noche del 21; as es que cuando entramos en l se
encontraba en situacin bien crtica, aunque no desesperada, y flotaba a
merced de las olas, sin poder tomar direccin alguna.

Desde luego me sirvi de consuelo el ver que los semblantes de toda
aquella gente revelaban el temor de una prxima muerte. Estaban tristes
y tranquilos, soportando con gravedad la pena del vencimiento y el
bochorno de hallarse prisioneros. Un detalle advert tambin que llam
mi atencin, y fue que los oficiales ingleses que custodiaban el buque
no eran, ni con mucho, tan complacientes y bondadosos como los que
desempearon igual cargo a bordo del _Trinidad_. Por el
contrario, eran los del _Santa Ana_ unos caballeros muy foscos
y antipticos, y mortificaban con exceso a los nuestros, exagerando su
propia autoridad y poniendo reparos a todo con suma impertinencia. Esto
pareca disgustar mucho a la tripulacin prisionera, especialmente a la
marinera, y hasta me pareci advertir murmullos alarmantes, que no
habran sido muy tranquilizadores para los ingleses si stos los
hubieran odo.

Por lo dems, no quiero referir incidentes de la navegacin de aquella
noche, si puede llamarse navegacin el vagar a la ventura, a merced de
las olas, sin velamen ni timn. No quiero, pues, fastidiar a mis
lectores repitiendo hechos que ya presenciamos a bordo del
_Trinidad_, y paso a contarles otros enteramente nuevos y que
sorprendern a ustedes tanto como me sorprendieron a m.

Yo haba perdido mi aficin a andar por el combs y alczar de proa, y
as, desde que me encontr a bordo del _Santa Ana_, me refugi
con mi amo en la cmara, donde pude descansar un poco y alimentarme,
pues de ambas cosas estaba muy necesitado. Haba all, sin embargo,
muchos heridos a quienes era preciso curar, y esta ocupacin, muy grata
para m, no me permiti todo el reposo que mi agobiado cuerpo exiga.
Hallbame ocupado en poner a D. Alonso una venda en el brazo, cuando
sent que apoyaban una mano en mi hombro; me volv y encar con un joven
alto, embozado en luengo capote azul, y al pronto, como suele suceder,
no le reconoc; mas contemplndole con atencin por espacio de algunos
segundos, lanc una exclamacin de asombro: era el joven D. Rafael
Malespina, novio de mi amita.

Abrazole D. Alonso con mucho cario, y l se sent a nuestro lado.
Estaba herido en una mano, y tan plido por la fatiga y la prdida de la
sangre, que la demacracin le desfiguraba completamente el rostro. Su
presencia produjo en mi espritu sensaciones muy raras, y he de
confesarlas todas, aunque alguna de ellas me haga poco favor. Al punto
experiment cierta alegra viendo a una persona conocida que haba
salido ilesa del horroroso luchar; un instante despus el odio antiguo
que aquel sujeto me inspiraba se despert en mi pecho como dolor
adormecido que vuelve a mortificarnos tras un periodo de alivio. Con
vergenza lo confieso: sent cierta pena de verle sano y salvo; pero
dir tambin en descargo mo que aquella pena fue una sensacin
momentnea y fugaz como un relmpago, verdadero relmpago negro que
obscureci mi alma, o mejor dicho, leve eclipse de la luz de mi
conciencia, que no tard en brillar con esplendorosa claridad.

La parte perversa de mi individuo me domin un instante; en un instante
tambin supe acallarla, acorralndola en el fondo de mi ser. Podrn
todos decir lo mismo? Despus de este combate moral vi a Malespina con
gozo porque estaba vivo, y con lstima porque estaba herido; y an
recuerdo con orgullo que hice esfuerzos para demostrarle estos dos
sentimientos. Pobre amita ma! Cun grande haba de ser su angustia en
aquellos momentos! Mi corazn conclua siempre por llenarse de bondad;
yo hubiera corrido a Vejer para decirle: Seorita Doa Rosa, vuestro D.
Rafael est bueno y sano.

El pobre Malespina haba sido transportado al _Santa Ana_
desde el _Nepomuceno_, navo apresado tambin, donde era tal
el nmero de heridos, que fue preciso, segn dijo, repartirlos para que
no perecieran todos de abandono. En cuanto suegro y yerno cambiaron los
primeros saludos, consagrando algunas palabras a las familias ausentes,
la conversacin recay sobre la batalla: mi amo cont lo ocurrido en el
_Santsima Trinidad_, y despus aadi:

Pero nadie me dice a punto fijo dnde est Gravina. Ha cado
prisionero, o se retir a Cdiz?

--El general--contest Malespina--, sostuvo un horroroso fuego contra
el _Defiance_ y el _Revenge_. Le auxiliaron el
_Neptune_, francs, y el _San Ildefonso_ y el
_San Justo_, nuestros; pero las fuerzas de los enemigos se
duplicaron con la ayuda del _Dreadnoutgh_, del
_Thunderer_ y del _Poliphemus_, despus de lo cual
fue imposible toda resistencia. Hallndose el _Prncipe de
Asturias_ con todas las jarcias cortadas, sin palos, acribillado a
balazos, y habiendo cado herido el general Gravina y su mayor general
Escao, resolvieron abandonar la lucha, porque toda resistencia era
insensata y la batalla estaba perdida. En un resto de arboladura puso
Gravina la seal de retirada, y acompaado del _San Justo_, el
_San Leandro_, el _Montas_, el
_Indomptable_, el _Neptune_ y el
_Argonauta_, se dirigi a Cdiz, con la pena de no haber
podido rescatar el _San Ildefonso_, que ha quedado en poder de
los enemigos.

--Cunteme usted lo que ha pasado en el _Nepomuceno_--dijo mi
amo con el mayor inters--. An me cuesta trabajo creer que ha muerto
Churruca, y a pesar de que todos lo dan como cosa cierta, yo tengo la
creencia de que aquel hombre divino ha de estar vivo en alguna parte.

Malespina dijo que desgraciadamente l haba presenciado la muerte de
Churruca, y prometi contarlo puntualmente. Formaron corro en torno suyo
algunos oficiales, y yo, ms curioso que ellos, me volv todo odos para
no perder una slaba.

Desde que salimos de Cdiz--dijo Malespina--, Churruca tena el
presentimiento de este gran desastre. l haba opinado contra la salida,
porque conoca la inferioridad de nuestras fuerzas, y adems confiaba
poco en la inteligencia del jefe Villeneuve. Todos sus pronsticos han
salido ciertos; todos, hasta el de su muerte, pues es indudable que la
presenta, seguro como estaba de no alcanzar la victoria. El 19 dijo a
su cuado Apodaca: Antes que rendir mi navo, lo he de volar o echar a
pique. Este es el deber de los que sirven al Rey y a la patria. El
mismo da escribi a un amigo suyo, dicindole: Si llegas a saber que
mi navo ha sido hecho prisionero, di que he muerto.

Ya se conoca en la grave tristeza de su semblante que prevea un
desastroso resultado. Yo creo que esta certeza y la imposibilidad
material de evitarlo, sintindose con fuerzas para ello, perturbaron
profundamente su alma, capaz de las grandes acciones, as como de los
grandes pensamientos.

Churruca era hombre religioso, porque era un hombre superior. El 21, a
las once de la maana, mand subir toda la tropa y marinera; hizo que
se pusieran de rodillas, y dijo al capelln con solemne acento: Cumpla
usted, padre, con su ministerio, y absuelva a esos valientes que
ignoran lo que les espera en el combate. Concluida la ceremonia
religiosa, les mand poner en pie, y hablando en tono persuasivo y
firme, exclam: Hijos mos: en nombre de Dios, prometo la
bienaventuranza al que muera cumpliendo con sus deberes! Si alguno
faltase a ellos, le har fusilar inmediatamente, y si escapase a mis
miradas o a las de los valientes oficiales que tengo el honor de mandar,
sus remordimientos le seguirn mientras arrastre el resto de sus das
miserable y desgraciado.

Esta arenga, tan elocuente como sencilla, que hermanaba el cumplimiento
del deber militar con la idea religiosa, caus entusiasmo en toda la
dotacin del _Nepomuceno_. Qu lstima de valor! Todo se
perdi como un tesoro que cae al fondo del mar. Avistados los ingleses,
Churruca vio con el mayor desagrado las primeras maniobras dispuestas
por Villeneuve, y cuando ste hizo seales de que la escuadra virase en
redondo, lo cual, como todos saben, desconcert el orden de batalla,
manifest a su segundo que ya consideraba perdida la accin con tan
torpe estrategia. Desde luego comprendi el aventurado plan de Nelson,
que consista en cortar nuestra lnea por el centro y retaguardia,
envolviendo la escuadra combinada y batiendo parcialmente sus buques, en
tal disposicin, que stos no pudieran prestarse auxilio.

El _Nepomuceno_ vino a quedar al extremo de la lnea.
Rompiose el fuego entre el _Santa Ana_ y _Royal
Sovereign_, y sucesivamente todos los navos fueron entrando en el
combate. Cinco navos ingleses de la divisin de Collingwood se
dirigieron contra el _San Juan_; pero dos de ellos siguieron
adelante, y Churruca no tuvo que hacer frente ms que a fuerzas triples.

Nos sostuvimos enrgicamente contra tan superiores enemigos hasta las
dos de la tarde, sufriendo mucho; pero devolviendo doble estrago a
nuestros contrarios. El grande espritu de nuestro heroico jefe pareca
haberse comunicado a soldados y marineros, y las maniobras, as como los
disparos, se hacan con una prontitud pasmosa. La gente de leva se haba
educado en el herosmo, sin ms que dos horas de aprendizaje, y nuestro
navo, por su defensa gloriosa, no slo era el terror, sino el asombro
de los ingleses.

Estos necesitaron nuevos refuerzos: necesitaron seis contra uno.
Volvieron los dos navos que nos haban atacado primero, y el
_Dreadnoutgh_ se puso al costado del _San Juan_,
para batirnos a medio tiro de pistola. Figrense ustedes el fuego de
estos seis colosos, vomitando balas y metralla sobre un buque de 74
caones. Pareca que nuestro navo se agrandaba, creciendo en tamao,
conforme creca el arrojo de sus defensores. Las proporciones
gigantescas que tomaban las almas, pareca que las tomaban tambin los
cuerpos; y al ver cmo infundamos pavor a fuerzas seis veces
superiores, nos creamos algo ms que hombres.

Entre tanto, Churruca, que era nuestro pensamiento, diriga la accin
con serenidad asombrosa. Comprendiendo que la destreza haba de suplir a
la fuerza, economizaba los tiros, y lo fiaba todo a la buena puntera,
consiguiendo as que cada bala hiciera un estrago positivo en los
enemigos. A todo atenda, todo lo dispona, y la metralla y las balas
corran sobre su cabeza, sin que ni una sola vez se inmutara. Aquel
hombre, dbil y enfermizo, cuyo hermoso y triste semblante no pareca
nacido para arrostrar escenas tan espantosas, nos infunda a todos
misterioso ardor, slo con el rayo de su mirada.

Pero Dios no quiso que saliera vivo de la terrible porfa. Viendo que
no era posible hostilizar a un navo que por la proa molestaba al
_San Juan_ impunemente, fue l mismo a apuntar el can, y
logr desarbolar al contrario. Volva al alczar de popa, cuando una
bala de can le alcanz en la pierna derecha, con tal acierto, que casi
se la desprendi del modo ms doloroso por la parte alta del muslo.
Corrimos a sostenerlo, y el hroe cay en mis brazos. Qu terrible
momento! An me parece que siento bajo mi mano el violento palpitar de
un corazn, que hasta en aquel instante terrible no lata sino por la
patria. Su decaimiento fsico fue rapidsimo: le vi esforzndose por
erguir la cabeza, que se le inclinaba sobre el pecho, le vi tratando de
reanimar con una sonrisa su semblante, cubierto ya de mortal palidez,
mientras con voz apenas alterada, exclam: _Esto no es nada. Siga
el fuego_.

