The Project Gutenberg EBook of La Puerta de Bronce y Otros Cuentos
by Manuel Romero de Terreros, Marqus de San Francisco

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Title: La Puerta de Bronce y Otros Cuentos

Author: Manuel Romero de Terreros, Marqus de San Francisco

Release Date: March 22, 2004 [EBook #11669]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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MANUEL ROMERO DE TERREROS Y VINENT
MARQUES DE SAN FRANCISCO


LA PUERTA DE BRONCE
Y OTROS CUENTOS


1922





Sentado en un amplio silln de velludo carmes, al lado de ancha
ventana, el Cardenal de Portinaris estaba dictando su testamento. A
la primera clusula que contena su profesin de Fe, haba logrado
dar un giro distinto del acostumbrado, de manera que a la par de un
compendio de la Religin Catlica resultaba un verdadero opsculo
literario. El Prelado, muy satisfecho, prosigui a enumerar cada uno
de sus bienes, y al hacerlo, pareca que iban arrancndose las ms
hermosas pginas de la historia del arte. El notario escriba a toda
prisa y, a pesar de estar muy acostumbrado a ese gnero de trabajos,
se fatigaba en grado sumo, y gruesas gotas de sudor aparecan sobre
su calva frente.

Terminadas las clusulas preliminares, el Cardenal hizo una pausa y
dirigi la mirada vagamente a travs de la ventana de su estudio. La
Plaza del Duque era un hervidero de gente, y el Prelado segua con
la vista el ir y venir de carruajes y peatones. Transcurri algn
espacio de tiempo; el notario se pas el pauelo por la frente
varias veces, y por fin observ tmidamente:

--S, Eminencia?

Pero el Cardenal permaneca callado.

--Si, Eminencia? insinu de nuevo el letrado.

La verdad era que el Cardenal Dicono de la Baslica de Santa Mara
de las Rosas estaba perplejo; no encontraba a quin nombrar
heredero. Miembro de una de las ms esclarecidas familias de
Toscana, con l terminaba su ilustre progenie: su nico sobrino, el
Conde Fabricio de Portinaris, se haba marchado a Amrica haca
quince aos y no se haba vuelto a tener noticia de l. Ministros
diplomticos y agentes consulares, por ms averiguaciones que
hicieran, no haban podido proporcionar ningn informe, y todo el
mundo consideraba que el Conde haba muerto. Desde sus primeros
aos, don Fabricio haba dado pruebas de un carcter indomable, su
bolsillo fu siempre un pozo sin fondo, y no era secreto para nadie
que sus locuras haban conducido a su madre a un sepulcro prematuro.

Los ojos del Cardenal se empaaron de lgrimas y durante largo
tiempo estuvo pensando a quin nombrar heredero. Saba que las
llamadas obras de beneficencia poco podran aprovecharse de una
fortuna que consista mas bien en objetos de arte que en bienes
materiales, y dolale el alma al pensar que stos fueran a parar a
manos del annimo e inspido personaje que se llama el Estado.

Decidi por fin legar todo su caudal a algn amigo, y resolvi
hacerlo a favor del Prncipe de Sant' Andrea, prcer bondadoso y
magnnimo Mecenas.

--Instituyo por mi nico y universal heredero, empezaba a dictar el
Cardenal, cuando son leve toque en una puerta.

--Adelante! exclam el Prelado, y apareci en el umbral un
sirviente vestido de negro. Adelantse ste y present en una
salvilla de plata una tarjeta, que el Prncipe de la Iglesia tom
con cierto gesto de enfado. Si al leer en ella: "El Conde Fabricio
de Portinaris" experiment alguna sorpresa, pudo dominarla en
seguida, pues con tono tranquilo dijo al notario:

--Ramponelli, maana terminaremos. Puede Vd. retirarse.

El notario recogi sus papeles, metilos dentro de un cartapacio, y
con ste bajo el brazo, fu a besar el anillo cardenalicio, y sali
de la estancia despus de hacer profunda reverencia.

En seguida orden a su camarero:

--Que pase el Conde!

Don Fabricio de Portinaris rayaba en los cincuenta aos. Era
extraordinariamente delgado y bajo de cuerpo; tena la nariz
aguilea, el cabello entrecano y el rostro tan lleno de arrugas, que
a primera vista apareca estar sonriendo continuamente.

Al verlo entrar en el estudio, su to ni se inmut ni se puso de
pie: slo dijo secamente, dirigiendo involuntaria mirada al retrato
de Csar Borgia que penda en uno de los muros.

--No esperaba veros ms, sobrino. Cre que habais muerto.

--Aun vivo, Eminencia, repuso el Conde sonriendo, e hizo ademn de
besar la mano del Prelado, pero ste la retir disimuladamente
indicando con ella una butaca cercana. Tom asiento el Conde, y
despus de unos instantes de embarazoso silencio, dijo:

--He llegado esta maana, y cre de mi deber, antes que nada,
saludar a vuestra Eminencia.

--Os lo agradezco, contest el Cardonal, tomando polvos de su
tabaquera de oro. Y, decidme, prosigui, encontrsteis en el Nuevo
Mundo todas aquejas cosas que aqu echbais de menos? Aquella
libertad, aquella cuantiosa fortuna, aquella igualdad encantadora
entre los hombres, aquella (aqu sonri el Cardenal) verdadera
democracia?

--Encontr en el Nuevo Mundo, Eminencia, lo mismo que en Europa.
Quince aos he vivido una vida angustiosa, y hoy vengo a impetrar
vuestro perdn y a morir en mi pas.

Fu tal su acento de sinceridad, que el Cardenal se puso de pie
solemnemente y bendijo a don Fabricio de Portinaris. Era la hora del
ocaso y los rayos del sol que se pona hacan ms intensa la roja
vestidura del prcer.

Al principio el regreso del Conde fu escasamente comentado en la
Ciudad, porque haba casi, desaparecido su memoria. Pero pronto
volvi a hablarse de l, porque el Cardenal de Portinaris, a pesar
de su robusta salud y no avanzada edad, decaa notablemente, y un
mes despus se hallaba al borde del sepulcro. No falt quien hablase
en voz baja de sutiles venenos trados de Amrica y alguien record,
en plena tertulia, que los Portinaris descendan de Cesar Borgia. Al
fallecer el Prelado y abrirse su testamento, se supo que haba
legado todos sus bienes a Don Fabricio.

El nuevo Prncipe se ausent enseguida de la Capital, y estableci
su residencia en una _villa_ cercana, en donde llev una vida
retirada y tranquila. A las pocas personas con quienes trataba,
refera que estaba escribiendo sus memorias.

Pero pasados algunos meses, decidi regresar a la Corte y all se
dijo que pensaba dar grandes recepciones en su palacio, pues deseaba
contraer matrimonio y llevar la vida que corresponda a su clase.

No viene al caso hacer una resea del Palacio de Portinaris, porque
ha sido descrito mil veces. En toda obra referente al Arte del
Renacimiento ocupa preferente lugar, y es conocidsimo an de las
personas que jams han visitado la Ciudad Ducal. Baste recordar que,
entre las innumerables obras de arte que encierra, quiz sea la ms
notable la hermosa reja de entrada, labrada en bronce con tal
maestra, que todos estn acordes con atribuirla al autor de las
puertas del bautisterio florentino. En los tableros inferiores se
destaca, en alto relieve, la historia de aquel Hugo de Portinaris
que, despus de defender heroicamente la fortaleza del Borgo, fu
degollado, junto con su mujer y sus dos hijas, por el victorioso y
sanguinario Orlando Testaferrata. Gruesos, pero exquisitamente
labrados, barrotes abalaustrados sostienen el medio punto que la
remata, en cuyo centro campea orgullosamente, la puerta que
constituye las armas parlantes de la familia, mientras que coronas,
tiaras, espadas y llaves cruzadas, pregonan por doquier los grandes
honores que sta ha gozado desde tiempo inmemorial.

Lleg el Prncipe a su palacio con las primeras sombras de la noche.
Al ascender la escalera de honor, sinti un desmayo y hubiera cado
al suelo, si no se apoyara en el pedestal de una estatua, que
decoraba el primer descanso. Repsose enseguida, y atraves con paso
rpido la larga galera del Poniente, seguido de su mayordomo, y
entr en la cmara, llamada del Papa Calixto, que haba sido
dispuesta para su dormitorio. Era amplsima y, a diferencia de las
dems estancias del palacio, relativamente sobria. Pocos pero ricos
muebles la exornaban y el techo careca de _plafond_ alegrico,
motivo por el cual el Prncipe la prefiri a las dems, pues, como
dijo sonriendo al mayordomo, no quera estar viendo los ngeles y
mujeres desnudas de Julio Romano desde su lecho.

Aquella noche, don Fabricio tom ligersima comida, y despus se
instal en su gabinete, a escribir, hasta hora muy avanzada. El
vasto edificio estaba sumido en el ms profundo silencio, pues toda
la servidumbre se haba retirado a descansar, y slo poda orse el
rasguear de la pluma sobre el papel. Larga fu la carta que escribi
el Prncipe, y bastante tiempo tom en leerla y hacerle algunas
correcciones. Por fin la dobl cuidadosamente, y despus de haberla
metido dentro de un sobre grande, la dirigi a una persona de vulgar
apellido, residente en la Repblica del Pnuco. Se dispona a
lacrarla y sellarla, cuando se dibuj en su rostro una expresin de
sorpresa y de miedo. El gabinete se hallaba contiguo al estudio que
haba sido del Cardenal, y al alzar el Prncipe la cabeza en busca
del sello, not que por debajo de la puerta de comunicacin con
aquella estancia, se vea una brillante raya de luz.

Don Fabricio, pasados algunos instantes de sobresalto, logr
dominarse y hasta sonreir; y levantse de su asiento para ir a
apagar la luz, que inadvertidamente habra dejado algn criado
encendida en el estudio. Abri la puerta resueltamente, ... y se
hel su sangre! Sentada en el silln, con su tabaquera abierta en la
mano derecha, y los dedos de la izquierda en ademn de tomar unos
polvos, hallbase la prcer figura del Cardenal de Portinaris.

--No esperaba veros ms, dijo lentamente. Cre que habais muerto,
sobrino.

Presa del mayor terror, don Fabricio huy, llamando en alta voz al
mayordomo y otros sirvientes; pero nadie acuda en su auxilio, y
recorri las galeras dando voces que retumbaban en las bvedas de
la seorial mansin.

--Antonio, Bernardo, Julio, Gilberto! gritaba, pero nadie quera
contestar, y con verdadero pavor baj, puede decirse que rod, la
escalera, y corri a llamar al conserje. Grandes golpes di en su
puerta con ambas manos, pero nadie oa sus desesperadas voces
de terror.

Acercse a la entrada de palacio y quiso abrir la puerta de bronce
que la cerraba; pero por ms esfuerzos que hizo, no pudo lograr
moverla un milmetro, y por fin, en su desesperacin, concibi la
idea de salir por entre los barrotes, pues a toda costa quera
abandonar aquella casa. Como hemos dicho, don Fabricio era
extremadamente delgado, y decidi intentar pasar el cuerpo por
aquella parte de la reja, en que los barrotes eran ms esbeltos y,
por consiguiente haba mayor espacio entre ellos.

A la madrugada siguiente, enorme concurso de curiosos se aglomeraba
a la entrada del palacio. La cabeza del Prncipe, amoratada y
descompuesta, se hallaba presa entre dos barrotes, y los ojos,
saltndosele de las rbitas, parecan mirar con terror el tablero,
en el cual Ghiberti haba cincelado magistralmente la degollacin de
Hugo de Portinaris por el despiadado Orlando Testaferrata.





UN HOMBRE PRACTICO

                 A AGUSTIN BASAVE.



El Padre Ministro de la Casa de Novicios de la Compaa de Jess en
Espadal era pequen, de rostro colorado, cabello blanco y expresin
risuea. Decase que en su juventud tuvo trato con las Musas, pero
si tal fu el caso, ningn resabio de ello adivinbase en el Padre
Hurtado. El Padre Ministro, varn santo si los hay, era ante todo un
hombre prctico; pruebas de serlo di en mil ocasiones, al grado de
hacerse esta cualidad suya proverbial, no slo entre la comunidad,
sino en toda la comarca. Intil nos parece decir que aquel
establecimiento marchaba admirablemente, como cuadraba a la gran
Institucin de que formaba parte.

Una alegre maana de junio, en que el Padre Ministro comprobaba con
satisfaccin que el consumo de patatas en el mes pasado haba sido
mucho menor que el del correspondiente del ao anterior, un leve
toque en su puerta vino a interrumpir su tarea.

--Adelante! exclam.

El Hermano Fuente di vuelta al picaporte y dijo:

--Padre Ministro; un hombre desea hablarle.

El Padre Hurtado, enemigo de antesalas, frunci ligeramente el
entrecejo, pero contest;

--Que pase.

Pocos momentos despus, se presentaba un individuo, cuya descripcin
es ocioso hacer, pues era como miles otros: de cuarenta aos, poco
ms o menos, sano al parecer, y pobre, puesto que el dinero, segn
reza el refrn, no puede estar disimulado.

--Buenos das, Padre.

--Buenos nos los d Dios. Qu se ofrece?

Padre Hurtado, vengo a ver a usted porque me encuentro en situacin
difcil. No tengo qu comer. Desde que par la fbrica....

--Si os metis en huelgas, interrumpi el religioso.

--No poda yo nada en contra, y tuve que hacer lo que todos los
compaeros. El caso es que el trabajo no se reanuda ni lleva trazas
de serlo. Me muero de hambre, y aunque a Dios gracias, no tengo
nadie que dependa de m, necesito trabajar. Conozco algo de
jardinera....

--Amigo, dijo el Padre Hurtado, en esta casa no tenemos jardn.

--He trabajado como albail.

--En esta casa, gracias a Dios, no hay reparaciones ni obras que
hacer por el momento.

--Padre, yo le ruego, yo le suplico que me proporcione algo. Usted
que es un hombre tan prctico....

Hay que advertir que todo este tiempo, el Padre Hurtado casi no
haba reparado en su interlocutor, pues mientras sostena el
dilogo, segua haciendo nmeros; pero al notar un leve acento de
amargura o de reproche en la ltima frase del obrero, alz la vista
y lo mir fijamente por algunos instantes.

--Repito, prosigui, que no tengo trabajo que proporcionarle en esta
casa. Pero si quiere usted acudir a nuestro Colegio en Carrin de la
Vega, estoy seguro que su Rector, el Padre Rodrguez, le dar todo
lo que le haga falta.

--Padre, mil gracias, replic el hombre. He confesado y comulgado
esta maana, y estaba seguro que usted me sacara de apuros. Juan
Gonzlez le ser siempre agradecido. Quisiera usted darme, Padre
Ministro, una carta o papel de recomendacin?

El Padre Hurtado tom una cuartilla, la parti cuidadosamente en
dos, guardando una mitad para uso futuro, y traz en el papel breves
renglones. La meti dentro de un sobre, lo cerr y dirigi, y lo
entreg a Juan Gonzlez.

Despidise ste, y al abrir la puerta para marcharse, lo detuvo el
Padre Hurtado dicindole:

--Espere un momento, hermano.

Abandon su escritorio, moj dos dedos en una pila de agua bendita
que colgaba en la pared, y toc con ellos la mano del obrero,
dicindole cariosamente;

--Vaya con Dios!

El Rector de Carrin de la Vega abri cuidadosamente el sobre que
acababa de entregarle el portero, y extrajo la misiva del Padre
Hurtado; la ley, y sin alzar la cabeza, mir al Hermano por encima
de sus espejuelos.

--No entiendo esto, dijo. Quin ha trado este papel?

--Un hombre a quien no conozco. Parece obrero.

--No trae ningn mensaje de palabra?

--Nada me ha dicho, Padre.

--En dnde est este hombre?

--Espera en la portera.

--Voy a verle.

Ligeramente contrariado, el corpulento Padre Rodrguez se levant
trabajosamente de su asiento, no sin dirigir la mirada al cmulo de
cartas que haba sobre el escritorio esperando contestacin, y se
encamin a la portera.

--Buenas tardes.

--Buenas tardes, Padre, contest Juan Gonzlez, con el rostro
iluminado por la esperanza.

--Usted ha trado este billete del Padre Hurtado?

-S, Seor.

--Y nada le indic que me dijera de palabra?

--Nada, Padre.

--Es raro. Haga favor de esperar un momento.

El Rector estaba sorprendido. Que un hombre como el Padre Hurtado
hubiera escrito esas cuantas palabras, tan faltas de sentido comn,
era un absurdo. En las galeras immediatas a la portera encontr al
Padre Procurador y al Primer Prefecto, quienes, al ver a su
superior, levantaron sus birretes respetuosamente.

--El Padre Hurtado se ha vuelto loco, dijo el Rector sin ms
prembulo.

--Imposible! exclamaron a un tiempo los otros dos.

--Entnces, cmo explican ustedes que me enve este billete?
pregunt, y alarg el papel al Prefecto, quien ley en voz alta los
siguientes renglones:

--"Estimado Padre Rodrguez: Le ruego se sirva dar cristiana
sepultura al portador de la presente. Su afmo. Hermano en Xto.
_Alonso Hurtado, S.J._"

Hubo un silencio. El Padre Ministro de Espadal, tenido por el hombre
ms cuerdo de la Provincia no poda haber escrito esas palabras.

Instintivamente, los tres religiosos se dirigieron a la portera
para interrogar a Juan Gonzlez, seguros de que se trataba de
una broma.

Pero Juan Gonzlez, yaca en el suelo, boca arriba, con los ojos muy
abiertos. Dos hilos de sangre negra manchaban su labio superior, y
tena la mano izquierda crispada contra el pecho.





SIMILIA SIMILIBUS

                A LUIS CASTILLO LEDON.



Como ya muri el clebre homepata Dr. Idiquez, puedo divulgar el
secreto que me impuso bajo mi palabra.

Hace precisamente diez aos que principi la extraa dolencia que
motiv mi visita a aquel facultativo, y cuya rpida curacin fu el
primer escaln de su fama. Desde pequeo fu enfermizo y dbil, por
lo cual puedo decir, sin gran exageracin, que toda mi niez y la
mitad de mi juventud las pas en consultorios de doctores. En
verdad, era una maravilla para todos mis allegados que fuese yo
viviendo. Apenas cumpl los treinta aos, empec a sufrir los ms
agudos dolores de cabeza que puedan imaginarse, los cuales de da en
da aumentaban al grado de hacerme la vida un verdadero martirio.
Solamente descansaba yo de ellos cuando dorma, razn por la cual
procur cortejar a Morfeo incesantemente.

Pero lleg el da en que ni an el sueo pudo ahuyentar mis
sufrimientos; y lo ms extrao del caso era que, a medida que soaba
las cosas ms fantsticas y hermosas, ms agudos eran los dolores
que me torturaban. Se comprender, por lo tanto, que entonces quise
huir del sueo, apurando fuertes dosis de caf: y esperaba yo la
muerte como una ansiada liberacin. Ms, a pesar de todos mis
esfuerzos para permanecer despierto y del horror con que vea yo
llegar la noche, me venca al fin el sueo, y en seguida
presentbanse a mi mente las ms peregrinas visiones que puedan
imaginarse, aun en ese mundo inexplicable. Lluvias de estrellas,
kaleidoscpicas auroras, extraas floraciones, embargaban mi mente
de continuo; a veces, sobre un mar fosforecente vea yo navegar
hacia m un galen de oro con velamen de carmn y grana, mientras
indescriptible armona sonaba en mis odos. Y a medida, repito, que
aquellas visiones eran ms hermosas, ms agudo era el dolor que
atormentaba mi cerebro. Y tal terror se posesion de mi alma, que no
comprendo cmo no fu a parar a un manicomio.

Ninguno de los facultativos que consult encontraba remedio a mi
mal, y no puse trmino a mis das con mi propia mano, gracias a mis
principios religiosos. Por fin, siguiendo el consejo de no recuerdo
qu mdico famoso, determin que varios de los doctores ms
eminentes de la ciudad se reunieran en consulta, y despus de dos
horas del ms penoso interrogatorio, pronunciaron mi sentencia. Mi
mal era incurable y degenerara en locura; el tumor que se habia
formado en mi cerebro era inoperable y la muerte se aproximaba,
aunque lentamente.

Sal de aquel consultorio como un hombre beodo. He dicho que muchas
veces haba deseado la muerte, y sin embargo, aquel da amaba yo la
vida, a pesar de mis horribles sufrimientos. Embargada mi mente,
como debe suponerse, camin hacia mi casa por calles apartadas,
temeroso de encontrar alguna persona conocida. Repentinamente, no s
qu impulso hizo fijar mi vista en una pequea placa de metal sobre
la puerta de una sucia habitacin. Le el letrero: "Dr. Idiquez,
homepata", y casi sin pensar en lo que haca, penetr en la casa y
sub la destartalada escalera.

El Dr. Idiquez era un hombre vulgar y demacrado, y su consultorio
una guardilla sucia y miserable. Ambos me recordaron, enseguida, la
escena del boticario en Romeo y Julieta.

Expuse mi mal y la opinin de los facultativos a quienes consultara,
y el Dr. Idiquez me escuch con la mayor atencin.

--La enfermedad de usted, me dijo al fin, es extraa,
indudablemente, y proviene en efecto de un tumor que se ha formado
en su cerebro; pero no slo no es incurable, sino que puedo librarlo
de ella en tres das.

--Cmo! exclam, no queriendo creer lo que escuchaba.

--Sencillamente, respondi con mucha calma. Aqu tiene usted estos
glbulos que tomar usted cada tres horas: tres del frasco marcado
A. y cuatro del marcado B., alternativamente. Hoy es lunes; el
viernes prximo vendr usted a verme, ya curado.

Pagu su modesto honorario, y baj la escalera rpidamente, como si
volara en alas de la esperanza. La tarde estaba tibia y perfumada, y
la puesta del sol pareca un incendio en los montes lejanos.

Aquella noche, por primera vez, me abandonaron mis sufrimientos,
pero los bellos sueos tambin huyeron, y fu atormentado por
horribles pesadillas. Estas aumentaron a tal grado en las dos noches
siguientes, que puedo asegurar que ni el Dante pudiera imaginrselas
en lo ms profundo del Averno.

Por fin lleg el ansiado viernes, y efectivamente, libre de todo
sufrimiento fsico y moral, sub la destartalada escalera que
conduca al consultorio del Dr. Idiquez. Este me recibi
afablemente, y me asegur que mi curacin era definitiva. Ese da
compr un busto de Hahnmann y lo coloqu en lugar prominente de mi
biblioteca.

Intil me parece decir que la noticia de mi rpida curacin se
extendi por todo el pas, y el nombre del Dr. Idiquez en seguida
se hizo clebre. De all en adelante, efectu las ms sorprendentes
curaciones, y al cabo de poco tiempo, reuni una fortuna
considerable. Lo que ms intrigaba a sus pacientes era que jams
recetaba, sino que l mismo proporcionaba las medicinas, marcndolas
generalmente con letras, aunque a veces tambin con nmeros.