Su espritu se rebelaba contra la muerte, disimulando el fuerte dolor
de un cuerpo mutilado, cuyas postreras palpitaciones se extinguan de
segundo en segundo. Tratamos de bajarle a la cmara; pero no fue posible
arrancarle del alczar. Al fin, cediendo a nuestros ruegos, comprendi
que era preciso abandonar el mando. Llam a Moyna, su segundo, y le
dijeron que haba muerto; llam al comandante de la primera batera, y
ste, aunque gravemente herido, subi al alczar y tom posesin del
mando.

Desde aquel momento la tripulacin se achic: de gigante se convirti
en enano; desapareci el valor, y comprendimos que era indispensable
rendirse. La consternacin de que yo estaba posedo desde que recib en
mis brazos al hroe del _San Juan_, no me impidi observar el
terrible efecto causado en los nimos de todos por aquella desgracia.
Como si una repentina parlisis moral y fsica hubiera invadido la
tripulacin, as se quedaron todos helados y mudos, sin que el dolor
ocasionado por la prdida de hombre tan querido diera lugar al bochorno
de la rendicin.

La mitad de la gente estaba muerta o herida; la mayor parte de los
caones desmontados; la arboladura, excepto el palo de trinquete, haba
cado, y el timn no funcionaba. En tan lamentable estado, an se quiso
hacer un esfuerzo para seguir al _Prncipe de Asturias_, que
haba izado la seal de retirada; pero el _Nepomuceno_, herido
de muerte, no pudo gobernar en direccin alguna. Y a pesar de la ruina y
destrozo del buque; a pesar del desmayo de la tripulacin; a pesar de
concurrir en nuestro dao circunstancias tan desfavorables, ninguno de
los seis navos ingleses se atrevi a intentar un abordaje. Teman a
nuestro navo, aun despus de vencerlo.

Churruca, en el paroxismo de su agona, mandaba clavar la bandera, y
que no se rindiera el navo mientras l viviese. El plazo no poda menos
de ser desgraciadamente muy corto, porque Churruca se mora a toda
prisa, y cuantos le asistamos nos asombrbamos de que alentara todava
un cuerpo en tal estado; y era que le conservaba as la fuerza del
espritu, apegado con irresistible empeo a la vida, porque para l en
aquella ocasin vivir era un deber. No perdi el conocimiento hasta los
ltimos instantes; no se quej de sus dolores, ni mostr pesar por su
fin cercano; antes bien, todo su empeo consista sobre todo en que la
oficialidad no conociera la gravedad de su estado, y en que ninguno
faltase a su deber. Dio las gracias a la tripulacin por su heroico
comportamiento; dirigi algunas palabras a su cuado Ruiz de Apodaca, y
despus de consagrar un recuerdo a su joven esposa, y de elevar el
pensamiento a Dios, cuyo nombre omos pronunciado varias veces
tenuemente por sus secos labios, expir con la tranquilidad de los
justos y la entereza de los hroes, sin la satisfaccin de la victoria,
pero tambin sin el resentimiento del vencido; asociando el deber a la
dignidad, y haciendo de la disciplina una religin; firme como militar,
sereno como hombre, sin pronunciar una queja, ni acusar a nadie, con
tanta dignidad en la muerte como en la vida. Nosotros contemplbamos su
cadver an caliente, y nos pareca mentira; creamos que haba de
despertar para mandamos de nuevo, y tuvimos para llorarle menos entereza
que l para morir, pues al expirar se llev todo el valor, todo el
entusiasmo que nos haba infundido.

Rindiose el _San Juan_, y cuando subieron a bordo los
oficiales de las seis naves que lo haban destrozado, cada uno pretenda
para s el honor de recibir la espada del brigadier muerto. Todos
decan: se ha rendido a mi navo, y por un instante disputaron
reclamando el honor de la victoria para uno u otro de los buques a que
pertenecan. Quisieron que el comandante accidental del _San
Juan_ decidiera la cuestin, diciendo a cul de los navos ingleses
se haba rendido, y aqul respondi: A todos, que a uno solo jams se
hubiera rendido el _San Juan_.

Ante el cadver del malogrado Churruca, los ingleses, que le conocan
por la fama de su valor y entendimiento, mostraron gran pena, y uno de
ellos dijo esto o cosa parecida:

Varones ilustres como ste, no deban estar expuestos a los azares de
un combate, y s conservados para los progresos de la ciencia de la
navegacin. Luego dispusieron que las exequias se hicieran formando la
tropa y marinera inglesa al lado de la espaola, y en todos sus actos
se mostraron caballeros, magnnimos y generosos.

El nmero de heridos a bordo del _San Juan_ era tan
considerable, que nos transportaron a otros barcos suyos o prisioneros.
A m me toc pasar a ste, que ha sido de los ms maltratados; pero
ellos cuentan poderlo remolcar a Gibraltar antes que ningn otro, ya que
no pueden llevarse al _Trinidad_, el mayor y el ms apetecido
de nuestros navos.

       *       *       *       *       *


Aqu termin Malespina, el cual fue odo con viva atencin durante el
relato de lo que haba presenciado. Por lo que o, pude comprender que a
bordo de cada navo haba ocurrido una tragedia tan espantosa como la
que yo mismo haba presenciado, y dije para m:

Cunto desastre, Santo Dios, causado por las torpezas de un solo
hombre!. Y aunque yo era entonces un chiquillo, recuerdo que pens lo
siguiente: Un hombre tonto no es capaz de hacer en ningn momento de
su vida los disparates que hacen a veces las naciones, dirigidas por
centenares de hombres de talento.




-XIV-


Buena parte de la noche se pas con la relacin de Malespina y de otros
oficiales. El inters de aquellas narraciones me mantuvo despierto y tan
excitado, que ni aun mucho despus pude conciliar el sueo. No poda
apartar de mi memoria la imagen de Churruca, tal y como le vi bueno y
sano en casa de Doa Flora. Y en efecto, en aquella ocasin me haba
causado sorpresa la intensa tristeza que expresaba el semblante del
ilustre marino, como si presagiara su doloroso y cercano fin. Aquella
noble vida se haba extinguido a los cuarenta y cuatro aos de edad,
despus de veintinueve de honrosos servicios en la armada, como sabio,
como militar y como navegante, pues todo lo era Churruca, adems de
perfecto caballero.

En estas y otras cosas pensaba yo, cuando al fin mi cuerpo se rindi a
la fatiga, y me qued dormido al amanecer del 23, habiendo vencido mi
naturaleza juvenil a mi curiosidad. Durante el sueo, que debi de ser
largo y no tranquilo, antes bien agitado por las imgenes y pesadillas
propias de la excitacin de mi cerebro, senta el estruendo de los
caonazos, las voces de la batalla, el ruido de las agitadas olas. Al
mismo tiempo soaba que yo disparaba las piezas, que suba a la
arboladura, que recorra las bateras alentando a los artilleros, y
hasta que mandaba la maniobra en el alczar de popa como un almirante.
Excuso decir que en aquel reido combate forjado dentro de mi propio
cerebro, derrot a todos los ingleses habidos y por haber, con ms
facilidad que si sus barcos fueran de cartn, y de miga de pan sus
balas. Yo tena bajo mi insignia como unos mil navos, mayores todos que
el _Trinidad_, y se movan a mi antojo con tanta precisin
como los juguetes con que mis amigos y yo nos divertamos en los charcos
de la Caleta.

Mas al fin, todas estas glorias se desvanecieron; lo cual, siendo como
eran puramente soadas, nada tiene de extrao, cuando vemos que tambin
las reales se desvanecen. Todo se acab, cuando abr los ojos y advert
mi pequeez, asociada con la magnitud de los desastres a que haba
asistido. Pero cosa singular!, despierto, sent tambin caonazos;
sent el espantoso rumor de la refriega, y gritos que anunciaban una
gran actividad en la tripulacin. Cre soar todava; me incorpor en el
canap donde haba dormido, atend con todo cuidado, y, en efecto, un
atronador grito de _viva el Rey_ hiri mis odos, no dejndome
duda de que el navo _Santa Ana_ se estaba batiendo de nuevo.

Sal fuera, y pude hacerme cargo de la situacin. El tiempo haba
calmado bastante: por barlovento se vean algunos navos desmantelados,
y dos de ellos, ingleses, hacan fuego sobre el _Santa Ana_,
que se defenda al amparo de otros dos, un espaol y un francs. No me
explicaba aquel cambio repentino en nuestra situacin de prisioneros;
mir a popa, y vi nuestra bandera flotando en lugar de la inglesa. Qu
haba pasado?, o mejor, qu pasaba?

En el alczar de popa estaba uno que comprend era el general lava, y,
aunque herido en varias partes de su cuerpo, mostraba fuerzas bastantes
para dirigir aquel segundo combate, destinado quiz a hacer olvidar
respecto al _Santa Ana_ las desventuras del primero. Los
oficiales alentaban a la marinera; sta cargaba y disparaba las piezas
que haban quedado servibles, mientras algunos se ocupaban en custodiar,
tenindoles a raya, a los ingleses, que haban sido desarmados y
acorralados en el primer entrepuente. Los oficiales de esta nacin, que
antes eran nuestros guardianes, se haban convertido en prisioneros.

Todo lo comprend. El heroico comandante del _Santa Ana_, D.
Ignacio M. de lava, viendo que se aproximaban algunos navos espaoles,
salidos de Cdiz, con objeto de represar los buques prisioneros y salvar
la tripulacin de los prximos a naufragar, se dirigi con lenguaje
patritico a su abatida tripulacin. Esta respondi a la voz de su jefe
con un supremo esfuerzo; obligaron a rendirse a los ingleses que
custodiaban el barco; enarbolaron de nuevo la bandera espaola, y el
_Santa Ana_ qued libre, aunque comprometido en nueva lucha,
ms peligrosa quizs que la primera.

Este singular atrevimiento, uno de los episodios ms honrosos de la
jornada de Trafalgar, se llev a cabo en un buque desarbolado, sin
timn, con la mitad de su gente muerta o herida, y el resto en una
situacin moral y fsica enteramente lamentable. Preciso fue, una vez
consumado aquel acto, arrostrar sus consecuencias: dos navos ingleses,
tambin muy mal parados, hacan fuego sobre el _Santa Ana_;
pero ste era socorrido oportunamente por el _Ass_, el
_Montas_ y el _Rayo_, tres de los que se retiraron
con Gravina el da 21, y que haban vuelto a salir para rescatar a los
apresados. Aquellos nobles invlidos trabaron nueva y desesperada lucha,
quizs con ms coraje que la primera, porque las heridas no restaadas
avivan la furia en el alma de los combatientes, y stos parece que rien
con ms ardor, porque tienen menos vida que perder.

Las peripecias todas del terrible da 21 se renovaron a mis ojos: el
entusiasmo era grande; pero la gente escasa, por lo cual fue preciso
duplicar el esfuerzo. Sensible es que hecho tan heroico no haya ocupado
en nuestra historia ms que una breve pgina, si bien es verdad que
junto al gran suceso que hoy se conoce con el nombre de _Combate de
Trafalgar_, estos episodios se achican, y casi desaparecen como
dbiles resplandores en una horrenda noche.

Entonces presenci un hecho que me hizo derramar lgrimas. No
encontrando a mi amo por ninguna parte, y temiendo que corriera algn
peligro, baj a la primera batera y le hall ocupado en apuntar un
can. Su mano trmula haba recogido el botafuego de las de un marinero
herido, y con la debilitada vista de su ojo derecho, buscaba el infeliz
el punto a donde quera mandar la bala. Cuando la pieza se dispar, se
volvi hacia m, trmulo de gozo, y con voz que apenas pude entender, me
dijo:

Ah!, ahora Paca no se reir de m. Entraremos triunfantes en Cdiz.

En resumen, la lucha termin felizmente, porque los ingleses
comprendieron la imposibilidad de represar al _Santa Ana_, a
quien favorecan, a ms de los tres navos indicados, otros dos
franceses y una fragata, que llegaron en lo ms recio de la pelea.

Estbamos libres de la manera ms gloriosa; pero en el punto en que
concluy aquella hazaa, comenz a verse claro el peligro en que nos
encontrbamos, pues el _Santa Ana_ deba ser remolcado hasta
Cdiz, a causa del mal estado de su casco. La fragata francesa
_Themis_ ech un cable y puso la proa al Norte; pero qu
fuerza poda tener aquel barco para remolcar otro tan pesado como el
_Santa Ana_, y que slo poda ayudarse con las velas
desgarradas que quedaban en el palo del trinquete? Los navos que nos
haban rescatado, esto es, el _Rayo_, el _Montas_
y el _San Francisco de Ass_, quisieron llevar ms adelante su
proeza, y forzaron de vela para rescatar tambin al _San Juan_
y al _Bahama_, que iban marinados por los ingleses. Nos
quedamos, pues, solos, sin ms amparo que el de la fragata que nos
arrastraba, nio que conduca un gigante. Qu sera de nosotros si los
ingleses, como era de suponer, se reponan de su descalabro y volvan
con nuevos refuerzos a perseguirnos? En tanto, parece que la Providencia
nos favoreca, pues el viento, propicio a la marcha que llevbamos,
impulsaba a nuestra fragata, y tras ella, conducido amorosamente, el
navo se acercaba a Cdiz.

Cinco leguas nos separaban del puerto.

Qu indecible satisfaccin! Pronto concluiran nuestras penas; pronto
pondramos el pie en suelo seguro, y si llevbamos la noticia de grandes
desastres, tambin llevbamos la felicidad a muchos corazones que
padecan mortal angustia creyendo perdidos para siempre a los que
volvan con vida y con salud.

La intrepidez de los navos espaoles no tuvo ms xito que el rescate
del _Santa Ana_, pues les carg el tiempo y tuvieron que
retroceder sin poder dar caza a los navos ingleses que custodiaban al
_San Juan_, al _Bahama_ y al _San
Ildefonso_. An distbamos cuatro leguas del trmino de nuestro
viaje cuando los vimos retroceder. El vendaval haba arreciado, y fue
opinin general a bordo del _Santa Ana_ que, si tardbamos en
llegar, pasaramos muy mal rato. Nuevos y ms terribles apuros. Otra
vez la esperanza perdida a la vista del puerto, y cuando unos cuantos
pasos ms sobre el terrible elemento nos habran puesto en completa
seguridad dentro de la baha.

A todas stas se vena la noche encima con malsimo aspecto: el cielo,
cargado de nubes negras, pareca haberse aplanado sobre el mar, y las
exhalaciones elctricas, que lo inflamaban con breves intervalos, daban
al crepsculo un tinte pavoroso. La mar, cada vez ms turbulenta, furia
an no aplacada con tanta vctima, bramaba con ira, y su insaciable
voracidad peda mayor nmero de presas. Los despojos de la ms numerosa
escuadra que por aquel tiempo haba desafiado su furor juntamente con el
de los enemigos, no se escapaban a la clera del elemento, irritado como
un dios antiguo, sin compasin hasta el ltimo instante, tan cruel ante
la fortuna como ante la desdicha.

Yo observ seales de profunda tristeza lo mismo en el semblante de mi
amo que en el del general lava, quien, a pesar de sus heridas, estaba
en todo, y mandaba hacer seales a la fragata _Themis_ para
que acelerase su marcha si era posible. Lejos de corresponder a su justa
impaciencia, nuestra remolcadora se preparaba a tomar rizos y a cargar
muchas de sus velas, para aguantar mejor el furioso levante. Yo
particip de la general tristeza, y en mis adentros consideraba cun
fcilmente se burla el destino de nuestras previsiones mejor fundadas, y
con cunta rapidez se pasa de la mayor suerte a la ltima desgracia.
Pero all estbamos sobre el mar, emblema majestuoso de la humana vida.
Un poco de viento le transforma; la ola mansa que golpea el buque con
blando azote, se trueca en montaa lquida que le quebranta y le sacude;
el grato sonido que forman durante la bonanza las leves ondulaciones del
agua, es luego una voz que se enronquece y grita, injuriando a la frgil
embarcacin; y sta, despeada, se sumerge sintiendo que le falta el
sostn de su quilla, para levantarse luego lanzada hacia arriba por la
ola que sube. Un da sereno trae espantosa noche, o por el contrario,
una luna que hermosea el espacio y serena el espritu suele preceder a
un sol terrible, ante cuya claridad la Naturaleza se descompone con
formidable trastorno.

Nosotros experimentbamos la desdicha de estas alternativas, y adems la
que proviene de las propias obras del hombre. Tras un combate habamos
sufrido un naufragio; salvados de ste, nos vimos nuevamente empeados
en una lucha, que fue afortunada, y luego, cuando nos cremos al fin de
tantas penas, cuando saludbamos a Cdiz llenos de alegra, nos vimos de
nuevo en poder de la tempestad, que hacia fuera nos atraa, ansiosa de
rematarnos. Esta serie de desventuras pareca absurda, no es verdad?
Era como la cruel aberracin de una divinidad empeada en causar todo el
mal posible a seres extraviados... pero no: era la lgica del mar, unida
a la lgica de la guerra. Asociados estos dos elementos terribles, no
es un imbcil el que se asombre de verles engendrar las mayores
desventuras?

Una nueva circunstancia aument para m y para mi amo las tristezas de
aquella tarde. Desde que se rescat el _Santa Ana_ no habamos
visto al joven Malespina. Por ltimo, despus de buscarle mucho, le
encontr acurrucado en uno de los canaps de la cmara.

Acerqueme a l y le vi muy demudado; le interrogu y no pudo
contestarme. Quiso levantarse y volvi a caer sin aliento.

Est usted herido!--dije--: Llamar para que le curen.

--No es nada--contest--. Querrs traerme un poco de agua?

Al punto llam a mi amo. Qu es eso, la herida de la mano?--pregunt
ste examinando al joven.

--No, es algo ms, repuso D. Rafael con tristeza, y seal a su costado
derecho cerca de la cintura.

Luego, como si el esfuerzo empleado en mostrar su herida y en decir
aquellas pocas palabras fuera excesivo para su naturaleza debilitada,
cerr los ojos y qued sin habla ni movimiento por algn tiempo.

Oh!, esto parece grave--dijo D. Alonso con desaliento.

--Y ms que grave!, aadi un cirujano que haba acudido a examinarle.

Malespina, posedo de profunda tristeza al verse en tal estado, y
creyendo que no haba remedio para l, ni siquiera dio cuenta de su
herida y se retir a aquel sitio, donde le detuvieron sus pensamientos y
sus recuerdos. Creyndose prximo a morir, se negaba a que se le hiciera
la cura. El cirujano dijo que aunque grave, la herida no pareca mortal;
pero aadi que si no llegbamos a Cdiz aquella noche para que fuese
convenientemente asistido en tierra, la vida de aqul, as como la de
otros heridos, corra gran peligro. El _Santa Ana_ haba
tenido en el combate del 21 noventa y siete muertos y ciento cuarenta
heridos: se haban agotado los recursos de la enfermera, y algunos
medicamentos indispensables faltaban por completo. La desgracia de
Malespina no fue la nica despus del rescate, y Dios quiso que otra
persona para m muy querida sufriese igual suerte. Marcial cay herido,
si bien en los primeros instantes apenas sinti dolor y abatimiento,
porque su vigoroso espritu le sostena. No tard, sin embargo, en bajar
al sollado, diciendo que se senta muy mal. Mi amo envi al cirujano
para que le asistiese, y ste se limit a decir que la herida no habra
tenido importancia alguna en un joven de veinticuatro aos: Medio-hombre
tena ms de sesenta.

En tanto, el navo _Rayo_ pasaba por babor y al habla. lava
mand que se le preguntase a la fragata _Themis_ si crea
poder entrar en Cdiz, y habiendo contestado rotundamente que no, se
hizo igual pregunta al _Rayo_, que hallndose casi ileso,
contaba con arribar seguramente al puerto. Entonces, reunidos varios
oficiales, acordaron trasladar a aquel navo al comandante Gardoqui,
gravemente herido, y a otros muchos oficiales de mar y tierra, entre los
cuales se contaba el novio de mi amita. D. Alonso consigui que Marcial
fuese tambin trasladado, en atencin a que su mucha edad le agravaba
considerablemente, y a m me hizo el encargo de acompaarles como paje o
enfermero, ordenndome que no me apartase ni un instante de su lado,
hasta que no les dejase en Cdiz o en Vejer en poder de su familia. Me
dispuse a obedecer, intent persuadir a mi amo de que l tambin deba
transbordarse al _Rayo_ por ser ms seguro; pero ni siquiera
quiso or tal proposicin.

La suerte--dijo--, me ha trado a este buque, y en l estar hasta que
Dios decida si nos salvamos o no. lava est muy mal; la mayor parte de
la oficialidad se halla herida, y aqu puedo prestar algunos servicios.
No soy de los que abandonan el peligro: al contrario, le busco desde el
21, y deseo encontrar ocasin de que mi presencia en la escuadra sea de
provecho. Si llegas antes que yo, como espero, di a Paca que el buen
marino es esclavo de su patria, y que yo he hecho muy bien en venir
aqu, y que estoy muy contento de haber venido, y que no me pesa, no
seor, no me pesa... al contrario... Dile que se alegrar cuando me vea,
y que de seguro mis compaeros me habran echado de menos si no hubiera
venido... Cmo haba de faltar? No te parece a ti que hice bien en
venir?

--Pues es claro: eso qu duda tiene?--respond procurando calmar su
agitacin, la cual era tan grande, que no le dejaba ver la
inconveniencia de consultar con un msero paje cuestin tan grave.

--Veo que t eres una persona razonable--aadi sintindose consolado
con mi aprobacin--; veo que tienes miras elevadas y patriticas... Pero
Paca no ve las cosas ms que por el lado de su egosmo; y como tiene un
genio tan raro, y como se le ha metido en la cabeza que las escuadras y
los caones no sirven para nada, no puede comprender que yo... En fin...
s que se pondr furiosa cuando vuelva, pues... como no hemos ganado,
dir esto y lo otro... me volver loco... pero qui... yo no le har
caso. Qu te parece a ti? No es verdad que no debo hacerla caso?

--Ya lo creo--contest--. Usa ha hecho muy bien en venir: eso prueba
que es un valiente marino.

--Pues vete con esas razones a Paca, y vers lo que te contesta
--replic l cada vez ms agitado--. En fin, dile que estoy bueno y
sano, y que mi presencia aqu ha sido muy necesaria. La verdad es que en
el rescate del _Santa Ana_ he tomado parte muy principal. Si
yo no hubiera apuntado tan bien aquellos caones, quin sabe, quin
sabe... Y qu crees t? An puede que haga algo ms; an puede ser que
si el viento nos es favorable, rescatemos maana un par de navos... S,
seor... Aqu estoy meditando cierto plan... Veremos, veremos... Con que
adis, Gabrielillo. Cuidado con lo que le dices a Paca.

--No, no me olvidar. Ya sabr que si no es por usa no se represa el
_Santa Ana_, y sabr tambin que puede ser que a lo mejor nos
traiga a Cdiz dos docenas de navos.

--Dos docenas, no, hombre--dijo--; eso es mucho. Dos navos, o quizs
tres. En fin, yo creo que he hecho muy bien en venir a la escuadra. Ella
estar furiosa y me volver loco cuando regrese; pero... yo creo, lo
repito, que he hecho muy bien en embarcarme.

Dicho esto se apart de m. Un instante despus le vi sentado en un
rincn de la cmara. Estaba rezando, y mova las cuentas del rosario con
mucho disimulo, porque no quera que le vieran ocupado en tan devoto
ejercicio. Yo presum por sus ltimas palabras que mi amo haba perdido
el seso, y vindole rezar me hice cargo de la debilidad de su espritu,
que en vano se haba esforzado por sobreponerse a la edad cansada, y no
pudiendo sostener la lucha, se diriga a Dios en busca de misericordia.
Doa Francisca tena razn.

Mi amo, desde hace muchos aos, no serva ms que para rezar.

Conforme a lo acordado nos trasbordamos. D. Rafael y Marcial, como los
dems oficiales heridos, fueron bajados en brazos a una de las lanchas,
con mucho trabajo, por robustos marineros. Las fuertes olas estorbaban
mucho esta operacin; pero al fin se hizo, y las dos embarcaciones se
dirigieron al _Rayo_. La travesa de un navo a otro fue
malsima; mas, al fin, aunque hubo momentos en que a m me pareca que
la embarcacin iba a desaparecer para siempre, llegamos al costado del
_Rayo_, y con muchsimo trabajo subimos la escala.