Naturalmente, contraje con l vnculos de estrecha amistad y lo
visitaba a menudo en su nueva y lujosa casa. Un da me atrev
a decirle:

--Doctor, hace mucho tiempo que he querido hacerle una pregunta.

--Cul es?

--De qu se componan los glbulos que me proporcionaron mi
maravillosa curacin?

--Amigo mo, ese es mi secreto; pero puesto que a usted le debo mi
fortuna, se lo dir, si me promete, si me jura, no decirlo mientras
yo viva. En cuanto muera, queda usted en libertad para proclamarlo a
los cuatro vientos.

Hice la promesa requerida, y con una sonrisa muy triste,--nunca he
visto en la cara de un hombre una sonrisa ms triste,--dijo el Dr.
Idiquez lentamente:

--Los glbulos marcados "A" se componan de agua y azcar; los
marcados "B" de azcar y agua.





EL AMO VIEJO

           A LUIS GARCIA PIMENTEL



La familia Hernndez de Sandoval, opulenta hace diez aos y hoy casi
en la miseria, era una de las ms respetables de la ciudad de
Mxico. Como base principal de su fortuna figuraban las extensas
haciendas que posea, desde los tiempos de la conquista, en el hoy
denominado Estado de Morelos, comarca fertilsima, en donde se
cultiva con preferencia la caa de azcar. Conservan muchas de las
haciendas mexicanas el carcter de fortalezas que supieron darles
sus primeros poseedores, mientras que otras, que no se distinguen
por su arquitectura, abundan, en cambio, en bellezas naturales; todo
lo cual hace que una visita a una de estas fincas no carezca,
generalmente, de inters.

A pesar de la estrecha amistad que una a los Hernndez de Sandoval
con mi familia, desde largos aos, no haba yo tenido ocasin de
visitar ninguna de sus haciendas, aunque ellos s haban pasado
largas temporadas en la nuestra, situada en el centro del pas; de
manera que, en cuanto se ofreci la oportunidad de acompaar al hijo
de la casa, Antonio, pudiendo desprenderme de mis no mltiples, pero
s imprescindibles quehaceres, la aprovech gustoso para ir en tan
grata compaa a recorrer la finca principal de su casa, clebre por
su riqueza y encantos naturales.

Salimos de Mxico en la noche de un diez de agosto, y llegamos en la
madrugada a la histrica ciudad de la Puebla de los Angeles. Todo el
da siguiente lo pasamos a bordo del ferrocarril, viaje molesto por
el excesivo calor que se dejaba sentir y que nos quit toda gana de
admirar el trayecto, rico y variado en cultivos y panorama.

Cansados y agobiados por la alta temperatura, llegamos a las
primeras horas de la noche a una pequea estacin, de cuyo nombre
indgena no quiero acordarme, y en donde nos esperaba el
Administrador de la hacienda y varios mozos, con sendas caballeras.
Emprendimos desde luego la caminata, y, ya fuera porque la noche en
el campo se hallaba relativamente fresca, comparada con las
molestias del ferrocarril, o porque vea yo prximo el fin de la
jornada, el trayecto me pareci corto. A poco de abandonar la
estacin, v dibujarse en las sombras de la noche la silueta de la
enorme mole que constitua la famosa hacienda de San Javier. Y esta
silueta, borrosa al principio, fu definindose rpidamente,
permitiendo darme cuenta, primeramente, de la alta chimenea del
ingenio, despus, de la gallarda torre y esbelta cpula de su
iglesia, de las troneras de las azoteas y, en fin, de todos los
principales detalles del edificio.

Poco o nada habamos hablado, y suponiendo que Antonio me enseara
al da siguiente todos los pormenores de la hacienda, me abstuve de
hacer preguntas; pero, al entrar en el enorme patio, o ms bien
plaza, que haba delante del edificio, me sorprendi de tal manera
la extraa silueta de un hombre sobre el pretil de la azotea, que no
pude menos que exclamar:

--Quin es ese individuo que espera tu llegada en tan estrambtica
postura?

Porque hay que advertir que estaba sentado sobre el pretil (con
riesgo inminente de caerse), y cubierto con el ms exagerado
sombrero de alta copa.

Antonio se ri y solamente dijo:

--Ah! Maana te lo presentar.

Nos apeamos de nuestras caballeras en un amplio portal, y despus
de las presentaciones del tenedor de libros y otros dependientes de
la hacienda, en el "purgar", o sea oficina principal, subimos a
tomar una ligersima cena, para arrojarnos en seguida en los
codiciados brazos de Morfeo.

Una pequea contrariedad se dibuj en el rostro de mi amigo, al
informarle el administrador que la mayor parte de las estancias de
la casa estaban en vas de reparaciones y de ser pintadas, por lo
tanto, slo haba disponibles para dormir en ellas, dos
habitaciones, una pequea, y otra, al contrario, amplsima. Intil
me parece decir que sta me fu cedida por mi amigo, y al penetrar
en ella, grata fu mi sorpresa al encontrarla muy fresca, y ver que
la cama se hallaba colocada al lado de una puerta-ventana que
comunicaba con el corredor o galera abierta, que abarcaba todo el
frente y un costado del piso superior de la casa. Meda este
corredor unos cuatro metros de anchura por otros tantos de
elevacin, estaba abovedado, y por los amplios arcos se esbozaba el
encantador paisaje, que en las sombras de la noche, posea una
dulzura y serenidad poco comunes, perfumado el ambiente con las
diversas plantas de aquellos climas.

A pesar del cansancio que senta, permanec no corto espacio de
tiempo en la soledad de aquella galera, perdido en mis
pensamientos, y con un leve zumbar de odos, _oa el silencio_, que
slo interrumpa, de vez en cuando, el ladrar de un perro en el
real no lejano.

Por fin me met entre sbanas, dejando la ventana abierta, y en
seguida qued dormido.

No supe cunto tiempo lo estuviera, cuando me despert el fuerte
toser de una persona. Esta pareca hallarse en el corredor, a pocos
pasos de m, y deduje en seguida que era el velador, que en toda
hacienda suele rondar de noche. Como la tos no ceda, sino, al
contrario, agravbase de tal manera, que el pobre hombre pareca
correr riesgo de ahogarse, salt del lecho para prestarle ayuda;
pero cul no sera mi sorpresa, cuando sal a la galera, de hallar
que no slo ces la tos, sino que el velador o lo que fuera, no se
encontraba all! Torn a acostarme, y a los pocos momentos, se
repiti el suceso con idnticos resultados, y dos y tres veces ms,
hasta que llegu a suponer que el hombre se hallara en algn
apartado rincn del corredor, el cual, por ser abovedado,
transmitira el eco de la tos, hacindola orse como si fuese en la
puerta misma de mi alcoba.

A la maana siguiente, relatado el desagradable incidente que
interrumpi mi sueo, quiso Antonio averiguar quin fuera el velador
que haba pasado tan mala noche en la galera; pero el Administrador
contest rotundamente que nadie, pues en aquella poca de completa
tranquilidad era innecesaria la presencia de semejante sirviente. Y
a las reiteradas instancias de que alguien tena que haber sido, la
contestacin, despus de ser interrogados todos los dependientes y
criados, fu siempre la misma.

Sin darle ms importancia al asunto, pues en realidad poco tena,
emprendimos la visita del vasto edificio, remedo de fortaleza,
convento y casa de campo, todo en uno, que databa del siglo XVI; la
magnfica iglesia, cuya torre y cpula reverberaban en sus azulejos
los rayos del sol tropical; y la casa de calderas, o ingenio
propiamente dicho, enorme edificio completamente moderno y, para m,
ayuno de inters. Al recorrer la azotea de la casa, Antonio hizo la
presentacin del curioso personaje que la vspera llamara mi
atencin. Era una estatua de piedra! Y no pude menos que echarme a
rer al verla: esculpida con la mayor rudeza, representaba a un
individuo de anguloso y desproporcionado aspecto, sentado al borde
de la azotea, con las piernas cruzadas, ms abajo de las rodillas, y
con las manos en actitud de batir palmas. Para que nada faltase a
esta obra de arte, hallbase embadurnada, desde la punta del
exagerado sombrero hasta los pies, de un brillante color de rosa.

--Aqu tienes, dijo Antonio, a la persona que promet presentarte.
Como ves, es una obra de arte. Se llama Herrera Goya. Para que no te
ras de un miembro de la familia, te contar que Don Joaqun de
Herrera Goya fu antepasado mo, aunque no en lnea recta, pues
muri soltero; su hermana, mi cuarta abuela, hered de l esta
hacienda y no s si a ella se deba tan hermosa estatua. Es costumbre
pintarla cada ao; as como hoy la ves color de rosa, ha estado
pintada de celeste, amarillo, verde, de todo menos de negro, pues
hay aqu la creencia,--cosas de los indios,--que si llegara a
pintarse de ese color, ocurrira alguna desgracia. La postura de sus
manos indica, no que va a aplaudir, sino que la distancia que con
ellos mide es el tamao de los panes de azcar que en su hacienda se
fabricaban y que llenaron sus bolsillos de doblones. La tradicin no
cuenta cosas muy halagadoras para este seor; te las referir
algn da.

No dej de caerme en gracia el ridculo personaje, y al bajar al
patio y verlo desde all, not que se hallaba emplazado sobre el
corredor, precisamente encima del sitio en donde a aquel daba acceso
a la puerta-ventana de mi dormitorio.

La huerta de la finca, extensa y feraz, llam mi atencin por su
aspecto oriental, debido en gran parte, a una alberca con surtidor
que en ella haba. A mi observacin contest Antonio:

--S. Mi madre la llama El Jardn de la Sultana. No te sientes
ah, agreg al ver que me dispona a hacerlo sobre un ancho banco, o
poyo de piedra, cercano. Aqu estars ms cmodo.

Y al borde mismo del estanque permanecimos algn tiempo, escuchando
el suave rumor del agua.

No viene al caso referir nuestra vida en aquella finca durante la
semana que en ella pasamos; slo dir que durante seis noches, y
aproximadamente a la misma hora, se repiti el incidente de la
primera, cosa que nos intrig de tal modo, que nos propusimos
descubrir al nocturno asmtico. Juzg Antonio lo ms acertado
ordenar a un tal Paulino, muy adicto suyo y hombre de toda
confianza, que pasara la noche en mi estancia, en el umbral mismo de
la puerta-ventana, para ayudar a aclarar el molesto, si bien un
tanto ridculo misterio.

Era la ltima noche que bamos a pasar en San Javier, puesto que
debamos regresar a Mxico el da siguiente, y me met en cama con
nimo de descansar, indiferente al suceso que tan repetidas veces
haba turbado mi sueo.

La tos, esa noche, me pareci ms fuerte y rebelde que en las
anteriores. Al saltar del lecho, v con satisfaccin que Paulino
tambin la oa, pues estaba sentado sobre su estera, con asombro
dibujado en sus facciones. Salimos los dos y recorrimos la galera,
sin encontrar persona alguna, y con el extrao caso de que el hombre
que tosa pareca seguirnos durante todo el trayecto.