-XV-


Hemos salido de Guatemala para entrar en Guatepeor--dijo Marcial
cuando le pusieron sobre cubierta--. Pero donde manda capitn no manda
marinero. A este condenado le pusieron _Rayo_ por mal nombre.
l dice que entrar en Cdiz antes de media noche, y yo digo que no
entra. Veremos a ver.

--Qu dice usted, Marcial, que no llegaremos?--pregunt con mucho
afn.

--Usted, Sr. Gabrielito, no entiende de esto.

--Es que cuando mi seor D. Alonso y los oficiales del _Santa
Ana_ creen que el _Rayo_ entrar esta noche, por fuerza
tiene que entrar. Ellos que lo dicen, bien sabido se lo tendrn.

--Y t no sabes, _sardiniya_, que esos seores de popa se
_candilean_ (se equivocan) ms fcilmente que nosotros los
marinos de combs. Si no, ah tienes al jefe de toda la escuadra,
_Mr. Corneta_, que cargue el diablo con l. Ya ves como no ha
tenido ni tanto as _de idea_ para mandar la accin. Piensas
t que si _Mr. Corneta_ hubiera hecho lo que yo deca se
hubiera perdido la batalla?

--Y usted cree que no llegaremos a Cdiz?

--Digo que este navo es ms pesado que el mismo plomo, y adems
traicionero. Tiene mala andadura, gobierna mal y parece que est cojo,
tuerto y manco como yo, pues si le echan la caa para aqu, l va para
all.

En efecto: el _Rayo_, segn opinin general, era un barco de
malsimas condiciones marineras. Pero a pesar de esto y de su avanzada
edad, que frisaba en los cincuenta y seis aos, como se hallaba en buen
estado, no pareca correr peligro alguno, pues si el vendaval era cada
vez mayor, tambin el puerto estaba cerca. De todos modos, no era
lgico suponer que mayor peligro corra el _Santa Ana_,
desarbolado, sin timn, y obligado a marchar a remolque de una fragata?

Marcial fue puesto en el sollado, y Malespina en la cmara. Cuando le
dejamos all con los dems oficiales heridos, escuch una voz que
reconoc, aunque al punto no pude darme cuenta de la persona a quien
perteneca. Acerqueme al grupo de donde sala aquella charla retumbante,
que dominaba las dems voces, y qued asombrado, reconociendo al mismo
D. Jos Mara Malespina en persona.

Corr a l para decirle que estaba su hijo, y el buen padre suspendi la
sarta de mentiras que estaba contando para acudir al lado del joven
herido. Grande fue su alegra encontrndole vivo, pues haba salido de
Cdiz porque la impaciencia le devoraba, y quera saber su paradero a
todo trance.

Eso que tienes no es nada--dijo abrazando a su hijo--: un simple
rasguo. T no ests acostumbrado a sentir heridas; eres una dama,
Rafael. Oh!, si cuando la guerra del Roselln hubieras estado en edad
de ir all conmigo, habras visto lo bueno. Aqullas s eran heridas. Ya
sabes que una bala me entr por el antebrazo, subi hacia el hombro, dio
la vuelta por toda la espalda, y vino a salir por la cintura. Oh, qu
herida tan singular!, pero a los tres das estaba sano, mandando la
artillera en el ataque de Bellegarde.

Despus explic el motivo de su presencia a bordo del _Rayo_,
de este modo:

El 21 por la noche supimos en Cdiz el xito del combate. Lo dicho,
seores: no se quiso hacer caso de m cuando habl de las reformas de la
artillera, y aqu tienen los resultados. Pues bien: en cuanto lo supe y
me enter de que haba llegado en retirada Gravina con unos cuantos
navos, fui a ver si entre ellos vena el _San Juan_, donde
estabas t; pero me dijeron que haba sido apresado. No puedo pintar a
ustedes mi ansiedad: casi no me quedaba duda de tu muerte, mayormente
desde que supe el gran nmero de bajas ocurridas en tu navo. Pero yo
soy hombre que llevo las cosas hasta el fin, y sabiendo que se haba
dispuesto la salida de algunos navos con objeto de recoger los
desmantelados y rescatar los prisioneros, determin salir pronto de
dudas, embarcndome en uno de ellos. Expuse mi pretensin a Solano, y
despus al mayor general de la escuadra, mi antiguo amigo Escao, y no
sin escrpulo me dejaron venir. A bordo del _Rayo_, donde me
embarqu esta maana, pregunt por ti, por el _San Juan_; mas
nada consolador me dijeron, sino, por el contrario, que Churruca haba
muerto, y que su navo, despus de batirse con gloria, haba cado en
poder de los enemigos. Figrate cul sera mi ansiedad! Qu lejos
estaba hoy, cuando rescatamos al _Santa Ana_, de que t te
hallabas en l! A saberlo con certeza, hubiera redoblado mis esfuerzos
en las disposiciones que di con permiso de estos seores, y el navo de
lava habra quedado libre en dos minutos.

Los oficiales que le rodeaban mirbanle con sorna oyendo el ltimo
jactancioso concepto de D. Jos Mara. Por sus risas y cuchicheos
comprend que durante todo el da se haban divertido con los embustes
de aquel buen seor, quien no pona freno a su voluble lengua, ni aun en
las circunstancias ms crticas y dolorosas.

El cirujano dijo que convena dejar reposar al herido, y no sostener en
su presencia conversacin alguna, sobre todo si sta se refera al
pasado desastre. D. Jos Mara, que tal oy, asegur que, por el
contrario, convena reanimar el espritu del enfermo con la
conversacin.

En la guerra del Roselln, los heridos graves (y yo lo estuve varias
veces) mandbamos a los soldados que bailasen y tocasen la guitarra en
la enfermera, y seguro estoy de que este tratamiento nos cur ms
pronto que todos los emplastos y botiquines.

--Pues en las guerras de la Repblica francesa--dijo un oficial andaluz
que quera confundir a D. Jos Mara--, se estableci que en las
ambulancias de los heridos fuese un cuerpo de baile completo y una
compaa de pera, y con esto se ahorraron los mdicos y boticarios,
pues con un par de arias y dos docenas de trenzados en sexta se quedaban
todos como nuevos.

--Alto ah!--exclam Malespina--. Esa es grilla, caballerito. Cmo
puede ser que con msica y baile se curen las heridas?

--Usted lo ha dicho.--S; pero eso no ha pasado ms que una vez, ni es
fcil que vuelva a pasar. Es acaso probable que vuelva a haber una
guerra como la del Roselln, la ms sangrienta, la ms hbil, la ms
estratgica que ha visto el mundo desde Epaminondas? Claro es que no;
pues all todo fue extraordinario, y puedo dar fe de ello, que la
presenci desde el _Introito_ hasta el _Ite misa
est_. A aquella guerra debo mi conocimiento de la artillera;
usted no ha odo hablar de m? Estoy seguro de que me conocer de
nombre. Pues sepa usted que aqu traigo en la cabeza un proyecto
grandioso, y tal que si algn da llega a ser realidad, no volvern a
ocurrir desastres como ste del 21. S, seores--aadi mirando con
gravedad y suficiencia a los tres o cuatro oficiales que le oan--: es
preciso hacer algo por la patria; urge inventar algo sorprendente, que
en un periquete nos devuelva todo lo perdido y asegure a nuestra marina
la victoria por siempre jams amn.

--A ver, Sr. D. Jos Mara--dijo un oficial--; explquenos usted cul
es su invento.--Pues ahora me ocupo del modo de construir caones de a
300.

--Hombre, de a 300!--exclamaron los oficiales con aspavientos de risa
y burla--. Los mayores que tenemos a bordo son de 36.

--Esos son juguetes de chicos. Figrese usted el destrozo que haran
esas piezas de 300 disparando sobre la escuadra enemiga--dijo
Malespina--. Pero qu demonios es esto?--aadi agarrndose para no
rodar por el suelo, pues los balanceos del _Rayo_ eran tales
que muy difcilmente poda uno tenerse derecho.

--El vendaval arrecia y me parece que esta noche no entramos en Cdiz,
dijo un oficial retirndose.

Quedaron slo dos, y el mentiroso continu su perorata en estos
trminos:

Lo primero que habra que hacer era construir barcos de 95 a 100 varas
de largo.

--Caracoles! Sabe usted que la lanchita sera regular?--indic un
oficial--. Cien varas! El _Trinidad_, que santa gloria haya,
tena setenta, y a todos pareca demasiado largo. Ya sabe usted que
viraba mal, y que todas las maniobras se hacan en l muy difcilmente.

--Veo que usted se asusta por poca cosa, caballerito--prosigui
Malespina--. Qu son 100 varas? An podran construirse barcos mucho
mayores. Y he de advertir a ustedes que yo los construira de hierro.

--De hierro!--exclamaron los dos oyentes sin poder contener la risa.

--De hierro, s. Por ventura no conoce usted la ciencia de la
hidrosttica? Con arreglo a ella, yo construira un barco de hierro de
7.000 toneladas.

--Y el _Trinidad_ no tena ms que 4.000!--indic un
oficial--, lo cual pareca excesivo. Pero no comprende usted que para
mover esa mole sera preciso un aparejo tan colosal, que no habra
fuerzas humanas capaces de maniobrar en l?

--Bicoca!... Oh!, seor marino, y quin le dice a usted que yo sera
tan torpe que moviera ese buque por medio del viento? Usted no me
conoce. Si supiera usted que tengo aqu una idea... Pero no quiero
explicrsela a ustedes, porque no me entenderan.

Al llegar a este punto de su charla, D. Jos Mara dio tal tumbo que se
qued en cuatro pies. Pero ni por esas cerr el pico. Marchse otro de
los oficiales, y qued slo uno, el cual tuvo que seguir sosteniendo la
conversacin.

Qu vaivenes!--continu diciendo el viejo--. No parece sino que nos
vamos a estrellar contra la costa... Pues bien: como dije, yo movera
esa gran mole de mi invencin por medio del... A que no lo adivina
usted?... Por medio del vapor de agua. Para esto se construira una
mquina singular, donde el vapor, comprimido y dilatado alternativamente
dentro de dos cilindros, pusiera en movimiento unas ruedas... pues....

El oficial no quiso or ms; y aunque no tena puesto en el buque, ni
estaba de servicio, por ser de los recogidos, fue a ayudar a sus
compaeros, bastante atareados con el creciente temporal. Malespina se
qued solo conmigo, y entonces cre que iba a callar por no juzgarme
persona a propsito para sostener la conversacin. Pero mi desgracia
quiso que l me tuviera en ms de lo que yo vala, y la emprendi
conmigo en los siguientes trminos:

Usted comprende bien lo que quiero decir? Siete mil toneladas, el
vapor, dos ruedas... pues.

--S, seor, comprendo perfectamente--contest a ver si se callaba,
pues ni tena humor de orle, ni los violentos balances del buque,
anunciando un gran peligro, disponan el nimo a disertar sobre el
engrandecimiento de la marina.

--Veo que usted me conoce y se hace cargo de mis invenciones--continu
l--. Ya comprender que el buque que imagino sera invencible, lo mismo
atacando que defendiendo. l solo habra derrotado con cuatro o cinco
tiros los treinta navos ingleses.

--Pero los caones de stos no le haran dao tambin?--manifest con
timidez, arguyndole ms bien por cortesa que porque el asunto me
interesase.

--Oh! La observacin de usted, caballerito, es atinadsima, y prueba
que comprende y aprecia las grandes invenciones. Para evitar el efecto
de la artillera enemiga, yo forrara mi barco con gruesas planchas de
acero; es decir, le pondra una coraza, como las que usaban los antiguos
guerreros. Con este medio, podra atacar, sin que los proyectiles
enemigos hicieran en sus costados ms efecto que el que hara una
andanada de bolitas de pan, lanzadas por la mano de un nio. Es una idea
maravillosa la que yo he tenido. Figrese usted que nuestra nacin
tuviera dos o tres barcos de esos. Dnde ira a parar la escuadra
inglesa con todos sus Nelsones y Collingwoodes?