Cansados de buscar, regresamos a la estancia, y al traspasar el
umbral, la tos que el misterioso personaje padeca, aument de tal
manera que omos claramente que se ahogaba; esa horrible tos
degener en ronquido, en _estertor_, y repentinamente se oyeron
maullar, chillar horriblemente, en todas las disonancias
imaginables, un crecido nmero de gatos. Yo hubiera jurado que haba
un centenar de esos animales alrededor nuestro. Torn a salir al
corredor con la seguridad de ver sus ojos fosforescentes entre las
sombras de la arcada; pero nada se vea. Arreci el horrible
desconcierto; o algo se desplomaba, y al volver la mirada, v que
Paulino, hincado de rodillas en medio de la estancia, con los brazos
en cruz, y el mayor terror dibujado en su rostro, exclamaba
con pavor:

--Virgen Santsima! El amo viejo, el amo viejo!

Hay sucesos en la vida, que cuando se recuerdan pasados los aos y
con espritu sereno slo presentan un aspecto risible. Pero yo jams
olvidar que aquella noche, al or el estertor de un hombre
invisible, el horrible maullar de cien felinos y los acentos de
terror de un pobre indio, la sangre se hel dentro de mis venas,
erizronse mis cabellos, se estremeci todo mi cuerpo, y--lo
confieso--!tuve miedo!

Sal de la estancia precipitadamente, seguido de Paulino, y
tropezando con andamios y botes de pintura, fuimos a dar hasta la
alcoba en donde Antonio dorma tranquilo.

--Antonio, por Dios! exclam. Este lugar est embrujado!

--Qu pasa? Qu sucede? Pero, hombre!, aadi Antonio, al
encender la buja y ver la expresin de nuestros rostros. Qu
tenis? Estis locos?

--Poco menos, te aseguro.

Y le refer atropelladamente lo que acabbamos de or.

--Vamos, hombre! No puede ser! Estis soando. Vamos all, y vers
como no hay nada.

--No! No vayamos!

--S, dijo resueltamente, y emprendimos la marcha, l por delante.
Al llegar a mi dormitorio y penetrar en l, reinaba el mayor silencio.

--Lo ves? dijo mi amigo. Pero en ese instante se desat de nuevo el
maullar horrible y Paulino slo pudo exclamar, con acento de terror:

--Nio, es el amo viejo!

--Vamos, vmonos de aqu!

Y abandonamos aquel pavoroso recinto.

El resto de la noche lo pasamos Antonio y yo sin proferir palabra,
en sendas butacas de su alcoba, fumando cigarrillos y embargadas
nuestras mentes con mil conjeturas, hasta que por la abierta ventana
vimos desvanecerse las estrellas y dibujarse en el cielo la claridad
de la ansiada aurora.

Como debe suponerse, con la luz del da aumentaron mis deseos de
aclarar el extrao suceso, y asedi a mi amigo con mil preguntas, a
las que l se excusaba de contestar, diciendo que todo era tambin
un misterio para l. Pero a pesar de ello, me convenc de que algo
saba que no quera comunicarme, y tanto le inst, que, al fin,
requiri del Administrador unas vetustas llaves, y dijo
lacnicamente:

--Sgueme.

Atravesamos todo el corredor, risueo con la luz matinal y el
perfume de las plantas que all haba; bajamos escaleras, recorrimos
pasillos, y, por fin, Antonio abri una pequea puerta, que, al
girar en sus goznes, dej escapar un fuerte olor a papel y badana
viejos. En seguida comprend que era el archivo de la casa. En
efecto, hallbase aquella abovedada cmara repleta de legajos,
infolios y libros, hacinados en varios estantes y cuidadosamente
ordenados, segn poda colegirse por los claros nmeros y letreros
que cada uno ostentaba. Detvose un instante, y recorri con la
vista aquel vetusto arsenal de papel y pergamino. Extendi el brazo,
y baj de su sitio un legajo de no grandes dimensiones; lo desat
cuidadosamente y repas los expedientes que contena, hasta dar con
un edicto del Santo Oficio, escrito en recio papel de Gnova y
encabezado con la consabida frmula de _Nos los Inquisidores de la
Fe contra la hertica bravedad etc_. Algn tiempo tard en
descifrar su contenido, sacando en conclusin, que el 15 de Agosto
del ao de 1614, fu denunciado como brujo, ante el Santo Oficio de
la Inquisicin, el Seor don Joaqun de Herrera Goya, dueo de la
Hacienda de Moler azcar de San Francisco Xavier, Obispado de la
Puebla de los Angeles. El temido tribunal citaba a dicho seor a
comparecer ante l, por tan horrible cargo, y, en caso de hallarse
culpable, sufrir la pena consiguiente.

--Mal lo pasara Herrera Goya en el Santo Oficio! exclam, al
terminar la lectura del documento.

--No compareci, dijo Antonio. El da en que recibi este edicto,
muri.

--Cmo! De qu manera?

--Yo creo que muri de viejo,--tena ochenta aos,--o del susto de
hallarse en tan apurado trance; aunque te dir, puesto que todo
quieres saberlo, que hay quien dice que su muerte fu trgica. Este
Herrera Goya, segn parece, era un ente raro, sobre todo para su
poca. Sola hacer experimentos con yerbas, coleccionaba insectos, y
tena hasta medio centenar de gatos, que lo seguan por todos lados.

No dej de causarme desagradable sorpresa este extremo, que
relacion en seguida con el misterio que desebamos aclarar.

--Comprendo tu sobresalto, continu Antonio. Y has de saber que,
segn la tradicin entre la gente de esta hacienda, Herrera
Goya,--el Amo Viejo, como le llaman,--maltrataba sobremanera a su
extrao squito; es ms, lo martirizaba a cada momento. Y aseguran
que, cuando muri, fu porque todos sus gatos se le echaron encima,
clavndole las uas en el cuello, y desgarrndole la garganta en
girones, hasta dejarlo, despus de horribles sufrimientos, exnime
en un charco de su propia sangre.

Refirime luego cmo el Santo Oficio de la Inquisicin prohibi que
se enterrase a Herrera en lugar sagrado y cmo fu inhumado el
sangriento cadver en la huerta, en donde marcaba su sepultura lo
que yo haba confundido con un asiento.

En la tarde de ese da emprendimos el regreso a Mxico, y durante
todo el trayecto, no pude distraer de mi mente el suceso que tanto
me haba impresionado. Al llegar a la ciudad, mand decir misas por
el alma de aquel amo viejo, a quien se le neg cristiana
sepultura, aunque la hall potica, cobijada por manglares y
palmeras, cerca del surtidor del Jardn de la Sultana.

Pasaron algunos meses. Un da me dijo Antonio:

--Sabes que he escrito a San Javier, ordenando que este ao se
pinte a Herrera Goya de negro?

--Hombre, no hagas eso! Ten prudencia.

--Hola! Eres supersticioso?

Tres das despus, la sociedad de Mxico qued consternada, al saber
que las hordas rebeldes haban entrado a saco en la hacienda
principal de los Hernndez Sandoval, que haban prendido fuego a su
ingenio, y volado con dinamita el vetusto edificio.

San Javier ya no era ms que un enorme montn de escombros.





EL COFRE

       A JESUS REYES FERREIRA



Las trmulas llamaradas, que el fuego de la chimenea despeda,
hacan oscilar fantsticamente, sobre las paredes del aposento, la
sombra del viejo don Alejandro. Arrebujado ste en un silln, al
lado del ancho hogar, procuraba calentar su cuerpo, entumecido, no
tanto por el mal tiempo que a la sazn haca, cuanto por los aos y
penas que sobre l pesaban. Pero, a pesar de su proximidad al fuego,
senta fro.

Cuntas noches pasara largas horas en el mismo sitio, fija la
mirada en la rojiza lumbre! A veces, los encendidos leos asuman
formas que su imaginacin trocaba en personas y sucedidos reales, y
de esa manera converta aquel hogar en escenario, en el cual se
representaba a menudo el ttrico drama de su vida.

El primer acto, por decirlo as, era de escaso inters. Despus de
sus primeros aos, pasados al lado de su madre, vea su vida de
colegio, vida triste y sin amigos, que tanto influy sobre su
carcter, hacindolo hurao y retrado.

Empezaba el segundo acto con un cuadro pavoroso. Sobre el lecho de
muerte yaca su madre, el nico ser de l querido, y al lado, de
pie, contemplbala un hombre severo, casi repugnante: su padre.

Sucedanse los dems actos del drama con toda fidelidad. Don
Alejandro recorra las principales capitales del mundo, en busca de
distraccin; pero todos huan de l, como si fuese un ser infecto:
con lo cual se agriaba su carcter ms y ms. Cuando volva a su
casa, encontraba que su padre se mora. Sin sentir dolor alguno,
vea cmo se apagaba la existencia del autor de sus das. El mdico
indicaba que no haba ms recurso... Llegaba el sacerdote, pero el
moribundo slo lograba enunciar, con gran dificultad, las palabras:

--El cofre...!

El saln en que se hallaba don Alejandro guardaba muchas obras de
arte y objetos antiguos. Entre ellos, en un rincn del aposento, se
hallaba un gran cofre de hierro, cubierto, casi en su totalidad, con
clavos y remaches de bronce. Este era, sin duda alguna, el cofre al
cual el moribundo haba querido referirse, pero la llave no haba
podido encontrarse y el secreto, si secreto haba en l,
permaneca ignorado.

Por milsima vez, don Alejandro dirigi la mirada hacia el ngulo de
la estancia, y se extremeci al ver que el cofre se hallaba abierto.
La pesada tapa descansaba contra el muro, dejando ver el vetusto y
complicado mecanismo de su cerradura.

Mucho tiempo permaneci el anciano sin poder apartar de aquel sitio
los espantados ojos. Por fin, haciendo un supremo esfuerzo, abandon
su sitial al lado de la chimenea, y con una sensacin de espanto, se
dirigi hacia el cofre. Al principio nada pudo distinguir en el
interior, pero pocos momentos despus, vi un rectngulo amarillento
que yaca en el fondo. Hincse de rodillas y con mano trmula
extrajo aquel objeto. Era un sobre, manchado por el transcurso del
tiempo, sin rtulo de ninguna especie.

Repentino y formidable estrpito hzole volver el rostro
amedrentado, y vi que la tapa del cofre haba caido en su sitio,
cerrndolo de nuevo.

Volvi al lado del hogar, para leer el contenido del sobre: pero sus
manos estaban de tal manera temblorosas, que no pudo verificarlo.
Despus de algunos instantes, logr conquistar relativa
tranquilidad; abri la cubierta y con ojos de terror, extrajo el
pliego que contena. Pero le daba vueltas la cabeza, y tuvo que
apoyarse en la butaca para no caer al suelo. Fij de nuevo la vista
en el fuego del hogar, y vi claramente la pavorosa escena de la
muerte de su madre. Anonadado, mir el anciano furtivamente a su
alrededor, temiendo ser observado, y decidi hacer un esfuerzo para
leer el pliego; pero el papel se escap de sus temblorosas manos y
cay entre las llamas que lo consumieron vorazmente.

Don Alejandro mir hacia el rincn en donde estaba el cerrado cofre
y se acerc ms an a la chimenea, pero, a pesar de su proximidad al
fuego senta fro.





TRISTIS IMAGO



Hablabamos, mi amigo y yo, de cosas indiferentes y triviales. El
sol, prximo a desaparecer, arrojaba sobre la tierra una luz clida
y rojiza, y el bochorno que entraba por la abierta ventana pareca
esparcirse por todo el aposento. Las columnillas de humo de nuestros
cigarros suban hasta juntarse en ligeras nubes que iban anidando en
los casetones del artesonado, y el damasco que cubra las paredes
tomaba un tinte de color ms rico que de costumbre.

La conversacin empez a languidecer, y lleg un momento en que
ambos callamos, como si obedeciramos algn misterioso mandato. Yo
tena cierto orgullo en aquella estancia, en que reuniera todo lo
que posea de mayor valor y ms hondo afecto, y no era la primera
vez que desde mi butaca paseaba la mirada sobre los muebles y
cuadros que la adornaban. Rafael tambin gustaba de aquella
coleccin y la elogiaba a menudo, de manera que no me sorprendi
verlo recorrer con la vista aquel abigarrado conjunto de objetos.
Enfrente de donde nos hallbamos sentados, penda de la pared un
retrato de busto de mi madre, ataviada segn la moda del segundo
Imperio. A pesar de la luz que por momentos iba apagndose, el
retrato se destacaba muy bien, y se acentuaba en su rostro la
inefable dulzura que el pintor haba sabido reproducir fielmente.

No s cunto tiempo permanecimos en silencio. Repentinamente sent
una como rfaga de melancola y dirig la mirada hacia el retrato.
Me estremec al verlo, y not que mi amigo sufri idntica
impresin. Nos miramos ambos, y l, ponindose de pie, dijo en
voz muy baja:

--Est llorando!

Yo asent con la cabeza, y mi compaero con paso quedo, sali de la
estancia y cerr la puerta tras s, cuidadosamente.

Entonces yo, presa de grande angustia, me acerqu al retrato y v
que se animaba. Una nube de tristeza nubl el semblante de mi madre,
y las lgrimas que brotaban de sus ojos cayeron con mayor
abundancia. Se movieron sus labios y o una vez ms la voz que
veinte aos enmudeciera.

--Hijo mo! Siento una gran piedad por t! El camino que tienes
que recorrer es spero y difcil, y grandes sufrimientos sern
tuyos. Por eso es que siento tan grande piedad por t. Nunca hagas a
nadie partcipe de tus cuitas, ni a tu mejor amigo; gurdalas
siempre para t. S avaro de tus sentimientos; a nadie los digas.
Hijo mo, cunta piedad siento por t!

Las sombras de la noche penetraron casi repentinamente y pronto me
envolvieron en densa obscuridad.

Por fin, despus de no corto espacio de tiempo, encend la luz y
abr la puerta. Rafael se hallaba en la galera, en el hueco de una
ventana, y al verme, pareci despertar de un sueo.

--Rafael...! exclam; pero l me interrumpi, diciendo:

--No me digas nada; no, ni a m que soy tu mejor amigo!

Y silenciosamente entramos de nuevo en el aposento. Con la luz
artificial, las cosas todas presentaban su aspecto de costumbre, y
el retrato de mi madre la dulzura inafable de su rostro. Debajo de
l, sobre una mesa, se hallaba mi ltimo soneto; lo tom para leerlo
a Rafael, y encontr que estaba humedecido y emborronado.





LOS JUGADORES DE AJEDREZ

                       A ROBERTO MONTENEGRO.



I

Angustias, india tarasca de raza pura, era maestra en el difcil
arte de cuidar y entretener a los nios. Durante varios aos sirvi
en mi familia, prodigando sus cuidados, sucesivamente, a los cinco
hermanos que ramos. Si nuestra casa era visitada por alguna
enfermedad, Angustias se hallaba siempre a la cabecera de la cama, y
cuando se trataba de enjugar lgrimas, consecuencia de alguna
travesura de chiquillos, su palabra cariosa nos proporcionaba
pronto consuelo. Pero la ciencia de la bondadosa niera era ms
patente cuando estbamos contentos. Inventando juegos nuevos,
haciendo gestos verdaderamente estrambticos, gracias a sus nada
clsicas facciones, o contando cuentos jams imaginados, nos haca
gratsimas las horas del atardecer y, llegada la hora, saba
conducirnos suavemente al mundo de los sueos. Otro don particular
de Angustias era la pronta contestacin que daba a las numerosas y
peregrinas preguntas que sola hacerle la gente menuda. Era tal la
espontaneidad de la respuesta y tan grande el aplomo con que la
daba, que jams pusimos en tela de juicio la solucin por ella
propuesta a cualquier problema que se presentaba a nuestros
infantiles cerebros.

Los recuerdos de mi infancia estn estrechamente ligados con la
Hacienda de San Isidro Labrador, en donde residamos la mayor parte
del ao. La finca, cercana a la ciudad de Mxico, fu propiedad de
la Compaa de Jess desde los tiempos ms remotos de la Colonia, y
cuando los clebres religiosos fueron expulsados de los dominios
espaoles, por las razones que Carlos III tuvo a bien guardar en su
real pecho, fu adquirida por un mi antepasado. Se comprender,
pues, que la casa de la Hacienda tena ms carcter de monasterio
que de finca de campo, y mi padre, siguiendo el ejemplo de sus
mayores, quiso que conservara siempre el austero aspecto que desde
un principio tuvo. Las estancias, todas abovedadas y de poca
elevacin; los interminables claustros con arquera de medio punto;
los muros, gruesos como los de un castillo medioeval; y
principalmente la comarca toda ayuna de encantos naturales,--pues
ostentaba, como nicas galas, extensos magueyales y uno que otro
eucalipto en medio de los campos de maz y de cebada,--hacan de la
Hacienda de San Isidro Labrador un sitio que a muchos repugnaba,
pero que a otros, al contrario, atraa por su misma desnudez y
severidad. Intil me parece decir que para nosotros era un verdadero
buen retiro; en aquellos tiempos todava se conservaban muchas de
las costumbres del Virreinato, y mi padre era para los peones y
sirvientes, ms que el amo a quien se deba respeto, el jefe de una
dilatada familia.

La capilla era quiz la estancia ms interesante de la Hacienda. No
era amplia, pero ostentaba enorme retablo de madera dorada, al
estilo de churriguerra, zcalo de azulejos, y pavimento de mrmol en
locetas blancas y negras, alternadas. Lo que ms me llamaba la
atencin eran los sepulcros de mis antepasados. Empotrados en ambas
paredes laterales del presbiterio, hallbanse los nichos cubiertos
con sendas placas de alabastro, grabados con largos epitafios; y ms
de una vez, desde que empec a leer, me distraje durante la Misa o
el Rosario, procurando descifrar aquellos letreros, para m
atravesados e inintelegibles.

Una noche, camino de mi alcoba, ocurriseme hacer esta pregunta:

--Angustias, Qu hacen los muertos de la capilla, en la noche?

Y la india, sin titubear, contest:

--Juegan al ajedrez.

Yo que casi todas las noches, al requerir la bendicin de mi padre,
lo encontraba en la biblioteca jugando al ajedrez con don Pepe
Dvalos, Presidente Municipal del pueblo comarcano, no me sorprend
de la respuesta. Un juego en que dos seores se sentaban frente a
frente, durante largo espacio de tiempo, sin proferir palabra y sin
mover apenas las curiosas piezas de madera que entre s tenan, y
que se prestaban de manera tan admirable para jugar a los
soldaditos; un juego as, repito, me pareca ms apropsito para
muertos que para vivos; y la contestacin de Angustias fu
convincente.

--S; continu el ama. Todas las noches, en cuanto t te acuestas a
dormir, ellos se ponen a jugar al ajedrez hasta que llega el Padre a
decir misa. Entonces se vuelven a sus sepulcros, que son, como si
dijramos, sus camas, y duermen durante el da.

Y dichas las oraciones de costumbre, por mis padres y hermanos, y
otra, que para mi coleto deca, por mi caballo El Confite, qued
al momento dormido.


II

Muchos aos despus, cuando regres de Espaa, casado ya con mujer
de mi misma estirpe, hall las cosas en San Isidro Labrador muy
distintas de cuando me marchara. Mis padres, dos hermanos y
Angustias haban desaparecido de la vida, y don Pepe Dvalos,
depuesto de su cargo municipal, vagaba enfermo y viejo por los
claustros, aorando las partidas de ajedrez con su Merced el Seor
don Alonso. Not que el respetuoso cario de muchos sirvientes
haba amenguado, gracias a ciertos vientos de fronda que del Norte
soplaban, y sent desde un principio marcada repulsin por el nuevo
administrador de la Hacienda, nombrado por el albacea de mi padre.
Llambase don Guadalupe Robles, y su aspecto insolente demostraba
bien a las claras que haba sido antao guerrillero audaz y
duro cacique.

Mucho tem que la Hacienda tuviera pocos atractivos para mi mujer,
pero Ins, acostumbrada a las austeridades de su torre castellana,
encontr San Isidro Labrador muy de su agrado, y propuso ella misma
que fijramos all nuestra residencia.

Transcurridos pocos meses, y aproximndose la fiesta titular de la
heredad, mi mujer, a fuer de buena madrilea propuso que la fiesta
fuese celebrada con especial pompa. Prepar, pues, ropas para
repartir a los pobres; encarg flores para el adorno de la casa y
capilla; y convid, para que cantara Misa Pontifical, a cierto
Prelado, a quien, desde mi infancia, llamaba yo el to Obispo,
aunque en realidad carecamos de parentesco alguno.

Yo acced gustoso, tanto por complacer a Ins, cuanto porque hall
la ocasin propicia para hacer lucir gran cantidad de objetos, de
los cuales, como colector entusiasta de antiguallas, me
vanagloriaba. Al caudal no despreciable de ornamentos y vasos
sagrados, que a la Hacienda haban donado mis antepasados, aad yo
gran acopio de objetos, hallados algunos en vetustas ciudades del
pas, trados otros de la Pennsula. Era especialmente notable mi
rica coleccin de plata labrada; componase de varias docenas de
candeleros, grandes y pequeos, atriles, vasos y macetones
ornamentales; no pocos blandones; algunos clices y copones; y una
custodia que me complaca yo en atribuir a Juan de Arfe y Villafae.
Pero lo que ms me agradaba y mostraba yo a mis amigos con el mayor
orgullo, era un juego de pebeteros que adquir en Cintra. Obra de
portugueses de pleno siglo XVIII, se comprender desde luego que
tales perfumadores tenan que ser extravagantes; en efecto, medan
ms de medio metro de altura, y afectaban la inusitada forma de
pegasos, pero su labor era de tal forma acabada, que en verdad
podan figurar en la mejor coleccin de objetos de arte.

Con todos esos elementos, comprend que el suntuoso retablo, cuya
intrincada hojarasca cubra el muro frontero de la capilla con
pilastras y columnas retorcidas, frontones interrumpidos, mnsulas
de caprichosa forma, y nichos y doseles cobijando esculturas
policromas, hara brillar el rico y si se quiere brbaro conjunto de
oro y plata, como un scua refulgente; y empec a hacer preparativos
con no escaso entusiasmo.

Llegada la vspera de la fiesta, entr en la capilla para disponer
lo necesario, y vnoseme a mi mente un mundo de recuerdos.
Contemplando las fnebres alegoras, y leyendo los letreros de las
lpidas, que tanto inquietaron mis aos infantiles, v de nuevo mil
incidentes de mi niez y escuch, una vez ms, la voz de personas
queridas, entre ellas Angustias, quien me aseguraba dogmticamente
que mis muertos jugaban al ajedrez todas las noches....

Diriga yo la colocacin de los distintos ornamentos, sobre el altar
y presbiterio, cuando acudi don Guadalupe Robles a la capilla, con
pretexto de consultarme no acuerdo qu extremo de la administracin
de la hacienda; y al ver el caudal all reunido, la codicia se
reflej en su semblante hacindole dirigir la mirada, mientras
conversaba conmigo, de uno en otro objeto, cuya existencia ni
siquiera sospechaba. Entonces fu mayor mi repugnancia por aquel
hombre, y tuve desde luego tal conviccin de que intentara robarme,
que durante toda la noche no pude despedir este pensamiento de mi
mente, y abandon el lecho muy temprano, cuando an dorman en
silencio amos y sirvientes.