--Pero en caso de que se pudieran hacer aqu esos barcos--dije yo con
viveza, conociendo la fuerza de mi argumento--, los ingleses los haran
tambin, y entonces las proporciones de la lucha seran las mismas.

D. Jos Mara se qued como alelado con esta razn, y por un instante
estuvo perplejo, sin saber qu decir; mas su vena inagotable no tard en
sugerirle nuevas ideas, y contest con mal humor:

Y quin le ha dicho a usted, mozalbete atrevido, que yo sera capaz de
divulgar mi secreto? Los buques se fabricaran con el mayor sigilo y sin
decir palotada a nadie. Supongamos que ocurra una nueva guerra. Nos
provocaban los ingleses, y les decamos: S, seor, pronto estamos; nos
batiremos. Salan al mar los navos ordinarios, empezaba la pelea, y a
lo mejor ctate que aparecen en las aguas del combate dos o tres de esos
monstruos de hierro, vomitando humo y marchando ac o all sin hacer
caso del viento; se meten por donde quieren, hacen astillas con el
empuje de su afilada proa a los barcos contrarios, y con un par de
caonazos... figrese usted, todo se acababa en un cuarto de hora.

No quise hacer ms objeciones, porque la idea de que corramos un gran
peligro me impeda ocupar la mente con pensamientos contrarios a los
propios de tan crtica situacin. No volv a acordarme ms del
formidable buque imaginario, hasta que treinta aos ms tarde supe la
aplicacin del vapor a la navegacin, y ms an, cuando al cabo de medio
siglo vi en nuestra gloriosa fragata _Numancia_ la acabada
realizacin de los estrafalarios proyectos del mentiroso de Trafalgar.

Medio siglo despus me acord de D. Jos Mara Malespina, y dije:
Parece mentira que las extravagancias ideadas por un loco o un
embustero lleguen a ser realidades maravillosas con el transcurso del
tiempo.

Desde que observ esta coincidencia, no condeno en absoluto ninguna
utopa, y todos los mentirosos me parecen hombres de genio.

Dej a D. Jos Mara para ver lo que pasaba, y en cuanto puse los pies
fuera de la cmara, me enter de la comprometida situacin en que se
encontraba el _Rayo_. El vendaval, no slo le impeda la
entrada en Cdiz, sino que le impulsaba hacia la costa, donde encallara
de seguro, estrellndose contra las rocas. Por mala que fuera la suerte
del _Santa Ana_, que habamos abandonado, no poda ser peor
que la nuestra. Yo observ con afn los rostros de oficiales y
marineros, por ver si encontraba alguno que indicase esperanza; pero,
por mi desgracia, en todos vi seales de gran desaliento. Consult el
cielo, y lo vi pavorosamente feo; consult la mar, y la encontr muy
sauda: no era posible volverse ms que a Dios, y ste estaba tan poco
propicio con nosotros desde el 21!...

El _Rayo_ corra hacia el Norte. Segn las indicaciones que
iban haciendo los marineros, junto a quienes estaba yo, pasbamos frente
al banco de Marrajotes, de Hazte Afuera, de Juan Bola, frente al
Torregorda, y, por ltimo, frente al castillo de Cdiz. En vano se
ejecutaron todas las maniobras necesarias para poner la proa hacia el
interior de la baha. El viejo navo, como un corcel espantado, se
negaba a obedecer; el viento y el mar, que corran con impetuosa furia
de Sur a Norte, lo arrastraban, sin que la ciencia nutica pudiese nada
para impedirlo.

No tardamos en rebasar de la baha. A nuestra derecha qued bien pronto
Rota, Punta Candor, Punta de Meca, Regla y Chipiona. No quedaba duda de
que el _Rayo_ iba derecho a estrellarse inevitablemente en la
costa cercana a la embocadura del Guadalquivir. No necesito decir que
las velas haban sido cargadas, y que no bastando este recurso contra
tan fuerte temporal, se bajaron tambin los masteleros. Por ltimo,
tambin se crey necesario picar los palos, para evitar que el navo se
precipitara bajo las olas. En las grandes tempestades el barco necesita
achicarse, de alta encina quiere convertirse en humilde hierba, y como
sus mstiles no pueden plegarse cual las ramas de un rbol, se ve en la
dolorosa precisin de amputarlos, quedndose sin miembros por salvar la
vida.

La prdida del buque era ya inevitable. Picados los palos mayor y de
mesana, se le abandon, y la nica esperanza consista en poderlo
fondear cerca de la costa, para lo cual se prepararon las ncoras,
reforzando las amarras. Dispar dos caonazos para pedir auxilio a la
playa ya cercana, y como se distinguieran claramente algunas hogueras en
la costa, nos alegramos, creyendo que no faltara quien nos diera
auxilio. Muchos opinaron que algn navo espaol o ingls haba
encallado all, y que las hogueras que veamos eran encendidas por la
tripulacin nufraga. Nuestra ansiedad creca por momentos; y respecto a
m, debo decir que me cre cercano a un fin desastroso. Ni pona
atencin a lo que a bordo pasaba, ni en la turbacin de mi espritu
poda ocuparme ms que de la muerte, que juzgaba inevitable. Si el buque
se estrellaba, quin poda salvar el espacio de agua que le separara
de la tierra? El lugar ms terrible de una tempestad es aquel en que las
olas se revuelven contra la tierra, y parece que estn cavando en ella
para llevarse pedazos de playa al profundo abismo. El empuje de la ola
al avanzar y la violencia con que se arrastra al retirarse son tales,
que ninguna fuerza humana puede vencerlos.

Por ltimo, despus de algunas horas de mortal angustia, la quilla del
_Rayo_ toc en un banco de arena y se par. El casco todo y
los restos de su arboladura retemblaron un instante: pareca que
intentaban vencer el obstculo interpuesto en su camino; pero ste fue
mayor, y el buque, inclinndose sucesivamente de uno y otro costado,
hundi su popa, y despus de un espantoso crujido, qued sin movimiento.

Todo haba concluido, y ya no era posible ocuparse ms que de salvar la
vida, atravesando el espacio de mar que de la costa nos separaba. Esto
pareci casi imposible de realizar en las embarcaciones que a bordo
tenamos; mas haba esperanzas de que nos enviaran auxilio de tierra,
pues era evidente que la tripulacin de un buque recin naufragado
vivaqueaba en ella, y no poda estar lejos alguna de las balandras de
guerra cuya salida para tales casos deba haber dispuesto la autoridad
naval de Cdiz... El _Rayo_ hizo nuevos disparos, y esperamos
socorros con la mayor impaciencia, porque, de no venir pronto,
pereceramos todos con el navo. Este infeliz invlido, cuyo fondo se
haba abierto al encallar, amenazaba despedazarse por sus propias
convulsiones, y no poda tardar el momento en que, desquiciada la
clavazn de algunas de sus cuadernas, quedaramos a merced de las olas,
sin ms apoyo que el que nos dieran los desordenados restos del buque.

Los de tierra no podan darnos auxilio; pero Dios quiso que oyera los
caonazos de alarma una balandra que se haba hecho a la mar desde
Chipiona, y se nos acerc por la proa, mantenindose a buena distancia.
Desde que avistamos su gran vela mayor vimos segura nuestra salvacin, y
el comandante del _Rayo_ dio las rdenes para que el trasbordo
se verificara sin atropello en tan peligrosos momentos.

Mi primera intencin, cuando vi que se trataba de trasbordar, fue correr
al lado de las dos personas que all me interesaban: el seorito
Malespina y Marcial, ambos heridos, aunque el segundo no lo estaba de
gravedad. Encontr al oficial de artillera en bastante mal estado, y
deca a los que le rodeaban:

No me muevan; djenme morir aqu.

Marcial haba sido llevado sobre cubierta, y yaca en el suelo con tal
postracin y abatimiento, que me inspir verdadero miedo su semblante.
Alz la vista cuando me acerqu a l, y tomndome la mano, dijo con voz
conmovida:

Gabrielillo, no me abandones.--A tierra! Todos vamos a tierra!,
exclam yo procurando reanimarle; pero l, moviendo la cabeza con triste
ademn, pareca presagiar alguna desgracia.

Trat de ayudarle para que se levantara; pero despus del primer
esfuerzo, su cuerpo volvi a caer exnime, y al fin dijo: No puedo.

Las vendas de su herida se haban cado, y en el desorden de aquella
apurada situacin no encontr quien se las aplicara de nuevo. Yo le cur
como pude, consolndole con palabras de esperanza; y hasta procur rer
ridiculizando su facha, para ver si de este modo le reanimaba. Pero el
pobre viejo no despleg sus labios; antes bien inclinaba la cabeza con
gesto sombro, insensible a mis bromas lo mismo que a mis consuelos.

Ocupado en esto, no advert que haba comenzado el embarque en las
lanchas. Casi de los primeros que a ellas bajaron fueron D. Jos Mara
Malespina y su hijo. Mi primer impulso fue ir tras ellos siguiendo las
rdenes de mi amo; pero la imagen del marinero herido y abandonado me
contuvo. Malespina no necesitaba de m, mientras que Marcial, casi
considerado como muerto, estrechaba con su helada mano la ma,
dicindome: Gabriel, no me abandones.

Las lanchas atracaban difcilmente; pero a pesar de esto, una vez
trasbordados los heridos, el embarco fue fcil, porque los marineros se
precipitaban en ellas deslizndose por una cuerda, o arrojndose de un
salto. Muchos se echaban al agua para alcanzarlas a nado. Por mi
imaginacin cruz como un problema terrible la idea de cul de aquellos
dos procedimientos empleara para salvarme. No haba tiempo que perder,
porque el _Rayo_ se desbarataba: casi toda la popa estaba
hundida, y los estallidos de los baos y de las cuadernas medio podridas
anunciaban que bien pronto aquella mole iba a dejar de ser un barco.
Todos corran con presteza hacia las lanchas, y la balandra, que se
mantena a cierta distancia, maniobrando con habilidad para resistir la
mar, les recoga. Las embarcaciones volvan vacas al poco tiempo, pero
no tardaban en llenarse de nuevo.

Yo observ el abandono en que estaba Medio-hombre, y me dirig sofocado
y llorando a algunos marineros, rogndoles que cargaran a Marcial para
salvarle. Pero harto hacan ellos con salvarse a s propios. En un
momento de desesperacin trat yo mismo de echrmele a cuestas; pero mis
escasas fuerzas apenas lograron alzar del suelo sus brazos desmayados.
Corr por toda la cubierta buscando un alma caritativa, y algunos
estuvieron a punto de ceder a mis ruegos; mas el peligro les distrajo de
tan buen pensamiento. Para comprender esta inhumana crueldad, es preciso
haberse encontrado en trances tan terribles: el sentimiento y la caridad
desaparecen ante el instinto de conservacin que domina el ser por
completo, asimilndole a veces a una fiera.

Oh, esos malvados no quieren salvarte, Marcial!--exclam con vivo
dolor.

--Djales--me contest--. Lo mismo da a bordo que en tierra. Mrchate
t; corre, chiquillo, que te dejan aqu.

No s qu idea mortific ms mi mente: si la de quedarme a bordo, donde
perecera sin remedio, o la de salir dejando solo a aquel desgraciado.
Por ltimo, ms pudo la voz de la naturaleza que otra fuerza alguna, y
di unos cuantos pasos hacia la borda. Retroced para abrazar al pobre
viejo, y corr luego velozmente hacia el punto en que se embarcaban los
ltimos marineros. Eran cuatro: cuando llegu, vi que los cuatro se
haban lanzado al mar y se acercaban nadando a la embarcacin, que
estaba como a unas diez o doce varas de distancia.

Y yo?--exclam con angustia, viendo que me dejaban--. Yo voy
tambin, yo tambin!.

Grit con todas mis fuerzas; pero no me oyeron o no quisieron hacerme
caso. A pesar de la obscuridad, vi la lancha; les vi subir a ella,
aunque esta operacin apenas poda apreciarse por la vista. Me dispuse a
arrojarme al agua para seguir la misma suerte; pero en el instante mismo
en que se determin en mi voluntad esta resolucin, mis ojos dejaron de
ver lancha y marineros, y ante m no haba ms que la horrenda
obscuridad del agua.