Con la primera claridad del amanecer, penetr en la capilla. A
primera vista, la mayor parte de los objetos permanecan en los
sitios en que la vspera se colocaran, pero jzguese cul sera mi
asombro, al ver que gran nmero de candeleros, jarrones y dems
yacan diseminados por el suelo en el ms completo desorden! Slo
quedaban en pie, arrinconados en un ngulo debajo del coro, cuatro
objetos. Me aproxim, y un escalofro recorri todo mi cuerpo. Los
muertos haban jugado una partida de ajedrez! S, all en el rincn,
sobre la loceta blanca, estaba un blandn, y enfrente de l, salvada
una hilera de cuadros, y ocupando sus respectivas casillas, un
jarrn, un candelero pequeo y uno de los perfumadores, ste el ms
prximo al muro. S, esas tres piezas--el alfil, el pen y el
caballo,--haban dado jaque mate al blandn o sea, al Rey!

Despus de algn tiempo, pude dominarme, y con mano trmula repuse
en sus sitios los diferentes objetos, para que nadie, ms que yo, se
diera cuenta del suceso.

La fiesta fu celebrada debidamente, y tanto el Obispo como los
amigos que acudieron a nuestra invitacin, se hicieron lenguas de la
hermosura y riqueza de mi coleccin. Pero yo prestaba escasa
atencin a tales elogios, embargada mi mente con el enigma y las
sospechas que abrigaba contra don Guadalupe Robles. Estas
aumentaron, cuando lo sorprend, al atardecer, en la penumbra del
corredor, hablando en voz baja con Joaqun, su mozo de estribo y
hombre de toda confianza. Simul no haberlos visto, y pas de largo;
pero resolv empaquetar mis antiguallas y remitirlas a Mxico,
cuanto antes, mientras encontraba yo la oportunidad de deshacerme
del Administrador.

No s cuanto tiempo despus de haber logrado conciliar el sueo,
rasg el silencio de aquella noche tal grito de terror, que sigue y
seguir retumbando en mis odos, mientras yo viva. Lo oy mi mujer y
despert asustada; lo oyeron los sirvientes todos, y en breves
momentos, los claustros fueron poblndose de sombras, que inquiran
con voces de miedo qu aconteca.

Tom una linterna, y seguido por los ms resueltos, dirig mis
medrosos pasos hacia el sitio de donde el grito pareciera proceder.
La puerta de la sacrista estaba abierta y comprend que mis
sospechas se haban confirmado. Entramos. Ni en la sacrista, ni en
la capilla, haba ms luz que la escasa claridad que penetraba por
cpulas y ventanas, y al principio nada pudimos distinguir; pero, a
poco, la trmula luz de la linterna nos hizo ver que todos los
objetos de plata, absolutamente todos, se hallaban amontonados bajo
el coro, cercando, aprisionando en el rincn, a don Guadalupe
Robles, quien, con el cuerpo echado para atrs, como reculando,
extenda ambos brazos contra los muros de aquel ngulo de la
capilla. Tena los ojos fuera de sus rbitas, y todo su semblante
era imagen del terror. Lo llam por su nombre, me mir fijamente y
fu su contestacin una carcajada.





EL SOMBRERO DEL REY DE TIBOTU

CUENTO PARA NIOS.

                A JULIO TORR



El Rey de Tibot tena (naturalmente) tres hijos. El mayor se
llamaba Chapachapa, el segundo Chopochopo, y menor Chipichipi. El
rey era muy rico: posea diez y siete sombrillas de todos colores,
un tapa-rabo verde y amarillo, muy gracioso, y un sombrero alto, tan
alto que rayaba en lo monumental. La reina, Sabihonda, usaba medias
azules y era polglota: cuando algo le caa muy en gracia, hablaba
en chino, y cuando se enfadaba, gritaba en cataln.

El reino se compona, adems de la populosa ciudad de Tibot, de dos
islas. En una se cosechaba gran cantidad de caf y haba numerosas
vacas de ordea; en la otra se produca el cacao y habia muy buenos
panaderos y reposteros. Las islas eran vulgarmente conocidas por
La-isla-de-caf-con-leche, y La-isla-de-chocolate-con-bollos.

La familia real de Tibot vivi feliz muchos aos; pero una noche,
el rey se comi, en la cena, todo un lechoncillo al horno, y
falleci a las pocas horas, rodeado de su mujer e hijos.

Transcurridos los nueve minutos, nueve segundos, que segn el
Ceremonial de aquella Corte, hay que esperar antes de abrir el
testamento del monarca fallecido, se encontr que la ltima
disposicin del autcrata era que su populosa ciudad de Tibot
pasara a su amada esposa, y las islas del Caf-con-leche y del
Chocolate-con-bollos a sus dos hijos, Chapachapa y Chopochopo,
respectivamente. En cuanto a Chipichipi, legbale su padre el
sombrero de copa.

Imagnese el jbilo de la cnyuge y de los hijos mayores, y el
enfado del Benjamn de la casa. Para qu quera l un sombrero
viejo, sucio y de forma tan poco artstica?

Invadi el nimo del prncipe tal furia, que ech al suelo la
despreciada prenda y propinle un fuerte puntapi. Pero al hacerlo,
sinti un agudo dolor en el pie, como si hubiese chocado contra una
piedra. Con mayor furia todava, tom el sombrero y empez a
despedazarlo con gran coraje, pero, he aqu, que encontr, entre el
forro y la copa, algo duro, una piedra, efectivamente, ms grande
que un huevo de gallina, aunque no tanto como uno de avestruz; era
roja como la sangra de un pichn y brillaba al sol de una manera
sorprendente. Era nada menos que un rub.

No hay para qu referir la sensacin que este hallazgo caus en todo
el mundo. Baste decir que todas las testas coronadas, y muchas que
no lo eran, se disputaban la posesin de tan magnfica joya. Los ms
interesados en obtenerla eran el Presidente de la Repblica Inglesa,
el Gran Duque de Texcoco y Mr. Elihu P Goggles, de Paradise, Texas.
Intil nos parece decir que este ltimo y clebre millonario fu
quien adquiri la piedra preciosa, pagando por ella diez y siete
millones de dlares en oro, y diez y siete en Liberty Bonds, de la
dcima sptima emisin, y hacindose llamar, de all en adelante,
The Ruby King, o sea, El Rey del Rub.

Por supuesto, Chipichipi invirti bien su dinero y se di la gran
vida. Compr un automvil Ford, un perro-polica, y un Diccionario
de la Academia. En cambio sus hermanos se arruinaron: el caf se
perdi, y las vacas de ordea se murieron; el cacao baj de precio y
los panaderos y reposteros se declararon en perptua huelga.

Y siempre que se hablaba del sombrero de copa de su difunto esposo,
exclamaba la Reina Sabihonda, en portugus:

En todas las cosas, por despreciables que parezcan, hay algo de
valor, para el que sabe encontrarlo.





EL REPORTAZGO



Comprendo que ustedes los reporteros tengan deberes para con sus
lectores y que, por lo tanto anden siempre a caza de noticias; pero,
como soy enemigo de repeticiones, quiero que el diario que usted
representa, por ser el de mayor importancia en el pas, sea mi nico
portavoz en este asunto. Dentro de diez minutos llegar mi mujer;
mientras tanto, pues, le suplico que escuche con atencin y escriba
a mi dictado. Yo le dar todos los pormenores del caso, que como
ver, es cosa bien sencilla.

Empezar por decirle que contaba yo muy pocos aos de edad, cuando
muri mi padre, legndome una fortuna cuantiosa. Pero como el ocio
nunca entr en mis clculos, decid estudiar una carrera, y eleg la
carrera de mdico-cirujano. Aqu, entre nos, le confesar que
siempre he considerado la medicina como la carabina de Ambrosio,
pero la ciruga,--ah! eso es otra cosa. Por medio de la ciruga
pueden curarse radicalmente todas las dolencias de la humanidad, y
no est lejano el da en que hasta la misma muerte pueda evitarse
por su medio.

Mis profesores se quedaron asombrados de la extraordinaria pericia
que adquir desde un principio: el bistur en mis manos era como el
pincel en las de un artista. Cada corte mo era una maravilla de
precisin y de arte, s seor, de arte. Gan los primeros premios en
la Academia, y cuando se me expidi el ttulo de Cirujano, se hizo
constar en l que jams se haban obtenido calificaciones ms altas.
La primera operacin de importancia que ejecut, despus de haber
sido recibido, fu la amputacin de ambas manos del clebre pianista
Gerosltein. Por supuesto que era absolutamente innecesario que dicho
seor perdiera las dos manos, pero como no me gustaba nada su manera
de interpretar Beethoven, decid cortar el mal de raz; y perdneme
esta ligera _plaisanterie_.

Por aquel tiempo conoc a Matilde. No recuerdo si fu en un baile en
el palacio de la Princesa Dorodinski, o si fu en las carreras de
caballos. Pero s tengo muy presente que desde el primer momento que
la v, comprend que era la mujer ms hermosa que ha habido en el
mundo, y por lo tanto, que tena que ser mi esposa. Yo era entonces
excesivamente romntico; no le llamar la atencin saber que toda mi
corte fu hecha a la luz de la luna. La orquesta del Conservatorio
tocaba todas las noches msica selecta debajo de su ventana, y hasta
llegu a pagar a un poeta de fama para que le escribiera madrigales,
que yo firmaba.

Para no hacer largo este relato, le dir que mientras se llevaban a
cabo los preparativos de nuestra boda, Matilde no haca ms que
llorar, llorar... Lloraba de amor por m, segn me asegur su
madre... Matilde, he dicho, es y ser la mujer ms hermosa de la
tierra. Pero, amigo mo, bien dice el refrn que no hay dicha
completa en este mundo. Poco tiempo despus de nuestro matrimonio,
una terrible sospecha empez a martirizarme. Matilde fu desde un
principio una esposa modelo; pero los besos apasionados que yo le
daba jams eran correspondidos; jams posaba su mirada sobre m con
cario, y todos los pequeos sacrificios que por ella haca ni
siquiera eran notados, mucho menos agradecidos... En fin, lleg el
da amargo en que la sospecha se torn en certeza. Con pretexto de
sentirme cansado y apoyar mi cabeza sobre su pecho, hice el terrible
descubrimiento de que Matilde, la mujer ms hermosa de la tierra,
_no tena corazn_. Mucho tiempo permanec anonadado; pero
sbitamente un rayo de luz ilumin mi mente.

Casi todos los das acuda yo al anfiteatro de la Academia y
presenciaba los cursos. Record que en la maana de aquel da, se
haba recogido en la calle el cadver de una joven del bajo pueblo
que haba sido atropellada por un tranva. Tendra la misma edad,
ms o menos, que Matilde.

Eran las diez de la noche, cuando me present al conserje de la
Academia y le ped las llaves del anfiteatro para recojer unos
instrumentos que haba yo dejado olvidados. El conserje me las
franque en seguida y hasta ofreci acompaarme, pero yo le dispens
esa molestia, y penetr solo en el saln. Un cuarto de hora despus,
sala de all llevando en la mano un estuche que mostr al conserje,
para que viera que efectivamente era de mi propiedad, y en el fondo
de la bolsa de mi abrigo un bulto pequesimo, envuelto en gasa. Eso
naturalmente no lo vi el buen hombre.

Matilde estaba ya en su lecho, cuando fu a darle las buenas noches.
Not que se estremeci un poco al verme entrar en su alcoba; pero yo
la tranquilic con una sonrisa, y me acerqu a besar su casta
frente. Todo lo tena yo hbilmente preparado, y fu cuestin de
medio segundo aplicarle el cloroformo y adormecerla. Una vez logrado
esto, pude proseguir mi tarea con toda calma. En realidad, la
operacin fu sencillsima: se redujo a abrirle el pecho y colocar
en el sitio correspondiente el corazn de la joven. Y aqu debo
consignar una cosa extraordinaria. Apenas haba yo comenzado la
operacin, cuando aparecieron sobre las sbanas dos o tres rosas
rojas, que fueron multiplicndose, hasta cubrir casi todo el lecho.

El xito de la operacin, no por previsto dej de satisfacerme; al
contrario, con el mayor gusto del mundo, me sent al lado de mi
mujer esperando que despertara de su sueo. Su nuevo corazn lata
tan regularmente, que cualquiera hubiera credo que era el tic-tac
del reloj que se hallaba sobre la mesa de noche... Hasta mucho
despus del amanecer permanec all, admirando la peregrina belleza
de mi mujer, que se destacaba esplndidamente sobre su lecho de
rosas rojas.

No s qu hora sera, cuando entr la doncella en la alcoba. Como es
una mujer muy lista, en seguida comprendi el prodigio y sali de la
estancia dando gritos de admiracin. Pocos momentos despus,
llegaron los hermanos de Matilde y muchas otras personas. Por ms
que hice para hacerlos comprender que la operacin que haba yo
llevado a cabo era en realidad muy sencilla, se obstinaron en
traerme, casi a la fuerza, a este palacio, en donde tienen su morada
los hombres ms eminentes de la tierra... En efecto, vea usted:
aquel caballero del sombrero alto y la corbata amarilla es el Gran
Khan de la China; el otro, que se pasea con las manos detrs de la
espalda, es Lpez, el famoso ingeniero Lpez, quien logr construir
el puente entre la tierra y el sol, obra reputada durante mucho
tiempo como impracticable. El que est leyendo el peridico y tiene
los zapatos rotos es el Emperador y Autcrata de todas las Amricas,
y aquel anciano a su lado que se mece la barba,--ese es, !ah! no me
atrevo a decir a usted quin es. Pero me ha prometido que en cuanto
llegue mi mujer y se arroje en mis brazos, formidable estruendo
rasgar las nubes, y una bandada de alados serafines bajar para
llevarnos, a Matilde y a m, al paraso.





FRAY BALTASAR

            A MARGARITA DE LA PEA



Fray Baltasar estaba perplejo ante su pupitre, en el _scriptorium_
del monasterio. Hora tras hora, haba querido reproducir sobre el
estirado trozo de vitela que tena delante, aquellas iluminaciones
que adornaban sus breviarios y misales y le proporcionaran renombre
artstico. No haca un ao que terminara un _Libro de horas_ para la
Reina de Francia, que fu asombro de aquella Corte, y ahora, no
poda trazar la ms insignificante florecilla! El, que haba
logrado pintar dentro de la inicial de _Stabat Mater_ el rostro de
la Madre de Dios, con tanto primor y arte, que se vean rodar las
lgrimas por las mejillas de la Dolorosa! El, que haba orlado los
versculos del _Magnficat_ con follajes y roleos inconcebiblemente
diminutos!

Una y mil veces ensay de nuevo, mas nada pudo lograr. Con un hondo
suspiro, se dispuso a guardar sus polas, pinturas y pinceles, y en
ese momento oy la campana que llamaba a maitines.

--Seis horas sin lograr nada, pens. Dios me perdone esta prdida
de tiempo!

Se encamin al coro lentamente, pensando sin cesar en su facultad
perdida. Entonaron los frailes los suaves cnticos rituales; nubes
de incienso se difundieron por las naves del templo; pero aunque
Fray Baltasar quiso concentrar su atencin en el oficio, volaba su
imaginacin y senta grande angustia al pensar que su arte, tan
maravilloso que asombraba al mundo, haba desaparecido, quiz
para siempre.

Termin el oficio, y los frailes lenta y silenciosamente abandonaron
el coro y atravesaron como sombras los vetustos claustros, para
internarse en sus celdas, a descansar breves momentos. Fray
Baltasar, cabizbajo, penetr en su retiro y se recost en la dura
tarima que le serva de lecho; la fatiga y la tristeza pesaron sobre
sus prpados y el sueo le proporcion momentneo alivio.

Pero pronto despert con estremecimiento, y crey or una voz que
deca:

--Alabado seas, Seor, por nuestra hermana la luna y las estrellas,
que en el cielo has formado claras, bellas y preciosas!

El fraile se levant de su duro lecho y se puso en oracin, hasta
que, a travs de la ventanilla de su pobre celda, vi palidecer la
luna y las estrellas.

El da siguiente cumpli sus deberes con la mayor exactitud, pero el
hermano Gilberto, el novicio, not la tristeza de su rostro, y el
prior lo mir a menudo en el refectorio.

Cuando se hall, por fin, en la soledad del _Scriptorium_, tom los
pinceles con mano trmula y, sobre el estirado trozo de vitela,
quiso reproducir una vez ms las iluminaciones del misal del
monasterio y del Libro de horas de la Reina de Francia; mas nada
pudo lograr. Sus dibujos parecan los dibujos de un nio.

Dej caer los pinceles, y reclinando su tonsurada cabeza sobre los
brazos, empez a sollozar amargamente. Sus lgrimas cayeron sobre el
pergamino, manchndolo lastimosamente y haciendo ms borrones en sus
malogrados dibujos.

Cuntos das pas Fray Baltasar en aquel amargo estado de nimo!
Cuntas noches sin pegar los ojos! Los diarios quehaceres de la
vida conventual no pudieron hacerlo olvidar su pena: ni los
versculos de los Salmos ni las oraciones del Oficio. Un da se
encamin a un prado, cercano al monasterio, en el cual creca gran
nmero de flores de diversas especies, y estas quizs, le recordaron
las que tantas veces haba trazado, idealizadas, en breviarios y
misales, pues nuevas lgrimas de dolor nublaron sus ojos. Largo
tiempo estuvo Fray Baltasar entregado a su honda pena y olvidado por
completo de la regla monacal; de pronto, suave claridad pareci
iluminar su mente, y postrndose de hinojos exclam:

--Oh, raza pigmea y miserable de mortales! No has comprendido,
pecador Baltasar, que si Dios te ha privado de tu arte, ha sido
nicamente porque te recreabas en admirar tu obra y enorgullecerte
de ella? Oh, vanidad de vanidades!

Despus de haber cumplido la penitencia que el prior le impusiera
por haber quebrantado la regla, penetr en su celda, para probar
ligero descanso. Al poco tiempo, tocaron a maitines, y el fraile
quiso levantarse de su duro lecho, mas se nubl su vista, y sinti
desfallecer... Y su vida fu apagndose lentamente....

Mientras los frailes daban sepultura al cadver de Baltasar en la
cripta del monasterio, el prior se encamin al _scriptorium_, para
recoger la obra del iluminador, suponindola no terminada. Pero
hall la foja de pergamino orlada de exquisita y delicada labor, la
ms maravillosa, sin duda alguna, que trazaron los pinceles de
Fray Baltasar.





EL PAPAGAYO DE HUICHILOBOS

                         A MARIANO SILVA



Cuando el Duque de Ayamonte me nombr bibliotecario y archivero de
su ilustre casa, cre que mi vida iba a deslizarse tranquilamente en
los bajos de su palacio de Madrid; y hasta v en lontananza la
publicacin de varios trabajos de ndole histrica, que desde haca
muchos aos codiciaba, y los cuales, sin embargo, permanecen
inditos, su mayor parte todava dentro de mi tintero. Todo lo
contrario de lo que yo esperaba, el magnate result ser un
investigador incansable, y mientras l dedicaba largas horas a
explorar en los archivos de la Corte, me enviaba a menudo en busca
de documentos a Provincias.

As fu que en el verano pasado d con mis cansados huesos en la
histrica y hoy muerta ciudad de Alcal del Ro, en lugar de
marcharme, como hubiera deseado, a veranear a la costa. Estaba yo en
vsperas de contraer matrimonio, y aunque el sueldo que disfrutaba
no era corto, no desperdiciaba medio alguno de hacer economas. Por
lo tanto no quise alojarme en el principal hotel de la localidad,
que a pesar de ser malo era caro, sino que busqu ms modesta
vivienda. Despus de recorrer varias fondas, decid aceptar la
habitacin que en su casa me brindaba cierta viuda, mediante muy
reducido estipendio. Era una pieza humildsima, sin duda alguna,
pero limpia como una patena, y lo que ms me atrajo fue el risueo
aspecto de su balcn. Como soy ignorante en botnica, no podr decir
con exactitud qu plantas eran las que tan profusamente lo
adornaban, pero me parece que las que crecan en el viejo bote de
petrleo eran azleas, y estoy seguro que haba hortensias en una
barrica, gernios en varios cacharros desportillados, y
no-me-olvides en una lata de sardinas. Desde el interior del
cuarto, slo se vea el muro de la torre de la Catedral, pues la
calle que mediaba era sumamente estrecha; pero cuando me asom al
balcn, grata fu mi sorpresa al hallar que haba delante del famoso
templo una plazoleta con rboles, y que como aquella era la parte
ms alta de la ciudad, dominaba la vista las extensas y pintorescas
vegas del contorno.

Nunca he dormido tan bien como la primera noche que pas en aquella
modesta alcoba. A pesar de haber dejado abierta la ventana, pues lo
permita la temperatura, no sufr ruido molesto de ninguna especie.
Al contrario, creo que me arrull suavemente el constante y sonoro
toque de campanas.

Despert temprano, como es mi costumbre, y desde el lecho empec a
admirar de nuevo el grato aspecto de mi balcn florido: las
hortensias, con sus esferas de azul y rosa; las azleas y gernios,
con sus variados tonos de rojo y blanco; mas qu era esa flor
maravillosa, en el centro de todas, en la cual no haba yo reparado
la vspera?

Salt del lecho, y v con sorpresa que no era flor alguna, sino un
pjaro que se posaba en el barandal del balcn. Me acerqu con
grandsima cautela, por miedo de auyentarlo. Al principio lo tom
por un loro, pero enseguida comprend que era de mayor tamao. No
intentar describir su maravilloso plumaje, porque no podra
hacerlo. Slo dir que me hizo la impresin de una joya inmensa,
esmaltada con los colores ms vivos que puedan imaginarse: verde,
azul, rojo, amarillo....

No s cuanto tiempo permanec asombrado. Slo s que repentinamente
experiment una sensacin extraa, una codicia exagerada de poseer
tan extica ave. Sent lo que debe sentir el ladrn cuando se
propone apoderarse de lo ajeno, y me d plena cuenta, en aquellos
instantes, de que cometera cualquier crimen, con tal de hacerme con
ese pjaro de rico plumaje. Largo espacio de tiempo permanec
inmvil, pensando en la mejor manera de llevar a cabo mi intento. El
ave mova ligeramente las alas, que brillaban fantsticamente como
abanicos de esmeraldas; y con la certeza de que no podra yo asirla
viva, decid darle muerte. Con la mayor cautela, tom un grueso
bastn que sola acompaarme en mis viajes, y conteniendo la
respiracin y avanzando unos pasos, le asest tremendo golpe sobre
el ala izquierda, que son seco y lastimero contra el barandal de
hierro. Cay el pjaro a la calle y yo, por lo pronto, no me atrev
a asomarme, temiendo que algn transeunte fuese testigo de mi accin
nefanda. Un escalofro recorri mi cuerpo; me sent culpable y
avergonzado, como debi sentirse el viejo marinero del poema cuando
di muerte al albatros con su ballesta.