Todo medio de salvacin haba desaparecido. Volv los ojos a todos
lados, y no vi ms que las olas que sacudan los restos del barco; en el
cielo ni una estrella, en la costa ni una luz. La balandra haba
desaparecido tambin. Bajo mis pies, que pataleaban con ira, el casco
del _Rayo_ se quebraba en pedazos, y slo se conservaba unida
y entera la parte de proa, con la cubierta llena de despojos. Me
encontraba sobre una balsa informe que amenazaba desbaratarse por
momentos.

Al verme en tal situacin, corr hacia Marcial diciendo:

Me han dejado, nos han dejado!.

El anciano se incorpor con muchsimo trabajo, apoyado en su mano;
levant la cabeza y recorri con su turbada vista el lbrego espacio que
nos rodeaba.

Nada!--exclam--; no se ve nada. Ni lanchas, ni tierra, ni luces, ni
costa. No volvern.

Al decir esto, un terrible chasquido son bajo nuestros pies en lo
profundo del sollado de proa, ya enteramente anegado. El alczar se
inclin violentamente de un lado, y fue preciso que nos agarrramos
fuertemente a la base de un molinete para no caer al agua. El piso nos
faltaba; el ltimo resto del _Rayo_ iba a ser tragado por las
olas. Mas como la esperanza no abandona nunca, yo an cre posible que
aquella situacin se prolongase hasta el amanecer sin empeorarse, y me
consol ver que el palo del trinquete an estaba en pie. Con el
propsito firme de subirme a l cuando el casco acabara de hundirse,
mir aquel rbol orgulloso en que flotaban trozos de cabos y harapos de
velas, y que resista, coloso desgreado por la desesperacin, pidiendo
al cielo misericordia.

Marcial se dej caer en la cubierta, y luego dijo:

Ya no hay esperanza, Gabrielillo. Ni ellos querrn volver, ni la mar
les dejara si lo intentaran. Puesto que Dios lo quiere, aqu hemos de
morir los dos. Por m nada me importa: soy un viejo y no sirvo para
maldita la cosa... Pero t... t eres un nio, y...

Al decir esto su voz se hizo ininteligible por la emocin y la ronquera.
Poco despus le o claramente estas palabras:

T no tienes pecados, porque eres un nio. Pero yo... Bien que cuando
uno se muere as... vamos al decir... as, al modo de perro o gato, no
necesita de que un cura venga y le d la _solucin_, sino que
basta y sobra con que uno mismo se entienda con Dios. No has odo t
eso?.

Yo no s lo que contest; creo que no dije nada, y me puse a llorar sin
consuelo.

nimo, Gabrielillo--prosigui--. El hombre debe ser hombre, y ahora es
cuando se conoce quin tiene alma y quin no la tiene. T no tienes
pecados; pero yo s. Dicen que cuando uno se muere y no halla cura con
quien confesarse, debe decir lo que tiene en la conciencia al primero
que encuentre. Pues yo te digo, Gabrielillo, que me confieso contigo, y
que te voy a decir mis pecados, y cuenta con que Dios me est oyendo
detrs de ti, y que me va a perdonar.

Mudo por el espanto y por las solemnes palabras que acababa de or, me
abrac al anciano, que continu de este modo:

Pues digo que siempre he sido cristiano catlico,
_postlico_, romano, y que siempre he sido y soy devoto de la
Virgen del Carmen, a quien llamo en mi ayuda en este momento; y digo
tambin que, si hace veinte aos que no he confesado ni comulgado, no
fue por m, sino por _mor_ del maldito servicio, y porque
siempre lo va uno dejando para el domingo que viene. Pero ahora me pesa
de no haberlo hecho, y digo, y declaro, y perjuro, que quiero a Dios y a
la Virgen y a todos los santos; y que por todo lo que les haya ofendido
me castiguen, pues si no me confes y comulgu este ao fue por
_aqul_ de los malditos _casacones_, que me hicieron
salir al mar cuando tena el _proeto_ de cumplir con la
Iglesia. Jams he robado ni la punta de un alfiler, ni he dicho ms
mentiras que alguna que otra para bromear. De los palos que le daba a mi
mujer hace treinta aos, me arrepiento, aunque creo que bien dados
estuvieron, porque era ms mala que las _churras_, y con un
genio ms picn que un alacrn. No he faltado ni tanto as a lo que
manda la Ordenanza; no aborrezco a nadie ms que a los
_casacones_, a quienes hubiera querido ver hechos picadillo;
pero pues dicen que todos somos hijos de Dios, yo les perdono, y
_as mismamente_ perdono a los franceses, que nos han trado
esta guerra. Y no digo ms, porque me parece que me voy a toda vela. Yo
amo a Dios y estoy tranquilo. Gabrielillo, abrzate conmigo, y apritate
bien contra m. T no tienes pecados, y vas a andar
_finiqueleando_ con los ngeles divinos. Ms vale morirse a tu
edad que vivir en este _emperrado_ mundo... Con que nimo,
chiquillo, que esto se acaba. El agua sube, y el _Rayo_ se
acab para siempre. La muerte del que se ahoga es muy buena: no te
asustes... abrzate conmigo. Dentro de un ratito estaremos libres de
pesadumbres, yo dando cuenta a Dios de mis pecadillos, y t contento
como unas pascuas danzando por el Cielo, que est alfombrado con
estrellas, y all parece que la felicidad no se acaba nunca, porque es
eterna, que es como dijo el otro, maana y maana y maana, y al otro y
siempre...

No pudo hablar ms. Yo me agarr fuertemente al cuerpo de Medio-hombre.
Un violento golpe de mar sacudi la proa del navo, y sent el azote
del agua sobre mi espalda. Cerr los ojos y pens en Dios. En el mismo
instante perd toda sensacin, y no supe lo que ocurri.




-XVI-


Volvi, no s cundo, a iluminar turbiamente mi espritu la nocin de la
vida; sent un fro intenssimo, y slo este accidente me dio a conocer
la propia existencia, pues ningn recuerdo de lo pasado conservaba mi
mente, ni poda hacerme cargo de mi nueva situacin. Cuando mis ideas se
fueron aclarando y se desvaneca el letargo de mis sentidos, me encontr
tendido en la playa. Algunos hombres estaban en derredor mo,
observndome con inters. Lo primero que o, fue: Pobrecito...!, ya
vuelve en s.

Poco a poco fui volviendo a la vida, y con ella al recuerdo de lo
pasado. Me acord de Marcial, y creo que las primeras palabras
articuladas por mis labios fueron para preguntar por l. Nadie supo
contestarme. Entre los que me rodeaban reconoc a algunos marineros del
_Rayo_, les pregunt por Medio-hombre, y todos convinieron en
que haba perecido. Despus quise enterarme de cmo me haban salvado;
pero tampoco me dieron razn.

Dironme a beber no s qu; me llevaron a una casa cercana, y all,
junto al fuego, y cuidado por una vieja, recobr la salud, aunque no las
fuerzas. Entonces me dijeron que habiendo salido otra balandra a
reconocer los restos del _Rayo_, y los de un navo francs que
corri igual suerte, me encontraron junto a Marcial, y pudieron salvarme
la vida. Mi compaero de agona estaba muerto. Tambin supe que en la
travesa del barco naufragado a la costa haban perecido algunos
infelices.

Quise saber qu haba sido de Malespina, y no hubo quien me diera razn
del padre ni del hijo. Pregunt por el _Santa Ana_, y me
dijeron que haba llegado felizmente a Cdiz, por cuya noticia resolv
ponerme inmediatamente en camino para reunirme con mi amo. Me encontraba
a bastante distancia de Cdiz, en la costa que corresponde a la orilla
derecha del Guadalquivir. Necesitaba, pues, emprender la marcha
inmediatamente para recorrer lo ms pronto posible tan largo proyecto.
Esper dos das ms para reponerme, y al fin, acompaado de un marinero
que llevaba el mismo camino, me puse en marcha hacia Sanlcar. En la
maana del 27 recuerdo que atravesamos el ro, y luego seguimos nuestro
viaje a pie sin abandonar la costa. Como el marinero que me acompaaba
era francote y alegre, el viaje fue todo lo agradable que yo poda
esperar, dada la situacin de mi espritu, an abatido por la muerte de
Marcial y por las ltimas escenas de que fui testigo a bordo. Por el
camino bamos departiendo sobre el combate y los naufragios que le
sucedieron.

Buen marino era Medio-hombre--deca mi compaero de viaje--. Pero
quin le meti a salir a la mar con un cargamento de ms de sesenta
aos? Bien empleado le est el fin que ha tenido.

--Era un valiente marinero--dije yo--; y tan aficionado a la guerra,
que ni sus achaques le arredraron cuando intent venir a la escuadra.

--Pues de sta me despido--prosigui el marinero--. No quiero ms
batallas en la mar. El Rey paga mal, y despus, si queda uno cojo o
baldado, le dan las buenas noches, y si te he visto no me acuerdo.
Parece mentira que el Rey trate tan mal a los que le sirven. Qu cree
usted? La mayor parte de los comandantes de navo que se han batido el
21, hace muchos meses que no cobran sus pagas. El ao pasado estuvo en
Cdiz un capitn de navo que, no sabiendo cmo mantenerse y mantener a
sus hijos, se puso a servir en una posada.

Sus amigos le descubrieron, aunque l trataba de disimular su miseria,
y, por ltimo, lograron sacarle de tan vil estado. Esto no pasa en
ninguna nacin del mundo; y luego se espantan de que nos venzan los
ingleses! Pues no digo nada del armamento. Los arsenales estn vacos, y
por ms que se pide dinero a Madrid, ni un cuarto. Verdad es que todos
los tesoros del Rey se emplean en pagar sus sueldos a los seores de la
Corte, y entre stos el que ms come es el Prncipe de la Paz, que rene
40.000 durazos como Consejero de Estado, como Secretario de Estado, como
Capitn General y como Sargento mayor de guardias... Lo dicho, no quiero
servir al Rey. A mi casa me voy con mi mujer y mis hijos, pues ya he
cumplido, y dentro de unos das me han de dar la licencia.

--Pues no podr usted quejarse, amiguito, si le toc ir en el
_Rayo_, navo que apenas entr en accin.

--Yo no estaba en el _Rayo_, sino en el _Bahama_,
que sin duda fue de los barcos que mejor y por ms tiempo pelearon.

--Ha sido apresado, y su comandante muri, si no recuerdo mal.

--As fue--contest--. Y todava me dan ganas de llorar cuando me
acuerdo de Don Dionisio Alcal Galiano, el ms valiente brigadier de la
armada. Eso s: tena el genio fuerte y no consenta la ms pequea
falta; pero su mucho rigor nos obligaba a quererle ms, porque el
capitn que se hace temer por severo, si a la severidad acompaa la
justicia, infunde respeto, y, por ltimo, se conquista el cario de la
gente. Tambin puede decirse que otro ms caballero y ms generoso que
D. Dionisio Alcal Galiano no ha nacido en el mundo. As es que cuando
quera obsequiar a sus amigos, no se andaba por las ramas, y una vez en
la Habana gast diez mil duros en cierto convite que dio a bordo de su
buque.

--Tambin o que era hombre muy sabio en la nutica.

--En la nutica? Saba ms que Merln y que todos los doctores de la
Iglesia. Si haba hecho un sinfn de mapas y haba descubierto no s
qu tierras que estn all por el mismo infierno! Y hombres as los
mandan a una batalla para que perezcan como un grumete! Le contar a
usted lo que pas en el _Bahama_. Desde que empez la batalla,
D. Dionisio Alcal Galiano saba que la habamos de perder, porque
aquella maldita virada en redondo... Nosotros estbamos en la reserva y
nos quedamos a la cola. Nelson, que no era ningn rana, vio nuestra
lnea y dijo: Pues si la corto por dos puntos distintos, y les cojo
entre dos fuegos, no se me escapa ni tanto as de navo. As lo hizo el
maldito, y como nuestra lnea era tan larga, _la cabeza no poda ir
en auxilio de la cola_[6]. Nos derrot por partes, atacndonos en dos
fuertes columnas dispuestas al modo de cua, que es, segn dicen, el
modo de combatir que usaba el capitn moro Alejandro Magno, y que hoy
dicen usa tambin Napolen. Lo cierto es que nos envolvi y nos dividi
y nos fue rematando barco a barco de tal modo, que no podamos ayudarnos
unos a otros, y cada navo se vea obligado a combatir con tres o
cuatro.