Por fin me asom. Ni el pjaro yaca en la casi desierta calle ni
advert trazas de sangre en el barandal de la ventana. A poco tuve
todo aquello por una alucinacin y qued desconcertado. Sera un
preludio de locura?

       *       *       *       *       *

No pude encontrar en el Archivo de Protocolos de Alcal del Ro los
documentos que el Duque de Ayamonte necesitaba, y el encargado de
aquella oficina me indic que quiz obraran en el de la Catedral.
Provisto de una carta de presentacin para el Den, me encamin al
famoso edificio, y desde el momento que penetr en l, olvid por
completo la misin que me llevaba all. Del Presbiterio al Coro, y
de capilla en capilla, fu recorriendo el templo y admirando las
mltiples bellezas que encierra. Como acontece siempre en los
recintos histricos, varios guas se ofrecieron a acompaarme, pero
yo los rechac a todos, deseando saborear a solas tanta obra
de arte.

Repentinamente o una exclamacin de sorpresa y, volviendo el
rostro, me encontr cara a cara con el Padre Montero, mi antiguo
condiscpulo, a quien no haba visto en cinco aos. Funga de
Sacristn mayor de la Catedral y llevaba un manojo de enormes
llaves, pues era hora de cerrar el templo, para volver a abrirlo a
las tres de la tarde. Intil me parece relatar el gusto que me di
volver a ver a tan buen amigo mo. Convidme a almorzar y prometi
ensearme l mismo, despus, las mil maravillas que posea aquel
cabildo y que raras veces se exponan al pblico.

Sonaban las tres, cuando el Padre Montero y yo, empezamos a recorrer
el saln de cabildos, las sacristas mayor y menor, la clavera, el
camarn de Nuestra Seora de las Rosas, el vestuario y dems
dependencias. Slo con enumerar las mltiples bellezas que me mostr
se llenara un volumen; y cuando cre que haba terminado mi visita,
me anunci con cierta satisfaccin:

--Te falta ver lo principal: el tesoro.

Ante una puerta de roble con remaches de hierro, que al principio
cre dara acceso a la escalera de la torre, un cannigo nos
esperaba rezando su oficio. Hechas las presentaciones del caso, el
Tesorero abri la pesada puerta de madera, y apareci otra, moderna,
semejante a la de una caja fuerte. La abri a su vez, y en seguida
una fuerte reja, que todava impeda el paso. Pero ni ese aparato de
seguridad hara sospechar la riqueza que en aquel aposento se
guardaba. Ms de una hora permanecimos admirando custodias, clices,
atriles, estatuas y toda clase de joyas, cuyo inters acrecentaban
los eruditos informes del cannigo. Sbitamente, dej escapar un
grito de sorpresa. All, delante de mis ojos, encerrado dentro de
una vitrina y posado dentro de una peaa de oro, se hallaba un
pjaro idntico a mi visitante de aquella maana! Estaba cuajado de
esmeraldas, rubes, diamantes, en fin, de la ms rica pedrera que
pueda imaginarse; y labrado todo con tal arte, que a primera vista
pareca estar vivo.

Comprendo su emocin, dijo el cannigo. Est reputada esta joya como
una de las ms notables de que hay noticia. Con decir a usted
que el Museo Britnico ha ofrecido millones,--as como suena,
millones,--por ella, se dar usted cuenta de su alto mrito
artstico y valor intrnseco. Pero el Cabildo antes enagenara todo
lo que hemos visto que deshacerse de esta incomparable joya. Fu en
un tiempo el adorno principal del templo mayor de los aztecas; uno
de los conquistadores de Mxico lo arranc del altar mismo del
famoso _Huichilobos_, y lo trajo a Carlos V, quien lo don a esta
Santa Iglesia.

Viendo que permaneca yo estupefacto, quiso que mi admiracin fuese
mayor, y abri la vitrina para que examinara a mis anchas aquel
portento de orfebrera. Tom la joya en sus manos, y al acercarla a
la luz, para mejor mostrrmela, exhal una exclamacin de espanto.

--Dios me valga! Qu es esto?

El papagayo estaba lastimosamente maltratado en el ala izquierda,
como si hubiese sido golpeado con un martillo! Imagnese la
consternacin del cannigo y del sacristn mayor. En cuanto a m,
sent como si fuera el autor de aquel atentado y tem que lo
revelara mi semblante. Pero mis compaeros estaban demasiado
ocupados en examinar el desperfecto, para fijarse en mi persona.

--Cmo ha podido ser esto? Quin pudo llegar hasta aqu y cometer
tan audaz sacrilegio? Exclamaban ambos admirados.

El Tesorero orden al Padre Montero que avisase al Den, y la nueva
corri rpidamente, pues a los pocos momentos acudieron varios
cannigos y prebendados, quienes anunciaron que Su Eminencia en
persona ira a comprobar con sus propios ojos el inexplicable y
audaz atentado.


       *       *       *       *       *

Mientras se daban los pasos oportunos para descubrir al autor del
delito, dispuso el Cardenal Arzobispo de Alcal del Ro que la
maltratada joya fuera guardada dentro de un cofre fuerte que haba
en el Tesoro, y que hasta nueva orden se suspendiesen las visitas
del pblico.

Oprimido por la vergenza y el temor, me desped del Padre Montero,
y olvidando por completo la bsqueda de documentos que a la Catedral
me haba llevado, dirig mis pasos lentamente hacia mi alojamiento.

Renuncio a describir mi estado de nimo durante el resto de aquel
da. Quise rechazar mi constante preocupacin por medio de la
lectura, pero di la casualidad que la nica obra que haba llevado
conmigo era la Historia de Bernal Daz del Castillo, y ella, lejos
de proporcionarme distraccin, daba rienda suelta a los ms extraos
pensamientos. Dej el libro y sal a pasear por las vegas, hasta el
anochecer. Cuando regres a mi alcoba me sent calenturiento y me
met entre sbanas; pero slo logr conciliar intranquilo y mil
veces interrumpido sueo. Recuerdo que aquella noche fu testigo de
los episodios ms sangrientos de la conquista de Mxico. Los
sacerdotes aztecas abran el pecho de sus vctimas y arrancbanles
el corazn, palpitante an, para ofrecerlo al terrible Huichilobos,
que presida el Cu mayor... Constantemente se oa el rumor de la
pelea y arroyos de sangre por todos lados me cercaban... Retumb en
mis odos el triste sonido del tambor que, segn Bernal Daz,
poda orse a dos leguas de distancia, y despert excitado. La
Campana mayor de la Catedral sonaba lgubremente.

       *       *       *       *       *

Con la codiciada aurora, recobr la tranquilidad de espritu.
Trabaj todo el da en el archivo del Cabildo, en donde pude hallar
los documentos que buscaba, y hasta llegu a olvidar los extraos
sucesos de la vspera.

Pero al llegar a mi habitacin en la tarde, encontr que me
aguardaba all el Padre Montero. Al verlo me sent de nuevo
avergonzado y culpable.

--Hola! Dije, procurando demostrar completa tranquilidad. Cunto
gusto de verte! Quieres que demos un paseo por las mrgenes del
ro, antes de que llegue la noche?

--Rafael, exclam, sin hacer caso de mi pregunta. Te acuerdas del
papagayo de Huichilobos que viste ayer?

--S, dije casi como un reto. Se descubri ya el autor del
atentado?

--Eso no sera fcil en tan corto espacio de tiempo. Lo que quiero
contarte, puesto que confo en tu discrecin, es lo siguiente: Has
de saber que Su Eminencia, que es hombre activo, envi ayer mismo un
mensaje a la Corte, para que viniese en seguida uno de los mejores
joyeros y restaurase cuanto antes el desperfecto causado al
papagayo. Lleg en el tren del medio da y el Den, el Tesorero y yo
hemos ido esta tarde a recoger la joya para entregrsela; pero,
calcula cul sera nuestra sorpresa, al abrir el cofre y ver que el
papagayo ha desaparecido! Cmo ha podido llegar hasta all el
ladrn, nadie ha podido explicrselo.

Instintivamente nos habamos acercado a la ventana, pues la puesta
de sol prometa ser hermossima aquella tarde. Las grgolas y dems
partes salientes de la enorme catedral tenan ya perfiles de fuego,
y las copas de los rboles de la plazoleta y hasta las hortensias de
mi balcn empezaban a teirse de carmn.

Sbitamente, mi compaero di un grito de sorpresa. Dirigiendo la
mirada hacia el lugar que febrilmente sealaba, v al Papagayo de
Huichilobos, a poca distancia de nosotros, posado sobre un saliente
de la torre.

--Es idntico! exclam.

--No, dije con bastante calma. Es el mismo. Est vivo, pero tiene
rota el ala izquierda. Yo mismo se la he roto.

El Padre Montero me mir con extraeza y v que sus trmulos labios
iban a formular una pregunta; pero en ese momento el ave movi las
alas, que brillaron a la luz del ocaso, como si cayera una cascada
de gemas dentro de una hoguera, y tendi el vuelo en direccin
nuestra. Vino a posarse de nuevo sobre el barandal del balcn. S,
estaba all el Papagayo de Huichilobos, al alcance de nuestras
manos, y no osbamos tocarlo! Contuvimos la respiracin y no nos
movimos durante largo espacio de tiempo, fascinados por el
inesperado suceso.

Con no s qu supremo esfuerzo de la voluntad, el Padre Montero
sbitamente procur apresarlo. Pero el ave se le escap de entre las
manos, y tendi el vuelo hacia el Occidente. Yo qued extasiado,
viendo al pjaro alejarse por los aires, lenta y majestuosamente,
hasta convertirse en minsculo punto de luz, hasta perderse en
lontananza como si se hundiera con el sol en el horizonte.

Al volver el rostro, advert que el Padre Montero permaneca inmvil
con la mirada fija en la abierta palma de su mano. En ella brillaban
cuatro esmeraldas y tres rubes de gran tamao.





INDICE



LA PUERTA DE BRONCE
UN HOMBRE PRACTICO
SIMILIA SIMILIBUS
EL AMO VIEJO
EL COFRE
TRISTIS IMAGO
LOS JUGADORES DE AJEDREZ
EL SOMBRERO DEL REY DE TIBOT
EL REPORTAZGO
FRAY BALTASAR
EL PAPAGAYO DE HUICHILOBOS
INDICE












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by Manuel Romero de Terreros, Marqus de San Francisco

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distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase "Project
Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
Gutenberg-tm License (available with this file or online at
https://gutenberg.org/license).


Section 1.  General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
electronic works

1.A.  By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement.  If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
permission of the copyright holder found at the beginning of this work.

1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5.  Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
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word processing or hypertext form.  However, if you provide access to or
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"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
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request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
form.  Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7.  Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8.  You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
that

- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
     address specified in Section 4, "Information about donations to
     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
     you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
     does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
     License.  You must require such a user to return or
     destroy all copies of the works possessed in a physical medium
     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH F3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from.  If you
received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
refund.  If you received the work electronically, the person or entity
providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at https://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
https://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at https://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org

Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit https://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including including checks, online payments and credit card
donations.  To donate, please visit: https://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.

Each eBook is in a subdirectory of the same number as the eBook's
eBook number, often in several formats including plain vanilla ASCII,
compressed (zipped), HTML and others.

Corrected EDITIONS of our eBooks replace the old file and take over
the old filename and etext number.  The replaced older file is renamed.
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