[Nota 6: Palabras de Nelson. (N. del A.)]

Pues ver usted: el _Bahama_ fue de los que primero entraron
en fuego. Alcal Galiano revist la tripulacin al medioda, examin las
bateras, y nos ech una arenga en que dijo, sealando la bandera:
Seores: estn ustedes todos en la inteligencia de que esa bandera est
clavada. Ya sabamos qu clase de hombre nos mandaba; y as, no nos
asombr aquel lenguaje. Despus le dijo al guardia marina D. Alonso
Butrn, encargado de ella: Cuida de defenderla. Ningn Galiano se
rinde, y tampoco un Butrn debe hacerlo.

--Lstima es--dije yo--, que estos hombres no hayan tenido un jefe
digno de su valor, ya que no se les encarg del mando de la escuadra.

--S que es lstima, y ver usted lo que pas. Empez la refriega, que
ya sabr usted fue cosa buena, si estuvo a bordo del
_Trinidad_. Tres navos nos acribillaron a balazos por babor y
estribor. Desde los primeros momentos caan como moscas los heridos, y
el mismo comandante recibi una fuerte contusin en la pierna, y despus
un astillazo en la cabeza, que le hizo mucho dao. Pero usted cree que
se acobard, ni que anduvo con ungentos ni parches? Qui! Segua en el
alczar como si tal cosa, aunque personas muy queridas para l caan a
su lado para no levantarse ms. Alcal Galiano mandaba la maniobra y la
artillera como si hubiramos estado haciendo el saludo frente a una
plaza. Una balita de poca cosa le llev el anteojo, y esto le hizo
sonrer. An me parece que le estoy viendo. La sangre de las heridas le
manchaba el uniforme y las manos; pero l no se cuidaba de esto ms que
si fueran gotas de agua salada salpicadas por el mar. Como su carcter
era algo arrebatado y su genio vivo, daba las rdenes gritando y con
tanto coraje, que si no las obedeciramos porque era nuestro deber, las
hubiramos obedecido por miedo... Pero al fin todo se acab de repente,
cuando una bala de medio calibre le cogi la cabeza, dejndole muerto en
el acto.

Con esto concluy el entusiasmo, si no la lucha. Cuando cay muerto
nuestro querido comandante, le ocultaron para que no le viramos; pero
nadie dej de comprender lo que haba pasado, y despus de una lucha
desesperada sostenida por el honor de la bandera, el _Bahama_
se rindi a los ingleses, que se lo llevarn a Gibraltar si antes no se
les va a pique, como sospecho.

Al concluir su relacin, y despus de contar cmo haba pasado del
_Bahama_ al _Santa Ana_, mi compaero dio un fuerte
suspiro y call por mucho tiempo. Pero como el camino se haca largo y
pesado, yo intent trabar de nuevo la conversacin, y principi
contndole lo que haba visto, y, por ltimo, mi traslado a bordo del
_Rayo_ con el joven Malespina.

Ah!--dijo--. Es un joven oficial de artillera que fue transportado
a la balandra y de la balandra a tierra en la noche del 23?

--El mismo--conteste--, y por cierto que nadie me ha dado razn de su
paradero.

--Pues ese fue de los que perecieron en la segunda lancha, que no pudo
tocar a tierra. De los sanos se salvaron algunos, entre ellos el padre
de ese seor oficial de artillera; pero los heridos se ahogaron todos,
como es fcil comprender, no pudiendo los infelices ganar a nado la
costa.

Me qued absorto al saber la muerte del joven Malespina, y la idea del
pesar que aguardaba a mi infeliz e idolatrada amita llen mi alma,
ahogando todo resentimiento.

Qu horrible desgracia!--exclam--. Y ser yo quien lleve tan triste
noticia a su afligida familia? Pero, seor, est usted seguro de lo que
dice?

--He visto con estos ojos al padre de ese joven, quejndose amargamente,
y refiriendo los pormenores de la desgracia con tanta angustia que
parta el corazn. Segn deca, l haba salvado a todos los de la
lancha, y aseguraba que si hubiera querido salvar slo a su hijo, lo
habra logrado a costa de la vida de todos los dems. Prefiri con todo
dar la vida al mayor nmero, aun sacrificando la de su hijo en beneficio
de muchos, y as lo hizo. Parece que es hombre de mucha alma, y
sumamente diestro y valeroso.

Esto me entristeci tanto, que no habl ms del asunto. Muerto Marcial,
muerto Malespina! Qu terribles nuevas llevaba yo a casa de mi amo!
Casi estuve por un momento decidido a no volver a Cdiz, dejando que el
azar o la voz pblica llevaran tan penosa comisin al seno del hogar,
donde tantos corazones palpitaban de inquietud. Sin embargo, era preciso
que me presentase a D. Alonso para darle cuenta de mi conducta.

Llegamos por fin a Rota, y all nos embarcamos para Cdiz. No pueden
ustedes figurarse qu alborotado estaba el vecindario con la noticia de
los desastres de la escuadra. Poco a poco iban llegando las nuevas de lo
sucedido, y ya se saba la suerte de la mayor parte de los buques,
aunque de muchos marineros y tripulantes se ignoraba todava el
paradero. En las calles ocurran a cada momento escenas de desolacin,
cuando un recin llegado daba cuenta de los muertos que conoca, y
nombraba las personas que no haban de volver. La multitud invada el
muelle para reconocer los heridos, esperando encontrar al padre, al
hermano, al hijo o al marido. Presenci escenas de frentica alegra,
mezcladas con lances dolorosos y terribles desconsuelos. Las esperanzas
se desvanecan, las sospechas se confirmaban las ms de las veces, y el
nmero de los que ganaban en aquel agonioso juego de la suerte era bien
pequeo, comparado con el de los que perdan. Los cadveres que
aparecieron en la costa de Santa Mara sacaban de dudas a muchas
familias, y otras esperaban an encontrar entre los prisioneros
conducidos a Gibraltar a la persona amada.

En honor del pueblo de Cdiz, debo decir que jams vecindario alguno ha
tomado con tanto empeo el auxilio de los heridos, no distinguiendo
entre nacionales y enemigos, antes bien equiparando a todos bajo el
amplio pabelln de la caridad. Collingwood consign en sus memorias esta
generosidad de mis paisanos. Quizs la magnitud del desastre apag todos
los resentimientos. No es triste considerar que slo la desgracia hace
a los hombres hermanos?

En Cdiz pude conocer en su conjunto la accin de guerra que yo, a pesar
de haber asistido a ella, no conoca sino por casos particulares, pues
lo largo de la lnea, lo complicado de los movimientos y la diversa
suerte de los navos, no permitan otra cosa. Segn all me dijeron,
adems del _Trinidad_, se haban ido a pique el
_Argonauta_, de 92, mandado por D. Antonio Pareja, y el
_San Agustn_, de 80, mandado por D. Felipe Cajigal. Con
Gravina, en el _Prncipe de Asturias_, haban vuelto a Cdiz
el _Montas_, de 80, comandante Alcedo, que muri en el
combate en unin del segundo Castaos; el _San Justo_, de 76,
mandado por D. Miguel Gastn; el _San Leandro_, de 74, mandado
por D. Jos Quevedo; el _San Francisco_, de 74, mandado por D.
Luis Flores; el _Rayo_, de 100, que mandaba Macdonell. De
stos, salieron el 23, para represar las naves que estaban a la vista,
el _Montas_, el _San Justo_, el _San
Francisco_ y el _Rayo_; pero los dos ltimos se perdieron
en la costa, lo mismo que el _Monarca_, de 74, mandado por
Argumosa, y el _Neptuno_, de 80, cuyo heroico comandante, D.
Cayetano Valds, ya clebre por la jornada del 14, estuvo a punto de
perecer. Quedaron apresados el _Bahama_, que se deshizo antes
de llegar a Gibraltar; el _San Ildefonso_, de 74, comandante
Vargas, que fue conducido a Inglaterra, y el _Nepomuceno_, que
por muchos aos permaneci en Gibraltar, conservado como un objeto de
veneracin o sagrada reliquia. El _Santa Ana_ lleg felizmente
a Cdiz en la misma noche en que le abandonamos. Los ingleses tambin
perdieron algunos de sus fuertes navos, y no pocos de sus oficiales
generales compartieron el glorioso fin del almirante Nelson. En cuanto
a los franceses, no es necesario decir que tuvieron tantas prdidas como
nosotros. A excepcin de los cuatro navos que se retiraron con Dumanoir
sin entrar en fuego, mancha que en mucho tiempo no pudo quitarse de
encima la marina imperial, nuestros aliados se condujeron heroicamente
en la batalla. Villeneuve, deseando que se olvidaran en un da sus
faltas, pele hasta el fin denodadamente, y fue llevado prisionero a
Gibraltar. Otros muchos comandantes cayeron en poder de los ingleses, y
algunos murieron. Sus navos corrieron igual suerte que los nuestros:
unos se retiraron con Gravina; otros fueron apresados, y muchos se
perdieron en las costas. El _Achilles_ se vol en medio del
combate, como indiqu en mi relacin.

Pero a pesar de estos desastres, nuestra aliada, la orgullosa Francia,
no pag tan caro como Espaa las consecuencias de aquella guerra. Si
perda lo ms florido de su marina, en tierra alcanzaba en aquellos
mismos das ruidosos triunfos. Napolen haba transportado en poco
tiempo el gran ejrcito desde las orillas del Canal de la Mancha a la
Europa central, y pona en ejecucin su colosal plan de campaa contra
el Austria. El 20 de Octubre, un da antes de Trafalgar, Napolen
presenciaba en el campo de Ulm el desfile de las tropas austriacas,
cuyos generales le entregaban su espada, y dos meses despus, el 2 de
Diciembre del mismo ao, ganaba en los campos de Austerlitz la ms
brillante accin de su reinado.

Estos triunfos atenuaron en Francia la prdida de Trafalgar; el mismo
Napolen mand a los peridicos que no se hablara del asunto, y cuando
se le dio cuenta de la victoria de sus implacables enemigos los
ingleses, se content con encogerse de hombros diciendo: Yo no puedo
estar en todas partes.




-XVII-


Trat de retardar el momento de presentarme a mi amo; pero, al fin, el
hambre, la desnudez en que me hallaba y la falta de asilo, me obligaron
a ir. Mi corazn, al aproximarme a la casa de Doa Flora, palpitaba con
tanta fuerza, que a cada paso me detena para tomar aliento. La inmensa
pena que iba a causar anunciando la muerte del joven Malespina,
gravitaba sobre mi alma con tan atroz pesadumbre, que si yo hubiera sido
responsable de aquel desastre, no me habra sentido ms angustiado.
Llegu por fin, y entr en la casa. Mi presencia en el patio produjo
gran sensacin; sent fuertes pasos en las galeras altas, y an no
haba tenido tiempo de decir una palabra, cuando me abrazaron
estrechamente. No tard en reconocer el rostro de Doa Flora, ms
pintorreado aquel da que un retablo, y ferozmente desfigurado con la
alegra que mi presencia caus en el espritu de la excelente vieja. Los
dulces nombres de _pimpollo_, _remono_,
_angelito_, y otros que me prodig con toda largueza, no me
hicieron sonrer. Sub, y todos estaban en movimiento. O a mi amo que
deca: Ah est! Gracias a Dios. Entr en la sala, y Doa Francisca
se adelant hacia m preguntndome con mortal ansiedad:

Y D. Rafael? Qu ha sido de D. Rafael?

Permanec confuso por largo rato. La voz se ahogaba en mi garganta y no
tena valor para decir la fatal noticia. Repitieron la pregunta, y
entonces vi a mi amita que sala de una pieza inmediata, con el rostro
plido, espantados los ojos y mostrando en su ademn la angustia que la
posea. Su vista me hizo prorrumpir en amargo llanto, y no necesit
pronunciar una palabra. Rosita lanz un grito terrible y cay desmayada.
D. Alonso y su esposa corrieron a auxiliarla, ocultando su pesar en el
fondo del alma. Doa Flora se entristeci, y llamndome aparte para
cerciorarse de que mi persona volva completa, me dijo:

Con que ha muerto ese caballerito? Ya me lo figuraba yo, y as se lo
he dicho a Paca; pero ella, reza que te reza, ha credo que lo poda
salvar. Si cuando est de Dios una cosa... Y t bueno y sano, qu
placer! No has perdido nada?

La consternacin que reinaba en la casa es imposible de pintar. Por
espacio de un cuarto de hora no se oyeron ms que llantos, gritos y
sollozos, porque la familia de Malespina estaba all tambin. Pero qu
singulares cosas permite Dios para sus fines! Haba pasado, como he
dicho, un cuarto de hora desde que di la noticia, cuando una ruidosa y
chillona voz hiri mis odos. Era la de D. Jos Mara Malespina, que
vociferaba en el patio, llamando a su mujer, a D. Alonso y a mi amita.
Lo que ms me sorprendi fue que la voz del embustero pareca tan alegre
como de costumbre, lo cual me pareca altamente indecoroso despus de la
desgracia ocurrida. Corrimos a su encuentro, y me maravill vindole
gozoso como unas pascuas.

Pero D. Rafael...--le dijo mi amo con asombro.

--Bueno y sano--contest D. Jos Mara--. Es decir, sano, no; pero
fuera de peligro s, porque su herida ya no ofrece cuidado. El bruto del
cirujano opinaba que se mora; pero bien saba yo que no. Cirujanitos a
m! Yo lo he curado, seores; yo, yo, por un procedimiento nuevo,
inusitado, que yo solo conozco.

Estas palabras, que repentinamente cambiaban de un modo tan radical la
situacin, dejaron atnitos a mis amos; despus una viva alegra
sucedi a la anterior tristeza, y, por ltimo, cuando la fuerte emocin
les permiti reflexionar sobre el engao, me interpelaron con severidad,
reprendindome por el gran susto que les haba ocasionado. Yo me
disculp diciendo que me lo haban contado tal como lo refer, y D. Jos
Mara se puso furioso, llamndome zascandil, embustero y enredador.

Efectivamente, D. Rafael viva y estaba fuera de peligro; mas se haba
quedado en Sanlcar en casa de gente conocida, mientras su padre vino a
Cdiz en busca de su familia para llevarla al lado del herido. El lector
no comprender el origen de la equivocacin que me hizo anunciar con tan
buena fe la muerte del joven; pero apuesto a que cuantos lean esto
sospechan que algn estupendo embuste del viejo Malespina hizo llegar a
mis odos la noticia de una desgracia supuesta. As fue, ni ms ni
menos. Segn lo que supe despus al ir a Sanlcar acompaando a la
familia, D. Jos Mara haba forjado una novela de herosmo y habilidad
por parte suya; en diversos corrillos refiri el extrao caso de la
muerte de su hijo, suponiendo pormenores, circunstancias tan dramticas,
que por algunos das el fingido protagonista fue objeto de las
alabanzas de todos por su abnegacin y valenta. Cont que, habiendo
zozobrado la lancha, l tuvo que optar entre la salvacin de su hijo y
la de todos los dems, decidindose por esto ltimo, en razn de ser ms
generoso y humanitario. Adorn su leyenda con detalles tan peregrinos,
tan interesantes y a la vez tan verosmiles, que muchos se lo creyeron.
Pero la superchera se descubri pronto y el engao no dur mucho
tiempo, aunque s el necesario para que llegase a mis odos, obligndome
a transmitirlo a la familia. Aunque tena muy mala idea de la veracidad
del viejo Malespina, jams pude creer que se permitiera mentir en
asuntos tan serios.

Pasadas aquellas fuertes emociones, mi amo cay en profunda melancola;
apenas hablaba; dirase que su alma, perdida la ltima ilusin, haba
liquidado toda clase de cuentas con el mundo y se preparaba para el
ltimo viaje. La definitiva ausencia de Marcial le quitaba el nico
amigo de aquella su infantil senectud, y no teniendo con quin jugar a
los barquitos, se consuma en honda tristeza. Ni aun vindole tan
abatido cej Doa Francisca en su tarea de mortificacin, y el da de mi
llegada o que le deca:

Bonita la habis hecho... Qu te parece?

An no ests satisfecho? Anda, anda a la escuadra. Tena yo razn o no
la tena? Oh!, si se hiciera caso de m... Aprenders ahora? Ves cmo
te ha castigado Dios?

--Mujer, djame en paz--contestaba dolorido mi amo.

--Y ahora nos hemos quedado sin escuadra, sin marinos, y nos quedaremos
hasta sin modo de andar si seguimos unidos con los franceses... Quiera
Dios que estos seores no nos den un mal pago. El que se ha lucido es el
Sr. Villeneuve. Vamos, que tambin Gravina, si se hubiera opuesto a la
salida de la escuadra, como opinaban Churruca y Alcal Galiano, habra
evitado este desastre que parte el corazn.

--Mujer... qu entiendes t de eso? No me mortifiques--dijo mi amo muy
contrariado.

--Pues no he de entender? Ms que t. S, seor, lo repito. Gravina
ser muy caballero y muy valiente; pero lo que es ahora... buena la ha
hecho.

--Ha hecho lo que deba. Te parece bien que hubiramos pasado por
cobardes?

--Por cobardes no, pero s por prudentes. Eso es. Lo digo y lo repito.
La escuadra espaola no deba salir de Cdiz, cediendo a las
genialidades y al egosmo de M. Villeneuve. Aqu se ha contado que
Gravina opin, como sus compaeros, que no deban salir. Pero
Villeneuve, que estaba decidido a ello, por hacer una hombrada que le
reconciliase con su amo, trat de herir el amor propio de los nuestros.
Parece que una de las razones que aleg Gravina fue el mal tiempo, y
mirando el barmetro de la cmara, dijo: No ven ustedes que el
barmetro anuncia mal tiempo? No ven ustedes cmo baja?. Entonces
Villeneuve dijo secamente: Lo que baja aqu es el valor. Al or este
insulto, Gravina se levant ciego de ira y ech en cara al francs su
cobarde comportamiento en el cabo de Finisterre. Se cruzaron palabritas
un poco fuertes, y, por ltimo, exclam nuestro almirante: A la mar
maana mismo!. Pero yo creo que Gravina no deba haber hecho caso de
las baladronadas del francs, no, seor; que antes que nada es la
prudencia, y ms conociendo, como conoca, que la escuadra combinada no
tena condiciones para luchar con la de Inglaterra.

Esta opinin, que entonces me pareci un desacato a la honra nacional,
ms tarde me pareci muy bien fundada. Doa Francisca tena razn.
Gravina no debi haber cedido a la exigencia de Villeneuve. Y digo
esto, menoscabando quizs la aureola que el pueblo puso en las sienes
del jefe de la escuadra espaola en aquella memorable ocasin.

Sin negar el mrito de Gravina, yo creo hiperblicas las alabanzas de
que fue objeto despus del combate y en los das de su muerte[7]. Todo
indicaba que Gravina era un cumplido caballero y un valiente marino;
pero quizs por demasiado cortesano careca de aquella resolucin que da
el constante hbito de la guerra, y tambin de la superioridad que en
carreras tan difciles como la de la Marina se alcanza slo en el
cultivo asiduo de las ciencias que la constituyen. Gravina era un buen
jefe de divisin; pero nada ms. La previsin, la serenidad, la
inquebrantable firmeza, caracteres propios de las organizaciones
destinadas al mando de grandes ejrcitos, no las tuvieron sino D. Cosme
Damin Churruca y D. Dionisio Alcal Galiano.

[Nota 7:Muri en marzo de 1806, de resultas de sus heridas. (N. del A.) ]

Mi seor D. Alonso contest a las ltimas palabras de su mujer; y cuando
sta sali, observ que el pobre anciano rezaba con tanta piedad como en
la cmara del _Santa Ana_ la noche de nuestra separacin.
Desde aquel da, el Sr. de Cisniega no hizo ms que rezar, y rezando se
pas el resto de su vida, hasta que se embarc en la nave que no vuelve
ms.

Muri mucho despus de que su hija se casara con D. Rafael Malespina,
acontecimiento que hubo de efectuarse dos meses despus de la gran
funcin naval que los espaoles llamaron _la del_ 21 y los
ingleses _Combate de Trafalgar_, por haber ocurrido cerca del
cabo de este nombre. Mi amita se cas en Vejer al amanecer de un da
hermoso, aunque de invierno, y al punto partieron para Medinasidonia,
donde les tenan preparada la casa. Yo fui testigo de su felicidad
durante los das que precedieron a la boda; mas ella no advirti la
profunda tristeza que me dominaba, ni advirtindola hubiera conocido la
causa. Cada vez se creca ella ms ante mis ojos, y cada vez me
encontraba yo ms humillado ante la doble superioridad de su hermosura y
de su clase. Acostumbrndome a la idea de que tan admirable conjunto de
gracias no poda ni deba ser para m, llegu a tranquilizarme, porque
la resignacin, renunciando a toda esperanza, es un consuelo parecido a
la muerte, y por eso es un gran consuelo.

Se casaron, y el mismo da en que partieron para Medinasidonia, Doa
Francisca me orden que fuera yo tambin all para ponerme al servicio
de los desposados. Fui por la noche, y durante mi viaje solitario iba
luchando con mis ideas y sensaciones, que oscilaban entre aceptar un
puesto en la casa de los novios, o rechazarlo para siempre. Llegu a la
maana siguiente, me acerqu a la casa, entr en el jardn, puse el pie
en el primer escaln de la puerta y all me detuve, porque mis
pensamientos absorban todo mi ser y necesitaba estar inmvil para
meditar mejor. Creo que permanec en aquella actitud ms de media hora.

Silencio profundo reinaba en la casa. Los dos esposos, casados el da
antes, dorman sin duda el primer sueo de su tranquilo amor, no turbado
an por ninguna pena. No pude menos de traer a la memoria las escenas de
aquellos lejanos das en que ella y yo jugbamos juntos. Para m, era
Rosita entonces lo primero del mundo. Para ella, era yo, si no lo
primero, al menos algo que se ama y que se echa de menos durante
ausencias de una hora. En tan poco tiempo, cunta mudanza!

Todo lo que estaba viendo me pareca expresar la felicidad de los
esposos y como un insulto a mi soledad. Aunque era invierno, se me
figuraba que los rboles todos del jardn se cubran de follaje, y que
el emparrado que daba sombra a la puerta se llenaba inopinadamente de
pmpanos para guarecerles cuando salieran de paseo. El sol era muy
fuerte y el aire se entibiaba, oreando aquel nido cuyas primeras pajas
haba ayudado a reunir yo mismo cuando fui mensajero de sus amores. Los
rosales ateridos se me representaban cubiertos de rosas, y los naranjos
de azahares y frutas que mil pjaros venan a picotear, participando del
festn de la boda. Mis meditaciones y mis visiones no se interrumpieron
sino cuando el profundo silencio que reinaba en la casa se interrumpi
por el sonido de una fresca voz, que retumb en mi alma, hacindome
estremecer. Aquella voz alegre me produjo una sensacin indefinible, una
sensacin no s si de miedo o de vergenza: lo que s puedo asegurar es
que una resolucin sbita me arranc de la puerta, y sal del jardn
corriendo, como un ladrn que teme ser descubierto.

Mi propsito era inquebrantable.

Sin perder tiempo sal de Medinasidonia, decidido a no servir ni en
aquella casa ni en la de Vejer. Despus de reflexionar un poco,
determin ir a Cdiz para desde all trasladarme a Madrid. As lo hice,
venciendo los halagos de Doa Flora, que trat de atarme con una cadena
formada de las marchitas rosas de su amor; y desde aquel da, cuntas
cosas me han pasado dignas de ser referidas! Mi destino, que ya me haba
llevado a Trafalgar, llevome despus a otros escenarios gloriosos o
menguados, pero todos dignos de memoria. Queris saber mi vida entera?
Pues aguardad un poco, y os dir algo ms en otro libro.

FIN DE TRAFALGAR

Madrid, enero-febrero 1873.

Benito Prez Galds; edicin ilustrada por Enrique y Arturo Mlida



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